Madera, papel y el salón vacío
**"Tener a la güerita más inalcanzable de sexto semestre arriba de un restirador, sintiendo mi erección a través del pantalón escolar mientras me metía la lengua con desesperación, era algo que no venía en el plan de ese día..."**
Hacía apenas unos días que había terminado mi relación con una chica de ojos verdes (historia que luego les contaré). Para ser honesto, no estaba guardando luto; desde hacía tiempo me traía muy loco otra chava de mi preparatoria. Era la típica "morra mamona" de la prepa que veía a todos desde arriba, como si nadie valiera nada a su lado. Pero tenía con qué: era hermosa, de piel blanca como la nieve, unos ojos claros color café bellísimos, y un cabello larguísimo, color café claro, que le pasaba por mucho de la cintura. Era alta, como de 1,68 m. Yo mido 1,70 m, moreno claro, atlético por el gimnasio y, modestia aparte, de los más atractivos de la escuela. Yo tenía 16 años y ella 18; ella iba en sexto semestre y yo en cuarto; un año más grande ( solo que ella ya había cumplido los 18 en ese año y yo aún no los 17), mayor de edad e inalcanzable para todo el plantel solo le había conocido un novio que era mayor que ella.
Mi único momento para verla era en la cafetería, o cuando coincidíamos en el camino hacia la escuela. Desesperado por acercarme, me metí al taller de ajedrez porque se impartía en el mismo salón donde ella tomaba dibujo técnico ahí mismo en la prepa. Ella siempre se quedaba tarde a terminar sus láminas. Era flaquita, delgadita, pero con un cuerpo perfectamente formadito, todo en su lugar, muy bonito. Mientras yo jugaba ajedrez contra el instructor, que era su compañero de salón y su primo, Carlos, mis ojos no se despegaban de ella. Un día, para llamar su atención, empecé a hacer trampa a propósito. Ella lo notó y, en un tono juguetón y burlón, me acusó: “Mira, Carlos, movió el caballo”. Aproveché el tiro para sacarle plática.
Al poco tiempo, Carlos me soltó: \*“Te gusta mi primita Camila, ¿verdad? Se te nota”\*. Para no verme urgido, le contesté: \*“Pues se me hace interesante”\*. Carlos, metiendo cizaña de la buena, me dijo: \*“Al rato los voy a dejar solos para que platiquen”\*. Y lo cumplió. Antes de salir, nos miró con tono burlesco: \*“Ya los dejo solos”\*. Cerró la puerta del taller y nos dejó encerrados en plena prepa.
Ahí estábamos: el salón vacío, ella sentada en un banco haciendo letras, y yo con los nervios de punta. Platicamos de gimnasio y de una esclava de plata mía, hasta que tomé su mano y jugué con sus dedos. Ese día no pasó a más. Al día siguiente, en pleno receso y frente a toda la escuela, Camila se me acercó para mostrarme sus dibujos. Toda la prepa nos miraba sorprendida de ver a la "intocable" de 18 con el de 16 años.
La hora de ajedrez llegó y Carlos volvió a dejarnos solos en el taller. Esta vez, la tensión explotó. Camila hizo el intento de salir, pero a mitad de camino se dio la vuelta. Se me quedó viendo fijo a los ojos con una mirada retadora, como desafiándome a ver si de verdad tenía los huevos. Se me pegó al cuerpo y nos abrazamos. Dejó caer su mochila al suelo y nos enterramos los labios. La besé con una pasión salvaje. Nos estábamos devorando como malditos animales, metiéndonos la lengua hasta la garganta, pasándonos la saliva sin asco, buscando devorarnos las bocas. El beso era tan atascado que su cabello larguísimo se nos metía entre los labios a los dos; nos deteníamos un segundo con respiración agitada solo para sacar los mechones de pelo con los dedos, nos mirábamos con los ojos inyectados en calentura, y volvíamos a atascarnos la lengua en la boca.
Yo traía una erección monstruosa, el fierro completamente rígido rompiéndome el pantalón escolar. La acerqué con violencia hacia mi pelvis para que sintiera todo el bulto duro presionándole la entrepierna. Camila lo notó al instante; cerró los ojos y dibujó una sonrisa traviesa y caliente, disfrutando ver cómo me tenía de loco. Nos moveríamos arrastrándonos detrás de un locker. Mis manos bajaron directo a su culo, apretándole las nalgas con fuerza por encima de la falda, hundiéndole los dedos en la carne de sus pompis mientras la pegaba a mi miembro. Nos separamos tantito para tomar aire, me miró con cara de reto y me soltó un jueguito con toda la malicia del mundo: \*“¿A poco ya te quieres ir? ¿Como que ya te gustó mucho mi cintura, no?”\*. Esa mamada me volvió loco porque tenía una cara de Angelita pero por dentro era una diabla traviesa.
Me le dejé ir al cuello. Empecé a chuparle y morderle la piel del cuello con ganas, a lamerla con un hambre vulgar, mientras ella respiraba hondo y me gemía bajito al oído: \*“No me vayas a dejar marca, por favor, no me dejes marca...”\*. Al poco rato, jadeando, me dijo: \*“Ya me cansé”\*. Sin pensarlo, la cargué por las nalgas y la subí de un jalón al restirador, dejándola con las piernas abiertas frente a mi pelvis.
Ahí fue donde la faja se puso verdaderamente puerca. Con una mano le abrí los primeros botones de la blusa escolar, metiendo los dedos para acariciarle la espalda desnuda por debajo de la tela y subiendo hasta el brasier, mientras que con la otra mano le levanté la falda por completo hasta la cintura, dejando sus piernas totalmente expuestas. Sus muslos eran blancos y estaban depilados, pero subí tanto la falda buscando su entrepierna que empecé a notar dónde apenas le empezaban a crecer de nuevo los vellitos, una zona muy íntima que me encendió el triple. Tenía la mano en su muslo, a milímetros de su calzón. La fricción contra su cuerpo era tan cabrona que mi líquido preseminal traspasó por completo mi ropa interior y la tela de mi pantalón escolar; de tanto estarnos restregando en esa posición, la humedad traspasó también y terminó manchando la tela de su propia falda, dejando la marca evidente de lo jodidamente caliente que me tenía.
En ese punto de máxima calentura, la puerta del salón de la prepa se abrió de golpe. Era Sofía, una niña de primero. El pánico y la adrenalina nos golpearon. Sofía se asomó buscando a alguien: \*“Oigan, ¿no está por aquí...?”\*. Camila, espantada de que la vieran con la blusa a medio abrochar y desalineada, reaccionó agachándose y pegándose por completo a mi pecho, abrazándome con fuerza y escondiendo su cara en mi uniforme para que Sofía no viera que era ella, la mujer de 18 años, fajeando con el de 16. Yo, tratando de disimular con el corazón a mil por hora, le contesté a la de primero: \*“No, no está aquí, solo estamos nosotros”\*. Sofía dudó, pero se dio la vuelta y cerró la puerta. Camila se separó tantito, se vio la mancha húmeda y me dijo preocupada: \*“Esa niña va a andar de habladora, va a ir a decirle a todos en la prepa lo que vio”\*.
Pero lejos de enfriarnos, el susto nos puso más puercos. Volvimos al restirador. En ese momento, vi de reojo que los vatos de sexto, compañeros de su salón, andaban rondando en el pasillo de la prepa y se estaban arrastrando y asomando por las ventanas del taller para espiarnos. En lugar de paniquearme, saqué el instinto de macho alfa. Quise darles el mejor espectáculo de sus vidas a los cabrones para que vieran cómo me comía a la que ellos creían inalcanzable. Agarré a Camila de la nuca, le atasqué la lengua de nuevo frente a la ventana, le apreté el culooo con fuerza descarada y la presioné contra mi erección húmeda para que los de afuera vieran perfectamente cómo la morra mamona se derretía entera en mis manos, cargando ya con la marca de mi calentura en su uniforme.
Tuvimos que frenar porque el tiempo se nos acababa y las clases iban a continuar. Nos acomodamos la ropa a toda prisa, abrochando botones con el corazón en la garganta y la piel oliendo a sexo, grafito y madera. Salí de ese taller de dibujo con una sonrisota de oreja a oreja que mis compas notaron al tiro en el pasillo de la prepa. Sofía anduvo de habladora como dijimos, pero a mí me valió madre: esa tarde, el de cuarto semestre desarmó de la manera más sucia y apasionante a la dueña de la prepa, dejándole el recuerdo bien pegado en la piel y una mancha en la falda que nos uniría en secreto por el resto del año escolar.