Historias e historietas. A la luna de Valencia.
Una de las expresiones más famosas relacionadas con Valencia es la de quedarse "a la luna de Valencia", que viene a significar no conseguir lo que uno quiere en el sentido de perder una oportunidad o no reaccionar ante ella.
La explicación más clásica es que las murallas cerraban sus puertas a toque de campana, a las 22 h, y los rezagados, ciudadanos, viajeros, jornaleros y gente de mal vivir debían esperar a la mañana siguiente para entrar en la ciudad.
Aquellos que se quedaban fuera de las murallas podían disfrutar de varias atracciones. Siendo la primera su particular Jardín del Turia, representado por el tremendo lodazal con un hilillo de agua que era el río si no llovía.
Probablemente se podía dar un abrazo a los mosquitos que salían de ahí en verano y disfrutar todo el año de los residuos diversos de una poblada ciudad medieval, con sus sanos brotes de enfermedades infecciosas estacionales.
También rondaban por la zona honrados grupos de salteadores y bandidos, que aprovechaban a los rezagados para sacarse un jornal. Si llevabas carga o bueyes de tiro y te quedabas fuera, eras una víctima especialmente apetecible.
Según otra tradición, los que no llegaban a tiempo dormían en unos bancos exteriores, con forma de luna, agregándose así a la leyenda. Todos a pelotón para evitar ser desplumados o acorralados por manadas de perros salvajes que iban a ver si les echaban algo de comer.
Y también hay que tener en cuenta que, aunque Valencia no es Soria, en determinadas épocas del año hace frío. La humedad es importante. También ocurrieron múltiples guerras y algunos asedios, además de las lluvias.
El Turia se desbordaba prácticamente siempre, pero llegaba a un par de palmos. Un par de palmos con tifus y cólera. Ideal para acampar.
Entrando en lo paranormal-folk, quizá la leyenda más popular de la época fuera la del Drac del Túria, que cuenta que un considerable y feroz dragón vivía en algún punto del cauce del Turia y salía de noche a zamparse a aquellos que no hubiesen entrado en la ciudad.
Un héroe se enfrentó a él con una armadura tan pulida que reflejaba al monstruo. Este quedó, supongo, en estado de shock por su propia imagen en el metal, lo que le dio al joven tiempo para ensartarle una lanza.
La leyenda la recoge Blasco Ibáñez en 1901 y el dragón se conserva en El Patriarca, aunque lo recuerdo bastante acartonado, al pobre. En realidad, el bicho es un caimán que el virrey del Perú regaló, ya adulto, al arzobispo de Valencia y que se pasó unos cuantos años rondando tranquilamente por dependencias arzobispales.
Así que, bueno, quedarse fuera de las murallas no era precisamente recomendable y sí una forma fácil de tener problemas medievales.