Que cosas útiles hacen con la iA?
Que tareas hacen con la IA que les haya resultado muy útil
Que tareas hacen con la IA que les haya resultado muy útil
La pregunta es si su trabajo los deja quemados tanto durante la semana, como los fines de semanas.
Al terminar la jornada como están? Les da la cabeza y el cuerpo para hacer otras cosas, o tienen que descansar, terminan totalmente quemados?
Hay un compilado recortado de los momentos claves.
Después hay uno que se ponen a hablar una banda sobre calzoncillos
Y hay otro que le sacan mano al miembro reproductor de Giacomini
Hay otro más?
Dónde puedo escuchar todos los audios?
Cuál es el horario en el que se suelen ir a dormir por las noches?
No creen que hay demasiados creadores de contenido que hacen cosas copiadas, repetidas o contenido basura?
Después se quejan de que la natalidad cae... pero que siga cayendo.. con tal de que no nazcan estos entes está todo bien.
La docencia universitaria y la investigación tipo Conicet cada vez van a ser menos valoradas en Argentina, y no solo por el ajuste. También porque gran parte de la sociedad ya no las ve como algo útil.
Mientras la gente vive preocupada por alquileres, inseguridad, inflación o falta de trabajo, desde la academia muchas veces se producen papers, congresos y debates que no cambian en nada la vida cotidiana de la mayoría.
Encima, gran parte de esos trabajos quedan encerrados entre docentes e investigadores que se leen entre ellos mismos. Entonces se empieza a generar una sensación de que es un sistema mantenido con plata pública pero desconectado de los problemas reales. Y cuando un país entra en crisis permanente, todo lo que no tenga un impacto visible y concreto empieza a perder legitimidad social.
Por ejemplo, tareas que se pueden resolver automáticamente hacerlas manualmente.
O realizar tareas que no va a necesitar nadie.
O también más específico, vender servicios que en realidad no sirven para nada, que se pueden hacer de una manera mucho mejor, pero que los venden porque el cliente no tiene la más minima idea.
Creen que eso es cierto, conocen gente en lo que se cumpla lo que dice arriba?
La docencia universitaria y la investigación en Argentina son una trampa para muchísima gente inteligente. Y lo digo habiendo estado adentro. Es un sistema que se sostiene gracias a la autoexplotación permanente de personas que aceptan salarios bajos, jornadas infinitas y una sensación constante de culpa si no están “produciendo” algo.
La academia argentina funciona como una carrera de hamster. Tenés que publicar, presentar en jornadas, ir a congresos, hacer proyectos, completar formularios, cargar antecedentes, dirigir becarios, escribir papers que van a leer cinco personas. Todo el tiempo hay que demostrar que uno “hace cosas”. Y lo peor es que gran parte de eso no cambia absolutamente nada. Ni la realidad del país, ni la vida de la gente, ni siquiera la situación económica de quienes trabajan ahí.
Hay jornadas y congresos enteros donde cientos de personas se juntan a leerse entre sí investigaciones irrelevantes, escritas en un lenguaje incomprensible y completamente desconectadas del mundo real. Se felicitan mutuamente por producir conocimiento que en la práctica no tiene impacto alguno. Es una burbuja autorreferencial gigantesca. Y encima muchos terminan convencidos de que eso es “militar la ciencia” o “aportar a la sociedad”, cuando la mayoría de las veces apenas están sosteniendo una maquinaria burocrática que solo existe para justificarse a sí misma.
La investigación en Argentina muchas veces parece un trastorno obsesivo institucionalizado. Hay una necesidad enfermiza de mostrar productividad constante aunque no haya resultados concretos. Entonces aparecen papers inflados, proyectos redundantes, investigaciones que reformulan lo mismo veinte veces con otro título y una cantidad absurda de tiempo desperdiciado en tareas administrativas disfrazadas de trabajo intelectual.
Y mientras tanto, afuera, el mundo sigue. Gente con mucha menos formación gana más plata, vive más tranquila y hace trabajos que tienen impacto real y tangible. En cambio, dentro de la universidad, hay personas extremadamente capaces cobrando salarios mediocres, normalizando trabajar de madrugada, fines de semana y feriados para sostener una carrera que nunca termina de arrancar. Siempre falta algo más: otra publicación, otro antecedente, otra acreditación, otra evaluación, otra beca.
Lo más loco es ver gente joven entrar entusiasmada. Pibes brillantes, con capacidad para destacar en cualquier ámbito, quedando atrapados en una estructura que les vende prestigio simbólico a cambio de precariedad material. Porque esa es otra gran mentira: el prestigio académico. Afuera de ese círculo, a casi nadie le importa cuántos papers publicaste, en qué jornada expusiste o cuántos proyectos dirigís. Son medallas internas de un sistema cerrado sobre sí mismo.
Y sí, obviamente existen investigaciones útiles y docentes comprometidos. Pero son la excepción, no la regla. La mayor parte del sistema está orientada a sostener la ficción de productividad permanente. Hacer, mostrar, cargar, publicar, presentar. Aunque no sirva para nada. Aunque nadie lo lea. Aunque el propio investigador sepa en el fondo que está dedicando meses de su vida a algo que probablemente no tenga ninguna consecuencia concreta.
Además, existe una presión moral muy fuerte dentro de la academia. Si criticás esto, automáticamente pareciera que sos un ignorante anti-ciencia o alguien que “no entiende la importancia del conocimiento”. No. El problema no es el conocimiento. El problema es haber convertido la producción académica en un fin en sí mismo, separado completamente de cualquier resultado material o utilidad social real.
Mientras el país se cae a pedazos, muchísima energía humana termina absorbida por discusiones minúsculas, papers irrelevantes y eventos donde todos actúan como si estuvieran cambiando el mundo cuando en realidad apenas están alimentando un circuito cerrado de validación mutua.
Y sinceramente no entiendo cómo tanta gente talentosa acepta quedarse ahí décadas enteras. Entiendo la vocación, el interés intelectual y hasta el amor por enseñar. Pero una cosa es disfrutar del conocimiento y otra muy distinta es entregar la vida a una estructura que consume tiempo, energía y salud mental a cambio de salarios bajos y reconocimiento simbólico vacío.
La academia argentina muchas veces no potencia el talento: lo domestica. Convierte personas creativas e inteligentes en burócratas del paper, obsesionados con métricas internas que no significan nada para el resto de la sociedad. Y lo más triste es que muchos terminan defendiendo el sistema porque ya invirtieron demasiados años como para admitir que la zanahoria nunca estuvo realmente al alcance.
La crisis de financiamiento universitario en Argentina dejó al descubierto un sistema perverso: universidades funcionando gracias a docentes que se autoexplotan mientras cobran salarios destruidos. Cada vez más responsabilidades, más carga laboral y más desgaste emocional para llegar apenas a fin de mes.
Y encima aparece el discurso de “la vocación”, como si amar la docencia justificara vivir mal. Lo de la vocación es un verso. La vocación no paga alquiler, comida ni salud mental.
Muchos siguen sosteniendo esto por compromiso, culpa o miedo a abandonar, y el sistema se aprovecha de eso para seguir funcionando. Se trabaja por plata. Y si un trabajo no te permite vivir dignamente, lo lógico es buscar algo mejor.
Además, quedó claro que las marchas y reclamos no le importan a este gobierno. Pueden salir millones a la calle y aun así seguir recortando presupuesto y licuando salarios docentes. Encima hay mucha gente que banca esto. Solo les va a empezar a importar cuando se queden sin docentes y tengan que enviar a los pibes a la privada.
No hay nada heroico en dejar la salud por dos pesos con cincuenta. Tu tiempo vale. Y si no lo valorás vos, nadie lo va a hacer.
Durante décadas nos dijeron que el crecimiento infinito de la población era necesario para la economía. Pero una caída poblacional también puede beneficiar a los trabajadores.
Con menos personas disponibles para cubrir puestos, la mano de obra se vuelve más escasa y valiosa.
Eso obliga a las empresas a competir por empleados con mejores salarios, condiciones y beneficios.
Cuando sobra gente, el trabajo se precariza; cuando falta, el poder de negociación cambia de lado
Conocen docentes que hayan renunciado a su cargo por la situación económica?
El quiet quitting o renuncia silenciosa es la tendencia laboral de cumplir estrictamente con las tareas y horas contratadas, evitando el esfuerzo extra, las horas no remuneradas o la sobrecarga laboral. No implica abandonar el empleo, sino establecer límites saludables para combatir el agotamiento (burnout) y priorizar la vida personal.
Ahora parece que es polémico tener sentido común
La situación laboral no parece dirigirse hacia una mejora, sino hacia un deterioro cada vez más profundo. La automatización y la IA avanzan reemplazando tareas que antes daban empleo a millones de personas, mientras las reformas laborales apuntan a abaratar costos y flexibilizar derechos.
Cada vez habrá más gente compitiendo por menos puestos, con salarios más bajos y menor estabilidad. Estudiar, capacitarse y esforzarse seguirá siendo importante, pero ya no garantiza progreso ni seguridad.
El problema no es individual: es un sistema que necesita trabajadores cada vez más disponibles, más productivos y más baratos. Y todo indica que esto recién empieza. La promesa de “adaptarse o quedar afuera” ya no funciona como incentivo, sino como advertencia permanente para una sociedad cada vez más precarizada.