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El Silbón - Cuento de terror
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El Silbón - Cuento de terror

Se dice que en la sabana venezolana, cuando el grillo comienza su canción y el sol se duerme entre ardientes caricias, una maldad, nacida de la ira más profunda, se alza sobre los llanos y llena de espanto el corazón de sus habitantes, ahogando la luz de la luna y haciendo ladrar a los perros. Su nombre se pronuncia solo entre temblorosos susurros, a modo de advertencia, o de funesta sentencia: El Silbón.

Eran las cinco de la tarde cuando Mamerto Martínez llegó al caserío de Belén. Se bajó de la carreta de un salto, dio las gracias al cochero sin mirarlo y por supuesto, sin darle propina. Tomó su maletín y se adentró en el pueblito dando grandes zancadas.

Belén no era más que un puñado de casitas de adobe, eternamente azotadas por el sol. Estaban reunidas en torno a un pozo de piedra, como si todas tuvieran sed. El ganado pastaba sin prisa, pues el mar de verdor se extendía hasta el infinito, y las chicharras cantaban desde los árboles, ajenas al calor que hacía vibrar el aire en la distancia. Sin detenerse, Mamerto se dirigió a la casa más grande, debía de ser la bodega.

Abrió la puerta de un empujón y el frescor del interior fue un alivio, el olor a sudor y encierro, no tanto. El posadero lo miraba desde la barra, una calurosa sonrisa se asomaba bajo el espeso bigote. No había nadie más, excepto por una hamaca ocupada que se balanceaba en una esquina.

Mamerto se alisó el traje y se aclaró la garganta.

—Buenas tardes, buen hombre. Sírvame un vaso grande de agua, por favor —dijo, ocupando un lugar en la barra.

—A la orden. ¿Qué lo trae a nuestro humilde pueblo, caballero? —preguntó el posadero, mientras llenaba una jarra en el tinajero.

—Soy el señor Martínez, encantado. Voy de paso hacia el rancho de los Zambrano, tengo entendido que la familia ha… desaparecido, y que sus tierras están sin ocupar.

El estallido de la jarra contra el suelo hizo saltar a Mamerto del banco, un silencio denso como la brea invadió la bodega. El posadero abrió la boca pero no dijo nada.

—No se atreva a pronunciar ese nombre aquí —gruñó alguien detrás de Mamerto. El hombre de la hamaca estaba ahora de pie, con los ojos muy abiertos y clavados en él.

Mamerto retrocedió nervioso.

—Les pido disculpas si los he ofendido, amigos. Vengo de la ciudad y no conozco a las gentes de estos lares. ¿Qué han hecho los Zam… esa gente para merecer tanto odio? Tengo entendido que están todos muertos.

El hombre de la hamaca se acercó a Mamerto. Su voz se convirtió en un susurro.

—Odio no, señor. Miedo. Pues uno de ellos aún camina sobre estas tierras…

—¡Cállese, compa! No hable más de la cuenta —lo cortó el camarero.

—¿No ve que el hombre pretende meterse allá a revolver el pasado? Tiene que saber —le respondió el otro.

Mamerto sonreía aliviado. Tan solo se trataba de alguna leyenda local. El problema, era que, según le habían ya avisado, estos pueblerinos incultos se tomaban muy en serio sus propios cuentos. Tendría que medir sus palabras.

—Cuénteme, buen hombre. ¿Qué tengo que saber sobre mis futuras tierras? —preguntó.

El hombre se acercó más a Mamerto, su aliento olía a cerveza vieja. Dio una rápida mirada de reojo al cantinero que comenzó a persignarse, y habló así:

—Ocurrió hace como diez años. Yo mismo vi con estos ojos al señor Efraín, cuando se apareció una noche blanco como un muerto y la ropa ensangrentada. Lo poco que nos pudo contar fue que su familia estaba toda muerta y que le había echado una maldición a su propio nieto. Esa misma noche, se empezaron a escuchar unos silbidos horribles por todo el pueblo. A veces lejos y a veces cerca, y durante todo ese tiempo, el viejo Efraín gritaba y gritaba desde el cuarto, hasta que salió corriendo y se lanzó de cabeza al pozo.

La sonrisa de Mamerto se fue borrando. Se dio cuenta de que las chicharras ya no cantaban y que la luz que entraba por las ventanas había menguado, como si una nube gris hubiera tapado el sol de repente. Un escalofrío recorrió la bodega, pero el hombre siguió hablando.

—Después de que el viejo saltó, todos vimos una sombra en la distancia, por allá en el monte. Era alto, muy alto, como cuatro metros medía. Llevaba un sombrero ancho y un saco al hombro, se alejó hasta que se perdió en la oscuridad, pero mientras más se alejaba, más cerca se escuchaba su silbido, y cuando parecía que lo teníamos en la pata de la oreja… se había ido. A partir de esa noche, nadie coge camino después del atardecer, pues ese espanto todavía ronda por la sabana. Créame cuando le digo que esas tierras están malditas, señor.

El cantinero frunció el ceño, meditabundo.

—Compa, ¿como era que se llamaba josefina antes de casarse con don Zambrano?

—Josefina Martínez —dijo el otro levantando las cejas con la mirada fija en Mamerto.

—Es un apellido muy común —respondió Mamerto, sin devolverle la mirada— Pero bueno, si ese dichoso espanto resultara ser familia... Tal vez no me haga daño.

Mamerto rio solo, sus carcajadas vacías se perdieron en la oscuridad de la bodega. Una ráfaga de viento entró silbando por la ventana, y de pronto sintió miedo.

Esa tarde, Mamerto se hospedó en un cuartito adjunto a la bodega, no era más que un depósito atestado de barriles y cajas, donde el aroma del jamón curado y el casabe se mezclaba con el acre de la madera vieja y la cerveza. Había una hamaca polvorienta colgando en el centro, frente a una gran ventana, que abrieron de par en par.

El cantinero se había dedicado a cuchichear con el resto de los campesinos, que ahora lo evitaban como a la peste, y la señora que normalmente hospedaba a los viajeros le había negado la habitación. Así que Mamerto decidió no salir más, y pasar las pocas horas de luz que quedaban meciéndose en la hamaca, mientras contemplaba el atardecer, arrullado por el rumor del llano.

Abrió los ojos en medio de la oscuridad. La brisa acariciaba su espalda a través de la hamaca y se enredaba entre los jamones que colgaban del techo, balanceándose suavemente. Mamerto miró por la ventana, ahí estaba el poso, con su negra boca abierta en un grito silente. había velas puestas sobre sus bordes y en el suelo, rodeándolo. Entonces, ¿el pozo no tenía agua? ¿Estarían aun los huesos del viejo allá abajo?

Los grillos callaron, una sombra pesaba sobre la sabana. Las cuerdas del chinchorro se quejaban bajo el peso de Mamerto. El sudor le picaba en la cara pero no se atrevía a moverse. Allá en la distancia, una ola de viento barría la hierba, acercándose con rapidez. La ráfaga llegó al pozo y apagó las velas con un sordo latigazo, los jamones se balancearon y uno cayó al suelo con un golpe seco. Un silbido se escuchó en la distancia, lejos, tenue. Una melodía ascendente que estremecía su corazón. El silbido se escuchó de nuevo. Más lejos aún, pero esta vez, Mamerto sintió el gélido aliento de la muerte en su oreja. Gritó, sin poderse mover, una mano huesuda emergía del pozo, sus gritos se mezclaron con el ladrido de los perros, cuyo explosivo retumbar parecía aclarar el aire, devolviendo a la luna su luz. Varios campesinos salieron, azotando el aire con látigos, y sus chasquidos rodaban por la sabana, desgarrando las sombras.

Un campesino se volvió hacia Mamerto, y con la cara desencajada de miedo, azotó con furia a través de la ventana, haciéndolo caer al suelo. Rodó con el tronar del látigo retumbando en su cabeza y de repente se encandiló con una fuerte luz.

Estaba en el suelo, cubierto de sudor y tierra. Se levantó desorientado cubriéndose del sol con la mano. No había velas en el pozo, pero el jamón seguía en el suelo.

Ya bañado y con ropa fresca, Mamerto esperaba a la sombra de un árbol. Había tenido la mala idea de comentar la pesadilla que tuvo a los campesinos, que se limitaron a guardar silencio mientras le echaban extrañas miradas. A duras penas pudo convencer al amigo del posadero, que se presentó como Eutanasio, para que lo llevara en carreta hasta el rancho, a cambio de un reloj suizo de oro que había comprado en Caracas hacía tiempo.

Sin embargo, tendría que pasar la noche allá, pues Eutanasio se negaba rotundamente a salir de Belén después del atardecer, tampoco le quisieron dar un caballo. Mamerto comprobó de nuevo su equipaje: chinchorro, pico y pala, agua, una reserva de casabe y queso, y por supuesto, su confiable revólver al cinto.

La carreta se acercó por el camino, dejando a su paso una nube marrón. Se detuvo frente a Mamerto, y la sombra sin rostro que era Eutanasio perfilado contra el sol, lo saludó.

—¿Está seguro que no quiere que lo lleve a la ciudad?. No vale la pena arriesgarse así por un terreno, señor. Y no olvide que nadie de estos lares querrá trabajar esa tierra maldita—dijo.

—Todo el mundo tiene precio… usted me está acompañando, ¿no es así?—respondió Mamerto con una sonrisa— Traeré gente de afuera si hace falta, y le puedo asegurar, que si consigo lo que estoy buscando, la dichosa maldición ya no le importará a nadie.

—¿Y qué puede ser eso?—preguntó el cochero.

—Oro negro, amigo mío. Oro negro—sonrió Mamerto.

El viaje, aunque envuelto en silencio, no fue desagradable. El suave viento de la mañana traía consigo el perfume del rocío, acariciando un ondulante mar de hierba, que se extendía en la distancia. A veces, pasaban cerca de pequeños lagos de azul acuarela, que estallaban en retazos blancos cuando las garzas alzaban el vuelo.

La carreta se detuvo de golpe, haciendo relinchar a los caballos.

—Aquí comienza el terreno de los Zambrano, señor—anunció Eutanasio, mientras Mamerto se apeaba—la casa está a una hora por ese camino.

Mamerto abrió la boca para quejarse, pero las riendas chasquearon y la carreta se alejó a toda velocidad. Después de un amargo suspiro, se echó el saco al hombro y comenzó a andar con resignación. Calculó que una hora de camino debía de ser mas o menos una legua de terreno, eso lo puso de buen humor.

Así avanzó Mamerto sobre el viejo camino que a veces desaparecía bajo el monte, obligándolo a abrirse paso entre la maleza. Se ensució los zapatos de cuero y se arruinó el traje, pero al final llegó a su destino. Una solitaria casita, agrietada y hueca como un cráneo viejo, se alzaba entre descuidados montarrales y desnudos árboles grises. La hierba se volvía más densa y seca mientras más se acercaba, y los sonidos de la sabana se quedaban atrás. Justo al frente de la casa había un árbol seco de cuyo tronco colgaban un par de cuerdas viejas, endurecidas por la intemperie. Un zamuro trazaba círculos en el cielo, que era ahora menos azul que antes

El crujido de la puerta rasgó con insolencia el espeso silencio al abrirse, Mamerto entró con paso seguro y dejó caer el pesado saco en el suelo de tierra batida. Sus pulmones se llenaron con una rancia sopa de madera podrida y moho. El interior del rancho no estaba del todo oscuro, columnas de luz con parches de maleza en la base, se alzaban allí donde el techo de paja había colapsado y minúsculas luciérnagas de polvo revoloteaban por doquier. En los rincones más alejados, espesas sombras absorbían todo el color de las tinajas y ollas de barro que yacían cerca del fogón, envuelto en frías telarañas. El la pared de la derecha, unos chinchorros podridos colgaban deshilachados de la pared agrietada, y en el centro del rancho, la mesa familiar estaba volteada entre un revoltijo de platos rotos, sobre una enorme mancha de óxido se extendía hasta los pies de Mamerto. Un escalofrió subió por sus piernas y retrocedió de un salto, levantando el saco de un tirón.

Mamerto se dedicó a pasear por sus nuevas tierras, marcando aquí y allá los lugares en los que comenzaría las prospecciones. De vez en cuando, se detenía y se giraba, pues sentía hostiles ojos clavados en la nuca. Cuando sol ya se hundía entre la hierba y el cielo sangraba, tiñendo la sabana de rojo, Mamerto decidió volver al rancho.

La noche lo encontró todavía en el camino, acompañado tan solo por el crujido de la tierra muerta bajo sus botas y por el susurro de los arboles. Maldijo a Eutanasio por haberle metido tonterías en la cabeza. Apoyó la mano en el revólver y aceleró el paso.

De repente, el viento rugió y una violenta ráfaga azotó el camino, creando un torbellino de polvo y hojas secas. El aire se llenó de un olor denso y amargo, como de huesos calcinados, entonces Mamerto sintió la presencia en la boca del estómago, en los vellos erizados de la nuca. Se detuvo, y giró lentamente.

Allá sobre el camino avanzaba una alta figura vestida de sombras, arrastrando un enorme saco, un ancho sombrero cubría su rostro. La oscuridad devoraba el camino tras él, opacando incluso las luz de las estrellas sobre su cabeza. Mamerto se paralizó, víctima de un gélido terror que contrastaba con la calidez que bañó sus pantalones.

Entonces lo escuchó: el silbido, con aquella horrible melodía. Se escuchaba cerca, como si el espectro estuviera a su lado. Un espasmo de horror sacudió a Mamerto, sacándolo del shock inicial. Desenfundó el arma y dos disparos retumbaron en la oscuridad. Echó a correr. El silbido rebotaba entre la maleza. Parecía venir de todas partes a la vez. Mamerto llegó al rancho, entró embistiendo la puerta, y resbaló, sus huesos crujieron contra el suelo húmedo y tibio. Se miró la ropa y las manos, estaba empapado en sangre fresca. La vieja mancha de óxido era ahora una laguna roja que llenaba la mitad de la sala.

El silbido volvió, pero lejos, como un débil eco. Mamerto se quiso levantar, pero la sombra estaba sobre él, blandiendo un fémur como si fuera un garrote. Sus ojos brillaban como carbones rojos y sus labios retorcidos estaban cosidos con un mecate viejo. Estrelló el hueso contra la rodilla de Mamerto, que se arrastró aullando de dolor. El saco se abrió y cientos de huesos se desparramaron sobre el suelo ensangrentado. Ahora Mamerto escuchaba el silbido dentro de su cabeza, afiladas agujas rebotando en su cráneo y arañando sus ojos desde atrás. Disparó cuatro veces más. El espanto avanzó. Mamerto se puso la pistola en la cien y jaló el gatillo.

El clic del barril vacío quebró su alma. El silbido resonó por última vez, haciendo vibrar cada fibra de su ser. La oscuridad engulló el rancho y Mamerto sintió un dolor sordo y profundo en el pecho, el frío lo envolvió y se sintió flotar hacia esos horribles ojos rojos, hacia el saco de huesos.

u/Imaginary-Thing-9222 — 19 hours ago

Heredarás el Humo (Cuento de terror)

El monasterio de San Adrián reposaba bajo las estrellas en medio del bosque; los árboles susurraban secretos a los locos que se hallaban despiertos en sus celdas; algunos respondían, otros fingían que no escuchaban. El profundo tronar de la campana los hizo callar. En el claustro, largas sombras se arrastraban por las paredes, seguidas por una fila de monjes que avanzaba en silenciosa procesión. Cerrando la marcha iba Esteban con una vela en alto; cada pocos pasos se giraba para ver cómo las tinieblas se tragaban la galería tras él. A su derecha, se extendía el jardín interno, habitado por retorcidas formas que siempre llegaban con la luna.

Los cantos se elevaban con el incienso entre las columnas de la capilla. Esteban esforzaba su garganta; le picaba por el humo, pero sabía que el propósito de los maitines era espantar a los demonios que rondaban al amparo de la noche, así que no se detuvo y su voz reverberó con el coro ante la gloria de Cristo, que los vigilaba desde la cruz. Cuando los cantos cesaron, una voz continuó vibrando en la lejanía, más allá de la capilla y de la oscura galería. Venía del calabozo.

Los monjes se miraron. Esteban se quedó quieto y bajó la vista, pero sintió ojos sobre él.

—Hijo mío, ocúpate de esa pobre alma —dijo el prior.

—¿A-Ahora? —tartamudeó Esteban.

El prior se limitó a levantar una ceja. Esteban tomó su vela y se puso en marcha. Abrió la puerta y otro grito estremeció la penumbra. Después de una profunda inspiración, el monje avanzó con lentitud. Quería dar tiempo a que apareciera algún guardia. Nunca le gustaron, parecían acechar tras cada esquina; un solo grito bastaba para que cayeran sobre los pacientes con sus garrotes, mientras que él y sus hermanos se ocupaban de encarrilar sus almas.

Cuando llegó a la entrada del sótano, los gritos se habían convertido en sollozos. Bajó con la espalda contra la pared y la vela en alto; los peldaños en caracol giraban hundiéndose en la tierra. El llanto se atenuaba. Ahora no era más que un susurro que se arrastraba desde las profundidades.

—Vuelve a tu agujero, te destierro, te destierro— decía la voz.

Unos escalones más y Esteban vio la apertura en la piedra. Cruzó el umbral. La tierra batida y la paja crujieron bajo sus sandalias mientras avanzaba a la luz de la vela, que apenas iluminaba las puertas a cada lado del pasillo, haciéndolas vibrar con temblorosas sombras. El llanto venía de la celda nueve, al fondo.

Esteban tuvo que manipular la llave con las dos manos, pues se negaba a entrar en la cerradura. Después de un sonoro chasquido, la puerta giró con lentitud.

—Por todos los Santos, ¡pero qué has hecho, desdichado! —exclamó, horrorizado.

La claustrofóbica celda era un hueco de oscuridad que apestaba a sudor y orines. La luna se filtraba entre los barrotes y dibujaba un rectángulo de plata en el suelo encharcado. Una mancha oscura crecía en una esquina. Y en la otra, estaba Pedro, mirando con la cara desencajada de miedo a Esteban y luego al trozo de cántaro roto manchado de carmín que sostenía en la mano.

—Yo no quise hacerlo, padre —gimió—. Él tenía la perdición en las entrañas… Yo lo salvé. ¡Estoy haciendo la voluntad de Dios!

Esteban se apartó y dejó entrar a los guardias. Rezó mientras el eco de los golpes resonaba por el pasillo de piedra.

Esa mañana enterraron a Juan en el pequeño cementerio que había detrás del monasterio. El prior se retiró apenas terminó los ritos obligatorios y dejó a Esteban con un par de guardias, que llenaban el foso con evidente fastidio.

—Me dijeron que viste lo que pasó —susurró uno.

—Sí, tenía el pecho abierto. Fue Pedro. El padre Esteban lo encontró escarbando entre sus entrañas. Luego Cristóbal y yo lo molimos a palos como la bestia que es.

Esteban apretaba el rosario en el puño mientras los hombres cuchicheaban.

—¡Basta! —gritó antes de darse cuenta—. ¡Están al servicio de Dios! ¡Muestren respeto!

—Perdón, padre —mascullaron ellos.

Esteban se retiró, acelerando el paso para no escuchar las risitas a su espalda. Se dirigió a la capilla. El olor a piedra y a incienso lo calmó. Respiró hondo y se arrodilló frente a la cruz.

—Perdóname, señor —rezó—. He pecado de ira.

—Tienes razón, hijo mío —susurró algo desde arriba.

Esteban se paralizó, sin atreverse a mirar, ni respirar. La voz sonó ahora clara y profunda.

—Esos malnacidos merecen morir.

Pegado a la cúpula, detrás de la Cruz, había un hombre. Su cuerpo era de carbón, con largos dedos que se hundían en la piedra; sus ojos de azabache devolvían el brillo del candelabro. Sin poder respirar, Esteban levantó el crucifijo. El demonio sonrió ante la pequeña figura de madera, y tras el parpadeo de una vela moribunda, desapareció.

Aun atolondrado, Esteban se encaminó hacia el locutorio para ocuparse de los internos. Escuchó sus balbuceos incoherentes y les dedicó plegarias que recibieron con ojos distraídos y bocas babeantes. De vez en cuando miraba por la ventana con creciente pavor. La luz se tornaba rosa. Era hora de darles de comer a los habitantes del calabozo.

Esteban abrió la puerta de la celda. Acurrucado en una esquina estaba Pedro, cubierto de cardenales. No miró el mendrugo de pan que se le ofrecía.

—No tengo hambre. Quiero estar ligero cuando me vaya.

—No saldrás de aquí, Pedro. Come, o llamaré a los guardias.

—¡Que vengan! ¡Que sus garrotes decoren mi piel con rojos besos! El dolor es dulce cuando tiene un propósito.

—Has matado a un…

—¡He liberado a un hombre! ¡Estaba corrupto! ¿Acaso no lo escuchas?

—¡Estás en la casa de Dios! ¿Cómo te atreves?

Pedro bajó la voz y adoptó un tono de complicidad.

—Hermano, sé que tú también lo ves. La oscuridad que llega con el crepúsculo no es de este mundo. Es densa… Viva. Camina por los pasillos. Se pega en los techos de las capillas detrás de nuestro Señor.

De repente, la celda parecía girar.

—¿Qué has dicho?

—¡Somos hermanos en esta batalla! —Los ojos de Pedro brillaban dentro de sus profundas cuencas—. ¡Busca el sonido de la uña, hermano! ¡Una uña que rasca!

Esteban cerró la puerta y se alejó. Todavía podía oír el eco de Pedro desde el pasillo: ¡Una uña que rasca!

En los días que siguieron, el monje se volcó por completo en la oración y el trabajo para olvidar aquellas blasfemias. El sol vagaba por cielos cada vez más grises, trayendo noches de larga vigilia. La piadosa imagen de la virgen se convertía lentamente en fría piedra y las plegarias no eran más que palabras.

Una luz cenicienta se colaba por las pequeñas ventanas del locutorio, donde se reunían los internos bajo la mirada de un santo que ya nadie reconocía. Su rostro negro de moho, su báculo roto. La voz cansada de Esteban se alzaba por encima de incoherentes murmullos.

—Y alzó su voz al cielo y dijo “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. ¿Recibiremos de…

Un sonido hizo a Esteban estremecerse. Provenía del fondo de la habitación, lejos de la lumbre. Uña contra piel, rítmico e insistente. Tomó una vela y avanzó con cautela. Los internos comenzaron a balbucear tras él. Aquel sonido le provocó al monje escozor en la nuca. La temblorosa llama reveló unos pies sucios, seguidos de un cuerpo pálido, cubierto de costras. Aquel ser escarbaba con abandono su cabeza, calva y llena de llagas.

—Detente… —ordenó Esteban. La comezón era más fuerte.

La mujer se giró.

—Me pica. ¡Ayúdeme, padre! ¡Ayúdeme! —carraspeó, extendiendo una mano de uñas rojas.

—¡Alto! ¡Guardias! ¡Guardias!

Los guardias aparecieron enseguida y se llevaron a rastras a la mujer entre gritos y patadas. Esteban volvió a su lugar. Los locos ahora lo esperaban en silencio. Continuó el sermón, las palabras se arrastraron inquietas.

—“¿Recibiremos de Dios el bien, y no recibiremos también el mal?” Y callaron los cielos, y no hubo respuesta…

Esa noche, acompañado por una solitaria llama, Esteban rezaba frente al altar de la Virgen, que lo miraba indiferente desde arriba. Tenía las piernas entumecidas y la espalda le dolía, pero siguió arrodillado. Había repetido el Ave María tantas veces que las palabras brotaban solas. Los párpados le pesaban. Bostezó, pero la oración no se detuvo. Esteban escuchó atónito cómo su voz reverberaba entre los muros en una eterna letanía. Se encogió en un rincón hasta que el ultimo eco murió.

En el silencio, pudo distinguir el sonido de pezuñas golpeando la piedra. Venían de afuera y caminaban en dos patas. Se acercaban por el pasillo. Esteban se puso de pie y recitó un salmo de protección.

—Dios todopoderoso…

Las palabras comenzaron a rebotar de nuevo contra los muros. Los pasos resonaron.

—Luz en la oscuridad…

Un rancio vaho llenó el pasillo y Esteban pudo distinguir dos cascos bajo la puerta, envueltos en negro pelaje. La madera crujió bajo afiladas garras.

—Mira a tu siervo en la tribulación…

Desde la puerta brotó una sombra que reptó por suelos y muros hacia Esteban. Los crujidos se convirtieron en golpes que retumbaban dentro de su cabeza. Retrocedió hasta el altar, derribándolo. Una lámpara de aceite estalló contra el suelo en un reguero de fuego. La sombra se retiró, dejando solo el rechinar del silencio y un olor a huevos podridos.

Los anillos del prior lanzaban destellos dorados a través de la rejilla del confesionario. Esteban se removía nervioso sobre el banquillo.

—Padre… Anoche he visto algo —susurró.

—¿Qué viste, hijo? ¿Tuviste un mal sueño?

—No. Estaba despierto. Rezaba, y el diablo me atacó. Era una sombra.

—Visiones. El fruto de una mente ociosa. Te he visto deambular por los pasillos. Temeroso, siempre con una vela —dijo el prior mientras se rascaba el brazo—. La llama ilumina, pero también deforma las sombras… Y la percepción.

—Sé lo que vi…

—Espero que no estés insinuando que el diablo se pasea a sus anchas por la casa de Dios, Esteban.

—No, padre.

—Trabajarás en el huerto con el hermano Bartolomeo. —El prior se rascaba el mentón bajo la barba—. El sudor limpiará el miedo que te nubla el ceño. Si no, ya se verá.

Esteban salió de la capilla con la mandíbula trabada; el aire se negaba a llenar su pecho. El huerto quedaba por la galería este, pero él se dirigió al oeste, hacia los calabozos. Bajó las escaleras de caracol, girando hacia la penumbra. Las llaves tintinearon. La puerta chirrió. Pedro esperaba de pie. El sol se colaba por la ventanita, creando un halo sobre su enmarañada cabeza.

—Lo has visto —se limitó a decir.

Esteban asintió.

—Era una sombra que me rodeaba. Recé, pero…

—Ya te lo dije, hermano, estas piedras están malditas. Las oraciones no pueden salir. Estamos solos.

—Creo que le teme al fuego.

Una sonrisa se extendió por el arrugado rostro de Pedro.

—Oh, candela divina que custodias el trono dorado… ¡Una oportunidad! —exclamó, para luego susurrar de nuevo—. Ya sabes lo que hay que hacer, hermano.

—¡No puedo hacer eso! —siseó Esteban.

Fue a cerrar la puerta, pero Pedro se abalanzó sobre él. Cayeron sobre la paja y Esteban sintió la mano sobre la boca, el hedor sofocante de un cuerpo abandonado. A contraluz, Pedro solo era una sombra.

—Shhh… escucha.

Esteban se quedó quieto. Escuchó las dos respiraciones. El goteo sobre la piedra. Y ahí estaba, tenue pero inconfundible: uñas rascando la puerta de una celda. Luego vino el picor en la nuca, y el escozor se extendió por el pasillo, pronto las doce puertas se sacudían con furia. Uñas y astillas rompiéndose en un coro de alaridos.

—¡Está aquí! —gimió Pedro.

—Dios bendito…

—¡Que suenen las trompetas y llueva fuego! —Pedro se levantó y tiró de Esteban con sorprendente fuerza, poniéndolo de pie—. Marcha sin miedo, hermano. ¡Que pronto nos alzaremos hacia los cielos en alas de ceniza y humo!

Esteban corrió escalera arriba. Tres guardias ya bajaban, atraídos por el ruido.

—¿Qué son esos gritos, padre?

—El demonio. Está aquí. ¡Busquen antorchas! ¡Busquen fuego, insensatos!

Esteban soltó la camisa del hombre, que lo miraba confundido, y los dejó allí. El cielo ardía cuando salió al claustro. En el jardín las sombras se agazapaban bajo los arbustos, extendiéndose lentamente con dedos inquietos mientras el monje se abría paso hacia la bodega. Cuando llegó, ya había alguien dentro: el hermano José se giró sobresaltado al escuchar la puerta. Tenía una taza entre las manos y las mejillas coloradas.

—¡Hermano! Creía…

—Ahórratelo. No hay tiempo.

—¿De qué…?

—¿Es que no lo oyes? —gritó Esteban extendiendo los brazos. Las uñas raspaban tras las paredes y el suelo, profundo, bajo la tierra misma.

José no miró las paredes, ni el suelo, que vibraba bajo sus pies. Se limitó a ofrecerle la taza.

—Bebe, hermano… —sonrió—. Esto calmará tu corazón.

Esteban miró el líquido oscuro. La mano. Tenía las uñas largas. Negras. Era una garra que ofrecía veneno. Apartó la taza de un manotazo y saltó sobre aquel demonio que lo tentaba. Se estrellaron entre los barriles. Esteban se congeló con el puño en alto. Bajo él yacía su hermano. Buscó el perdón en sus ojos, pero se encontró con una tormenta de golpes y arañazos, aferró la garganta y apretó hasta que la piel se tornó morada y los ojos rojos. Las paredes crujían, ahogando el llanto del monje.

De la boca de lo que era su hermano, surgió un líquido negro y borboteante. Esteban volvió en sí. Tomó la antorcha del muro y la acercó al charco que se extendía bajo el cadáver; las llamas saltaron enseguida, envolviéndolo.

Sin perder tiempo, cargó dos barriles de vino en una carretilla y corrió por la galería, antorcha en mano. Las sombras se apartaban a su paso, los barriles chorreaban, dejando una senda de fuego. Los gritos comenzaron a llegar: ¡Fuego! ¡Deténganlo! Pero Esteban no se detuvo. Bañó de ardiente vino el claustro, embistiendo a quien se interpusiera. El rascar remitía. Las sombras se volvían humo y todo resplandecía con luces de sangre y oro. De repente, sintió un golpe en la rodilla y cayó. La carretilla se volcó. Los barriles continuaron hasta la capilla, hasta el altar, donde estallaron con un furioso rugido. Esteban reía mientras los garrotes llovían sobre él.

La claustrofóbica celda era un hueco de oscuridad que apestaba a sudor y a sangre. La luna se filtraba entre los barrotes y dibujaba un rectángulo de plata en el suelo encharcado. Esteban sollozaba en una esquina. El fuego se había apagado. Solo quedaban las uñas, escarbando bajo la roja carne dentro de su pecho; rascando sus costillas desde adentro con cada inspiración. Esteban gritó entre dolorosos estertores. A su lado estaba Pedro. Sus ojos brillaban como ardientes luceros.

—No te preocupes, hermano. Te ayudaré —susurró, y recogió un trozo de cántaro.

u/Imaginary-Thing-9222 — 10 days ago

Juzguen mi cuento de zombis

La última hoja

A la luz de una moribunda vela, Aurelio sostenía la mano de su madre. Estaba cada vez más fría, más lejana. Un sirviente se mantenía inmóvil a un lado de la enorme cabecera de roble. Del otro lado estaba su padre. Los huesos comenzaban a endurecer sus facciones y de sus ojos solo quedaba un tenue brillo, oculto en la profundidad de sus cuencas.

Los ojos de la condesa recuperaron claridad por un instante. Aurelio estudió la dilatación de sus pupilas y apretó su mano para tomarle el pulso.

—¿Madre?— susurró.

—Shhh, ¿oyes las campanas? Se acerca el momento.

—No digas eso.

—Ay, mi niño. Tú, mejor que nadie, deberías entenderlo…

—He visto más allá, madre. No hay nada.

—¿Y qué hay de malo en una noche sin sueños?

Aurelio miró por la ventana. En el jardín, un antiguo roble soportaba los embates del viento. Cientos de hojas se pudrían a sus pies.

—¿Mantendrás tu promesa, hijo mío? —La sonrisa de la condesa era casi suplicante.

—La recordaré.

—Hijo. Prometiste —la sonrisa se esfumó. El pulso se aceleró.

Aurelio guardó silencio. La tristeza de su viejo corazón llegaba a él desde lejos. Casi imperceptible. La voz de su madre era un eco. Prometiste, repetía. Afuera, las hojas del roble siguieron cayendo hasta que solo quedó una.

El nuevo conde lanzó una mirada a su sirviente, y este supo qué hacer. Se acercó a la cama, tomó en brazos el cuerpo de la condesa y abandonó la habitación.

Aun de rodillas ante la cama vacía, Aurelio se tocó los ojos. Estaban secos. Su padre aguardaba inmóvil tras él. Un par de moscas le caminaban por la cara.

—Padre.

—Ayuda.

—Prepara la mesa de trabajo.

—Ayuda —confirmó su padre, y con paso tambaleante desapareció por el oscuro pasillo.

Esa noche, los calabozos resonaron con las invocaciones de Aurelio y los lastimeros murmullos de la muerte, doblegada a su voluntad. Los sirvientes detuvieron sus tareas y, por unos minutos, quedaron inmóviles en los salones y corredores, convertidos en estatuas de polvoriento cuero, mientras toda la atención de su amo se concentraba en el ritual. En las entrañas del castillo, las paredes del altar estaban recubiertas de incienso y grasa. El nigromante, con los brazos todavía en alto, observó los ojos de su madre llenarse de un pálido brillo verde. De sus labios marchitos brotó un susurro.

—Prometiste.

En Robledal las estaciones transcurrían bajo la sombra del castillo. La condesa había dejado de visitar el pueblo hacía meses. Se decía que su propio hijo la había matado y que la había sacrificado al diablo a cambio de terribles poderes. Pero había quien afirmaba haberla visto bajo el viejo roble del jardín. Inmóvil como un espejismo. Cuando don Aurelio aparecía, envuelto en gruesas capas de seda y flanqueado por guardias de negra armadura, nadie se atrevía a preguntar por su madre. Sus visitas eran breves y siempre seguidas de nerviosos susurros que se extendían por todo el pueblo. Unos decían que el conde jamás parpadeaba, otros decían que olía a carne muerta a pesar del perfume, alguien dijo haber visto cucarachas bajo la armadura de sus guardias.

Un día, las puertas del castillo se cerraron por última vez, y don Aurelio también desapareció. Sin embargo, esto no trajo paz a los habitantes de Robledal. Un miedo sin nombre se extendió por los campos y los bosques. Marchitando la tierra poco a poco y ennegreciendo los árboles. La caza escaseaba y arar la tierra era como herir un cadáver preñado de gusanos y hediondos gases que enfermaban a quien los respirara. Aquellos que se aventuraban al castillo para buscar respuestas volvían con historias de sombras en los altos ventanales y manos que brotaban del suelo. Se despacharon mensajeros para pedir ayuda al rey; unos nunca volvieron, y otros lo hicieron con excusas y promesas vacías. Una noche, un par de conejos escaparon de una cocina, sus cabezas colgando de sus cuellos rotos. Y una mañana, una doliente viuda encontró las tumbas del cementerio vacías. Los rastros de tierra y jirones de ropa se dirigían hacia el castillo del conde.

Aurelio estudiaba viejos pergaminos en la biblioteca de su torre. Leía en voz alta las invocaciones en antiguo sumerio mientras las copiaba en su grimorio. De repente, la pluma se le resbaló, arruinando la página con una gruesa estocada negra. Aurelio arrancó la hoja con una sonora maldición. Observó su mano. Su piel se asemejaba a los pergaminos que tenía al frente, y en la punta de los dedos se asomaban amarillentos huesos. Se dirigió a la ventana. El sol se ocultaba tras el viejo roble del jardín. Una solitaria hoja marrón se aferraba a la rama, tiritando de frío. Pensó en su madre, y no tardó en escuchar cómo arrastraba los pies hasta detenerse tras él.

—Prometiste —susurró ella.

—¿Cuánto tiempo ha pasado ya? —La mirada de Aurelio vagaba ausente por el horizonte.

—Prometiste.

Aurelio apoyó la cabeza en el cristal. Una ráfaga de viento casi despegó la hoja.

—¿Madre? Arráncate la lengua.

Un rasgón atravesó el aire, seguido de un chasquido.

—Tráeme mis guantes de piel —ordenó.

—Pffouaaaggh —confirmó la condesa, dando media vuelta.

Aurelio mantuvo los ojos cerrados por un momento. No podía sentir el frío del cristal, ni aire en sus pulmones. Permaneció en aquella nada hasta que la angustia despertó su corazón, lejos, pero más cerca que antes. Un caballo relinchó en la distancia. Abrió los ojos. Ya era de noche. Las luces de Robledal estaban apagadas y un grupo de antorchas se alejaba por el camino. Los viejos dientes del nigromante crujieron. Se ajustó la capa y se puso los guantes que encontró sobre el escritorio. La ventana se abrió y Aurelio saltó hacia las sombras.

Carmen avanzaba por el camino entre nerviosos susurros y el traqueteo de los carros. Su hijo no le había soltado la mano desde que salieron de casa. Nadie se había quedado en el pueblo. Se detuvo un momento para mirar atrás, hacia las sucias cáscaras que una vez llamó hogar. Un grito la devolvió al presente. Desde el castillo, una enorme sombra atravesaba las nubes, acercándose. Carmen pensó que se trataba de un pájaro gigante, pero cuando aquello se acercó, vio que no eran más que harapos flotando al viento, como una gran hoja muerta. La figura bajó y se posó frente a la caravana. Era un hombre envuelto en una desgastada capa. Sus cabellos blancos ondeaban, ignorando al viento, y su cara parecía de madera tallada. Cuando habló, no lo hizo con la boca.

—Den media vuelta. Ahora —su voz parecía brotar de la tierra. Dura, como ramas rotas.

Muchos campesinos cayeron de rodillas, presas del miedo. Otros huyeron hacia el bosque y unos cuantos se giraron para volver a Robledal. Carmen no se movió. El ardor en su pecho era más fuerte que el miedo.

—¿Para qué? ¿Para morir de hambre? —gritó antes de darse cuenta y enseguida se llevó la mano a la boca. La cabeza del conde se giró de manera apenas perceptible.

Otra voz se alzó, envalentonada, pero aún temblorosa. Era el molinero.

—Señor, la tierra está muerta. No hay nada para nosotros aquí —dijo—, no puede pedirnos que…

La voz del conde resonó entre los campesinos.

—¿Alguna vez has tenido una pesadilla, Roberto?

El hombre se sobresaltó al escuchar su nombre.

—Sí… Sí, señor.

—Cuando estamos sumergidos en ellas, no sabemos que soñamos. Nos vemos atrapados, sin esperanza. Pero de repente abrimos los ojos y estamos a salvo en casa.

Los campesinos se miraban confundidos.

—Señor…

—Solo les pido que aguanten un poco más, pues pronto despertaremos de este horrible sueño y el sol brillará de nuevo. Para siempre.

Carmen sintió que algo aferró su pierna; era una mano sin cuerpo. Ella se zafó del agarre de su hijo y lo empujó con fuerza.

—¡Corre!— gritó.

—¡Mamá! —El pequeño estaba paralizado.

Los gritos inundaron la noche cuando abuelos, madres y esposos surgieron de la tierra y se abalanzaron sobre aquellos que una vez amaron. Una marea de cuerpos vivos y muertos los separó. La voz del conde surgió entre los alaridos, entre los dientes rasgando la carne.

—No es más que una pesadilla…

Después de esa noche, Robledal se sumió en un silencioso sopor. Los aldeanos volvieron a sus hogares y siguieron cumpliendo con sus tareas diarias. El molinero empujaba su piedra, acompañado tan solo por sus propios susurros. Ecos de sus últimos momentos. Los granjeros se tambaleaban por campos muertos, esperando brotes que nunca llegaban. Los leñadores se adentraban en el bosque para golpear los troncos con sus hachas sin filo. Pero la mayoría salían de casa cada mañana y se quedaban de pie en algún lugar; cuando se ocultaba el sol, volvían a sus catres y con los ojos abiertos, esperaban el amanecer. Carmen era una de ellas. Cada pocos días, vislumbraba una pequeña figura renqueando por el camino.

—Corre…— gemía.

—Mamá… —respondía la figura.

Y así, los cielos desfilaron sobre una gruesa capa gris. La piel se volvió cuero, el cuero se deshizo y las palabras se volvieron murmullos. Una noche, Aurelio sintió su corazón palpitar. Se acercaba.

Desde su torre, el nigromante vio una antorcha adentrándose en sus tierras, una chispa dorada en la penumbra. La luz se acercó hasta los lindes del pueblo. Aurelio reconoció el uniforme y la armadura. Se trataba de un cazador de brujas. Aurelio sonrió mientras el hombre se santiguaba y cargaba virotes en una especie de ballesta. Su corazón batía con tal fuerza que creía poder escucharlo.

El cazador extrajo un par de matraces de un saco y los lanzó con fuerza hacia arriba; dos destellos plateados iluminaron la noche y una densa lluvia se desparramó sobre el primer grupo de aldeanos, que simplemente se desplomaron en silencio. Un tenue hormigueo recorrió el cuerpo de Aurelio. Sintió un rasgón en su mejilla; su sonrisa se ensanchaba y no sabía por qué.

Y entre explosiones de vapor y plata, el cazador se abrió paso por Robledal. Aurelio se sentó en su escritorio y esperó. Podía sentir cada espadazo y cada virote de plata, cada explosión retumbando por el valle, cada vez más cerca.

Pasos metálicos resonaron por el pasillo. Un golpe hizo caer la puerta y de entre las nubes de polvo surgió el cazador de brujas. Tenía la armadura abollada, estaba sucio y ensangrentado. En su mano palpitaba un rojo corazón; estaba cubierto de runas que sangraban como el lejano día en que Aurelio las grabó. La otra mano sostenía una daga, manchada de fresco carmín. No había sorpresa en sus ojos. Solo miedo.

—Dios todopoderoso… — murmuró jadeante.

El susurro del nigromante llenó la habitación.

—Acércate.

El cazador dio un paso hacia delante, con cautela. El corazón aceleró el pulso, las runas chorrearon y comenzaron a arder. Aurelio se apoyó sobre sus pergaminos. Se sorprendió al sentir un pequeño tambor en el pecho. El cazador levantó la daga. Aurelio cerró los ojos y afuera, la hoja se despegó de la rama y se fue con el viento.

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u/Imaginary-Thing-9222 — 1 month ago