¿Seguirías leyendoeste prólogo de ciencia ficción sobre supervivencia y dilemas éticos?
El cielo había cambiado.
Al principio fueron informes científicos y datos que parecían falsos, errores de medición o fallos de calibración. Anomalías que no se contemplaban ni en las peores simulaciones. Durante meses, la comunidad científica debatió si aquello era posible.
Después llegó la certeza. El sol ocupaba demasiado espacio en el horizonte. Demasiado rojo,demasiado cercano.
Incluso desde el interior blindado de la sala de control, su presencia se hacía notar como una presión silenciosa sobre cada pensamiento. Nadie necesitaba ya mirar los gráficos para entender que el tiempo se había convertido en el recurso más escaso del planeta.
A través de los ventanales panorámicos podían verse las naves. No se parecían a nada construido antes. Habían sido concebidas con todos los recursos que aún le quedaban a la humanidad: materiales experimentales, arquitecturas imposibles, motores diseñados en colaboración con inteligencias artificiales capaces de calcular soluciones que ningún equipo humano habría sido capaz siquiera de imaginar.
Durante generaciones, las naciones habían competido por el poder, la energía o la influencia. Ahora competían por algo mayor.
Por primera vez en su historia, el planeta entero había concentrado su talento, su fortaleza y su miedo en un mismo objetivo.
Sobrevivir a la Tierra.
Las siluetas colosales aguardaban alineadas en las plataformas de lanzamiento. Quietas. Expectantes. Como si también ellas comprendieran la magnitud de lo que estaba a punto de suceder.
El último intento de la especie humana.
En la sala, algunos técnicos trabajaban sin hablar. Otros intercambiaban bromas breves, casi automáticas, como si la rutina pudiera protegerlos de lo inevitable.
Una señal luminosa parpadeó en uno de los paneles exteriores. Uno de los operadores alzó la vista.
-Tenemos actividad en el sector norte.
Nadie preguntó qué tipo de actividad. No hacía falta. En algún lugar del mundo, otras personas también estaban observando aquellas naves...
Y no todos deseaban que despegaran.