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Significación del Congreso de Panamá en la Historia de la Diplomacia. Parangón con el Congreso de Viena y la Santa Alianza.
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Significación del Congreso de Panamá en la Historia de la Diplomacia. Parangón con el Congreso de Viena y la Santa Alianza.

Cuando Otero se refirió al Hispanoamericanismo, había considerado que en su génesis uno de los factores más importantes fue el de mancomunar los esfuerzos de las naciones hispanoamericanas a fin de poner punto final a la Guerra de la Independencia, o dicho con otras palabras: cuando nace el Hispanoamericanismo nace con las armas en la mano y es ese motivo el cual hace que el Congreso de Panamá haya sido una alianza política, donde se propició la creación de un sistema internacional destinado a la defensa de las libertades conquistadas en las cruentas guerras de independencia, como también para el afianzamiento de la paz entre naciones americanas.

Pero Otero se atreve a anotar que, tan pronto alcanzan las armas patriotas la victoria final de [la batalla de] Ayacucho, la razón de ser del Hispanoamericanismo, deja de existir y el problema principal de América española, viene a ser el de su organización interna y es eso que una institución como el Congreso de Panamá, de una concepción demasiado avanzada para la época de su instalación, estaba destinada al fracaso, en sus fines inmediatos.

La Historia suministra ejemplos bien significativos de que la unión político-militar para la defensa de la independencia fue el principal motor del movimiento hispanoamericanista: a cada uno de los intentos españoles de recuperar sus perdidas colonias americanas, corresponde la inmediata reacción de las flamantes repúblicas, reacción que se trasluce en los Congresos de Lima de 1848, de Santiago de Chile de 1856 y de Lima de 1864, oportunidades todas en que el Hispanoamericanismo cobraba nuevos bríos, los que, ya pasados los momentos de presunto peligro, decrecen rápidamente retornándose a ese nacionalismo separatista tan característico de nuestras naciones: la tendencia a lo nacional, a lo regional, de pura herencia hispánica, fue la que hizo fracasar ese ideal de confederación propugnado por el Libertador y así vio éste, una vez más, fracasar sus ideales por falta de colaboración en los hombres y en los pueblos.

En una carta suya, dirigida días después del Congreso al general José Antonio Páez, puede leerse lo siguiente:

«El Congreso de Panamá, institución que debiera ser admirable si tuviera más eficacia, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los buques que navegaban...; su poder será una sombra y sus decretos meros consejos nada más».⁶⁶

Pero Bolívar se equivocó en sus apreciaciones: la miopía de sus contemporáneos les impidió apreciar en toda su grandeza el ideal internacional del Libertador; serán las generaciones venideras las que, en un análisis despojado de los pasionismos del momento, valorarán la trascendencia que el Congreso tuvo no sólo para América, sino para toda la humanidad.

El resultado del Congreso no es en sí despreciable: se había logrado reunir en un Congreso internacional a países que acababan de independizarse, y si bien lo realizado por dicho Congreso resultaba muy inferior al ideal perseguido por Bolívar de la creación de una confederación con un órgano supraestatal que coordinase los esfuerzos de las naciones de América en pro del progreso y de la paz del continente, no obstante, repite Otero, se trataron en la reunión de Panamá, asuntos que no habían sido tocados en los Congresos internacionales de la época; más aún, son los intereses de fraternidad y humanidad los que primarían sobre las razones políticas, conformándose así los principios característicos de la orientación internacional americana.

Estableciendo un parangón entre el Congreso de Panamá y sus contemporáneos de la Santa Alianza, es fácil establecer la significación que tuvo el primero, en el desarrollo de la diplomacia y del Derecho Internacional.

El Congreso de Viena, celebrado en 1815 por las potencias vencedoras de [o contra] Napoleón, desechando los aportes con que la Revolución Francesa había renovado el Derecho Internacional en Europa, y retornando a los principios existentes antes de 1789, restablece el antiguo sistema del equilibrio de poder como norma fundamental de la política internacional. Dicho sistema (ya usado en la época de las ciudades griegas de la antigüedad y de las Ciudades-Estados de la Italia medioeval), consistía en la creación de alianzas entre los menos poderosos para contrarrestar la creciente fuerza de algún otro Estado más poderoso que cualquiera de ellos, resultando como consecuencia de esto que, con el fin de obtener ese deseado equilibrio, se llegaba inevitablemente a particiones territoriales y rectificaciones de lindes, y así vemos cómo en el Congreso de Viena los cuatro grandes de la época se dividieron el suelo y el género humano, chocando la codicia de unos con los celos de los otros. El caos y el confusionismo imperantes van a ser aprovechados magistralmente por Talleyrand, representante diplomático de la nación vencida, Francia, con un principio que iba a hacer fortuna: el principio de la legitimidad.

Debidour nos transcribe la definición personal de Talleyrand de este principio:

«La conquista por sí misma no confiere el derecho a la posesión: ninguna corona, ningún territorio puede ser declarado disponible si su legítimo propietario no ha renunciado formalmente; por consecuencia, todo gobierno cuyo jefe no ha aplicado ni renunciado a una parte de sus Estados, debe ser representado en el Congreso, respetado en sus posesiones si ellas le son puestas en duda, reintegrado si las ha perdido».⁶⁵

Esto no es en ninguna forma una teoría democrática, sino una teoría dinástica. Es innegable que esta política llevaba en ella el principio de conservación. El Congreso de Viena tenía por finalidad principal fijar el estatuto territorial de los Estados europeos, estatuto que había sido modificado por la política imperial napoleónica. Los Estados deberían volver a los antiguos límites de antes de la Revolución Francesa y este retorno a los antiguos límites no se hacía en base al respeto, al espíritu nacional de los mismos, sino por «el respeto de lo ya formado en el curso de la Historia y que había recibido la consagración del tiempo. Teoría de la prescripción, de la posesión antigua, teoría menos profunda, menos vibrante que las de las nacionalidades».⁶⁵

Con el fin de garantizar el orden reimpuesto por el Congreso de Viena, va a nacer la Santa Alianza. El pacto de su creación fue firmado el 26 de setiembre de 1815 en París por los soberanos de Prusia, Austria y Rusia.

Los tres soberanos, que la firmaron personalmente, anunciaban su «inconmovible determinación» de no tener más norma de conducta que las prescripciones de la religión cristiana; de prestarse uno a otro en todo momento y en cualquier ocasión, ayuda y socorro «de acuerdo con las palabras de las Santas Escrituras»; de considerarse a sí mismos y a sus naciones «como miembros de una misma nación cristiana» y otras parecidas declaraciones. No había allí la menor referencia al Derecho de Gentes. El verdadero significado de estas frases sonoras se comprende cuando se leen a la luz de la teoría de la monarquía de derecho divino: entonces surge con toda claridad la idea intervencionista.⁶⁷

En síntesis, los monarcas declararon que la alianza era perpetua y que sus objetivos principales eran: mantener con carácter irrevocable las particiones territoriales hechas por el Congreso de Viena, fortalecer los lazos de cooperación entre las monarquías europeas a fin de oponerse colectivamente a todos los esfuerzos destinados a cambiar las instituciones políticas, aplicar el principio de intervención en los asuntos internos de los Estados con el objeto de impedir las insurrecciones populares contra los gobiernos establecidos y garantizarse mutuamente el mantenimiento del régimen monárquico.

Aquí encontramos la génesis del llamado concierto europeo, o sea, el grupo de potencias que, invocando los principios del Pacto del 26 de setiembre de 1815, justificarán la serie de intervenciones que se prolongarán a lo largo de casi un siglo y cuyo ámbito quisieron extender hasta las costas americanas.

El principio de intervención y las doctrinas reaccionarias enunciadas por la Santa Alianza fueron confirmadas y elevadas a la categoría de principios de Derecho Internacional en los Congresos de Aquisgrán de 1818, de Troppau de 1820, de Laibach de 1821 y de Verona de 1822, y en ellos se gestaron las intervenciones antiliberales en Nápoles, en Grecia y en España, respectivamente. En el Congreso de Verona la discusión de la cuestión de España y sus colonias ocupó casi toda la conferencia.⁶⁸

Pero como bien apunta Redslob:

«Sería injusto no ver en ella (en la Santa Alianza) más que una manifestación de violencia. Tiene su rol en el desarrollo del derecho de gentes, el concepto de Directorio encierra el germen de un progreso futuro, su mecanismo tiene un valor intrínseco: ha debido estar al servicio de una causa mejor que la del Tratado de Viena. Desde el Congreso de Viena y siguientes se han echado las bases de la nueva sociedad de Estados y del Derecho Internacional».⁶⁹

Si a pesar de las doctrinas absolutistas y reaccionarias, los Congresos de Viena y de la Santa Alianza merecen una opinión como la anteriormente transcrita de Redslob, la importancia y significación que Otero atribuye al Congreso de Panamá en la Historia de la diplomacia no necesita una mayor demostración.

En efecto, a esas doctrinas absolutistas enunciadas por la Santa Alianza, replicó el Congreso de Panamá con la enunciación de las doctrinas liberales de América, que Otero puede resumir así: la independencia de las naciones americanas y de sus instituciones republicanas contra toda agresión extranjera, el principio de la no-intervención como doctrina de Derecho Internacional, el respeto por la integridad territorial de todas las naciones, la condenación de la conquista y la renuncia a la guerra como instrumento de política internacional, organización de la cooperación internacional y orientación pacifista apoyada en la codificación del Derecho Internacional y en los procedimientos de arbitraje, conciliación, etc.

Por primera vez en la historia de la humanidad, las naciones se reunieron en conferencia para establecer una Sociedad de Naciones sobre bases de justicia y de paz internacional y para crear organizaciones internacionales encargadas de la conservación de la paz y de la administración de la justicia. Aunque la Gran Colombia fue el único Estado que ratificó el Tratado concluido en el Congreso de Panamá, los principios proclamados en el mismo se convirtieron en la Ley tradicional del Continente. El tratado firmado en Panamá en razón de su elevada concepción, de la amplitud de sus ideas, de su inspiración pacífica y humanitaria, de la nobleza y estilo con que se enunciaban los más avanzados principios de conducta internacional, fue entonces, y permanece hasta nuestros días [El comgreso de Panam**á fue publicado en 1969], como la más fundamental doctrina de las relaciones interamericanas y uno de los más trascendentales de la historia de la humanidad.

El Tratado de 1826 proclamaba principios que tuvieron profunda influencia, no sólo en América sino también en Europa; la idea de una Sociedad de Naciones, de la que el Congreso de Panamá resulta el verdadero antecedente, no fue adoptada por Europa sino hasta 1919, fecha en la que se adoptaron también el principio de la garantía recíproca de la integridad territorial y el procedimiento de la conciliación; la renuncia a la guerra como método de arreglo de las controversias internacionales fue adoptado parcialmente en las Conferencias de La Haya. Otero estáse refiriendo a realizaciones de Congresos Internacionales y no a simples proyectos publicistas.

Resumiendo: el Congreso de Panamá y los Congresos de Viena y la Santa Alianza presentan tanto afinidades como diferencias.

Veamos primero las afinidades: tanto en uno como en los otros la idea rectora era la paz y la estabilidad internacionales; en ambos también están los antecedentes más importantes del ideal de Confederación (hoy decimos Organización Mundial), en el primero se buscó la Confederación de América, en los segundos la Confederación de Europa; también tanto en uno como en los otros el Derecho Internacional recibió un aporte valioso: en Panamá, el procedimiento de la Conciliación, el proyecto de codificación, el principio de la no-intervención, etc., y en los Congresos de Viena y de la Santa Alianza: el principio de la libre navegación de los ríos internacionales, el establecimiento de las categorías diplomáticas e inclusive hay un principio común a ambos: la supresión del comercio de esclavos.

Veamos ahora las diferencias, que son substanciales: la Asamblea del Congreso de Panamá era una especie de cuerpo consultivo que podría servir de consejo en los momentos difíciles, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete de los tratados públicos y de conciliador en las diferencias que pudiesen surgir; en cambio, el concierto europeo se arrogaba la dirección, el comando de la comunidad internacional propiciando la intervención según conviniere a sus intereses. Los Estados miembros de la Asamblea del Istmo deberían tener una organización política de base democrática; en cambio, los Estados integrantes del Concierto tenían como base la conservación de los intereses de las dinastías vencedoras de Napoleón. Las directivas políticas en Panamá fueron el afianzar la libertad e independencia adquiridas, e incluso conquistarlas para aquellas que no lo habían logrado (Cuba, Puerto Rico); en cambio, la Santa Alianza tenía como uno de sus objetivos políticos principales la destrucción de los principios liberales (intervenciones en Nápoles, Grecia, España).

⁶⁴. BOLIVAR a José Antonio Páez, 6 de agosto de 1826, en LECUNA, Vicente, op. cit., T. VII, pág. 68.

⁶⁵. DEBIDOUR, Charles, Histoire diplomatique de l'Europe (París, 1891), T. I, pág. 26.

⁶⁶. REDSLOB, Robert, Histoire des grands principes du Droit des Gens (París, 1923), pág. 341.

⁶⁷. Los pormenores de todos los Congresos de la Santa Alianza en: ALISON PHILLIPS, William, «Los Congresos de 1815–1822», en Historia del Mundo, publicada por la Universidad de Cambridge (s/trad.), (Barcelona, 1918), T. XVII.

⁶⁸. Ver nota anterior.

⁶⁹. REDSLOB, R., *op. cit.*, pág. 391.

(pp. 24–27).

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 1 day ago
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El funcionamiento del Congreso. El Tratado de Unión, Liga y Confederación. La Convención sobre Contingentes. El Concierto provisional sobre el Ejército y la Marina de la Confederación.

[Título entero: El funcionamiento del Congreso. El Tratado de Unión, Liga y Confederación. La Convención sobre Contingentes. El Concierto provisional sobre el Ejército y la Marina de la Confederación. El Convenio sobre el lugar y tiempo en que debían verificarse las posteriores reuniones de la Asamblea y forma y orden de las sesiones].

... las reuniones del Congreso tuvieron lugar entre los días 22 de junio y 15 de julio de 1826, alcanzando el número de sus sesiones a diez en total.⁵⁷

La sesión de instalación del Congreso se realizó en la Sala Capitular del antiguo Convento de San Francisco, de Panamá, el 27 de junio a las once de la mañana y fue presidida por Pedro Gual, designado por sorteo. En esta primera reunión se procedió al canje y reconocimiento de los poderes respectivos, los que se declararon conformes. Vidaurre escribió un deslumbrante y exaltado discurso que fue publicado en la Gaceta de Panamá del día siguiente. La delegación colombiana hizo unas advertencias al respecto y se acordó observar el acostumbrado método diplomático en las comunicaciones entre los Plenipotenciarios a la Asamblea.

En posteriores sesiones los delegados peruanos presentaron un Proyecto de Bases para el Pacto de Unión entre los Estados de América que constaba de veintiséis artículos: en resumen se propugnaba una confederación perpetua contra España o cualquier otra nación que quisiese dominar a América, garantizándose mutuamente sus territorios, libertad e independencia y prometiéndose ayuda mutua. Las potencias extrañas podrían admitirse en dicha confederación por común acuerdo de todos los contratantes. El reconocimiento español no sería aceptado en forma aislada, ni admitidas compensaciones pecuniarias para alcanzar ese reconocimiento.

La Asamblea, que sería general y permanente, se ocuparía de mediar en las dificultades de los Estados contratantes, interpretando los tratados y arreglando también el número de tropas, contingentes y subsidios con que cada Estado debía contribuir. También se hablaba en ese proyecto peruano de futuros convenios comerciales, de ciudadanía americana, de no colonización extranjera, de proyectos de codificación del Derecho Internacional, de prohibición del tráfico de negros, de condición de los cónsules, etc.⁵⁸

Este proyecto fue rechazado por la delegación colombiana por no estar redactado en forma y por contener objetos muy ajenos al acto de confederación. Se elaboró un contraproyecto con las delegaciones de Colombia, Méjico y Centroamérica.⁵⁹

Ese contraproyecto resultó admitido casi íntegramente como el texto del Tratado de Liga y Confederación. La delegación mejicana formuló objeciones a la calidad de juez internacional, de árbitro inapelable con sentencia obligatoria, que se atribuía a la Asamblea y el debate llegó a la adopción de una solución transaccional: la mediación de la Asamblea sería amistosa y sus decisiones no serían obligatorias; empero, la guerra no podría declararse entre los Confederados sin recurrir antes a la Asamblea.

La delegación mejicana quiso también que la Liga fuera temporaria y no perpetua y que el Tratado de Liga y Confederación concluyese con la guerra. La Asamblea decidió que el tratado sería firme en todo su valor durante la guerra contra España, pero que, terminada ésta, sería objeto de una revisión por la misma Asamblea. La delegación centroamericana solicitó una cláusula sobre límites y en las controversias que suscitó tal solicitud se revelan ya las tendencias nacionalistas que primarían sobre el plan federativo. Y aunque trató de imponerse el principio del uti possidetis juris de 1810, las disensiones impusieron que se consignase una cláusula ambigua que no tenía eficiencia alguna:

«Las partes contratantes se garantizan mutuamente la integridad de sus territorios, luego que en virtud de las convenciones particulares que celebren entre sí, se hayan demarcados y fijados sus límites respectivos, cuya conservación se pondrá entonces bajo la protección de la Confederación».⁶⁰

Luego de estas intervenciones se concluyó el Tratado de Unión, Liga y Confederación del 15 de julio de 1826.⁶¹

De acuerdo al método adoptado, Otero hará una breve síntesis de los principales puntos contenidos a lo largo del preámbulo y de los treinta y dos artículos, contando el adicional de que consta el tratado.

Las naciones firmantes, invocando su origen común y su vocación de independencia y deseando consolidar las relaciones existentes entre ellas, se ligaron y confederaron mutuamente en paz y en guerra, defensiva y ofensivamente en favor de la independencia y soberanía de las naciones contratantes. Sin embargo, esta Confederación no tenía el carácter de perpetuidad que deseaba el Libertador, pues la delegación mejicana influyó para que se le diera una duración temporaria: en efecto, el tratado permanecería firme en sus partes y efectos hasta el cese final de la guerra con España y, una vez verificada la paz, se debería revisar e introducir las reformas y modificaciones que determinaren las circunstancias. En dicho tratado los artículos 4º, 5º y 6º se referían a los contingentes de tropa y a los buques de guerra, siendo esto regulado específicamente por un Convenio especial: la Convención sobre contingentes.

Trataba también acerca de las medidas a tomarse para evitar las depredaciones de los corsarios, como asimismo acerca de los desertores y tránsfugas.

Los artículos 16, 17, 18 y 19 establecen el juicio de conciliación y la mediación, facilitando los medios para que estas disposiciones tuviesen, en mayor o menor grado, la fuerza de una decisión arbitral y obligando a la Confederación a que declarase si apoyaba o no al confederado, al que se prohibía favorecer, bajo cualquier pretexto, las pretensiones de la potencia extraña.

Como vemos, la idea de Bolívar de una Asamblea cuyas decisiones arbitrales fuesen obligatorias, no llega a concretarse en Panamá, y es nuevamente Méjico quien se opone a la aprobación de un instituto que actuaría como un organismo supraestatal, tal como era la idea bolivariana, demasiado evolucionada para la época del Congreso.

Un punto importante también fue el que se refería a que ninguna de las partes podía concertar con España la paz por separado, ni que dicha paz se obtuviese mediante indemnización o subsidio.

La Asamblea, como ya adelantamos, no sería permanente, sino periódica: se reuniría cada dos años en tiempo de paz y cada año en tiempo de guerra.

Se determinaron los objetos principales de la Asamblea: negociar y concluir tratados entre las Partes; contribuir al mantenimiento de la paz y amistad entre ellas «sirviéndoles de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete de los tratados y convenciones públicas... y de conciliador en sus disputas y diferencias; debería procurar la conciliación y la mediación entre los aliados o entre éstos y potencias extranjeras; debería, por último, ajustar y concluir los Tratados de alianza, contingentes, subsidios, etc., referentes a cuestiones militares y bélicas».

Las Partes no podían celebrar tratados de alianza con potencias extrañas a la Confederación, sin el previo consentimiento de ésta; no podían declarar la guerra a potencias extrañas sin la previa solicitud de buenos oficios, mediación, o conciliación y si contravinieren estas disposiciones serían excluidas de la Liga.

En los artículos 21 y 22, se expone como obligatorio el principio de la integridad territorial y en cuanto a la forma de demarcar los límites de los territorios de las partes Otero se remite al texto del artículo 22:

«Artículo vigésimosegundo: Las Partes contratantes se garantizan la integridad de sus territorios, luego que, en virtud de las Convenciones particulares, y que celebrasen entre sí, se hayan demarcado y fijado, sus límites respectivos, cuya conservación se pondrá entonces bajo la protección de la Confederación».

Este artículo, revela la aguda sensibilidad nacional de las nuevas Repúblicas en lo referente a la demarcación territorial, ya presentida por el Libertador, y la desconfianza mutua entre las delegaciones asistentes; todo lo cual les impidió utilizar la norma jurídica del uti possidetis juris propugnado por Bolívar, como solución ideal para los conflictos de límites. Conviene aclarar de paso que muchos publicistas, como Moreno Quintana, Accioly, Urquidi, etc., dan por sentado que el principio del uti possidetis juris se generó en el seno de la Asamblea de Panamá; Otero disiente con estos autores, ya que en el artículo arriba transcrito, resulta bien clara la exclusión del mencionado principio y, por otra parte, adelanta su concepción y enunciación en fecha más temprana; aunque más adelante se refiere nuevamente a ésta, el análisis del texto del Tratado de Unión, Liga y Confederación que está haciendo, lo mueve a hacer esta aclaración.

Según también dicho tratado, los ciudadanos de cada una de las Partes gozarán de los derechos y prerrogativas de los ciudadanos de la República donde residan. Se abandona así el proyecto de ciudadanía común presentado por la delegación peruana, existiendo además en los artículos 23 y 24 disposiciones específicas a las condiciones necesarias para adquirir la ciudadanía de otra de las Repúblicas confederadas.

Existen también en el tratado disposiciones que facilitan la adhesión a la Confederación de aquellos países hispanoamericanos inasistentes al Congreso.

Se aclara también que el tratado no interrumpe el ejercicio de la Soberanía con respecto a las potencias exteriores a la Confederación en cuanto no se opusieran al espíritu del Tratado; asimismo terminará su exclusión de la Confederación.

Hay también disposiciones referentes a la abolición y extirpación del tráfico de esclavos.

Por último, Otero se refiere al artículo adicional, de clara filiación bolivariana: en él se determinaba que, siendo un deseo ferviente de los confederados el vivir en paz con el resto de la comunidad internacional, luego de que se obtengan las ratificaciones del tratado, procederían a «fijar de común acuerdo todos aquellos puntos, reglas y principios que han de dirigir su conducta en uno y otro caso», y a ese efecto se invitaría a las potencias neutrales amigas a tomar parte activa en esa negociación: aquí está claramente bien expresado el proyecto de una futura codificación del Derecho Internacional, a cuyo respecto había insistido Bolívar en sus Instrucciones a los delegados peruanos.

Otero pasa ahora a resumir la Convención sobre contingente y el concierto provisional sobre el Ejército y la Marina de la Confederación, a que se refiere el artículo 2º de la Convención citada en primer término.⁶²

Ambos documentos fueron firmados el 15 de julio de 1826 y siendo su objeto de escasa importancia para la historia diplomática, Otero los reseñará en conjunto.

En la firma de estos dos pactos tuvo una actuación preponderante la delegación colombiana. Se reguló minuciosamente todo lo referente al número de tropas que debía mantener cada República, a las condiciones necesarias que justificaran el traslado y movimiento de tropas solicitadas en ayuda de un confederado, lo referente a equipo militar, vestuario, víveres y alojamiento de las fuerzas en campaña, así como también lo referente a gastos, subsidios, bajas, etc.

Las tendencias nacionalistas se pusieron de manifiesto en lo referente al comando general de estas fuerzas confederadas; en efecto, el artículo 4º de la Convención sobre Contingentes dispone:

«Artículo cuarto: Los contingentes se pondrán bajo la dirección y órdenes del Gobierno que vayan a auxiliar; bien entendido que los cuerpos auxiliares han de conservar bajos sus Jefes naturales, la organización, ordenanza y disciplina del país a que pertenecen».

O sea, que la autoridad del Estado sobre esas tropas que habían llamado en auxilio resultaba puramente nominal, ya que ellas permanecían bajo el mando de sus propios oficiales, malográndose así en su esencia, el proyecto del Ejército federal.

El Ejército federal debería constar de sesenta mil hombres, los que serían suministrados por los países aliados en contingentes proporcionados a su población, como lo habían solicitado los peruanos. Colombia debía contribuir con 15.250. Centroamérica con 6.750, Perú con 5.250 y Méjico con 32.750. Al ser invadido un país aliado, los demás lo socorrerían con un subsidio de 200.000 pesos. Los vestidos y los víveres serían de cuenta de los auxiliares, durante la campaña, pero serían reintegrados por el auxiliado dos años después de la terminación de la campaña. Las bajas serían también reemplazadas por los auxiliares, pudiendo hacerlo con ciudadanos del país invadido, pero éstos recobrarían su libertad al regresar a su territorio los ejércitos auxiliares.

La escuadra federal, que se establecería en el Atlántico, estaría formada por buques de Colombia, Centroamérica y Méjico. Una comisión de miembros designados por los tres países, tendría la dirección y el mando de las fuerzas navales. El Perú concurriría también a la defensa marítima, pero vigilando, como lo había solicitado, las costas de los países aliados en el Pacífico. La escuadra peruana estaría dividida en dos cruceros y dirigida, independientemente de la comisión del Atlántico, por el Gobierno del Perú.

Veamos ahora en último lugar el Convenio sobre el lugar y tiempo en que debían verificarse las posteriores reuniones de la Asamblea y la forma y orden de las sesiones.⁶³

Dicho Convenio, firmado por separado el 15 de julio de 1826, consta de diez artículos en los cuales se indica que la Asamblea cambiará su sede, reuniéndose en Tacubaya (Méjico), donde sesionará tres meses, prorrogables a dos más. La traslación de la Asamblea a territorio mejicano, libraba a ésta de la tutela colombiana. Fue esto quizá el mayor éxito de las delegaciones mejicanas y peruanas, sirviendo para probar la sinceridad de los propósitos del Libertador, ya que sus detractores, sólo veían en el Congreso un instrumento para conseguir la hegemonía de Colombia en la comunidad hispanoamericana.

Los delegados a las futuras Asambleas deberían tener el título de Ministros Plenipotenciarios. Se utilizaría el procedimiento del sorteo para la designación de la Presidencia y de las precedencias. Se extendería la inmunidad diplomática a los familiares y a la comitiva de los delegados. Se proscribía el ceremonial con el fin de acelerar las negociaciones. Y se prohibía la presencia de tropas o de autoridades locales dentro de los lugares donde funcionase la Asamblea.

⁵⁷. En Archivo Histórico Diplomático Mejicano, op. cit., figuran las escuetas minutas correspondientes a cada una de las diez sesiones del Congreso, págs. 42–54.

⁵⁸. Texto completo de las Bases propuestas por los delegados peruanos para el pacto de unión entre los Estados de América, en Archivo Diplomático Peruano, op. cit., págs. 383 y siguientes.

⁵⁹. Texto completo del Contraproyecto para un Tratado de Unión, Liga y Confederación, en ZUBIETA, op. cit., págs. 62 y siguientes.

⁶⁰. Los pormenores de las discusiones de los artículos del contraproyecto pueden verse en los ya mencionados Archivos: Histórico-diplomático mejicano, y Archivo Diplomático peruano y la obra de Zubieta citada. La constancia de los debates es muy sucinta debido a que el Congreso de Panamá careció de un personal de Secretaría adecuado y hay que reconstruir esas discusiones basándose en la correspondencia de los distintos delegados.

⁶¹. Texto completo del Tratado de Unión, Liga y Confederación en cualquiera de las obras mencionadas en la nota 56. Ver apéndice.

⁶². Ver nota anterior.

⁶³. Ver nota anterior.

(pp. 22–24).

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 2 days ago
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Las delegaciones asistentes e inasistentes al Congreso de Panamá de 1826. Sus instrucciones respectivas.

... la invitación a la reunión de Panamá se había extendido a los siguientes países: Perú (el que invitaba, pues Bolívar ejercía allí la dictadura para esta época), Colombia, Méjico, las provincias del Río de la Plata, Chile, Centroamérica, Brasil, Estados Unidos e Inglaterra.⁴⁰

De todos estos asistieron solamente Perú, Colombia, Méjico, Centroamérica y en calidad de observadores neutrales Inglaterra y Holanda, la que se había autoinvitado.

Veamos sucintamente cuáles eran las Instrucciones que informaban el espíritu de cada misión particular y que condicionaron su actuación y, por ende, los resultados del Congreso.

Comencemos por la delegación peruana, puesto que, habiendo sido hecha la invitación por Bolívar, cuando éste ejercía la dictadura del Perú, las Instrucciones de los delegados peruanos revelan a las claras lo que esperaba Bolívar que se realizara en la Asamblea del Istmo.

El Perú designó, por sugerencias personales de Bolívar, a Manuel Lorenzo de Vidaurre y a José María de Pando. Posteriormente, en mayo de 1826, Pando fue llamado a ocupar la cartera de Relaciones Exteriores y se nombró en su sustitución a Manuel Pérez de Tudela.

Con respecto a las Instrucciones que recibieron los delegados peruanos merece aclararse lo siguiente: Las primeras Instrucciones, fechadas el 15 de mayo de 1825, fueron redactadas y firmadas por el general colombiano Tomás de Heres, quien, por enfermedad de Sánchez Carrión, estaba encargado de las Relaciones Exteriores del Perú; en estas Instrucciones está bien clara la influencia ejercida por el Libertador, como lo veremos más adelante. Algunos historiadores, como Raúl Porras Barrenechea, dedujeron de la documentación recopilada y analizada en los archivos diplomáticos del Perú, la existencia de otras Instrucciones posteriores. No estuvieron desacertados, puesto que recién en 1941 fueron descubiertas en Lima unas segundas Instrucciones firmadas por Hipólito Unanue, fechadas el 18 de febrero de 1826, como así también otras Instrucciones complementarias a éstas firmadas por José María de Pando y fechadas el 25 de mayo del mismo año.⁴¹

Las primeras Instrucciones, redactadas por Tomás de Heres en nombre del Consejo de Gobierno del Perú, pueden resumirse de la manera siguiente: luego de ciertas disposiciones preliminares acerca del traslado, de la correspondencia, de la asistencia y permanencia de los delegados en Panamá, como asimismo acerca de la fijación de la fecha de la Asamblea General, se le informa a los delegados Pando y Vidaurre de los principales objetivos de su misión.

Estos eran: Deberían procurar que se renovasen solemnemente los Pactos de Unión, Liga y Confederación perpetuas contra España o cualquier potencia extranjera, que habían sido negociados por las misiones de Mosquera y de Santamaría, ya estudiadas; debiendo procurar también que el Congreso presentase un manifiesto al respecto de la comunidad internacional, donde se exponga el sistema político de amistad y estricta neutralidad a seguir con ella, exponiéndose también en dicho manifiesto las miras mezquinas de España y los inmensos males que su gobierno ha causado a América.

En ese manifiesto deberían procurar que se hiciese una enérgica y efectiva declaración semejante a la del Presidente de los Estados Unidos, Monroe, sobre impedir cualquier intento de colonización en este Continente y de resistir todo principio de intervención en los asuntos internos.

Íntimamente ligado a la lucha contra España estaba el problema de la liberación de las islas de Cuba y Puerto Rico, y así, en las Instrucciones que Otero reseña se les indica a los delegados suscribir un Tratado. Si el Congreso creyera conveniente liberarlas, en el que deberían señalarse las fuerzas, pertrechos, subsidios, etc., necesarios para las operaciones militares, y en cuanto a la posibilidad de la anexión de Cuba y Puerto Rico a un Estado confederado, se les indicó que deberían provocar la declaración de la Asamblea de a quién debería corresponder el pago de los gastos de la emancipación, como asimismo el modo y el término. Igualmente en el caso de que las islas expresadas decidiesen su futura suerte por sí mismas.

La prolijidad de los artículos referentes a la independencia de Cuba y Puerto Rico resalta dentro del texto de las Instrucciones y nos muestran claramente un proyecto que figuraba en la mente del Libertador y que era compartido por el Gobierno de Méjico, como veremos más tarde, cuando Otero resuma las Instrucciones dadas a sus delegados.⁴²

Estaban autorizados también los delegados peruanos a celebrar tratados de amistad, navegación y comercio, como asimismo convenciones consulares con los nuevos Estados americanos.

Otro de los puntos de las Instrucciones del 15 de marzo de 1825 y de corte netamente bolivariano es aquel referente a la indicación hecha a Vidaurre y a Pando de que se traten de establecer, por común acuerdo, los principios del Derecho de gentes de naturaleza controvertible que regularen las relaciones tanto en paz, como en guerra, como lo relacionado con la neutralidad; he aquí expresado, aunque en forma un tanto ambigua, el proyecto de codificación del Derecho internacional propugnado ya por el Libertador desde la temprana hora de 1821, en ocasión de las misiones de Mosquera y Santamaría.

Deberían también solicitar una declaración acerca de la base sobre la que deberían establecerse las relaciones con países americanos, como Santo Domingo, o Haití, que hasta entonces no habían sido reconocidos por nadie.

En cuanto al Tratado de Alianza, ofensiva y defensiva contra la invasión de cualquiera de los aliados, debía ser esta alianza lo más estrecha posible y habría que determinar los contingentes y demás auxilios para la ayuda del invadido; la política a seguir con España, sus súbditos y bienes sería lo más rígida posible y habría que determinar los contingentes y demás auxilios para la ayuda del invadido.

Un punto importante de esas Instrucciones es el referente a la conducta a seguir en la cuestión de la demarcación de los límites de los nuevos Estados hispanoamericanos. Dicho punto ha sido criticado por el autor peruano Porras Barrenechea, citado anteriormente, quien pretende ver en este punto el malicioso deseo de Bolívar de lograr un engrandecimiento de la hegemonía de Colombia en su grandioso plan de confederación, hegemonía que se lograría a expensas de disminuciones territoriales del Perú, entonces bajo «la férula bolivariana tan trascendentalmente adversa hasta entonces a los destinos del Perú».⁴³

Otero transcribe textualmente el punto de las Instrucciones que provoca tal comentario en el erudito historiador peruano:

«Décima octava. Procurarán Vuestras Señorías que de común acuerdo se fijen los límites de los Estados americanos, tomando por base imprescindible los que recíprocamente tuvieron al empezar la revolución; pero Vuestras Señorías harán que este punto no quede de un modo vago e indefinido, sino que precisamente se nombren rayas divisorias, procurando en lo posible que sean puntos muy conocidos como, por ejemplo, grandes ríos o montes, de modo que conformándose la división de los Estados con la marcada por la misma naturaleza, se evite todo motivo de controversia en lo sucesivo».

Un análisis objetivo de este artículo mueve a Otero a disentir con la respetable opinión del historiador arriba mencionado: Aquí sólo podemos observar que Bolívar reitera su moción de que para la demarcación territorial de los nuevos Estados americanos se utilice su principio del uti possidetis de 1810 y aún más, que éste sea complementado por el concepto de fronteras naturales; más aún, la insistencia sobre que esa demarcación no quede de un modo vago e indefinido, sino que precisamente se nombren rayas divisorias tiene como antecedente el fracaso de las negociaciones de límites entre el Perú y Colombia: Tratado de Unión, Liga y Confederación de 1822, y Convención Galdeano-Mosquera de 1823, cuya imprecisión no satisfizo nunca al Libertador: la guerra colombo-peruana de 1829, motivada por cuestiones de límites, le dio bien pronto la razón.

También critica adversamente el autor citado lo referente a la adhesión peruana al plan de hostilidades contra España y en favor de la independencia antillana, aduciendo que «esto para el Perú, país situado en el Pacífico y obligado a resguardar su propia soberanía, resultaba excesivamente oneroso y de realización casi ilusoria, dada la postración económica producida por la guerra de la independencia. Pero el interés de Colombia guiaba entonces en el Perú».⁴⁴

El único comentario que Otero puede hacer es el siguiente: Ni [De] San Martín, ni Bolívar pensaron siquiera en tales argumentos cuando emprendieron la lucha para la independencia de América, incluso del Perú; dicho argumento resultaba plenamente valedero para ambos, pero la medida de la grandeza de los hombres la dan sus obras y éstas se valorizan en razón de los sacrificios hechos para realizarlas.

Esto le da motivo a Otero a insistir en la tesis que sustenta de que la diplomacia bolivariana tuvo una orientación hispanoamericanista, plena de contenido jurídico y con fines de conseguir la paz estable necesaria para el engrandecimiento de las naciones surgidas de la parte americana del Imperio español. Es por eso que no comparte la opinión de que prevalecieron intereses provincialistas en la diplomacia bolivariana que, en pro de un engrandecimiento colombiano, prescindieron de las conveniencias del Perú.

En cambio, Otero sí puede anotar que ese criterio localista, provincialista, a que ha aludido está informando a las posteriores Instrucciones del 18 de febrero de 1826 y sus complementarias del 25 de mayo del mismo año firmadas en Lima, respectivamente, por Hipólito Unanue y José María Pando.

Estas dos últimas Instrucciones son muy similares, aunque las redactadas por José María Pando (a su regreso de Panamá) resultan superiores, tanto por su mayor amplitud de miras como por su ordenamiento más orgánico.

El proyecto de Confederación, cuya finalidad era una alianza ofensiva-defensiva para obligar a España a poner término a la guerra, resulta disminuido a la larga de estos documentos. Y así vemos cómo Unanue aclaraba que sólo suministraría al Perú contingentes militares cuando la guerra amenazase la costa del Pacífico o las costas de Colombia y, fuera de esos casos, el Perú compensaría pecuniariamente sus obligaciones; Pando suprimió esta equiparación introducida por Unanue en las Instrucciones complementarias del 25 de mayo. Asimismo Unanue era contrario a que el Perú participase en la formación de la escuadra federal y Pando, aunque atemperando esta moción, estableció que el Perú sólo contribuiría a la formación de esa escuadra con los buques que ya poseía y los gastos de conservación de los mismos. Resulta verdaderamente lastimoso que Porras Barrenechea no hubiese podido analizar este documento cuando escribió sus apreciaciones sobre la «maliciosa actitud» de Bolívar, pues Pando, a pesar de sus tendencias más bien localistas, supo analizar en forma objetiva este asunto de la participación peruana en la formación de la flota federal, considerando tanto el pro como el contra de la cuestión como se desprende de la lectura de las Instrucciones por él redactadas. Por otra parte, tanto Unanue como Pando se mostraron opuestos a la idea de un ejecutivo federal permanente.

Ambos encomendaron a la delegación peruana no celebrar Tratados de Comercio con Estado alguno y se mostraron remisos con respecto a la independencia de Cuba y Puerto Rico, como asimismo al reconocimiento de Haití; con respecto a esto último Unanue manifestaba el temor de que los haitianos «incendiarían a nuestros esclavos inspirándoles un deseo ardiente de emanciparse y el país se vería amagado de envolverse en una revolución desastrosa».

Los puntos referentes a la cuestión de los límites es motivo de celosas recomendaciones y tanto Unanue como Pando ordenan que todos los asuntos referentes a la demarcación territorial deberían tratarse en la propia Lima, «en atención de existir aquí los documentos de la materia y a que podrán adquirirse todas las nociones precisas para transar cordial y amigablemente en este negocio». Sin embargo, los documentos existentes en Lima, o no se supieron o no se quisieron utilizar adecuadamente en ocasión de la firma de la Convención Galdeano-Mosquera de 1823, que versaba específicamente sobre límites.

Esta es, pues, la diferencia que puede notarse entre las miras americanistas de las «Instrucciones» redactadas bajo la inmediata influencia del Libertador y las miras nacionalistas que informaban a las Instrucciones redactadas por Unanue y Pando.

Pasemos ahora a la delegación colombiana.

Los Plenipotenciarios nombrados por el Gobierno de Colombia fueron Pedro Gual, quien con tanto acierto había desempeñado la cartera de Relaciones Exteriores de este país, y Pedro Briceño Méndez, el mismo a quien hemos visto interviniendo en las negociaciones de los Tratados de Armisticio y de Regularización de la Guerra de 1820.

Las Instrucciones les habían sido impartidas en Bogotá el 22 de setiembre de 1825 por José Rafael Revenga, cuyas actividades diplomáticas en la obtención del reconocimiento de la independencia de Colombia ha mencionado Otero a lo largo de su trabajo.

Las mismas Instrucciones suministran en su párrafo final un resumen de los puntos a que debían ceñirse los diplomáticos colombianos y que nos muestran que la tradición diplomática de Colombia permanecía fiel a las orientaciones dadas por el Libertador, no obstante la ausencia de éste. Transcribiremos dicho párrafo:

«De todo lo que he tenido el honor de decir a Uds. anteriormente se deduce que la misión de Uds. en Panamá se contrae a los puntos siguientes:

«Primero: a renovar el Pacto de Unión, Liga y Confederación;

«Segundo: a fijar el continente de fuerzas terrestres y marítimas de la Confederación;

«Tercero: a dar una Declaración o Manifiesto de los motivos y objetos de la Asamblea del Istmo;

«Cuarto: a arreglar nuestros negocios mercantiles;

«Quinto: a detallar los derechos y funciones de los Cónsules respectivos;

«Sexto: de la abolición del tráfico de esclavos de África y declarar a los perpetradores de tan horrible comercio incursos en el crimen de piratería internacional».⁴⁶

Veamos ahora la delegación mejicana:

Las Instrucciones impartidas por Lucas Alamán, Ministro de Relaciones Exteriores de Méjico, a sus diplomáticos José Mariano Michelena y José Domínguez, son tan extensas como completas y orgánicas; es un documento revelador del talento y de la visión de este estadista tan poco conocido en Sudamérica. Su personalidad tiene muchas semejanzas y afinidades con un estadista sudamericano, poco conocido en el Norte: Bernardo Monteagudo.

La forma orgánica, estructural, en que están redactadas estas Instrucciones hace difícil su síntesis, pero en resumen sus principales puntos son los referentes a: la defensa de la Independencia y de la integridad de las nacientes Repúblicas americanas; la no admisión de colonizaciones por nación extranjera en territorios de las partes contratantes; la fijación de los principios generales en que se fundaría el Derecho que debería regular las relaciones internacionales, tanto entre las partes como con respecto a potencias extranjeras y proyectar un plano de defensa común y particular.

Otras disposiciones se refieren a las atribuciones, funcionamiento y ceremonial de la Asamblea. También están incluidas en el documento las aclaraciones suministradas por Alamán a un cuestionario presentado por la delegación mejicana sobre ciertas cuestiones de hecho que podrían presentarse en el desempeño de su misión.⁴⁷

Pasemos a la delegación centroamericana.

Las Instrucciones a los delegados Antonio Larrazábal y Pedro Molina les fueron impartidas por la Secretaría del Congreso Federal de la República en Guatemala el 23 de diciembre.⁴⁸

Entre los numerosos artículos de que consta este documento nos referiremos a uno que informa el espíritu de la delegación: se autorizaba a Larrazábal y Molina a firmar un tratado con todas las potencias asistentes al Congreso de Panamá, «que en sustancia contenga los mismos puntos del que se celebró con la República de Colombia», o sea que la República de Centroamérica mostraba una amplia adhesión a las directivas bolivarianas en el proyecto de Confederación, y esto se confirma a través del resto de las instrucciones. La Asamblea debería tener carácter arbitral, se utilizarían también los procedimientos de conciliación, como asimismo el principio del uti possidetis juris en la demarcación territorial de las naciones americanas, como así también sobre codificación; todo lo cual responde plenamente al proyecto de Bolívar y que, como veremos luego, no fueron aceptados en la Asamblea. Hay también en dichas instrucciones disposiciones sobre la conducta a seguir con Haití y con el asunto de la independencia de Cuba y Puerto Rico, sobre el ejército y la flota federal, abolición del tráfico de esclavos, etc., etc.

Sólo hay un artículo que no hubiese autorizado Bolívar: aquel donde se condena la intervención, ya sea de potencias extranjeras o de los Gobiernos de los Estados americanos entre sí,⁴⁹ apartando este artículo podemos afirmar que el resto del documento pareciera haber sido redactado por el propio Libertador.

En último lugar citaremos las instrucciones que el Gobierno inglés dio a su Representante ante el Congreso de Panamá.

Podemos leer en las instrucciones con que George Canning munió a su delegado Edward J. Dawkins en Londres el 18 de marzo de 1826:

«Al enviarlo al Congreso, Su Majestad no tiene otro fin que el de obtener informaciones acerca de sus actos con la mayor regularidad y exactitud y dar a los Estados americanos, colectivamente, la seguridad de sus sentimientos amistosos y del vivo interés por su bienestar y tranquilidad».

Pero temeroso Canning de que los Estados Unidos de Norteamérica tuvieran demasiada influencia dentro del posible sistema americano a formarse, le aclara al delegado:

«Pero cualquier proyecto para colocar a los Estados Unidos de Norteamérica al frente de una Confederación americana en oposición a Europa, causaría el mayor desagrado a este Gobierno. Se lo interpretaría como una ingratitud después del servicio que ha sido prestado a esos Estados y los peligros de los que han sido librados por el auspicio, la amistad y declaraciones públicas de Gran Bretaña, y muy probablemente en fecha no muy lejana haría peligrar la paz tanto en América como en Europa».⁵⁰

Veamos ahora brevemente lo acontecido con referencia a aquellas naciones que habiendo sido invitadas no estuvieron presentes en las deliberaciones del Congreso.

Con respecto a los Estados Unidos, aunque el Gobierno de ese país, luego de las vacilaciones mencionadas anteriormente, comisionó a Richard Anderson y J. Sergeant, quienes no pudieron llegar a tiempo a las reuniones del Congreso. Anderson murió en Cartagena estando en viaje para Panamá y Sergeant llegó a esta ciudad cuando la Asamblea se había trasladado a Tacubaya.

Sin embargo, en el pensamiento de muchos historiadores, quienes se basan en el texto de la correspondencia emanada de Henry Clay, la presencia de los delegados norteamericanos a la Asamblea no habría contribuido al mayor éxito de ésta, ya que los Estados Unidos, celosos de su independencia, se mostraban opuestos al proyecto bolivariano del carácter arbitral que debía tener la Asamblea. Henry Clay era de opinión de que las reuniones de los Plenipotenciarios no deberían tener el carácter de cuerpo deliberativo, político y arbitral, de decisiones obligatorias, sino más bien esas reuniones deberían tener un carácter amistoso, para discutir principios generales aplicables a la guerra y a la paz, al comercio y a la navegación; en materia de comercio los Estados Unidos propugnaban el más amplio intercambio comercial; se proyectaba igualar los derechos y gabelas para los barcos de todas las naciones americanas a los de cada una de esas naciones en particular.

Por otra parte, el Congreso de Panamá había sido convocado expresamente para oponer una alianza militar a España y a la Santa Alianza y los delegados estadounidenses tenían instrucciones de permanecer al margen de esa clase de compromisos, no obstante que Monroe había enunciado su famosa doctrina tres años atrás.

Íntimamente ligada a la formación de la liga ofensiva-defensiva contra España se hallaba la futura liberación de Cuba y Puerto Rico; México y Colombia ambicionaban anexarse estas islas; en cambio, los Estados Unidos preferían que continuasen bajo la dominación española pues ellos también se hallaban interesados en su posesión.⁵¹

Otra de las delegaciones inasistentes al Congreso de Panamá fue la de Chile.

El Gobierno de este país, al recibir la invitación, contestó que, aunque hallándose ligado por convencimiento y por deber a los fines perseguidos por la reunión de Panamá, no podría enviar sus delegados sin la previa autorización del Congreso Nacional, el cual estaba próximo a reunirse. Ya anteriormente, en el caso de la misión de Joaquín Mosquera en Santiago en 1823, el Gobierno chileno había utilizado también esta excusa para demorar la firma de un tratado con Colombia; en esta oportunidad de la invitación al Istmo, mantuvo una posición de adhesión, puramente nominal, no llegando siquiera a nombrar delegados.

Tampoco estuvieron presentes en Panamá las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Con respecto a ellas y basándose en los resultados de la misión Mosquera en Buenos Aires en 1823, el Libertador se abstuvo de invitarlas personalmente, saliendo la invitación hecha a las Provincias Unidas del seno del Consejo de Gobierno del Perú. El general Gregorio Las Heras, encargado provisoriamente del mando de las Provincias fue quien recibió la invitación, lo que le indujo a dirigir un mensaje al Congreso dando cuenta de la invitación formulada.

La nota del Poder Ejecutivo sobre la remisión de plenipotenciarios al Congreso de Panamá es la siguiente:

«Buenos Aires, 16 de agosto de 1825.

«Señor: Las copias que se acompañan instruirán a los señores Representantes de la invitación hecha al Ejecutivo Nacional por el Supremo Gobierno de la República del Perú de acuerdo con la de Colombia a efecto de que se envíen por parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dos ministros plenipotenciarios a la Asamblea de todos los Estados del Continente Americano convocada para el istmo de Panamá. Las comunicaciones del Gobierno de Colombia indican algunos de los objetos de esta reunión y por el contexto de las del Perú, se deja entrever la idea de establecer cierta autoridad que prenda a la confederación de los Estados Americanos, que unifique su política externa y arbitre en las diferencias que se susciten entre los confederados. Un plan semejante ya fue otra vez propuesto al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, encargado de las relaciones exteriores de la Nación. Las razones que movieron a rehusar el compromiso no se han debilitado por los sucesos posteriores.

«La mayor parte de las Repúblicas se han pronunciado por la preindicada Asamblea y parece que se esforzarán a instalarla dentro del presente año, con tanto más empeño, cuanto que es considerada como el medio más eficaz de asegurar el orden interior de cada Estado, la armonía entre unos y otros y la seguridad de todos contra los enemigos exteriores.

«El Gobierno Nacional no tiene aún esta persuasión; pero cree que en las circunstancias actuales no sería prudente en una absoluta disidencia con las demás Repúblicas. Por otra parte el respeto debido a la opinión de los que se han pronunciado acerca del plan y objetos de la Asamblea de Panamá, han hecho fijar por mucho tiempo la atención del Gobierno, y él ha creído que, en ninguna ocasión más que en esta, era de su obligación convencer, en primer lugar del vehemente deseo que anima a la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata a estrechar con las demás del Continente, sus relaciones de amistad, y de hacerlas cada vez más íntimas y duraderas; que para ello debería adoptar una conducta enteramente franca, y de expresar clara y sencillamente a las Repúblicas aliadas los medios, que al considerar más apropiados al fin de reforzar su poder contra los enemigos extranjeros, y a establecer una alianza indisoluble, fundada en la comunidad de principios esenciales a la perfección del orden social y a la prosperidad progresiva y simultánea de todas y cada una de ellas. Es en fuerza de estas consideraciones que el Gobierno somete a la sanción del Congreso General el adjunto proyecto de ley.

«El Gobierno saluda respetuosamente a los señores Representantes. Juan Gregorio Las Heras. Manuel José García.

«Al Congreso General Constituyente S. S. S».⁵²

En la sesión quincuagésimaquinta del 6 de setiembre de 1825 la comisión de negocios constitucionales y extranjeros se expidió en el sentido de «no hacer lugar al proyecto en cuestión... en la inteligencia de que todo lo que en este caso corresponde al Congreso, es autorizar al Poder Ejecutivo Nacional para los gastos necesarios para el envío de Ministros Plenipotenciarios al Congreso de Panamá, que anuncia haber considerado conveniente en las circunstancias».⁵³

Este pronunciamiento del Congreso motivó la interesante y enjundiosa discusión sostenida en el seno del mismo entre Manuel José García, Ministro de Relaciones Exteriores, y Valentín Gómez, miembro informante de la Cámara; discusión que finalizó con la aprobación del proyecto de la comisión bajo la forma de un simple artículo:

«Se autoriza al Gobierno Encargado del Poder Ejecutivo Nacional para la inversión de las sumas necesarias para la dotación y auxilio de los Ministros Plenipotenciarios que juzgue conveniente mandar al Congreso de Panamá».⁵⁴

El 9 de setiembre el Gobierno rioplatense comunicó a la Cancillería peruana su disposición de concurrir al Congreso de Panamá, según puede leerse en la nota de respuesta enviada por el Consejo de Gobierno del Perú, indicando las dificultades que existían para remitir sus diplomáticos en el plazo señalado.⁵⁵

El doctor Manuel José García fue designado representante de las Provincias Unidas, cargo que no aceptó, excusándose, por ser entonces Ministro de Relaciones Exteriores. En su reemplazo se designó al doctor José Miguel Díaz Vélez, quien por entonces se hallaba desempeñando una misión diplomática en el Alto Perú; el texto del Decreto del 3 de mayo de 1826 es el siguiente:

«El Presidente de la República habiendo considerado justas las razones en que el doctor Manuel José García ha fundado la renuncia de su cargo de Enviado Extraordinario de esta República a la Asamblea de Panamá para que fue nombrado por decreto de 26 de abril último, ha acordado y decreta:

«1º Queda admitida la renuncia que ha hecho don Manuel José García del cargo de Enviado Extraordinario de las Provincias Unidas del Río de la Plata, para concurrir a la Asamblea de enviados de los Estados del Continente americano, convocada al Istmo de Panamá.

«2º Se nombre en su lugar al doctor don José Miguel Díaz Vélez, con la misma asignación que se le acuerda en el artículo segundo del precitado decreto, de 25 de abril último.

«3º El Ministro Secretario de Negocios Extranjeros queda encargado de la ejecución de este decreto que se insertará en el Registro Nacional.

«(firmado) Rivadavia. Francisco de la Cruz».⁵⁶

Si consideramos la fecha de reunión del Congreso panameño, 22 de junio al 15 de julio, apreciaremos lo tardío del nombramiento de Díaz Vélez: fue en nuestro entender, una maniobra deliberada de Rivadavia, quien inexplicablemente, sólo tuvo desconfianzas y reticencias para con la diplomacia bolivariana: insistiremos en que esta apreciación se basa no sólo en el trato dado a la misión Mosquera, sino también en documentos como la correspondencia de John Forbes, diplomático norteamericano en Buenos Aires, íntimo de Rivadavia; en la correspondencia del Deán Funes y de Dorrego, amén de las discusiones y pronunciamientos del Constituyente argentino.

Con referencia a Bolivia cuya creación fue posterior a la redacción de la Circular-Convocatoria, podemos anotar lo siguiente:

El Gobierno boliviano nombró como delegados a Panamá a dos de sus diplomáticos: a José María Mendizábal, acreditado cerca de Lima, y a Mariano Serrano, acreditado cerca de Buenos Aires. Las *Instrucciones* les fueron impartidas por Antonio José de Sucre, Presidente de Bolivia, y por Facundo Infante, Ministro de Relaciones Exteriores, en 13 de julio de 1826. Dichas *Instrucciones* se adhieren plenamente a los ideales del Libertador, o sea, de una Asamblea permanente con carácter arbitral y a la creación de un Ejército y Escuadra federales. También deberían dichos delegados tratar de obtener el reconocimiento internacional de Bolivia.

Mas el nombramiento de esos diplomáticos resultó tardío, pues las sesiones del Congreso de Panamá se realizaron entre el 22 de junio y 15 de julio de ese año.

Refirámonos en último término a la delegación holandesa, que se había autoinvitado: el rey de los Países Bajos designó al coronel Van Veer, con el cargo de presenciar las reuniones de la Asamblea y de anunciar la buena disposición de su país a los pueblos de América, cuya independencia no había reconocido por guardar cierta armonía con las potencias del continente europeo, pero a las que se había determinado ya a mandar cónsules. Van Veer carecía de credenciales, por lo que la Asamblea, en agradecimiento a las disposiciones favorables del rey holandés, decidió tratar con él en forma privada e individual. Como vemos, la actuación de este delegado fue exclusivamente protocolaria.

(pp. 15–22).

⁴⁰. Además de la Circular-Convocatoria del 7 de diciembre de 1824, están las comunicaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú a Buenos Aires, el 5 de enero de 1825; a Chile, el 5 de enero de 1825; a Centroamérica, el 15 de febrero de 1825. Textos en Archivo Diplomático peruano, op. cit., págs. 7, 8 y 12.

⁴¹. Textos completos de todas las Instrucciones en Archivo Diplomático Peruano, núm. 4. El Congreso de Panamá. Documentación inédita. Prólogo de Oscar Barrenechea y Raygada. Las primeras: págs. 5–10; las segundas, págs. 15–24, y las terceras, págs. 36–41 (Lima, 1942).

⁴². La posible independencia de las Antillas españolas constituye uno de los más interesantes temas en la historia de la diplomacia de América. Cuando Santo Domingo declaró su independencia tomando el nombre de Haití español y formulando su carta constitutiva, estipuló que la forma de gobierno sería republicana y que el nuevo Estado entraría a formar parte de Colombia, Ver: Hist. de Amér., publicada bajo la dirección de Ricardo Levene (B. Aires, 1947), T. VII, pág. 389, y LEPERVANCHE PARPACEN, R. El proyecto de incorporación de Haití a la Gran Colombia, Caracas, 1933. Con respecto a Cuba, consultar: GARRIGO, Roque E., Historia documentada de la Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar (Habana, 1929), y SANTOVENIA, Emeterio, Bolívar y las Antillas Hispanas (Habana, 1946), y MORALES, Vidal, Iniciadores y primeros mártires de la Revolución Cubana (Habana, 1901).

⁴³. PORRAS BARRENECHEA, Raúl, en el prólogo de Archivo Diplomático Peruano, op. cit., pág. LVII.

⁴⁴. Instrucciones del 15 de marzo de 1825. Ver nota 41.

⁴⁵. Ibídem, pág. LVII.

⁴⁶. Instrucciones generales a los Plenipotenciarios de Colombia en el Congreso de Panamá. Bogotá, 22 de setiembre de 1825. Texto completo en ZUBIETA, op. cit., pág. 40.

⁴⁷. Texto completo de las instrucciones de la delegación mejicana en Archivo Histórico Diplomático Mejicano. El Congreso de Panamá y algunos proyectos de Unión Panamericana, prólogo de Antonio de la Peña y Reyes. Méjico, 1926, págs. 9 a 20.

⁴⁸. Texto de las Instrucciones en RODRIGUEZ SERNA, José: Centroamérica en el Congreso de Bolívar (Contribución documental inédita para la Historia de la Primera Asamblea Americana), Guatemala, 1939, págs. 51 y siguientes. El documento está en parte mutilado, debido al incendio de los archivos guatemaltecos en 1889.

⁴⁹. Ver el último punto de este capítulo.

⁵⁰. George Canning a Edward J. Dawkins. Instrucciones para el Congreso de Panamá, Londres, 18 de marzo de 1826. Texto completo en WEBSTER, C. K., op. cit., Tomo II, págs. 559.

⁵¹. Ver nota 42.

⁵². INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTORICAS, Asambleas Constituyentes Argentinas (notas de E. Ravignani). Buenos Aires, 1926), t. II, pág. 117. Se trató en la sesión del 20 de agosto de 1825.

⁵³. Informe de la Comisión de Negocios Constituyentes y Extranjeros del Congreso. Buenos Aires, 31 de agosto de 1825. Texto en Ibídem, págs. 138–139.

⁵⁴ Ibídem, pág. 153.

⁵⁵. El Consejo de Gobierno del Perú al Ejecutivo de las Provincias Unidas, Lima, 5 de diciembre de 1825. Texto en Archivo Diplomático Peruano, op. cit., págs. 42 y 43.

⁵⁶. Decreto del 3 de mayo de 1826. Texto en CENTENO, Francisco, «El Congreso de Panamá y la Diplomacia Armada de Bolívar», en Revista de Derecho, Historia y Letras (Buenos Aires, 1912–1913), t. XLIV, págs. 222 y siguientes.

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 2 days ago
▲ 13 r/Panama

La Circular-Convocatoria de 1824 al Congreso de Panamá. Análisis y acogida de la misma.

Dentro de las actividades de Bolívar puede observarse, como a la etapa 1822–1823, pródiga en actividades diplomáticas, va a sucederse un período de febril preparación de la campaña militar destinada a finiquitar la lucha por la Independencia sudamericana.

El 17 de febrero de 1824 comienza realmente el Libertador, a ejercer la dictadura del Perú; siendo sus primeros actos, declarar a Trujillo como la capital provisoria del Perú, ya que Lima estaba ocupada por los españoles y nombrar a José Sánchez Carrión, como Ministro de Estado.

La campaña militar se inició el 6 de agosto de 1824 con el importante triunfo de Junín, obtenido por el ejército patriota, formado por hombres de toda Sudamérica y al mando del Libertador.

Empero, dicha victoria no llegó a ser decisiva y la campaña prosiguió conduciendo Bolívar el ejército hasta las márgenes del río Apurímac, donde dejó encargado a [De] Sucre de las posteriores operaciones, emprendiendo el regreso a la nuevamente liberada Lima, adonde llegó el 7 de diciembre de 1824, siendo recibido triunfalmente por la población. En ese mismo día de su llegada, dirigió a los Gobiernos americanos su histórica Circular-Convocatoria del Congreso de Panamá.

Vemos nuevamente al Libertador adelantándose a los acontecimientos: la batalla que decidiría el aún bastante incierto resultado de la campaña no había sido librada aún. Dos días después de haber sido extendida la Convocatoria al Congreso de Panamá, obtuvo [De] Sucre el triunfo final en Ayacucho finalizando con ella la dominación española en el continente americano.

El tono seguro y reposado en que está redactada la Convocatoria, daba la impresión de que el Perú disfrutaba de las ventajas y tranquilidad de un largo período de paz, y Otero dice el Perú, pues cuando Bolívar dirige esta nota a los Gobiernos americanos lo hace como Libertador de Colombia y Encargado del mando supremo del Perú.

Veamos sumariamente el contenido de este importante documento en el que Bolívar expone a los otros Jefes de Estado hispanoamericanos las razones históricas, políticas, etc. que motivaban la reunión del Congreso de Panamá, como asimismo la diplomacia con que lo había preparado.

Comienza Bolívar haciendo hincapié en los elementos históricos que constituyen la base de la invitación:

«Después de quince años de sacrificios consagrados a la Libertad de América, por obtener un sistema de garantías, que en paz y en guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino, es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las Repúblicas americanas, antes las Colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos Gobiernos».²⁷

Este párrafo nos revela, una vez más, una de las orientaciones más características de la diplomacia bolivariana: la orientación hispanoamericanista, pues la posterior extensión de esta invitación a los Estados Unidos de Norteamérica y a Inglaterra no fue iniciativa bolivariana, como Otero aclarará documentadamente más adelante; la extensión de la invitación al Imperio del Brasil, sí es obra del Libertador.

Continuemos con el texto de la Circular-Convocatoria:

«Profundamente penetrado de estas ideas (las de obtener un sistema que asegurase el futuro de Hispanoamérica) invité en 1822, como Presidente de la República de Colombia, a los Gobiernos de Méjico, Perú, Chile y Buenos Aires para que formásemos una Confederación y reuniésemos en el Istmo de Panamá, u otro punto elegido a pluralidad, una Asamblea de Plenipotenciarios de cada Estado que nos sirviese de Consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los Tratados públicos cuando ocurran dificultades y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias». El Gobierno del Perú celebró el 6 de junio un Tratado de Alianza y Confederación con el Plenipotenciario de Colombia y por él quedaron ambas partes comprometidas a interponer sus buenos oficios con los Gobiernos de América, antes española, para que, entrando todos en el mismo pacto, se verificase la reunión de la Asamblea General de los confederados. Igual tratado concluyó en Méjico a 3 de octubre de 1823 el Enviado extraordinario de Colombia en aquel Estado y «hay fuertes razones para esperar de los otros gobiernos que se someterán al consejo de sus más altos intereses».

De la lectura de este párrafo de la invitación, además de la noticia histórica que Bolívar hace de las misiones que Otero mencionó en el punto anterior, podemos inferir que el propósito perseguido por ella era el de perfeccionar y robustecer la naciente Confederación Hispanoamericana que había empezado a ser negociada por la diplomacia bolivariana antes mencionada.

La Circular-Invitación fue extendida a los Estados que habían ratificado los Tratados de Unión, Liga y Confederación, es decir, Perú (quien invitaba), Colombia y Méjico; posteriormente el Gobierno peruano en 1825, ejerciendo todavía Bolívar la dictadura, invitó a Chile y Buenos Aires, como también a la América Central, recién separada de Méjico y que había celebrado con Colombia (nótese bien: con Colombia y no con el Perú, que era quien hacía la invitación), un Tratado de Unión, Liga y Confederación, el 15 de marzo de 1825.

Otero aclarará a continuación cómo se extendió la invitación a los Estados Unidos; la iniciativa de incluir a los ya entonces poderosos vecinos del Norte partió del Vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula Santander, Encargado del Gobierno en ausencia de Bolívar, y del Presidente de Méjico, Guadalupe Victoria. En una carta particular dirigida por Santander al Libertador, explica el primero las razones que lo movieron a extender la invitación a los Estados Unidos:

«Con respecto a los Estados Unidos, he creído conveniente invitarlos a la augusta Asamblea de Panamá, en la firme convicción de que nuestros íntimos aliados no dejarán de ver con satisfacción el tomar parte en las deliberaciones con el interés que corresponde a unos amigos tan sinceros como ilustrados. Las Instrucciones que con este motivo se han impartido a nuestro Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Washington, de que le acompaño copia, os impondrán extensamente de los principios que me han estimulado a tomar esta resolución».²⁸

En efecto, las «Instrucciones» mencionadas en la carta anterior decían:

«Los Estados Unidos están interesados, como nosotros, en el mantenimiento y sostén de ciertos principios conservadores de que pende especialmente la grandeza y futuro de este Continente. Así parece probarlo evidentemente el último mensaje del Presidente Monroe, en que se hayan establecido dos máximas capitales que autorizan inducciones de otra naturaleza».

Estas dos máximas son: primero, procurar poner término a toda especie de colonización europea en el Continente americano; segundo, denunciar la aplicación de los principios constitutivos de la Santa Alianza como perjudiciales a la paz y seguridad de los Estados Unidos.

«Estas dos importantes declaraciones han puesto más en contacto los intereses de Colombia y sus aliados con los Estados Unidos, y como ellos son de una importancia vital para ambas naciones, la necesidad de entendernos clara y distintamente con ellos se hace cada día más demostrable. Así, para promover este objeto tan esencial como para que la América se presente por primera vez unida en alguna manera, el Ejecutivo desearía ardientemente que los Estados Unidos se prestasen a enviar sus Plenipotenciarios a Panamá».

Por otra parte estaba también la iniciativa mejicana: en una carta de Guadalupe Victoria, Presidente de Méjico, dirigida a Bolívar, en respuesta a la invitación del Congreso de Panamá, fechada en Méjico, 28 de febrero de 1825, puede leerse lo siguiente:

«Persuadido de que la causa de la Independencia y de las libertades, no sólo de las Repúblicas que fueron colonias españolas, sino también la de los Estados Unidos del Norte, he prevenido al Ministro mejicano en ella, haga una indicación al Presidente por si quiere concurrir con sus enviados, a aquella Asamblea».³⁰

Existe también una Comunicación fechada en Méjico a 9 de julio de 1825, dirigida por el Secretario de Relaciones Exteriores de este país, Lucas Alamán, al Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, donde se le comunica el resultado de sus gestiones cerca del Gobierno de los Estados Unidos:

«Como la disposición del Presidente de los Estados Unidos del Norte a mandar sus Plenipotenciarios a la Asamblea General haya sido manifestada en términos que la marcha de sus Ministros será la consecuencia de una invitación que se le haga por Méjico y Colombia, hoy se ha dado por mi Gobierno este paso convidando a los referidos Estados Unidos a que concurran a esa reunión indicándole la conveniencia que resultará a las Repúblicas americanas de que se exprese allí el voto general de las Américas, principalmente sobre la intervención de la Europa en los asuntos domésticos, sobre colonización por ellas mismas de nuestro Continente y sobre los puntos de Derecho Internacional que conviene fijar y declarar, previniéndole a nuestro Enviado, cuán necesario es que se convenga el modo de hacer efectivas las Declaraciones repetidamente hechas por el Presidente de aquellos Estados acerca de la resistencia que opondrían en caso de que otras potencias que no sea la España, pretendiesen intervenir en la cuestión de Independencia y que esta materia se señale expresamente en los poderes de los Plenipotenciarios».³¹

La disconformidad de Bolívar con respecto a la extensión de la invitación a los Estados Unidos, puede observarse en los párrafos de las cartas dirigidas a Santander y de los que Otero transcribe los más significativos:

«La Federación con los Estados Unidos nos va a comprometer con la Inglaterra, porque los americanos son los únicos rivales de los ingleses con respecto a la América. Haga Ud. examinar bien esta cuestión y yo veré con placer su resultado, porque a lo menos podremos desengañarnos, Ud. o yo, de las prevenciones que hemos concebido».³²

En otra carta reitera conceptos semejantes:

«Repetiré nuevamente que la Federación con los Estados Unidos me parece muy peligrosa, porque se van a cruzar nuestros intereses con la Gran Bretaña... No creo que los americanos deban entrar en el Congreso del Istmo; este paso nos costará pesadumbre con los albinos, aunque toda la Administración americana nos sea favorable, como no lo dudo, por su buena composición».³³

Más tarde su pensamiento varía algo y aunque no desaprueba la invitación no está completamente despojado de sus temores; pero ya en 1826 llega a manifestar su complacencia y escribe a Revenga:

«Me alegro que los Estados Unidos manden Enviados al Istmo sea como fuese».³⁴

Estas diferentes opiniones del Libertador dependen, como es natural, de razones circunstanciales y de la marcha de la política.

Por su parte el Gobierno de los Estados Unidos recibió con frialdad la invitación a pesar de las elevadas miras americanistas expuestas en ella. Se pueden atribuir esas dudas y vacilaciones del Gobierno norteamericano a su tradicional política aislacionista, propugnada ya en el Farewell Adress de Washington y mantenida por los otros Gobiernos que le sucedieron.

No obstante, la invitación a la Asamblea de Panamá fue aceptada condicionalmente por el Presidente Adams, sometiendo la decisión al Congreso norteamericano. En el debate entraron en juego consideraciones de política doméstica, mezclándose en la discusión la cuestión de la esclavitud, de cuya abolición eran partidarios los Estados hispanoamericanos.

Además, el tradicional aislacionismo yanqui que aconsejaba no contraer alianzas comprometedoras y mantener la neutralidad, estaba en abierta oposición a la adhesión al sistema del organismo supraestatal que se pensaba crear en Panamá y cuyas decisiones serían obligatorias.

Podemos añadir también que existía el problema de la futura independencia de Cuba y Puerto Rico, propiciada por Bolívar y por el Gobierno de Méjico, siendo las intenciones de Estados Unidos mantener el status existente, es decir, que continuasen estas islas bajo la dominación española y oponiéndose a su independencia o a su anexión a algún Estado hispanoamericano.³⁵

Con respecto a la invitación que se hizo a Inglaterra, partió también la iniciativa del Vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula Santander, quien encomendó al representante diplomático acreditado en Londres, Manuel José Hurtado, a que hiciese dicha invitación al Gobierno ante el que estaba acreditado. Podemos leer en una nota dirigida por Hurtado a George Canning, fechada en Londres en enero de 1826, lo siguiente (aclarando el porqué y el fin de lo perseguido en Panamá):

«Colombia halla también en el lenguaje de algunas Cortes de Europa motivos de recelar que, o por sus conexiones con la España, o por un errado concepto del espíritu que ha producido y anima las instituciones de los nuevos Estados, auxiliasen aquella potencia en su lucha contra los pueblos americanos y cree consiguientemente que, si por una parte este justo motivo de inquietud empeña a los nuevos Estados a dar a los medios de seguridad toda la eficacia que naturalmente resultaría de su acertada combinación, por otra una declaración en que todos ellos pronunciasen solemnemente a la faz del mundo los verdaderos principios que los dirigen y su deseo de contribuir a la paz del mundo, cimentándola dentro de sí misma sobre bases sólidas, pudiera contribuir a desvanecer aquel injurioso concepto.

«Se puede decir que el objeto exclusivo de la Asamblea es la paz presente y futura de América... ya sacando de su unión nuevas fuerzas contra el actual enemigo exterior, ya removiendo motivos de desavenencia contra las Naciones que ocupan su suelo.

«Bajo uno y otro aspecto las deliberaciones de una Asamblea de Plenipotenciarios, han parecido preferible a la lenta marcha de negociaciones aisladas, incapaces de producir armonía y uniformidad en los resultados y acaso menos a propósito para inspirar confianza».³⁶

La respuesta de Canning aceptando la invitación no se hizo esperar y así podemos leer en una nota fechada en Londres y dirigida a Hurtado, el Ministro colombiano, lo siguiente:

«El Comisionado de Su Majestad en Panamá no tomará parte, en manera alguna, en las deliberaciones de los países americanos recientemente nacidos a la vida independiente y al propio tiempo que velará por los intereses de la Gran Bretaña en sus relaciones con aquellos Estados, coadyuvará, cuando se solicite su ayuda, a las deliberaciones de la Asamblea, en tanto que esa ayuda sea compatible con la posición neutral en que la Gran Bretaña está colocada respecto a las relaciones de aquellos países americanos y España, y hará evidente, por cuantos medios estén a su alcance, el vehemente deseo que anima a su Gobierno de mantener la armonía entre los diferentes Estados de América, de establecer la paz (si fuere posible) entre estos países y España y de conservar la tranquilidad general que debe existir entre el antiguo y el Nuevo Mundo».³⁷

Con la invitación a Inglaterra, aconteció en el ánimo del Libertador algo similar a lo anteriormente anotado con respecto a los Estados Unidos, y si bien Bolívar se nos aparece un tanto dudoso, Otero cree que la extensión de la invitación a Inglaterra resultaba más de su agrado que la hecha a Estados Unidos.

Hay una carta de Bolívar dirigida a Revenga y fechada en La Magdalena el 17 de febrero de 1826, en donde expresa sus preocupaciones:

«Por ahora nos parece que nos dará una gran importancia y mucha respetabilidad la alianza con la Gran Bretaña... Pero estas ventajas no disipan los temores de que esta poderosa nación sea en lo futuro soberana de los consejos y decisiones de la Asamblea, que sea su voz la más penetrante y que su voluntad y sus intereses sea el alma de la Confederación, que no se atreverá a disgustarla por no buscar ni echarse encima un enemigo irresistible. Esto es, en mi concepto, el mayor peligro que haya en mezclar una nación tan fuerte con otras tan débiles».³⁸

Hay otra carta de Bolívar, posterior a la arriba mencionada y dirigida a Santander en la que parecen haberse disipado sus anteriores dudas:

«La invitación hecha por parte del Gobierno de Colombia al muy noble y muy poderoso Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda para que sea uno de los Confederados si se obtiene, será por ahora de un valor inmenso para las nuevas Repúblicas, que guiadas por su ejemplo y escudadas por el patrocinio de su amistad podrán más fácilmente organizarse y tomar la marcha financiera que deben seguir».³⁹

La invitación al Imperio del Brasil no estaba contemplada en la Circular-Convocatoria, pues hubiese sido un grave error diplomático el hacerla, ya que los inconvenientes surgidos con motivo de la Banda Oriental para 1824, año de la Convocatoria, impedían que se invitase simultáneamente al Brasil y a Buenos Aires, amén de que para esa fecha el Imperio sostenía también ambiciones sobre el Alto Perú, mas al cambiar el curso de los acontecimientos el Brasil fue incluido aceptando el Emperador la invitación al Congreso de Panamá.

²⁷. Invitación a los Gobiernos de Colombia, Méjico, Río de la Plata, Chile y Guatemala a formar el Congreso de Panamá, Lima, 7 de diciembre de 1824. Texto completo en BLANCO FOMBONA, Rufino, op. cit., págs. 116–120.

²⁸. Santander a Bolívar. Bogotá, 6 de febrero de 1825. Archivo Diplomático Peruano, op. cit., págs. 134 y siguientes.

²⁹. Texto citado por GARCIA SAMUDIO, Nicolás, op. cit., págs. 138 y siguientes.

³⁰. Guadalupe Victoria a Bolívar. Méjico, 23 de febrero de 1825. Texto en Archivo Diplomático Peruano, op. cit., págs. 289–290.

³¹. Ibídem, págs. 287–288.

³². Bolívar a Santander, abril de 1825, LECUNA, Vicente, op. cit., T. IV, pág. 306.

³³. Bolívar a Santander, octubre de 1825. Ibídem, T. V, pág. 140.

³⁴. Bolívar a Revenga. Ibídem. Tomo V, pág. 273.

³⁵. WEBSTER, C. K., op. cit.; MANNING W. R. Correspondencia diplomática de los Estados Unidos concerniente a la Independencia de las Naciones americanas. Trad. P. Capó R. (Buenos Aires, 1920). Correspondencia habida entre las Cancillerías de Inglaterra, U.S.A., Francia, España y Rusia con motivo del Congreso de Panamá y la posible independencia de Cuba. Archivo Histórico Diplomático mejicano. Un esfuerzo de Méjico por la Independencia de Cuba. Prólogo de Luis Chávez Orozco (Méjico, 1930).

³⁶. Manuel José Hurtado a George Canning, Londres, 11 de enero de 1826. Texto completo en ZUBIETA, op. cit. págs. 31–33.

³⁷. Canning a Hurtado, Londres, 23 de enero de 1826. Texto completo en Ibídem, págs. 34–38.

³⁸. Bolívar a José M. Revenga, La Magdalena, 17 de febrero de 1826; LECUNA, Vicente, op. cit. Tomo VI, pág. 98.

³⁹. Bolívar a Francisco de Paula Santander, mayo de 1826. Ibídem. Tomo VI, pág. 276.

(pp. 12–15).

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 2 days ago

La diplomacia preparatoria del Congreso de Panamá. El reconocimiento internacional de Colombia.

Los ideales hispanoamericanistas... no podía dejarlos Bolívar en el plano de la simple posibilidad o de la mera enunciación y así tan pronto como la fortuna de los triunfos militares comenzó a sonreírle, encaminó sus esfuerzos para lograr la creación de una nación lo suficientemente poderosa y organizada, que justificase ante la Comunidad internacional, las cruentas luchas que por la libertad se estaban librando en América. Este afán caracteriza la diplomacia de la flamante Colombia en los primeros años de su creación, e indudablemente es de neta inspiración bolivariana.

O dicho con otras palabras, Bolívar no sólo desarrolló las ineludibles actividades militares que conducirían a la libertad de las naciones americanas sino que supo complementar esas actividades con una labor diplomática que asegurase esa libertad.

Podemos enunciar como los dos objetivos primordiales de esa diplomacia, dos cuestiones: una consiste en la creación de nexos, de vínculos, que estrechando o iniciando, a veces, las relaciones entre los diversos Estados, antes Colonias de una misma metrópoli, les fortaleciese en la lucha contra el enemigo común; a ese fin designó el Libertador a don Joaquín Mosquera y a don Miguel Santamaría en misiones diplomáticas para que negociasen ante los diversos Gobiernos de las naciones de la América antes española, los célebres Pactos de Unión, Liga y Confederación.

El otro objetivo primordial era el de que se reconociese oficialmente la Independencia de Colombia, tanto por España, como por las potencias que tenían el papel de rector dentro de la comunidad internacional: Bolívar designó a José Rafael Revenga y a José Tiburcio Echeverría cerca del Gobierno de Madrid, pero los resultados fueron negativos.¹⁹

Envió también el Libertador diversas delegaciones diplomáticas ante los Gobiernos de Inglaterra y los Estados Unidos, los únicos Gobiernos de quienes se podía esperar el reconocimiento de la Independencia de Colombia, ya que las otras potencias mundiales de la época, (Francia, Austria, Rusia) integraban la Santa Alianza, organización internacional destinada a extirpar cualquier movimiento de libertad que atentase contra el principio de la legitimidad, razón de ser de su existencia. Es conveniente anotar que aunque Inglaterra formaba parte (no oficial), de la Santa Alianza, el conocimiento que había adquirido Bolívar de la idiosincrasia de la política inglesa, le hizo presentir las divergencias que surgirían, como en efecto surgieron, entre Inglaterra y la Santa Alianza con respecto al reconocimiento de la independencia de las Colonias antes españolas.

Otero se referirá en primer término a las negociaciones con los Estados Unidos de Norte América.

Las relaciones con los Estados Unidos fueron una preocupación constante de los Gobiernos hispanoamericanos, los que desde muy temprana época enviaron a Washington diversas misiones diplomáticas con el objeto de tratar de establecer esas relaciones: la Junta de Caracas había enviado en 1810 una misión con fines similares a los encomendados a la Misión enviada a Londres.²⁰

Posteriormente las vicisitudes de la Guerra de Independencia impidieron el envío de otras misiones, reiniciándose esas actividades a mediados de 1818 cuando llegó a Venezuela J. B. Irvine con el carácter de agente oficioso de los Estados Unidos a reclamar al Gobierno de Venezuela, ejercido ya entonces por Bolívar, la entrega de dos barcos norteamericanos apresados por la escuadra libertadora en el bloqueo del Orinoco. Irvine había sido enviado por el Gobierno de los Estados Unidos, no sólo para protestar por la confiscación de esos dos buques, sino también para manifestar la simpatía con que su Gobierno miraba la causa de la Independencia venezolana. La correspondencia entre Bolívar e Irvine duró desde el 29 de julio [de 1818] hasta el 12 de octubre de 1818, y al decir de Madariaga, severísimo crítico del Libertador, «hace honor a Bolívar» por la habilidad diplomática de que hizo gala nuevamente en esta oportunidad.²¹

Bolívar aprovechando las manifestaciones hechas por Irvine, acerca de la buena disposición de su Gobierno para con Venezuela, nombró el 23 de julio de 1818, en Angostura, al general Lino de Clemente, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario cerca del Gobierno de los Estados Unidos.

Existía, no obstante, un antecedente que perjudicó el desempeño de este diplomático: el incidente de la isla de Amelia, en la costa de la Florida, que habiendo sido ocupada por Mc Gregor y Aury, militares al servicio de la causa venezolana, habían sido desalojados por tropas estadounidense (22 de diciembre de 1817). La ayuda suministrada por Lino de Clemente a Mc Gregor y la posterior protesta hecha con poca prudencia por el mismo Clemente, constituyen ese adverso antecedente.

Bolívar en las «Instrucciones» le aclaró a sus diplomáticos, que no sabiendo nada sobre el caso de la isla de Amelia, no reconocía como partes legítimas en el conflicto ni a Mc Gregor ni a Aury, pues éstos no tenían autorización de ningún Gobierno independiente. No obstante, Lino de Clemente no llegó a presentar sus credenciales por haberse negado a recibirlo el Secretario de Estado a causa de la actitud que éste había tomado sobre la ocupación de Amelia.²²

Conviene hacer notar que Colombia no había sido creada aún, y este diplomático, Lino de Clemente, fue nombrado por el Gobierno de Venezuela.

Apenas constituida la República de Colombia, Bolívar se dio perfecta cuenta de la necesidad de obtener el reconocimiento de la nueva República por la ya poderosa nación del Norte y de establecer relaciones diplomáticas con su Gobierno, para mayor realce de la creación bolivariana. Iguales sentimientos animaron también al Gobierno de Washington, y esta buena disposición se va a traducir en el primer Agente diplomático de los nuevos Estados hispanoamericanos, reconocido por el Gobierno estadounidense, don Manuel de Torres, representante diplomático de Colombia designado por el Libertador el 2 de febrero de 1820. Y también el primer Agente diplomático que envió Estados Unidos a Hispanoamérica, el general William Harrison (que luego fue Presidente de Estados Unidos), fue acreditado ante el Gobierno de Colombia.

Don Manuel de Torres, radicado desde varios años atrás en Filadelfia, recibió con fecha 2 de febrero de 1820 una comunicación de José Manuel Revenga, Secretario de Relaciones Exteriores de Colombia, donde le anunciaban la creación y constitución de ésta, como asimismo su designación como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario cerca del Gobierno de los Estados Unidos, siendo el principal objeto de la misión que se le encomendaba, la obtención del reconocimiento, por parte de ese Gobierno, de la Independencia de Colombia.

La correspondencia diplomática entre Torres y John Quincy Adams, quien desempeñaba la Secretaría de Estado para esa fecha, revela las cualidades de buen negociador del Comisionado colombiano: supo conducir hábilmente, con inteligencia, y tenacidad las razones políticas, jurídicas y aun humanitarias (filantrópicas, según el lenguaje de la época), que justificaban, no sólo la Independencia de Colombia, sino de todas las otras naciones que surgían del caduco Imperio español. La nota de Torres al Secretario de Estado, del 20 de febrero de 1821 y la exposición escrita al mismo, del 30 de noviembre del mismo año, son documentos que hacen acreedor a Torres y al Gobierno que lo designó, a la eterna gratitud de las otras naciones hispanoamericanas, pues este diplomático supo allanar el camino del reconocimiento norteamericano de la Independencia de esas naciones hispanoamericanas. Dicha nota, como asimismo las que la complementan, amén de la exposición arriba mencionada, pesaron en el ánimo del Gobierno estadounidense, y merece subrayarse el hecho de que esos documentos redactados por Manuel de Torres fueron enviados por el Presidente Monroe al Congreso de los Estados Unidos, acompañando a su memorable Mensaje del 8 de marzo de 1822, en el que se anunció el propósito de reconocer la existencia de las nuevas Repúblicas.

El 23 de mayo de 1822 recibió Torres la nota oficial del Secretario de Estado, en la que se le comunicaba que el Presidente Monroe había resuelto reconocerlo como Agente diplomático de Colombia.²³

Veamos ahora brevemente las misiones diplomáticas enviadas por el Libertador a Inglaterra con el fin de obtener el reconocimiento de Colombia.

La primera de estas misiones fue encomendada el 4 de diciembre de 1819, en Angostura, al entonces Vicepresidente de la recién creada Colombia, Francisco Antonio Zea, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante el Gobierno inglés para que tratase de obtener el reconocimiento internacional de Colombia, como asimismo un empréstito de dos a cinco millones de libras esterlinas, destinadas a cubrir las deudas de la República y a fomentar la agricultura y el adelanto material del país.

Mas no poseía Zea las condiciones diplomáticas necesarias para alcanzar el éxito en su misión. Debemos recordar que para esta fecha, 1819–1820, Inglaterra estaba ligada por razones circunstanciales a la Santa Alianza, cuyos ideales «legitimistas» eran decididamente opuestos a cualquier movimiento de emancipación o de independencia que modificase el estado de cosas creado en el Congreso de Viena de 1815. De acuerdo con esta política, el Gobierno inglés no podía buenamente, reconocer la Independencia colombiana. La misión de Zea fracasó sin atenuantes.²⁴

El 12 de julio de 1822 fue designado José Manuel Revenga, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Colombia en Londres, mas debiendo presentarse con el carácter de Agente de la República en Inglaterra y no asumir el título de Ministro diplomático, sino cuando pudiese ser recibido como tal por el Gobierno de Su Majestad británica, no fue admitido.

De acuerdo con las «Instrucciones» que se le impartieron, Revenga debería tratar de obtener el reconocimiento de la Independencia de Colombia. Promovería por todos los medios adecuados el establecimiento de relaciones comerciales y la negociación de un Tratado de Amistad, Comercio, Navegación y Límites; y debería ocuparse por arreglar el estado de las deudas contraídas por Zea en la misión anteriormente citada.

En lo referente a la cuestión de los límites, se confirmaba el principio bolivariano del uti possidetis y del arbitraje general y obligatorio como medio de solucionar cualquier conflicto eventual que pudiese surgir; al efecto se establecía en las instrucciones:

«Séame lícito, sin embargo, llamar particularmente la atención de Vuestra Señoría, al artículo del Proyecto de Tratado en punto a límites. Los ingleses poseen en el día la Guayana holandesa, por cuya parte son nuestros vecinos. Convenga Vuestra Señoría, tan exactamente como sea posible, en fijar la línea de uno y otro territorio, según los últimos tratados entre España y Holanda».²⁵

Los triunfos militares de Colombia hacían que la actitud del Gobierno inglés se mostrase favorable a su reconocimiento, sin embargo Revenga no pudo conseguirlo por razones de la política inglesa del momento.

No obstante trabajó asiduamente en pro de los intereses de Colombia manteniendo al Gobierno de esta última constantemente bien informado de la política internacional, no sólo de Inglaterra, sino de España y Francia; además su actuación ante los acreedores de la República disipó las dañosas impresiones dejadas por Zea.

El alejamiento del Libertador del suelo colombiano a comienzos de 1823, cuando pasó al Perú, atendiendo al requerimiento del Gobierno de Riva Agüero para que completase la Independencia peruana tan gloriosamente iniciada por [De] San Martín, no hizo (este alejamiento), variar la orientación que Bolívar había imprimido a la diplomacia de Colombia; y así podemos ver que Santander, el Vicepresidente encargado del Ejecutivo, y Gual, el Secretario de Estado y Relaciones Exteriores, designaron a Manuel Hurtado con una misión similar a las anteriormente citadas. Manuel Hurtado llegó a Londres a fines de marzo de 1824, siendo al fin el diplomático colombiano que pudo obtener del gobierno británico el tan ansiado reconocimiento.

El nuevo Canciller inglés, Canning, no sostuvo la línea de conducta política adoptada por su predecesor Castlereagh, y la nueva orientación adoptada fue la de prestar un decidido apoyo a las nuevas Repúblicas americanas, entre ellas a Colombia.²⁶

Tanto el reconocimiento hecho por los Estados Unidos de Norteamérica como por Inglaterra, van a revestir una especial significación cuando se reúna en 1826 el Congreso de Panamá.

¹⁹. Ver CADENA, Pedro Ignacio, Anales Diplomáticos de Colombia, (Bogotá, 1878).

²⁰. Ver MENDOZA, Cristóbal, op. cit.

²¹. MADARIAGA, Salvador de, Bolívar (México, 1953), t. I, pág. 621.

²². ZUBIETA, Pedro A., op. cit., pág. 53.

²³. La misión de Manuel de Torres ha merecido enjundiosos estudios como los realizados por URRUTIA, Francisco José, Páginas de Historia Diplomática (Bogotá, 1917), donde figuran numerosos textos de la correspondencia entre Torres y Adams, inédita hasta entonces. También GARCIA SAMUDIO, Nicolás, La Misión de don Manuel de Torres en Washington y los Orígenes Sud-americanos de la Doctrina Monroe, (Bogotá, 194 ) sustenta una interesante tesis. Las relaciones diplomáticas subsiguientes entre Colombia y los Estados Unidos están historiadas en GARCIA SAMUDIO, Nicolás, Capítulos de Historia Diplomática. Santander y los Estados Unidos; GARCIA SAMUDIO, Nicolás, Legación de los Estados Unidos ante la Gran Colombia. Volumen 3° del Segundo Congreso de Historia de América, (Buenos Aires, 1938); RIVAS, Ángel César, Ensayo de Historia Política y Diplomática, (Madrid, 1919), trata muy bien la misión Harrison; en RIVAS, Raimundo, Relaciones Internacionales entre Colombia y los Estados Unidos de América, hay una documentada versión de la misión Salazar.

²⁴. Textos de Instrucciones y de la Correspondencia Diplomática de Zea, en CADENA, Ignacio, op. cit., págs. 37–98.

²⁵. Texto de Instrucciones y Correspondencia Diplomática de Revenga, en CADENA, Ignacio, op. cit., págs. 331–402.

²⁶. Las diferentes orientaciones de la política inglesa de Castlereagh y de Canning con respecto a la Independencia de América pueden verse en el prólogo de la obra de Webster, C. K., op. cit.

(pp. 9–12).

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 3 days ago

Trayectoria del ideal hispanoamericanista de Bolívar.

La misión enviada por la Junta de Caracas a Londres en 1810 consigna la orientación decididamente hispanoamericanista de la Junta: la Circular del 27 de abril de 1810 ya hablaba de la posible formación de una Confederación de las colonias españolas con el objeto de asegurarse la Independencia e impulsar las aspiraciones y los intereses comunes; ideales que fueron expuestos y defendidos calurosamente por Bolívar, el titular de la misión. También al mencionar las «Notas sobre Caracas» aquel memorándum confidencial de Wellesley que citaba los proyectos de una futura Confederación expuestos por los Comisionados de Caracas. Se compenetra tanto el Libertador, de estos ideales, que constituirán ellos su más ambicioso sueño, el que informará siempre su actuación a lo largo de los azares de su brillante carrera.⁷

El 3 de julio de 1811 en su discurso ante la Sociedad Patriótica de Caracas, puede leerse:

«¿No es nuestro problema de todos los americanos? ¿No luchamos acaso todos contra trescientos años de durezas y tiranías impuestas por España? ¿Nuestros padres, nuestras creencias, nuestros futuro, acaso no es el mismo[?] ¿Y esta Confederación, esta Unión en lucha contra el enemigo común, que no es más fuerte que cualquier documento que pudiera crearse respaldado por muchas firmas y apoyado por muchos protocolos? ¿Qué no tendría tras de sí, como tiene nuestra Confederación el espíritu de veinte Naciones? ¿Qué puede, pues, discutirse, si esa Confederación que se propone ya existe y es tan honda y tan profunda que todo lo que se haga no podrá servir sino para declararla nuevamente?... Pongamos la primera piedra fundamental de la libertad americana. Vacilar es perderla».⁸

Dos días más tarde, el 5 de julio de 1811, declaraba el Congreso de Venezuela absoluta Independencia de esta nación.

Al año siguiente, el Manifiesto de Cartagena del 15 de diciembre de 1812, indica la necesidad de la solidaridad de las naciones americanas ante la amenaza de una invasión militar española para sofocar el movimiento revolucionario en todo el Continente; e indicando la necesidad de liberar primero a Venezuela, porque en su sentir sería ella como un trampolín para las fuerzas que enviaría España para subyugar a la América:

«Porque poseyendo España el territorio de Venezuela podrá con facilidad sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde las provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional».⁹

Confirmándose este presentimiento de Bolívar, España iba a mandar tres años más tarde, la poderosa expedición mandada por el general Pablo Morillo, vencedor de las tropas napoleónicas.

En el informe de la Secretaría de Relaciones Exteriores publicado por la Gazeta de Caracas, el 31 de diciembre de 1813, aparece el Ministro de Estado como excitando a Bolívar a seguir la política que el mismo Bolívar le inspira: es ésta una táctica que utilizará muy a menudo el Libertador. En este informe le aconseja procurar la unión de la Nueva Granada y Venezuela y aún más:

«Nuestra fuerza va a nacer de esa unión. Los enemigos de la causa americana temblarán ante tan formidable cuerpo, que por todas las partes les resistirá unido, ¿por qué entre la Nueva Granada y Venezuela no podrá hacerse una sólida unión? Y aún más, ¿por qué toda la América Meridional no se reunirá bajo un Gobierno único y central?».¹⁰

Al año siguiente cae la [Segunda] República y Bolívar tiene que escapar del país y es Jamaica esta vez el sitio donde pasará el nuevo destierro. Y si bien no puede luchar con las armas, luchará el Libertador con la pluma: de esta época data su célebre Carta de Jamaica, de ella citaremos algunos párrafos atinentes al ideal bolivariano de una Hispanoamérica unida en una sola entidad:

«Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza, que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo Gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los Representantes de las Repúblicas, Reinos e Imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo».¹¹

Ya para esta temprana fecha, 6 de setiembre de 1815, Bolívar nos adelantaba desde la amargura del destierro y la derrota, la celebración de aquella futura Asamblea de Plenipotenciarios en Panamá, que constituye la cúspide de su ideario internacional.

Siguiendo nuestro orden cronológico, nos encontramos con una carta dirigida a Juan Martín Pueyrredón, Supremo Director de las Provincias del Río de la Plata, fechada en Angostura el 12 de junio de 1818, donde le dice:

«Una sola debe ser la patria de todos los americanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad.

«Cuando el triunfo de las armas de Venezuela complete la obra de su independencia o que circunstancias más favorables me permitan comunicaciones más frecuentes y relaciones más estrechas, nosotros nos apresuraremos, con el más vivo interés, a entablar por nuestra parte el Pacto Americano, que formando de todas nuestras Repúblicas un cuerpo político, presente a la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza, sin ejemplo en las naciones antiguas. La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la Reina de las Naciones y la Madre de las Repúblicas».¹²

De la misma fecha que la carta anterior es su «Alocución a los habitantes del Río de la Plata», donde les dice:

«Habitantes del Río de la Plata: la República de Venezuela, aunque cubierta de luto os ofrece su hermandad. Y cuando cubierta de laureles, haya extinguido los últimos tiranos que profanan su suelo, entonces os convidará una sola sociedad, para que nuestra divisa sea la unidad de la América Meridional».¹³

Todo lo hasta aquí expuesto con referencia a la aspiración bolivariana de Hispanoamérica en una sola unidad, fue escrito antes que las armas americanas inclinasen la balanza a su favor: antes de [las batallas de] Carabobo, de Bomboná, de Pichincha, de Junín.

Bolívar logra crear a la Gran Colombia a fines de 1819, fincando sus esperanzas en que una vez alcanzada la Independencia, el desenvolvimiento de esta nación, su latente poderío, y desarrollando, por otra parte, una diplomacia que impusiese la primacía de las normas jurídicas en las relaciones entre las naciones americanas, se pudiesen concretar estos ideales de Confederación; con tal fin designó en octubre de 1821 las misiones de Joaquín Mosquera y de Miguel Santamaría.¹⁴

En diciembre de 1824 envió la Circular Convocatoria para la reunión de la Asamblea de Plenipotenciarios de Panamá.¹⁵

Esta Circular Convocatoria se complementa con dos documentos de extraordinaria importancia: unos apuntes redactados por Bolívar sobre lo que significaría dicho Congreso y con las instrucciones impartidas a los delegados peruanos a ese mismo Congreso.¹⁶

Los Apuntes mencionados en primer término fueron descubiertos y publicados por Vicente Lecuna en 1916 bajo el título Un Pensamiento sobre el Congreso de Panamá y su publicación en Washington coincidió, según Rufino Blanco Fombona, con la delineación que hizo W. Wilson de sus ideas sobre la Sociedad de las Naciones.

Dicho documento, a lo largo de sus diez breves artículos, nos suministra un compendio del ideario internacional de Bolívar, y cuáles eran sus esperanzas con respecto al futuro Congreso. En él veía el Libertador a las naciones independientes del Nuevo Mundo «ligadas todas por una ley común que fijase sus relaciones externas y les ofreciese el poder conservador de un Congreso general y permanente», o sea, en síntesis, una Confederación con un organismo supra-estatal y un Código Internacional, con los cuales «la existencia de esos nuevos Estados obtendría nuevas garantías». Y para consolidar y facilitar el desarrollo de esa Confederación y su «equilibrio perfecto» se refería a dos puntos importantes: el primero era que «el orden interno se conservaría intacto entre los diferentes Estados y dentro de cada uno de ellos», o sea, que dicho Congreso General no sólo solucionaría los incidentes que surgiesen entre las partes, sino que podría intervenir en el Estado cuya tranquilidad interna estuviese amenazada. (Esta es una de las formas de intervención propiciada por el Libertador); el otro punto importante era la enunciación del principio de la igualdad de los miembros de la Confederación: «Ninguno sería débil con respecto a otros, ninguno sería más fuerte».¹⁷

Se refiere también, a la ayuda en común de los Confederados al que sufriese «por parte del enemigo externo o de las fracciones anárquicas»; vemos nuevamente enunciado el propósito intervencionista. En los dos artículos posteriores expresa Bolívar su repudio por discriminación de clase social o de raza, las «que perderían su influencia» dentro del seno de la Confederación. Los poquísimos autores que hacen referencia a este documento suponen que cuando Bolívar redactó estos apuntes, lo hizo con fines de darlo a publicidad, o, que le sirvieron en determinado momento para fijar sus ideas. Otero se aventura a sugerir una razón diferente:

En la Colección de Documentos escogidos por C. K. Webster de los Archivos del Foreign Office, figura una carta secreta o confidencial de C. M. Ricketts, Cónsul General inglés en Lima dirigida a George Canning; carta que no se encuentra citada en la numerosa bibliografía consultada para el trabajo de Otero.¹⁸

En dicha carta Ricketts comunica al Ministro inglés el agradecimiento de Bolívar por la designación hecha por Su Majestad británica de un delegado ante el Congreso de Panamá, como asimismo los deseos de que la Gran Bretaña no asistiese al Congreso sólo como una silenciosa observadora, pues, «los nuevos Estados necesitaban ser sostenidos por el poder y la influencia de la Gran Bretaña, sin lo cual no podía esperarse seguridad alguna, ni conservarse la integridad, ni mantenerse ningún pacto social» y hasta llegaba a solicitar la protección inglesa para evitar discordias, consolidar los Gobiernos existentes, etc., en fin, que fuesen los consejos ingleses los que guiasen a la América hispana. Y añade Ricketts: «Las ventajas que Su Excelencia (Bolívar) prevé al convertirse así Gran Bretaña en un miembro del Congreso de Panamá se detallan en la siguiente nota para trasmitirla a usted».

Esa nota en cuestión, transcrita por Ricketts en su carta, no es otra cosa que el documento denominado Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá, al que Otero está haciendo referencia.

La interpretación que de él hace Otero, basada en el análisis de la antedicha carta de Ricketts es la siguiente: Estos apuntes redactados por el Libertador estaban destinados a halagar al Gobierno inglés; pues, como veremos más adelante, la invitación que Francisco de Paula Santander, y Guadalupe Victoria hicieron a los Estados Unidos al Congreso de Panamá, no resultó del agrado de Bolívar quien desconfiaba del poderoso vecino del Norte; Otero supone que por medio de esos Apuntes quiso, diplomáticamente, excitar las antagónicas ambiciones anglo-norteamericanas de una posible hegemonía sobre el Continente. En efecto, en el último artículo del documento a que Otero se refiere puede leerse:

«Décimo: La reforma social, en fin, se habría alcanzado bajo los santos auspicios de la libertad y de la paz; pero Inglaterra debería tomar necesariamente el fiel de esta balanza. Por otra parte la Gran Bretaña alcanzaría, sin duda, ventajas considerables, accediendo a una proposición de la que pende tan mayormente la prosperidad de la América del Sur».

Resumiendo: en los Apuntes denominados Un Pensamiento sobre el Congreso de Panamá no sólo está expuesto sintéticamente el ideal confederativo de Bolívar, sino que es revelador de la perspicacia y habilidad de un veterano diplomático: la protección que solicitaba de la Gran Bretaña no son síntomas de duda o de debilidad, (en 1826 estaba el Libertador en el pináculo de su gloria; ya triunfador, había dejado atrás los azares de la guerra), ya que ni el concierto europeo, ni los Estados Unidos, hubiesen permitido esa protección; sólo puede verse en esto una forma de dar a Gran Bretaña, acreedora de la gratitud del Libertador por muchas razones, la oportunidad para compensar la fuerte influencia que pudiesen tener los Estados Unidos en el seno de la Confederación: de esa rivalidad, los noveles Estados hispanoamericanos saldrían gananciosos.

⁷. Otero desecha como antecedente las referencias a las conversaciones habidas entre el Virrey de la Nueva España y Bolívar, pues para esa fecha, 1799, los dieciséis años escasos del adolescente caraqueño no justifican esa apreciación; se puede consignar que posiblemente haya expresado el sentir de la clase criolla de entonces, además, la preparación intelectual que el futuro Libertador [recibió] de su extravagante mentor Simón Rodríguez, no da margen a pensar que Bolívar expresase ideas de Confederación en una forma que pudiésemos decir orgánica.

⁸. BOLIVAR, Simón, Discursos y Proclamas. Recopilación y Notas de Rufino Blanco Fombona, (París, 1913), pág. 29.

⁹. Ibidem, pág. 30.

¹⁰. Ibidem, pág. 35.

¹¹. BLANCO FOMBONA, Rufino, El Pensamiento Vivo de Bolívar, (Buenos Aires, 1944), pág. 172.

¹². Ibídem, pág. 178.

¹³. Ibídem, pág. 116.

¹⁴. Ver ZUBIETA, Pedro A., Apuntaciones para las primeras misiones diplomáticas de Colombia, (Bogotá, 1924).

¹⁵. Ver punto cuatro.

¹⁶. Con respecto a las «Instrucciones» de los delegados peruanos: Ver punto cinco.

¹⁷. Ver punto ocho.

¹⁸. C. M. Ricketts a G. Canning (Confidencial), Lima, 14 de julio de 1826. Texto en WEBSTER, C. K. Gran Bretaña y la Independencia de la América Latina, 1812–1830 (Documentos Escogidos de los Archivos del Foreign Office), T. I, pág. 747.

(pp. 7–9).

Referencia: Silva Otero, A. (1969). El congreso de Panamá. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales; Universidad Central de Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 3 days ago

Response to Brilliant_watcher regarding Bolívar and De San Martín.

No, De San Martín didn’t do that; rather, it was the other way around: Bolívar ordered 1,800 Colombians (from the former Gran Colombia, not present-day Colombia) to accompany him on his return journey. Here is a translation of a letter from Bolívar to Santander in which he makes this clear:

«The night before last, General San Martín departed from here after a visit of thirty-six or forty hours: one might call it a visit proper, for we did nothing more than embrace, converse, and bid each other farewell. I believe he came to secure our friendship, to rely on it against his internal and external enemies. He is taking 1,800 Colombians with him, in addition to having received reinforcements from his troops for the second time, which has cost us more than 600 men: thus, Peru will receive at least 3,000 men in reinforcements».

Reference: Bolívar, S. (1822, 29 de julio). Carta de Bolívar para Santander, fechada en Guayaquil el 29 de julio de 1822 (Documento 6.874). Archivo del Libertador. https://archivodellibertador.gob.ve/archlib/web/index.php/site/documento?id=5258

reddit.com
u/Jose_Monsalve — 13 days ago

El Nuevo Diario. Año I. Caracas: martes 25 de febrero de 1913. Número 52. Un retrato de Bolívar desconocido en Venezuela.

u/Jose_Monsalve — 21 days ago

Introducción

La biografía de José Tomás [de] Boves antes de su irrupción en la historia en 1812, no ofrece dificultades insuperables... El Archivo General Militar de Segovia —como dice Bermúdez de Castro— ofrece material abundante y preciso para dibujar sin deformaciones la silueta moral de este hombre, y hasta reconstruir el diario de su vida. Además de esta fuente señala otras vías de información, como el «Expediente* incoado por el Consejo Supremo de *Guerra», a solicitud de la madre de Boves en 1817; los partes oficiales insertos en la Gaceta de la Regencia y en la de Madrid (años 1813 y 1814) y en numerosas cartas de asturianos residenciados en Venezuela.

Un prurito de nuestros historiadores —como ya lo señala Laureano Vallenilla Lanz en «Cesarismo Democrático»— nos ha llevado, aún hasta nuestros días, a un maniqueísmo, que como bien lo señalara Joaquín Gabaldón Márquez, es ya inoperante para la verdadera comprensión de nuestra historia. Como lo destaca Vallenilla, el considerar a [De] Boves como español es un error, pues desde que llegó a Venezuela siendo adolescente, hasta su muerte en la madurez, vivió y sintió como venezolano. Pardos, mestizos y mulatos fueron sus huestes y si se decía realista no era por identificarse con la causa de España —como lo apunta el mismo Madariaga— sino porque bajo el título de patriotas o insurgentes se aglutinaban los blancos, los ricos y poseedores de la tierra (Bolívar, Tomo I).

Ya Juan Vicente González, quien no le ahorra a [De] Boves los peores epitetos, a pesar de llamarlo «el primer caudillo de la democracia en Venezuela», advierte con alarma la tendencia de algunos historiadores, y en especial Don Felipe Larrazábal, a tergiversar los hechos acontecidos durante la Guerra de Independencia (ver José Félix Ribas).

Los apuntes que siguen sobre la caracterología de [De] Boves son tomados de los diversos historiadores consultados, tanto patriotas como realistas:

Apuntes sobre la personalidad de José Tomás Boves

«No era retórico, ni escribía con brillantez. Conocía las matemáticas y las ciencias de navegar» (Bermúdez de Castro, obra citada, pág. 106).

Don Diego Cayón, profesor de Náutica en el Real Instituto Asturiano, donde conoció a [De] Boves para prepararlo para piloto, refiere: «... de cuyos estudios salió con las mejores notas, a satisfacción de todos sus profesores por su aplicación y talento, habiendo asistido a la Cátedra con toda puntualidad y buena conducta». (Expediente incoado en Asturias a solicitud de la madre de Boves. Citado por Bermúdez de Castro, pág. 106).

«En esta parte de la vida de Boves —escribe Bermúdez refiriéndose a su vida en Venezuela antes de 1812— no existe nada romántico; todo es vulgar, llano y honrado» (pág. 107).

«Era hijo amantísimo, remitíale a su madre en Oviedo buena parte de su paga» (testimonio del Presbítero y Archipreste de la diócesis de Oviedo, Don Benito Palermo Martínez Somonte, cita de Bermúdez de Castro, pág. 111).

Refiere el mismo testigo, que luego de dos años al servicio de la firma Pla y Portal en La Guayra, se estableció por su cuenta en Calabozo, donde puso un almacén, ampliando luego su comercio, tratando con los indios del llano en tráfico de caballos y mulos, logrando entre ellos mucha influencia y prestigio por su honradez y desprendimiento. Nunca los engañaba, como hacían otros comerciantes, y limitaba su propia ganancia a lo menos posible, repartiendo entre los ganaderos indios casi la totalidad de la venta. Por su valor y fuerza en la vida del campo —prosigue la misma fuente— así como por su carácter amable y por su consejo desinteresado, se había hecho querer de todos los indios y en muchas leguas a la redonda era conocido por el nombre del Taita, que significa señor, amo, padre o jefe. Refiere el informante que todo esto los sabe Vicente Calderó, capitán del bergantín Ligero, cuyo barco rinde viajes semestrales de Caracas a La Coruña y de La Coruña a Gijón y trae cartas y gaceta de muchos asturianos en América (pág. 113).

El Regidor Perpetuo de Gijón en el Expediente de la Contaduría del Montepío Militar, declara: «José Tomás Boves fue durante su juventud modelo de hijos, sin vicio alguno, obediente, sumiso, de carácter apacible, querido por sus superiores y marineros; enviaba a su madre la mayor parte de su paga, quedándose él con lo preciso para vivir» (Bermúdez de Castro, pág. 114).

El Boves Caudillo

a) Crueldad, fiereza: No hay ninguna duda sobre la crueldad insana de José Tomás [de] Boves y de su inmensa capacidad destructiva. Sobre ello están de acuerdo todos los autores: «Fiero, cruel, terrible» (Bolívar). «Sanguinario» (Urquinaona, realista). «Cruel por instinto y a sangre fría» (Regente Heredia, realista). «Feroz» (José Domingo Díaz, realista). «Inhumano» (Heredia). «Alevoso como el halcón y frío como el acero» (Juan Vicente González). «Bárbaro y feroz» (Paez).

b) Valeroso y organizador: Ídem que lo anterior. Audaz, activo, agresivo, imperioso y acometedor. Fuerte en la adversidad, tesonero, indoblegable (observaciones recogidas en el libro de Valdivieso Montaño, pág. 18).

c) Carisma: Sugestivo, de gran atracción personal (Valdivieso, pág. 36). «Gran simpatía, tenía un no sé qué, que lo hacía dueño de sus semejantes» (Tomás Morales, su lugarteniente). Amable en su trato para con sus partidarios (Valdivieso). Sus soldados lo adoraban (Vallenilla). Su trato era franco y espontáneo (Bermúdez de Castro). Su aspecto revelaba más bien humanidad (O’Leary). Avasallaba a cuantos le rodeaban por su actitud resuelta (Liborio Lovera, testigo presencial). De inmensa popularidad (Vallenilla, pág. 82). Murió amado por sus súbditos (Rodríguez Villa). Tenía un poder mágico sobre aquellos hombres feroces, que lo amaban y lo temían (José Domingo Díaz). Ídolo de la gente de color (Heredia).

d) Lealtad: «Agradecido y consecuente en la amistad» (Pacífico Narváez). Idem José Ambrosio Llamozas. Recordar consecuencia con Roscio e Ignacio Figueredo y con el médico Carlos Arvelo.

e) Generosidad: Generoso y desprendido (Valdivieso). Distribuía entre sus tropas el fruto de los saqueos. A su muerte todo su capital era de trescientos pesos (Heredia). Baralt y Díaz le reconoce la misma virtud.

f) Implacable en la venganza: Su primera reacción al ser liberado por Antoñanzas fue asesinar a un hacendado de los alrededores de Calabozo a quien le guardaba rencor. El asesinato de Diego Jalón es otro ejemplo. El caso de Zarrasqueta, quien le negó su hija en matrimonio, ilustra este rasgo de carácter.

g) Orgulloso e insolente: Recuérdese su actitud despreciativa contra Cajigal, Capitán General de Venezuela. Cuando el Rey de España, luego de haber reconquistado todo el país a favor de la Corona le envía el nombramiento de coronel [y De Boves] lo rechaza despectivo: «Yo también hago coroneles». (Rufino Blanco Fombona, nota a pie de página al Bolívar de Felipe Larrazábal, Tomo I).

h) Desconfianza y odio a la traición: En su entrada a Calabozo asesina con su propia mano al isleño oportunista que le sale al paso para vitorearlo. A los hermanos Medina que se le pasan a sus filas en Valencia les da cruel muerte (Juan Vicente González, pág. 74). Durante la conspiración de Espino no pudieron asesinarlo porque pasó tres noches sin dormir. «Siempre alerta» (Valdivieso, pág. 60). Detestaba la adulación. Le enfurecían los aduladores y los viles (Eloy González).

i) Disimulado: «Era de una franqueza brutal» (Bermúdez de Castro, pág. 44), y al mismo tiempo «astuto y traicionero» (Masur, Bolívar, pág. 179). «Frio como el acero» (Juan V. González). «Era impulsivo en la acción, pero calculador y frío en sus planes» (Bermúdez de Castro, pág. 41).

j) Humor negro: Disfrutaba con actos sorpresivos de una inmensa crueldad: caso de Jalón, a quien hizo fusilar luego de invitarle a almorzar y simularle amistad. Ídem casos referidos de la nota 88 (cap. 32). Los bailes de Valencia, Barcelona y Cumaná son claros ejemplos de ese humor negro, al igual que los fusilamientos precedidos por varias descargas de pólvora. «Gozaba con la crueldad en sí misma y se regocijaba en el poder que aumentaba en sus manos hasta la tiranía» (Masur, Bolívar, pág. 179).

k) Ambivalente e impredecible: «En su personalidad anidaban los más opuestos sentimientos» (Cabrera Sifontes, La Rubiera, pág. 176). Tenía momentos de generosidad y de clemencia (Baralt y Díaz). En Caracas para sorpresa de todos se condujo correctamente, sin que hubiese una sola ejecución. Perdonó la vida al hijo de Ignacio Figueredo luego de insultarlo.

l) Embriaguez: Según O’Leary era aficionado a la bebida. Refiérese también que enloqueció al beber.

m) Sexualidad: Hay pocas referencias escritas a su actividad amorosa. Bermúdez de Castro dice que [De] Boves amó profundamente a una caraqueña (no hay noticias sobre el particular). Su último y grande amor fue Inés Corrales en Calabozo. En Valencia una mulata de apellido Bolívar. La tradición lo tiene por mujeriego y estuprador. Pretendía hacer un harén para su uso en la isla de Arichuna.

n) Escrupuloso en materia económica: Como tal lo tiene Jacinto Lara, su compañero de juventud y héroe de la Independencia (cita de Valdivieso, obra citada, pág. 24). Dueño y señor de Venezuela, se dirige a varias personas que le adeudan pequeñas cantidades para que le paguen, ya que piensa casarse. Muere en la mayor pobreza. Todo su capital son trescientos pesos que había enviado a su madre días antes de su muerte en Urica.

ñ) Llaneza: Ajeno a la pompa y a la ostentación (Valdivieso), sencillo en su trato, accesible a todos, campechano con la tropa (Tomás Morales). Compartía con sus soldados todas las privaciones. Conversaba siempre con sus soldados; no desdeñaba sentarse con ellos a comer el tasajo de la ración. Después de las batallas, envuelto en su poncho, recorría el campamento; para todos hay un apretón de manos. Reconforta a los heridos con su palabra brusca. Hay en sus ojos fieros, lágrimas de ternura a veces. Duerme tendido en el suelo entre su ordenanza y el trompeta de órdenes (Bermúdez de Castro, págs. 45, 73–75). Era chabacano y soez (Cabrera Sifontes, pág. 195). Era tacirurno (Masur, pág. 179).

o) Continente: Escribe Constancio Franco: «Tenía modales bruscos e imperativos, una voz fuerte y bronca; hablaba poco y no sonreía sino ante la presencia de una gran catástrofe, de un gran peligro o de una suprema desgracia». «De regular grueso y estatura, rubio y no mal parecido» (Liborio Lovera). Era de una fuerza colosal: ahogaba a un caballo apretándolo entre las piernas y mataba a un buey de un puñetazo (Bermúdez de Castro, pág. 47). «Sus ojos eran azules, su barba y pelo rubio rojizo, blanquísima su piel (Cabrera Sifontes, pág. 176). Era tacirurno y frío, anota G. Masur (pág. 179). «Había en sus ojos una aviesa melancolía» (O’Leary). Tenía los ojos profundos de un azul triste (Masur, Bolívar, pág. 179).

Síntesis de la personalidad conocida de Boves

Del material expuesto puede inferirse lo siguiente:

José Tomás [de] Boves era un atleta de una fuerza descomunal.

Rubio y bien parecido. Ojos azules o verdes, pelo colorín (pelirrojo) encrespado y tez muy blanca. Sus modales eran bruscos e imperativos y su voz bronca y fuerte. Hablaba poco. Sonreía pocas veces.

De carácter cambiante: afable y considerado a veces, intemperante y violento, otras. Era proclive a momentos de melancolía y a estallidos de furor.

Estaba envuelto por un halo de simpatía y llaneza que inclinaba a su favor.

Era activo, incansable, tozudo y desconfiado.

Ajeno a la pompa y al ceremonial; descuidado en el vestir y en su aspecto personal.

Inteligente y de mediana cultura.

Disimulado. Aparentaba una franqueza brutal siendo calculador y frío. Era susceptible, rencoroso, agradecido y justiciero.

Generoso hasta la exageración. Escrupuloso en materia económica.

Imperioso, osado, temerario.

Se embriagaba frecuentemente.

Impredecible en sus reacciones.

Refinado y terrible en su crueldad. Perfeccionista en algunos aspectos. Sádico despiadado. Caía en dependencias afectivas y gustaba de practicar el humor negro.

Inspiraba a sus hombres ciega admiración y afecto. Era compasivo y clemente con ellos.

Conclusión diagnóstica

Temperamentalmente es un atleta que por su explosividad, reacciones en cortocircuito, violencia criminal y monstruosa, embriaguez aguda patológica, parecen corresponder a la desviación epileptoide (anormal o psicopática).¹

Por su obsesión vengativa, crueldad y refinamiento centrada por una gran desconfianza corresponde al tipo psicopático descrito como el paranoide sanguinario. Otros rasgos frecuentes de observar en el paranoide redondean el diagnóstico: Leal y agradecido hasta el extremo, generoso con sus incondicionales, terrible con sus opositores, justiciero, hiperactivo, impredecible, frío y calculador.

Su conducta ulterior a la traición de Espino parece un desarrollo paranoide (o una esquizofrenia mitigada) que en el baile de Valencia es francamente psicótica, aunque luego se refleja para estallar frontal y violenta en Barcelona y en Cumaná. La conducta de [De] Boves a estas alturas es evidentemente enajenada, aunque los criterios de la época no lo pueden limitar de loco.

Hipótesis sobre otros rasgos de carácter de Boves

La casi totalidad de los paranoides suelen tener una activa e intensa vida sexual, siendo proclives a la violencia y al sadismo sexual.

Ningún texto de historia de los consultados habla de la sexualidad de [De] Boves. La conseja lo señala como mujeriego (tuvo muchos hijos en diversas mujeres), al mismo tiempo que violador. Ambas características suelen darse en el carácter paranoide.

El caracterópata de este tipo puede presentar una fachada de un ser audaz, seguro de sí mismo, que a la postre no es más que una defensa o máscara de una profunda inseguridad y tímidez (los paranoides han sido señalados por diversos autores como necesitados de estimación y afecto). Hay una serie de observaciones bibliográficas que abonan esta hipótesis.

El paranoide, a pesar de su aparente suficiencia y afán de dominio sobre los demás, suele caer en dependencias afectivas, como las que muestra ante Juan Palacios y el Padre Llamozas.

Por su narcisismo se supone que es incapaz de amar a alguien fuera de sí mismo, y esto es cierto en última instancia. Pero ese mismo narcisismo puede hacerle ver y mostrarle en su conducta, que la pérdida de amor es desquiciante, cayendo en profunda depresión (como fue el caso de Inés Corrales) o en agitada furia vengativa (como sucedió con Antoñanzas, María Trinidad y Juan Caribe).

La ambivalencia afectiva, al igual que al histérico, los hace versátiles y engañosos, como se observa en el párrafo correspondiente a la nota 35. Pueden pasar bruscamente de una sensibilidad extrema a una actitud brutal.

Su perspicacia, su capacidad de leer el inconsciente de los demás, les confiere en muchos aspectos, una clara y descarnada visión de la realidad, que explica su éxito político y guerrero y el escepticismo burlón de que hace gala.

La búsqueda de la seguridad los hace activos y afanosos en busca de éxitos económicos. Tal fue su caso en los primeros tiempos. Y su orgullo desmesurado los hace honestos y escrupulosos en el manejo del dinero.

El éxito social es para ellos indispensable, mostrándose profundamente resentidos ante el rechazo, lo que puede llevarlos —como en su caso— a buscar las clases inferiores como modo de compensación.

El paranoide es siempre malediscente, como puede verse en el capítulo 36 en relación a Jalón y en el capítulo 37, cuando habla de [De] Miranda y de los mantuanos. A duras penas resiste la jefatura de otro, y en particular, si objetivamente aparece como inferior o mal dotado, como fue el caso de su actitud despectiva con Juan Manuel de Cajigal, señalada en el capítulo 56 y refrendada por la historia.

Como compensación a su desconfianza patológica, caen en el extremo de entregar su confianza a quien no la merece.

Por el mismo mecanismo, el hombre implacable que siente ser, es capaz de brotes de generosidad y magnanimidad, como lo evidencia la anécdota con el hijo de don Ignacio Figueredo (nota 78).

Pero lo que sin duda alguna caracterizó a José Tomás [de] Boves fue su fuerte carisma, esa misteriosa fuerza, subyugante, que lleva a los hombres y a las masas a una sumisión incondicional ante ciertos conductores, al tiempo que provoca en otros reacciones proporcionales de odio y repulsión. El arquetipo del caudillo vengador que encarna [De] Boves (y exige un vasto sector del pueblo venezolano) es lo que explica su extraordinario ascendiente y persistencia en nuestra historia. No basta, sin embargo, situarse en una línea de fuerza de una aspiración social significativa para erigirse en arquetipo, fuente verdadera de todo carisma.

Si el apocado don Juan Manuel de Cajigal, el vocinglero José Domingo Díaz se hubiesen puesto al frente de esas aspiraciones, no habrían alcanzado el mismo ascendiente sobre la inmensa mayoría del pueblo, como no fueron capaces de sustituirlo Tomás Morales, su lugarteniente, ni el mulato Machado, ni cualquiera de los jefes de segundo rango que lo seguían. El arquetipo del caudillo debe contener, además de la voluntad colectiva, cualidades personales que la acrecienten y recreen en su ejecución, aparte una manifiesta superioridad en un particular campo de valores. [De] Boves expresaba, sentía y comprendía el alma del llanero, inclemente como el paisaje, duro a ras de suelo como el humo de la llanura. [De] Boves tenía las mismas virtudes y defectos de las hordas que conducía. De ahí su éxito y su significación antropológica. De no haber existido esta correspondencia —como olvidan con insólita ingenuidad algunos de sus intérpretes— no hubiese podido asumir el papel que le correspondió en nuestra historia.

Entre los hombres de la sabana, la virtud primaria era el valor; el valor físico, frontal y sin cortapisas, que lo mismo domeña al caballo salvaje, que saca del medio en viril combate al más recio contendor. Lo otro puede venir por añadidura. En ausencia de los atributos del macho criollo, la generosidad y la compasión, antes que virtud, pueden ser tomados como prueba de flojedad de ánimos. Para ser generosos con los desvalidos debe tenerse antes el poder suficiente para desposeerlos. Para ser compasivo con el que sufre hay que dar pruebas de un coraje monolítico. Sólo el macho bravío y arisco puede hacer gala de su buen humor, de bailar un parrandón o de quitarle la mujer a otro. [De] Boves, además de macho probado, era generoso, alegre y socarrón. La gracia pícara es adobo muy preciado en Venezuela entre los jefes temidos e indiscutibles; de la misma forma que sus excesos eróticos o alcohólicos pueden ser admitidos y encomiados al cabo de una misión. Sus imperfecciones, dentro de cierto grado, lo humanizan, impidiéndole caer de un todo en el aislamiento sombrío que conlleva el poder. El caudillo, entre llaneros, debe ser mujeriego sin ser enamoradizo: la única hembra valedera es la masa que conduce.

El caudillo debe ser impredecible, porque él es arcano, el depositario de los grandes secretos que contienen la clave para arribar con buen tiempo a la Tierra Prometida. Sus actos siempre deben desconcertar. Nadie debe saber cuándo duerme, qué come, qué piensa. Debe caer sobre sus competidores a la menor sospecha o sin ellas: eso le concede ese prestigio sobrenatural que a las masas sobrecoge. Debe ser arbitrario y expeditivo en el ejercicio de la justicia, porque así es la ley del llano. Ante situaciones similares, lo mismo puede condenar a muerte que absolver con largueza. Su generosidad debe ser ilimitada, al igual que su ausencia de codicia; de lo contrario, antes que padre sería un hermano más en medio de la disputa.

Las grandes verdades que rigen la vida de los hombres son claras y despejadas como la llanura. La razón leguleya entraba la justicia, la justicia expedita es la virtud primordial del caudillo-vengador.

Y si el caudillo es la encarnación de todo ese mundo elemental, glotón de sangre y de raptos cenicientos de terror, debe ser él, como lo hizo [De] Boves, quien con su ejemplo incite a la acción.

José Tomás [de] Boves, fuer es confesarlo, además de ser el ejecutor de un anhelo confuso, pero anhelo al fin, de justicia social, era más valiente, poderoso, sabio, pícaro, compasivo y seductor que sus hombres, lo que aunado a su exitosidad y al halo de poder que lo envolvía, explican la irracional admiración de sus contingentes.

Los hombres que seguían a [de] Boves —como es ya ocioso plantear— no luchaban por la causa del Rey. Luchaban contra el blanco propietario que ultrajaba su condición de hombre de color. Prueba de ello es que, apenas muere [De] Boves, le dan la espalda a Morillo, el Pacificador, que con un ejército de españoles venía a combatir a los patriotas. Por eso se dispersan por los caminos del llano hasta tropezar con otro hombre, que hasta por el mismo aspecto físico que recrece en sus facciones de rubio azambreado, se parece al Taita [De] Boves, pues además de macho, como él, es llano, generoso y festivo.

El legionario británico Capitán Wawel, que conoció a Páez hacia 1818, escribe: «Páez, el terrible llanero, no revelaba en su franca expresión huella alguna de la ferocidad que se le ha atribuido. Únicamente sus ojos, también negros, daban indicios de aquellos arrebatos que solían impulsarle a actos de excesivo rigor para calificarlo del mejor modo posible».²

Al igual que [De] Boves, el Páez de la juventud,³ era llano, valiente, irreverente, hábil organizador, alegre y mujeriego. A todos los observadores les llamaba la atención el régimen de campechanía imperante en su ejército.

Boussingault, el gran detractor de Bolívar, quien lo conocía hacia 1822, lo describe como un hombre encantador, en contraste «con el capitán de bandoleros que esperaba encontrarse». Señala ser una mezcla de cordialidad y timidez. Valiente hasta más no poder. Páez, el más intrépido de los lanceros, al igual que [De] Boves sentía veneración por su madre.⁴

Vallenilla Lanz ya se había preguntado, oponiendo los hechos a las realidades sentimentales: ¿Qué hondas diferencias, en efecto, podían existir entre [De] Boves y José Antonio Páez? La historiografía oficial cuando se refiere a las tropas de [De] Boves las tilda de «masas fanatizadas y estúpidas, gavilla de ladrones y asesinos» para ensalzarlas y cubrirlas de elogios cuando esos mismos hombres años más tarde sirven bajo las banderas de Páez.⁵ ¿Es que acaso Páez con su inmenso carisma y don de persuasión logró trasmutar aquellas fieras salvajes en espíritus libertarios? Eso, ni el mismo Páez lo sostiene, quejándose, por el contrario, al Libertador, de los desafueros de sus tropas dentro y fuera del país. Ya en tiempos de Humboldt advertía el connotado sabio, el salvajismo y crueldad que imperaba entre los hombres de la llanura y quizás en buena parte del bajo pueblo, como expresión del bajo estadio evolutivo que ocupaban por obra del régimen social imperante. Ello no cambió ni con [De] Boves ni con Páez, ni después de consolidarse la Independencia. Era expresión de un determinado estadio cultural, al que ambos caudillos pudieron entender, conducir y hacerse idolatrar por aquellos hombres que en el fondo no estaban lejos de ellos. Esto es la más pura y simple realidad. De ahí que al denostar a [De] Boves y considerarlo como generador único de aquella espantable guerra no sólo se está falseando la historia sino que se está denostando al pueblo venezolano, cuando es tarea del historiador analizar y profundizar antes de caer en explicaciones simplistas. Ya bien avanzado el presente siglo [Boves, el urogallo se publicó en el siglo XX], el historiador Pedro Manuel Arcaya, con los ojos puestos en las atrocidades de la Guerra Federal y en las que siguieron hasta comienzos del siglo actual, lanza una terrible advertencia contra aquellos que en Venezuela desaten el espanto de la guerra civil. ¿Es que a juicio del autor, persistan en nuestra esencia los mismos rasgos de carácter que en tiempos de [De] Boves exterminaron la cuarta parte de nuestra población? De ser así —como Luque se siente inclinado a creerlo— [De] Boves fue el conductor-efector de una línea de fuerza que por más de un siglo permanecerá irredenta.

¹. Veáse el libro de Luque «Las personalidades psicopáticas», Monte Ávila, 1979.

². Las sabanas de Barinas, cap. IV, pág. 36.

³. La tragedia de Páez y de Venezuela es comparable a la de Porfirio Díaz: haberse sobrevivido para trocar su figura de líder popular en acartonado pseudodictador al servicio de los grupos tradicionalmente explotadores.

⁴. Boussingault, Memorias, Caracas, 1974, págs. 206 y 208.

⁵. Césarismo Democrático, pág. 96.

(pp. 311–323).

Referencia: Herrera Luque, F. (23a edición, 1993). Boves, el urogallo. Pomaire.

u/Jose_Monsalve — 25 days ago