¿Buena persona?
Llegaba a las periferias del centro cuando una mujer se detuvo conmigo en el semáforo.
Estaba encorvada. Tenía el pelo gris, del mismo color del cielo de esa tarde. Empujaba una silla de ruedas donde iba una mujer todavía más vieja.
La anciana me miró.
Intentó decirme algo.
Entonces vi los dientes.
Arriba no había ninguno. Abajo quedaba uno entero, negro. Los demás parecían piedras cafés, desgastadas y porosas.
—¿Qué me dice, madre?
La anciana volvió a intentarlo. Las palabras se perdieron entre la saliva y el temblor de la boca.
—Tranquilo —dijo la otra mujer—. Yo sí le entiendo.
Acomodó una manta sobre las piernas de la anciana.
—Mi mamá le pide ayuda a todo el que ve.
—¿Para dónde van?
Las primeras gotas comenzaron a caer.
La mujer empezó a sacar bolsas para cubrirla.
—A la procuraduría.
Le cubrió los hombros con cuidado.
—Para que no se moje, ma.
Pensé en ayudar.
El semáforo cambió.
Crucé.
Dos calles después ya lo había olvidado
Pero en la noche me preguntaba cuando cambie