Flacos de no comer.

Eran flacos de no comer; la estatura de los hombres ha de ser como de un metro y medio, la de la mujer unos 20 centímetros menos. Sus caras demacradas, sin cachetes ni papada y con ojos saltones. Delgados que puedes imaginar a través de su ropa, sus clavículas y costillas marcadas por su piel morena. La cintura delgada, que parece que no hay cinto tan pequeño para apretar algo tan delgado.

Miguel trabajaba lavando carros en un autolavado, de esos que son un terreno con malla ciclónica para resguardar dos o tres botes de 200 litros donde almacenan el agua, unas conexiones eléctricas para las aspiradoras, un tejaban de lámina, un piso de cemento gris sin acabados y solo con las líneas anti cuarteadura. Siempre andaba con las manos mojadas y frías, con sus botas de hule negras y su franela roja. Había estado en Estados Unidos de mojado, pero lo deportaron y no le quedó otra que Latinoamérica para buscarse la vida.

En algún tiempo en el otro lado, logró ahorrar para cumplir uno de los sueños que cualquiera tiene: un automóvil. Era una camioneta pickup modelo 2009; la llamaba la negra. En esa camioneta se llevaba a pasear a la que él quería que fuera su novia, le compraba cervezas bien frías y de vez en cuando la invitaba a las gorditas. Estaba en un estado de activación dopaminérgica tan alto que se le ocurrió la grandísima estupenda idea de que ella lo ayudara a ahorrar. Le pasaba unos mil pesos cada mes, a veces menos, a veces más, según le fuera el mes. Su ilusión era juntar lo suficiente para comprarle algo bonito, qué tal una boda, por qué no.

Luego sucedió su desgracia, típico, ella quería a alguien más y se puso de novia. El dinero se lo había estado gastando, pues la idea del ahorro solo era de Miguel, no de ella. Cuando se dio cuenta de que había un tercero en discordia, quiso retirar su inversión; sin embargo, esta era ya entropía. Recurrió al viejo remedio de ingesta de alcohol hasta que su mente olvidó el dolor de su corazón. Entró a un estado de relajación extrema y su mente determinó que era adecuado desplazarse en la negra de la cantina a su casa. No fue una decisión adecuada; la negra terminó estrellada en un poste con daños tan extensos que tuvo que ser movida a empujones a un lugar donde no estorbara al tránsito. Ahora tiene telarañas en las llantas ponchadas, vidrios de polvo y de negra paso a color tierra.

Lo llevé a León; iba a visitar a su familia, tal vez a su madre, y los viajes en BlaBlaCar salen más baratos. Le dije que yo iba al aeropuerto, que si le quedaba bien. Cuando lo vi en el punto de encuentro, estaba en compañía de familiares o amigos que me hicieron algunas preguntas dado que no confiaban en el BlaBlaCar. Desde el principio del viaje le dije que no me tenía que pagar, que solo quería compañía en el viaje, pero cuando se iba a bajar del carro, sacó varios billetes de 500 pesos enredados; era una bola del tamaño de medio puño. Como iba en la parte de atrás, me pasó el billete y no se lo tomé; insistió varias veces en dármelo y, como me negaba a tomarlo, lo aventó y se bajó del automóvil. Según BlaBlaCar, el costo del viaje era de solo $120 pesos, por lo que me bajé y le dije que no era necesario el pago. Ahora Miguel era el que no quería tomar el billete; sin embargo, traía su chamarra a medio abrochar y aproveché y le puse el billete dentro. Me subí rápidamente al carro y me fui para el aeropuerto.

En otro viaje me tocó llevar a Johana, su esposo y una niña de unos 8 años. Tenían una fisionomía muy parecida a Miguel, flacos de no comer. Ellos iban a San Luis de la Paz y yo a Dolores Hidalgo a recoger unas tazas de Talavera que había mandado a hacer para el festejo de fin de año, que, para no usar desechables, sigo que pensando que esas acciones solo calman la conciencia y no buscamos una solución definitiva. En aquel viaje me tocó pasear por un pequeño taller de Talavera. Estaba lleno de estantes de piezas, todas en color blanco opaco con sus diseños en colores pastel muy bajitos. Hasta que no se hornean, toman esos colores vivos muy mexicanos con sus diseños folclóricos. Los hornos tienen lámina en el exterior, una fibra aislante y ladrillos refractarios por dentro. Meten estantes metálicos con las piezas para hornear con gas.

Todo el viaje se fueron callados y cuando les intenté sacar plática, solo me contestaba Johana un sí, un no o un no sé. Su esposo nunca pronunció una sola palabra; vestía de pantalón de mezclilla deslavado con roturas y un cinto con tachuelas color plata, una playera de metálica y una gorra con brillos. Los dejé en la central de camiones de San Luis de la Paz. Cuando le dije a Johana que no era nada por el viaje, se le dibujó una sonrisa enorme en su cara y me dijo: "Muchas gracias, que Dios lo bendiga.

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u/Afraid-Spot-7999 — 17 hours ago

Flacos de no comer.

Eran flacos de no comer; la estatura de los hombres ha de ser como de un metro y medio, la de la mujer unos 20 centímetros menos. Sus caras demacradas, sin cachetes ni papada y con ojos saltones. Delgados que puedes imaginar a través de su ropa, sus clavículas y costillas marcadas por su piel morena. La cintura delgada, que parece que no hay cinto tan pequeño para apretar algo tan delgado.

Miguel trabajaba lavando carros en un autolavado, de esos que son un terreno con malla ciclónica para resguardar dos o tres botes de 200 litros donde almacenan el agua, unas conexiones eléctricas para las aspiradoras, un tejaban de lámina, un piso de cemento gris sin acabados y solo con las líneas anti cuarteadura. Siempre andaba con las manos mojadas y frías, con sus botas de hule negras y su franela roja. Había estado en Estados Unidos de mojado, pero lo deportaron y no le quedó otra que Latinoamérica para buscarse la vida.

En algún tiempo en el otro lado, logró ahorrar para cumplir uno de los sueños que cualquiera tiene: un automóvil. Era una camioneta pickup modelo 2009; la llamaba la negra. En esa camioneta se llevaba a pasear a la que él quería que fuera su novia, le compraba cervezas bien frías y de vez en cuando la invitaba a las gorditas. Estaba en un estado de activación dopaminérgica tan alto que se le ocurrió la grandísima estupenda idea de que ella lo ayudara a ahorrar. Le pasaba unos mil pesos cada mes, a veces menos, a veces más, según le fuera el mes. Su ilusión era juntar lo suficiente para comprarle algo bonito, qué tal una boda, por qué no.

Luego sucedió su desgracia, típico, ella quería a alguien más y se puso de novia. El dinero se lo había estado gastando, pues la idea del ahorro solo era de Miguel, no de ella. Cuando se dio cuenta de que había un tercero en discordia, quiso retirar su inversión; sin embargo, esta era ya entropía. Recurrió al viejo remedio de ingesta de alcohol hasta que su mente olvidó el dolor de su corazón. Entró a un estado de relajación extrema y su mente determinó que era adecuado desplazarse en la negra de la cantina a su casa. No fue una decisión adecuada; la negra terminó estrellada en un poste con daños tan extensos que tuvo que ser movida a empujones a un lugar donde no estorbara al tránsito. Ahora tiene telarañas en las llantas ponchadas, vidrios de polvo y de negra paso a color tierra.

Lo llevé a León; iba a visitar a su familia, tal vez a su madre, y los viajes en BlaBlaCar salen más baratos. Le dije que yo iba al aeropuerto, que si le quedaba bien. Cuando lo vi en el punto de encuentro, estaba en compañía de familiares o amigos que me hicieron algunas preguntas dado que no confiaban en el BlaBlaCar. Desde el principio del viaje le dije que no me tenía que pagar, que solo quería compañía en el viaje, pero cuando se iba a bajar del carro, sacó varios billetes de 500 pesos enredados; era una bola del tamaño de medio puño. Como iba en la parte de atrás, me pasó el billete y no se lo tomé; insistió varias veces en dármelo y, como me negaba a tomarlo, lo aventó y se bajó del automóvil. Según BlaBlaCar, el costo del viaje era de solo $120 pesos, por lo que me bajé y le dije que no era necesario el pago. Ahora Miguel era el que no quería tomar el billete; sin embargo, traía su chamarra a medio abrochar y aproveché y le puse el billete dentro. Me subí rápidamente al carro y me fui para el aeropuerto.

En otro viaje me tocó llevar a Johana, su esposo y una niña de unos 8 años. Tenían una fisionomía muy parecida a Miguel, flacos de no comer. Ellos iban a San Luis de la Paz y yo a Dolores Hidalgo a recoger unas tazas de Talavera que había mandado a hacer para el festejo de fin de año, que, para no usar desechables, sigo que pensando que esas acciones solo calman la conciencia y no buscamos una solución definitiva. En aquel viaje me tocó pasear por un pequeño taller de Talavera. Estaba lleno de estantes de piezas, todas en color blanco opaco con sus diseños en colores pastel muy bajitos. Hasta que no se hornean, toman esos colores vivos muy mexicanos con sus diseños folclóricos. Los hornos tienen lámina en el exterior, una fibra aislante y ladrillos refractarios por dentro. Meten estantes metálicos con las piezas para hornear con gas.

Todo el viaje se fueron callados y cuando les intenté sacar plática, solo me contestaba Johana un sí, un no o un no sé. Su esposo nunca pronunció una sola palabra; vestía de pantalón de mezclilla deslavado con roturas y un cinto con tachuelas color plata, una playera de metálica y una gorra con brillos. Los dejé en la central de camiones de San Luis de la Paz. Cuando le dije a Johana que no era nada por el viaje, se le dibujó una sonrisa enorme en su cara y me dijo: "Muchas gracias, que Dios lo bendiga.

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u/Afraid-Spot-7999 — 1 day ago

Del frío al agua.

Ramón desde junio empezaba a mirar al cielo con inquietud; había nubes dispersas, más blancas que grises. Él sabía que las nubes blancas no eran indicación de lluvia.

Muy rara vez llovía en junio; casi siempre las lluvias llegaban en julio y algunas, muchas veces hasta agosto. Luego, si el frío se venía temprano, quemaba la siembra. Tenía que llover a más tardar en julio.

Sembraba avena, la cortaba y hacía manojos que apilaba para irlos usando como alimento para las vacas durante la larga seca que empezaba cuando llegaba el frío y terminaba cuando llegaba el agua.

Las últimas semanas antes de la llegada del agua eran difíciles; se terminaba la avena y había que comprar a precios elevados porque escaseaba y todos la necesitaban; los presones ya eran charcos de lodo. Las vacas más débiles empezaban a morir. A veces no le alcanzaba para el azúcar en la mesa.

Varios días se formaban nubes grises, pocas negras, relampagueaba y, al final, solo caía una llovizna aislada, insuficiente para regar el pasto o sembrar la avena.

Había años en que tenía que pedir dinero prestado o malvender algo para poder sobrevivir hasta que llegara el agua.

Un día las nubes no eran aisladas, se ponían grandes y negras, el cielo tronaba como gritándole a la tierra, con rayos iluminando los horizontes. Caía un aguacero que todo volvía blanco, mojaba las praderas y sierras; los presones se llenaban en un solo día; algunos se reventaban de tanta agua que les llegaba de los arroyos.

Empezaba la época de lluvias; todo se ponía verde y no había que comprar pastura mientras no llegara el frío. Otra vez podía comprar azúcar.

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u/Afraid-Spot-7999 — 2 days ago

Día de playa

Ella sintió esa sensación de ver el esfuerzo de un ser humano para su comodidad. Verlo allí, esforzándose, pedaleando la bicicleta vieja y oxidada. En las subidas, la sensación era más incómoda. Ella le preguntaba si estaban muy pesados; él decía: "No, para nada, están ligeritos”. Se limpiaba el sudor con una toalla blanca, y se podía ver cómo movía su torso hacia adelante para hacer más fuerza en las piernas. Vestía con una playera polo, pantalones cortos a la rodilla y unos tenis de fútbol viejos. Era flaco, alto y negro.

Muchas cosas que se disfrutan tienen sudor de muchas personas y animales; algunas incluso tienen sangre, pero no es fácil de ver. Se disfruta de un pedazo de pollo, pero no quieres ver cómo lo engordan encerrado en el calor, asesinado cortándole el pescuezo; se desangra en un cono para después ser metido al agua caliente y quitarle las plumas; después es cortado para sacarle las tripas. Se amontona con otros cadáveres y es llevado al mercado. Las azafatas trabajan en horarios o muy temprano o muy tarde. Repetir N mil veces las recomendaciones de seguridad: cómo abrochar el cinturón, la bolsa de aire; si se necesita, primero póngase la máscara y luego auxilie, el chaleco salvavidas, cómo se infla jalando el cordón o soplando el tubo rojo. Y así todos los días escuchar el mismo audio de las instrucciones al menos 4 veces al día. No hay sudor ni sangre; hay rutina, náusea y muchos días lejos de casa.

Llegaron a la parada del camión buscando el que salía a la playa que les habían recomendado. En los letreros estaban varias playas, pero no la que buscaban; había un camión con dos turistas europeas a bordo; el camión se veía en buen estado, pero el chofer no estaba. Se acercó una persona y les preguntó a dónde iban. No, no vayan a esa playa; está mejor Mar Azul. En camión, ida y vuelta cuesta 40 dólares; en taxi a Mar Azul son 30 dólares ida y vuelta. Él pensó: Vamos, sirve de conocer otra playa.

Caminaron hacia donde estaba una fila de automóviles clásicos de varios colores llamativos, unos descapotados y otros con cubierta normal. El taxi era un Chevrolet 57 con cubierta bien conservado, de asientos en buen estado, aire acondicionado y motor moderno con transmisión automática. El viaje duró unos 40 minutos hasta la playa; era una carretera de tres carriles sin baches ni topes; bien podría ser una autopista de primer mundo. No se podía ir muy rápido; las multas son muy severas y hay dos o tres puestos de policía en el camino.

El taxi se estacionó al lado de una plaza tipo parque sin árboles ni bancas; era un cuadrado de unos 500 metros con vegetación natural cortada para mantenerla pequeña, y rodeada de banquetas de cemento. Del otro lado había una entrada a la playa que era un pasillo de arena sin la abundante vegetación de la zona. A la entrada estaban tres jóvenes de color; el taxista les dijo que ellos los atenderían para sombrillas, sillas, camastros, comida y bebidas en la playa; como habían acordado durante el viaje, el taxi regresaría por ellos a las tres de la tarde. Caminaron unos cuantos metros y llegaron a una playa no comercial, típica del Caribe, con arena muy suave, color claro y agua color turquesa. Tal vez así era Cancún antes de la llegada del occidente.

Ese día había mucho viento y el mar estaba picado. Sentían cómo sus pestañas eran aplastadas por el fuerte viento; un día tranquilo hubiera sido más agradable; sin embargo, no tener calor y el asfixio de la humedad era algo que apreciaban y disfrutaban. Se acomodaron en camastros para disfrutar de la vista de la playa caribeña; todo era agradable, excepto por unos turistas blancos adultos que jugaban en la playa; y una vez que se fueron, todo fue perfecto. El mesero trajo el menú y ordenaron pescado y langosta. Los precios eran caros, eran precios casi de palapa en playa mexicana. El mesero preguntó si querían comer allí o en un lugar con más resguardo para el viento; eligieron el resguardo. Hubiera sido imposible comer con ese viento sin que volaran servilletas, vasos, arroz, ensalada y pescado por toda la playa.

Pensaron que comerían en el restaurante que estaba a un lado de la plaza; sin embargo, llegaron a una mesa que estaba justo saliendo de la playa donde empieza la frondosa vegetación. La sombra era proporcionada por un arbusto gigante de hojas grandes del tamaño de tres manos abiertas. La mesa estaba sin mantel, era de plástico blanco, de 4 plazas, y con dos sillas de jardín en la arena. No había adornos románticos ni fetiches, solo lo necesario, un par de juegos de cubiertos envueltos en una servilleta de tela simple pero práctica. El viento se dejó de sentir en ese lugar que aún tenía una vista agradable al mar.

La comida tenía un sabor diferente y agradable, ambos platillos con tostones de plátano, arroz y vegetales; no tenían lechuga ni tomate. Para beber, ella pidió una Coca-Cola que terminó siendo Pepsi; él pidió una cerveza local, mas no artesanal; esas no le caían bien a su estómago. Después de comer, fumaron uno o dos cigarros de una marca británica a falta de una marca local y decidieron regresar a la playa; el viento había disminuido y ahora llegaban brisas repentinas que no eran intensas para fastidiar, ni ligeras para no mojar.

Se relajaron un rato en la playa, platicaron de cómo se puede hacer un cenicero con una lata de cerveza o un salero con dos latas de cerveza. Las cortas por la mitad, desechas la parte de arriba y a una de las mitades le haces un corte para que embone en la otra mitad. Después de un rato pidieron la cuenta; cuando llegue la libertad y el progreso, ¿quiénes van a ser los meseros? Al parecer, para disfrutar del servicio de un mesero, se requiere de personas en condiciones de vulnerabilidad económica. El mesero trajo la cuenta y había dos conflictos matemáticos. Primero, los precios eran más altos que los del menú y, segundo, la suma daba más que haciéndola con un celular hecho en China con capital occidental.

El mesero dijo: “Disculpen, voy a revisar con la cajera”. Se alejó un poco e hizo ajustes a la cuenta; ahora tenía los precios de la carta, pero la suma aún era más alta. Lo que pasa es que ya incluye la propina del diez por ciento, dijo. Cómo sumar y multiplicar al mismo tiempo es un secreto matemático de los meseros en esa playa.

Regresaron a la plaza y allí ya estaba el taxi; tal vez nunca se fue. Regresar a buscar otros viajes a la ciudad es mucho riesgo; se gasta la gasolina y, si no sale el viaje, es una pérdida considerable. Cuando llegue la libertad y el progreso, ¿quiénes van a ser los taxistas?

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u/Afraid-Spot-7999 — 4 days ago

Raspado de guayaba

Pasamos por la escuela y allí estaba la chica de los raspados, ahora ya más vieja. La poca belleza que algún día tuvo se ha ido para siempre. Es morena, delgada con pancita, de altura media, de mentón redondo grande, con espinillas y ojos tristes. Todos los domingos vende raspados, de esos en los que hay que raspar el hielo, ponerlo en un vaso, poner algo de jarabe dulce, más hielo hasta que se haga una forma de cono de hielo y poner un poco más de jarabe que cubra todo el cono y derrame un poco a los lados del vaso. Se le envuelve una servilleta al vaso, se pone una cuchara, un popote y se entrega al cliente. Tienen jarabes de varios sabores, como el de vainilla con lechera: el clásico; guayaba: es guayaba, qué más hay que decir; zapote: parece petróleo y es muy dulce; guanábana: pulpa dulce blanca con hebras y semillas negras grandes.

Hace muchos años, un día que íbamos de salida después de visitar a los suegros, pasamos por unos raspados. Llegamos en la camioneta del año que me habían asignado del trabajo, me estacioné a un lado del puesto y nos bajamos a pedir un raspado. Yo siempre pedía uno de guayaba con lechera. Cuando los estaba preparando, me preguntó: ¿Ustedes dónde se conocieron? Le respondí que en Zacatecas, cuando éramos estudiantes, que mi esposa había estudiado en la normal de maestros y yo en la escuela de ingeniería. Creo que en esos momentos su esperanza de correr con la misma suerte que la hija del Chiráis se esfumó; arqueó un poco sus cejas, bajó la mirada y su boca se volvió una línea.

¿Qué hicimos nosotros para andar paseando en una camioneta del año? ¿Y ella estar vendiendo raspados en una esquina? ¿Por qué nosotros estudiamos y ella no?

No somos nosotros, ni ella; son las benditas o malditas circunstancias determinantes.

Roberto Carrera Tostón de oro

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u/Afraid-Spot-7999 — 5 days ago

Flacos de no comer

Eran flacos de no comer; la estatura de los hombres ha de ser como de un metro y medio, la de la mujer unos 20 centímetros menos. Sus caras demacradas, sin cachetes ni papada y con ojos saltones. Delgados que puedes imaginar a través de su ropa, sus clavículas y costillas marcadas por su piel morena. La cintura delgada, que parece que no hay cinto tan pequeño para apretar algo tan delgado.

Miguel trabajaba lavando carros en un autolavado, de esos que son un terreno con malla ciclónica para resguardar dos o tres botes de 200 litros donde almacenan el agua, unas conexiones eléctricas para las aspiradoras, un tejaban de lámina, un piso de cemento gris sin acabados y solo con las líneas anti cuarteadura. Siempre andaba con las manos mojadas y frías, con sus botas de hule negras y su franela roja. Había estado en Estados Unidos de mojado, pero lo deportaron y no le quedó otra que Latinoamérica para buscarse la vida.

En algún tiempo en el otro lado, logró ahorrar para cumplir uno de los sueños que cualquiera tiene: un automóvil. Era una camioneta pickup modelo 2009; la llamaba la negra. En esa camioneta se llevaba a pasear a la que él quería que fuera su novia, le compraba cervezas bien frías y de vez en cuando la invitaba a las gorditas. Estaba en un estado de activación dopaminérgica tan alto que se le ocurrió la grandísima estupenda idea de que ella lo ayudara a ahorrar. Le pasaba unos mil pesos cada mes, a veces menos, a veces más, según le fuera el mes. Su ilusión era juntar lo suficiente para comprarle algo bonito, qué tal una boda, por qué no.

Luego sucedió su desgracia, típico, ella quería a alguien más y se puso de novia. El dinero se lo había estado gastando, pues la idea del ahorro solo era de Miguel, no de ella. Cuando se dio cuenta de que había un tercero en discordia, quiso retirar su inversión; sin embargo, esta era ya entropía. Recurrió al viejo remedio de ingesta de alcohol hasta que su mente olvidó el dolor de su corazón. Entró a un estado de relajación extrema y su mente determinó que era adecuado desplazarse en la negra de la cantina a su casa. No fue una decisión adecuada; la negra terminó estrellada en un poste con daños tan extensos que tuvo que ser movida a empujones a un lugar donde no estorbara al tránsito. Ahora tiene telarañas en las llantas ponchadas, vidrios de polvo y de negra paso a color tierra.

Lo llevé a León; iba a visitar a su familia, tal vez a su madre, y los viajes en BlaBlaCar salen más baratos. Le dije que yo iba al aeropuerto, que si le quedaba bien. Cuando lo vi en el punto de encuentro, estaba en compañía de familiares o amigos que me hicieron algunas preguntas dado que no confiaban en el BlaBlaCar. Desde el principio del viaje le dije que no me tenía que pagar, que solo quería compañía en el viaje, pero cuando se iba a bajar del carro, sacó varios billetes de 500 pesos enredados; era una bola del tamaño de medio puño. Como iba en la parte de atrás, me pasó el billete y no se lo tomé; insistió varias veces en dármelo y, como me negaba a tomarlo, lo aventó y se bajó del automóvil. Según BlaBlaCar, el costo del viaje era de solo $120 pesos, por lo que me bajé y le dije que no era necesario el pago. Ahora Miguel era el que no quería tomar el billete; sin embargo, traía su chamarra a medio abrochar y aproveché y le puse el billete dentro. Me subí rápidamente al carro y me fui para el aeropuerto.

En otro viaje me tocó llevar a Johana, su esposo y una niña de unos 8 años. Tenían una fisionomía muy parecida a Miguel, flacos de no comer. Ellos iban a San Luis de la Paz y yo a Dolores Hidalgo a recoger unas tazas de Talavera que había mandado a hacer para el festejo de fin de año, que, para no usar desechables, sigo que pensando que esas acciones solo calman la conciencia y no buscamos una solución definitiva. En aquel viaje me tocó pasear por un pequeño taller de Talavera. Estaba lleno de estantes de piezas, todas en color blanco opaco con sus diseños en colores pastel muy bajitos. Hasta que no se hornean, toman esos colores vivos muy mexicanos con sus diseños folclóricos. Los hornos tienen lámina en el exterior, una fibra aislante y ladrillos refractarios por dentro. Meten estantes metálicos con las piezas para hornear con gas.

Todo el viaje se fueron callados y cuando les intenté sacar plática, solo me contestaba Johana un sí, un no o un no sé. Su esposo nunca pronunció una sola palabra; vestía de pantalón de mezclilla deslavado con roturas y un cinto con tachuelas color plata, una playera de metálica y una gorra con brillos. Los dejé en la central de camiones de San Luis de la Paz. Cuando le dije a Johana que no era nada por el viaje, se le dibujó una sonrisa enorme en su cara y me dijo: "Muchas gracias, que Dios lo bendiga".

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