Qué pasó en este pueblo
Todo comenzó con una llamada. A él lo invitaron a dar clases en una escuela de un pueblo lejano, un lugar del que apenas había referencias. Solo serían tres días: viernes, sábado y domingo. Un viaje breve, aparentemente inofensivo
Pero desde el principio hubo señales. Los taxis se negaban a entrar. Nos dejaron en la entrada, como si más allá hubiera una frontera invisible que nadie quería cruzar. Caminamos durante horas, el aire se volvía más pesado, y el silencio del camino parecía observarnos. No había risas, no había voces, solo un murmullo lejano que nunca logramos identificar.
El viernes transcurrió sin incidentes. Él dio su clase, yo estuve presente. Todo parecía normal. Pero el sábado, en lugar de clases, hubo una fiesta por parte de la escuela en una casa. Al principio fue música, risas, vasos que se llenaban una y otra vez. Pero pronto el ambiente se deformó. Las miradas se volvían extrañas, los gestos demasiado intensos, como si todos estuvieran bajo un influjo oscuro.
Nos refugiamos en una habitación, buscando escapar del caos. Pero no estábamos solos: otras parejas comenzaron a entrar también, como si la casa nos empujara a compartir la misma condena. Y entonces apareció ella.
Un vestido negro, largo, rasgado en la parte baja. Encaje en la parte superior, mangas largas. Las manos manchadas de sangre. Al principio pensé que era falsa, parte de algún juego grotesco. Pero su mirada me heló: no era un disfraz, era real.
Comenzó a perseguirnos. Primero a todos, pero pronto su furia se dirigió especialmente hacia las mujeres. Nos alcanzaba, nos manchaba con la sangre que llevaba en las manos, como si quisiera marcarnos, como si cada mancha fuera una condena.
Su rostro estaba desencajado, los ojos abiertos de una manera antinatural. No gritaba palabras, solo sonidos guturales, como si el dolor y la rabia se hubieran convertido en un idioma propio. Comprendí entonces el motivo: su novio la había engañado en esa fiesta, y ella no soportaba que otras mujeres estuvieran allí, compartiendo intimidad, riendo, viviendo lo que ella sentía arrebatado. Su venganza era mancharnos a todas, como si quisiera que cargáramos con la misma culpa que él.
Intenté escapar pero era como si alguna fuerza lo impidiera. En un punto esa casa parecía lo que llaman "Backrooms". Corrí hasta llegar a un patio, un espacio abierto que parecía ofrecer salida. Afuera había gente reunida, gritando hacia la casa, acusando, señalando. Una mujer se dirigió hacia mi, quizá notó que yo era la más cuerda en ese lugar:
—¡Oye! Habla con tus amigos, están ocasionando disturbios.
—En realidad solo quiero salir de aquí— respondí.
Un hombre de los que se quejaban logró entrar al patio y se asomó por una ventana hacia el interior de la casa. Su voz quebrada retumbó en la oscuridad:
—¡Oh Dios! Adentro hay una escena aterradora… de verdad es horrible.
No quise mirar. Pero en ese instante supe la verdad: la sangre no era falsa. El olor metálico impregnaba el aire, y la certeza de que alguien había muerto dentro me paralizó.
El aire era frío, pesado, y por un instante pensé que había encontrado una salida. Brinqué el cancel y me sentí aliviada. Caminé hacia la parte de enfrente de la casa, y afuera, entre la penumbra, vi a un hombre sentado en la tierra. Su ropa estaba cubierta de cemento seco, las manos ásperas, el rostro cansado. Parecía un albañil, alguien humilde, alguien que podía ayudarme.
Me acerqué con desesperación.
—Por favor… ¿cómo salgo de este pueblo? —le pregunté.
Él levantó la mirada lentamente, pero en lugar de darme instrucciones, arrojó su cartera al suelo. Su voz se volvió acusadora, dura:
—¡Me la robaste!
Me quedé helada.
—No… está ahí, la tiró usted mismo, mire… —señalé el suelo, la cartera junto a su pie.
Pero él no miró. Otro hombre apareció y reforzó la acusación, cuál si fueran cómplices:
—Sí, yo te vi. Tú la robaste.
El mundo se quebró en ese instante. La esperanza de encontrar ayuda se convirtió en persecución. Ya no eran solo gritos, eran acusaciones que me rodeaban, que me condenaban sin pruebas. El pueblo entero parecía decidido a culparme, como si yo fuera parte de una historia que no comprendía.
En realidad, las personas en la fiesta también se comportaban muy extraño... ¿Qué clase de gente vive en este pueblo?
Corrimos sin detenernos, la tierra húmeda golpeaba nuestros pies y el bosque parecía interminable. El aire era tan espeso que cada respiración dolía. Después de media hora, vimos luces entre los árboles.
Al principio pensé que era un campamento, pero pronto entendí que no. Eran antorchas. Decenas, quizá cientos. La luz temblaba sobre cuerpos desnudos, otros pintados con símbolos extraños, líneas rojas y negras que parecían cicatrices rituales. El olor a humo y sudor impregnaba el ambiente, mezclado con un canto grave, repetitivo, que vibraba en el pecho como un tambor invisible.
Algunos bailaban alrededor de un fuego, otros se mecían con los ojos cerrados, como si estuvieran en trance. Había niños, ancianos, hombres y mujeres, todos unidos en un mismo ritmo. El suelo estaba marcado con figuras circulares, y cada paso que dábamos parecía resonar dentro de ese orden secreto.
No nos detuvimos. El miedo era más fuerte que la curiosidad. Sentí que si miraba demasiado tiempo, algo me absorbería, que esas voces podían arrastrarme a su ritual. La multitud no nos miraba, pero su presencia era abrumadora, como si el bosque entero respirara con ellos.
Seguimos corriendo, ignorando la escena, pero el eco de sus cantos nos acompañó durante mucho más tiempo del que debería.
El bosque quedó atrás, pero el eco de los cantos seguía vibrando en mis oídos. De pronto, como un espejismo, apareció lo que parecía una tienda... Es... ¿Un Oxxo? Iluminado en medio de la oscuridad. El resplandor de los refrigeradores y el olor a pan dulce parecían un alivio, casi un regreso a la normalidad.
Entramos jadeando. El aire acondicionado me golpeó como un recordatorio de que aún existía el mundo cotidiano. Mi novio se formó en la fila, como si todo fuera normal. Pero entonces lo miré y le dije:
—No tiene caso… no traemos dinero.
La realidad nos alcanzó: nuestras carteras y teléfonos habían quedado atrás, en aquella casa maldita. El Oxxo, con toda su luz y orden, era un refugio vacío. Salimos de nuevo, y la avenida nos recibió con un aire distinto: más abierto, pero igual de hostil.
Los taxis pasaban, pero ninguno se detenía. Algunos nos miraban con desconfianza, otros con intenciones que se sentían peligrosas. Cada luz de faro parecía un juicio, cada claxon un rechazo.
Entonces lo vi: un taxi de nuestra ciudad, con el color peculiar que reconocí de inmediato. Corrí hacia él, lo intercepté en un semáforo rojo, pero vaya sorpresa me llevé, venía ocupado. La conductora dudó, sus ojos me escaneaban como si midiera mi desesperación.
—Sé que llevas pasaje… llévalos primero, después a nosotros. No importa cuánto me cobres, pero sáquenos de aquí.
Ella aceptó. Subimos. Dentro había dos chicas. El silencio era pesado, hasta que por el retrovisor vi la ropa de una de ellas: una mancha de sangre. Ella notó mi mirada, giró lentamente y me dijo:
—Tú también estabas en esa fiesta, ¿verdad?
El mundo se detuvo. No recuerdo qué pasó después. Solo sé que desperté en mi cama, convencida de que todo había sido un sueño.
Aliviada, tomé mi celular, no había rastro, no había llamadas ni fotos. Pero entonces llegó un mensaje:
— ¿Ya despertaste? ¿Cómo llegamos? Todavía me duelen las piernas y aún no puedo quitarme el olor a sangre...
Temblando, voltee a la mesa de noche, el olor metálico era muy fuerte. Y lo vi, un pedazo de tela de encaje negro con sangre estaba ahí...