
Suicidio con flores en una habitación (Microcuento)
Cerré las cortinas, pero la luz del sol era tan brillante que, aun así, algunos rayos se filtraban hacia el comedor. Afuera, aunque estuviera soleado, hacía frío. El aire anunciaba la inminente transición hacia el invierno. Las lluvias habían acompañado muy poco; a mi parecer, se hacían cada vez más cortas. Me encantan las lluvias, pero no cuando todo se inunda. Unos días antes, mamá dijo varias veces que extrañaba los buenos tiempos en los que se sentía segura al salir. No se trataba de que el barrio fuera incómodo o peligroso; los médicos le habían diagnosticado agorafobia. Esto aceleró mucho más el deterioro de su salud mental y la hizo caer en depresión. Era algo que teníamos totalmente en común, y daba la impresión de que me lo había traspasado mientras yo aún estaba en el vientre.
Llevé dos copas a la habitación; cada una tenía las bebidas que más me gusta tomar, pero de momento no tenía ganas. Me acosté en mi cama pensando en todo. Las cartas que llegaban ya casi suturarse el buzón. El cartero lo notó, llamó varias veces y, sin obtener respuesta, seguramente envió un aviso a la empresa donde trabajaba. En un acto de preocupación, en cualquier momento llegaría los policías a ver si estaba bien.
Algo se me olvidaba mientras miraba fijamente el techo de la habitación. Recuerdo bien que Maggie, mi mejor amiga, había discutido con su novio en varias ocasiones y que finalmente terminó en prisión. Creo que no aguantó más las humillaciones de ese sujeto y los abusos reiterados.
La extraño mucho desde aquel día. Recuerdo que fui al hospital de la prisión; había nacido su hijo y era lo que más esperaba. Pero cuando fueron a buscarla a la celda, se había suicidado ahogándose en el agua del inodoro. Con sus uñas ensangrentadas, escribió en la pared: MALDITO PUTO.
Pasé bastantes días recuperando los ánimos. Maggie no merecía nada de eso. Aunque nunca confesó que su salud mental estaba deteriorada y que prácticamente había sufrido una violación grupal, la investigación arrojó que el ADN no era del padre y que había material genético de varias personas. Pero el gran alivio de todo es recordar que el propio padre de Maggie asesinó al abusador de su hija: le disparó por la espalda con un arma. Luego de eso, me alejé totalmente de la familia por miedo a los demás, a quienes no he vuelto a ver desde el incidente.
Ahora es una tragicomedia con un final feliz.
Miré la hora en el reloj de búho de papá, un regalo de Navidad. Fue lo único bueno que recibí ese día, antes de que empezaran las discusiones y yo decidiera desaparecer de la faz de la tierra, incluyendo las redes sociales. Ya eran las 22:30. La luz del sol había bajado rápidamente, cediendo su lugar a la luz de la luna; una hermosa vista para recordar. Me levanté, tomé la primera copa y me senté a esperar. Pasaron cinco minutos y me miré al espejo. Mi piel ya estaba demasiado pálida y las ojeras parecían manchas negras de suciedad, casi como la anemia que me afectó desde mi nacimiento. Por último, tomé la otra copa y me acosté en mi cama.
Los efectos comenzaron y ya tenía mucho sueño, solo que esta vez estaba demasiado agotada para volver a levantarme y esperar pacientemente a que alguien apareciera. Mis ojos pesaban tanto que ya no podía abrirlos. Recordé que le había enviado un regalo a mamá antes; no me acuerdo qué era, pero estoy segura de que se acordará de mí. Aunque ahora mismo es muy tarde, y necesito dormir para sanar.