Luxibis: Celestial, Terrenal y Abismal
Avísenme si quieren que siga publicando las dos páginas más para finalizar el capítulo 1.
1.1 — CAPÍTULO 1 — Luxibis
Páginas del 1 al 5
Humanos comunes y corrientes caminaban por ciudades dejando huellas interminables.
Por las calles pasaban ancianos y niños pequeños, tomados de la mano de sus padres.
Lástima que nadie tomó las manos de los abuelos olvidados; ancianos a los que el mundo condenó a ser recordados solo por el viento, la muerte y el polvo de un libro que ya nadie abría.
Adolescentes hormonales intentaban impresionar a una chica, pero ella ni los miró.
Una madre le tomó fotos a sus hijos en un parque rodeado de árboles y arbustos superficiales.
El aroma a la modernidad contrastaba vilmente con un buzón que ya nadie usaba.
Uno de los jóvenes se paró en una estatua de un ángel que apuntaba su dedo hacia el cielo.
Sobre el lomo de los nubarrones se erguían estructuras de mármol con nervaduras de oro, que desafiaban la gravedad.
Las nubes tenían encima, estructuras blancas y doradas. Cascadas de oro caían de ellas, pero antes de tocar el suelo, simplemente desaparecían; se desvanecían al entrar en contacto con lo inferior del mundo.
Al final de la ciudad, en las carreteras y rodeado de montes silvestres, un olor a madera podrida inundaba la vía central desde una coladera de alcantarilla.
Abajo, el mundo terrenal exhalaba el aliento de un cartón mojado, un recordatorio constante de que la materia, a diferencia de la luz, siempre tenía una fecha de caducidad asegurada.
Autos, trailers o motos pasaban a toda velocidad por la pista como si fueran a cobrar una herencia millonaria.
Arriba de ellos una nube gigante tapó el sol con la abundancia de un vendehumos profesional en su carrera.
Ese nubarrón resultó ser “La Primera División Regular Baja”.
Un ángel emergió de una herida interdimensional; un portal que sangraba tierra negra y exhalaba ese olor sintético a menta tan característicos del F.C.I. Estaba rodeado por escamas biológicas de ADN puro y exhalaba el penetrante hedor de una pasta de dientes a medio uso.
—Fantástico —pensó mientras veía a varias personas intentando atravesar un puente multicolor, pero fallaban con lástima y fervor. Mientras tanto, Azael ascendía por los escalones sin el menor esfuerzo físico.
Los animales intentaban apoyar sus patas en los peldaños cromáticos, pero una restricción divina los repelía con la firmeza de un muro invisible. El tránsito hacia lo sagrado no admitía bestias.
El ser emplumado solo siguió su camino sin prestarle demasiada atención a los demás. Sus pies descalzos chocaban contra los renglones tricolores.
A una altura donde las nubes parecían alfombras, se observó un camino recto. Él veía el puente de arcoíris que emanaba una luz propia, casi orgánica.
—Colores y una situación comprometedora, genial... esto suena como un rpg clásico retro, sin duda —murmuró el joven angelical. Sintió el aire de las alturas en su cabello rubio.
Su vista se desvió hacia abajo, se percibían varios bosques y pueblos. Su cuerpo no tembló ni se relajó del todo.
Vestía una simple túnica blanca, sin rasgos distintivos o únicos.
Sus pisadas resonaban hasta llegar a una nube que desprendía un aura suave.
Los renglones del puente vibraban como una armónica sostenida cada vez que su peso presionaba el color violeta.
Se percató que a lo lejos había una localidad integrada a un sistema que trazaba el blanco puro con el dorado sofisticado.
Antes de poder entrar a la ciudad, se veía una caseta de vigilancia donde en el interior había un viejo ángel guardian con anteojos y con un uniforme.
—Bienvenido joven ángel, veo que has cruzado el puente del espectro de tránsito —dijo el hombre, sacó un cuaderno y una pluma hecha de cristal— dime tu nombre, tu edad, tu trabajo, de dónde vienes y qué te trae a Luxoria. ¿Eres un Luxoriano acaso? ¿Tienes familia en alguna de las 49 divisiones? —interrogó y a pesar de ser un trabajador divino, se concedió tener calidez en su voz.
—Me llamo Azael, tengo 124 años. Trabajo en el Torneo Universal, de hecho estoy regresando de ahí. Sí, soy luxoriano y no tengo una familia, fui adoptado por una agencia terrenal —respondió con un bostezo—. Pero usted ya debería saber eso, he estado viviendo aquí durante días.
El hombre de edad abrió más sus ojos entre sus gafas. Su bolígrafo no producía sonido real al escribir.
—¿Adoptado? Interesante, dices que trabajas en el Torneo Universal. Eso no se ve todos los días —decía, empezó a checar su libreta. Revelando su nombre—. Aquí está, Azael. Raza Ordinaria celestial divina. Nacido desde una transformación maldita. Viviendo en la Primera División Regular de Jerarquía Baja —leyó cada detalle del informe.
—Ese soy yo, solo quiero ir a descansar con mis compañeros y listo. No estoy aspirando a ser mejor o peor, solo quiero ir a mi división a dormir un rato, por favor —comentó desviando su atención hacia su propio mechón de cabello. Lo tocó con curiosidad.
El encargado de supervisar la entrada a las nubes lo miró con inquietud.
—No he visto una transformación maldita desde hace muchos miles de siglos —afirmó con un poco más de esfuerzo en su voz.
—No me interesa lo que piense, solo necesito entrar a mi división. Me están esperando dentro para entrenar —contestó el ángel mientras se tronaba los dedos de sus manos blanquecinas.
El guardia se apretó la camisa, lo cuál solo hizo que su vestimenta marrón se viera aún más ajustada.
—De acuerdo, lo que quieras a tu disposición, ciudadano —mencionó y su voz dejó de tener relevancia.
Con solo alzar su brazo hizo que se abrieran los portones celestiales de la división 1.
Sin previo aviso, del puente de arco de luz, dos ángeles estaban caminando. Una en posición de alerta constante y la otra en un estado eufórico total.
—¡Mich, Mich! ¡Por fin en casa! —exclamó, dando un brinco y sacudiendo el hombro de su compañera—. ¡Más les vale que no se hayan tragado mis chocolates o juro que haré estallar la cocina!
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1.2 — El Silencio del inicio
—Guarda silencio Luminara, no estás en tu campo afable aún —mencionó dirigiéndose hacia la caseta del guardián.
—¡Hey! Eso no es justo —expresó su amiga a su izquierda. Su voz se perdió detrás del hombro de su compañera.
El hombre dirigió la mirada hacia el ángel.
—¡Buen día coronela Michelle Veyalis! ¿Cómo le fue en su viaje? —preguntó mientras se acomodó los hilos de cabello marrón en su frente.
—Fue decente, lo admito, pero mi reglamento me prohíbe divertirme... demasiado —dijo— aunque, Luminara tuvo un mal empeño. Se la pasó jugando con su presa como siempre.
El viejo ángel hizo una reverencia.
—Me alegra mucho por usted. Lamento las molestias por parte de la señorita Luminara Seraphina —afirmó.
Su compañera apareció dando vueltas y saltos sobre las puntas de sus pies.
—¡Estaba a punto de crear una banda sonora con los colores del puente! —gritó con emoción.
—Ni siquiera eres una desconocida. No debe sorprenderte un simple arco de colores —opinó Azael, sus ojos recorrieron con más atención el traje de la coronela Veyalis.
Su uniforme estaba tan perfectamente acomodado que parecía planchado por miedo.
—Silencio novato. No tienes autorización de abrir la boca.
El joven ángel suspiró frente a las yemas de sus uñas.
—No eres mi coronel y no vivo en tu ciudad.
Luminara soltó una risa aguda, un repiqueteo cristalino que recordaba al agua de un rocío golpeando un campo de flores frescas.
—¡Yupi! ¡Es él! Eres el comentarista que estaba al lado de Quevedo, ¿no es así? —preguntó. Al mirar a su amiga, notó cómo le temblaba la ceja izquierda.
—¡Basta! No dejaré que me falten el respeto una vez más —dijo— y tú Lumi, calma tu impulsividad, por Dios.
Lumi le sacó la lengua a Michelle.
—¡Mich! ¡Eres mala! Aguafiestas —Se pudo distinguir un rastro de saliva tricolor que emanaba de su lengua.
El guardia entrelazó sus dedos.
—Por favor, señorita Veyalis, no discuta. Aún es muy temprano —mencionó sin imponer su autoridad ante ellas.
Los ojos de la coronela, opacos como un eclipse, recorrieron el rostro de Azael sin compasión.
—Tú eres el patético ángel que deshonró Luxoria con tu apatía y trabajo en un lugar como el universo 811-A. Lo supuse, no eres digno de mi tiempo —se giró sin mirar dos veces. Continuó caminando más allá de la División 1 y las demás secciones.
Luminara salió corriendo detrás de ella.
—¡Yei! Es divertida cuando se enoja, pero luego se le pasa —dijo mientras rociaba brillantina en la cara del ángel.
—Fliya habría sido mucho menos paciente contigo... —sentenció Michelle, dándole la espalda de manera definitiva mientras su voz se apagaba en la distancia.
—Claro, ese soy. Qué honor verlas otra vez —respondió él sin importarle que nadie lo oyera en absoluto.
El hombre de edad avanzada observó el intercambio.
—¿Acaso no te importa que te desprecien? —preguntó y sus ojos se entrecerraron.
—No realmente, ni siquiera me importa el desprecio. Solo necesito descansar porque las deudas no se pagan solas —contestó sacudiéndose el polvo de confeti en la cara. Caminó traspasando el portón de su ciudad.
Flotando, arriba de las rejas se alzaba una piedra de oro que decía: Bienvenido a la División 1.
“Ala del Alba (Alas del Amanecer)” estaba escrito con luces naranjas mezclado con un amarillo intenso.
—Aquí vamos de nuevo —dijo pasando por edificios con estructuras hechas en una luz etérea junto con bordes de madera tallados con signos de soles, campos o arroyos.
Azael avanzó entre bloques de luz sólida entrelazados con madera ancestral; una arquitectura que no requería cimientos porque las nubes mismas recordaban la forma de las casas.
Atrás de él, aún se veía el ángel guardián mirándolo detrás de los portones de la ciudad.
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1.3 — El Honor del Amanecer
Torres blancas con bordes de cobre se levantaban sobre plataformas suspendidas, conectadas por puentes arqueados cubiertos de banderas desgastadas por el viento.
Algunas estructuras tenían vitrales cálidos que reflejaban la luz del amanecer en tonos naranja y amarillo, mientras enormes molinos celestiales giraban lentamente encima de los edificios militares.
Las nubes aquí no permanecían quietas. Se movían rápido entre las calles abiertas de Aurora Lumínica, chocando contra balcones y escaleras exteriores donde jóvenes ángeles desayunaban antes de iniciar sus patrullas.
Había un aroma a pan horneado, madera húmeda y energía de luz recién canalizada.
Un escuadrón de soldados ángeles atravesó el cielo sobre sus cabezas dejando estelas doradas detrás de sus alas. Más arriba, varios Guardianes Ángeles montados sobre caballos celestiales cruzaban entre las torres de vigilancia mientras enormes campanas resonaban desde algún punto de la ciudad flotante.
Azael ni siquiera levantó la mirada.
—El amanecer dura demasiado aquí —dijo y siguió caminando.
Las calles principales de la División 1 estaban llenas de movimiento constante.
Incluso las casas parecían diferentes, no eran palacios de oro eterno. Eran hogares simples y modestos.
Pequeños departamentos de piedra blanca y madera luminosa, donde se veía ropa secándose en balcones abiertos y jardines flotantes estaban llenos de flores solares. El sistema respiraba.
Azael cruzó una plaza circular donde los novatos ensayaban formaciones aéreas sobre corrientes de viento artificial. Algunos caían en picado hacia las nubes inferiores entre risas nerviosas, perseguidos por los rugidos de los sargentos que supervisaban desde plataformas flotantes.
—¡Con más fuerza soldado! ¡Los demonios no tendrán piedad con sus familias! —gritó el cabo con la voz de un turno.
En el centro de la Plaza del Alba, una enorme estructura metálica imitaba unas alas abiertas apuntando hacia el horizonte donde el falso amanecer eterno de la División 1 teñía el cielo de naranja suave.
Porque aquí sí existía la noche. Aquí sí existía el amanecer.
Más adelante, las construcciones comenzaron a dispersarse.
Las calles pulidas dieron paso a plataformas de entrenamiento marcadas por impactos de energía, columnas rotas y barreras luminosas parcialmente destruidas. Los Altos de Aurora aparecieron frente a él.
Gigantescos anillos flotaban entre corrientes de aire mientras decenas de soldados atravesaban circuitos a velocidades absurdas. Algunas torres estaban inclinadas por antiguos entrenamientos fallidos y enormes marcas de luz quemada recorrían el suelo de combate.
El viento soplaba con violencia allí afuera; las capas militares ondeaban como banderas de guerra.
Azael observó el campo unos segundos, bostezó.
—Espero que esta vez no me hagan pasar al frente —dijo mientras cerraba los ojos con fuerza, como si se concentrara en bloquear algo dentro de él.
Y siguió caminando, una voz retumbó en su espalda.
—¡Hey! ¡Otra vez llegando tarde Azael! —expresó un sargento moviendo su mano hacia una tabla de registro— será multado por su falta de respeto.
—El tiempo sigue avanzando aunque llegue temprano —murmuró cruzándose de brazos. Observó una corriente de aire acumulada, flotando encima de una pequeña colonia.
El ángel levantó la mano sin interés, intentando estabilizar una corriente de luz que vibraba sobre una de las plataformas superiores.
Sin embargo, con la fuerza del viento acumulado, explotó en una violenta dispersión que desvió el aura mágica de su trayectoria, causando que se estrellará contra una roca.
Crack. El silencio duró apenas un segundo. Luego todos siguieron hablando con normalidad.
Y una pequeña roca celestial… comenzó a caer lentamente hacia el vacío del mundo terrenal.
Azael siguió la caída de la piedra; antes de reaccionar, un tirón violento lo arrastró de vuelta a la realidad del campo.
—¡Deja de perder el tiempo, idiota! —exclamó el sargento, anclando su mano con fuerza en el brazo del novato—. Le informaré al coronel Elion Calesti sobre tu tadanza al venir a las clases de una vez por todas.
Abajo, el mundo inferior seguía girando, ajeno a los escombros de luz que sus guardianes dejaban caer por accidente.
A todos les importaba el resultado del protocolo, no las consecuencias que este mismo provocaba hacia a los demás.
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