Por qué el mito del "Tío de la Mina" sigue estando tan vivo en los piques del norte de Chile?
Siempre me ha llamado la atención cómo la psicología del minero cambia drásticamente al bajar al yacimiento. No hablo solo del respeto al cerro, sino de esa atmósfera pesada, casi asfixiante, donde la oscuridad a mil metros bajo tierra deja de ser la ausencia de luz y se convierte en algo que parece tener peso propio.
Investigando sobre el folklore de los campamentos del norte hacia finales de los 80, me topé con varios relatos sobre el "Nivel Cero": esos piques que son sellados de golpe por las jefaturas tras accidentes graves o derrumbes, pero que los viejos evitaban mirar siquiera por miedo a romper el pacto con el "Tío" (o el Muqui, como le dicen en otras zonas).
Hay una historia en particular de un minero llamado Manuel, que atrapado por la desesperación económica, se metió a una de estas zonas prohibidas a dejar una ofrenda de alcohol y tabaco a cambio de una veta de oro puro. Consiguió el mineral, sí, pero la tradición dice que el cerro nunca regala nada, y la montaña se cobró la deuda con creces. Lo perturbador no es la fantasía de la criatura, sino el realismo con el que los viejos de la época describían los ruidos, los pasos y los colapsos "inexplicables" cuando la entidad reclamaba su parte.
Me interesa mucho el tema desde el punto de vista del folklore y la identidad de nuestra zona minera. ¿Alguno de ustedes tiene familiares viejos en la minería que les hayan contado sobre ruidos extraños, portazos o "favores" que se piden allá abajo en la negrura absoluta?