u/Hairy-Pace-5106

Hay quien considera un inconveniente comprar una casa ya amueblada, pero mi mujer y yo siempre hemos disfrutado de esos primeros meses en los que vacías, limpias y vas descubriendo, metro a metro, un nuevo hogar. Las oportunidades nunca están recién pintadas, ni traen de serie un lavavajillas. Las oportunidades a menudo requieren guantes, lejía y mucha imaginación. 

Así fueron nuestros primeros días en la nueva casa. Comenzamos por la cocina. Establecimos ahí el campamento base, un lugar despejado donde cambiarnos de ropa, tomar el primer café del día y comer algo de vez en cuando. Luego seguimos por el salón, separado de la cocina por una desvencijada puerta de acordeón. 

Según avanzábamos, el trabajo parecía amontonarse y los desperfectos se hacían evidentes. Cables pegoteados con silicona, cantoneras de melamina despegadas, desconchones en las paredes, arañazos en el parquet y todo tipo de averías. Eso sin mencionar el mobiliario que, incluso condenado a acabar en la basura, hacía de aquel un lugar decrépito y deprimente: lámparas con tulipas rotas, el mueble del televisor de estilo náutico, o los sofás desgastados y llenos de quemaduras de cigarros. 

A pesar de todo, aquella tarea era emocionante. Cuando mi mujer y yo quitamos el vinilo que cubría el ventanal, por ejemplo, la luz del valle inundó el salón y vimos con claridad la amplitud de aquellos espacios. Con los muebles adecuados y un par de manos de pintura, ese lugar florecería de nuevo. 

Hacia el fondo, sobre una consola de superficie marmórea, dos fotografías enmarcadas de gran tamaño. Los recuerdos de los anteriores propietarios siempre te inspiran sentimientos diferentes que los muebles y el resto de la decoración. Uno se aproxima a ellos con cierto respeto, y también con la humildad de quien sabe que algún día será su retrato el que acabe en una bolsa de basura de jardín.

En la fotografía de la derecha posaba un hombre de melena rubia y tez rosácea frente a un tupido fondo de hortensias y flores de bugambilia. Por su aspecto —vaqueros y cinturón trenzado, camisa blanca de manga corta— la escena pertenecía a finales de los ochenta, quizás principios de los noventa. En su pecho relucía un crucifijo de oro, y en su cara una sonrisa del todo imperfecta, de dientes amarillentos. No era un hombre atractivo, si acaso parecía un hombre sano. 

En la fotografía de la izquierda, un rostro vagamente infantil de sonrisa quebrada y perturbadora. Labios finos, ojos pequeños, orejas de soplillo, unos pocos cabellos largos y dorados y una frente amplia y marcada por hondas cicatrices. En el tercio inferior de la imagen, un texto de color rojo y desproporcionado decía: 

¡DANIEL, TE QUEREMOS! 
1981-1992”.

Sentí en mí la inquietud de mi mujer cuando se aproximó para ver esta fotografía. Naturalmente ninguno verbalizamos nada, porque uno solo debe sentir compasión al observar una criatura así. Dejé a un lado el retrato, boca abajo, y continuamos recogiendo. 

En esa zona del salón había una puerta, más estrecha que el resto, que llevaba a una salita pequeña y muy oscura donde solo cabía una mesa redonda y cuatro sillas. A su vez, desde aquí se accedía a un dormitorio, también pequeño y en penumbra, al que no había prestado ninguna atención hasta ahora. Recuerdo pensar en estos extraños huecos durante las visitas previas a la compra de la casa, e imaginar que nos servirían como alacenas o cuartos para almacenar trastos y comida. 

En la salita de la mesa no había apenas nada, un florero vacío sobre un tapete de ganchillo, un cuadro de Jesucristo y un cenicero de vidrio y alpaca. Al otro lado de la puerta, en aquel angosto dormitorio, no había otra cosa que peluches. Eran cientos, quizás miles, tantos que no podría decir si había una cama o una alfombra bajo ellos. Los había pequeños, los había grandes, los había peludos, los había de crochet… polvorientos todos, pero ubicados en un ceremonioso orden. Con tanto mimo habían sido colocados, que uno no podía evitar pensar que ningún niño había entrado ahí desde hacía mucho tiempo. 

Arropado por ese coro de peluches, un cojín con el rostro impreso del niño Daniel observaba a quien se acercase al dormitorio. Aparté enseguida mi mirada porque tan pronto vi esos ojos sentí el vacío en mi estómago. Sin embargo, ese instante fue tiempo suficiente para ver el texto bordado en el cojín, también grande, también de color rojo:

SIEMPRE CON NOSOTROS”.

Mi mujer no estaba conmigo en ese momento, había salido a comprar algo, así que me apresuré a vaciar aquella zona antes de que volviese. Estaba dispuesto a pasar un mal rato para evitar que aquel siniestro hallazgo arruinase el dulce recuerdo de esos primeros meses en la nueva casa. Comencé por el florero. Descolgué el cuadro de la pared. Arrojé el cenicero a la basura. En el ir y venir choqué con la mesita, el tapete resbaló y se cayó al suelo. Tan estrecho era el lugar que al agacharme rocé sin querer la puerta del dormitorio. Rebotó en alguno de los peluches, supongo, y se cerró más de lo que estaba. 

Unos instantes después, ya con un nuevo saco de basura, me detuve frente a la puerta entrecerrada del dormitorio. Apoyé mi mano sobre la fría madera, indeciso, o temeroso no lo sé, y empujé. La puerta se abrió. El coro de peluches seguía ahí. El cojín, ya no. 

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u/Hairy-Pace-5106 — 22 days ago