








Tenía muchas piezas rojas y amarillas y se me ocurrió hacer esto :b









Tenía muchas piezas rojas y amarillas y se me ocurrió hacer esto :b
Acomodé el pequeño pendón en mi pecho y dejé que ondease con el viento. La tela era más pura que la nieve, similar al calcio. Caminé bajo el arcoiris e ingresé a uno de los cientos de jardines de la Sacra Roma. El perfume de los limones y uvas me suavizaron los sentidos, dotando la escena de una familiaridad extasiante. Los cítricos se mezclaron con el atardecer sangriento del horizonte, marcado por los lejanos Montes tras un llano amplio. Mientras esperaba a mi huésped, varios hombres de aspecto curioso pasaron junto a mi, caminando penitentes por el empedrado, descalzos y con cilicios sobre sus hombros y espaldas. Sus rostros tenían capuchas negras, ocultando los ojos y la boca, más sus pechos tenían teñidos descuidados carmesí y púrpuras, mezclados con un olor fétido, de la sangre vieja que se había hecho costra. Finalmente, tras los penitentes, mi huésped emergió y, con un ademán lento y amable, me llamó a su lado. -Espero que su estadía en la ciudad le sea placentera- dijo el cardenal, despojando su coronilla de la rosada mitra. -Por supuesto que lo ha sido, señor cardenal. -Por favor, sea familiar conmigo, llamame Ernesto. Nosotros compartimos tierra y lengua, y eso nos hace más iguales que cualquiera que se encuentre entre las telas sacras. La patria, la querida patria, tan moribunda como sus vecinas y tan salada como el mar. Extrañamente, las palabras del cardenal despertaron una pequeña vela en mi interior, un cierto orgullo del cual me sentí inmediatamente inmolado. Es tan curioso que un hombre santo, con pocas palabras, pueda avivar el orgullo en un alma que nunca ha sido tocada por el pecado del patriotismo. -Ernesto, entonces. Muchas gracias por recibirme en esta casa. Como cualquier par de paisanos que se reúnen, intercambiamos modismos y memorias de nuestras respectivas experiencias: yo provengo del departamento de Cirulea, mientras que él provino del departamento en el segundo piso del edificio F, situado tras la capilla de San Uzmembre, un santo al que le cortaron los pies por hablar en África de Cristo, y aún así, anduvo predicando en el desierto cinco años más antes de perecer. El santoral tenía historias sumamente interesantes, y el cardinal no reservó ninguna de ellas. Juntos, nos encaminamos dentro de la basílica, en la ciudad de las muchas iglesias. -Como sabrás, Jesús Salvador es puesto con tez oscura, a veces broncínea, pero siempre con rasgos rigurosamente orientales. Esto se debe al trabajo de uno de los últimos santos de nuestros registros, el papa Juan Pablo IV. El cardenal se dirigió a una banca suave, tallada en piedra blanca y reluciente que se dispuso tras escaleras de barandal cobre. Me indicó sentarme a su lado antes de continuar su relato. -Esta imagen se ha vuelto iconografía publicitaria perfecta, ya que no existe persona alguna que dude la apariencia del Cristo, pero, ¿Sabías que antes Jesús era un hombre occidental para la iglesia?- mis ojos delataron mi ignorancia del asunto. La curiosidad me inundó inmediatamente. -Ernesto, ¿Me quiere decir que Jesús era un hombre blanco? El cardenal amplió su sonrisa hasta que tocó ambas orejas. Vi en sus ojos que su entusiasmo era apenas contenido. -¡No! Por supuesto que Jesús no era blanco, decir tales cosas serían herejía - meneó la cabeza a ambos lados, sin borrar esa sonrisa de su rostro. Parecía burlarse de mi mensaje, pero sus modales me transmitían que no era una ofensa personal, sino una equivocación cíclica en aquellos que escuchan la historia por primera vez. -Jesús no era blanco, pero los hombres blancos solían pintarlo y tallarlo con sus rasgos. Previamente, los ojos del señor eran pintados de celeste o malaquita; su tez era pálida y el cuerpo, lampiño. Se tienen muchas teorías del porqué se solía realizar dicha iconografía, pero la más benevolente (y la que considero cierta), es que así el Europeo se podía identificar con su señor. Me quedé pensativo, meditando en mis sesos el asunto, más el cardinal continuó su relato antes de que pudiera formular algún comentario: -Desde Etiopía hasta Jarambua, El Crucificado se enorgullece de recibir a las gentes de todo el mundo, y compartir la eucaristía con todo aquel que desee buscarla, ungiendo a sus elegidos en sacro vino de sangre para purgar el pecado. Por eso, el Papa Marroquí abolió este enfoque “racista”, encomendando la creación de una imagen realista, morena, palestina de Cristo. Esta es la historia oficial, sin embargo, yo poseo un documento con ligeramente distintos. -¿Y qué documento sería ese, Ernesto? El cardenal cayó en silencio y, satisfecho, se inclinó hacia mí e indicó con su dedo arriba de las escaleras blancas. -Sígueme, y te mostraré a lo que me refiero. El diálogo quedó pausado mientras avanzamos por los pasillos de la basílica. A cada giro del camino, cambiaba la piedra del suelo y el color de las paredes. Desde violeta hasta rojo, el desfile de luces y vitrales fueron jugando en los ropajes del cardinal. Su manto era blanco para mostrar cada tono, cada hebra de una promesa antigua de paz, cuando dios mismo dejó el arco con el que azotaba los cielos, despojo de sus saetas de rayo y disponiendo su arma para que toda criatura viera su promesa, de que aquellos días de mortandad acuática habían llegado a su fin. En el pasillo rojo, el cardenal se giró hacia una humilde puerta de madera, sencilla y dura al tacto. Insertó la llave que colgaba de su cinto e ingresamos a una oficina ostentosa, adornada con dijes y figuras de todo color de los metales hermosos. -Te daré esta copia del documento, ya que el original es delicado. También está dentro de este cuarto, pero envuelto en muchos mantos para preservarlo. Es especial, hecho a mano y tinta, una de las técnicas más antiguas de escritura. Manuscrito se le llama. La hoja delante mío era blanca y sencilla, pero contaba una historia fascinante.
“[...] Entonces, lleno de alegría tras consumir el sustento diario, me dispuse a mi lecho para descansar mi cansado cuerpo. Agradecí al Señor sus maravillas en la tierra y le pedí, con la humildad propia de mi diaconado, que me dejase servirle en cualquier función que él tuviera dispuesta. [...] Entonces, mis sueños fueron interrumpidos por el sonido de coros poderosos que cantaban y el aleteo de miles de alas, y he parados, delante de mí, cuatro varones, uno llamado Mateo, otro Marcos, el tercero Lucas y el último, Juan. Venían acompañados de una tempestad terrible y una llama en forma de lengua se posicionó sobre la cabeza de todos. Entonces hablaron, con sus voces roncas y añejas, más antiguas que la piedra y más duras que el cedro. -Pablo te has osado llamar, más no has predicado sobre nuestro señor poderoso, el más humilde, que se puso delante de todos al servirnos a cada uno. Toma tus ropas y pide la gloria del señor. Que sea abolida la abominación nivea, que sea similar el verbo al verbo, y no al hombre. Tras haber dicho esto, se retiraron con un destello de luz, así que empecé a pensar sobre la revelación [...] Finalmente, comprendí que debía encomendar un enmiendo. El mundo no era ignorante, menos aún faltó de ciencia. El rostro del verbo (esto es, las imágenes de Jesús Salvador) debía parecerse más a Jesús Cristo .” El cardenal me contó que tras su sueño, Juan Pablo IV comenzó una campaña que reunió a cientos de escultores, pintores, artistas y artesanos de toda clase para redefinir el rostro de Jesús. De las cientas de obras presentadas, unas cuantas fueron puestas como candidatas oficiales. -Pinturas, esculturas, incluso una imagen en un amuleto. Cientas de obras de toda clase se nos presentaron y consideramos cuidadosamente todas y cada una. Hasta que se propuso una lista de candidatas oficiales. Hoy en día, cada una de estas está resguardada en las catacumbas. -¿En las catacumbas? ¿Cuál fue el motivo de ponerlas en tal lugar? -Es frío, oscuro y libre de humedad. Las instalaciones son perfectas para una galería. Seré honesto con usted, paisano. Este es el motivo de mi invitación. Han pasado ciento cincuenta años desde que llegaron las obras a la ciudad Sacra; es momento de mostrar algunos de los tesoros del Vaticano al mundo.
Las tumbas eran lujosas, más no eran el enfoque de nuestra visita, sino una sala discreta, situada al fondo de un pasillo angosto bajo la basílica de San Pedro. Entre las sombras de la muerte y la promesa eterna de la segunda vida, bajo la protección de una bóveda tan antigua como Roma misma, las prisioneras de Juan Pablo IV se encontraban preservadas. Algunas estaban erguidas, orgullosas de las manos que las formaron, mientras que otras se recargaban en los muros, colgando desde hilos y clavos, hechas de óleo, acuarela, cristal y acrílico. La primera que llamó mi atención era la estatua de un hombre judío, ataviado del atuendo hasidico. Levantaba la vista hacia arriba mientras que bajo sus pies se encontraban legiones y centuriones del águila. -El escultor argumentó que las vestiduras de un judío eran apropiadas para Jesús. Aseguraba que las trenzas y el sombrero eran símbolos milenarios de la prole abrahamica, pero los rasgos del rostro son indiscutiblemente europeos, así que tuvimos que rechazar la propuesta. El cardenal estaba dispuesto a explicar cada una en gran detalle, pero muchas de las obras presentadas compartían elementos similares. Algunas presentaban el mismo error que Juan Pablo IV buscaba erradicar: rasgos europeos, tez pálida, ojos celestes o malaquita. Otras seguían una aproximación simbólica más tradicional, mostrando al Jesús Crucificado, un símbolo de barbarismo que se ha dejado de utilizar desde hace un siglo. La civilización verdadera no puede aceptar un instrumento de ejecución como pilar principal de su adoración. Algunas obras tanteaban lo buscado: Jesús con rasgos asiáticos; Jesús con rasgos africanos o americanos. En la capilla Francesa, los cardenales llevaron seis vitrales rechazados para hacer “los Jesús continentales”, mostrando representaciones de distinto color. Las propuestas del Jesús Palestino fueron pocas. Una de las pinturas almacenadas ganó, pero todas eran tan similares entre ellas que no teníamos certeza respecto a la obra ganadora. -La obra titulada “El Señor no tiene sexo” de Tanika Yorsvina, género debates y controversia en el clero. Y por motivos obvios, solo observé la pintura. Obedeciendo al cardenal, me incliné hacia un cuadro que mostraba una mujer con los senos descubiertos. De entre sus piernas, fuego y una guirnalda que eran paridas.