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Primer capítulo. Novela esperpéntica españóla

Sinopsis: Un toro de lidia, una corrida, un torero no demasiado valiente, un apoderado sin escrúpulos y una casi ex-mujer decidida a todo. Agítese a ver que sale..........

Capítulo 1 — “Mantequita”

 “Mantequita” se despertó a las cinco y cuarto de la mañana.

No era una hora especialmente agradable, aunque, en una dehesa del sur de España, hubiese tenido su punto. Pero en su caso, el de un toro de casi quinientos kilos destinado a una corrida de San Isidro, la hora resultaba especialmente desagradable. Una hora de esas en que lo que les sucede a los toros lo decide gente que lleva muchas horas despierta y que, por lo general, ya no tienen demasiada capacidad para distinguir una buena idea de una solemne majadería.

El animal no estaba muy seguro de haberse despertado. Había estado soñando con la dehesa y con “Lucera”, la vaca más hermosa del rebaño, y se había espabilado a medias, con el sueño todavía enredado en la cornamenta y sintiendo como si las patas perteneciesen a alguno de sus hermanos y alguien, seguramente el aprendiz del mayoral, que no sabía más que rascarse los granos, se las hubiese puesto a él por equivocación.

Intentó acostarse otra vez, pero el suelo del cajón estaba demasiado frío y el movimiento de una de las puertas del pasillo le había hecho levantar la cabeza. Voces, pasos y el ruido de un cubo metálico rodando sobre el empedrado le habían convencido de que lo de dormir, en Madrid, era como una tarea imposible.

En realidad, y en el sentido más animal de la palabra, llevaba unas cuantas horas sin sentirse bien.

No sabía por qué, naturalmente. Los toros de lidia necesitan una cantidad considerable de cualidades como peso, figura, bravura y nobleza, pero no necesitaban entender de veterinaria. Para salir a una plaza llena con varios miles de personas que han pagado para ver cómo toro y torero realizan su jornada laboral, tampoco hacía falta un doctorado en Harvard ni nada de eso.

Sin embargo, si “Mantequita” hubiese podido opinar, seguramente habría pasado parte por enfermedad o, por lo menos, se habría tomado uno de esos días de libre disposición contemplados en el convenio laboral.

Viéndolo por fuera, nadie se hubiese imaginado su malestar, sobre todo, teniendo en cuenta que, para los fanáticos, la descripción de un toro bravo solía contener una dosis de admiración profesional que en otras especies no existía. Un cerdo era un cerdo, una oveja podía ser churra o merina, y un perro era de una raza o de ninguna. “Mantequita”, no. “Mantequita” era negro entrepelado y bragado, alto de agujas, bien armado y con una presencia que hacía que los empleados de la plaza se acercasen a él con un cuidado un poco mayor que el que ponían al acercarse a sus compañeros. Pesaba, exactamente, cuatrocientos noventa y cinco kilos de casta, pitones y bravura, pero no era algo a lo que le hubiese dedicado más de un pensamiento. Los toros no suelen preocuparse por los problemas de peso, el Índice de Masa Corporal, el índice de magnesio y de colágeno que solían desvelar a la mayoría de los humanos. Cuatrocientos noventa y cinco kilos no era un peso demasiado impresionante para un toro de su encaste —su propio padre, “Conmendador”, había pesado casi quinientos veinte antes de que las mulillas lo sacasen de la plaza, entre aplausos y pañuelos blancos—, pero sí lo bastante como para hacer que cualquier persona se lo pensase dos veces antes de ponerse en su camino.

Kilos aparte, aquella mañana, “Mantequita” estaba más interesado en encontrar una postura cómoda para descansar que en empitonar banderilleros y subalternos.

Desde el pasillo, Álvaro de la Torre, “El niño de la Oreja”, lo contemplaba con una aprensión bastante lógica. Había recibido la noticia del sorteo el día anterior, a las doce, tras el sorteo tradicional en el que habían estado presentes su representante y Matías, “El Explosivo”, su peón de confianza. La corrida, que debía haberse celebrado el día anterior, había tenido que ser aplazada por una intensa lluvia que estuvo a punto de inundar la Monumental. “Mantequita” y sus hermanos habían ganado un día más de vida gracias al cambio climático y “El niño de la Oreja”, veinticuatro horas más de angustia.

La conversación con Fulgencio Povedilla, su apoderado, había sido tensa.

—Ese toro tiene mal fario, Fulgencio —se quejaba Álvaro—. Además, es demasiado grande. ¿No podemos rechazarlo por talla alta o una cosa así? En serio, Fulgen. Eso no es un toro, es un paquebote con cuernos.

—Tampoco es tan grande, Álvaro —Fulgencio fumaba un puro del nueve largo y dejaba caer la ceniza en la montera de uno de los banderilleros—. Torres más altas han caído, chaval.

—Pues torres, no sé. Pero a ese bicho me voy a tener que subir a una silla para matarlo. Si no se me adelanta, claro.

Fulgencio suspiró. Tenía cincuenta y ocho años, una barriga amasada en comidas de negocios, jolgorios flamencos y celebraciones varias, y la paciencia de alguien que ha sobrevivido a siete toreros mediocres, cuatro divorcios y una inspección de Hacienda que, según él, había tenido más peligro que todos los toros que había visto en su vida, pero juntos.

—Venga, chaval, échale huevos

—Sí, para que me los pisotee mientras me va dando cornadas, ¿no?

Fulgencio se recostó en la silla. Había representado toreros puteros, toreros borrachos y drogadictos, matadores que no acertaban con la espada ni a la arena del coso… Pero el de la Oreja era el primer torero cobarde que le tocaba en suerte.

Suspiró y el humo del habano dibujó un signo de exclamación.

Hay había dos caminos, se dijo: o Álvaro terminaba aceptando el toro que le había deparado el sorteo, que se veía difícil, o empezar a hablar de las posibilidades de convencer al presidente de que el animal no estaba en condiciones, que tenía alguna clase de lesión que el veterinario no había notado, o cualquier otra solución que requiriese menos tiempo y esfuerzo que las anteriores.

—¿Y si el bicho estuviese más tranquilo?

—Hombre, si el toro está suavecito… Ahí la cosa ya cambiaría un poco.

—Bueno, chaval, pues tú fíate de mí, que ese toro va a estar mirando a la luna, aunque sea media tarde. Eso sí, esto te va a costar un poco más, ¿eh? A ver si vas a pensar que la comisión que me pagas da para goyerías…

El niño de la Oreja se encogió de hombros y la oreja ortopédica que le había servido de distintivo, estuvo a punto de caerse. Se la acomodó con cuidado. Su biografía taurina hablaba de la cogida de un Miura en la Maestranza, pero, en realidad, había perdido el apéndice original en una reyerta con un pescadero en Triana, a causa de una discusión sobre la frescura relativa de una pescadilla de ración.

 

Alguien, retrospectivamente, podría haber pensado en un plan. En una trama oscura que, sirviendo a oscuros intereses internacionales, había dado origen a todo lo que acontecería en adelante, pero la triste verdad era que no existía ninguna clase de plan. Fulgencio quería que su torero llegase vivo al final de la tarde y cobrar el porcentaje que le correspondía, Álvaro quería evitar el peligro que “Mantequita”, que a esa hora intentaba dormir en toriles, y la persona a la que el apoderado conocía para solucionar esta clase de asuntos andaba, en esos momentos, experimentando con una droga de diseño que él mismo había cocinado en la olla exprés de su madre.

“Mantequita” recibió la primera inyección poco después de la medianoche.

No fue una escena muy televisiva, que digamos. Mariano “el Temblores” no se había puesto la ropa negra de espía, porque pensaba que le hacía parecer más gótico que agente secreto, y a él, los góticos en general y su vecina Merceditas en particular (maquillaje blanco, ropa negra, ferretería por todo el cuerpo), no le caían nada bien. Tampoco se puso la bata blanca, porque su madre la tenía puesta en lejía, a ver si le sacaba esas manchas que la mujer no sabía que eran imborrables. “El Temblores” se coló en los toriles de la Plaza de las Ventas de trapillo, con los vaqueros mugrientos, la camiseta de AC/DC y la jeringuilla preparada.

El pinchazo fue un poco menos molesto que los de los tábanos de su dehesa natal, así que el toro se limitó a sacudir la cola y seguir soñando con “Lucera”.

Unas horas después, el mozo que hacía de vigilante de los animales, pasó frente a los corrales y se detuvo al verlo.

—¡Manué! ¡Ven pacá! —gritó, llamando a su compañero.

Manuel se acercó, todavía sosteniendo el tetrabrick de vino blanco “Don Ramón” que habían estado bebiendo. No era el primero, a juzgar por la trayectoria curvilínea con que el mozo se acercó al corral.

—Pa mi que estes está raro, ¿no?

—Tío, lo que está es sopa.

—Qué va a estar dormido, tronco. Este está flipao, te lo digo yo.

—Tú sí que estás flipao, chaval

—Que sí, tío

—A ver, Nando: ¿Tú eres veterinario?

—No.

—Pues eso. Déjate de toros flipaos y vamos a ver si el chino nos vende otro vino.

La cuestión, resuelta por necesidades más importantes, quedó olvidada poco después, tras la apertura de un nuevo envase de cartón.

 

A las siete de la mañana llegó Fulgencio, dispuesto a comprobar si “el Temblores” había cumplido con su parte del trato.

En el corral, “Mantequita” le pareció demasiado apático, casi con más vocación de felpudo que de toro bravo. El animal se encontraba peor de lo que debía y, si salía así al ruedo, lo más seguro era que lo devolviesen y sacasen al sobrero. Y si “Mantequita” imponía, “Tostao”, su primo, al que el sorteo había dejado de reserva, metía miedo solo con verlo. Si “el niño de la Oreja” veía salir al “Tostao”, lo más probable era que se muriese del susto. Y los muertos no pagan comisiones.

El apoderado se rascó la cabeza, añorando el pelo que ya no estaba.

Que un toro fuese blando era malo; que fuese manso, era peor. Pero que estuviese dormido, no había cómo agarrarlo. A un toro dormido no le arrancaban una faena ni “Manolete”, ni “el Gallo” ni el mismísimo “Belmonte” que bajasen del cielo ataviados de purísima y oro.

Se acercó un poco más a la barrera y “Mantequita” le miró con los ojos turbios.

—¿Este toro ha comido? —preguntó, a uno de los peones que ya rondaban por allí fingiendo estar ocupadísimos

—Algo habrá comido, digo yo.

—¿Cuánto?

—Un poco.

—A ver, chaval: que no soy el Jordi Hurtado ni esto es “Saber y Ganar”. Si te pregunto cuánto ha comido el animal, te pregunto cuánto. Kilos. Fardos de heno. Lo que sea.

El mozo sonrió.

—Unos cinco kilos.

—¿Y eso es lo normal?

—No lo sé.

Ahí fue donde el apoderado se dio cuenta de que lo que le hubiese pasado al toro era menos importante que el resultado de la Bonoloto de esa semana, y que los mozos que atendían a los animales seguramente habían sido contratados por su estrecho parentesco con el empresario que explotaba la plaza y que no iba a sacar nada en claro por más que los interrogase.

—A este bicho hay que espabilarlo —se dijo a sí mismo, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

—¿Qué?

—Yo no he dicho nada.

—Ya.

 

A las ocho de la mañana, minuto más, minuto menos, “Mantequita” recibió su segunda visita, esta vez con la intención exactamente contraria que la primera.

Joserra, “el Probeta”, se acercó al corral y, con lo que cualquier juez hubiese considerado agravante de alevosía, le inyectó al animal la segunda dosis.

—¿Ya está? —preguntó Fulgencio, mirando al animal, que parecía seguir en babia.

—Ya está —afirmó “el Probeta”, tendiendo la mano para recibir el pago.

—No se le nota nada. ¿Estás seguro de que va a funcionar?

—Segurísimo, don Fulgen —dijo el hombrecillo— Mire usted: esta mezcla la hago yo en casa y la pruebo con mi abuela, que tiene ochenta años.

—¿Y?

—Todavía está dando vueltas por el barrio, desde hace tres días, así que mire usted si da energías.

—A lo mejor no funciona con los animales.

—Usted dele un rato y va a ver cómo se pone la vaca esta.

 

A las nueve cuarenta, “Mantequita” levantó la cabeza de repente y embistió la puerta del corral, con un testarazo que resonó en toda la plaza. Un minuto más tarde, mugió con tanta furia que sus compañeros retrocedieron en sus corrales, acojonados, y el mismo “Tostao” reculó un poco en el toril.

 

Álvaro llegó media hora después. Se había afeitado dos veces, porque la primera no le había dejado satisfecho. La segunda le había dejado la cara enrojecida como si le hubiesen pillado robando manzanas. Su traje de raya diplomática lucía unas hombreras que le daban un aire de gánster de los años cincuenta.

—¿Dónde está el morlaco?

—En los corrales, Alvarito. ¿Dónde va a estar? ¿En la Opera?

—¿Y cómo está?

—Perfecto —contestó Fulgencio, sin dudar un instante—. Como lo queríamos.

—Vamos a verlo.

Álvaro siguió el pasillo hasta los corrales, frunciendo un poco la nariz por el olor a estiércol. Cuando “Mantequita” apareció ante sus ojos, lo primero que pensó fue que el apoderado le había mentido con respecto al tamaño del animal.

Lo miró con los ojos como platos y un leve temblor en las manos.

Por supuesto, el toro no había aumentado de peso ni de estatura durante la noche, pero un toro, visto desde una fotografía o una ficha de la ganadería, siempre parecía algo más manejable que cuando uno se lo encontraba de frente y se da cuenta de que el animal no solo dispone de cuatro patas y casi quinientos kilos, sino también de una cornamenta de más de sesenta centímetros de la cepa a la punta y casi un metro de punta a punta.

El torero se quedó mirándolo. El toro le devolvió la mirada.

—¿Es este?

—Este es.

—Pues no parece tan tranquilo…

—Hombre, ahora mismo, está más tranquilo que tú y que yo.

Álvaro se acercó unos centímetros a la barrera y observó la cabeza del animal, coronada con lo que le parecieron dos picas de las de los Tercios de Flandes. “Mantequita” giró una oreja y Álvaro retrocedió, como si le hubiese apuntado con las astas.

—Parece que me ha oído.

—Hombre, pues claro. Una cosa es estar tranquilo y otra que se quede sordo, ¿no?

—No me gusta, Fulgen.

—A ver, chaval. Que no hace falta que te guste. Lo que hace falta es que le des cuatro pases, lo mates a la primera y cortes orejas, que falta te hace un refrescón en la carrera.

—¿Qué le han dado?

—¿Qué le han dado de qué? —fingió sorprenderse el apoderado— Pienso compuesto y heno, me imagino.

—¿Y además de eso?

—Nada importante.

El matador prefirió no insistir. Había aprendido que algunas maniobras de su apoderado entraban en el orden de cosas que no convenía saber ni mencionar.

Fue entonces cuando se escuchó el sonido de unos tacones. Unos tacones femeninos que pisaban con tanta delicadeza como si las Wafen-SS hubiesen decidido calzar tacón de aguja para desfilar en el cumpleaños del Führer.

Fulgencio cerró los ojos un instante.

—No —murmuró.

Álvaro se volvió.

Carlota se acercaba por el pasillo con la tranquilidad de quien no tiene ninguna razón para encontrarse en un lugar y, además, le traen sin cuidado las consecuencias. Llevaba unas gafas de sol que ya hubiesen resultado demasiado grandes y oscuras afuera, donde el sol de Madrid empezaba a castigar las calles, pero que resultaban totalmente desproporcionadas en el interior de la plaza. Colgado de su brazo, un bolso de una marca que exclusiva que costaba más que seis meses de sueldo de un ministro. Lo sabía bien, porque lo había pagado él, poco antes de la boda.

La mujer sonrió y Álvaro pensó que, en ese momento, el toro era el menor de sus problemas. Su matrimonio, aunque técnicamente vigente, estaba prácticamente terminado desde hacía meses. Vivían vidas separadas, aunque seguían compartiendo abogados, la titularidad de varias propiedades, unos amigos que no los soportaban ni juntos ni por separado, y una cantidad considerable de portadas de revista donde aparecían sonrientes y hablaban de la solidez de su matrimonio.

—¿A qué has venido, Carlota?

—Buenos días a ti también, amorcito —contestó ella con una sonrisa tan falsa que dolía— Pues he venido a verte, pichurrín.

—Hoy toreo. No tengo ganas de broncas. Lo que tengas que decir, se lo dices al abogado, que para eso lo pago.

—No te pongas nervioso, pichoncito —contestó ella, sacándose las gafas y dejando a la vista unos ojos de un azul tan gélido que la temperatura en Madrid, o por lo menos, en la plaza, debió bajar un par de grados.

—No estoy nervioso.

—Claro que estás nervioso. Tienes la misma cara que antes de la boda.

—Ese día no estaba nervioso. Estaba drogado. Y creo que fuiste tú la que me dio la pastilla.

Fue en ese momento cuando Fulgencio, que ya había asistido a alguna discusión de la pareja, decidió que había una oferta imperdible de Cohíbas en Logroño y que no estaría nada bien desaprovecharla.

—Mira, cuando te casaste, le dijiste al cura que era para toda la vida —bufó la mujer— Ahora no vengas con detalles que si estabas drogado y cosas de esas, ¿vale? Bastante disgusto se llevó mi pobre madre cuando se enteró que habías abusado de mi pureza…

—Tu madre se quedó tan contenta cuando le compré el Mercedes y el apartamento en Torrevieja —saltó el torero, sin poder contenerse—. Y lo de tu pureza… Me callo, porque soy un caballero, pero creo que medio Lavapiés podría opinar sobre el asunto, si les preguntamos.

—Es un toro precioso —dijo ella, recurriendo al cambio de tercio, que sabía que dejaba siempre a su marido fuera de juego—. ¿Cómo se llama?

—“Mantequita”

—¡Qué ordinariez! —se quejó Carlota en tono burlón— Hay que ser hortera para poner esos nombres.

—¡Eh! ¡Que no se lo he puesto yo!

—No. Tú seguramente le hubieses puesto algo peor, como al pobre “Recesvinto”.

—“Recesvinto” es un gato. Y Recesvinto fue un rey godo importantísimo, que lo sepas. Que me acuerdo del colegio.

—Mira, no he venido a discutir contigo por el gato, sino por cosas importantes.

—Las cosas importantes las discute el abogado, que para eso nos cobra un dineral.

“Mantequita” embistió de nuevo los barrotes del toril, haciendo que incluso la pareja dejase de discutir y retrocediese un par de pasos. El animal estaba harto de los humanos y, encima, se encontraba bastante mal. En su último sueño, tras el segundo picotazo del tábano impertinente que rondaba el corral, había visto en sus sueños cómo “Lucera” se convertía en hamburguesas, lo que había sido malo. Lo de que las hamburguesas siguiesen queriendo copular con él en un escenario donde se mezclaba una hamburguesería humana con sus dehesas de toda la vida.

—Me largo, antes de que pongas histérico al bicho. Chao, Carlota.

—Eso, tú sal corriendo, como siempre…

Carlota esperó hasta que el torero desapareció por el pasillo y, entonces, volvió a mirar al toro con una expresión calculadora.

Si Álvaro estaba dispuesta a dejarla sin nada con un divorcio de tres al cuarto, ella no pensaba ponérselo fácil.

Abrió el bolso y sacó la jeringuilla que su médico, un doctor guapísimo y con bronceado del Caribe que se ocupaba de las crisis nerviosas de las famosas, le había preparado, y se lo inyectó al animal.

“Mantequita” decidió que el tábano se estaba pasando de listo y golpeó de nuevo los barrotes del toril, a riesgo de romperse los cuernos.

El veterinario de la plaza entró en ese momento, justo cuando la mujer hacía desaparecer la jeringuilla vacía en las profundidades de un bolso de cinco mil euros.

—Buenos días, señora —saludó el hombre, atusándose el bigote— ¿Qué? ¿Viendo a los animales?

—Pues sí, pero ya me iba. No quería molestar…

—Pero, señorita, si las mujeres bonitas no molestan —coqueteó el donjuán, intentando esconder la barriga y rogando que un golpe de viento no desbaratase los cuatro pelos con los que se cubría la calva—. ¿Ha visto ese toro? ¿Se ha fijado qué porte?

“Mantequita” bufó. Desde luego, no pensaba volver nunca más aquella plaza. Había tábanos, había malos sueños y, sobre todo, había un montón de humanos que no respetaban el descanso de los animales.

 

La plaza empezó a llenarse casi dos horas antes de que comenzase la corrida, a pesar del intenso sol que castigaba los tendidos. En los alrededores de Las Ventas se mezclaban aficionados que discutían acaloradamente sobre las cualidades de toros y toreros, turistas que habían decidido ir precisamente porque la agencia de viajes les había recomendado que no fuesen, y el acostumbrado número de personas que no sabían muy bien lo que hacían pero que habían recibido una entrada de regalo y les parecía muy desconsiderado no aprovecharla. Los bares de los alrededores trabajaban a pleno rendimiento y los camareros, acostumbrados ya al paisanaje que rodeaba las corridas, ya no intentaban distinguir entre los clientes que sabían de lo que hablaban y clientes que no sabían nada, pero que hablaban más alto que los demás.

Dentro de la plaza, Álvaro, vestido de nazareno y oro, rezaba en la capilla junto con sus dos compañeros de cartel. En el pasillo, Fulgencio revisaba horarios de las próximas corridas, precios de hoteles no muy caros y teléfonos de prostitutas de buen ver y caché moderado.

Afuera, Carlota ocupaba su plaza en el tendido de sombra, bien cerca de la barrera.

En los toriles, “Mantequita” esperaba, sin entender demasiado el alboroto que escuchaba. Por lo menos, pensaba, el tábano había dejado de molestarle de una puta vez. El animal estaba mareado y veía sombras donde sabía que no las había, pero, por lo demás, se encontraba estupendamente.

 

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