
El Silbón - Cuento de terror
Se dice que en la sabana venezolana, cuando el grillo comienza su canción y el sol se duerme entre ardientes caricias, una maldad, nacida de la ira más profunda, se alza sobre los llanos y llena de espanto el corazón de sus habitantes, ahogando la luz de la luna y haciendo ladrar a los perros. Su nombre se pronuncia solo entre temblorosos susurros, a modo de advertencia, o de funesta sentencia: El Silbón.
Eran las cinco de la tarde cuando Mamerto Martínez llegó al caserío de Belén. Se bajó de la carreta de un salto, dio las gracias al cochero sin mirarlo y por supuesto, sin darle propina. Tomó su maletín y se adentró en el pueblito dando grandes zancadas.
Belén no era más que un puñado de casitas de adobe, eternamente azotadas por el sol. Estaban reunidas en torno a un pozo de piedra, como si todas tuvieran sed. El ganado pastaba sin prisa, pues el mar de verdor se extendía hasta el infinito, y las chicharras cantaban desde los árboles, ajenas al calor que hacía vibrar el aire en la distancia. Sin detenerse, Mamerto se dirigió a la casa más grande, debía de ser la bodega.
Abrió la puerta de un empujón y el frescor del interior fue un alivio, el olor a sudor y encierro, no tanto. El posadero lo miraba desde la barra, una calurosa sonrisa se asomaba bajo el espeso bigote. No había nadie más, excepto por una hamaca ocupada que se balanceaba en una esquina.
Mamerto se alisó el traje y se aclaró la garganta.
—Buenas tardes, buen hombre. Sírvame un vaso grande de agua, por favor —dijo, ocupando un lugar en la barra.
—A la orden. ¿Qué lo trae a nuestro humilde pueblo, caballero? —preguntó el posadero, mientras llenaba una jarra en el tinajero.
—Soy el señor Martínez, encantado. Voy de paso hacia el rancho de los Zambrano, tengo entendido que la familia ha… desaparecido, y que sus tierras están sin ocupar.
El estallido de la jarra contra el suelo hizo saltar a Mamerto del banco, un silencio denso como la brea invadió la bodega. El posadero abrió la boca pero no dijo nada.
—No se atreva a pronunciar ese nombre aquí —gruñó alguien detrás de Mamerto. El hombre de la hamaca estaba ahora de pie, con los ojos muy abiertos y clavados en él.
Mamerto retrocedió nervioso.
—Les pido disculpas si los he ofendido, amigos. Vengo de la ciudad y no conozco a las gentes de estos lares. ¿Qué han hecho los Zam… esa gente para merecer tanto odio? Tengo entendido que están todos muertos.
El hombre de la hamaca se acercó a Mamerto. Su voz se convirtió en un susurro.
—Odio no, señor. Miedo. Pues uno de ellos aún camina sobre estas tierras…
—¡Cállese, compa! No hable más de la cuenta —lo cortó el camarero.
—¿No ve que el hombre pretende meterse allá a revolver el pasado? Tiene que saber —le respondió el otro.
Mamerto sonreía aliviado. Tan solo se trataba de alguna leyenda local. El problema, era que, según le habían ya avisado, estos pueblerinos incultos se tomaban muy en serio sus propios cuentos. Tendría que medir sus palabras.
—Cuénteme, buen hombre. ¿Qué tengo que saber sobre mis futuras tierras? —preguntó.
El hombre se acercó más a Mamerto, su aliento olía a cerveza vieja. Dio una rápida mirada de reojo al cantinero que comenzó a persignarse, y habló así:
—Ocurrió hace como diez años. Yo mismo vi con estos ojos al señor Efraín, cuando se apareció una noche blanco como un muerto y la ropa ensangrentada. Lo poco que nos pudo contar fue que su familia estaba toda muerta y que le había echado una maldición a su propio nieto. Esa misma noche, se empezaron a escuchar unos silbidos horribles por todo el pueblo. A veces lejos y a veces cerca, y durante todo ese tiempo, el viejo Efraín gritaba y gritaba desde el cuarto, hasta que salió corriendo y se lanzó de cabeza al pozo.
La sonrisa de Mamerto se fue borrando. Se dio cuenta de que las chicharras ya no cantaban y que la luz que entraba por las ventanas había menguado, como si una nube gris hubiera tapado el sol de repente. Un escalofrío recorrió la bodega, pero el hombre siguió hablando.
—Después de que el viejo saltó, todos vimos una sombra en la distancia, por allá en el monte. Era alto, muy alto, como cuatro metros medía. Llevaba un sombrero ancho y un saco al hombro, se alejó hasta que se perdió en la oscuridad, pero mientras más se alejaba, más cerca se escuchaba su silbido, y cuando parecía que lo teníamos en la pata de la oreja… se había ido. A partir de esa noche, nadie coge camino después del atardecer, pues ese espanto todavía ronda por la sabana. Créame cuando le digo que esas tierras están malditas, señor.
El cantinero frunció el ceño, meditabundo.
—Compa, ¿como era que se llamaba josefina antes de casarse con don Zambrano?
—Josefina Martínez —dijo el otro levantando las cejas con la mirada fija en Mamerto.
—Es un apellido muy común —respondió Mamerto, sin devolverle la mirada— Pero bueno, si ese dichoso espanto resultara ser familia... Tal vez no me haga daño.
Mamerto rio solo, sus carcajadas vacías se perdieron en la oscuridad de la bodega. Una ráfaga de viento entró silbando por la ventana, y de pronto sintió miedo.
Esa tarde, Mamerto se hospedó en un cuartito adjunto a la bodega, no era más que un depósito atestado de barriles y cajas, donde el aroma del jamón curado y el casabe se mezclaba con el acre de la madera vieja y la cerveza. Había una hamaca polvorienta colgando en el centro, frente a una gran ventana, que abrieron de par en par.
El cantinero se había dedicado a cuchichear con el resto de los campesinos, que ahora lo evitaban como a la peste, y la señora que normalmente hospedaba a los viajeros le había negado la habitación. Así que Mamerto decidió no salir más, y pasar las pocas horas de luz que quedaban meciéndose en la hamaca, mientras contemplaba el atardecer, arrullado por el rumor del llano.
Abrió los ojos en medio de la oscuridad. La brisa acariciaba su espalda a través de la hamaca y se enredaba entre los jamones que colgaban del techo, balanceándose suavemente. Mamerto miró por la ventana, ahí estaba el poso, con su negra boca abierta en un grito silente. había velas puestas sobre sus bordes y en el suelo, rodeándolo. Entonces, ¿el pozo no tenía agua? ¿Estarían aun los huesos del viejo allá abajo?
Los grillos callaron, una sombra pesaba sobre la sabana. Las cuerdas del chinchorro se quejaban bajo el peso de Mamerto. El sudor le picaba en la cara pero no se atrevía a moverse. Allá en la distancia, una ola de viento barría la hierba, acercándose con rapidez. La ráfaga llegó al pozo y apagó las velas con un sordo latigazo, los jamones se balancearon y uno cayó al suelo con un golpe seco. Un silbido se escuchó en la distancia, lejos, tenue. Una melodía ascendente que estremecía su corazón. El silbido se escuchó de nuevo. Más lejos aún, pero esta vez, Mamerto sintió el gélido aliento de la muerte en su oreja. Gritó, sin poderse mover, una mano huesuda emergía del pozo, sus gritos se mezclaron con el ladrido de los perros, cuyo explosivo retumbar parecía aclarar el aire, devolviendo a la luna su luz. Varios campesinos salieron, azotando el aire con látigos, y sus chasquidos rodaban por la sabana, desgarrando las sombras.
Un campesino se volvió hacia Mamerto, y con la cara desencajada de miedo, azotó con furia a través de la ventana, haciéndolo caer al suelo. Rodó con el tronar del látigo retumbando en su cabeza y de repente se encandiló con una fuerte luz.
Estaba en el suelo, cubierto de sudor y tierra. Se levantó desorientado cubriéndose del sol con la mano. No había velas en el pozo, pero el jamón seguía en el suelo.
Ya bañado y con ropa fresca, Mamerto esperaba a la sombra de un árbol. Había tenido la mala idea de comentar la pesadilla que tuvo a los campesinos, que se limitaron a guardar silencio mientras le echaban extrañas miradas. A duras penas pudo convencer al amigo del posadero, que se presentó como Eutanasio, para que lo llevara en carreta hasta el rancho, a cambio de un reloj suizo de oro que había comprado en Caracas hacía tiempo.
Sin embargo, tendría que pasar la noche allá, pues Eutanasio se negaba rotundamente a salir de Belén después del atardecer, tampoco le quisieron dar un caballo. Mamerto comprobó de nuevo su equipaje: chinchorro, pico y pala, agua, una reserva de casabe y queso, y por supuesto, su confiable revólver al cinto.
La carreta se acercó por el camino, dejando a su paso una nube marrón. Se detuvo frente a Mamerto, y la sombra sin rostro que era Eutanasio perfilado contra el sol, lo saludó.
—¿Está seguro que no quiere que lo lleve a la ciudad?. No vale la pena arriesgarse así por un terreno, señor. Y no olvide que nadie de estos lares querrá trabajar esa tierra maldita—dijo.
—Todo el mundo tiene precio… usted me está acompañando, ¿no es así?—respondió Mamerto con una sonrisa— Traeré gente de afuera si hace falta, y le puedo asegurar, que si consigo lo que estoy buscando, la dichosa maldición ya no le importará a nadie.
—¿Y qué puede ser eso?—preguntó el cochero.
—Oro negro, amigo mío. Oro negro—sonrió Mamerto.
El viaje, aunque envuelto en silencio, no fue desagradable. El suave viento de la mañana traía consigo el perfume del rocío, acariciando un ondulante mar de hierba, que se extendía en la distancia. A veces, pasaban cerca de pequeños lagos de azul acuarela, que estallaban en retazos blancos cuando las garzas alzaban el vuelo.
La carreta se detuvo de golpe, haciendo relinchar a los caballos.
—Aquí comienza el terreno de los Zambrano, señor—anunció Eutanasio, mientras Mamerto se apeaba—la casa está a una hora por ese camino.
Mamerto abrió la boca para quejarse, pero las riendas chasquearon y la carreta se alejó a toda velocidad. Después de un amargo suspiro, se echó el saco al hombro y comenzó a andar con resignación. Calculó que una hora de camino debía de ser mas o menos una legua de terreno, eso lo puso de buen humor.
Así avanzó Mamerto sobre el viejo camino que a veces desaparecía bajo el monte, obligándolo a abrirse paso entre la maleza. Se ensució los zapatos de cuero y se arruinó el traje, pero al final llegó a su destino. Una solitaria casita, agrietada y hueca como un cráneo viejo, se alzaba entre descuidados montarrales y desnudos árboles grises. La hierba se volvía más densa y seca mientras más se acercaba, y los sonidos de la sabana se quedaban atrás. Justo al frente de la casa había un árbol seco de cuyo tronco colgaban un par de cuerdas viejas, endurecidas por la intemperie. Un zamuro trazaba círculos en el cielo, que era ahora menos azul que antes
El crujido de la puerta rasgó con insolencia el espeso silencio al abrirse, Mamerto entró con paso seguro y dejó caer el pesado saco en el suelo de tierra batida. Sus pulmones se llenaron con una rancia sopa de madera podrida y moho. El interior del rancho no estaba del todo oscuro, columnas de luz con parches de maleza en la base, se alzaban allí donde el techo de paja había colapsado y minúsculas luciérnagas de polvo revoloteaban por doquier. En los rincones más alejados, espesas sombras absorbían todo el color de las tinajas y ollas de barro que yacían cerca del fogón, envuelto en frías telarañas. El la pared de la derecha, unos chinchorros podridos colgaban deshilachados de la pared agrietada, y en el centro del rancho, la mesa familiar estaba volteada entre un revoltijo de platos rotos, sobre una enorme mancha de óxido se extendía hasta los pies de Mamerto. Un escalofrió subió por sus piernas y retrocedió de un salto, levantando el saco de un tirón.
Mamerto se dedicó a pasear por sus nuevas tierras, marcando aquí y allá los lugares en los que comenzaría las prospecciones. De vez en cuando, se detenía y se giraba, pues sentía hostiles ojos clavados en la nuca. Cuando sol ya se hundía entre la hierba y el cielo sangraba, tiñendo la sabana de rojo, Mamerto decidió volver al rancho.
La noche lo encontró todavía en el camino, acompañado tan solo por el crujido de la tierra muerta bajo sus botas y por el susurro de los arboles. Maldijo a Eutanasio por haberle metido tonterías en la cabeza. Apoyó la mano en el revólver y aceleró el paso.
De repente, el viento rugió y una violenta ráfaga azotó el camino, creando un torbellino de polvo y hojas secas. El aire se llenó de un olor denso y amargo, como de huesos calcinados, entonces Mamerto sintió la presencia en la boca del estómago, en los vellos erizados de la nuca. Se detuvo, y giró lentamente.
Allá sobre el camino avanzaba una alta figura vestida de sombras, arrastrando un enorme saco, un ancho sombrero cubría su rostro. La oscuridad devoraba el camino tras él, opacando incluso las luz de las estrellas sobre su cabeza. Mamerto se paralizó, víctima de un gélido terror que contrastaba con la calidez que bañó sus pantalones.
Entonces lo escuchó: el silbido, con aquella horrible melodía. Se escuchaba cerca, como si el espectro estuviera a su lado. Un espasmo de horror sacudió a Mamerto, sacándolo del shock inicial. Desenfundó el arma y dos disparos retumbaron en la oscuridad. Echó a correr. El silbido rebotaba entre la maleza. Parecía venir de todas partes a la vez. Mamerto llegó al rancho, entró embistiendo la puerta, y resbaló, sus huesos crujieron contra el suelo húmedo y tibio. Se miró la ropa y las manos, estaba empapado en sangre fresca. La vieja mancha de óxido era ahora una laguna roja que llenaba la mitad de la sala.
El silbido volvió, pero lejos, como un débil eco. Mamerto se quiso levantar, pero la sombra estaba sobre él, blandiendo un fémur como si fuera un garrote. Sus ojos brillaban como carbones rojos y sus labios retorcidos estaban cosidos con un mecate viejo. Estrelló el hueso contra la rodilla de Mamerto, que se arrastró aullando de dolor. El saco se abrió y cientos de huesos se desparramaron sobre el suelo ensangrentado. Ahora Mamerto escuchaba el silbido dentro de su cabeza, afiladas agujas rebotando en su cráneo y arañando sus ojos desde atrás. Disparó cuatro veces más. El espanto avanzó. Mamerto se puso la pistola en la cien y jaló el gatillo.
El clic del barril vacío quebró su alma. El silbido resonó por última vez, haciendo vibrar cada fibra de su ser. La oscuridad engulló el rancho y Mamerto sintió un dolor sordo y profundo en el pecho, el frío lo envolvió y se sintió flotar hacia esos horribles ojos rojos, hacia el saco de huesos.