
Mi amigo el Punketo
Ayer salí de una tertulia en la carrera 5 con 18. Vivo en el sur, y para irme hay dos opciones: el TM desde Universidades y un SITP enfrente de Nieves. Una vez en la calle, paso enfrente de un punketo rolo de los clásicos. Chaleco con propaganda antiimperialista, taches gastadas en pecho y hombros. Llevaba una camisa negra o verde de alguna banda que no conozco, y de pantalones, eso que tienen una pata distinta de otra. El puketo tiene tatuajes en el cuello, las manos y estoy seguro de que alguno en la cabeza donde debería haber pelo. Hablando del pelo, una cresta bien afilada y dos pinchos a los lados.
Pensé que me rendía más ir al SITP; pasé la calle al lado del punketo, cuando un acento paisa me pregunta si puede preguntarme algo. El punketo tiene los dientes impolutos, y sonríe como perro que muestra los dientes. Me muestra unas manillas con dije, de esas que venden los que rebuscan al frente de la cinemateca. El punketo me agradece por no hacerle el feo, suspira y dice que le ha tocado muy duro en la ciudad. Me lo imagino cómo saca corriendo a señoras y pelados bien que estudian por ahí. Yo voy parchado, no por valiente, solo voy parchado porque me causa curiosidad qué historia me va a contar para venderme la manilla.
Parce, me dice, ¿me deja contarle la historia de ellas? Justo ayer en la tarde atendí a un viejito que conocía medio mundo y a todas las maravillas del siglo XX en Cúcuta. Pensé en lo necesario que es escuchar a un desconocido, y qué valioso es que lo escuchen a uno.
Caminamos por 19 hasta la 10, y en todo el trayecto el punketo me cuenta de su vida. Que se vino por amor y no pasó nada, que para él las calaveras no son la muerte, sino el reflejo de lo que somos todos y cada uno; también me cuenta que no tiene Nequi, pero que va a pedirle el favor a una amiga. Está que se toma y no quiere perder mi venta.
Pasando puro en frente del Omni 19 (busquen discos allá, tremendas joyas tan baratas), el punketo ve, yo no, un grupo de amigos al otro lado. Me dice que si le doy un minuto, y sale corriendo; me voy detrás, en la mano llevo el tubito con las manillas que el punketo me entregó cuando me iba a contar la historia de cada una. Pasamos la calle corriendo; al otro lado, bares se abren a lado y lado de la calle. Nunca me había metido por ahí, pero el ambiente es exacto al que está frente a la Nacional por la 26.
El punketo saluda a tres metaleros, por sus pintas, y a una gótica. Me saludan desde lejos y yo les devuelvo el saludo con un "buenas".
El punketo pide que le presten un Nequi para recibirme los $15.000 de la manilla y me da igual el precio, no lo hemos discutido. La gótica le presta el número, le transfiero, y el punketo se pone a hablar otro rato más; escucho que viene la pareja aquí, que tiene que comprar comida de perros y chorro. No puede soltar la manilla, y mientras tanto, me pongo a ver la principal de la 19. Allá no pasan tantos carros a esa hora, y la oscuridad del barrio del otro lado, ahí donde hay un lote baldío, parece que se chupa toda luz porque no recuerdo haber visto lámparas, tiendas o cosas brillando a lo lejos.
Finalmente, suelta la manilla, me la da en la mano; me despide de abrazo, de apretón de manos, me agradece de nuevo por haberle dado tiempo. Yo le digo que fresco, que para eso estamos, que se cuide el corazón. Pero no le agradezco haberme sacado de mis pensamientos, de haberme movido la ruta, de haberme hecho tan extraña y gratificante la noche.
El punketo sigue despidiéndome a lo lejos cuando voy en la esquina. Pienso que ese amigo fugaz ha sido una experiencia que todos deberíamos vivir cada día.