ELLA SE LOS LLEVA
Corría el año 1950. En un pequeño pueblo de Ecuador, donde la pobreza se aferraba a cada casa como el polvo a la tierra seca, vivía un matrimonio con seis hijos: tres varones y tres mujeres de distintas edades. Como era costumbre en aquellos tiempos, a cada uno de los que aún no podían trabajar se le asignaban tareas desde muy temprano.
Los dos más pequeños —un niño de ocho años y una niña de siete— tenían el encargo más pesado. La madre, con el rostro cansado y la voz baja, los despertaba siempre a las tres de la mañana. Sin lámpara, casi sin palabras. Solo el roce de su mano en el hombro y el mismo susurro de siempre:
—Ya es hora. Vayan al río.
A las cuatro en punto salían de la casa. Afuera todo era oscuridad. El camino se metía entre los bosques, donde los árboles se alzaban como figuras quietas y el aire olía a tierra mojada, a hojas podridas y a algo más, algo que los niños no sabían nombrar. Caminaban en silencio, cargando el bulto de ropa sucia, escuchando apenas el crujir de sus propios pasos sobre la hojarasca. A esa hora el mundo parecía detenido. Ni un gallo, ni un perro, solo el leve rumor del viento entre las ramas.
Tenían que recorrer varios kilómetros hasta llegar a orillas del río, el mismo lugar donde la mayoría de la gente del pueblo lavaba sus ropas cuando ya había salido el sol. Pero ellos llegaban mucho antes. Cuando el agua todavía estaba fría y negra, y la niebla se arrastraba baja sobre la superficie, como si algo respirara debajo. Allí, en esa quietud casi absoluta, comenzaban su trabajo.
Varios días pasaron. Los niños, en su camino hacia el río, empezaron a notar a una ancianita que caminaba en dirección al pueblo. Siempre cargaba una cesta grande y pesada sobre la espalda. Nunca los miraba de frente, pero ellos la veían pasar entre la oscuridad, con pasos lentos y firmes.
Una madrugada, cuando el cansancio ya les pesaba en las piernas, la anciana los interceptó en el camino.
—Hola, niños… ¿cómo están? —preguntó con una voz muy dulce, la voz de una abuela cariñosa.
Carlos, el mayor, recordó de inmediato las advertencias de su madre: no hablar con extraños. Se quedó callado. Lucía, en cambio, que era una niña abierta y sonriente, respondió sin pensarlo:
—Me llamo Lucía y tengo siete años. Él es mi hermano Carlos, tiene ocho.
—¡Lucía! —la regañó Carlos en voz baja—. Mamá nos ha dicho muchas veces que no debemos hablar con desconocidos.
La niña se calló de inmediato, avergonzada.
La anciana sonrió y le acarició suavemente la cabeza a Lucía.
—Tranquilo, pequeño Carlos. Ella es una niña muy cariñosa… y tú eres un hombre bien portado, porque obedeces a tu mamá.
Al escuchar la palabra “hombre” y el halago, Carlos se relajó un poco.
—Lo que pasa, Carlos —continuó la anciana—, es que estoy buscando un lugar donde vendan fréjol blanco. Me dijeron que en el pueblo hay, pero nunca lo encuentro. Los necesito para mi alimento.
Carlos, ya más confiado, respondió:
—Señora, en la esquina del señor Luciano venden. Dicen que él tiene los mejores. ¿Pero a usted le gusta el fréjol blanco? A mí no me gusta. Cuando mamá nos lo pone, yo se lo echo a Lucía en el plato y ella se enoja —dijo riéndose.
La anciana también rio, con un sonido suave y casi agradable.
—Ay, hijo… es que ya estoy viejita. Eso es de lo poco que puedo comer a mi edad.
Carlos, viéndola cargada, ofreció:
—Si quiere, le puedo ayudar a cargar ese cesto hasta la tienda.
En el mismo instante en que se acercó, la anciana se apartó de golpe. Su voz cambió. Ya no era dulce.
—No la toques, hijito. Ahí tengo objetos valiosos.
Carlos retrocedió, apenado.
—Perdón, señora…
—No pasa nada, hijito. Gracias a los dos por decirme lo de la tienda.
Cargó de nuevo la cesta y empezó a caminar. No había dado más de unos pasos cuando se detuvo, se giró hacia ellos y dijo, con una calma que helaba:
—Tengan cuidado… en esta oscuridad y con este clima. Cuídense, porque a los seres de la noche les gustan tiernos.
Y se marchó, desapareciendo entre los árboles.
Los hermanos se quedaron un momento en silencio. No entendieron del todo aquellas palabras, pero algo en el tono les había dejado una sensación extraña en el pecho. Luego siguieron su camino hacia el río, para cumplir con las tareas que su madre les había encomendado.
Al llegar a la orilla, Carlos notó de inmediato que algo no era igual. El aire se sentía más denso, el agua más quieta de lo normal y el barro de la orilla tenía un aspecto diferente. A su corta edad no sabía cómo explicarlo, pero el lugar le resultaba extraño. Por temor al castigo de su madre y para no asustar a Lucía, no dijo nada. Solo apretó los labios y siguió adelante.
Empezaron a lavar la ropa. Poco después, desde aguas arriba, vino flotando un zapato pequeño. Carlos se metió al río y lo recogió. Al tenerlo en las manos, le resultó familiar, aunque no logró recordar de quién era. Entonces vio que más prendas venían flotando. Las recogió todas.
—Luci, mira —le dijo señalando la ropa—. A alguien se le debió de caer todo. Vamos a subir un poco a ver si podemos devolvérsela.
—Hermano, si nos demoramos mamá nos va a regañar —respondió Lucía, con miedo en la voz.
Carlos pensó un momento.
—Tienes razón. Primero terminamos con la nuestra y después subimos.
Trabajaron más rápido de lo normal. Cuando terminaron, el alba empezaba a asomar y el frío de la madrugada se iba aflojando un poco sobre sus brazos y piernas mojadas.
Carlos tomó la mano de su hermana y empezaron a subir por la orilla. Poco después Lucía señaló algo en el suelo:
—Mira…
Había una cesta tirada. La ropa estaba esparcida por el barro, sucia y revuelta, como si alguien hubiera estado lavando y de pronto hubiera tenido que salir corriendo. Carlos vio el otro zapato, el que faltaba, junto a la cesta.
Extrañados, empezaron a recoger la ropa y a meterla de nuevo en la cesta. Carlos seguía inquieto. Cada prenda le resultaba más familiar.
Tomó una camisa y se la llevó a la nariz. Olió la misma colonia que usaba su tía.
—Esta ropa me resulta conocida —murmuró.
—A mí también —dijo Lucía—. Creo que esa camisa es igual a la que mamá le regaló a tía Vero por Navidad.
Carlos se quedó quieto. Recordó el día en que acompañó a su madre a comprarla, después de semanas ahorrando.
—Tienes razón… es de mi tía —dijo en voz baja—. Pero es raro. ¿Por qué está toda tirada aquí? ¿Por qué encontré parte de ella flotando en el agua? ¿Y por qué no hay nadie?
Se frotó la cabeza, confuso.
—Tía Vero siempre manda a mi prima a lavar, pero ella nunca viene de madrugada. Siempre viene de día, porque a tía Vero y a tío José no les gusta que esté sola de noche.
Lucía lo miró con inocencia.
—Tal vez solo se parece a la de tía Vero. Yo creo haberle visto una igual a una de las vecinas…
Carlos no respondió. Se quedó mirando la cesta, la ropa manchada de barro y el zapato que había recogido del agua. Algo no encajaba. Y esa sensación de que el lugar estaba “diferente” ahora le pesaba más.
Dejaron la cesta bien colocada cerca de la orilla, pensando que el dueño volvería pronto a buscarla.
—Hermanito, yo tengo hambre —protestó Lucía.
Carlos salió de sus pensamientos y se dio cuenta de que el sol ya empezaba a asomar.
—Tienes razón. Vamos a casa. Si nos demoramos más, mamá nos va a regañar. Seguro que el dueño viene rápido por su ropa.
Tomó la mano de su hermana y empezaron a caminar de regreso. Aunque el sol ya salía, el bosque seguía oscuro. Las sombras se aferraban a los troncos y el aire olía a tierra húmeda.
Nunca antes Carlos había tenido miedo del bosque, ni siquiera en las madrugadas más oscuras. Pero ese día, el simple crujido de las hojas bajo el viento le provocaba escalofríos. Apuró el paso, tratando de no demostrarlo.
—¿Por qué vamos tan rápido? —preguntó Lucía.
Carlos aflojó un poco y le sonrió, forzando la calma.
—Es que tengo mucha hambre, hermanita.
—Si mamá nos pone fréjol blanco, seguro se te quita —dijo ella riéndose.
Al escuchar esas palabras, un escalofrío le recorrió la espalda a Carlos. Notó que el aire se volvía más frío de pronto. Solo se rio, nervioso, para no asustarla.
Cuando llegaron a casa, se sintió aliviado. Su madre estaba sirviendo el desayuno.
—Qué bueno que llegaron a tiempo. Corran, cámbiense y lávense las manos, las tienen llenas de barro. Después se sientan a comer —ordenó.
Obedecieron. Al sentarse, Carlos suspiró al ver que había huevos y no fréjol. No sabía por qué, pero solo oír esa palabra lo ponía inquieto.
Los demás ya se habían ido a trabajar. Los tres comían en silencio, y por un momento los niños casi olvidaron a la ancianita y todo lo ocurrido en el río.
Hasta que unos golpes desesperados sacudieron la puerta.
No eran toques normales. Eran golpes fuertes, repetidos, acompañados de gritos y súplicas. La madera temblaba.
La madre se levantó de inmediato, con el corazón acelerado.
—Dios mío… ¿quién será? ¿Qué habrá pasado? —murmuró mientras se dirigía a la puerta, imaginando lo peor.
En cuanto abrió la puerta, el cuerpo de su hermana se desplomó al suelo. Marta, que también era su vecina, estaba en un estado de histeria total: lloraba, gritaba y volvía a llorar sin control.
—¡Cálmate, hermana! —dijo Matilde, arrodillándose a su lado—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás así?
Marta tardó unos segundos en poder hablar.
—Matilde… mi hija no aparece —logró decir entre sollozos—. Mi Mayra no aparece…
Carlos se acercó, curioso. Por suerte había mandado a Lucía a su cuarto.
—Tía, buenos días… bendiciones —saludó—. ¿Qué pasó con mi primita?
Marta reaccionó al escucharlo. Le tomó los brazos con fuerza.
—Mijo… tú fuiste hoy en la madrugada al río a lavar la ropa, ¿verdad?
—Sí, tía. Lucía y yo fuimos. ¿Por qué?
—¿Viste a Mayra en el río? —preguntó con una mínima esperanza en la voz.
Carlos negó con la cabeza. Marta volvió a derrumbarse.
Matilde intentó consolarla, pero era imposible. Le pidió a Carlos que fuera a llamar a su hermana. El niño corrió a buscarla.
—Marta, cálmate… Mayra no suele ir al río a esta hora —dijo Matilde—. A esta hora ya hay gente y sol.
—Sí, siempre va más tarde —respondió Marta entre sollozos—. Pero hoy le tocaba irse con su papá a la ciudad. Tenían que entregar un pedido de los patrones de Segundo. Yo pensé que quizás se había quedado con tus hijos… Cuando fui a buscarla, encontré la cesta en la orilla del río. Toda la ropa estaba manchada de barro y no había rastro de ella.
En ese momento Carlos regresó con Lucía y contó lo que habían visto: la ropa flotando, la cesta abandonada, cómo la recogieron pensando que el dueño volvería.
—Tía… yo sabía que esa ropa se parecía a la de ustedes —dijo Carlos—, pero pensamos que debía ser de otra persona, porque sabíamos que la prima nunca va tan temprano como nosotros.
—¿Vieron algo? ¿A alguien con ella? —preguntó Matilde, preocupada.
Los dos niños negaron con la cabeza. Marta volvió a romper en llanto.
Entonces Lucía, pensativa, habló en voz baja:
—Aunque… estos días hemos visto a una abuelita en el bosque.
Las dos mujeres se quedaron en silencio y la miraron.
—¿Una abuelita? —preguntó Matilde.
Lucía asintió. Matilde se giró hacia Carlos.
—Carlos… explícame.
El niño tragó saliva y empezó a contar:
—Hace algunos días la vemos en el camino. Siempre está parada entre los árboles con una cesta grande. Nunca nos hablaba… hasta hoy.
—¿Hasta hoy qué? —preguntó Matilde, levantando un poco la voz.
—Hoy, cuando íbamos hacia el río, se nos acercó. Nos preguntó nuestros nombres. Yo no le dije nada, porque usted siempre nos ha enseñado que no hablemos con extraños… pero Lucía sí le dijo cómo nos llamamos y cuántos años tenemos.
Matilde miró a su hija con dureza. Lucía estuvo a punto de llorar.
—¿Y después? —preguntó Marta, casi histérica.
—Después… nos pareció una abuelita dulce. Nos preguntó dónde podía comprar fréjol blanco —Carlos tembló al decir esas palabras y su madre lo notó—. Yo le ofrecí ayudarle a cargar la cesta hasta la tienda de don Luciano, pero cuando me acerqué gritó que no la tocara, que llevaba objetos valiosos. Entonces me aparté.
Matilde no entendía del todo, pero lo dejó continuar.
—¿Y después qué pasó? —insistió Marta.
—Después volvió a ser dulce. Se despidió… y nos dijo algo extraño.
—¿Qué les dijo? —preguntó Matilde, ya con la voz tensa.
Carlos bajó la mirada.
—Que tuviéramos cuidado en la oscuridad y con este clima… porque a los seres de la noche les gustan tiernos.
Un silencio denso llenó la habitación.
Matilde sintió un frío intenso recorrer su espalda. Para que sus hijos y su hermana no lo notaran, forzó la voz y dijo:
—Tal vez… tal vez esa mujer estaba loca.
Pero ni ella misma se lo creía.
Matilde acompañó a su hermana hasta la casa del jefe del pueblo, con la esperanza de que pudiera organizar alguna búsqueda por Mayra. Por el temor que le provocaba lo ocurrido, decidió llevarse también a Carlos y a Lucía.
Al llegar, la esposa del jefe les informó que él no estaba. Había ido a la casa de don Luciano. Sin perder tiempo, todos se dirigieron hacia allá.
Cuando pasaron frente a la tienda, Matilde se detuvo en seco. En la puerta colgaban listones negros.
Preocupada, le pidió a Marta que se quedara con los niños mientras ella se acercaba a preguntar.
—¿Qué pasó, vecina? —preguntó—. ¿Por qué esos listones negros en la casa de don Luciano?
Una mujer de ojos enrojecidos la miró con pesar.
—Ay, vecinita… don Luciano murió esta mañana. De un infarto.
Matilde se quedó petrificada. Toda la vida había visto a ese hombre detrás del mostrador. Lo quería casi como a un familiar.
—¿Qué le pasó? —preguntó con la voz entrecortada, mientras las manos empezaban a sudarle—. ¿Por qué le dio el infarto?
—Nadie lo sabe con certeza —respondió la vecina—. Lo que se comenta es que algo… o alguien… lo asustó tanto que el corazón no le resistió.
—¿Algo que vio? —preguntó Matilde, sin entender del todo.
—Sí. Su hija cuenta que vio una sombra desapareciendo por las calles, metiéndose hacia el bosque. Cuando corrió a ver a su padre, pensó que lo habían asaltado. Lo encontró tirado en el suelo, gritando algo de una viejita… pero no alcanzó a decir más. El corazón no le aguantó.
Un sudor frío le bajó por la frente a Matilde. Se quedó inmóvil, incapaz de procesar del todo aquellas palabras.
Matilde regresó junto a su hermana y los niños. Les contó, con voz baja, lo que había ocurrido con don Luciano.
Carlos, todavía sin entender del todo, empezó a unir las piezas en su cabeza. La viejita del bosque… la muerte del hombre que vendía fréjol blanco…
—Mami… —dijo con un hilo de voz—. ¿Don Luciano no está muerto por mi culpa?
Matilde se agachó frente a él.
—¿Por qué iba a ser tu culpa, mijo?
—Porque… si fue la viejita del bosque… y yo le dije dónde podía comprarlo… —Carlos aguantaba las ganas de llorar—. Tal vez por eso le hizo daño.
Su madre le tocó la mejilla con suavidad.
—No, mi amor. Nada de esto es culpa tuya. Don Luciano ya estaba mayor. El corazón a veces no aguanta. Tú no hiciste nada malo.
Carlos asintió, aunque no parecía del todo convencido.
Esperaron un rato más. Finalmente vieron salir al jefe del pueblo de la casa. Matilde y Marta lo interceptaron de inmediato.
—Don Javier, qué bueno que lo vemos —dijo Matilde, con la voz un poco temblorosa—. ¿Podemos hablar con usted un momento?
El hombre sonrió al verlas.
—Claro, hijas mías. Después de lo de Luciano, es un alivio ver caras conocidas. Díganme, ¿qué pasó?
—Don Javier… mi sobrina Mayra desapareció —explicó Matilde—. Esta madrugada mi hermana la mandó al río. Mis hijos encontraron la cesta tirada y ropa flotando en el agua… pero de la niña no había rastro.
La sonrisa de don Javier se borró de golpe. Su rostro se volvió serio, casi nervioso. Bajó un poco la voz y se dirigió a Marta.
—Mija… les voy a decir la verdad —dijo, y se notaba que le costaba hablar—. Mayra no es la primera niña cuyos padres vienen a decirme que no la encuentran.
Se quedó en silencio un segundo, como si dudara en continuar.
—El patrón es siempre el mismo: ropa tirada en el barro, zapatos en el río… como si hubiera habido forcejeo. Pero no encontramos rastros. Ni huellas, ni nada. Varias veces hemos recorrido esos lugares y no aparece absolutamente nada.
Un silencio denso se instaló entre ellos.
Javier se despidió de ellas después de hablar un rato más. Antes de irse, prometió a Marta que harían todo lo posible por encontrar a su hija.
Matilde, a pesar del miedo que le provocaba lo ocurrido con su sobrina, no tenía otra opción. Su espalda le dolía demasiado y el dinero no alcanzaba para tratarse. No podía ir ella misma al río. Así que, día tras día, seguía mandando a Carlos y a Lucía.
Cada madrugada, antes de que salieran, les hacía la señal de la cruz en la frente, les colocaba un rosario alrededor del cuello y les repetía lo mismo:
—Vayan con Dios. Cuídense mucho. Y no hablen con nadie.
Los días fueron pasando. Contra todo pronóstico, los niños iban y regresaban sanos. Sin novedades. Sin encuentros extraños.
Las semanas se acumularon. De Mayra nunca más se supo nada. Ni un rastro. Ni una noticia.
Marta no pudo soportarlo. Una mañana hizo sus pocas maletas y se fue a la ciudad, con la débil esperanza de encontrar allí alguna ayuda para buscar a su hija.
En el pueblo, la vida continuó como pudo. Pero cada vez que Matilde veía a sus hijos salir hacia el bosque todavía oscuro, sentía un nudo en el pecho que no desaparecía del todo.
Una madrugada, Matilde despertó solo a Carlos.
—Lucía está enferma —le dijo en voz baja—. Hoy no puede acompañarte.
Carlos sintió un escalofrío. La idea de caminar solo por aquel bosque oscuro le heló la espalda, pero no dijo nada. Tomó la cesta de ropa y se preparó para salir.
Su madre le hizo la señal de la cruz en la frente, le colgó el rosario al cuello y le susurró:
—Ve rezando todo el camino. Dios va contigo.
Carlos salió de la casa haciendo exactamente lo que le habían pedido. Terminó la oración justo antes de entrar al bosque. El aire se sentía más denso y frío que otros días. De pronto, desde lo profundo de los árboles, escuchó una risa pequeña, casi infantil.
Cerró los ojos y echó a correr.
No vio el tronco. Chocó de lleno contra un árbol y cayó al suelo. Se quejó del golpe, se levantó entre las hojas secas y siguió adelante, más asustado que antes.
A mitad de camino volvió a ver a la ancianita. Iba en dirección al río, con su gran cesta a la espalda. Carlos se quedó quieto, esperando que pasara de largo… hasta que escuchó una voz conocida.
—¿Lucía? ¿Qué haces aquí? —preguntó, asustado.
Su hermana se acercó y lo abrazó.
—No quería que fueras solito. Me escapé cuando mamá se fue a bañar.
—Estás enferma, tienes que volver a casa —le dijo Carlos, intentando hacerla regresar. Entonces se dio cuenta de algo—. Lucía… ¿dónde está tu rosario?
La niña se tocó el pecho.
—Se me olvidó. Salí corriendo y no lo agarré.
Carlos se quitó el suyo y se lo puso a su hermana.
—Toma el mío. Que Dios te cuide. Ven conmigo, pero no vas a lavar. No quiero que empeores.
Lucía aceptó. Siguieron juntos hacia el río.
Cuando estaban por llegar a la orilla, escucharon otra vez aquella risa, mezclada con un sonido parecido al de un búho. Miraron hacia todos lados, pero no vieron a nadie ni a ningún animal.
Carlos empezó a lavar la ropa, aunque sentía que algo andaba mal. De pronto vio, otra vez, prendas y un zapato pequeño flotando río abajo.
No lo pensó dos veces. Salió del agua, tomó la mano de Lucía y corrieron río arriba.
Lo que encontraron los dejó helados.
La ancianita estaba de espaldas a ellos. Con movimientos rápidos y precisos, metía a una niña pequeña dentro de su enorme cesta. La niña forcejeaba, tiraba ropa al agua y gritaba, hasta que de pronto sus gritos se apagaron por completo. Como si algo dentro de la cesta la hubiera silenciado.
Lucía no pudo contenerse y gritó.
Carlos intentó taparle la boca, pero fue demasiado tarde.
La anciana giró la cabeza con lentitud. Al verlos, una sonrisa torcida se dibujó en su cara… y entonces mostró su verdadero rostro.
Era horrible. Distorsionado. Nada humano.
Pero lo que más aterrorizó a los niños no fue la cara.
Fue mirar hacia abajo.
La anciana no tenía pies.
Simplemente flotaba sobre el suelo.
Los hermanos quisieron correr, pero las piernas no les respondían. Era como si el miedo les hubiera clavado los pies al barro. Carlos intentó empujar a Lucía hacia atrás, lejos de allí, pero ya era demasiado tarde. La anciana estaba frente a ellos.
—Hola, Carlos —dijo con una voz fría, exacta a la de su madre—. ¿Dónde está tu rosario?
Carlos se llevó la mano al pecho por reflejo. Solo entonces recordó que se lo había dado a su hermana minutos antes.
—¿No tienes rosario? —repitió la vieja, y su risa fue baja, casi cariñosa—. ¿No tienes quién te proteja esta noche?
Carlos salió corriendo por puro instinto. Había dado apenas unos pasos cuando miró hacia atrás y vio a Lucía todavía de pie, paralizada. El terror había sido tan fuerte que se había orinado encima. Tenía la mirada fija, la boca entreabierta y el cuerpo rígido, como si ya no perteneciera del todo a este mundo.
—¡Lucía! —gritó.
Volvió por ella. Le agarró la mano con fuerza y tiró.
—¡Corre, hermanita! ¡Corre!
Esta vez las piernas respondieron. Corrían entre los árboles, tropezando con raíces, respirando entrecortado, cuando Carlos miró una vez más hacia atrás.
La anciana se reía. Su cuerpo se retorció de una forma imposible, se encogió, y en un segundo se convirtió en un búho enorme de ojos amarillos. Ascendió entre las ramas con un aleteo pesado… y de pronto volvió a aparecer delante de ellos, otra vez en forma de mujer, flotando a pocos metros, sin tocar el suelo.
Solo se escucharon gritos y forcejeos en aquella madrugada fría.
Cuando el silencio regresó, junto a la orilla del río quedó una cesta de ropa abandonada, igual que las otras veces. El agua seguía llevándose algunas prendas río abajo, como si nada hubiera ocurrido.
Semanas después, Matilde ya no pudo más. El peso de lo que había perdido —su sobrina, la tranquilidad, y sobre todo la certeza de que algo malo seguía suelto en el bosque— se volvió insoportable. Una madrugada, sin decirle nada a nadie, se adentró entre los mismos árboles que tanto temía y se quitó la vida entre las ramas.
Lucía sobrevivió.
Pero nunca volvió a hablar.
Los años pasaron y ella solo conservó un recuerdo nítido, cruel y repetitivo: el momento exacto en que su hermano la empujó con todas sus fuerzas hacia el agua fría del río, le gritó que rezara y se aferrara al rosario, mientras la bruja lo arrastraba y lo metía dentro de aquella cesta enorme. Los gritos de Carlos se cortaron de golpe cuando la tapa se cerró.
Esa imagen nunca la abandonó. Ni de día ni de noche.
Lucía creció en silencio. Se convirtió en una mujer callada, de mirada ausente, que a veces se quedaba horas mirando hacia el bosque sin parpadear. Nunca pudo explicar lo que había ocurrido aquella madrugada. Ni a su padre, ni al jefe del pueblo, ni a los médicos que años después intentaron, una y otra vez, hacerla hablar.
Al final, también ella se apagó. Murió todavía joven, consumida por una pena tan profunda que nadie en el pueblo logró comprender del todo.
Y aunque el tiempo pasó y la gente dejó de hablar de Mayra, de don Luciano y de los niños que alguna vez lavaron ropa antes del amanecer, todavía hay quienes juran que, en las madrugadas más frías, se escucha una risa suave entre los árboles…
Y que a los seres de la noche les siguen gustando los tiernos.