¿Qué opináis de estos dos capítulos?
Buenas,
Estoy trabajando en el cuarto borrador de mi novela. La primera parte la escribí como un relato corto. Aunque el resultado me pareció bueno en su momento, pequé de mucha exposición, explicaciones innecesarias, y, en mi opinión, acelerar mucho el ritmo para poder condensar toda la historia.
Luego escribí tres partes más que completaban el arco de la protagonista. Pero esas partes las redacté un tiempo después, por lo que ahora, sobre todo, intento pulir la primera parte, darle un pelín más de extensión, limar aristas, eliminar explicaciones innecesarias, etc.
Me gustaría pediros ayuda en forma de feedback. No busco consejos técnicos, no quiero reescritura. Busco sensaciones:
- ¿Os engancha? ¿Os aburre?
- ¿Detectáis demasiada exposición? ¿Es demasiado lento?
- ¿La voz de la narradora os parece verosímil?
Etc.
Gracias de antemano.
P.D: La historia se llama "Hermandades", y la primera parte se llama "La Fortaleza".
1
Una de las lecciones más importantes que he aprendido a medida que he ido haciéndome mayor es que, a lo largo de nuestra existencia, vivimos diferentes vidas por las que vamos transitando sin darnos cuenta. Casi siempre somos conscientes de ellas pasados unos años de su finalización, cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de que ese capítulo ya está cerrado. Otras veces, la vida nos da tal revés que contemplamos, impotentes, cómo todo nuestro mundo se desmorona. Y en ese momento siempre pensamos que todo termina ahí, que el futuro que se nos presenta es como un oscuro abismo al que nos asomamos temerosos y al que, sin remedio, acabaremos por caer.
Han pasado muchos años, pero aún recuerdo con nitidez aquella mañana a la perfección. Era la primera hora del día y yo estaba estirada sobre el viejo colchón que compartía con mi hermanastra y mi madre. El sol asomaba en el horizonte y los primeros rayos comenzaban a filtrarse por la ventana de aquella pequeña habitación donde dormíamos. Rememoraba en ese instante mi primera vida, aunque yo todavía no la llamaba así. No había sido especialmente larga, y había terminado de forma abrupta hacía casi nueve años, cuando yo tenía siete. Ya entonces, aunque había pasado menos tiempo, apenas tenía un puñado de recuerdos de aquella etapa. Pero cuando me trasladaba a ellos sentía añoranza por la felicidad que había marcado mi tierna infancia y que ahora me faltaba.
—¿Te despertaste, Aura? —susurró mi madre sacándome de mis pensamientos.
Ella estaba al otro extremo del colchón, y entre las dos mi hermanastra Alma, que tenía ocho años, dormía profundamente.
—Sí —contesté—. Estaba pensando.
—¿En qué, cariño?
—En papá. Le echo de menos. Desearía volver a ser una niña y estar de nuevo con él.
—Yo también —dijo tras una pausa—. No hay día que no piense en él.
No era necesario que me lo dijera. Muchas noches, cuando creía que Alma y yo estábamos dormidas, la escuchaba llorar. No necesitaba explicaciones para saber que le afligía mi mismo dolor. Para ella, el cambio había sido tan abrupto como para mí. Mi estómago rugió, y no pasó desapercibido para mi madre.
—¿Por qué no vas a por algo de comer? Yo me quedo con Alma y te espero aquí.
—Claro.
Me levanté del colchón y caminé hacia la sala contigua.
Nuestro departamento consistía en dos habitaciones: una con un colchón y mantas, donde dormíamos; y otra con una mesa y cuatro sillas, un sofá viejo, una estufa eléctrica, unas estanterías con algunos juegos de mesa y libros y poco más. El baño estaba en el exterior, lo compartíamos con las otras estancias que se repartían alrededor del patio de armas. La cocina quedaba fuera, y también era compartida por casi todos los residentes de La Fortaleza, menos los Hermanos, claro.
Me vestí con mis dos únicas prendas: unos tejanos viejos y una camiseta blanca, y salí. Sentí un escalofrío al cruzar el umbral de la puerta. Me frotaba los brazos con ahínco mientras caminaba por el pórtico hacia la entrada al patio. Aún era muy temprano, nadie había salido. La quietud inundaba el lugar y el silencio solo era roto por mis pasos.
Alcancé la puerta que daba a las murallas justo en el momento en que uno de los guardias la estaba abriendo. Permanecía cerrada toda la noche y la abrían de nuevo por la mañana. Al centinela que se ocupaba de la puerta aquél día le conocía de oídas. Le llamaban “El Brasas”. Era alto y escuálido. Llevaba el pelo largo y desaseado, y barba de dos días. Su camiseta sin mangas dejaba ver los tatuajes en sus brazos: tres manos cogiéndose por las muñecas en el derecho, tres calaveras en el izquierdo. En la cintura, por encima de sus tejanos viejos, un cinturón con una pistola enfundada. Se apoyó en la pared, mirándose las uñas, pero al verme se incorporó y me sonrió, mostrando sus escasos dientes.
—Hola guapa. Sí que has madrugado, ¿no?
No le quise contestar. Intentaba reducir todas las interacciones posibles con los guardias. Pasé por delante de él y salí al exterior.
—¿No contestas? —añadió siguiéndome unos pasos afuera antes de detenerse.
Al salir del patio de armas,lo primero que me encontré fue el acceso a la entrada principal: una rampa que daba a una puerta al otro lado de la cual había un puente levadizo que salvaba el foso. Y a partir de allí, ya era el exterior. Hacía nueve años que no lo pisaba. Sin embargo, yo giré a la derecha, donde a unos metros había unas escaleras que descendían hasta la cocina.
Mientras caminaba, eché un vistazo a la vista panorámica. Siempre lo hacía. La Fortaleza estaba cerca del mar, en una privilegiada posición elevada. Desde allí, podía ver las ruinas de la ciudad. Miles de edificios semiderruidos cubrían por completo el espacio entre las montañas y el mar. Algunos de ellos, de hecho, se alzaban dentro del agua salada que había invadido algunos barrios del litoral. Pequeñas columnas de humo surgían de los asentamientos que sobrevivían desperdigados por las ruinas. Mi padre y mi infancia en uno de ellos volvieron a mi mente. Todo aquello era ahora territorio de los Hermanos. Dejé escapar el aire con lentitud y descendí por las escaleras.
La cocina era una sala bastante grande, y rectangular que olía a humedad. Había varias alacenas y armarios donde se guardaban tanto alimentos como utensilios de cocina y un gran frigorífico que emitía un sonido vibrante y continúo. También una pica con un grifo cuya agua se utilizaba únicamente para la limpieza y a su lado, una fuente y varias garrafas de agua depurada para el consumo. La pared de enfrente de la puerta estaba recorrida por una encimera que iba de punta a punta. Sobre esta, unas ventanas permitían que la incipiente luz solar iluminase levemente la cocina. Era la primera en llegar, no había nadie. Tampoco centinelas, porque aquella era la cocina de los civiles.
No di la luz, sabía bien donde encontrar lo que quería. Tomé un poco de pan de la alacena y luego abrí el frigorífico en busca de algo con lo que acompañarlo. Encontré un embutido del que disponíamos en abundancia, una especie de chopped que hacían con todos los sobrantes del ganado, o eso quería yo creer. Tomé un plato de un armario y un tomate maduro para preparar unos bocadillos para las tres.
Mientras estaba preparando el desayuno rememoré el pequeño asentamiento en el que me crié. No habíamos sabido nada de aquél lugar en años. Absorta en esos pensamientos, no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Di un respingo y me giré con brusquedad cuando sentí la presencia, o más bien el roce, de alguien detrás de mí oliéndome el cabello. Me encontré de bruces con El Brasas.
—Me encanta como hueles —dijo—. ¿Te han dicho nunca que eres muy guapa?
—D-déjame —balbuceé mientras trataba de zafarme—. S-si Alférez se entera…
—No tiene por qué enterarse, ¿verdad, mi niña?
Intentó acercar sus labios a los míos mientras me sujetaba del brazo izquierdo con fuerza. Aunque yo logré zafarme, el Brasas reaccionó como una serpiente y antes de que pudiera alejarme de él se abalanzó sobre mí. Me rodeó con sus brazos y empezó a manosearme. Yo, forcejeaba para liberarme.
—¡Gritaré! —amenacé.
Trató de taparme la boca con su mano. Le mordí con fuerza el pulgar y me soltó.
—¡Puta!
Me abalancé sobre la puerta. Pero él logró alcanzarme de nuevo. Me agarró del brazo. Me giré y con todas mis fuerzas lancé un rodillazo. Impactó en alguna parte de su cuerpo. Me soltó. Se encogió de dolor. Aproveché para lanzarme escaleras arriba. Corrí con todas mis fuerzas. Escuchaba sus pasos de fondo. Subí con grandes zancadas hasta llegar al final mirando hacia atrás. Choqué de frente con alguien.
—¿Qué haces?
Aquella voz grave y seca la conocía. Tragué saliva y levanté la vista para encontrarme con una mirada que me hacía empequeñecer. Enfundado en sus botas altas y pantalones militares, Alférez llevaba una camiseta de tirantes ajustada que marcaba toda su musculatura. Llevaba la cabeza afeitada y lucía en ella unos tatuajes tribales, además de las tres manos cogidas de la muñeca que adornaban su brazo derecho y las tres calaveras del izquierdo. La guinda era la cicatriz de su mejilla que parecía resaltar cuando entornaba los ojos al mirarte.
—¿Ese es el brasas?
Me giré hacia las escaleras, y vi asomarse la cabeza de el Brasas quien, al ver a Alférez, desapareció rápidamente de allí.
—Comprendo —su voz casi cortaba el aire—. Ve a tu estancia, luego tengo que hablar contigo —añadió mientras me daba la espalda y bajaba las escaleras—. ¡Brasas! ¡No te descondas! —le escuché gritar.
Ya en mi departamento, cerré la puerta tras de mí, apoyé la espalda en ella y empecé a llorar mientras, poco a poco, me fui encogiendo hasta quedar completamente agazapada. Ni siquiera me percaté, al entrar, de que Alma y mi madre ya estaban levantadas y charlaban sentadas en la mesa. Sentía mi corazón palpitando a gran velocidad, y respiraba con bocanadas cortas y consecutivas. Sudaba y también temblaba. Mi madre reaccionó como una leona protegiendo a sus hijas. Se apresuró a abrazarme. Me besó en la cabeza y me acunó con la misma delicadeza que cuando era niña. Sentí su calidez en mi cuerpo y correspondí rodeándola con mis brazos yo también.
—Ya estás conmigo, mi vida —susurró con la voz de quien está acunando a un recién nacido.
Alma, por su parte, no sabía cómo reaccionar. Se acercó. Parecía que quería abrazarme, aunque dudó por un instante, cuando al fin se decidió, no la rechacé.
2
—Lo más importante que tienes que entender, es que no es culpa tuya, cariño.
No había sido fácil, para mí, encontrar las palabras para explicar a mi madre lo que me había sucedido. Mucho más me costó aclararle cómo me sentía, pues ni yo misma era capaz de entenderlo en aquél momento. Pero no hizo falta mucho para que ella lo comprendiera. Me volvió a abrazar y me volvió a besar. Aunque intentaba tranquilizarme, yo podía ver la preocupación reflejada en su cara. Estuvimos las tres en el sofá juntas un rato. Hasta que mi hermanastra, Alma, dijo:
—Tengo hambre.
Yo fruncí el ceño como una niña a la que le han quitado su peluche. Pero mi madre se incorporó y me acarició el pelo con suavidad.
—La verdad es que yo también. Deberíamos comer algo. ¿Te parece bien?
Relajó mi expresión y asentí levemente.
—Estaré bien, ve.
Tras un cálido abrazo y un beso, se levantó y salió por la puerta despidiéndose.
—Vuelvo en seguida, chicas.
—¡Ves con cuidado! —dije yo.
En el rato que estuvimos esperando, traté de mantener la distancia con Alma, como siempre. La aborrecía pero ella, aunque quizá lo sabía, intentaba siempre acercarse a mí. Supongo que notó mi frialdad y por eso se sentó con gesto triste al otro lado del sofá, abrazándose las piernas y mirando a la nada. Estuvo un rato callada.
—Siento lo que te ha pasado —comentó pasado un rato, como lanzando la afirmación al aire.
No le contesté. Descargaba mi frustración con ella. No me refiero a lo que me acababa de suceder, sino a todos los años que llevaba en la Fortaleza. A veces, incluso, de una manera inconsciente y carente de lógica, creo que la culpaba de la muerte de mi padre, aunque ella no había nacido cuando aquello había sucedido.
Mi madre no tardó mucho en regresar. Traía unos bocadillos en la mano. Nos sentamos las tres en la mesa. Ella y Alma comieron, yo no probé ni un bocado. No tenía hambre. Mi madre no insistió. De vez en cuando me miraba con el mismo gesto que había visto a otras mujeres mirando a sus bebés recién nacidos. Me tomaba de la mano y me acariciaba el dorso con su pulgar.
—Hay que ponerse en marcha, o llegaremos tarde. No conviene hacerse notar.
Alma apuró el bocadillo y nos marchamos.
Cuando salimos de la estancia, la vida en la Fortaleza ya se había activado. Decenas de personas cruzaban el patio de armas hacia sus respectivos puestos de trabajo. Los hombres, aquellos que no eran Hermanos, se dirigían fundamentalmente a los huertos exteriores o a las zonas que estaban en reparación. Las mujeres, que éramos mayoría, nos dividíamos en varios grupos, cada uno con sus tareas asignadas. Limpiar las estancias de los Hermanos, prepararles el almuerzo, o la comida, limpiar y remendar su ropa, o satisfacer cualesquiera que fueran las necesidades de un, como a ellos les gustaba llamarse, guerrero.
Mi hermanastra, mi madre y yo estábamos asignadas a la lavandería. Dentro de todo, era uno de los mejores sitios de trabajo. Allí apenas había hombres, salvo los capataces o algún mandamás que se pasaba de vez en cuando a ojear. Las mujeres estábamos menos expuestas que en otras labores. Había sido una decisión personal de Alférez enviarnos allí.
La lavandería era una sala grande y subterránea. La sala estaba dividida en cuatro secciones. A un lado, dos contenedores recogían la ropa sucia que caía a través de unos grandes tubos. Al otro lado, una enorme pila llena de agua con tablas para frotar. En uno de los extremos, había otros dos contenedores con ropa limpia y seca, y varias tablas de planchar. Y junto a estas, había una zona llena de sillas y mesitas detrás de las cuales se extendían, a lo largo de la pared, unas grandes estanterías. En ellas había cajas con hilos y agujas, y también jabón, planchas, cestas de mimbre… en general, todos los utensilios que podíamos necesitar para desarrollar nuestra tarea.
La sala era calurosa y húmeda. Siempre, nada más entrar, empezaba a sudar. Y la cosa se ponía peor, cuando todas estábamos en plena actividad la temperatura subía. No era extraño que, de vez en cuando, alguna cayera desmayada.
Comenzábamos cogiendo la ropa y la llevábamos a la pila. Allí nos turnábamos para ir frotándola y lavándola. Luego íbamos poniendo la ropa húmeda en cestas de mimbre. Entonces, algunas mujeres, salían a tenderla y volvían con ropa limpia y seca tendida el día anterior. Mientras, otras seguían lavando hasta que ya no quedase ropa sucia, entonces se iban a reforzar otras tareas.
La ropa limpia se inspeccionaba y se separaba la que necesitaba remiendos. Un grupo, entre el que me encontraba yo, normalmente, tomaba aguja e hilo y procedía a arreglar las prendas en la zona de sillas y mesitas. Otro grupo se ocupaba de planchar y doblar la ropa que estaba bien. Cada prenda llevaba el nombre de su propietario, así que se iban clasificando para repartirlas después.
Mientras trabajábamos solían pasearse por allí dos hombres armados. Dos miembros de los hermanos. Generalmente jóvenes que aún no se habían ganado el respeto de Alférez, aunque ya tenían las tres calaveras tatuadas. Ellos no solían hablar con nosotras, simplemente escuchaban atentamente nuestra charla. Solíamos hablar de cosas mundanas, cotilleos, etc.
—El otro día me pareció ver a Ramón cogido de la mano de Emma —decía una.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —reaccionaban las demás como un perro ansioso por cazar un pedazo de carne.
Yo no solía participar mucho en estas charlas. Conocer los pormenores de la vida de los demás no hacía que la mía fuera mejor y, francamente, me daban igual. Pero solía fingir que escuchaba. Aunque aquél día no era capaz. Simplemente deslizaba la aguja por el tejido, cerrando costuras y remendando roturas, en el silencio más absoluto.
Alma ayudaba a escoger las prendas limpias y mi madre frotaba con fuerza las manchas en la pila. Cuando dejaba una pieza y cogía otra, se detenía unos segundos a mirarme. Yo le devolvía la mirada con un leve asentimiento de cabeza para indicarle que estaba bien. Aunque no lo estaba. En mi interior sentía como si todo mi cuerpo estuviera ocupado por alguien que quería salir, rompiendo mi piel. No dejaba de pensar en el Brasas y en lo que había sucedido esa mañana. También vi a Alma observarme atentamente, aunque a ella la ignoré.
A medio día parábamos un rato. Algunas mujeres, a veces acompañadas por algún hombre del servicio, traían algo de comida a la sala para nosotros. Generalmente eran legumbres salteadas con algunas verduras. En ocasiones, si estaban generosos, añadían algunos pedacitos de carne. Nos servían el potaje en unos bols, y nos daban una cuchara. Nos sentábamos en el suelo, o apoyadas en la pila, porque no había sillas para todos, y comíamos. También aprovechábamos el rato para ir al baño e hidratarnos. Aunque para esto segundo no ponían pegas, los centinelas solían molestarse si pedíamos permiso para hacer nuestras necesidades.
Luego volvíamos al trabajo. Generalmente, por la tarde, ya no quedaba ropa sucia, así que mi madre y las demás mujeres que frotaban, solían salir a tender, o unirse al grupo de las planchadoras y remendadoras.
De vez en cuando, Pol, el Tuerto, uno de los lugartenientes de Alférez, pasaba a visitarnos. Era fácil saber que había llegado porque nada más poner un pie en la sala se hacía un silencio sepulcral. Parecía un entierro, o un ajusticiamiento que, en la Fortaleza, es algo parecido.
Se daba una vuelta por las distintas secciones. Observaba, con su único ojo sano, el trabajo minuciosamente y de vez en cuando hacía algún comentario como quien piensa que su opinión tiene más validez que la de nadie.
—Extiende bien la prenda sobre la tabla, mujer, para que no queden marcas —decía con su voz ronca.
Las mujeres solíamos asentir y hacer lo que decía hasta que se marchaba. Entonces volvíamos a nuestro método, que a fin de cuentas, nos había funcionado durante años.
Peor era cuando decidía divertirse con alguna. Se acercaba mucho a ellas, hasta el punto de prácticamente restregar su cuerpo como una oruga que se arrastra por la hoja de una morera. Incluso a veces llegaba a tomar a alguna por la cintura, olisquearle el cuello o el cabello, y suspirar.
—Mmmm, qué delicia. Si no tuviera tanto trabajo por hacer…
Nunca había pasado de ahí. Pero podía leer la incomodidad de aquellas mujeres en sus caras. Y Pol lo sabía, y lo disfrutaba.
—¿Qué me dices? ¿Te gustaría pasar un rato divertido? —preguntaba a sabiendas de que el mutismo sería la única respuesta— ¡Ji,ji,ji,ji,ji! —Su risita aguda me producía escalofríos.
Aquella tarde, Pol se paseó entre las remendadoras revisando el trabajo que realizábamos. Se iba deteniendo una tras otras. Hacía algún comentario grosero, soltaba su ridícula risita, y seguía caminando. Noté su presencia junto a mí mientras trataba de reparar una costura descosida. Detuve mi trabajo y le miré. Llevaba puesto un parche negro en el ojo malo, pero el otro me observaba como un niño que ha descubierto un juguete escondido.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?
Mi madre, que estaba planchando una camisa, puso la plancha en pie y se quedó petrificada.
—¿Cómo te llamas, querida?
—A-Aura —contesté.
—¡Ji, ji, ji, ji, ji! ¡Qué nombre tan adecuado para una chiquilla tan angelical! Ponte de pie, Aura, querida.
Obedecí y lancé una mirada a mi madre. Estaba erguida, con la cabeza bien recta y respirando lentamente. Me hizo un gesto con la mano, manteniendo la palma abierta y empujándola en el aire suavemente. Yo tomé aire mientras el Tuerto me repasaba.
—Puedes continuar, guapa.
Me senté con movimientos ortopédicos. No me atreví a mirar a mi alrededor, temía ser blanco de todas las miradas. Volví a coser. Me temblaba tanto el pulso que terminé por pincharme el dedo índice, pero no dije nada. Lo llevé a la boca unos instantes, y volví a mi tarea sin levantar la vista, intentando volver a pasar desapercibida, como había hecho siempre. Pero algo había cambiado y eso me inquietaba.