
Hablemos del Valle de Guadalupe
Pensando en toda la situación actual del Valle, quería compartir un poco cómo lo he vivido desde que llegué y cómo veo las cosas hoy.
Llevo casi cuatro años viviendo acá, y honestamente no ha sido nada fácil. Llegamos sin contactos, arriesgando todo. Literal, rentamos un departamento horrible; se nos inundó, nos robaron, teníamos trabajos pésimos y ni carro teníamos. Imagínense trabajar en el Valle sin carro… es brutal.
Poco a poco fuimos saliendo adelante. Desde que llegué ya se veía movimiento y visitantes. Escuché muchas veces que durante pandemia el Valle explotó muchísimo, aunque de eso no puedo hablar tanto porque aún no estaba aquí.
Algo que sí me llamó mucho la atención desde el inicio fue el costo de vivir la experiencia del Valle. Un tour fácilmente te sale en 4 mil pesos o más, y eso sin consumos. Carísimo. Con el tiempo uno lo normaliza, pero si lo piensas bien, pagar 400, 600 o más por una botella sigue siendo algo poco accesible para muchísima gente.
Yo soy de Chile, y allá por 120 pesos mexicanos ya encuentras vinos bastante buenos. Acá el problema va mucho más allá del Valle: los impuestos al vino en México son altísimos y eso termina alejando el vino de la cultura popular. Y es irónico, porque México tiene historia vitivinícola desde los 1500. Pero bueno, esa ya es otra conversación.
Claro, también existe toda esta imagen “elite” del Valle: restaurantes Michelin, hoteles de lujo, bodas, corporativos, experiencias premium… y sí, eso existe. Aunque también hay cosas medio contradictorias, como proyectos que se venden como sustentables mientras tiran aguas sucias detrás del jardín.
Pero algo importante que mucha gente no ve es que el Valle no es solo eso.
La oferta es muchísimo más amplia. Debe haber más de 150 vinícolas fácilmente (aunque ni estadísticas claras existen, otro problema más). Y entre todo eso encuentras proyectos familiares increíbles, vinos mucho más accesibles y gente trabajando con muchísimo esfuerzo.
El Valle tiene algo muy especial: la innovación en el enoturismo. Y lo más interesante es que la gente sí conecta con esas ideas.
Viniendo de Chile, donde el vino suele ser algo mucho más clásico, acá me sorprendió ver cómo la gente se abre a experiencias distintas. Llevo ya un par de años impulsando proyectos como Caminando el Porvenir, que son caminatas entre vinícolas en temporada baja, y también Baja Gay Tours, donde buscamos que la comunidad LGBTQ+ viva el Valle de una manera diferente. Y honestamente me ha sorprendido muchísimo lo bien que la gente lo ha recibido.
Por eso siempre digo algo:
“El Valle nunca ha estado solo. Está lleno de agrícolas, emprendedores, trabajadores, colaboradores… y visitantes.”
También hay otra realidad que pesa muchísimo: la cantidad de alertas y miedo que se le vende a los turistas estadounidenses sobre visitar Baja California. Y eso afecta muchísimo, porque fácilmente la temporada depende 50/50 del turismo gringo.
Acá prácticamente todos deberían hablar inglés para trabajar, pero aun así los salarios suelen ser bajísimos y muchas veces todo es “por trato”. Hay muchísimo trabajo detrás de toda la experiencia que la gente ve en Instagram.
Si tuviera una varita mágica, cambiaría varias cosas:
Bajaría los impuestos al vino en Baja California.
Haría campañas fuertes del Valle en California.
Generaría más apoyo real para pequeños productores.
Y siendo un poquito egoísta, me encantaría que más comunidad LGBTQ+ se interesara en construir comunidad alrededor del vino mexicano y proyectos como Baja Gay Tours.
Y para quienes llegaron hasta acá leyendo, de verdad los leo con respeto.
Pero algo sí les diría: no sean malinchistas con algo que también es nuestro. El vino mexicano existe, tiene identidad, tiene gente dejándose la vida detrás, y hay muchísimo de qué sentirse orgullosos.