La grandeza del no saber
Hay algo que me ha acompañado durante toda mi vida y es la sensación de no tener respuestas definitivas. Durante mucho tiempo pensé que eso era una debilidad. Creía que las personas más inteligentes eran las que hablaban con seguridad, las que tenían una opinión firme sobre todo y parecían no contradecirse nunca.
Con los años he descubierto que, al menos para mí, ocurre justo lo contrario.
Cuanto más reflexiono sobre la vida, más consciente soy de todo lo que desconozco.
No sé si existe un Dios. No sé qué ocurre cuando morimos. No sé si el universo tiene un propósito o si simplemente somos una pequeña parte de algo inmenso que jamás llegaremos a comprender.
Y, curiosamente, ese "no lo sé" ya no me produce el mismo rechazo que antes.
Vivimos en un mundo donde parece que siempre hay que elegir un bando. Creyente o ateo. Religioso o antirreligioso. Bueno o malo. Correcto o incorrecto.
Pero la realidad casi nunca es tan sencilla.
Durante mucho tiempo rechacé las religiones porque veía en ellas muchas injusticias, sobre todo cuando servían para limitar la libertad de las personas o justificar el sufrimiento. Y sigo pensando que cualquier creencia que utilice el miedo, la culpa o la imposición para decirle a alguien cómo debe vivir merece ser cuestionada.
Pero también he aprendido que una religión no es exactamente lo mismo que las personas que la viven.
Eso me hizo entender que muchas veces el problema no es solo una idea, sino la manera en la que cada ser humano decide vivirla. Lo que me cuesta aceptar no es que alguien crea profundamente en algo.
Lo que me cuesta aceptar es cuando cualquier creencia deja de ser una búsqueda personal y se convierte en un conjunto de respuestas que ya no pueden cuestionarse.
Porque ahí siento que yo dejaría de ser yo.
Necesito poder hacerme preguntas.
Necesito poder cambiar de opinión.
No siento que eso me haga más débil. Al contrario.
Es la forma más honesta que conozco de relacionarme con la vida.
No puedo afirmar que exista Dios, igual que tampoco puedo afirmar que no exista. Sería igual de deshonesto cualquiera de las dos afirmaciones.
Y, sin embargo, eso no me aleja de la idea de que pueda existir algo mucho más grande que nosotros.
Al contrario. Precisamente porque siento que nunca podré comprenderlo del todo, me siento más unida a ello.