Gwyn se movía. Suave como el Sidra, rápido como el viento de las Montañas Ilyrias, el cuerpo entero de ella operaba en ARMONIA de canto
Cassian miró a Az, pero su atención estaba fija en la joven sacerdotisa. Admiración y sereno aliento brillaban en su rostro. —Yo soy la roca contra la que choca el oleaje —susurró Gwyn. Página 497 Nesta se enderezó al oír esas palabras, como si fueran una oración y un reclamo. Gwyn levantó la espada. —Nada puede romperme. Cassian notó cómo se tensaba su garganta e, incluso desde el otro lado del lugar de entrenamiento, pudo ver los ojos de Nesta que brillaban con orgullo y dolor. —Nada puede rompernos —repitió Emerie. El mundo pareció detenerse ante esas palabras. Como si hubiera estado siguiendo un sendero y ahora se bifurcara en otra dirección. Dentro de cien años, dentro de mil, ese momento seguiría grabado en la mente de él. Que les contaría a sus hijos, a sus nietos: «Fue en ese mismo momento. Ahí fue cuando todo cambió». Azriel se quedó completamente inmóvil, como si él también hubiera sentido el cambio. Como si él también fuera consciente de que fuerzas mucho más grandes se asomaban a ese campo de entrenamiento mientras Gwyn se movía. Suave como el Sidra, rápido como el viento de las Montañas Ilyrias, el cuerpo entero de ella operaba en armonía de canto, Gwyn se lanzó hacia la cinta, giró y, mientras giraba, su brazo se abrió, ejecutando un perfecto corte de revés.