Parto negligente en el Hospital Santo Tomás, Panamá
No había contado esta historia públicamente.
Durante meses me quedé callada porque sentía que nadie me conocía, porque pensé que nadie me iba a escuchar y porque cada vez que intentaba hablar de lo que pasó, volvía a sentir el mismo dolor, el mismo miedo y la misma impotencia que sentí aquel día.
Pero hoy ya no puedo seguir guardándolo. Es un dolor que llevo clavado en el corazón todos los días. Mi hijo sigue viviendo las consecuencias de lo que ocurrió y siento que el mundo debe saber lo que pasó.
Todo comenzó el 10 de enero. Esa mañana expulsé el tapón mucoso y sentí una emoción que no puedo describir con palabras. Después de nueve meses de espera, después de imaginar tantas veces cómo sería conocer a mi bebé, por fin parecía que había llegado el gran día.
Recuerdo que estaba feliz, nerviosa y ansiosa al mismo tiempo. Pensaba en cómo sería verlo por primera vez, escuchar su llanto y tenerlo en mis brazos. Pensaba que estaba a pocas horas de vivir el momento más hermoso de mi vida.
Mi pareja y yo habíamos esperado ese momento durante meses. Hablábamos de cómo sería su carita, de a quién se parecería y de cómo sería el instante en que por fin lo tendríamos entre nuestros brazos. No sabíamos que estábamos a punto de vivir la peor experiencia de nuestras vidas.
A las 12:00 de la madrugada del 11 de enero rompí fuente. Mi familia y yo salimos inmediatamente hacia el Hospital Santo Tomás. Íbamos nerviosos porque era mi primer parto, pero también llenos de ilusión. Creíamos que pronto regresaríamos a casa con nuestro bebé sano. Creíamos que lo más difícil serían los dolores normales del parto. Nunca imaginamos lo que nos esperaba.
Cuando llegué me registraron, me revisaron y me canalizaron. Las horas comenzaron a pasar y los dolores también. Cada vez eran más fuertes, más intensos, y sentía que mi cuerpo estaba llegando a su límite. Recuerdo haber esperado durante horas mientras el dolor aumentaba. En una revisión me dijeron que seguía en 1 centímetro de dilatación; más tarde otra revisión indicó algo diferente. Mientras tanto, yo seguía sufriendo contracción tras contracción, sin descanso, sin alivio y sin fuerzas.
Llegó un momento en que ya no era solamente dolor, era desesperación. Vomité, perdí sangre, perdí líquido y me sentía cada vez más débil. No podía comer y apenas tomaba pequeños sorbos de agua. Aun así seguía luchando porque mi único pensamiento era que mi bebé estuviera bien.
Pero algo dentro de mí me decía que algo no estaba bien.
Mi bebé intentaba bajar. Yo lo sentía. Todos me decían que estaba cerca, pero no salía. Se asomaba y volvía a meterse una y otra vez mientras las horas seguían pasando. Yo gritaba del dolor, lloraba, pedía ayuda y pedía una cesárea. No porque no quisiera seguir luchando, sino porque sentía que mi bebé estaba teniendo problemas para nacer. Sentía que algo estaba pasando y que necesitábamos ayuda.
Recuerdo que me dijeron que yo era la única que podía sacar a mi bebé, que tenía que empujar y seguir intentándolo. Y lo hice, porque una madre hace cualquier cosa por su hijo. Pero mi cuerpo ya no daba más. Cada contracción me dejaba desplomada sobre la cama y cuando llegaba la siguiente reunía las pocas fuerzas que me quedaban para volver a intentarlo.
Recuerdo mirar el monitor y ver que el corazón de mi bebé seguía latiendo. Me aferraba a eso. Me repetía una y otra vez que todo iba a salir bien, que pronto terminaría y que pronto lo tendría conmigo. Pero las horas seguían pasando y mi bebé seguía sin nacer.
Recuerdo que el doctor de apellido Murillo me dijo que yo estaba muy estrecha y que por eso mi bebé salía y volvía a entrar. Se asomaba y volvía a meterse. Se asomaba y volvía a meterse. Yo seguía suplicando ayuda, seguía diciendo que sentía que algo no estaba bien y seguía pidiendo una cesárea. Nunca olvidaré que, mientras yo seguía sufriendo y pidiendo ayuda, el doctor se fue y yo permanecí allí esperando.
La única persona que recuerdo que estuvo conmigo en esos momentos fue una colaboradora llamada Ruth. Ella me sostuvo la mano cuando sentía que ya no podía más. Jamás olvidaré su apoyo.
Cuando finalmente me llevaron a la sala de parto, yo ya estaba completamente agotada. Había pasado tantas horas sufriendo que apenas tenía energía para mantener los ojos abiertos. Pero seguí empujando porque era mi hijo, porque lo amaba incluso antes de verlo y porque habría hecho cualquier cosa para traerlo al mundo.
Hasta que finalmente, a las 9:47 de la noche del 11 de enero, nació.
Y entonces ocurrió el momento que jamás voy a olvidar.
El silencio.
No escuché llorar a mi bebé. No escuché ese llanto que toda madre espera después de tantas horas de sufrimiento. No escuché nada.
Lo colocaron unos segundos sobre mí y de inmediato se lo llevaron. Recuerdo verlo pálido, sin reaccionar y sin moverse. Sentí un miedo que jamás había sentido en toda mi vida.
Desde donde estaba podía ver cómo intentaban ayudarlo, cómo llegaban más personas, cómo corrían y cómo trabajaban para reanimarlo. Yo solo podía llorar porque no podía acercarme, no podía abrazarlo, no podía protegerlo y no podía hacer nada. Solo podía mirar, rezar y esperar.
Poco después me dijeron que mi hijo había nacido en estado crítico y que sería trasladado al Hospital del Niño. Que su situación era grave. En ese momento sentí que mi mundo se derrumbaba. Mientras otras madres podían abrazar a sus bebés, yo no sabía si el mío iba a sobrevivir. Mientras otras madres escuchaban llantos, yo escuchaba diagnósticos y palabras que ninguna madre quiere escuchar.
Pero el dolor no terminó ahí.
Mientras yo me encontraba en recuperación, mis familiares recibieron información de que todo había salido bien, que mi bebé había nacido y que no había nada de qué preocuparse. Pero no era cierto. Mi hijo estaba luchando por su vida y yo todavía no podía verlo.
Recuerdo que regresé a mi sala de reposo completamente destrozada. Tenía dolor, estaba débil, había perdido mucha sangre y acababa de recibir la noticia más devastadora de toda mi vida.
Entonces tuve que hacer una llamada que jamás voy a olvidar.
Tuve que llamar a mi pareja.
Mientras yo estaba luchando dentro de ese hospital, él había estado afuera esperando noticias de nuestro hijo. Esperando escuchar que todo había salido bien. Esperando conocer al bebé que habíamos esperado durante nueve meses. Esperando escuchar su primer llanto. Esperando vivir el día más feliz de nuestras vidas.
Y en lugar de eso, fui yo quien tuvo que darle la peor noticia que unos padres pueden recibir.
Con la voz quebrada, tuve que decirle que nuestro hijo estaba grave, que se lo habían llevado y que no sabíamos qué iba a pasar. No sabíamos si iba a sobrevivir.
Jamás olvidaré el silencio que hubo al otro lado del teléfono, el dolor en su voz y escuchar cómo el hombre que siempre había intentado mantenerse fuerte por mí se derrumbaba al escuchar aquellas palabras.
Porque en ese momento nuestros corazones se rompieron.
En cuestión de minutos pasamos de imaginar cómo cargaríamos a nuestro hijo por primera vez a preguntarnos si siquiera tendríamos la oportunidad de verlo crecer.
Ese día no solamente me rompió a mí. También rompió a mi pareja, a nuestros familiares y a toda una familia que había esperado con amor la llegada de ese bebé.
Mientras otras familias celebraban nacimientos, nosotros estábamos rezando para que nuestro hijo sobreviviera.
Mi hijo permaneció hospitalizado durante 50 días. Fueron 50 días eternos, 50 días de miedo, de lágrimas y de incertidumbre. Yo misma no pude verlo durante los primeros días porque me encontraba demasiado débil. Mientras otras madres podían tener a sus bebés junto a ellas, yo estaba separada de mi hijo sin saber qué ocurriría.
Cada llamada, cada informe médico y cada visita eran un nuevo miedo, una nueva angustia y una nueva batalla.
Hoy mi bebé tiene 4 meses. Le diagnosticaron encefalopatía hipóxico-isquémica. Toma medicamentos para convulsiones, asiste a terapias físicas y ocupacionales y es atendido por neurología, neurocirugía y otros especialistas.
Mi embarazo había sido sano. Mi bebé venía creciendo bien. Yo esperaba un parto normal. Esperaba escuchar su llanto, abrazarlo y volver a casa feliz.
En lugar de eso, salimos de aquel hospital con miedo, dolor y una lucha que continúa hasta el día de hoy.
Por todo lo que vivimos, estoy convencida de que lo ocurrido debe investigarse a profundidad.
Mi hijo merece respuestas.
Mi familia merece respuestas.
Y nosotros también.
Si has leído hasta aquí, te pido que compartas nuestra historia.
Porque la voz de mi hijo todavía es demasiado pequeña para contar todo lo que ha vivido.
Y porque yo nunca voy a dejar de luchar por él.