LA REGLA DE LOS DOS:LA TORRE

Título tentativo: La Regla de los Dos

Capítulo 1: Los Pilares Con Nuestros Rostros

El aire olía a copal rancio y a piedra mojada.

Nunca debimos tomar ese desvío en Gómez Palacio. El GPS se volvió loco y la carretera nos escupió en esta ciudad que no aparece en ningún mapa. Templos por todos lados. Altos como catedrales, con vitrales negros y estatuas de la Santa Muerte de veinte metros mirándote desde arriba. Y junto a ella, Lucifer. Con alas rotas, sonriendo.

Lo peor no eran ellos. Lo peor eran los pilares.

Cada templo tenía cuatro, uno en cada esquina. Y en cada pilar, un rostro tallado en cantera. El mío. El de mi esposa, Mariana. El de mis hijas: Sofía de 13, Valentina de 4. Y el de mi hermano Diego, de 23. Como si alguien nos hubiera esperado desde hace siglos.

“Papá, tengo miedo”, susurró Valentina, aferrándose a mi pierna.

Descubrimos las reglas a la mala. Un tipo del pueblo, de los pocos que quedaban vivos, nos alcanzó antes de desangrarse. “Cuando una biblia aparece a los pies de la Santa, alguien muere. Siempre. Y para salir… la Torre del Olvido. Tiene un elevador. Cuesta una moneda por cabeza. Pero solo suben de dos en dos. Nunca uno. Nunca tres. Dos.” Después cayó, con una biblia vieja materializada sobre su pecho.

La torre estaba al centro de todo. Roja, oxidada, con un elevador de reja que rechinaba como un lamento. En la cima, flotando sin cables ni lógica, un barco. De madera oscura, con velas rotas. Nuestro único camino a casa.

Conté las monedas. Seis. Las exactas.

Miré a mi familia. No había tiempo para plan B. La ciudad empezó a moverse. Sombras salían de los templos. Los escuchábamos: pasos, risas, rezos al revés. Venían por nosotros.

Primera vuelta: Sofía y Valentina. Metí la moneda de Sofía, luego la de Vale. Las empujé dentro. “No miren abajo. Esperen arriba”. La reja cerró. El elevador subió con un quejido. Dos. La regla se cumplió.

Segunda vuelta: Mariana. Le puse la moneda en la mano. Nos miramos. Diez años de casados en un segundo. “Te amo”, dijo. “Sube”, contesté. Dos. El elevador volvió a subir.

Quedábamos Diego y yo. Solo dos monedas. Solo un viaje más.

“Hermano, tú subes”, le dije.

“Ni madres. Vamos a pelear”, contestó, con la voz quebrada de sus 23 años.

“No hay a quién pelearle, Diego. Es la regla. Si subo yo, uno de los dos se queda. Si no sube nadie, nos morimos los dos y ellas se quedan solas allá arriba”. Le puse mi moneda en la mano y la suya. Lo empujé a la reja.

El elevador subió. Yo me quedé.

Las sombras ya estaban en la base de la torre. Las risas más cerca. Me senté en el suelo, frente a las estatuas. Al menos ellas estaban a salvo. Cerré los ojos.

Entonces la escuché.

Pasitos.

Abrí los ojos. Una niña. Cinco, seis años. Vestido blanco, descalza, con tierra en las mejillas. Me miró sin miedo, como si me conociera.

“¿Tú quién eres?”, alcancé a decir.

Ella ladeó la cabeza. Se metió la mano al bolsillo y sacó una moneda. La misma que nosotros. La puso en la ranura del elevador.

No entendía. No tenía lógica. Pero la reja se abrió.

Se paró junto a mí, me tomó de la mano. Su piel estaba fría.

“Vamos”, dijo con voz que no era de niña. “Estuve esperando por ti”.

La regla. De dos en dos.

Subimos.

Cuando las puertas del elevador se abrieron en la cima, el viento me golpeó la cara. El barco flotaba a un paso. Y ahí estaban. Mariana cargando a Valentina. Sofía abrazando a Diego. Vivos. Completos.

Corrí y los abracé hasta que me dolieron los brazos.

La niña ya no estaba.

El barco se movió solo, alejándose de la ciudad mientras los templos se hacían pequeños abajo. Nadie habló hasta que la ciudad desapareció entre nubes negras.

Fue Sofía la que preguntó primero, con la voz chiquita:

“Papá… ¿quién era la niña que subió contigo?”

No supe qué contestar. Porque en los pilares de los templos, además de nuestros cinco rostros, había un sexto que nunca mencionamos.

El de una niña de seis años.

Fin del Capítulo 1

AUTOR: Oscar Manuel Sánchez Morales.

reddit.com
u/Menny1818 — 7 hours ago

LA REGLA DE LOS DOS:LA TORRE

Título tentativo: La Regla de los Dos

Capítulo 1: Los Pilares Con Nuestros Rostros

El aire olía a copal rancio y a piedra mojada.

Nunca debimos tomar ese desvío en Gómez Palacio. El GPS se volvió loco y la carretera nos escupió en esta ciudad que no aparece en ningún mapa. Templos por todos lados. Altos como catedrales, con vitrales negros y estatuas de la Santa Muerte de veinte metros mirándote desde arriba. Y junto a ella, Lucifer. Con alas rotas, sonriendo.

Lo peor no eran ellos. Lo peor eran los pilares.

Cada templo tenía cuatro, uno en cada esquina. Y en cada pilar, un rostro tallado en cantera. El mío. El de mi esposa, Mariana. El de mis hijas: Sofía de 13, Valentina de 4. Y el de mi hermano Diego, de 23. Como si alguien nos hubiera esperado desde hace siglos.

“Papá, tengo miedo”, susurró Valentina, aferrándose a mi pierna.

Descubrimos las reglas a la mala. Un tipo del pueblo, de los pocos que quedaban vivos, nos alcanzó antes de desangrarse. “Cuando una biblia aparece a los pies de la Santa, alguien muere. Siempre. Y para salir… la Torre del Olvido. Tiene un elevador. Cuesta una moneda por cabeza. Pero solo suben de dos en dos. Nunca uno. Nunca tres. Dos.” Después cayó, con una biblia vieja materializada sobre su pecho.

La torre estaba al centro de todo. Roja, oxidada, con un elevador de reja que rechinaba como un lamento. En la cima, flotando sin cables ni lógica, un barco. De madera oscura, con velas rotas. Nuestro único camino a casa.

Conté las monedas. Seis. Las exactas.

Miré a mi familia. No había tiempo para plan B. La ciudad empezó a moverse. Sombras salían de los templos. Los escuchábamos: pasos, risas, rezos al revés. Venían por nosotros.

Primera vuelta: Sofía y Valentina. Metí la moneda de Sofía, luego la de Vale. Las empujé dentro. “No miren abajo. Esperen arriba”. La reja cerró. El elevador subió con un quejido. Dos. La regla se cumplió.

Segunda vuelta: Mariana. Le puse la moneda en la mano. Nos miramos. Diez años de casados en un segundo. “Te amo”, dijo. “Sube”, contesté. Dos. El elevador volvió a subir.

Quedábamos Diego y yo. Solo dos monedas. Solo un viaje más.

“Hermano, tú subes”, le dije.

“Ni madres. Vamos a pelear”, contestó, con la voz quebrada de sus 23 años.

“No hay a quién pelearle, Diego. Es la regla. Si subo yo, uno de los dos se queda. Si no sube nadie, nos morimos los dos y ellas se quedan solas allá arriba”. Le puse mi moneda en la mano y la suya. Lo empujé a la reja.

El elevador subió. Yo me quedé.

Las sombras ya estaban en la base de la torre. Las risas más cerca. Me senté en el suelo, frente a las estatuas. Al menos ellas estaban a salvo. Cerré los ojos.

Entonces la escuché.

Pasitos.

Abrí los ojos. Una niña. Cinco, seis años. Vestido blanco, descalza, con tierra en las mejillas. Me miró sin miedo, como si me conociera.

“¿Tú quién eres?”, alcancé a decir.

Ella ladeó la cabeza. Se metió la mano al bolsillo y sacó una moneda. La misma que nosotros. La puso en la ranura del elevador.

No entendía. No tenía lógica. Pero la reja se abrió.

Se paró junto a mí, me tomó de la mano. Su piel estaba fría.

“Vamos”, dijo con voz que no era de niña. “Estuve esperando por ti”.

La regla. De dos en dos.

Subimos.

Cuando las puertas del elevador se abrieron en la cima, el viento me golpeó la cara. El barco flotaba a un paso. Y ahí estaban. Mariana cargando a Valentina. Sofía abrazando a Diego. Vivos. Completos.

Corrí y los abracé hasta que me dolieron los brazos.

La niña ya no estaba.

El barco se movió solo, alejándose de la ciudad mientras los templos se hacían pequeños abajo. Nadie habló hasta que la ciudad desapareció entre nubes negras.

Fue Sofía la que preguntó primero, con la voz chiquita:

“Papá… ¿quién era la niña que subió contigo?”

No supe qué contestar. Porque en los pilares de los templos, además de nuestros cinco rostros, había un sexto que nunca mencionamos.

El de una niña de seis años.

Fin del Capítulo 1

AUTOR: Oscar Manuel Sánchez Morales.

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u/Menny1818 — 1 day ago