Durante mucho tiempo me dio culpa admitir que no estaba satisfecho con mi vida.
Tenía trabajo, cumplía con mis responsabilidades y seguía adelante. Pensaba que quizá estaba siendo desagradecido por querer algo diferente.
Pero sentía que los días pasaban y yo solo los estaba dejando pasar.
Cuando murió una persona cercana, alguien de mi edad, el tiempo dejó de ser algo lejano. Empecé a preguntarme por qué me levantaba todos los días, qué estaba haciendo con mi vida y qué sentido tenía continuar de la misma manera.
No encontré una respuesta bonita.
Encontré algo que me dolió aceptar: no era solamente miedo a morir. Era miedo a llegar al final sintiendo que nunca había intentado vivir una vida que realmente sintiera mía.
Desde entonces no me convertí mágicamente en otra persona.
Todavía tengo miedo. Todavía dudo. Me impaciento cuando las cosas no avanzan y algunos días vuelvo a sentirme demasiado pequeño frente a todo lo que quisiera alcanzar.
Pero comencé.
Con pasos pequeños, con errores y muchas veces sin saber si estaba tomando el camino correcto.
Ahora intento no preguntarme cuánto me falta para llegar. Intento preguntarme si hoy crecí, aunque haya sido un poco.
Porque quizá nunca dejemos de sentirnos pequeños frente a la vida.
Pero mientras tengamos tiempo, todavía podemos elegir no permanecer en el mismo lugar.
Y hay una pregunta que desde entonces no ha dejado de acompañarme:
Si el tiempo siguiera avanzando y dentro de unos años todo permaneciera igual, ¿estarías en paz con aquello que hoy decidiste seguir aplazando?