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LAS CRÓNICAS DE ERYNDOR

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Capítulo I:

La campana bajo la montaña

La primera campana sonó cuando todavía no había amanecido.

No fue un sonido fuerte.

Fue peor.

Fue un sonido profundo, tan grave que parecía venir desde debajo de la tierra.

Elián abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de madera de su habitación. Afuera, el viento golpeaba las ventanas de la pequeña casa y hacía crujir las ramas del viejo fresno que crecía junto al camino.

Entonces volvió a sonar.

Dong.

Elián se incorporó de golpe.

La campana.

No podía ser.

Hacía más de trescientos años que nadie escuchaba aquella campana.

Según los ancianos del pueblo, estaba enterrada en algún lugar de las montañas de Vardun. Había sido construida antes de que existiera el reino y, según las historias antiguas, solo sonaba cuando algo que debía permanecer dormido comenzaba a despertar.

Elián soltó una pequeña risa nerviosa.

—Historias de viejos...

Pero no sonrió.

Se vistió rápidamente y salió de su habitación.

En la cocina, su madre ya estaba despierta.

Estaba junto a la ventana, completamente inmóvil.

—Mamá.

Ella no respondió.

—¿La escuchaste?

La mujer cerró los ojos.

—Sí.

Elián se acercó.

—¿Qué fue?

Su madre tardó varios segundos en contestar.

—No lo sé.

Pero Elián sabía que estaba mintiendo.

Su madre había nacido en aquel pueblo. Conocía las historias mejor que nadie. Y desde que él era pequeño había evitado hablar de las montañas.

—¿Qué hay allí arriba?

Ella finalmente lo miró.

—Nada que deba preocuparte.

—Entonces, ¿por qué estás asustada?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Su madre se acercó y le tomó las manos.

—Escuchame bien, Elián. Hoy no vas a subir a las montañas.

—No pensaba hacerlo.

Ella lo miró fijamente.

—Prometémelo.

Elián dudó.

Después asintió.

—Te lo prometo.

Su madre lo soltó.

Pero ninguno de los dos sabía que, en ese momento, algo estaba observándolos desde el otro lado de la ventana.

Algo alto.

Algo inmóvil.

Algo que no había estado allí cuando Elián entró en la cocina.

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Al amanecer, todo el pueblo hablaba de la campana.

Los pescadores habían encontrado peces muertos flotando en el río.

Los perros no dejaban de ladrar hacia las montañas.

Y, durante la noche, las brújulas habían comenzado a girar sin detenerse.

Elián intentó ignorarlo.

Tenía diecisiete años y había aprendido que los problemas desaparecían si uno no los miraba demasiado.

O al menos eso decía su padre.

Su padre.

Ese pensamiento siempre le dejaba un vacío en el pecho.

Había desaparecido hacía ocho años.

Una mañana salió de casa para viajar hacia el norte y nunca regresó.

Nunca encontraron su cuerpo.

Nunca encontraron su caballo.

Nada.

Solo una cosa.

Una pequeña moneda negra que apareció tres días después junto al río.

Elián todavía la conservaba.

La llevaba siempre consigo, aunque nunca había sabido por qué.

Aquella mañana, mientras caminaba hacia el molino, sintió algo extraño en el bolsillo.

La moneda estaba caliente.

Se detuvo.

La sacó.

Por primera vez desde que la tenía, vio una marca grabada en su superficie.

Un círculo atravesado por tres líneas.

Elián levantó la vista hacia las montañas.

Y entonces escuchó una voz.

No venía de ninguna persona.

Venía del viento.

—Elián...

Se quedó paralizado.

—Elián...

La moneda comenzó a brillar débilmente.

El muchacho retrocedió.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Pero desde las montañas llegó un segundo sonido.

No era la campana.

Era un rugido.

Elián sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.

Y, en la distancia, una columna de humo oscuro comenzó a elevarse detrás de los picos.

El pueblo entero quedó en silencio.

Entonces apareció un anciano corriendo por el camino.

Era Orven, el guardián de los archivos del pueblo.

Llevaba un libro apretado contra el pecho.

—¡Todos a sus casas! —gritó—. ¡Cierren las puertas!

Nadie se movió.

Orven miró hacia las montañas.

Después miró directamente a Elián.

Y su rostro perdió todo color.

—No puede ser...

Elián dio un paso hacia él.

—¿Qué pasa?

El anciano apretó el libro.

—Tu padre tenía razón.

—¿Sobre qué?

Orven abrió la boca.

Pero antes de poder responder, la campana volvió a sonar.

DONG.

Esta vez el sonido atravesó todo el valle.

Las ventanas comenzaron a vibrar.

Los animales huyeron.

Y la montaña, allá en el horizonte, se abrió.

Una línea de luz roja apareció entre las rocas.

Elián sintió que la moneda ardía en su mano.

Entonces vio algo.

Una figura apareció sobre la montaña.

No era humana.

Levantó lentamente un brazo hacia el cielo.

Y señaló directamente hacia él.

Elián comprendió algo que le heló la sangre.

Aquello no estaba despertando por casualidad.

Lo estaba buscando a él.

Y su padre había sabido que algún día ocurriría.

La moneda se partió en dos.

Dentro había un pequeño papel enrollado.

Con manos temblorosas, Elián lo abrió.

Solo había una frase escrita.

NO CONFÍES EN LOS QUE LLEVAN LA CORONA.

Debajo aparecía una firma.

La firma de su padre.

Y una fecha.

Una fecha que no podía ser correcta.

Porque estaba fechada dos años después de su desaparición.

Elián levantó la mirada.

Las montañas ardían.

Y, por primera vez en ocho años, comprendió que quizá su padre no había muerto.

Quizá todavía estaba allí.

Esperándolo.

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