u/Dsn_Set_2805

El Polvo de Schrödinger

Me llamo Daniel y esta es mi historia de superposición cuántica.

Hasta donde yo sé, mi mujer se acostó con mi mejor amigo.

O no.

La verdad es que no tengo ni idea.

Lo más absurdo de todo es que ellos sí conocen la respuesta. Yo no.

Han pasado más de diez años y, para ser sincero, ya no estoy seguro de querer saberla. Si algún día me dijeran exactamente qué ocurrió, probablemente me encogería de hombros, me reiría un poco y seguiría con mi vida.

Pero para entender por qué he llegado a esa conclusión, tengo que volver atrás.

Muy atrás.

A una época en la que mi mujer, Sonia, y yo éramos una pareja bastante normal. O tan normal como puede ser una pareja que lleva suficiente tiempo junta como para perder la vergüenza y empezar a hablar de cualquier cosa.

Incluidas las fantasías.

Al principio eran conversaciones tímidas. De esas que empiezan con una broma, siguen con una media confesión y terminan con dos personas preguntándose si de verdad acaban de decir lo que han dicho.

Con el tiempo dejamos de ruborizarnos.

Y entonces apareció la fantasía más clásica de todas.

Un tercero.

No era nada especialmente original. Millones de parejas han tenido exactamente la misma conversación antes que nosotros. Lo curioso es que aquella fantasía empezó como un juego y acabó convirtiéndose en una costumbre.

La utilizábamos para provocarnos, para divertirnos y, en ocasiones, simplemente para reírnos.

Porque cuando una fantasía dura suficiente tiempo, acaba desarrollando vida propia.

Cada vez añadíamos algún detalle nuevo.

Alguna situación más absurda.

Alguna ocurrencia que nos hacía reír más que excitarnos.

Y así pasaron los meses.

Quizá incluso los años.

Hasta que un día, mientras hablábamos de todo aquello, surgió una pregunta aparentemente inocente.

—¿Y si fuera alguien que conocemos?

Recuerdo perfectamente el silencio que vino después.

Porque una cosa es hablar de personas imaginarias.

Y otra muy distinta poner nombre a alguien real.

Ninguno de los dos quería decirlo.

Y precisamente por eso los dos sabíamos perfectamente en quién estaba pensando el otro.

Cuando Sonia pronunció el nombre de Pablo, no me sorprendí demasiado.

Pablo era amigo nuestro desde hacía años.

Lo conocíamos bien.

Confiábamos en él.

Y, siendo sinceros, aquello tenía cierto sentido.

Aunque en aquel momento seguía siendo solo una fantasía.

O eso creíamos.

A partir de entonces empezó un juego nuevo.

Cada vez que quedábamos con él, Sonia y yo intercambiábamos alguna mirada cómplice.

Nadie más sabía por qué.

Nadie más entendía el chiste.

Y quizá esa era la parte más divertida.

Éramos dos personas compartiendo un secreto delante de alguien que ni siquiera sabía que formaba parte de él.

Hasta que una noche ocurrió algo diferente.

Algo pequeño.

Algo aparentemente insignificante.

Una de esas cosas que solo parecen importantes cuando las observas años después.

Aquella noche dejamos de hablar del tema cuando terminó el sexo.

Seguimos hablando después.

Y por primera vez entendí que aquello ya no era únicamente una fantasía.

Sonia me confesó que Pablo no era solo un personaje imaginario dentro de nuestros juegos.

Le atraía de verdad.

No como una idea.

No como una fantasía.

Como persona.

Y lo curioso fue descubrir que aquello no me molestó.

Al contrario.

La sinceridad con la que me lo contó me hizo sentir más cerca de ella, no más lejos.

Porque nunca he creído que querer a alguien signifique poseerlo.

Siempre he pensado que una relación es otra cosa.

Una especie de equipo.

Y los equipos funcionan mejor cuando pueden hablar de cualquier tema sin miedo.

Incluso de los incómodos.

Incluso de los improbables.

Incluso de aquellos que terminan convirtiéndose, diez años después, en una paradoja cuántica.

Aquella noche Sonia me miró y dijo algo que cambiaría toda la historia.

—Tal vez deberías hablar con él.

Y, aunque entonces todavía no lo sabía, acababa de poner en marcha una cadena de acontecimientos que me acompañaría durante más de una década.

Durante semanas le di vueltas.

No a si quería hacerlo.

Eso ya lo tenía bastante claro.

Le daba vueltas a cómo demonios se plantea una conversación así.

Porque una cosa es fantasear.

Y otra muy distinta sentarte delante de un amigo y decirle algo que no aparece en ningún manual de habilidades sociales.

Intenté imaginar diferentes formas de abordarlo.

Ninguna funcionaba.

Todas sonaban raras.

Todas parecían el inicio de una conversación que acabaría conmigo queriendo desaparecer debajo de una piedra.

Mientras tanto, la vida siguió.

Seguíamos quedando con Pablo.

Seguíamos viéndonos como siempre.

Y yo seguía observando pequeñas cosas que probablemente no significaban nada.

O quizá sí.

Era difícil saberlo.

Porque cuando una idea se instala en tu cabeza, empiezas a ver indicios por todas partes.

Una mirada.

Una sonrisa.

Un comentario aparentemente inocente.

Nada concluyente.

Pero suficiente para alimentar la imaginación.

Y, siendo sincero, tampoco ayudaba el hecho de que Sonia fuera una mujer tremendamente atractiva.

Estoy seguro de que Pablo había pensado en ella alguna vez.

No porque fuera Pablo.

Sino porque tenía ojos.

La verdadera pregunta era otra.

¿Qué haría si supiera que ella también pensaba en él?

La respuesta llegó una noche cualquiera.

Una de tantas.

Estábamos jugando a la Xbox.

Ni una cena elegante.

Ni un paseo trascendental.

Ni una conversación profunda.

Una Xbox.

Unas carreras.

Y dos amigos intentando adelantarse en una curva.

Todavía hoy me pregunto por qué elegí aquel momento.

Quizá porque los seres humanos somos especialistas en tomar decisiones importantes en circunstancias completamente absurdas.

Recuerdo que lo miré de reojo.

Respiré hondo.

Y pregunté:

—Oye, Pablo... ¿cómo andamos de confianza?

Él soltó una pequeña carcajada.

—Bien, ¿no?

—Es que te quiero contar una cosa, pero no sé cómo te la vas a tomar.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Joder. Cuéntamela. Me estás preocupando.

—No, hombre. No es nada grave.

Hice una pausa.

Todavía hoy recuerdo esa pausa.

Porque era la última oportunidad que tenía para echarme atrás.

Y no lo hice.

—Vamos, que Sonia quiere follar contigo.

Pablo se quedó mirando la pantalla.

Sin pestañear.

Sin reaccionar.

Sin moverse.

Durante varios segundos pensé que se había quedado congelado.

Luego giró la cabeza muy despacio.

Me miró.

Y preguntó:

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—¿Hablas en serio de verdad?

—Pablo, ¿para qué te iba a andar con rodeos?

Lo observé procesar la información.

Y debo reconocer que me estaba divirtiendo más de lo que debería.

No todos los días tienes la oportunidad de lanzar un meteorito emocional y observar el impacto en tiempo real.

Finalmente se apoyó en el respaldo.

—No sé qué decir.

—No hace falta que digas nada ahora.

—Es que no me esperaba esto.

—Créeme. Yo tampoco esperaba estar diciéndolo.

Hubo un silencio.

Luego otro.

Y finalmente llegó la confesión que, siendo sincero, llevaba tiempo sospechando.

—No quiero que te enfades...

—Empiezas fatal.

—No, en serio. Es que... alguna vez he pensado en ella.

Lo miré.

Luego miré la pantalla.

Y volví a mirarlo.

—Pablo.

—¿Qué?

—Te estoy ofreciendo acostarte con ella.

—Ya, pero...

—Y además ella quiere.

—Ya lo sé.

—Entonces no termino de entender qué parte de esta conversación te preocupa.

Aquello consiguió que se riera.

Por primera vez desde que había caído el meteorito.

Y a partir de ahí empezamos a hablar.

De posibilidades.

De límites.

De situaciones.

De cosas que, honestamente, jamás imaginé que terminaría discutiendo con uno de mis mejores amigos mientras intentábamos ganar una carrera virtual.

Cuando terminamos, no teníamos un plan.

Pero sí una respuesta.

Pablo me miró y dijo:

—Pues sí. Creo que me parece buena idea.

Y lo dijo con una mezcla de nervios, sorpresa y entusiasmo que todavía recuerdo.

Lo que ninguno de los dos sabía era que el universo tenía un sentido del humor excelente.

Porque menos de veinte minutos después escuchamos abrirse la puerta de casa.

Y Sonia entró en el salón.

Sonia entró en casa con total normalidad.

Lo recuerdo perfectamente porque Pablo y yo acabábamos de mantener la conversación más extraña de nuestras vidas y, sin embargo, ella atravesó la puerta completamente ajena a todo aquello.

Nos saludó.

Me dio un beso.

Luego se acercó a Pablo y le dio dos besos.

Y fue entonces cuando ocurrió algo maravilloso.

Pablo la miró.

Sonia miró a Pablo.

Y yo miré a los dos.

Porque yo era el único imbécil de la habitación que conocía toda la información disponible.

Pablo sabía algo.

Yo sabía algo.

Y Sonia no sabía que los dos sabíamos algo.

Aquello era casi física cuántica.

—¿Qué tal? —preguntó ella.

—Bien.

La respuesta de Pablo sonó tan artificial que durante un instante pensé que iba a empezar a sudar delante de nosotros.

Sonia frunció ligeramente el ceño.

Luego me miró.

Y fue entonces cuando cometí un error.

Sonreí.

No una sonrisa normal.

Una de esas sonrisas que parecen decir:

"Tú todavía no lo sabes, pero acaba de pasar algo."

Ella me devolvió la mirada.

Entrecerró los ojos.

Y supe que acababa de levantar sospechas.

Por suerte estaba cansada.

Venía de trabajar.

Y decidió posponer el interrogatorio.

—Me voy a duchar y me voy a la cama. Mañana madrugo.

Desapareció escaleras arriba.

Pablo y yo seguimos jugando.

O fingiendo que seguíamos jugando.

Porque ninguno de los dos estaba prestando la más mínima atención a la consola.

Una hora después se marchó.

Y yo subí a la habitación.

Sonia seguía despierta.

En aquel momento pensé que simplemente no tenía sueño.

Años después llegué a otra conclusión.

Probablemente estaba nerviosa.

Probablemente intuía que algo había ocurrido.

Probablemente conocía mi sonrisa mejor de lo que yo imaginaba.

Me metí en la cama.

Empezamos con las caricias habituales.

Y decidí soltar la bomba.

Porque, aparentemente, aquella noche me había levantado con vocación de artillero.

—He estado hablando con Pablo.

Ella se quedó quieta.

No mucho.

Sólo lo suficiente.

—¿De qué?

—Bueno... ya sabes.

—No estoy segura de saberlo.

—De lo que hablamos.

Silencio.

—Daniel.

—¿Sí?

—¿De qué hemos hablado exactamente?

—De que querías acostarte con él.

Se incorporó tan deprisa que casi me golpea en la cara.

—¿En serio se lo has dicho?

—Sí.

—¿En serio?

—Sí.

—¿En serio en serio?

—Sonia, la tercera vez no cambia la respuesta.

Todavía recuerdo la expresión de su cara.

Era la expresión de una persona que acaba de descubrir que una amenaza teórica se ha convertido en un acontecimiento histórico.

—¿Pero cómo has hecho eso?

—Hablando.

—¡Madre mía!

—No ha sido tan difícil.

—¡Madre mía!

—Ha sido una conversación.

—¡MADRE MÍA!

La observé caminar por la habitación como si acabara de descubrir que existían los extraterrestres.

—No me lo puedo creer.

—Pues créetelo.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que le pareces atractiva.

—¡MADRE MÍA!

—Eso ya lo sabíamos todos.

—Daniel, ¿cómo voy a mirarlo ahora?

—Con los ojos suele funcionar bastante bien.

Aquello no ayudó.

En absoluto.

Durante varios minutos se limitó a alternar entre la incredulidad, la vergüenza y una especie de pánico existencial.

Hasta que, poco a poco, empezó a tranquilizarse.

Y entonces apareció algo más.

Curiosidad.

Y ganas.

Porque una cosa es fantasear.

Y otra muy distinta descubrir que la fantasía acaba de contestarte.

Finalmente se dejó caer otra vez sobre la cama.

—La verdad es que me alegro de que se lo hayas dicho.

—Lo sé.

—No, en serio.

—Ya.

—Es que sí que le tengo ganas.

—También lo sé.

—Qué pesado eres.

—Llevo toda la noche teniendo razón. Es un defecto temporal.

Aquello consiguió que se riera.

Y a partir de ahí seguimos hablando.

Sobre posibilidades.

Sobre situaciones.

Sobre qué ocurriría si algún día surgía la oportunidad.

Y entonces dije una frase que, con el paso de los años, terminaría resultando mucho más importante de lo que parecía.

—Mi parte ya está hecha. Ahora os toca a vosotros.

Lo que ninguno de los dos sabía era que acabábamos de entrar en la fase más extraña de toda esta historia.

La fase en la que todos estaban de acuerdo.

Y, sin embargo, no ocurría absolutamente nada.

Si esta fuera una historia convencional, aquí ocurriría algo.

Lo sé porque yo también he visto películas.

Todos las hemos visto.

En este punto los personajes toman decisiones.

Suceden cosas.

Hay consecuencias.

Hay escenas trascendentales.

Hay música de fondo.

Pero la vida tiene una capacidad extraordinaria para ignorar los guiones.

Pasaron los días.

Luego las semanas.

Y después los meses.

Y no ocurrió absolutamente nada.

Seguíamos viendo a Pablo.

Seguíamos quedando con el grupo.

Seguíamos compartiendo cenas, risas y conversaciones absurdas.

Y, aparentemente, la normalidad había decidido instalarse en nuestras vidas con una terquedad admirable.

Al principio pensé que simplemente necesitaban tiempo.

Era razonable.

No todos los días descubres que una fantasía compartida ha dejado de ser imaginaria.

Pero el tiempo siguió pasando.

Y seguía sin ocurrir nada.

Lo curioso es que nadie evitaba el tema.

Tampoco lo abordaba.

Simplemente parecía suspendido en algún lugar extraño.

Como una tarea pendiente que nadie termina de empezar.

A veces observaba a Pablo y pensaba:

"Bueno, hoy será el día."

No ocurría nada.

Otras veces observaba a Sonia y pensaba exactamente lo mismo.

Tampoco ocurría nada.

Y poco a poco empecé a desarrollar una teoría.

Una teoría muy sencilla.

Mi teoría consistía en que los seres humanos somos muchísimo más cobardes de lo que nos gusta admitir.

Porque sobre el papel todo parecía facilísimo.

En la práctica, sin embargo, había dos personas perfectamente adultas comportándose como adolescentes incapaces de hablar entre sí.

Lo cual, siendo sinceros, también tenía cierto encanto.

Hasta que llegó aquella mañana.

Yo estaba trabajando.

Sonia me llamó.

Necesitaba ayuda para mover unas cosas en casa.

No recuerdo exactamente qué.

Lo único que recuerdo es que yo no podía ir.

—Pues llamaré a Pablo.

—Claro.

Y colgué.

No pensé demasiado en ello.

Al menos durante los siguientes treinta segundos.

Después empecé a pensar.

Porque el cerebro humano tiene muchas virtudes.

La capacidad de permanecer tranquilo no suele ser una de ellas.

Así que empecé a hacer cálculos.

Pablo estaba libre.

Sonia estaba sola.

La casa estaba vacía.

Tenían confianza.

Tenían interés.

Tenían privacidad.

Y, por si el universo no había sido suficientemente sutil, también tenían una cama.

Recuerdo que me sorprendí a mí mismo riéndome.

Porque la situación era tan ridículamente perfecta que parecía diseñada por un guionista sin imaginación.

Todo estaba alineado.

Todo.

Era imposible que no hablaran.

Era imposible que no aclararan las cosas.

Era imposible que, al menos, no sucediera algo.

Aquella tarde volví a casa.

Esperé.

No dije nada.

Ella no dijo nada.

Cenamos.

Vimos la televisión.

Hablamos de cualquier tontería cotidiana.

Y nada.

Ni una sola palabra.

Ni una referencia.

Ni una sonrisa sospechosa.

Ni una mirada cómplice.

Nada.

Absolutamente nada.

Aquello empezó a resultar inquietante.

Porque si algo había ocurrido, Sonia sabía perfectamente que podía contármelo.

Y si no había ocurrido nada...

Bueno.

Si no había ocurrido nada, entonces empezaba a sospechar que estaba rodeado de las dos personas menos resolutivas de la historia de la humanidad.

Pasaron más días.

Y después más semanas.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

La fantasía desapareció.

Simplemente desapareció.

Durante meses había formado parte de nuestras conversaciones.

De nuestras bromas.

De nuestra intimidad.

Y de pronto ya no estaba.

Como si alguien hubiera apagado un interruptor.

No hubo una decisión consciente.

No hubo una conversación.

No hubo un cierre.

Simplemente se evaporó.

Y fue entonces cuando empecé a sospechar que algo raro estaba pasando.

Porque las historias normales terminan.

Las historias normales tienen finales.

Lo que yo tenía delante no era un final.

Era una pregunta.

Y las preguntas son mucho más difíciles de olvidar.

El tiempo tiene una costumbre extraña.

Convierte los grandes acontecimientos en anécdotas.

Y las anécdotas en recuerdos.

Después sigue avanzando como si nada hubiera ocurrido.

Los años fueron pasando.

Poco a poco dejamos de vernos todos los fines de semana.

Luego dejamos de vernos todos los meses.

Después llegaron los trabajos, las responsabilidades, los cambios de vida y todas esas cosas que los adultos utilizamos para justificar que cada vez es más difícil coincidir.

Pero seguimos viéndonos.

Menos.

Mucho menos.

Aunque seguimos haciéndolo.

Cinco o seis veces al año.

A veces alrededor de una mesa.

A veces tomando algo.

A veces celebrando cualquier excusa absurda que sirviera para reunirnos.

Y ocurrió algo que todavía hoy me parece fascinante.

Nada cambió.

Absolutamente nada.

Pablo siguió siendo Pablo.

Sonia siguió siendo Sonia.

Y yo seguí siendo yo.

No hubo tensiones.

No hubo silencios incómodos.

No hubo miradas extrañas.

No hubo consecuencias visibles.

La vida siguió exactamente igual.

Y quizá por eso nunca hice la pregunta.

Porque nunca sentí la necesidad de hacerla.

Podría haber preguntado.

Por supuesto que podría.

Una noche cualquiera.

En cualquier momento.

—Oye, por cierto... ¿aquello llegó a pasar?

Era una pregunta sencilla.

Y, sin embargo, jamás salió de mi boca.

Al principio pensé que era porque no quería saber la respuesta.

Con los años entendí que no era eso.

La verdad es que me daba igual cuál fuera.

Porque si me hubieran dicho que no pasó nada...

Bueno.

Perfecto.

Y si me hubieran dicho que sí pasó...

También.

Lo curioso es que durante mucho tiempo pensé que eso significaba que era una persona extraña.

Quizá lo sea.

No voy a discutirlo.

Pero con los años llegué a otra conclusión.

La historia nunca trató realmente de ellos.

Trataba de mí.

De cómo reaccionaba yo ante la incertidumbre.

De cómo entendía la confianza.

De cómo entendía el amor.

Y de una idea muy simple que siempre me ha acompañado.

Las personas no son propiedades.

Nunca lo han sido.

Nunca lo serán.

Sonia no era una posesión.

No era algo que hubiera que vigilar.

No era un objeto que pudiera perder.

Era una persona.

Una persona libre.

Y precisamente por eso elegía estar conmigo.

Siempre me ha parecido mucho más valioso eso que cualquier promesa de exclusividad.

Quizá por eso nunca sentí miedo.

Curiosidad, sí.

Mucha.

Pero miedo, no.

Lo más extraño es que durante todos estos años he llegado a imaginar ambos escenarios.

He imaginado que no ocurrió nada.

Y he imaginado exactamente lo contrario.

Los dos encajan sorprendentemente bien con la realidad.

Porque la realidad no cambió.

Y esa es precisamente la razón por la que la caja sigue cerrada.

Si cualquiera de las respuestas hubiera cambiado algo importante, probablemente habría buscado conocerla.

Pero no cambió nada.

La amistad sobrevivió.

La pareja sobrevivió.

La vida siguió adelante.

Y la pregunta quedó suspendida en algún rincón de mi cabeza.

No como una herida.

No como una preocupación.

Ni siquiera como una duda especialmente importante.

Más bien como una buena historia.

Porque algunas preguntas necesitan respuesta.

Y otras simplemente necesitan existir.

Durante mucho tiempo pensé que quería abrir la caja.

Ahora ya no estoy tan seguro.

Porque abrirla significaría descubrir el truco.

Y cuando descubres el truco, la magia desaparece.

Así que aquí estoy.

Diez años después.

Observando una caja cerrada.

Y sonriendo cada vez que pienso en ella.

Hace poco me preguntaba a mi mismoo que ocurrió realmente.

La verdad es que no lo sé.

Y cuanto más tiempo pasa, menos importancia tiene.

A veces pienso que no pasó nada.

Que dos personas se encontraron frente a una posibilidad extraña, se pusieron nerviosas y dejaron que la vida siguiera adelante.

Otras veces pienso exactamente lo contrario.

Pienso en el interés mutuo.

En las conversaciones.

En las oportunidades.

En aquella mañana.

En la intimidad.

En la cama.

Y me parece casi imposible que no ocurriera nada.

Entonces vuelvo al principio.

Y sonrío.

Porque los dos escenarios siguen teniendo sentido.

Los dos encajan.

Los dos podrían ser verdad.

Lo más absurdo es que ellos conocen la respuesta.

Yo no.

Y, sinceramente, creo que ya no la necesito.

Durante años pensé que esta historia trataba sobre Sonia y Pablo.

Luego pensé que trataba sobre el sexo.

Después creí que trataba sobre la confianza.

Y al final descubrí que trataba sobre algo mucho más sencillo.

Trataba sobre aceptar que algunas preguntas pueden acompañarte toda una vida sin convertirse en un problema.

No todas las cajas necesitan abrirse.

No todos los misterios necesitan resolverse.

No todas las historias necesitan terminar.

Porque a veces el valor de una historia no está en la respuesta.

Está en la pregunta.

Y quizá por eso sigo sonriendo cada vez que recuerdo aquella conversación delante de una Xbox.

Aquella mirada de pánico.

Aquella oportunidad perfecta.

Aquellos años de silencio.

Aquella pregunta suspendida en el tiempo.

Así que si has llegado hasta aquí esperando que te diga qué ocurrió realmente, siento decepcionarte.

No tengo la menor idea.

Y después de diez años, creo que esa es precisamente la gracia.

Mi nombre es Daniel.

Y hasta donde yo sé, mi mujer se acostó con mi mejor amigo.

O no.

La verdad es que no tengo ni idea.

Pero la caja sigue cerrada.

Y quizá sea mejor así.

reddit.com
u/Dsn_Set_2805 — 5 days ago