Hoy me siento un poco roto…
como si caminara sin rumbo,
sosteniendo una cuerda deshilachada
que ya no guía a ningún lugar.
Hay un silencio extraño en mí,
uno que pesa…
como caer despacio en un vacío sin fondo.
Y, aun así, en medio de todo,
me descubro pensándote.
Cómo me gustaría que fueras tú quien me hablara,
tú… la que, sin saberlo, me calma,
la que le da sentido a lo que siento.
Pero también sé —y lo sé bien—
que no soy a quien buscas,
ni a quien necesitas,
ni a quien eliges cuando piensas en alguien.
Lo entiendo… porque no me escribes.
Y aun así,
yo te espero.
No con prisa,
no con exigencias…
solo con esa pequeña esperanza terca
que a veces se queda a vivir en el pecho.
Quizá un día despiertes
y, sin motivo aparente,
decidas decir “hola”.
No pediría más.
Porque en ese instante sabría
que, al menos una vez en mi vida,
habité, aunque fuera un segundo,
en tu memoria.