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El pacto con el diablo

El precio de la caña

Por Redacción Nota Antropológica

La cocina era un hervidero de ollas y risas. Alguien mencionó a un hombre que cortaba más caña que todos los demás. Tanto que los capataces lo miraban con desconfianza. Tanto que sus compañeros le decían entre bromas: "Cómo te fue hoy con los muñecos". Esa frase significaba una sola cosa: había hecho un pacto con el diablo. Un antropólogo llamado Michael Taussig escuchó esa historia en 1970 y no pudo dejar de pensar en ella durante 40 años.

La mujer que contaba esta historia no lo conocía personalmente, pero sabía que aquella frase significaba que el hombre había hecho un pacto. Un pacto con el diablo.

Hasta donde se sabía, el dinero que obtenía aquel trabajador de la plantación de caña era mucho, pero no servía para nada de lo que realmente era útil. No podía comprar tierra porque, si lo hacía, la tierra se volvía estéril. No podía comprar ganado porque los animales se "secarían" y morirían. Tampoco lo podía usar para ahorrar ni invertir. En cambio, solo podía gastarlo en lujos como ropa fina, licor o mantequilla. Cosas que se consumen rápido y desaparecen rápido.

Además, el pacto tenía un precio especial porque quien lo hacía, decían, iba a morir joven y con grandes sufrimientos.

¿Por qué alguien haría algo así?

¿Y por qué solo los hombres que trabajaban como asalariados en las plantaciones, y no los campesinos que cultivaban su propia tierra?

Esa pregunta surgió en aquella cocina entre el calor de las ollas y mujeres apresuradas por terminar la comida. Un joven antropólogo llamado Michael Taussig la escuchó y lo dejó pensando, tanto que ya no pudo dejar de pensar en ella durante años.

Taussig había llegado a Colombia en 1969, en plena efervescencia de los movimientos campesinos y sindicales. Él no se conformaba con ser un observador. Por eso pasó casi cuatro años en la región, trabajando junto con su colaboradora Anna Rubbo e involucrándose en la organización política de los campesinos. Para él, la antropología no era una disciplina de laboratorio. Era una forma de estar en el mundo y de entender cómo la gente común interpreta su propia historia.

En aquel valle tropical encontró algo que hasta el momento no había visto en ninguna otra parte del mundo. La caña de azúcar crecía por todas partes. Era la actividad productiva de la región, tanto que los cañaverales parecían devorarlo todo a su paso.

Las grandes plantaciones, propiedad de tres familias blancas, se expandían sin control. Los campesinos descendientes de esclavos africanos, liberados en 1851, veían cómo sus parcelas se reducían hasta volverse insuficientes para vivir. Poco a poco fueron perdiendo la posibilidad de sostenerse con su propia tierra. Muchos no tuvieron otra alternativa que entrar a trabajar como jornaleros en los campos de caña.

Y con ese cambio ocurrió algo más profundo que una transformación económica. También cambió la manera de entender el trabajo.

Antes, la vida giraba alrededor de la parcela. El cacao, el café, el plátano y los árboles frutales crecían juntos. La tierra alimentaba a la familia, los animales y las siguientes cosechas. Si sobraba algo, se vendía. El dinero existía, pero ocupaba un lugar secundario. Lo importante era que el trabajo regresara convertido en alimento, en semillas, en vida.

Todo cambió cuando apareció el trabajo asalariado. Los mismos hombres que antes trabajaban para sostener a sus familias comenzaron a vender su fuerza de trabajo en las plantaciones.

Ya no sembraban para ellos, sembraban para otros. Ya no decidían qué producir ni cuándo hacerlo. Ahora seguían el ritmo de la plantación, las órdenes del capataz y el reloj de la jornada. Al final del día o la semana recibían un salario.

Fue en este punto cuando apareció algo que él nunca había presenciado: el diablo.

Esta figura no llegó con las plantaciones. Llegó porque aquella nueva forma de trabajar necesitaba una explicación.

Los campesinos empezaron a sentir que podían ganar más dinero que antes, pero a su vez comenzaron a ver que podían llegar a tener menos. Ese dinero que ganaban a la semana no alcanzaba para recuperar la tierra perdida. Tampoco servía para comprar ganado. No permitía reconstruir la vida campesina que habían dejado atrás. Era un dinero que producía riqueza para otros, pero no futuro para quien lo ganaba.

En ese momento Taussig descubrió algo que ningún capataz ni administrador parecía entender: el diablo no aparece en las parcelas campesinas. Los campesinos que cultivan su propia tierra, aunque sean pobres y necesiten dinero, no hacen pactos con el diablo para mejorar sus cosechas.

Tampoco las mujeres que trabajan en las plantaciones, ni los jornaleros que trabajan para otros campesinos. El pacto es exclusivo de los hombres que venden su fuerza de trabajo en las grandes plantaciones.

¿Por qué?

Taussig encontró que no tiene que ver con supersticiones ni con ignorancia. Tiene que ver con algo que todos experimentamos, aunque no siempre lo nombremos: la sensación de que el trabajo, cuando se convierte en mercancía, termina vaciándonos.

Pongámoslo así: un campesino que trabaja la tierra tiene un sentido que va mucho más allá del dinero. El cacao, el café, el plátano y los árboles frutales crecen juntos, dándose sombra unos a otros.

El suelo se regenera con las hojas que caen. No hacen falta fertilizantes ni herbicidas. La cosecha es constante y el trabajo es ligero. La tierra da frutos, y esos frutos alimentan a la familia. El dinero ocupa un lugar secundario. Lo importante es el ciclo: plantar, cuidar, cosechar, comer, compartir.

En la plantación todo cambiaba porque la caña de azúcar no se come. Se corta, se pesa, se paga. El trabajador no controla la tierra, ni las herramientas, ni el ritmo del trabajo. Sigue las órdenes de un capataz. Su cuerpo se convierte en un instrumento desechable. Los cortadores de caña envejecen rápido. Adelgazan. Se enferman.

"La caña nos degenera", decían los campesinos en los volantes que repartían durante las ocupaciones de tierras. "Nos convierte en bestias y nos mata."

El dinero que reciben no es estéril por casualidad. La lógica que rige el pacto con el diablo es una crítica mordaz, envuelta en un lenguaje mágico, al corazón mismo del capitalismo.

Los campesinos que Taussig escuchó nunca habían leído a Karl Marx. Pero habían intuido algo que Marx escribió en El capital: en una sociedad de mercado, el trabajo se convierte en una mercancía más. Se compra y se vende. Su valor se mide en dinero. Y el dinero, dentro del capitalismo, tiene una propiedad que parece sobrenatural: se reproduce a sí mismo. D-M-D', decía Marx. Dinero que se convierte en mercancía y vuelve a ser dinero, pero más dinero.

Ese movimiento, esa extraña capacidad del dinero para generar más dinero sin que el trabajo humano aparezca en la cuenta, es lo que Taussig relaciona con el fetichismo de la mercancía.

Es el momento en que las cosas que producimos parecen cobrar vida propia y terminan dominándonos. Es el momento en que olvidamos que el valor no nace de los objetos, sino de las relaciones entre las personas.

Los campesinos del Valle del Cauca lo veían y por eso el dinero del diablo era estéril. Porque sabían que el verdadero valor nace de la tierra, del cuerpo y del tiempo compartido.

El diablo no es un ser mitológico que vive en el infierno. Era la forma que encontró esa comunidad para nombrar algo que saben que está mal, aunque no tengan las palabras académicas para describirlo: la transformación de la vida en mercancía.

Y el diablo no engaña. Cobra su precio.

El hombre que hacía el pacto ganaba mucho dinero, pero moriría joven. El dinero que obtenía no podía convertirse en tierra, en ganado ni en futuro. No se puede construir una vida con ese dinero. El pacto no era una celebración del capital. Era una forma de denunciarlo, una manera de decir: esto no es natural. Esto no debería ser así.

Pero hay algo más. Porque el diablo también es político.

En los Andes bolivianos, en las minas de estaño, Taussig encontró otra versión de la misma historia.

Los mineros, que también habían sido campesinos, adoraban al Tío, una figura que representa al diablo dueño de las minas. Le ofrecían coca, licor y sangre de llama. Le pedían protección y minerales, pero sabían que el Tío es traicionero. Es codicioso y quiere la vida de los mineros.

El Tío se parece a los capataces, a los ingenieros y a los barones del estaño. Los mineros lo esculpían como una figura grotesca, con un pene enorme y dientes de vidrio. A esta misma figura le rezaban. Porque el Tío era ambivalente: da, pero también quita. Protege y destruye.

Esa historia comenzó con la Conquista, cuando los españoles trajeron su dios y también trajeron su diablo.

Para ellos, los dioses de los pueblos indígenas no eran dioses, sino demonios, y con el tiempo esa idea fue impuesta a los pueblos sometidos.

El diablo terminó convirtiéndose en el símbolo del poder extranjero, del blanco que llega para extraer la riqueza de la montaña. Pero también se convirtió en una herramienta de resistencia.

Incluso hoy en día, durante las procesiones del Carnaval de Oruro, los mineros representan la muerte del rey inca a manos de los españoles. Maldicen el oro y la plata para que desaparezcan. Para que los españoles tengan que vivir de su propio trabajo.

Ahí está el centro de esta cuestión porque el diablo no era una creencia irracional. Era una forma de memoria. La manera en que los oprimidos mantienen vivo el recuerdo de que las cosas podrían ser diferentes.

Taussig lo entendió así cuando leyó a Walter Benjamin, quien escribió que "articular históricamente lo pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Consiste en adueñarse de un recuerdo tal como brilla en el instante de un peligro".

El peligro, para los campesinos y los mineros, consiste en convertirse en instrumentos de la clase dominante. En olvidar que el trabajo puede ser otra cosa. En terminar viendo como natural un sistema que no lo es.

Y el diablo, con su contrato, funciona como un recordatorio. Como una advertencia. Como un grito.

En 2009, el antropólogo Taussig volvió a la región y se encontró con que la situación era peor. Las plantaciones habían arrasado con todo. Las granjas campesinas, que antes eran pequeñas islas de selva en medio de la caña, habían desaparecido. La tierra ahora se utilizaba para fabricar ladrillos. Los árboles se talaban para hacer cajas de tomates. Los químicos han contaminado el suelo. Los trabajadores son contratados por días, sin seguridad ni derechos.

Lo que antes eran historias, ahora es real.

Y, sin embargo, las historias persisten. Cambian de forma. En lugar del diablo, ahora algunos hablan de la mar...ana. Pero la estructura sigue siendo la misma: una transgresión, un pacto, un precio. El diablo cambia de rostro, pero no desaparece.

Porque la pregunta que los campesinos le hicieron a Taussig en 1970 sigue vigente ¿cómo se vive cuando el trabajo se convierte en una mercancía? ¿Cómo se construye un futuro cuando el dinero que ganas no puede comprar tierra, ni ganado, ni hijos, ni vida?

La antropología, en manos de Taussig, no responde esa pregunta. Pero hace algo igual de importante: la mantiene viva. La convierte en una historia que no se deja olvidar.

Eso, quizás, es lo más importante que puede hacer una disciplina: recordar que el mundo no siempre fue así y que no tiene por qué seguir siéndolo

Ahora piensa en tu trabajo. Piensa en el dinero que ganas. Piensa en las cosas que compras.

¿Cuántas de ellas realmente producen vida y cuántas solo sostienen un ciclo que termina devorándose a sí mismo?

Fuente: Taussig, M. T. (2021). El diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica. .

u/West-Juggernaut-2832 — 1 month ago