— La calle es solitaria a esta hora de la mañana, pocas almas son capaces de levantarse tan pronto para luchar por su sueño. —se vio una sonrisa en su rostro—. No entiendo que alguien quiera vivir una vida normal. ¿Por qué ser normal si puedes ser el mejor?
Dijo para sí mismo un joven de unos diecinueve años que se disponía a salir de casa para hacer un entrenamiento de resistencia. Yendo con unas zapatillas diseñadas específicamente para la tarea, con una camiseta que según sus vendedores “respira por sí sola”, y unos pantalones cortos que a la hora de correr hacían que sus músculos se marquen. Antes de salir llegó a sus oídos el sonido de la puerta de la habitación de sus padres, había alguien más que se disponía a salir de casa para cumplir su labor; era su padre quien tenía un trabajo que según él mismo decía, no quiere que sus hijos acaben allí.
Aunque no se llevaban mal padre e hijo, de hecho se querían mucho, su comunicación nunca fue muy profunda y no habían hablado de manera personal.
– Hola papá, ¿qué tal? —dijo el joven con una sonrisa genuina.
– Hola, bien. ¿Y tú, a dónde vas? —respondió su padre.
– Bueno siempre se puede estar mejor, ahora me voy a correr un rato. —Aún con la sonrisa en la cara, aunque se podía notar cierta vergüenza en ella.
– Ah vale, ten cuidado. No es bueno para el corazón hacer tanto esfuerzo.—comenzó con una mirada preocupada hacía su hijo, aunque sin dejar de prepararse el desayuno–. Me alegro de que hagas ejercicio, es bueno, pero hacer de más no te hace mejor. Lo único que conseguirás es quemarte antes. Es igual de inútil dar más de lo que puedes, que no esforzarte al máximo; con ninguna de las dos opciones conseguirás lo mejor de ti.
– No me esfuerzo tanto cómo tu crees, podría dar mucho más.—Sus ojos quedaron mirando al suelo.
El hijo se despidió del padre mientras cerraba la puerta sin siquiera mirarle a la cara. Debía hacer un trayecto de unos veinticinco minutos para llegar al lugar en el que solía correr, le gustaba porque era tranquilo y tenía la opción de correr por donde él quisiera. Este camino, aunque largo, se le hacía más ameno gracias a la música y los mensajes motivacionales que escuchaba; no solo le servían de motivación, le guiaban.
Ya pasados unos diez minutos de camino, el silencio seguía ahí y las farolas aún eran lo que iluminaba en gran medida la calle, aunque ya habían salido los primeros coches de las personas que se iban a trabajar. Seguía predominando el silencio, pero él realmente no tenía posibilidad de saberlo por culpa de sus auriculares, que mantenía en todo momento a su máximo volumen. Con ayuda de la música su imaginación echaba a volar y era capaz de imaginar los escenarios más mágicos, le encantaba mirar a los edificios e imaginar que eran estadios llenos de gente que estaban allí para verlo.
Ya llegado a su destino empezó con su ritual, pues había escuchado por ahí que es muy importante tener uno para llegar a una buena concentración. El suyo constaba de unos ejercicios de calentamiento dinámico, que repetía cada vez que corría, siempre haciéndolos no por el hecho de calentar su cuerpo sino de enfocar su mente. Con el ritual terminado solo quedaba una cosa por hacer, “darle caña” cómo él decía siempre. El entrenamiento eran cuatro series de cuatro minutos en las cuales debía hacer un kilómetro, dos minutos de descanso entre series.
– Joder, estoy muerto. –Dijo sollozando al terminar la primera serie–. Venga, yo puedo, tengo que hacerlo.
Acabó la segunda serie.
– Dios, tengo que hacerlo aún mejor. –Estaba exhausto y con las orejas rojas como un tomate–. Yo sé que puedo.
A mitad de la tercera serie paró, no pudo aguantar más, su corazón iba a mil por hora. Los ojos apunto de llorar denotaban la gran tristeza que llevaba ahora mismo en su mente, no solía se había fallado a sí mismo, no había conseguido lograr un entrenamiento que muchas personas pueden hacer. No era suficiente.
– No pasa nada, no sé puede lograr siempre todo. Incluso los más grandes han perdido alguna vez. –Se dijo a él mismo mientras iba caminando a casa–. Estoy seguro de que mañana lo podré lograr. –Al decir está última frase, aunque con una sonrisa, se podía notar cómo no la decía con fuerza–.
Mientras el joven volvía, en su casa ya se había levantado su madre y con ella el hermano mayor, mientras que el pequeño seguía durmiendo. David y Miquel, el primero siendo el mayor de los hermanos y el otro el más pequeño. Lizaveta siempre tenía que levantar al menor de los tres, pues había tomado de ejemplo al hermano mediano quien dejó la escuela para centrarse en luchar por su sueño; de él heredó la vaguería y rebeldía.
– Miquel, vamos levanta por favor que debes ir a clase. –dijo Lizaveta con un tono bruto, mientras agarraba al hijo del brazo–. Por favor.
– Déjame en paz, no iré. –dijo Miquel recién despierto, aún sin gritar—.
– Levántate de una vez. –dijo con un tono cada vez más cansado–.
–¡Mamá! No iré, me da igual lo que me digas.--dijo poniéndose en pie–. Dani no va a clase y yo no seré menos, si él no va yo tampoco iré. Hace lo que quiere, por qué yo tendría que hacer lo que tú me digas, mientras él está aprovechando su vida con algo que ama. –dijo esto con tal energía y seguridad que parecía que llevaba horas despierto—.
– Miquel no tienes ni idea de lo que estás hablando. No metas a Dani en esto, porque él haga algo no significa que tu tengas que hacer lo mismo.--dijo ya con un tono mucho más grave–. Está perdiendo su vida y me niego a que tu hagas lo mismo, lo único que quiero para ti es que tengas un buen futuro.--dijo mientras le tiraba la ropa a su hijo; camiseta y pantalón de uniforme–. Sé que está mal que una madre hable mal de su hijo, pero no quiero que hagas lo que hace Dani, no lo tomes cómo ejemplo.--intentó calmarse pero su ojo derecho palpitaba de los nervios–.
Por un momento pareció que Miquel había entrado en razón, incluso se llegó a poner los pantalones y dejó que Lizaveta le siga preparando la mochila para estar listo. Pero de pronto se volvió hacía ella y con la mirada llena de cólera.
– No tienes razón en nada de lo que has dicho, no tienes ni idea.--Empezó con tono burlón mientras miraba a su madre–. Tú lo único que haces es trabajar, ni siquiera pasas tiempo conmigo, solo te importa que me saque los estudios para después tener qué. ¿Un trabajo que me de dinero? ¿Un trabajo dónde no tenga que esforzarme mucho? No tienes ni la más mínima idea de lo que quieren tus hijos.--Dicho lo último su tono cambió por completo, se podían ver las venas en su frente mientras hablaba. Tiró la camiseta que estaba en la cama al suelo –. Te puedes ir a tu trabajo… Tranquila porque yo, tu hijo, te hará caso e irá al colegio para poder sacarse una carrera o lo que me dé la gana. Y así conseguir dinero.
Los gritos de Miquel habían llegado a los oídos de su hermano mayor. Él ya era un adulto de veintiséis años, trabajaba en una granja donde no ganaba mucho dinero lo cual no le permitía independizarse. Aunque el poco dinero que ganaba siempre lo ahorraba, incluso tenía unas pequeñas inversiones en fondos indexados, deposita unos ciento cincuenta euros mensuales. Se estaba preparando para ir al trabajo, pero los gritos le obligaron a parar un momento.
– Hola Miquel, ¿quieres que te prepare un poco de colacao?—dijo mientras con la mano le indicaba a Lizaveta que salga del cuarto—. Yo me voy a hacer café, así que avísame para saber si hacértelo por favor.
— Si quiero, hazmelo.
— Vale ahora voy a hacerlo, te lo dejaré en el salón, cuando ya te hayas puesto el uniforme ves a cogerlo.--Con un tono y gestos tranquilos le devolvió la camiseta a Miquel–.
Miquel no le dijo nada más, lo único que devolvió fueron los mismos ojos coléricos que le dio a su madre. Pero a pesar de su enfado decidió cambiarse lo más tranquilo posible. Su madre había hecho caso a los gestos del hermano mayor y salió de la habitación, se fue directamente al salón a beberse su café, de los cuales solía beber unos cuatro al día; uno al despertar, uno de merienda, otro sobre las seis de la tarde y el último antes de dormir. David cumplió su promesa y fue a hacer el colacao a su hermano.
Pasarón diez minutos desde la discusión entre Lizaveta y Miquel. David y mamá estaban esperando al menor de la familia, Liza tomaba cada vez más rápido el café y no podía dejar de mirar la puerta, no aguanto más y decidió ir a buscar a su hijo. Pero al llegar a la puerta, se abrió de golpe. Era él, estaba vestido e incluso peinado; cosa que implicaba que había ido al baño y ni David ni Lizaveta se dieron cuenta. El menor abrió la puerta y ni siquiera miró a los ojos a su madre, se fue corriendo al salón donde le esperaba su colacao y su hermano.
— Siento que mamá te haga sentir así.—dijo David mientras le acercaba un plato con una tostada a su hermano—. Come un poco de esta tostada, te hará sentir un poco mejor.
— Gracias.
— Entiendo que te molesta que te digan lo que tengas que hacer, pero aunque no lo creas a veces necesitamos que lo hagan.—dijo mirando a los ojos a su hermano, mientras David seguía mirando a la tostada—. A las personas nos cuesta ver con claridad las cosas cuando se trata de uno mismo, por eso de vez en cuando viene bien que alguien de fuera nos diga qué hacer. Aunque moleste.
— Pero por qué me lo tienen que decir a cada rato.—respondió el menor aún mirando la tostada—. Quién es mamá para decirme lo que debo hacer, ambos sabemos que no sabe casi nada sobre nosotros. Que sea mi madre no significa que su opinión valga más que la de mi mejor amigo por ejemplo, al final él sabe mucho más de mi que ella.—sus ojos se volvían cada vez más rojos, mientras con una mano se rascaba el ojo, con la otra apartó el plato con la tostada—. No estoy queriendo decir que mamá sea estúpida, quiero decir que aunque entiendo que lo hace con su mejor intención, no tiene ni idea de que es lo que desea su hijo.
— ¿Y qué es lo que desea su hijo?—preguntó David con tono suave mientras le volvía a acercar el plato a su hermano.
Hubo un silencio de unos cinco segundos, en el sexto parecía que Miquel por fin iba a dar respuesta pero cuando abrió la boca solo lo hizo para coger una bocanada de aire y seguir en silencio. El mayor solo hizo una cosa, se dirigió al sofá, donde estaba la mochila de Miquel, la levantó y fue a dársela a su hermano.