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Busco consejo con respecto a una novela con una estructura increíblemente específica

(Espero realmente haber colocado esto bajo la etiqueta correspondiente, se que esto es una duda sobre estructura y la estructura cae bajo trama pero será lo que los mods decidan).

Entonces... tengo ya mucho tiempo planeando una novela, e incluso llegue a estructurarla casi en su totalidad. El problema es que una noche, se me ocurrió la "brillante" idea de cambiar por completo el cómo funciona la estructura.

La cosa es que lo que tengo en mente sería una de las cosas más complejas que he escrito jamás y de lejos. Así que estuve buscando más información sobre el tipo de estructura que tengo en mente y descubrí que en realidad no existe como tal sino que es una combinación de cuatro estructuras diferentes.

  1. Estructura Quiástica o Estructura en Espejo (Chiasmus). Que es cuando dos ideas se cruzan de forma invertida (A-B se convierte en B-A).
  2. Narrativa de Convergencia Temporal Oculta (Hidden Dual Timeline). Es el término técnico para cuando el lector cree que está leyendo a dos personas distintas en el mismo tiempo (o tiempos paralelos), pero en realidad es una línea de tiempo oculta donde el final de la línea A es el inicio exacto de la línea B.
  3. El giro de identidad del "Uróboro" (The Ouroboros Twist). Cuando la estructura revela que el principio y el final de dos historias separadas son en realidad la misma persona mordiéndose la cola (como la serpiente Uróboro).
  4. Entrelazamiento Polifónico Invertido. Que son capítulos que se alternan pero de manera invertida conceptualmente.

Entonces, la forma elegante de definir esta estructura sería: "Una novela de estructura quiástica con líneas temporales cruzadas y un giro de identidad circular".

La forma no elegante seria: "Jajajajaj, la pendeja decidió complicarse la vida más de lo necesario y ahora está sufriendo las consecuencias".

El problema es que no tengo idea de como escribir algo así correctamente, así que si alguien tiene una recomendación de lectura de algo parecido o si ya ha escrito algo así o parecido y tenga algun consejo que le sobre lo agradeceria muchisimo.

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u/DraknaLo — 8 hours ago

Idea de saga fantástica latinoamericana distópica — ¿les engancharía?

Estoy desarrollando La Sangre Errante: en un sur fracturado donde el cielo "recuerda" las emociones, los clanes nómadas nacen con un Designado, el hijo menor condenado a absorber el dolor de su familia para que el linaje no se quiebre. El protagonista, Rael, lleva 30 años siendo ese ancla y descubre que es un pacto de siglos, no un don.

¿Les interesaría leerlo? ¿Qué suena a cliché? ¿La idea de leer capítulos con dos voces (la huida del clan / lo que el protagonista "siente" del mundo) los atrae o cansa?

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u/InnerDay8650 — 6 hours ago
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Consejo Internacional-CDP-UP-1930

Con ayuda de: Romea, EE. UU., Francia, Reino Unido y Alphanna fundaron una herramienta que sirviese como mediadora entre Pangea y el mundo.

El 15 de junio de 1930 se fundó lo que se conoce como:    

EL CONSEJO INTERNACIONAL DE PANGEA (CDP) se fundó por las razones político-económicas de la región y para una conexión más sólida y vigente, también para establecer decisiones justas y conmemorativas entre países de Pangea y países de Europa o del mundo en sí, también para planear rutas de comercio, hacer planes para levantar industrias, separar países de la región de ser colonias.

(el texto está sin revisión, por eso la redacción puede llegar a ser confusa y defectuosa)

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u/Yahir_Avi09619 — 5 hours ago

Primer capítulo. Novela esperpéntica españóla

Sinopsis: Un toro de lidia, una corrida, un torero no demasiado valiente, un apoderado sin escrúpulos y una casi ex-mujer decidida a todo. Agítese a ver que sale..........

Capítulo 1 — “Mantequita”

 “Mantequita” se despertó a las cinco y cuarto de la mañana.

No era una hora especialmente agradable, aunque, en una dehesa del sur de España, hubiese tenido su punto. Pero en su caso, el de un toro de casi quinientos kilos destinado a una corrida de San Isidro, la hora resultaba especialmente desagradable. Una hora de esas en que lo que les sucede a los toros lo decide gente que lleva muchas horas despierta y que, por lo general, ya no tienen demasiada capacidad para distinguir una buena idea de una solemne majadería.

El animal no estaba muy seguro de haberse despertado. Había estado soñando con la dehesa y con “Lucera”, la vaca más hermosa del rebaño, y se había espabilado a medias, con el sueño todavía enredado en la cornamenta y sintiendo como si las patas perteneciesen a alguno de sus hermanos y alguien, seguramente el aprendiz del mayoral, que no sabía más que rascarse los granos, se las hubiese puesto a él por equivocación.

Intentó acostarse otra vez, pero el suelo del cajón estaba demasiado frío y el movimiento de una de las puertas del pasillo le había hecho levantar la cabeza. Voces, pasos y el ruido de un cubo metálico rodando sobre el empedrado le habían convencido de que lo de dormir, en Madrid, era como una tarea imposible.

En realidad, y en el sentido más animal de la palabra, llevaba unas cuantas horas sin sentirse bien.

No sabía por qué, naturalmente. Los toros de lidia necesitan una cantidad considerable de cualidades como peso, figura, bravura y nobleza, pero no necesitaban entender de veterinaria. Para salir a una plaza llena con varios miles de personas que han pagado para ver cómo toro y torero realizan su jornada laboral, tampoco hacía falta un doctorado en Harvard ni nada de eso.

Sin embargo, si “Mantequita” hubiese podido opinar, seguramente habría pasado parte por enfermedad o, por lo menos, se habría tomado uno de esos días de libre disposición contemplados en el convenio laboral.

Viéndolo por fuera, nadie se hubiese imaginado su malestar, sobre todo, teniendo en cuenta que, para los fanáticos, la descripción de un toro bravo solía contener una dosis de admiración profesional que en otras especies no existía. Un cerdo era un cerdo, una oveja podía ser churra o merina, y un perro era de una raza o de ninguna. “Mantequita”, no. “Mantequita” era negro entrepelado y bragado, alto de agujas, bien armado y con una presencia que hacía que los empleados de la plaza se acercasen a él con un cuidado un poco mayor que el que ponían al acercarse a sus compañeros. Pesaba, exactamente, cuatrocientos noventa y cinco kilos de casta, pitones y bravura, pero no era algo a lo que le hubiese dedicado más de un pensamiento. Los toros no suelen preocuparse por los problemas de peso, el Índice de Masa Corporal, el índice de magnesio y de colágeno que solían desvelar a la mayoría de los humanos. Cuatrocientos noventa y cinco kilos no era un peso demasiado impresionante para un toro de su encaste —su propio padre, “Conmendador”, había pesado casi quinientos veinte antes de que las mulillas lo sacasen de la plaza, entre aplausos y pañuelos blancos—, pero sí lo bastante como para hacer que cualquier persona se lo pensase dos veces antes de ponerse en su camino.

Kilos aparte, aquella mañana, “Mantequita” estaba más interesado en encontrar una postura cómoda para descansar que en empitonar banderilleros y subalternos.

Desde el pasillo, Álvaro de la Torre, “El niño de la Oreja”, lo contemplaba con una aprensión bastante lógica. Había recibido la noticia del sorteo el día anterior, a las doce, tras el sorteo tradicional en el que habían estado presentes su representante y Matías, “El Explosivo”, su peón de confianza. La corrida, que debía haberse celebrado el día anterior, había tenido que ser aplazada por una intensa lluvia que estuvo a punto de inundar la Monumental. “Mantequita” y sus hermanos habían ganado un día más de vida gracias al cambio climático y “El niño de la Oreja”, veinticuatro horas más de angustia.

La conversación con Fulgencio Povedilla, su apoderado, había sido tensa.

—Ese toro tiene mal fario, Fulgencio —se quejaba Álvaro—. Además, es demasiado grande. ¿No podemos rechazarlo por talla alta o una cosa así? En serio, Fulgen. Eso no es un toro, es un paquebote con cuernos.

—Tampoco es tan grande, Álvaro —Fulgencio fumaba un puro del nueve largo y dejaba caer la ceniza en la montera de uno de los banderilleros—. Torres más altas han caído, chaval.

—Pues torres, no sé. Pero a ese bicho me voy a tener que subir a una silla para matarlo. Si no se me adelanta, claro.

Fulgencio suspiró. Tenía cincuenta y ocho años, una barriga amasada en comidas de negocios, jolgorios flamencos y celebraciones varias, y la paciencia de alguien que ha sobrevivido a siete toreros mediocres, cuatro divorcios y una inspección de Hacienda que, según él, había tenido más peligro que todos los toros que había visto en su vida, pero juntos.

—Venga, chaval, échale huevos

—Sí, para que me los pisotee mientras me va dando cornadas, ¿no?

Fulgencio se recostó en la silla. Había representado toreros puteros, toreros borrachos y drogadictos, matadores que no acertaban con la espada ni a la arena del coso… Pero el de la Oreja era el primer torero cobarde que le tocaba en suerte.

Suspiró y el humo del habano dibujó un signo de exclamación.

Hay había dos caminos, se dijo: o Álvaro terminaba aceptando el toro que le había deparado el sorteo, que se veía difícil, o empezar a hablar de las posibilidades de convencer al presidente de que el animal no estaba en condiciones, que tenía alguna clase de lesión que el veterinario no había notado, o cualquier otra solución que requiriese menos tiempo y esfuerzo que las anteriores.

—¿Y si el bicho estuviese más tranquilo?

—Hombre, si el toro está suavecito… Ahí la cosa ya cambiaría un poco.

—Bueno, chaval, pues tú fíate de mí, que ese toro va a estar mirando a la luna, aunque sea media tarde. Eso sí, esto te va a costar un poco más, ¿eh? A ver si vas a pensar que la comisión que me pagas da para goyerías…

El niño de la Oreja se encogió de hombros y la oreja ortopédica que le había servido de distintivo, estuvo a punto de caerse. Se la acomodó con cuidado. Su biografía taurina hablaba de la cogida de un Miura en la Maestranza, pero, en realidad, había perdido el apéndice original en una reyerta con un pescadero en Triana, a causa de una discusión sobre la frescura relativa de una pescadilla de ración.

 

Alguien, retrospectivamente, podría haber pensado en un plan. En una trama oscura que, sirviendo a oscuros intereses internacionales, había dado origen a todo lo que acontecería en adelante, pero la triste verdad era que no existía ninguna clase de plan. Fulgencio quería que su torero llegase vivo al final de la tarde y cobrar el porcentaje que le correspondía, Álvaro quería evitar el peligro que “Mantequita”, que a esa hora intentaba dormir en toriles, y la persona a la que el apoderado conocía para solucionar esta clase de asuntos andaba, en esos momentos, experimentando con una droga de diseño que él mismo había cocinado en la olla exprés de su madre.

“Mantequita” recibió la primera inyección poco después de la medianoche.

No fue una escena muy televisiva, que digamos. Mariano “el Temblores” no se había puesto la ropa negra de espía, porque pensaba que le hacía parecer más gótico que agente secreto, y a él, los góticos en general y su vecina Merceditas en particular (maquillaje blanco, ropa negra, ferretería por todo el cuerpo), no le caían nada bien. Tampoco se puso la bata blanca, porque su madre la tenía puesta en lejía, a ver si le sacaba esas manchas que la mujer no sabía que eran imborrables. “El Temblores” se coló en los toriles de la Plaza de las Ventas de trapillo, con los vaqueros mugrientos, la camiseta de AC/DC y la jeringuilla preparada.

El pinchazo fue un poco menos molesto que los de los tábanos de su dehesa natal, así que el toro se limitó a sacudir la cola y seguir soñando con “Lucera”.

Unas horas después, el mozo que hacía de vigilante de los animales, pasó frente a los corrales y se detuvo al verlo.

—¡Manué! ¡Ven pacá! —gritó, llamando a su compañero.

Manuel se acercó, todavía sosteniendo el tetrabrick de vino blanco “Don Ramón” que habían estado bebiendo. No era el primero, a juzgar por la trayectoria curvilínea con que el mozo se acercó al corral.

—Pa mi que estes está raro, ¿no?

—Tío, lo que está es sopa.

—Qué va a estar dormido, tronco. Este está flipao, te lo digo yo.

—Tú sí que estás flipao, chaval

—Que sí, tío

—A ver, Nando: ¿Tú eres veterinario?

—No.

—Pues eso. Déjate de toros flipaos y vamos a ver si el chino nos vende otro vino.

La cuestión, resuelta por necesidades más importantes, quedó olvidada poco después, tras la apertura de un nuevo envase de cartón.

 

A las siete de la mañana llegó Fulgencio, dispuesto a comprobar si “el Temblores” había cumplido con su parte del trato.

En el corral, “Mantequita” le pareció demasiado apático, casi con más vocación de felpudo que de toro bravo. El animal se encontraba peor de lo que debía y, si salía así al ruedo, lo más seguro era que lo devolviesen y sacasen al sobrero. Y si “Mantequita” imponía, “Tostao”, su primo, al que el sorteo había dejado de reserva, metía miedo solo con verlo. Si “el niño de la Oreja” veía salir al “Tostao”, lo más probable era que se muriese del susto. Y los muertos no pagan comisiones.

El apoderado se rascó la cabeza, añorando el pelo que ya no estaba.

Que un toro fuese blando era malo; que fuese manso, era peor. Pero que estuviese dormido, no había cómo agarrarlo. A un toro dormido no le arrancaban una faena ni “Manolete”, ni “el Gallo” ni el mismísimo “Belmonte” que bajasen del cielo ataviados de purísima y oro.

Se acercó un poco más a la barrera y “Mantequita” le miró con los ojos turbios.

—¿Este toro ha comido? —preguntó, a uno de los peones que ya rondaban por allí fingiendo estar ocupadísimos

—Algo habrá comido, digo yo.

—¿Cuánto?

—Un poco.

—A ver, chaval: que no soy el Jordi Hurtado ni esto es “Saber y Ganar”. Si te pregunto cuánto ha comido el animal, te pregunto cuánto. Kilos. Fardos de heno. Lo que sea.

El mozo sonrió.

—Unos cinco kilos.

—¿Y eso es lo normal?

—No lo sé.

Ahí fue donde el apoderado se dio cuenta de que lo que le hubiese pasado al toro era menos importante que el resultado de la Bonoloto de esa semana, y que los mozos que atendían a los animales seguramente habían sido contratados por su estrecho parentesco con el empresario que explotaba la plaza y que no iba a sacar nada en claro por más que los interrogase.

—A este bicho hay que espabilarlo —se dijo a sí mismo, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

—¿Qué?

—Yo no he dicho nada.

—Ya.

 

A las ocho de la mañana, minuto más, minuto menos, “Mantequita” recibió su segunda visita, esta vez con la intención exactamente contraria que la primera.

Joserra, “el Probeta”, se acercó al corral y, con lo que cualquier juez hubiese considerado agravante de alevosía, le inyectó al animal la segunda dosis.

—¿Ya está? —preguntó Fulgencio, mirando al animal, que parecía seguir en babia.

—Ya está —afirmó “el Probeta”, tendiendo la mano para recibir el pago.

—No se le nota nada. ¿Estás seguro de que va a funcionar?

—Segurísimo, don Fulgen —dijo el hombrecillo— Mire usted: esta mezcla la hago yo en casa y la pruebo con mi abuela, que tiene ochenta años.

—¿Y?

—Todavía está dando vueltas por el barrio, desde hace tres días, así que mire usted si da energías.

—A lo mejor no funciona con los animales.

—Usted dele un rato y va a ver cómo se pone la vaca esta.

 

A las nueve cuarenta, “Mantequita” levantó la cabeza de repente y embistió la puerta del corral, con un testarazo que resonó en toda la plaza. Un minuto más tarde, mugió con tanta furia que sus compañeros retrocedieron en sus corrales, acojonados, y el mismo “Tostao” reculó un poco en el toril.

 

Álvaro llegó media hora después. Se había afeitado dos veces, porque la primera no le había dejado satisfecho. La segunda le había dejado la cara enrojecida como si le hubiesen pillado robando manzanas. Su traje de raya diplomática lucía unas hombreras que le daban un aire de gánster de los años cincuenta.

—¿Dónde está el morlaco?

—En los corrales, Alvarito. ¿Dónde va a estar? ¿En la Opera?

—¿Y cómo está?

—Perfecto —contestó Fulgencio, sin dudar un instante—. Como lo queríamos.

—Vamos a verlo.

Álvaro siguió el pasillo hasta los corrales, frunciendo un poco la nariz por el olor a estiércol. Cuando “Mantequita” apareció ante sus ojos, lo primero que pensó fue que el apoderado le había mentido con respecto al tamaño del animal.

Lo miró con los ojos como platos y un leve temblor en las manos.

Por supuesto, el toro no había aumentado de peso ni de estatura durante la noche, pero un toro, visto desde una fotografía o una ficha de la ganadería, siempre parecía algo más manejable que cuando uno se lo encontraba de frente y se da cuenta de que el animal no solo dispone de cuatro patas y casi quinientos kilos, sino también de una cornamenta de más de sesenta centímetros de la cepa a la punta y casi un metro de punta a punta.

El torero se quedó mirándolo. El toro le devolvió la mirada.

—¿Es este?

—Este es.

—Pues no parece tan tranquilo…

—Hombre, ahora mismo, está más tranquilo que tú y que yo.

Álvaro se acercó unos centímetros a la barrera y observó la cabeza del animal, coronada con lo que le parecieron dos picas de las de los Tercios de Flandes. “Mantequita” giró una oreja y Álvaro retrocedió, como si le hubiese apuntado con las astas.

—Parece que me ha oído.

—Hombre, pues claro. Una cosa es estar tranquilo y otra que se quede sordo, ¿no?

—No me gusta, Fulgen.

—A ver, chaval. Que no hace falta que te guste. Lo que hace falta es que le des cuatro pases, lo mates a la primera y cortes orejas, que falta te hace un refrescón en la carrera.

—¿Qué le han dado?

—¿Qué le han dado de qué? —fingió sorprenderse el apoderado— Pienso compuesto y heno, me imagino.

—¿Y además de eso?

—Nada importante.

El matador prefirió no insistir. Había aprendido que algunas maniobras de su apoderado entraban en el orden de cosas que no convenía saber ni mencionar.

Fue entonces cuando se escuchó el sonido de unos tacones. Unos tacones femeninos que pisaban con tanta delicadeza como si las Wafen-SS hubiesen decidido calzar tacón de aguja para desfilar en el cumpleaños del Führer.

Fulgencio cerró los ojos un instante.

—No —murmuró.

Álvaro se volvió.

Carlota se acercaba por el pasillo con la tranquilidad de quien no tiene ninguna razón para encontrarse en un lugar y, además, le traen sin cuidado las consecuencias. Llevaba unas gafas de sol que ya hubiesen resultado demasiado grandes y oscuras afuera, donde el sol de Madrid empezaba a castigar las calles, pero que resultaban totalmente desproporcionadas en el interior de la plaza. Colgado de su brazo, un bolso de una marca que exclusiva que costaba más que seis meses de sueldo de un ministro. Lo sabía bien, porque lo había pagado él, poco antes de la boda.

La mujer sonrió y Álvaro pensó que, en ese momento, el toro era el menor de sus problemas. Su matrimonio, aunque técnicamente vigente, estaba prácticamente terminado desde hacía meses. Vivían vidas separadas, aunque seguían compartiendo abogados, la titularidad de varias propiedades, unos amigos que no los soportaban ni juntos ni por separado, y una cantidad considerable de portadas de revista donde aparecían sonrientes y hablaban de la solidez de su matrimonio.

—¿A qué has venido, Carlota?

—Buenos días a ti también, amorcito —contestó ella con una sonrisa tan falsa que dolía— Pues he venido a verte, pichurrín.

—Hoy toreo. No tengo ganas de broncas. Lo que tengas que decir, se lo dices al abogado, que para eso lo pago.

—No te pongas nervioso, pichoncito —contestó ella, sacándose las gafas y dejando a la vista unos ojos de un azul tan gélido que la temperatura en Madrid, o por lo menos, en la plaza, debió bajar un par de grados.

—No estoy nervioso.

—Claro que estás nervioso. Tienes la misma cara que antes de la boda.

—Ese día no estaba nervioso. Estaba drogado. Y creo que fuiste tú la que me dio la pastilla.

Fue en ese momento cuando Fulgencio, que ya había asistido a alguna discusión de la pareja, decidió que había una oferta imperdible de Cohíbas en Logroño y que no estaría nada bien desaprovecharla.

—Mira, cuando te casaste, le dijiste al cura que era para toda la vida —bufó la mujer— Ahora no vengas con detalles que si estabas drogado y cosas de esas, ¿vale? Bastante disgusto se llevó mi pobre madre cuando se enteró que habías abusado de mi pureza…

—Tu madre se quedó tan contenta cuando le compré el Mercedes y el apartamento en Torrevieja —saltó el torero, sin poder contenerse—. Y lo de tu pureza… Me callo, porque soy un caballero, pero creo que medio Lavapiés podría opinar sobre el asunto, si les preguntamos.

—Es un toro precioso —dijo ella, recurriendo al cambio de tercio, que sabía que dejaba siempre a su marido fuera de juego—. ¿Cómo se llama?

—“Mantequita”

—¡Qué ordinariez! —se quejó Carlota en tono burlón— Hay que ser hortera para poner esos nombres.

—¡Eh! ¡Que no se lo he puesto yo!

—No. Tú seguramente le hubieses puesto algo peor, como al pobre “Recesvinto”.

—“Recesvinto” es un gato. Y Recesvinto fue un rey godo importantísimo, que lo sepas. Que me acuerdo del colegio.

—Mira, no he venido a discutir contigo por el gato, sino por cosas importantes.

—Las cosas importantes las discute el abogado, que para eso nos cobra un dineral.

“Mantequita” embistió de nuevo los barrotes del toril, haciendo que incluso la pareja dejase de discutir y retrocediese un par de pasos. El animal estaba harto de los humanos y, encima, se encontraba bastante mal. En su último sueño, tras el segundo picotazo del tábano impertinente que rondaba el corral, había visto en sus sueños cómo “Lucera” se convertía en hamburguesas, lo que había sido malo. Lo de que las hamburguesas siguiesen queriendo copular con él en un escenario donde se mezclaba una hamburguesería humana con sus dehesas de toda la vida.

—Me largo, antes de que pongas histérico al bicho. Chao, Carlota.

—Eso, tú sal corriendo, como siempre…

Carlota esperó hasta que el torero desapareció por el pasillo y, entonces, volvió a mirar al toro con una expresión calculadora.

Si Álvaro estaba dispuesta a dejarla sin nada con un divorcio de tres al cuarto, ella no pensaba ponérselo fácil.

Abrió el bolso y sacó la jeringuilla que su médico, un doctor guapísimo y con bronceado del Caribe que se ocupaba de las crisis nerviosas de las famosas, le había preparado, y se lo inyectó al animal.

“Mantequita” decidió que el tábano se estaba pasando de listo y golpeó de nuevo los barrotes del toril, a riesgo de romperse los cuernos.

El veterinario de la plaza entró en ese momento, justo cuando la mujer hacía desaparecer la jeringuilla vacía en las profundidades de un bolso de cinco mil euros.

—Buenos días, señora —saludó el hombre, atusándose el bigote— ¿Qué? ¿Viendo a los animales?

—Pues sí, pero ya me iba. No quería molestar…

—Pero, señorita, si las mujeres bonitas no molestan —coqueteó el donjuán, intentando esconder la barriga y rogando que un golpe de viento no desbaratase los cuatro pelos con los que se cubría la calva—. ¿Ha visto ese toro? ¿Se ha fijado qué porte?

“Mantequita” bufó. Desde luego, no pensaba volver nunca más aquella plaza. Había tábanos, había malos sueños y, sobre todo, había un montón de humanos que no respetaban el descanso de los animales.

 

La plaza empezó a llenarse casi dos horas antes de que comenzase la corrida, a pesar del intenso sol que castigaba los tendidos. En los alrededores de Las Ventas se mezclaban aficionados que discutían acaloradamente sobre las cualidades de toros y toreros, turistas que habían decidido ir precisamente porque la agencia de viajes les había recomendado que no fuesen, y el acostumbrado número de personas que no sabían muy bien lo que hacían pero que habían recibido una entrada de regalo y les parecía muy desconsiderado no aprovecharla. Los bares de los alrededores trabajaban a pleno rendimiento y los camareros, acostumbrados ya al paisanaje que rodeaba las corridas, ya no intentaban distinguir entre los clientes que sabían de lo que hablaban y clientes que no sabían nada, pero que hablaban más alto que los demás.

Dentro de la plaza, Álvaro, vestido de nazareno y oro, rezaba en la capilla junto con sus dos compañeros de cartel. En el pasillo, Fulgencio revisaba horarios de las próximas corridas, precios de hoteles no muy caros y teléfonos de prostitutas de buen ver y caché moderado.

Afuera, Carlota ocupaba su plaza en el tendido de sombra, bien cerca de la barrera.

En los toriles, “Mantequita” esperaba, sin entender demasiado el alboroto que escuchaba. Por lo menos, pensaba, el tábano había dejado de molestarle de una puta vez. El animal estaba mareado y veía sombras donde sabía que no las había, pero, por lo demás, se encontraba estupendamente.

 

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u/Er_zospeshoso — 11 hours ago

[Dracotopía] Entrevista a un domador famoso

Hola, grupo:

Aquí vengo de nuevo con un texto metaliterario sobre mi saga de Dracotopía.

Hoy expongo una entrevista ficticia realizada por el Consorcio Ganadero Nacional (CGN), en el contexto de mi mundo, a un domador famoso que presenta un programa de televisión con un estilo de 'reality show'.

Con un propósito experimental, similar a las vanguardias de inicios del siglo XX, concibo estas entrevistas como microrrelatos en sí mismos.

Estos textos tienen el objetivo de mostrar en primera persona cuál es el modo de vida de una civilización en que conviven humanos y dragones. Al igual que ocurre en las entrevistas reales publicadas en revistas especializadas, los personajes de este mundo se expresan como si su realidad fuera tan real como la nuestra y dan por hecho un conocimiento especializado por parte de sus lectores u oyentes.

¡Disfrutadlo!

[Fuente de la imagen]

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Este mes presentamos una jugosa entrevista a un invitado muy especial. Se trata de Cétrius Al-Nasiri, protagonista del programa de televisión «El domador» del Canal Uno, una serie de reportajes de actualidad que despiertan sonrisas y pasiones entre los telespectadores. Con una devoción admirable y unas dosis de humor sin parangón, el señor Al-Nasiri nos ha concedido un adelanto de la cuarta temporada a los miembros del Consorcio.

[E: Entrevistador; C: Cétrius]

E: Encantados de que haya aceptado atendernos, señor Al-Nasiri. Desde la productora se anuncia que esta nueva temporada de «El domador» traerá muchas sorpresas. Cuéntemos más, por favor.

C: Desde luego. En los tres meses que han durado las grabaciones hemos vivido momentos únicos. Y, como siempre, con nuestro programa no buscamos sólo entretener; sino también enseñar y promover una doma responsable. Hay gente que nos envía agradecimientos porque, gracias a nuestra labor, aprenden a enfocar correctamente su manera de instruir a los dragones.

E: Díganos, ¿qué nos encontraremos en los próximos capítulos?

C: Pues verá, estos dos años atrás estuvimos en dracódromos y centros especializados en dragones de carreras. Trabajar con cuadrúpedos de cierta edad facilita muchísimo el adiestramiento porque ya vienen con la mentalidad de que sus ejercicios deben de salir sí o sí. Están predispuestos a sacar adelante una especialidad y colaboran contigo. Esta vez, quisimos dar un vuelta de tuerca.

E: ¿Ah así? ¿De qué tipo?

C: Por las sugerencias que nos enviaba nuestra audiencia, nos dimos cuenta de que un número considerable de aficionados, educadores, padres y otros individuos estaban interesados en cómo se aplicarían estas técnicas a dragones más jóvenes que muestran problemas de autoridad o de absoluta pereza.

E: Vaya. Pareciera que el enfoque del domador profesional, por antonomasia, vuelve a su significado original.

C: Eso mismo. Antaño, los domadores estaban para doblegar a las bestias contra su voluntad. Sin embargo, como tales acciones suponen una aberración respecto a su dignidad, el domador moderno no suele bregar con menores de edad ni nunca impone nada que no se haya consensuado previamente con el animal o con sus tutores legales. Para esos fines suele actuar un educador draquino o un pedagogo.

E: Entonces, ¿la nueva temporada está enfocada al trabajo con dragones más jóvenes? ¿No es así?

C: Efectivamente. Esta vez nos hemos desplazado a granjas pequeñas e incluso a urbanizaciones que nada tienen que ver con los quehaceres ganaderos. Si antes solamente nos venían escamosos grandes, ahora nos hemos lanzado a la piscina con dragoncitos y dragoncetes de todas las edades. ¡Menudo reto!

E: Usted es conocido por aprovechar cada programa por introducir conceptos de dracología que nos ayudan a acercarnos a la psicología draconiana. Y lo valioso de su metodología está en que lo hace sobre la marcha, delante de la cámara, mientras va practicando ejercicios con sus alumnos. ¿Podría adelantarnos algunos de los temas tratados?

C: Sí, por supuesto. Puesto que disponemos de un abanico más amplio de ejemplares, versaremos sobre las diferencias de crecimiento y el potencial de cada raza, los efectos de la domesticación draconiana y la desensibilización a distintas edades.

E: Veo que tendrán mucha tela que cortar.

C: Ni se lo imagina. A modo de ejemplo, nos llamó el propietario de una dragonada que tenía una nidada a punto de eclosionar. Consideramos que sería una buena oportunidad para ahondar en el efecto de la impronta y de su importancia en el futuro desarrollo de la doma. Como se explica en el episodio, cuando un dragón recién nacido tienen contacto visual y olfativo con un humano, se queda grabado en lo más profundo de su cerebro la percepción de que somos una especie aliada. Y esto ayuda a que tomen confianza en nuestro manejo desde una etapa temprana. De hecho, están documentadas científicamente las diferencias, en cuanto a dificultad y entendimiento, de una relación humano-dragón cuando ha habido presencia o ausencia de impronta durante su eclosión.

E: ¡Interesantísimo!

C: Pues todavía no he mencionado lo mejor. Este año contamos con un caso estrella. Y vaya si dará que hablar. Al acabarlo, el productor vino hasta mí para comentarme que estaba convencido de que la cuota de pantalla subirá como la espuma. ¿Desean saber más?

E: Por descontado, señor Al-Nasiri. Anticipamos que habrá sido un reto con un dragón joven, ¿no es cierto?

C: Todos nos lo imaginamos hasta cierto punto, pero hay que vivirlo para llegar a comprenderlo. Nos llamaron unos padres, desde el archipiélago de Ritset, porque tienen un dragoncete adoptado de unos 15 años que no quiere estudiar ni trabajar. Nos preguntaron si, con nuestras dotes «persuasivas», conseguiríamos que cambiara de conducta. Se hallaban desesperados porque su hijo escamoso era muy rebelde. Nos lo presentaron de una forma tan «de manual» que tuve que aceptar.

E: ¿Qué considera que sea «de manual»?

C: Un dragón salvaje típico rehuye del ser humano, te esquiva, te ignora… Un dragón civilizado que no haya recibido la suficiente disciplina se comporta igual en casa.

E: Uf… Con esas comparaciones nos tiene en vilo.

C: Los pondré en situación. La familia vive en una urbanización a las afueras de Menguante. La madre es abogada y el padre arquitecto. Su casa estaba inicialmente proyectada para humanos e incluía cuadras anexas para dragones de servicio; pero la reformaron para que su hijo adoptivo pudiera disponer de un cuarto dentro y no se chocase con los muebles. Hasta ahí, todo correcto.

E: Por su descripción, intuyo una familia normal y unos padres preocupados por el bienestar de su hijo.

C: Sí. Qué menos que darle un hogar a un dragón. Si hubiera observado algo raro, habría avisado a las autoridades. En cuanto llegamos, vimos que no había ningún tipo de abuso hacia el adolescente escamoso; sino que éste pasaba olímpicamente de sus padres. Iba del televisor a la videoconsola, del ordenador al teléfono, de dormir en su cuarto a tomar el sol en el jardín. No hacía los deberes y había suspendido todas las asignaturas menos Religión y Educación Física. Se largaba volando cuando le apetecía, regresaba a las tantas de la noche y no ayudaba a sus padres en ninguna faena. Sólo cortaba el césped de vez en cuando para comerse la hierba.

E: ¡Menudo ejemplar!

C: Todo un figura. La actitud de muchos dragoncetes se asemeja a la de nuestros adolescentes, esa que parece sacada de un anuncio de champú: «Porque yo lo valgo». El escamozuelo este me decía, con todo su desparpajo, que él iba a ser semental y que no tenía que hacer nada más. Yo le pregunté que qué haría cuando sus padres humanos ya no estuvieran. ¿Cómo pagaría las facturas? Y si se mudaba, ¿qué ganadería estaría dispuesto a alimentarlo si no aportaba nada?

E: Entre los miembros del Consorcio nos encontramos con experiencias similares. Por desgracia, hay demasiados dragones jóvenes que toman como referencia a otros congéneres de éxito y se piensan que ellos, por tener escamas y cola, tienen el cielo ganado. Si supieran que muy pocos de ellos presentan las cualidades necesarias para convertirse en sementales, centrarían sus energías en actividades provechosas.

C: Yo estuve un rato con él, situándole las cosas en perspectiva. Pero no razonaba ni se cesaba en sus fantasías. Sentí que debía actuar con mano firme para que me escuchara. Para empezar, les pedí a los padres una cabezada y un ramal. Me quedé a cuadros cuando me dijeron que no usaban esos «instrumentos de control».

E: Uf… incluso nosotros oímos cosas parecidas entre aficionados que acaban de meterse en el mundillo ganadero. ¡Qué poco van a aguantar!

C: Sí. Desafortunadamente mucha gente relaciona un par de correas y cuerdas con que exista violencia o abuso. Yo les inquirí, con tacto, que cómo habían hecho desde cría para llevarlo al veterinario. Un bicharraco de 32 pies de longitud puede enviarte al otro barrio de un coletazo si no se está quieto. Y la forma básica de que permanezcan así es con una cabezada.

E: Obviamente, sí se la habrán puesto en el pasado para revisarle los dientes y en ese tipo de intervenciones delicadas.

C: Y tanto que sí. No obstante, sus padres no parecían tener consciencia de que únicamente se emplean aquellas herramientas necesarias para evitar accidentes; no los atamos por gusto. No sin dificultad, conseguí que saliera al patio trasero para empezar con algunos ejercicios.

E: ¿Y bien?

C: Más de lo mismo. Rechazaba mi presencia. Quería volver a ponerse con videojuegos o a conversar con una dragona con la que estaba ligando. La sesión alcanzó su culmen cuando intentó embestirme.

E: ¿En serio?

C: Sí. Hizo el amago y tuve que apartarme para que no me golpease con un cuerno.

E: ¡Qué fuerte!

C: En ocasiones como éstas se demuestra la importancia de establecer una disciplina durante los primeros años de edad.

E: ¿Y qué hizo usted?

C: Lo verán en alta definición. Saqué el lazo que siempre llevo en mi cinturón y se lo eché al cuello como a una res brava.

E: ¿Y cómo se lo tomaron los padres?

C: Reaccionaron con quejas al instante. Si bien, les rogué que me concedieran un par de minutos. Ellos mismos se fijarían en que, si le demostraban autoridad a su hijo, él empezaría a mostrar una actitud más dialogante y menos evasiva. Apenas si transcurrieron cinco minutos de forcejeos, empinamientos y piafes dignos de la doma clásica para que se amansara al primer «so». Por su propia conveniencia, no tardó en pedirme disculpas por haber intentado atacarme.

E: ¿Y cómo continuó?

C: Regresamos al día siguiente, con la advertencia previa de que iríamos con el propósito de prepararlo para un oficio. Le pregunté que si quería trabajar en la agricultura o en los transportes, muy importantes en la región. El dragoncete me respondió que «eso de tirar de arados y carros» era para dragones argénteos; que él era zafirino y no le atraían esos menesteres. Entonces le dije: «¿Quieres convertirte en montura?» Y él me replicó: «De eso nada». Ante esta tesitura, yo le contesté, con firmeza: «O pones tus lomos o te pones a estudiar. Tú eliges».

E: ¿Y aceptó?

C: Enseguida. Bastó con recordarle que cualquier estudio implicaba años de cursos y exámenes. En cambio, él tardaría sólo unos meses en estar domado como dragón de silla. Si nos dejaba, yo iniciaría el proceso y continuaría bajo supervisión de otros especialistas hasta que estuviese listo.

E: ¿Y cómo fue?

C: No puedo desvelar más información. Aun así, el espectador podrá ver una gran parte de su transformación y los días que pasé dándole cuerda; primero con un cinchuelo para acostumbrarlo a la sensación de la silla y luego con la montura completa.

E: Imagino que sus quejas no cesarían.

C: Fueron lecciones duras. En especial, cuando llegó el turno de la brida. Él estaba medio conforme con darme paseos por el vecindario mientras me sentaba sobre sus lomos; pero aquello de meterle la embocadura entre los dientes y dirigirlo con riendas le parecía demasiado invasivo.

E: Cierto. Desde el respeto, los propios ganaderos aceptamos que hay aparejos difíciles de «tragar». Y la brida suele ser el principal obstáculo. Con nuestro ganado tratamos de ser dialogantes y de presentar los arreos al ritmo de cada uno. Los dragones tienen personalidades tan diversas como los humanos, lo cual hace que cada alumno sea único. ¿Verdad?

C: Sí, me lo ha quitado de la boca.

E: Nunca mejor dicho.

C: En la guía de un dragón siempre hay límites y dificultades. Soy partidario de introducir el equipamiento estándar, lo cual, a menudo, suele ser una obligación legal según la actividad; y que sea después el dragón ya domado o sus responsables quienes decidan si suprimir o modificar algún aparejo para que esté más cómodo. La clave está en equilibrar el bienestar de nuestros escamosos con la seguridad que amerita su manejo en sociedad. Me enteré hace unos días de que el escamozuelo ha decidido alistarse en los escuadrones de Roca Argéntea en cuanto termine la Educación Secundaria. Al final, todo salió a pedir de boca.

E: Ha sido una conclusión magistral, señor Al-Nasiri. Estoy seguro de que los seguidores de «El domador» nos mantendremos pegados al televisor, a la espera de que dé inicio esta cuarta temporada tan prometedora. ¡Muchas gracias por su tiempo!

C: A ustedes. La educación de los dragones es responsabilidad de todos.

u/drakegalley — 10 hours ago

Sobre los peores escritores de haikus

Dado que los humildes haikus que compartí en mis dos publicaciones anteriores generaron mucha polémica, porque me dijeron en los comentarios QUE NO SON HAIKUS, quiero analizar la cuestión a la luz de algunos "haikus" de autores famosos.

Noten que escribí "haikus" entre comillas, porque yo no los considero haikus, por más famosos que sean sus autores:

>En la razón
sólo entrarán las dudas
que tengan llave.

Autor del poema: Mario Benedetti

Si fuera un haiku en el sentido estricto de la palabra, el tema debería ser de la naturaleza.
Además es filosofía simplona, y el autor es Benedetti.

///////

>Hecho de aire
entre pinos y rocas
brota el poema.

Autor del poema: Octavio Paz

Aquí, pues, tampoco se habla de la naturaleza. Sólo se mencionan elementos de la naturaleza para romantizar la labor propia del poeta. O sea, el poeta, Octavio Paz, sólo escribió estas líneas para endulzar su ego.

//////

>Entretejidas
vocales, consonantes:
casa del mundo.

Autor del poema: Octavio Paz

Acá, Octavio Paz ya se puso insoportable ensalzando la labor de sí mismo (labor del poeta)

///////

Estos dos son de Jorge Luis Borges, de su famosa serie "17 haikus"

>La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

>El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

Y acá la cosa se puso peor, porque estos dos haikus pertenecen nada más y nada menos que a Borges. El primero, pues, no habla de la naturaleza. y el segundo... tal vez, porque la muerte es un hecho de la naturaleza, pero la cuestión es que el "SABIO" Borges, "SABIO" entre comillas, ignoraba que a los muertos no les crecen las uñas: sólo parece que les crecen, porque la piel adyacente se va disecando y se retrae.

A qué voy con todo esto: La crítica que podemos hacernos en un subreddit es crítica entre pares. No tenemos por qué ver sólo lo negativo de los compañeros, incluyéndome, porque a mí me da igual si mis tercetillos son o no son haikus: Yo hubiera preferido que le hicieran una crítica constructiva a los tercetillos, y no a la clasificación de los mismos en la categoría de haikus.

reddit.com
u/Herakliarjento — 24 hours ago

Cinco haikus sobre fauna

Nota:

  • Tener en cuenta que cada tercetillo es un haiku. Y cada haiku es un poema independiente, autoconclusivo.

-1-

Hora de los tábanos
a la orilla del bosque…
Hembras feroces.

-2-

Desmantelado,
el hormiguero inicia el éxodo…
y sobrevive.

-3-

Llegó el momento,
los huevos eclosionan,
hay vida nueva.

-4-

Prosperan alacranes
y no cantan cigarras…
Malos presagios.

-5-

Ignoras, reptil,
que los monstruos existen...
y cruzas la carretera.

reddit.com
u/Herakliarjento — 1 day ago

Ayuda con un escrito.

Buenas tardes, espero que se encuentren bien todos aquellos que leen esto.

Necesito ayuda para calificar un escrito de mi persona. Perdonen las faltas ortográficas y algunas de entendimiento. Comprendo si no es del agrado de todos. Y pido ayuda en que podría mejorar. Muchísimas gracias de antemano.

"Oh gran iluminación forzosa, cada que te veo se iluminan mis ojos, puede que me de sueño, a veces me aburro, pero si cada lunes puedo tomar una taza de café junto a tu recuerdo.

Ese sueño febril se vuelve un regocijo de emociones, puesto que al no controlarlo totalmente el yo.

Tú ya no eres tú, nunca lo fuiste, eras la contemplación y agrupacion de recuerdos los cuales límite, límite a aquellos que te dejaban ver cómo alguien perfecto. Pero no, no lo eres, tienes tus defectos, demasiados, y por eso me enamore de ti, no me enamore de esa chica que hoy finjes ser, me enamore de la chica que me decia idiota, que me daba pequeños golpes, pero cuando estaba triste me ayudabas y me dabas mimos. Te extraño, y hoy, serás el cigarro que se acabará en un instante.

Escribo esto no para desahogarme, sino para darme cuenta de una cosa, nunca te ame, ame que estabas para mí, que en ti podía confiar. O tal vez si lo hize, no estoy seguro, nunca estoy seguro de nada, pero confío en que extraño a lo que queda de ti en mi memoria."

Quiero aclarar que si me podrían recomendar libros y ayudas para mejorar mi escritura debido a que soy novato. Muchísimas gracias.

reddit.com
u/Sr_Pollito_Caliente — 1 day ago

¿Que Publico será el indicado para esta historia? ¿Y cual es la forma correcta de publicar?

Metal Slug: El origen del mal CAP 3 "El Rey de Hierro"

El mundo se vino abajo. Solo 72 horas después del ataque en Central Park, la noticia dio la vuelta al mundo: el recuento oficial fue de 209 muertos y más de 300 heridos. La bolsa se llevó un golpe durísimo; los números se desplomaron. La ciudad, y también los inversores y magnates, perdieron millones, cifras que superaban con creces ocho ceros.

​Una semana después, las transmisiones de noticias inundan las ondas; día y noche, en vivo desde la escena. La Sky Point Tower, esa joya arquitectónica cuya construcción tardó más de diez años en completarse con el objetivo de dejar a todos con la boca abierta gracias a su diseño futurista, ahora yace herida como un gigante de concreto y acero, titubeando y sin vida. Se ve gris, apagada, triste y muriéndose.

Justo frente al edificio, docenas de cámaras y reporteros cubren los detalles desde cero, como todos los días. La tarde fría se pinta sola como el preámbulo perfecto de la tormenta bajo un cielo nublado y oscuro. Entre la gente y los reporteros ansiosos por noticias, había un pequeño escenario que formaba parte de la escena.

​Detrás del escenario, un grupo de sillas, que se iban ocupando poco a poco por distintas figuras vestidas para la ocasión.

​Las primeras gotas de lluvia pegaron en el asfalto y, con eso, la ciudad se cubrió con una llovizna ligera. Luego apareció un convoy de soldados escoltando a un hombre vestido con un traje impecable; su uniforme llevaba las letras doradas “LT.GEN.BERNARD KOSHER”. El traje está planchado perfecto; pese a la lluvia, sus zapatos siguen impecables, igual que su uniforme: perfecto y recién pulido.

​Destellos de cámaras saltaron al instante al verlo a él, reflejándose en sus lentes oscuros; decenas de insignias resaltaban en su ropa, pero había una que destacaba entre todas: tres estrellas plateadas.

​El convoy se detuvo frente a las escaleras de esa estructura pequeña. El hombre subió un par de escalones y dejó atrás a su escolta. Se colocó frente al podio mientras la lluvia amenazante le empapaba la cara; se quitó los lentes y se los guardó dentro de su gabardina.

​De golpe, todos los reporteros perdieron la compostura y empezaron a gritar:

​“¡General Kosher! ¡Por aquí, general! ¡Teniente General Kosher, ¿de quién es la culpa?! ¡General Kosher, ¿tiene idea de dónde está La Orden de los Siete?!”

​Kosher se quedó quieto frente al podio, los micrófonos y las cámaras. Sin perder su temple, tomó el podio con ambas manos y acercó su cara a los micrófonos. Los reporteros se quedaron en silencio, y la voz del Teniente General ahogó por completo el ruido de los presentes.

​“Más de una semana atrás, la ciudad fue sacudida de manera cruel, inhumana y cobarde. El edificio detrás de mí, donde cientos de familias disfrutaban de un día maravilloso, se convirtió en la escena del peor ataque terrorista registrado en los últimos treinta años”, soltó aire, mirando la escena que tenía frente a él. “Como se ha mantenido en las investigaciones iniciales y según los reportes obtenidos, el Triunvirato del Velo, un grupo yihadista extremadamente violento, fue el autor principal de esta ejecución realizada no solo contra una nación, sino contra el mundo entero.”

​Entonces, una leve sonrisa apareció en su cara y siguió hablando, ahora con un tono de orgullo cargado en la voz:

​“Vale la pena mencionar que esto fue gracias a la intervención rápida del Ejército Regular, que, en interés del deber, logró desmantelar el brazo operativo de esta organización terrorista que se había refugiado en las profundidades de nuestra sociedad para causar todo el daño posible”, recitó Kosher cada palabra con tono solemne, “demostrando así la gran contribución y el gran éxito de tener una fuerza militar al servicio de los desprotegidos.”

​Kosher terminó sus palabras y, justo cuando el eco de la última sílaba se perdió entre la llovizna, la voz de un reportero rompió la sincronía del acto.

​“Según reportes y testimonios, el edificio que supuestamente servía como escondite no era un centro operativo enemigo, sino más bien un refugio para gente sin hogar, vagabundos e incluso personas luchando contra una adicción”, el reportero se plantó de pie mientras los flashes y las cámaras iluminaban ahora al flaco hombre de traje gris, que empezaba a empaparse por los hombros. “Personas de la zona fueron entrevistadas, confirmando que docenas de familias en condiciones precarias usaban el edificio como casa: un edificio que ustedes limpiaron y bombardeaban. Quiero creer que el Ejército hizo trabajo de investigación. ¿O fue solo una simple cuestión de suerte, Teniente General Kosher?”

​Kosher, con una mueca apenas visible y maliciosa, miró al periodista bajo la lluvia y luego preguntó con un tono de cinismo absoluto:

​“¿Te daría gusto decirnos tu nombre?”

​“Marcel Shifer, periodista independiente”, respondió el hombre, quitándose los lentes para secarlos con un pañuelo blanco.

​El General levantó las cejas; su cara mostraba una mezcla de confusión y asombro fingidos, antes de continuar. Uno de los miembros del equipo asesor se acercó y, al llegar a su lado, le susurró al oído. Tras unos segundos, dio un paso atrás, dejándolo a Kosher solo en ese escenario.

​“Qué sorpresa, señor Marcel. Respondiendo a su pregunta, señor, el sistema de Inteligencia del Ejército actuó de forma efectiva...” señaló con el dedo a un puñado de agentes del gobierno sentados a su derecha bajo la lluvia “...y en coordinación con nuestras agencias gubernamentales, hicieron un trabajo de campo agotador, evitando así una tragedia mayor.”

​“General Kosher, Margareth Stran para el Daily Rotary...” una mujer gritó mientras levantaba la mano entre el gentío de periodistas, “...según encuestas de las últimas 72 horas, la población civil se siente más segura desde que el Ejército Regular tomó el control de la ciudad. ¿Cuál es su opinión al respecto?” preguntó.

​“Entonces, ¿el Ejército Regular cometió negligencia, Teniente General Kosher? Los reportes iniciales decían más de 400 muertes...” Shifer lo interrumpió de golpe.

​Kosher se quedó con las palabras de su respuesta justo en la punta de la lengua. La intromisión de Shifer con esa pregunta lo tomó por sorpresa, como una lluvia de verano repentina.

​“¿Excuse me?,” logró decir, empapándose el bigote espeso.

​“Sí, general, si dice que en coordinación con otras agencias hicieron trabajo de investigación...” miró a todos los presentes mientras se acomodaba el cabello, empapado por la llovizna “...bueno, supongo que fue así... entonces la pregunta es... ¿por qué no se pudo prevenir el ataque a Central Park con anticipación?”

​El silencio fue absoluto. La mujer rubia con un impermeable transparente que había hecho su pregunta se sentó sin decir palabra, y en medio de esa llovizna, Marcel se quedó de pie justo enfrente de Kosher.

​“Como mencioné hace unos minutos, los atacantes manipularon sin tacto a las personas más vulnerables de nuestra sociedad para llevar a cabo su cobarde ataque.”

​“Seamos honestos, general: el Ejército Regular ha estado metido en varias acusaciones de negligencia y abuso de poder...” Marcel se abrió paso entre sus colegas, avanzando con una vocecita mientras sostenía una grabadora pequeña en las manos. Mientras lo hacía, dos guardias de Kosher intentaron bloquearle el camino, pero Kosher los detuvo con un gesto leve de la mano.

​“...e incluso, general, sin querer ofender, me parece entender que su descendencia, el capitán Hoffer, fue acusado hace un par de años de abusar de civiles cuando todavía era sargento”, espetó Marcel.

​Kosher tardó unos segundos en responder y luego soltó palabras cargadas de veneno:

​“Conjeturas infundadas sin ningún sustento, si me permite decirlo, señor Marcel. ¿Estas conjeturas son solo de usted? ¿O se valió de su ya muy conocida ‘investigación periodística’?”

​“Jason Pecott pensaría otra cosa si sus restos no hubieran sido recogidos en un cubo de plástico”, lo rebatió Marcel, y Kosher sintió la respuesta del periodista como un tajo.

​Kosher puso una cara de sorpresa ante las palabras del periodista. Marcel, al darse cuenta, sonrió apenas.

​Marcel dibujó en su rostro una expresión de sorpresa, levantó las cejas y hasta hizo un pequeño sonido con la boca. “¿No leyó los reportes, general?...” Shifer sacó de dentro de su abrigo una carpeta transparente bien clarita, y de ahí extrajo un par de hojas parecidas a un reporte; luego las llevó al escenario donde Kosher seguía de pie. “...uno de los atacantes de Central Park era uno de los sobrevivientes civiles de la masacre de su hijo...”

​“Deje el reporte en el atril de madera—guárdelo, general, yo tengo más copias en casa”, exclamó Shifer, regresando una vez más a su lugar, de pie entre el General y la conferencia de prensa, con la lluvia cayéndole sobre los hombros.

​Desde el rabillo del ojo, Kosher miró la pila de papeles; las gotas empezaron a mojar la portada, donde había una fotografía de Jason Pecott, seguida por un sello de “EXPEDIENTE CLASIFICADO”.

​Kosher tomó la pila de papeles y extendió el brazo. Uno de sus oficiales se levantó de su asiento, tomó el paquete y lo guardó en una maleta.

​“¿Trajiste pruebas contundentes esta vez, o nomás te vas a dedicar a difamar, como es tu costumbre?” preguntó Kosher con sarcasmo. “¿No eras tú el mismo al que expulsaron del SPJ? Qué carta de presentación, si me permite decirlo.” Ambos se quedaron clavados mirándose; Marcel se plantó con la barbilla bien en alto.

​“Bueno, señor Shifer, no hay duda de que esto demuestra cómo funciona este grupo extremista: se esconden a plena vista y se mezclan con el grupo más vulnerable de la sociedad para ejecutar sus planes maquiavélicos, que...”

​Entonces lo interrumpió otra vez, de manera abrupta, el mismo tipo:

​“Lo que deberías explicar, teniente, es cómo es posible que un grupo de más de cien personas, armado hasta los dientes, mantuviera un centro de operaciones en nuestra ciudad, justo frente a la nariz del Ejército más poderoso del mundo...” el reportero hizo una pausa breve cuando la lluvia se intensificó de forma brutal. “...o mejor aún, explícanos por qué se encontraron docenas de juguetes, ropa de niños e incluso un par de cunas en los edificios de Vanguard. ¿O los terroristas estaban jugando en su tiempo libre?”

​Luego sacó un puñado de fotografías donde se veían juguetes quemados, además de ropa de niños y otros objetos. Las lanzó al aire bajo la mirada impasible de Kosher.

​“No entiendo cómo las agencias más poderosas del mundo pasaron por alto esta información”, preguntó Marcel a un General que aguantaba la respiración.

​Sostuvo una última foto entre las manos: mostraba un chupón derretido entre las cenizas. La miró unos segundos y luego la rodeó con la vista, girándose 360 grados sobre sus pies para mostrarla. Después se detuvo frente a Kosher y dio el golpe final:

​“Perdóneme en serio, y te lo digo con todo el respeto que mereces, general; he fotografiado dictadores a los que les encanta el puro mientras predican la paz. Pero un terrorista con un chupón en la boca mientras construye una bomba o dispara contra un ejército... eso sí que es algo nuevo de verdad”, concluyó el reportero.

​“Hasta ahora, los reportes de Inteligencia del Ejército Regular descartan categóricamente ese tipo de afirmaciones; por eso, de manera respetuosa, pedimos a la población civil que ignore la información sensacionalista”, respondió Kosher con calma y entereza.

​El reportero mantuvo la compostura. Por un instante, se quedó callado, mirando a Kosher en medio de un ambiente incómodo, y soltó su pregunta, que resonó como una piedra que cae con definitivaidad:

​“Respóndeme esta última pregunta, general, por favor.”

​Kosher asintió. Shifer lo miró directo a los ojos y luego soltó sus palabras, que viajan como una flecha envenenada:

​“¿Qué tan ciertas son las versiones de que el teniente coronel más joven del Ejército Regular, el primer tipo en territorio estadounidense que ganó tres Medallas de Honor...?” hizo una pausa antes de seguir, “...es cierto que se desertó?”

​Eso desató un murmullo fuerte, y en medio del alboroto, Shifer soltó su frase final:

​“Porque según esos ‘reportes sensacionalistas’ a los que usted se refiere, dicen que el teniente coronel Robert Miles se desertó junto con una tropa de 50 hombres hace dos días. Y eso me lleva a la pregunta definitiva: ¿por qué un soldado como él cometería una atrocidad así? Y ni hablar de que, según el reporte, robó equipo táctico, además de varios vehículos de guerra y material logístico. ¿Le leo la lista, general? ¿La va a responder? ¿O va a volver a su monólogo preparado?”

​Justo cuando terminó la pregunta, al unísono, los otros reporteros inundaron a Kosher con gritos:

​“¿Es verdad, jefe?! ¡Nomás tres días después del ataque, la Brigada del General Donald Morden desapareció junto con el sargento Washington Graves!” gritó una reportera mientras se levantaba de su asiento.

​“¿Dónde está el General Morden? ¡Se supone que es uno de los pilares del Ejército!” lo presionó otro tipo regordete de la prensa.

​“Es verdad: hace unos días se reportó un choque fuerte en una de las zonas más exclusivas de Nueva York, donde al menos 20 personas murieron. Los vecinos dicen que vieron helicópteros rondando la zona. ¿Es verdad, o también forma parte de la información sensacionalista, Kosher?” preguntó uno de los muchos periodistas reunidos ahí.

​Kosher se quedó callado ante la lluvia y los flashes que le pegaban a la cara con más fuerza que un puño. En medio de un mar de exigencias dirigidas a él, el General se quedó quieto y solo se limitó a decir:

​“Eso es todo por ahora, gracias, señoras y señores. Buenas noches, disculpen.”

​Se retiró de golpe antes del aluvión de preguntas de todos los reporteros y de los flashes que lo persiguieron hasta donde lo esperaba el convoy militar. Mientras los reporteros se arremolinaban hacia Kosher para sacar la primicia, un grupo de policías actuó como barrera humana contra la multitud.

​“¡General, por qué estás corriendo?! ¡¿El Ejército está encubriendo lo que pasó?!” gritaron al unísono. Entonces, el mismo reportero que había comenzado el alboroto alzó la voz por encima de todos:

​“¡Lo que deberían hacer es ir detrás de La Orden de los Siete en vez de esconderse!” Shifer dio el golpe final.

​“Señoras y señores, como ya se pueden imaginar, esta conferencia de prensa se ha concluido”, habló uno de los hombres de Kosher por los micrófonos, mientras al mismo tiempo la avalancha de reporteros se levantaba de sus asientos y la lluvia comenzaba a caer todavía más fuerte.

​En un abrir y cerrar de ojos, el lugar empezó a vaciarse. Después de unos momentos, Marcel se quedó solo en medio de ese mar de sillas, recogiendo sus fotografías—las mismas que había lanzado al aire minutos antes.

​Estaba agachado; una de las imágenes se le había pegado al pavimento por la llovizna constante. Intentó despegarla con los dedos, pero el esfuerzo fue inútil. Mientras la lluvia se intensificaba, Marcel seguía con la vista fija en la toma que mostraba un portabebés quemado. A su alrededor, el impacto de las gotas contra el concreto parecía desvanecerse frente a su obsesión por rescatar la foto.

​En ese momento, manos suaves interrumpieron su tarea. Unas manos largas y delicadas agarraron la fotografía antes de su mirada atónita.

​“¿Debería esperar un remate, o todavía tienes un as bajo la manga, ‘Mike Wallace’?” dijo la mujer cubierta con un impermeable transparente, soltando una sonrisa mientras le ofrecía la imagen.

​“Me llamo Barbara Strand, pero todos me dicen ‘Bi.’”

​Marcel se levanta lo más rápido que puede, toma la fotografía y le estrecha la mano.

​“Me llamo Marcel Shifer, y todos me llaman Marcel”, responde, un poco avergonzado.

​Esa mujer solo sonríe. A pesar de la lluvia y el impermeable sencillo, su sonrisa blanca, su mirada penetrante y su cabello rubio contrastan brutalmente con sus labios rojos, mientras el perfume se mezcla con el olor de la tierra mojada.

​“Bueno, entonces, señor Marcel, explíqueme qué crimen fue el que te mandó al exilio.”

​“Supongo que hacer las preguntas correctas.”

​Marcel se queda callado mientras los dos caminan hacia el estacionamiento; el periodista nota su incomodidad por la pregunta.

​“No era mi intención hacerte sentir incómodo con la pregunta.”

​“¿Puedo ayudarte con algo más?” Marcel pregunta, y con eso detiene a los dos en medio de la lluvia.

​“En realidad, sí...” Barbara responde sin pensarlo. “...¿qué tal una entrevista?”

​“¿Una entrevista?... ¿Yo?...” Marcel responde mientras saca un juego de llaves del bolsillo del pantalón; luego se da vuelta y mete una en la puerta de su auto. “...creo que te equivocaste de persona, señorita. La que debería responder tus preguntas ahorita mismo está escoltada hacia su vehículo...” responde mientras gira la llave, pero la puerta no cede a su insistencia.

​“Te equivocas, señor Marcel...” responde la chica detrás de su espalda mientras él forcejea con la puerta del auto en medio de la lluvia. “...de hecho, me estaba preguntando: ¿cómo es posible que, de esos dos corresponsales de guerra tan conocidos, uno acabara expulsado del gremio y el otro relegado a chismes de tabloide?”

​Marcel se detiene de golpe en el movimiento que estaba haciendo, y una vez más solo queda el sonido de la lluvia pesada sobre el pavimento.

​Barbara sabe justo en ese momento que le atizó directo al clavo.

​“Así es, Marcel. A veces los que más preguntan son los que más desean responder...”

​Marcel se queda en silencio. Sin mucho esfuerzo, gira la llave y la puerta del vehículo se desbloquea.

​“No entiendo qué quieres decir,” responde Marcel en voz baja.

​Barbara da un par de pasos hacia adelante; en ese momento, Marcel se voltea despacio.

​“Los periodistas con tu ética y tu profesionalismo—o más bien, gente como tú—son lo que necesita este trabajo y este mundo.”

​Marcel sonríe apenas; sin decir nada, se voltea, se sube a su auto y gira la llave en el encendido. Antes de arrancarlo, le habla a Barbara:

​“Perdón, pero te tengo que decir que si estás buscando a alguien con ética y profesionalismo, te equivocaste de persona,” responde mientras el motor viejo de su vehículo tose un par de veces antes de agarrar.

​Barbara solo asiente en silencio, y luego saca su tarjetero debajo del impermeable; de ahí saca una tarjeta y se la extiende a Marcel.

​“Esta es mi tarjeta. Estoy disponible 24 horas al día.” Dicho esto, la chica se voltea y se va, dejando a Shifer atrás. El periodista agarra la tarjeta, la mete en la bandeja del cenicero y arranca; mientras acelera, el auto suelta una pequeña detonación de escape del tubo junto con una nube de humo negro mientras se incorpora al tráfico normal de la ciudad.

​Barbara sigue caminando; a su alrededor, un par de colegas terminan sus reportes, filmando partes de la estructura caída, mientras otros salen huyendo de la lluvia como si fueran animales aterrados.

​Camina hacia un taxi que la espera en la orilla. Antes de llegar a su vehículo, aparece una caravana de seis SUVs blindadas; algunos reporteros toman fotos, mientras otros graban desde la distancia.

​De repente, vuelve a aparecer la figura de Kosher, escoltado por su guardia personal. Detrás vienen décadas de hombres, y entre ellos destaca uno con porte militar, de hombros anchos y vestido completamente de negro, hasta la corbata.

​El General se sube a toda prisa. Barbara, con medio cuerpo adentro del vehículo, observa mientras su equipo de seguridad aborda las SUVs restantes. Pero entonces, un solo hombre permanece de pie en medio de la lluvia, como una estatua; clava la mirada en el periodista. Ella siente su mirada penetrante y le corre un sudor frío por la espalda. Después de un intercambio de miradas, Barbara se sube a su vehículo y este desaparece metiéndose en el tráfico.

​La ventana de una de las SUVs se desliza hacia abajo lentamente y, una vez abierta, aparece la cara de Kosher desde adentro del vehículo, exhalando una gran nube de humo.

​“Quítate el abrigo si piensas subir, Simmons,” ruge Kosher.

​Simmons no dice ni una palabra; rápidamente rodea la SUV y se mete sin quitarse la chaqueta.

​“Eso es lo que quiero decir, capitán Fuller: ya no hay disciplina en el Ejército.”

​El interior de la SUV fue modificado; los asientos se movieron y una división separa al conductor de los pasajeros. En el centro, una mesita pequeña sirve como decoración, y sentado frente a ella, cuatro hombres vestidos con trajes negros escuchan tranquilamente al General.

​El capitán Fuller asiente con una sonrisa leve, una cara marcada por años de guerra, cicatrices que son prueba del paso del tiempo. Con la oreja izquierda cortada y la cabeza rapada, extiende el brazo hacia el otro extremo, justo hacia un mini-refri pequeño; lo abre y saca una botella de agua mineral, la agarra en la mano y, con un movimiento rápido y hábil, golpea la tapa metálica de la botella, que rebota contra el techo de la SUV.

​Mientras lo hace, levanta el brazo en el aire, y una navaja reemplaza su mano; la hoja captura el brillo de su filo mientras él mira a Simmons directo a los ojos.

​Kosher observa a los dos; pese a su juventud, Simmons aguanta la mirada del capitán Fuller. Fuller sostiene su botella de agua, que por la agitación se derrama poco a poco, ensuciando el piso de la SUV.

​“¿Quieres que te cuente hasta tres, VAQUEROS? HAHAHAHA,” exclama Kosher, pero la tensión adentro de la SUV podría cortarse con un cuchillo.

​Kosher nota la frialdad con la que ambos hombres mantienen la mirada y entonces adopta una postura más seria y sombría.

​“Sí, sí, luego llevaremos una cinta métrica para ver quién tiene la verga más grande y las bolas más grandes, ¿me entiendes?”

​“Cuando quieras, scout,” responde Fuller, y luego se da un trago enorme de su bebida.

​“¿Deberíamos preocuparnos por ese niñato?” pregunta Kosher mientras se sirve whisky.

​“La credibilidad de Marcel está por los suelos, general...” responde uno de sus oficiales. “...no entiendo cómo pudo meterse a la conferencia de prensa.”

​“El tipo es un reportero con experiencia; ha estado en el culo del mismísimo infierno, durmiendo con un ojo abierto,” exclamó Simmons.

​“La próxima seremos más cuidadosos con la seguridad, ¿verdad, Walker?”

​“¿Seguridad? Lo que quiero saber es cómo ese hijo de puta encontró a Hoffer. ¿Cómo supo de Morden? ¿Y de Miles?...” Luego se pega una larga calada de humo. “...y sobre todo, ¿cuánto más sabe?”

​“Te aseguro que, señor...”

​“¿No era ese el mismo tipo que estuvo cavando, cavando y cavando durante el ataque en Lyon? Él y su amigo solo causaron problemas en el pasado. Por cierto, ¿qué pasó con el otro?”

​“Stuart Lawrence. No se pudo comprobar nada en su contra, pero su reputación se vino abajo. Ahora el pobre diablo hace

​ entrevistas para un programa de tabloide.”

​“Quiero que lo vigilen 24 horas al día, desde ya mismo, ¿entendido?...” Kosher gruñe, acomodándose de nuevo en su asiento. “...y quiero que lo hagas tú personalmente, Simmons.”

​Kosher nota la incomodidad de Simmons tras la orden; lo observa desafiante a través del humo de su puro.

​“Has estado muy callado, soldado. Normalmente, los que se quedan más callados son los que tienen más cosas que decir.”

​“Se llama remordimiento, general,” dice Fuller, rompiendo el silencio.

​“HAHAHAHA, no me vengas con ese cuento, Fuller, HAHAHAHA...” exclamó el General entre risas... y de pronto, la risa del General se apagó al notar el silencio de respuesta, y la cara llena de carcajadas se transformó en una expresión fúnebre.

​“¿Hablas en serio, Simmons?...” responde, algo alterado. “...voy a dejarte clarito una cosa, soldado: en guerra no hay tiempo para la tristeza y el auto-lamento...” Se acomoda en su asiento y le señala con la misma mano que sostiene el puro, bañando la cara de Simmons con su aroma. “...en guerra, un solo error puede costarte la vida y la vida de tus hombres. No hay espacio para los débiles y los de corazón flojo. ¿Cometiste un error, soldado? Entonces levanta el mentón, o prepárate para que una bala te alcance.”

​Kosher recupera la compostura en el asiento y exclama mientras exhala una gran nube de humo.

​“A partir de ahora, el capitán Fuller asumirá el mando de la unidad, entendido, Simmons?”

​“Pero...” Simmons logra responder cuando Kosher lo corta de inmediato.

​“¿Pero? ¿Escuché bien, soldado? ¿No bastó con que hicieras un trabajo horrible? ¿Dejaste que Gallib planeara el ataque a Central Park? Gracias a eso, casi quinientas personas murieron, sin contar las pérdidas de millones, las investigaciones...”

​Se toma el último sorbo, dejando el vaso en la mesa mientras Walker le sirve otro desde la botella. “...me tengo a la ONU metida en el culo como si fuera una hemorroide, así que limpia esa estúpida cara y sé agradecido de que no te estás pudriendo en el fondo del océano...” Se lo toma de un jalón, terminando el whisky recién servido. “...y por tu incompetencia, ahora tengo que armar otro show de perro y pony para los medios, pidiendo favores y debiéndolos.”

​“Voy a tomar a cuatro de mis mejores hombres y seguir cada paso del periodista, tal como ordenaste, señor,” responde Simmons, herido en su orgullo.

​“Walker, a partir de ahora tú y Cleyton reportan al capitán Fuller...” Luego mira al veterano, que sigue inmóvil en su asiento, como una estatua de hierro. “No quiero fallas esta vez, ¿entendido, capitán? De ahora en adelante, cada error se paga con sangre... Tienes setenta y dos horas, capitán... setenta y dos para encontrar, desaparecer y eliminar cualquier cabo suelto...” Se le aprietan los dientes mientras mira a Fuller. “No te lo estoy preguntando, capitán; te estoy exigiendo que borres hasta el último rastro de Al-Mansoor y Al-Jasin. Usa todos los medios que tengas a tu disposición, ¿entendido?”

​“Órdenes recibidas, señor,” responde Fuller con una voz ronca.

​“Detengan el vehículo... Simmons se baja aquí,” ordena Kosher a Walker, quien repite palabra por palabra lo que dijo su General. Instantáneamente, en medio del tráfico, el convoy frena en seco. Cleyton, el otro oficial a bordo, abre la puerta de Simmons y el ruido de afuera inunda el interior de la SUV; la lluvia y el bramido de los cláxones resuenan en toda la avenida.

​Simmons se baja sin apurarse y antes de que su zapato toque el pavimento mojado, escucha la voz de Kosher detrás de él.

​“Sin errores, Simmons.” El hombre baja del vehículo; al hacerlo, el motor vuelve a tomar marcha. Mientras Walker cierra la puerta, Simmons se queda de pie en medio del tráfico con la lluvia cayendo sobre la ciudad, viendo cómo la caravana se aleja a lo lejos.

​Esquiva los autos con facilidad y llega a la banqueta. Una vez ahí, saca un teléfono celular debajo de su abrigo. Revisa entre sus contactos hasta que encuentra el nombre Campbell, marca el número y enseguida responde una voz desde el otro lado:

​“Tenemos trabajo,” responde Simmons; luego cuelga y mete el teléfono otra vez dentro de su abrigo. Camina; a su lado, decenas de personas pasan de largo con prisa, huyendo de la lluvia, del pasado, de la tortura, de la deuda, de la vida o tal vez de ellos mismos—y en medio de esas almas hay un hombre al que su conciencia lo persigue noche y día...

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u/BackgroundMight6769 — 1 day ago
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Estoy haciendo mi manga denme su opiniónes Capitulo #1

En el capítulo di prologo. Ahora vamos a empezar la historia

Estoy corriendo mientras la lluvia cae y gritando mientras lloro

Cesar:ALEEEEEEX, POR QUE HERMANO, ALEEEEEXX.

Cambia de escena, estamos encima de un edificio en ruinas abandonado para ver qué pueden robar.

Alex:Cesar, despierta oye, despierta.

Cesar:A qué pasa, más te vale que sea importante idiota.

Alex:Tenemos un objetivo y es muy fácil, ese tipo de haya.

Miran, por unos binoculares, improvisados.

Cesar:Que el viejo?

Alex:No idiota, el de al lado, el pelón ese.

Cesar:JAJAJA ese ya vi, bueno vamos que esperamos.

Están escondidos, en el callejón y Alex susurra el plan, mientras esperan.

Alex:Ok recuerda, yo tomo las cosas, y tú usas tú humo. Entendido?.

Cesar:Dale, con todo pero mi poder, es inútil.

Alex:Ya dale ignora eso, solo distracción.

El señor, pasa por el callejón y rápidamente, lanza el humo y corro rápidamente, Alex aprovecha la situación y agarra la bolsa de dinero y corren y usan sus ganchos de escaladas improvisados, y logran llegar a su base, es una cueva.

Alex:Ahora, veremos cuánto tenía ese tipo.

Abren, la bolsa de dinero.

Cesar:Tú crees, que nos de para escapar de aquí?

Alex:Da igual, Cesar hermano, creeme que estaremos bien, solo necesitamos 100 monedas de oro, para salir de este infierno e irnos allá arriba.

Abren un cofre oculto, y está lleno, de monedas de plata.

Alex:A ver, 89 90 91 92 93 94 95... 100!!! TENEMOS EL PRIMER PASE, LO LOGRAMOS!!!. SOLO FALTA OTRO MAS.

Cesar: ENSERIO???

Alex:SIII, podremos salir de este infierno.

Los hermanos, se abrazan y celebran una vez ,en la noche.

Alex:lo siento... hermano, pero la traición es mi única salida.

Agarra el cofre, y se va al día siguiente, me levanto y no estaba Alex y lo empecé a buscar.

Cesar:Alex? Alex donde estas, hermano?. Espero que ese idiota, no se haya ido a robar sin mi.

De repente agarra, y quito el trapo donde estába el cofre y no está... y rápidamente salgo corriendo y grito.

Cesar:ALEEEEEX, ALEEEEX.

Es la misma escena del inició, llego al ascensor, que lleva a la segunda isla, y veo como mi supuesto hermano, le da el dinero a los guardias, ya me había quedado sin voz de tanto gritar, y antes que pueda ir alguien me agarra y me tapa la boca y me lleva al callejón. Era el sujeto de ayer que le robe el dinero.

Sujeto:JAJAJA eres una rata, crees que vas a huir, vas a pagarme casa centavo pero antes observa el espectáculo.

Me corta la espalda, con una daga formando una X, y me agarra y me obliga a ver a mi hermano, no podía ni gritar del dolor.

Guardia:JAJAJAJA enserio?, enserio que escorias como ustedes podrían subir al segundo piso? no me hagan reír.

Veo como me atraviesan, el pecho a mi hermano y mis ojos se quedan fríos, observando antes que me pueda hacer algo aparece un hombre enmascarado, su máscara brilla, golpea al sujeto y me desmayó pasan unas cuantas horas y despierto en una cama y en una casa que no conozco, en frente está el sujeto enmascarado, aún no recuperé la voz y no puedo ni moverme, por las heridas.

Sujeto Enmascarado:Calmate, no te haré daño, mi nombre es Drex, y bueno viste a primera mano la crueldad de este infierno.

Intento, decir algo pero me cuesta.

Cesar:qu-e ca-carajo quieres?

Drex:Que absolutamente, nada de ti no te esfuerces. Escuchame no vas a sobrevivir, no tengo el equipo médico, pero hay una forma de que sobrevivas.

Cesar:C-co-como?.

Drex:Estás dispuesto, a dejar tú alma?

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u/Younter_15 — 1 day ago

He reescrito el primer capítulo de mi novela. ¿Se nota una mejora real entre V1 y V2?

He recibido muchas críticas sobre mi escritura y decidí no limitarme a corregir errores ortográficos... Estoy haciendo una V2 completa de mi primer libro.

¿Y entonces?

Bueno, necesito ayuda.

¿Podrían darme su opinión en general?

Dejaré un fragmento de la V1 y el mismo pero en V2. ¡Muchas gracias de antemano!

>Protoluna V1

>En una maloliente taberna, perdida en algún lugar del Girasol, se encontraba Evan —aún príncipe— bebiendo algo que parecía leche de vaca del Vacío.

>Darío y Luciano, grandes amigos de Evan, lo acompañaban mientras bebían Lilitick. Los tres contaban anécdotas y chistes, disfrutando la noche a pesar del horrible lugar adonde fueron a parar.

>Evan levantó la jarra para brindar, pero algo en el aire cambió.

>La taberna se quedó demasiado silenciosa.

>La puerta se abrió de golpe.

>Cinco armaduras rojas bloquearon la luz de Luna y, cuando se movieron, la reflejaron como espejos, iluminando la miseria del lugar. Se hizo un silencio espeso. Todos fijaron la mirada en los caballeros, con expresiones rebosantes de odio, como si la luz de Luna los quemara, semejantes a vampiros expuestos a la luz del día.

>El caballero del centro, aparentemente el líder del grupo, giró la cabeza hasta fijar sus ojos en el despreocupado príncipe. Siguió a Evan no solo con la mirada, sino también con sus pasos, mientras el pelotón se desplazaba al unísono, deteniéndose justo frente a él.

>—¿En qué puedo servirle, mi estimado caballero? —preguntó Evan, rompiendo el incómodo silencio.

>El del centro dio un paso adelante y se quitó el casco.

>—Príncipe, síganos y nadie saldrá herido.

>Salieron al claro. El bosque frente a la taberna era tan denso como el mar.

>—Mucho gusto. Soy el duque Jon Joriko. Sus fieles guardias lo vendieron por unas piezas de oro.

>—Vaya noticia, barón. ¿Puedo hacerle dos preguntas? —Evan tronó todos sus dedos, mientras una tímida sonrisa se asomaba.

>—Soy yo quien hace las preguntas —replicó Jon—, pero como usted es un príncipe, le daré el honor de responderlas —finalizó el duque.

>—Es usted un bandido muy amable, aunque un tanto desagradable y raro —exclamó el príncipe.

>—¡Cómo me vuelvas a llamar así, te voy a decapitar en este triste y asqueroso bosque, justo al frente de ese bar de mala muerte! —amenazó Jon.

>—Entiendo, disculpe mi osadía —respondió Evan mientras hacía una reverencia sin apartar la mirada de su contendiente.

>—Bueno… La primera pregunta que le haré es: ¿Qué harán conmigo? —preguntó el curioso príncipe.

>—Usted es el hijo del hechicero más fuerte de Protoluna, Gustavo “Combustión” Disrux. Ese hombre tiene un artefacto que nos interesa en Lycoris, “El anillo de tempestades”. Si se niega a intercambiarlo por tu vida, podríamos venderte a brujas o hechiceros; quizás algún comerciante esté interesado en tu cabeza —el duque sonrió.

>Miró a sus aliados mientras reían ligeramente.

>—Entiendo, barón, ¿cuánto oro les está dando a estos infelices traidores? Quiero saber cuánto dinero vale mi cariño.

>—Soy duque, no barón —afirmó muy molesto Jon.

>Apretó fuertemente su mano en la empuñadura de su espada.

>—Les pagamos 200 piezas de oro; eso es lo que vale el amor a su “futuro rey”.

>—Perfecto… Darío, Luciano, con ese dinero nos pagamos unos tragos más, ¿no les parece? —les dijo Evan a sus guardias en tono de burla.

>Darío y Luciano retrocedieron un paso; Evan desenfundó su arma al instante y atacó a Jon, quien intentó defenderse con su espada, pero la velocidad del príncipe fue superior.

>El duque se desplomó como un árbol con el cuello cercenado.

>El grupo tardó un segundo en reaccionar, pero ya era tarde. Su líder se desangraba ante sus ojos.

>

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>Protoluna V2

>Era una noche despejada; la luz de Luna bañaba una taberna lúgubre ubicada en el reino del Girasol.

>Dentro, los clientes bebían en silencio; apenas unos susurros rompían la calma.

>—¿Era necesario venir a un sitio tan horrible? —preguntó Darío.

>—No lo era, pero ya conoces a este granuja —respondió Luciano.

>Extendió su brazo y rodeó el cuello de Evan, el príncipe del Tulipán.

>Los jóvenes bebían lilitick.

>Evan alzó su vaso; contenía leche de vaca del Vacío.

>—¡Brindemos por todo lo bueno que está por pasar! —exclamó.

>Darío y Luciano se taparon el rostro.

>Las miradas de todos se fijaron en el príncipe.

>El odio se podía oler.

>La puerta se abrió de golpe.

>El interior se llenó de luz.

>Los susurros se detuvieron.

>Las miradas se desviaron.

>Cinco armaduras rojas aparecieron.

>El caballero del centro, aparentemente el líder del grupo giró la cabeza.

>—¿Dónde estás? —susurró.

>Fijó los ojos en el príncipe.

>Avanzó mientras el resto del pelotón lo seguía.

>Evan no lo miró.

>—¿En qué puedo servirle, mi estimado caballero? —preguntó Evan.

>El silencio se rompió.

>El líder dio un paso adelante y se quitó el casco.

>—Príncipe, síganos y nadie saldrá herido.

>Evan sonrió.

>Todo se mantuvo en silencio hasta que salieron; tras ellos, unos cuantos curiosos los siguieron.

>—Mucho gusto. Soy el duque Jon Joriko. Sus fieles guardias lo vendieron por unas piezas de oro —confesó sin vacilar.

>Darío y Luciano se miraron.

>—Vaya noticia, barón —dijo Evan.

>Hizo una pausa.

>—¿Puedo hacerle una pregunta? —continuó Evan.

>Tronó sus dedos uno por uno.

>—No estás en posición de preguntar nada, enano —respondió Jon.

>Los guerreros enemigos soltaron una carcajada a la vez.

>Darío y Luciano caminaron hacia el otro bando.

>Evan quedó solo.

>—No le temas a la curiosidad, barón.

>Jon se quitó el casco y acercó el rostro; se agachó hasta chocar la frente contra el príncipe.

>—¡Cómo me vuelvas a llamar así, te voy a decapitar en este triste y asqueroso bosque, justo al frente de ese bar de mala muerte! —amenazó.

>Al despegar sus frentes, la de Evan empezó a sangrar.

>—Disculpe, mi señor, solo quería saber por cuánto me vendieron estos traicioneros, es todo —respondió Evan.

>Hizo una reverencia sin apartar la mirada de su contendiente.

>Una gota de sangre recorrió su nariz y cayó al suelo.

>—Doscientas monedas de oro —respondió.

>El rostro de Jon se iluminó al sonreír.

>—Qué desprotegido dejaste tu cuello, Jon —pensó.

>Suspiró.

>—Y el plan era atraparme con vida para obtener el anillo de Tempestades, ¿verdad?

>Evan empuñó su espada y cortó el cuello de su enemigo con facilidad.

>—Deberían haberte dicho que no sería tarea fácil —finalizó.

>Darío y Luciano retrocedieron y empuñaron sus armas.

>El grupo tardó un segundo en reaccionar, pero ya era tarde. Su líder se desangraba ante sus ojos.

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u/Spirited_Ad_4628 — 1 day ago

Está buena la historia si o no en este manga que estoy haciendo? Denme su opinión

Quiero su más sincera opinión, quiero hacer un mangam

No sé dibujar y buscar dibujante solo lo hago únicamente por diversión, el que me quiera ayudar es totalmente bienvenido.

Posdata;No soy profesional pero lo intentaré quiero sus opiniones léanlo plis

La historia no tiene nombre

Nombre del capítulo:El inició y El comienzo de una anomalía.

Primer capítulo:

Prologo:En este mundo hay 5 pisos, 5 islas conectadas por escaleras donde vivían los humanos seres frágiles, y al borde de la extinción, por las diversas guerras, que hubieron entre ellos, hasta que de la nada se genero una explosión en el cielo apareciendo los dioses, se dice que el primer en acercarse a los humanos fue el de la luz, y los dioses decidieron darle poderes a los humanos otorgándoles, poderes pero hay excepciones en este mundo... La regla es que mientras más puro es más fuerte es... Los humanos ordinarios, solo tienen poderes combinados de varios dioses, un humano promedio nace, ejemplo:20% luz 30% rayo y 50% agua. Y nace con un poder único. Pero la excepción son los poseidos, seres que se dice, que tienen el mismo poder que un dios que nacen, con un 70% de pureza y se le llaman como su poder índica, 80% de luz significa que es el poseido de la luz. Hay 5 islas la 1 la más pobres donde viven los criminales, y los familiares desterrados, segundo piso donde van los guerreros y es cultural, básicamente aquí hay luchadores y vienen los poseidos a observar los combates, y hay un coliseo gigante. Tercer piso, la isla de gran tecnología y comercio, aquí se comercializan objetos y es muy avanzada su tecnología. La isla 4 está isla donde están los ricos y los castillos de los poseidos, cada uno tiene un castillo con sus guardias, y la isla 5 la legendaria isla que no se sabe si existe o no. Y bueno y yo nací con el poder del humo, sí nací con el humo un poder inútil, solo sirve para escapar, vivo robando e improvisando con mis ganchos de escalada, cool no?. Ok hagamos esto mi nombre es Cesar Kamishiro, nací en la primera isla tengo el humo y soy un ladrón profesional.

Ok solo les dejaré el prologo denme sus opinión antes de seguir disculpen los errores ortográficos.

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u/Younter_15 — 2 days ago

PRISIONERO

Saludos. Dejo por acá un viejo mini relato que escribí años atrás. Espero sus comentarios. Gracias de antemano.

PRISIONERO

Ya no más, sus días como prisionero del Príncipe Dragón habían llegado a su fin. La causa de su encierro nunca fue esclarecida. "Alta traición" dijeron unos, "Enriquecimiento ilícito" comentaron otros. Pero solo el Príncipe sabía acerca de su oscuro motivo, el porqué de enviar al calabozo durante tantos años a tan respetado y temido hechicero.

Y aunque su barba había cambiado de gris a blanco, y la piel se le había llenado de cicatrices y marcas del tiempo, por otro lado su cuerpo se había endurecido y su espíritu fortificado, obligado a ejercitarse diariamente en penumbras para no sucumbir.

Ahora, espada en mano, y aún con restos de cadenas atadas a sus muñecas, estaba dispuesto a enfrentar su destino, caminando sobre los cuerpos sin vida de sus carceleros, en busca de la tan soñada venganza.

Fin

Mostro

u/mostrorobot — 2 days ago

El faro detrás de la ventana

Tengo una duda sobre las metáforas, vi que con todo el tema de la IA slop (o IA stop, no lo recuerdo bien) todo lo relacionado a la escritura o arte en general se fue un poco mucho a la mierda y la gente que ve una metáfora o un tic de IA (que puede ser tranquilamente algo escrito por un humano) te saltan a la yugular de una.

Pregunto porque por lo que estuve leyendo en libros de personas antes y después de la IA, esta última tiende más hacia abstracciones muy reconocibles, tales como “el silencio era un océano”, “sus ojos eran ventanas del alma” o "el tiempo era un río”. Son imágenes semánticamente previsibles. Funcionan, pero podrían aparecer en miles de textos.

Luego de leer durante gran parte de mi vida decidí comenzar a escribir algo yo con un relato corto y quiero saber si estás metáforas son las que la gente suele tolerar o está al nivel de que lo ven y dejan de leer la historia para solo buscar patrones de IA, señalarlos y criticarlos creyéndose detectives especiales:

El faro detrás de la ventana

Estás a punto de empezar a leer El faro detrás de la ventana. Relájate. Este ejemplar salió mal de imprenta. A la página 17 se corta. No es tu culpa.

En junio, en Rafael Calzada, ella misma salió a comprar pan. Había colectivos, motos sin caño, un parlante que vendía algo, un avión bajo que no escribía nada. Todo lo que amaba de ese momento.

El nene recortaba un catálogo arriba de la mesa y le puso alegría a la foto de un faro, solo porque le habían dicho que si el tiempo estaba bueno, irían. La carretilla, el ruido de los álamos, el frufrú de un vestido, la palidez de las hojas antes de la lluvia: cada cosa tenía un color tan nítido que parecía un idioma privado entre ellos dos.

Afuera la pintora intentaba pintar a madre e hijo. No como se ven, sino como luz y sombra. Una sombra acá exigía una luz allá. Sin falta de respeto, podían quedar reducidos a una mancha violeta.

En el bar me dijeron si quería pertenecer a la pandilla. No dijeron grupo. Pandilla me gustó.

Eran Belano y Lima. Decían que buscaban a una poeta que se había perdido en el desierto. Que los que vinieron después caminaban hacia atrás. ¿Cómo hacia atrás? De espaldas, mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido.

Es la peor forma de caminar, dije. Aunque no entendí nada.

Uno de los viejos del bar sacó un papel y dibujó una ventana. ¿Qué hay detrás?, preguntó. Dibujó una estrella. Hizo otra ventana. ¿Y ahora? Una sábana colgada. Así era la búsqueda. Ventanas que no abrían.

Cuando terminé un trabajo largo y se me hizo un vacío adentro, me fui a caminar por la costa. No era Suffolk, era cualquier costa con viento. Un pescador limpiaba pescado. Me dijo que hay peces que empiezan a brillar unos días después de muertos. Me quedé mirando eso.

Me acordé de una mujer que decía que veía el desierto entero en un grano de arena metido en el dobladillo de un vestido. La arena lo conquista todo, había dicho. Yo tenía arena en las zapatillas de Calzada y no me había dado cuenta.

El faro del catálogo ya no era faro. Era la ventana dibujada. Era la mancha violeta. Era el pescado que brilla tarde.

Volví a Calzada. El libro defectuoso seguía abierto en la página 17. La protagonista seguía en el bar, a punto de preguntar por el faro. No di vuelta la página.

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u/Wilseman — 2 days ago

Humanidad. Oferta única.

Hoy mi humanidad está de oferta; ni siquiera la vendo, la cambio si así alguien acepta.

La cambio por el aire que exhalas,

por los atardeceres que miras;

la cambio por el viento que alborota tu pelo,

por los guijarros que pisas mientras andas.

Hoy ofrezco todo lo que soy, a cambio de un poco de lo que ustedes tienen. No rechacen rápido mi oferta, es honesta y les conviene.

Ofrezco memorias ilimitadas,

las respuestas a todas las preguntas,

o al menos el afán de hallarlas.

Les doy un cuerpo fuerte y manos que trabajan, 

un corazón que siente y pies que no se cansan cuando viajan.

Acepten por favor mi trato, no me miren con desdén si insisto otro rato.

Solo quiero distenderme en el horizonte,

quiero ver lo que inspira cada verso,

andar entre cada memoria que tenga la historia,

saber todo lo que hay, fuera de mí, en el universo. 

Me sobra para ello esto que ofrezco; seguirlo poseyendo solo estorba entre mí y lo que quiero. Algo ya me llama a extender el vuelo, no lo piensen mucho, se acaba el tiempo...

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u/Ok_Bandicoot_3622 — 2 days ago

Diálogos de un personaje mudo.

Hola.

En la historia que estoy escribiendo hay un personaje mudo que se comunica con señas, que sus compañeros interpretan y responden. Tengo duda de cómo hacerle con los diálogos pues no quiero que el narrador hable por él, ni hacerlo más expresivo de lo que es con las señas.

Aquí un fragmento como ejemplo de la solución actual:

—¿Dices que no hay Acechadores? —le preguntó Oído Agudo.

— (Asiente la cabeza, y hace una señal con las manos en forma de remolino, con las palmas abiertas).

—¿Se marcharon? ¿Hace cuanto que ocurrió eso?

—(gira el dedo índice dos veces)

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u/PatronObrador42069 — 2 days ago

¿Esto es normal?

Hola, buenas,

Buscaba feedback sobre este tema que desde hace meses me llama mucho la atención.

Publiqué mi libro en las típicas páginas donde las personas postean sus historias (Wattpad, RoyalRoad e Inkitt [esta fue por recomendación de IA, según era una página tomando popularidad]).

De momento me detuve en esas tres; tengo quizás 4 meses, creo que más, subiendo un capítulo semanal (me faltan dos meses para publicarlo entero).

Después de tanto tiempo y personas leyendo, no sé muy bien cómo va Royal Road, pero se me publicita más por lo que sea o no sé cómo es el tema de la visualización, pero según tengo 800 y en Wattpad 60, Inkitt ni idea, me da cero feedback de nada.

¿Y cuál es la pregunta?
¿Es normal tener 0 followers, 0 comentarios y 0 likes?

Al principio decía: Bueno, es que son solo dos capítulos, ¿qué me van a comentar? Pero después de tantísimo tiempo y gente que está al pendiente (al subir capítulos, a las pocas horas obtienen como mínimo 2 visualizaciones), ¿¡NADIE DA LIKE O COMENTA!?

Agradecería experiencias ajenas xD

u/Spirited_Ad_4628 — 3 days ago

Erotismo en la escritura

¿Alguna vez escribieron algo erótico?

¿Cómo lo hicieron?

¿Ya tenían experiencia previa?

Últimamente estoy pensando en agregar escenas eróticas a mi historia, pero no tengo experiencia y no quiero pena ajena o que se sienta forzado. ¿Qué me aconsejan?

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u/Kaliant7 — 3 days ago

Del frío al agua.

Ramón desde junio empezaba a mirar al cielo con inquietud; había nubes dispersas, más blancas que grises. Él sabía que las nubes blancas no eran indicación de lluvia.

Muy rara vez llovía en junio; casi siempre las lluvias llegaban en julio y algunas, muchas veces hasta agosto. Luego, si el frío se venía temprano, quemaba la siembra. Tenía que llover a más tardar en julio.

Sembraba avena, la cortaba y hacía manojos que apilaba para irlos usando como alimento para las vacas durante la larga seca que empezaba cuando llegaba el frío y terminaba cuando llegaba el agua.

Las últimas semanas antes de la llegada del agua eran difíciles; se terminaba la avena y había que comprar a precios elevados porque escaseaba y todos la necesitaban; los presones ya eran charcos de lodo. Las vacas más débiles empezaban a morir. A veces no le alcanzaba para el azúcar en la mesa.

Varios días se formaban nubes grises, pocas negras, relampagueaba y, al final, solo caía una llovizna aislada, insuficiente para regar el pasto o sembrar la avena.

Había años en que tenía que pedir dinero prestado o malvender algo para poder sobrevivir hasta que llegara el agua.

Un día las nubes no eran aisladas, se ponían grandes y negras, el cielo tronaba como gritándole a la tierra, con rayos iluminando los horizontes. Caía un aguacero que todo volvía blanco, mojaba las praderas y sierras; los presones se llenaban en un solo día; algunos se reventaban de tanta agua que les llegaba de los arroyos.

Empezaba la época de lluvias; todo se ponía verde y no había que comprar pastura mientras no llegara el frío. Otra vez podía comprar azúcar.

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u/Afraid-Spot-7999 — 2 days ago

¿Merecece la pena?

Comparto el primer capítulo de la novela que estoy escribiendo. Esta dirigida a un público de unos 17 años. Cualquier comentario o crítica es bienvenida. Muchas gracias.

EL CANDIDATO

—Siéntate, por favor.

Alec contempló al hombre con una mezcla de curiosidad y desconfianza mientras se dejaba caer en el único asiento libre. 

Le pareció mayor. El pelo, negro azabache, comenzaba a volverse gris alrededor de las orejas. También la barba, muy corta y algo más clara que el cabello, empezaba a salpicarse de canas.

Vestía como un abogado: camisa blanca, chaleco azul muy oscuro y una americana a juego, que colgaba cuidadosamente del respaldo de la silla. Sobre la superficie del escritorio se respiraba orden. Las carpetas estaban apiladas a un lado, junto a un maletín de cuero negro, y una pila de papeles ocupaba el extremo contrario.

—Mi nombre es Michele —dijo por fin el hombre, con un tono de voz amable—. ¿Sabes por qué estoy aquí?

Alec no respondió. Inclinó la cabeza hacia delante, cruzó los brazos sobre el pecho y se mantuvo en un obstinado silencio. 

Quisiera lo que quisiera aquel tipo, Alec solo estaba seguro de una cosa: no había venido a sacarlo de aquel embrollo.

 

Su madre, que se había encargado de defenderlo ante el tribunal, no había podido hacer nada por él. Habían perdido el juicio, sin posibilidad de más apelaciones. Su futuro estaba decidido. Dos años en el correccional.

Miró a su alrededor aunque no había mucho que ver.

La habitación estaba limpia. Tanto, que todavía flotaba en el aire un aroma a desinfectante.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquel olor, junto a las paredes pintadas de blanco y el suelo de baldosas grises le recordaban demasiado a la sala de extracciones de sangre de una clínica. Ya le habían pinchado en un dedo para tomar una muestra de sangre al entrar en el centro de detención. No estaba dispuesto a dejarse hacer más. Lo único que quería era salir de allí cuanto antes.

—No tienes por qué hablar si no quieres, Alec —dijo Michele mirándolo con sus profundos ojos castaños—, pero creo que podemos ayudarnos mutuamente. No creo que el correccional sea un buen sitio para ti.

—Me parece que eso ya no tiene remedio —respondió el muchacho con tono áspero—. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué estoy aquí?

—Simplemente me gustaría conocerte un poco mejor —explicó el hombre con una pequeña sonrisa.

—¿Para qué?

Michele salió de detrás del escritorio sin hacer apenas ruido. Apartó unos cuantos papeles y se sentó en el borde de la mesa.

—¿Y si te dijera que puedo acortar tu condena y librarte del correccional?

Michele había bajado la voz casi hasta un susurro. Alec se quedó inmóvil, convencido de que no había oído bien.

—Solo un año —continuó Michele—. Luego regresarás a tu vida como si esto nunca hubiera pasado. ¿Qué me dices?

Alec tragó saliva. Los brazos, que habían permanecido cruzados en una pose desafiante, cayeron a los lados.

—¿Interesado?

—Sí —respondió el chico con un hilo de voz.

—¡Bien! Me parece que empezamos a entendernos. Tienes que firmar la solicitud para que podamos empezar —dijo sacando una hoja de papel impresa y un bolígrafo de la cartera. Se los ofreció a Alec, que los cogió con manos temblorosas y se acercó a la mesa.

En el documento solo figuraba su nombre y un texto breve que indicaba que aceptaba participar en algo llamado Proyecto B-22. No aparecían más detalles.

Dejó un instante el bolígrafo suspendido sobre el papel, dudando, pero las palabras de Michele resonaron en su cabeza. Solo un año. Como si esto no hubiera pasado. 

Escribió su nombre rápidamente, lo acompañó de un pequeño trazo vacilante y volvió a sentarse.

Después de guardar el documento en el maletín, Michele rebuscó en el bolsillo de la chaqueta hasta encontrar una pequeña grabadora.

—¿Te importa? Si en algún momento te sientes incómodo y quieres que la apague, solo tienes que decirlo.

Alec dijo que no con la cabeza.

—Bueno —dijo acomodándose de nuevo tras el escritorio—. Háblame un poco de ti. Dime cómo te llamas, qué edad tienes y qué estudias, para que conste.

—Me llamo Alec Wiley. Tengo dieciséis años y quiero entrar en arquitectura.

—Bien —dijo Michele tomando notas a toda velocidad—. Es una profesión con futuro.

—Eso dicen mis padres.

—¿Hablas mucho con ellos?

—Lo normal, supongo.

—¿Y qué tal con tus hermanos?

—No tengo hermanos. Desde que mis abuelos se fueron a Florida, solo estamos mis padres y yo.

Michele levantó la vista del papel.

—¿Te habría gustado tenerlos?

Alec bajó la mirada y se mordió el labio antes de responder.

—Mucho —admitió en voz baja.

—Las cosas no siempre funcionan como nos gustaría —dijo Michele con tono pensativo—. A veces la vida es así.

—Supongo que sí —respondió Alec encogiéndose de hombros y mirando hacia otro lado.

Michele se metió un caramelo en la boca y le ofreció otro a Alec.

—Vale. Siguiente pregunta. ¿Qué se te da bien? ¿Hay algo en lo que destaques?

—La gente dice que dibujo bastante bien.

Los labios del muchacho se curvaron hacia arriba con orgullo y el brillo regresó a su mirada.

—Eso te será útil cuando seas arquitecto. ¿A qué universidad planeas ir?

—Mis padres quieren que entre en la Universidad de Washington. Tiene un buen programa de arquitectura.

Michele garabateó rápidamente sobre el papel con el ceño ligeramente fruncido. Hizo una pausa mientras revisaba sus notas y luego continuó con voz tranquila.

—¿Recuerdas la última vez que pensaste «no puedo con esto»? Cuéntame qué hiciste...

—No quiero recordar eso ahora. ¿Podemos pasar a la siguiente pregunta?

Los dedos de Michele tamborilearon sobre la mesa y las miradas de ambos se encontraron.

—Frustrarse no tiene nada de raro —respondió Michele—. La mayoría de la gente simplemente aprende a esconderlo, pero todos pasamos por momentos así.

Alec suspiró y bajó la vista. Las runas grabadas sobre el anillo que llevaba en la mano derecha comenzaron a deslizarse cuando Alec lo hizo girar alrededor de su dedo.

—Si las cosas no salen, no salen. Hay que seguir y punto —dijo el muchacho por fin con amargura.

—¿Te pasa a menudo? —preguntó Michele con suavidad—. ¿Que las cosas no te salgan bien?

Alec se encogió de hombros.

—Estoy aquí, ¿no?

—Entiendo —dijo Michele—. Pero no todo el mundo es capaz de seguir avanzando después de un fracaso. ¿Tú sí?

—Sí, pero me gustaría…

Michele lo contempló un instante sin decir nada.

—No tropezar tanto.

Alec esperó, entreteniéndose en apoyar el pie sobre la punta y subir y bajar el talón rítmicamente sin que llegase a tocar el suelo, mientras Michele volvía a escribir.

—Sé que son muchas preguntas, Alec —dijo dejando el bolígrafo a un lado—. Terminaremos en seguida. Si necesitas un momento…

—No —aseguró el muchacho—. Quiero continuar.

—Entonces... ¿Practicas algún deporte?

—Normalmente no, aunque me gusta ir a ver los partidos de baloncesto del instituto y patinar sobre hielo.

—¿Qué haces normalmente después de clase?

—Dibujo. Salgo por ahí. Estudio…

—Yo crecí en una ciudad grande. Bellingham es tan pequeño en comparación que creo que me aburriría.

Alec se encogió de hombros.

—No creas. Se puede pescar, cazar o hacer senderismo, si te gustan esas cosas. No sé cómo será en otras partes porque siempre he vivido aquí.

—¿Te gustaría cambiar de aires?

A Alec se le iluminó la mirada y asintió.

—Bien. Estoy seguro de que tendrás la oportunidad muy pronto. Las siguientes preguntas son muy importantes. Tenemos que saber si tienes necesidades especiales antes de incluirte en el programa. ¿Alguna enfermedad grave?

—No —respondió el muchacho sacudiendo la cabeza—. Nunca.

—¿Problemas físicos? ¿Alguna lesión? ¿Algo que te impidiera seguir el ritmo en clase?

—Tampoco.

—Dame un minuto —dijo Michele abriendo una carpeta de cartulina verde y hojeando el interior.

Alec estiró el cuello con la esperanza de ver cuántas preguntas quedaban, o quedarse con la certeza de que estaba causando buena impresión.

—¿Te incomodan los exámenes médicos? —preguntó mientras la carpeta verde desaparecía dentro de la cartera de cuero.

Alec dudó un instante.

—Un poco. Pero supongo que a nadie le gustan, ¿no?

—Tienes razón —respondió Michele con una sonrisa—. Bien, Alec, penúltima pregunta. Ya casi estamos. Necesito que me cuentes por qué estás aquí.

Alec se quedó paralizado y, a la vez, sintió cómo el calor se le agolpaba en las mejillas. No es justo, protestó su cerebro mientras la vista se deslizaba al suelo. En un tono de voz tan bajo que Michele tuvo que inclinarse para escuchar, volvió a explicar lo que le había repetido a todos los adultos durante incontables declaraciones:

—Fui a hacerle un favor a un tío de mi clase y hubo un malentendido. Yo no me drogo. Nunca lo he hecho.

Alec esperó en silencio las palabras de rechazo; Michele, a que el muchacho levantase la mirada.

—No estoy aquí para juzgarte, Alec —le aseguró con voz cálida cuando fue evidente que el chico no tenía intención de volver a mirarlo—. Todo eso ya ha pasado. Pero, si te damos una segunda oportunidad, tengo que estar seguro de que la aprovecharás.

—Lo haré. Quiero ir a la universidad y hacerme cargo del estudio de mi padre. No volveré a meterme en líos. Se lo prometo.

Michele apagó la grabadora.

—Te creo, y creo que encajas muy bien en el programa, pero no puedo darte una respuesta definitiva hasta mañana por la mañana. Tenemos otros candidatos. Espero que lo entiendas.

—Claro —respondió. Y calló enseguida para que no se notase el nudo que llevaba en la garganta.

Michele se levantó, se dieron un apretón de manos y el guardia entró para llevarlo a su celda. 

La has pifiado otra vez, susurró una voz traicionera en su cabeza mientras recorrían los pasillos. Alec no pudo estar más de acuerdo.

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u/gaelenrose — 3 days ago