Les contará brevemente mi historia
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Hace unos meses mi vida cambió por completo.
Todo empezó cuando mi abuela estaba muy enferma del corazón. Una noche me pidieron que me quedara cuidándola y, por miedo o cansancio, dije que no. Esa misma noche empecé a pensar que algo malo iba a pasar. Al día siguiente no ocurrió nada, pero desde ese momento me quedé con un pensamiento que me perseguía: "¿Y si algún día pasa algo y es mi culpa por no haber estado?". Esa culpa y ese miedo se quedaron en mi cabeza.
Después pasó algo que terminó de romper mi tranquilidad. Mi hermanita se desmayó de la nada. Ver la preocupación y la desesperación de mi mamá me marcó muchísimo.
Ese mismo fin de semana había tomado mucho licor y lo había mezclado con café. Esa noche me desperté temblando, con el corazón latiendo muy fuerte, sin poder respirar bien, con la cabeza pesada y un miedo que nunca había sentido. Pensé que me estaba muriendo. Ese fue mi primer ataque de pánico.
Diez días después volvió a pasar.
Desde ese momento le cogí miedo a dormir. Me daba miedo cerrar los ojos y que algo me pasara mientras dormía. Durante el día trataba de estar bien, pero cuando llegaba la noche sentía que empezaba mi peor batalla.
Fui al psicólogo y me dijeron que probablemente estaba viviendo ataques de pánico y ansiedad.
Los primeros meses fueron muy difíciles. Me acostaba a las cinco o seis de la mañana porque no podía dormir. Dejé de comer bien, adelgacé mucho, abandoné el gimnasio, iba a la universidad pero sentía que ya no era la misma persona. Dejé de disfrutar la vida.
Cuando me daban los ataques de pánico o sentía muchísimo nerviosismo, descubrí que hablar con alguien me ayudaba. Necesitaba conversar, sentir compañía. Mientras hablaba con una persona de confianza, poco a poco sentía que los nervios bajaban, que volvía a respirar mejor y que mi mente se calmaba un poco.
Poco a poco empecé a ayudarme. Tomaba manzanilla, iba a terapia, aprendía ejercicios de respiración y un día tomé una decisión: quería recuperar mi vida.
Empecé a acostarme un poco más temprano. Al principio solo conseguía dormirme a las dos de la mañana, luego a la una, después a las doce. Volví al gimnasio y el ejercicio me ayudó muchísimo. Poco a poco volví a dormir, recuperé el apetito y empecé a sentirme más fuerte.
No voy a mentir. Todavía tengo días difíciles.
A veces aparece una punzada en el pecho, una molestia en la mandíbula, un dolor de cabeza o una sensación rara en el cuerpo y mi mente quiere convencerme de que tengo una enfermedad grave. Otras veces aparece un pensamiento que nunca antes había tenido: el miedo a morir o a que algún día todo termine.
Pero también he aprendido algo muy importante.
No soy la única persona que ha pasado por esto. Leer las historias de otras personas me hizo entender que la ansiedad puede hacerte sentir cosas muy reales y, aun así, se puede salir adelante.
Hoy sigo en el proceso. Todavía hay días buenos y días malos. Pero ya vuelvo a dormir, vuelvo a comer, vuelvo a hacer ejercicio, vuelvo a reír y vuelvo a disfrutar de las personas que amo.
Mi mayor sueño es volver a ser esa persona que vivía sin miedo, sin analizar cada sensación de su cuerpo, simplemente viviendo.
Y si alguien que está leyendo esto se siente identificado, solo quiero decirle una cosa:
No pierdas la esperanza. Aunque hoy parezca imposible, un día mirarás hacia atrás y te darás cuenta de que, sin darte cuenta, empezaste a recuperar tu vida. Paso a paso.