El departamento que solo podía pagar alguien desesperado
Hace algunos años estaba pasando por un mal momento económico. No tenía trabajo fijo, vivía al día, y cada mes era una ruleta para ver si alcanzaba a pagar la renta. En esa época, no podía darme el lujo de elegir dónde vivir. Más bien, el precio me elegía a mí.
Así fue como terminé yendo a ver un departamento pequeño en la Ciudad de México.
Lo había encontrado en un grupo de Facebook. Las fotos no eran muy buenas, pero el precio era ridículamente barato. Tan barato que hasta me pareció sospechoso. Pero la desesperación puede más que la desconfianza, y yo ya estaba desesperado.
Llegué al lugar un sábado por la tarde. Era una calle vieja, de esas con edificios que parecen olvidados. El departamento estaba en un segundo piso, sin elevador, con una escalera angosta que crujía con cada paso. La puerta la abrió un señor mayor, de esos que no dicen mucho pero lo miran a uno como si ya supieran todo.
—Pasa —me dijo, sin sonreír.
El departamento era pequeño, sí, pero no era lo que me esperaba. Las paredes tenían manchas de humedad con formas raras. El piso de madera estaba levantado en algunas partes. Olía a cerrado, a humedad, a algo que no sabía identificar. Pero el precio seguía siendo bueno, y yo necesitaba un lugar donde caerme muerto.
El señor me mostró la cocina, el baño, la recámara. Todo estaba bien, dentro de lo que cabe. Pero había algo que no me dejaba tranquilo. Una sensación rara, como si el lugar me estuviera mirando.
—¿Hay algún problema con el edificio? —le pregunté, tratando de sonar casual.
El señor me miró unos segundos antes de responder.
—No, no hay problema —dijo—. Solo que el inquilino anterior se fue de repente. Dejó sus cosas y no volvió.
—¿Y no volvió a buscarlas?
—No.
Se quedó callado. Yo también. En ese momento escuché un ruido. Algo así como un golpe seco, que venía de la recámara. Pero estábamos solos en el departamento.
—¿Escuchó eso? —pregunté.
El señor negó con la cabeza.
—Es la tubería —dijo—. El edificio es viejo.
No le creí. Pero tampoco le dije nada. Solo le agradecí y me fui.
Estaba decidido a no rentar ahí. Era un lugar normal pero al mismo tiempo tenebroso, de alguna manera. Al final, después de más días buscando opciones, tuve que reconocer que ese departamento fue la mejor que encontré hablando de precio. Así que volví y cerré el trato.
Al principio todo era normal. Pero con el paso del tiempo, las noches comenzaron a volverse difíciles.
Tengo varias historias de miedo de ese lugar. Si quieren que las cuente, comenten si les interesa.