Agente 3B "parte ll"
El sujeto guarda silencio.
No es un silencio incómodo. Es el tipo de silencio que aparece cuando alguien está recordando cosas que preferiría olvidar. Suspira profundamente, baja la cabeza y observa sus propias manos durante unos segundos.
Bueno... supongo que ya llegamos a la parte donde me presento.
Sí, yo también fui un sujeto de prueba.
Y, para ser sincero, fui uno de los más afortunados.
Mi regeneración no alcanza esos niveles absurdos de los que hablaban algunos científicos. No soy capaz de recuperar una extremidad perdida ni de cerrar una herida en cuestión de segundos. No soy un milagro.
Pero mi cuerpo aprendió a hacer casi todo de la forma más eficiente posible.
Cada alimento que consumo es aprovechado al máximo. Mi organismo desperdicia muy poco. Mis músculos tardan mucho más en fatigarse, mi respiración se mantiene estable incluso después de correr durante horas y mis reflejos son bastante superiores a los de una persona normal.
Ellos decían que el cuerpo humano desperdicia demasiada energía.
El mío ya no.
Es como si cada célula hubiera aprendido a trabajar sin descansar.
No suena tan impresionante hasta que lo comparas con una persona común.
Puedo permanecer varios días sin dormir antes de que el cansancio comience a afectarme.
Las heridas pequeñas desaparecen en cuestión de horas.
Los huesos rotos tardan semanas donde cualquier otra persona necesitaría meses.
Mi vista es mejor.
Mi oído también.
Incluso mi memoria cambió.
Hay recuerdos de cuando tenía seis años que siguen siendo igual de claros que el día en que ocurrieron.
A veces eso también es una maldición. Hay cosas que yo preferiría olvidar, extraño a mi familia, no porque hayan sido perfectos. Simplemente porque eran mi familia.
Yo nunca pedí terminar aquí.
Nunca soñé con convertirme en un arma, una herramienta que sería usada para hacer daño.
Cuando el proyecto fue cancelado oficialmente, los altos mandos visitaron las instalaciones por primera vez.
Recuerdo perfectamente sus rostros, vestían trajes elegantes, zapatos brillantes.
Relojes que probablemente costaban más que toda la casa donde crecí.
Caminaron entre las salas de experimentación con expresiones de asco.
No por nosotros, por las consecuencias, los cadáveres, la sangre, los informes, las fotografías.
Todo aquello era demasiado difícil de ocultar.
Fue entonces cuando pronunciaron las palabras que cambiarían nuestras vidas.
—El proyecto termina hoy.
Los científicos discutieron. Algunos gritaban. Otros intentaban convencerlos de que estaban a solo unos años del mayor descubrimiento médico de la historia.
Nadie los escuchó...
La decisión ya estaba tomada. Entonces surgió una pregunta.
Una sola.
—¿Qué hacemos con los sujetos?
El silencio volvió a llenar la habitación.
Nadie quería responder.
Éramos pruebas vivientes de que el proyecto había existido.
No podían dejarnos ir.
Tampoco podían admitir públicamente nuestra existencia.
Durante unos días desaparecimos de los registros.
No éramos personas.
No éramos pacientes.
No éramos empleados. Simplemente dejamos de existir.
Los defectuosos fueron los primeros. Recuerdo haber visto largas filas de personas, algunos apenas podían caminar, otros eran transportados en camillas.
Había quienes todavía sonreían porque pensaban que, por fin, los dejarían regresar a casa.
Nunca volvieron...
Las luces del pasillo se apagaban, se escuchaba un disparo y luego llegaba el siguiente.
Así de sencillo.
Durante mucho tiempo intenté convencerme de que aquello era una mentira, hasta que un día me entregaron un arma.
No entendía por qué.
Pensé que comenzarían a entrenarnos, no estaba equivocado, solo que el entrenamiento empezó antes de lo esperado.
La primera persona que tuve que ejecutar era un muchacho apenas un par de años mayor que yo.
Había sobrevivido a los experimentos, pero había perdido la razón.
Se golpeaba la cabeza contra la pared una y otra vez mientras repetía el nombre de la que supongo que era su madre.
No se resistió.
Ni siquiera me miró.
Simplemente seguía llamándola.
Todavía recuerdo ese nombre, todavía lo escucho algunas noches.
Después del primer disparo llegaron muchos más.
Con el tiempo dejé de preguntar quiénes eran.
Solo recibía un expediente.
Una fotografía.
Una orden.
Y la cumplía.
Así me convertí en un agente, no porque fuera el más fuerte.
Sino porque obedecía.
Nos clasificaban por rangos.
Los agentes de rango C apenas realizaban labores de vigilancia.
Los de rango B, como yo, éramos enviados a operaciones donde el combate era una posibilidad constante.
Los de rango A participaban en misiones especiales.
Y luego estaban los de rango S.
Curiosamente, no eran soldados.
Eran doctores.
Ingenieros.
Investigadores.
Las personas que realmente dirigían todo.
Ellos nunca ensuciaban sus manos.
Solo escribían informes.
Firmaban autorizaciones.
Observaban desde detrás de un cristal mientras otros hacían el trabajo.
Ese era el verdadero poder.
No la fuerza.
No la velocidad.
El conocimiento...
Los años pasaron.
Ahora tengo veinticinco años.
Si me vieras caminando por la calle, jamás imaginarías quién soy.
Pensarías que soy un hombre común.
Quizá alguien que pasa varias horas en el gimnasio.
Tal vez un modelo, un joven con buena genética.
No tengo cicatrices visibles.
Mi piel siempre termina recuperándose.
No tengo callos.
No importa cuántas armas sostenga ni cuánto entrene, mi cuerpo borra todas las marcas.
Es curioso.
Las únicas cicatrices que no desaparecen son las que nadie puede ver.
¿Soy feliz?
No.
Pero tampoco diría que soy completamente infeliz.
Creo que solo estoy cansado.
Cansado de fingir.
Cansado de obedecer.
Cansado de mirar a las personas viviendo una vida normal mientras yo intento recordar cómo era sentirse humano.
Hace unas semanas descubrí algo.
Tengo un hermano.
Mis padres tuvieron otro hijo.
Durante unos minutos imaginé cómo sería conocerlo.
Tal vez se parezca a mí.
Tal vez heredó la sonrisa de mi madre.
O los ojos de mi padre.
Después recordé algo.
Ellos me vendieron.
Sí.
Me vendieron.
Cada vez que lo digo suelo sonreír.
Es una costumbre.
Mi padre bebía demasiado.
Tenía un buen empleo, pero siempre encontraba la forma de quedarse sin dinero.
Las deudas crecían.
La comida desaparecía.
Mi madre hacía todo lo posible por mantenernos unidos. Nunca la culpé.
Creo que ella también fue una víctima. Durante mucho tiempo odié a mi padre.
Después dejé de hacerlo.
El odio cansa, yo ya estaba demasiado cansado.
Hace unos meses encontré algo interesante, un pequeño cuaderno, nada especial a simple vista.
Cubierta negra.
Páginas amarillentas.
Sin títulos.
Sin dibujos.
Solo nombres.
Cientos de nombres.
Cada uno acompañado por una fecha.
Un cargo.
Una dirección.
Una fotografía.
La lista completa de todas las personas involucradas en el proyecto.
Los científicos.
Los administradores.
Los militares.
Los políticos.
Los empresarios que financiaron las investigaciones.
Todos.
Mientras paso las páginas, una lágrima cae sobre el papel.
No sé exactamente por qué.
Tal vez porque recuerdo a los que murieron.
Tal vez porque recuerdo al niño que fui.
O tal vez porque, en el fondo, todavía esperaba que alguno de esos nombres perteneciera a alguien inocente. No fue así.
Cierro el cuaderno.
Y entonces sonrío, una sonrisa pequeña.
Silenciosa, casi amable.
Todo lo que ellos me hicieron...
Voy a devolvérselo.
No solo a ellos.
También a todo aquello que juraron proteger.
Quiero que sientan el mismo miedo.
La misma impotencia.
La misma desesperación.
No porque crea que eso arreglará el pasado.
El pasado ya está muerto, no como un cadáver enterrado que le dieron santa sepultura, más. Bien como un perro al cual atropellan y se pudre al sol.
Un pasado con un hedor a muerte. Claro, con el tiempo ese cadáver se va a secar y dejara de apestar. Pero ahora mismo no lo hará.
Creo que hago lo porque es lo único que me queda, puede que ahora pienses que soy un monstruo.
Tal vez tengas razón.
Pero los monstruos no nacen, los monstruos se fabrican.
Y yo conozco perfectamente el laboratorio donde me construyeron.