¿Qué opináis de estos dos capítulos?

Buenas,

Estoy trabajando en el cuarto borrador de mi novela. La primera parte la escribí como un relato corto. Aunque el resultado me pareció bueno en su momento, pequé de mucha exposición, explicaciones innecesarias, y, en mi opinión, acelerar mucho el ritmo para poder condensar toda la historia.

Luego escribí tres partes más que completaban el arco de la protagonista. Pero esas partes las redacté un tiempo después, por lo que ahora, sobre todo, intento pulir la primera parte, darle un pelín más de extensión, limar aristas, eliminar explicaciones innecesarias, etc.

Me gustaría pediros ayuda en forma de feedback. No busco consejos técnicos, no quiero reescritura. Busco sensaciones:

- ¿Os engancha? ¿Os aburre?

- ¿Detectáis demasiada exposición? ¿Es demasiado lento?

- ¿La voz de la narradora os parece verosímil?

Etc.

Gracias de antemano.

P.D: La historia se llama "Hermandades", y la primera parte se llama "La Fortaleza".

1

Una de las lecciones más importantes que he aprendido a medida que he ido haciéndome mayor es que, a lo largo de nuestra existencia, vivimos diferentes vidas por las que vamos transitando sin darnos cuenta. Casi siempre somos conscientes de ellas pasados unos años de su finalización, cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de que ese capítulo ya está cerrado. Otras veces, la vida nos da tal revés que contemplamos, impotentes, cómo todo nuestro mundo se desmorona. Y en ese momento siempre pensamos que todo termina ahí, que el futuro que se nos presenta es como un oscuro abismo al que nos asomamos temerosos y al que, sin remedio, acabaremos por caer. 

Han pasado muchos años, pero aún recuerdo con nitidez aquella mañana a la perfección. Era la primera hora del día y yo estaba estirada sobre el viejo colchón que compartía con mi hermanastra y mi madre. El sol asomaba en el horizonte y los primeros rayos comenzaban a filtrarse por la ventana de aquella pequeña habitación donde dormíamos. Rememoraba en ese instante mi primera vida, aunque yo todavía no la llamaba así. No había sido especialmente larga, y había terminado de forma abrupta hacía casi nueve años, cuando yo tenía siete. Ya entonces, aunque había pasado menos tiempo, apenas tenía un puñado de recuerdos de aquella etapa. Pero cuando me trasladaba a ellos sentía añoranza por la felicidad que había marcado mi tierna infancia y que ahora me faltaba.
—¿Te despertaste, Aura? —susurró mi madre sacándome de mis pensamientos. 
Ella estaba al otro extremo del colchón, y entre las dos mi hermanastra Alma, que tenía ocho años, dormía profundamente. 
—Sí —contesté—. Estaba pensando.
—¿En qué, cariño?
—En papá. Le echo de menos. Desearía volver a ser una niña y estar de nuevo con él. 
—Yo también —dijo tras una pausa—. No hay día que no piense en él. 

No era necesario que me lo dijera. Muchas noches, cuando creía que Alma y yo estábamos dormidas, la escuchaba llorar. No necesitaba explicaciones para saber que le afligía mi mismo dolor. Para ella, el cambio había sido tan abrupto como para mí. Mi estómago rugió, y no pasó desapercibido para mi madre. 
—¿Por qué no vas a por algo de comer? Yo me quedo con Alma y te espero aquí.
—Claro. 
Me levanté del colchón y caminé hacia la sala contigua. 
Nuestro departamento consistía en dos habitaciones: una con un colchón y mantas, donde dormíamos; y otra con una mesa y cuatro sillas, un sofá viejo, una estufa eléctrica, unas estanterías con algunos juegos de mesa y libros y poco más. El baño estaba en el exterior, lo compartíamos con las otras estancias que se repartían alrededor del patio de armas. La cocina quedaba fuera, y también era compartida por casi todos los residentes de La Fortaleza, menos los Hermanos, claro. 
Me vestí con mis dos únicas prendas: unos tejanos viejos y una camiseta blanca, y salí. Sentí un escalofrío al cruzar el umbral de la puerta. Me frotaba los brazos con ahínco mientras caminaba por el pórtico hacia la entrada al patio. Aún era muy temprano, nadie había salido. La quietud inundaba el lugar y el silencio solo era roto por mis pasos. 
Alcancé la puerta que daba a las murallas justo en el momento en que uno de los guardias la estaba abriendo. Permanecía cerrada toda la noche y la abrían de nuevo por la mañana. Al centinela que se ocupaba de la puerta aquél día le conocía de oídas. Le llamaban “El Brasas”. Era alto y escuálido. Llevaba el pelo largo y desaseado, y barba de dos días. Su camiseta sin mangas dejaba ver los tatuajes en sus brazos: tres manos cogiéndose por las muñecas en el derecho, tres calaveras en el izquierdo. En la cintura, por encima de sus tejanos viejos, un cinturón con una pistola enfundada. Se apoyó en la pared, mirándose las uñas, pero al verme se incorporó y me sonrió, mostrando sus escasos dientes.
—Hola guapa. Sí que has madrugado, ¿no?
No le quise contestar. Intentaba reducir todas las interacciones posibles con los guardias. Pasé por delante de él y salí al exterior.
—¿No contestas? —añadió siguiéndome unos pasos afuera antes de detenerse. 

Al salir del patio de armas,lo primero que me encontré fue el acceso a la entrada principal: una rampa que daba a una puerta al otro lado de la cual había un puente levadizo que salvaba el foso. Y a partir de allí, ya era el exterior. Hacía nueve años que no lo pisaba. Sin embargo, yo giré a la derecha, donde a unos metros había unas escaleras que descendían hasta la cocina. 

Mientras caminaba, eché un vistazo a la vista panorámica. Siempre lo hacía. La Fortaleza estaba cerca del mar, en una privilegiada posición elevada. Desde allí, podía ver las ruinas de la ciudad. Miles de edificios semiderruidos cubrían por completo el espacio entre las montañas y el mar. Algunos de ellos, de hecho, se alzaban dentro del agua salada que había invadido algunos barrios del litoral. Pequeñas columnas de humo surgían de los asentamientos que sobrevivían desperdigados por las ruinas. Mi padre y mi infancia en uno de ellos volvieron a mi mente. Todo aquello era ahora territorio de los Hermanos. Dejé escapar el aire con lentitud y descendí por las escaleras. 

La cocina era una sala bastante grande, y rectangular que olía a humedad. Había varias alacenas y armarios donde se guardaban tanto alimentos como utensilios de cocina y un gran frigorífico que emitía un sonido vibrante y continúo. También una pica con un grifo cuya agua se utilizaba únicamente para la limpieza y a su lado, una fuente y varias garrafas de agua depurada para el consumo. La pared de enfrente de la puerta estaba recorrida por una encimera que iba de punta a punta. Sobre esta, unas ventanas permitían que la incipiente luz solar iluminase levemente la cocina. Era la primera en llegar, no había nadie. Tampoco centinelas, porque aquella era la cocina de los civiles. 
No di la luz, sabía bien donde encontrar lo que quería. Tomé un poco de pan de la alacena y luego abrí el frigorífico en busca de algo con lo que acompañarlo. Encontré un embutido del que disponíamos en abundancia, una especie de chopped que hacían con todos los sobrantes del ganado, o eso quería yo creer. Tomé un plato de un armario y un tomate maduro para preparar unos bocadillos para las tres. 
Mientras estaba preparando el desayuno rememoré el pequeño asentamiento en el que me crié. No habíamos sabido nada de aquél lugar en años. Absorta en esos pensamientos, no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Di un respingo y me giré con brusquedad cuando sentí la presencia, o más bien el roce, de alguien detrás de mí oliéndome el cabello. Me encontré de bruces con El Brasas. 
—Me encanta como hueles —dijo—. ¿Te han dicho nunca que eres muy guapa?
—D-déjame —balbuceé mientras trataba de zafarme—. S-si Alférez se entera…
—No tiene por qué enterarse, ¿verdad, mi niña?
Intentó acercar sus labios a los míos mientras me sujetaba del brazo izquierdo con fuerza. Aunque yo logré zafarme, el Brasas reaccionó como una serpiente y antes de que pudiera alejarme de él se abalanzó sobre mí. Me rodeó con sus brazos y empezó a manosearme. Yo, forcejeaba para liberarme.
—¡Gritaré! —amenacé. 
Trató de taparme la boca con su mano. Le mordí con fuerza el pulgar y me soltó.
—¡Puta!

Me abalancé sobre la puerta. Pero él logró alcanzarme de nuevo. Me agarró del brazo. Me giré y con todas mis fuerzas lancé un rodillazo. Impactó en alguna parte de su cuerpo. Me soltó. Se encogió de dolor. Aproveché para lanzarme escaleras arriba. Corrí con todas mis fuerzas. Escuchaba sus pasos de fondo. Subí con grandes zancadas hasta llegar al final mirando hacia atrás. Choqué de frente con alguien.
—¿Qué haces?
Aquella voz grave y seca la conocía. Tragué saliva y levanté la vista para encontrarme con una mirada que me hacía empequeñecer. Enfundado en sus botas altas y pantalones militares, Alférez llevaba una camiseta de tirantes ajustada que marcaba toda su musculatura. Llevaba la cabeza afeitada y lucía en ella unos tatuajes tribales, además de las tres manos cogidas de la muñeca que adornaban su brazo derecho y las tres calaveras del izquierdo. La guinda era la cicatriz de su mejilla que parecía resaltar cuando entornaba los ojos al mirarte. 
—¿Ese es el brasas?
Me giré hacia las escaleras, y vi asomarse la cabeza de el Brasas quien, al ver a Alférez, desapareció rápidamente de allí. 
—Comprendo —su voz casi cortaba el aire—. Ve a tu estancia, luego tengo que hablar contigo —añadió mientras me daba la espalda y bajaba las escaleras—. ¡Brasas! ¡No te descondas! —le escuché gritar. 

Ya en mi departamento, cerré la puerta tras de mí, apoyé la espalda en ella y empecé a llorar mientras, poco a poco, me fui encogiendo hasta quedar completamente agazapada. Ni siquiera me percaté, al entrar, de que Alma y mi madre ya estaban levantadas y charlaban sentadas en la mesa. Sentía mi corazón palpitando a gran velocidad, y respiraba con bocanadas cortas y consecutivas. Sudaba y también temblaba. Mi madre reaccionó como una leona protegiendo a sus hijas. Se apresuró a abrazarme. Me besó en la cabeza y me acunó con la misma delicadeza que cuando era niña. Sentí su calidez en mi cuerpo y correspondí rodeándola con mis brazos yo también.  

—Ya estás conmigo, mi vida —susurró con la voz de quien está acunando a un recién nacido. 
Alma, por su parte, no sabía cómo reaccionar. Se acercó. Parecía que quería abrazarme, aunque dudó por un instante, cuando al fin se decidió, no la rechacé.  

2

—Lo más importante que tienes que entender, es que no es culpa tuya, cariño. 

No había sido fácil, para mí, encontrar las palabras para explicar a mi madre lo que me había sucedido. Mucho más me costó aclararle cómo me sentía, pues ni yo misma era capaz de entenderlo en aquél momento. Pero no hizo falta mucho para que ella lo comprendiera. Me volvió a abrazar y me volvió a besar. Aunque intentaba tranquilizarme, yo podía ver la preocupación reflejada en su cara. Estuvimos las tres en el sofá juntas un rato. Hasta que mi hermanastra, Alma, dijo:
—Tengo hambre.
Yo fruncí el ceño como una niña a la que le han quitado su peluche. Pero mi madre se incorporó y me acarició el pelo con suavidad. 
—La verdad es que yo también. Deberíamos comer algo. ¿Te parece bien?
Relajó mi expresión y asentí levemente. 
—Estaré bien, ve.
Tras un cálido abrazo y un beso, se levantó y salió por la puerta despidiéndose.
—Vuelvo en seguida, chicas.
—¡Ves con cuidado! —dije yo.

En el rato que estuvimos esperando, traté de mantener la distancia con Alma, como siempre. La aborrecía pero ella, aunque quizá lo sabía, intentaba siempre acercarse a mí. Supongo que notó mi frialdad y por eso se sentó con gesto triste al otro lado del sofá, abrazándose las piernas y mirando a la nada. Estuvo un rato callada.

—Siento lo que te ha pasado —comentó pasado un rato, como lanzando la afirmación al aire.
No le contesté. Descargaba mi frustración con ella. No me refiero a lo que me acababa de suceder, sino a todos los años que llevaba en la Fortaleza. A veces, incluso, de una manera inconsciente y carente de lógica,  creo que la culpaba de la muerte de mi padre, aunque ella no había nacido cuando aquello había sucedido. 
Mi madre no tardó mucho en regresar. Traía unos bocadillos en la mano. Nos sentamos las tres en la mesa. Ella y Alma comieron, yo no probé ni un bocado. No tenía hambre. Mi madre no insistió. De vez en cuando me miraba con el mismo gesto que había visto a otras mujeres mirando a sus bebés recién nacidos. Me tomaba de la mano y me acariciaba el dorso con su pulgar. 
—Hay que ponerse en marcha, o llegaremos tarde. No conviene hacerse notar. 
Alma apuró el bocadillo y nos marchamos. 

Cuando salimos de la estancia, la vida en la Fortaleza ya se había activado. Decenas de personas cruzaban el patio de armas hacia sus respectivos puestos de trabajo. Los hombres, aquellos que no eran Hermanos, se dirigían fundamentalmente a los huertos exteriores o a las zonas que estaban en reparación. Las mujeres, que éramos mayoría, nos dividíamos en varios grupos, cada uno con sus tareas asignadas. Limpiar las estancias de los Hermanos, prepararles el almuerzo, o la comida, limpiar y remendar su ropa, o satisfacer cualesquiera que fueran las necesidades de un, como a ellos les gustaba llamarse, guerrero.
Mi hermanastra, mi madre y yo estábamos asignadas a la lavandería. Dentro de todo, era uno de los mejores sitios de trabajo. Allí apenas había hombres, salvo los capataces o algún mandamás que se pasaba de vez en cuando a ojear. Las mujeres estábamos menos expuestas que en otras labores. Había sido una decisión personal de Alférez enviarnos allí. 

La lavandería era una sala grande y subterránea. La sala estaba dividida en cuatro secciones. A un lado, dos contenedores recogían la ropa sucia que caía a través de unos grandes tubos. Al otro lado, una enorme pila llena de agua con tablas para frotar. En uno de los extremos, había otros dos contenedores con ropa limpia y seca, y varias tablas de planchar. Y junto a estas, había una zona llena de sillas y mesitas detrás de las cuales se extendían, a lo largo de la pared, unas grandes estanterías. En ellas había cajas con hilos y agujas, y también jabón, planchas, cestas de mimbre… en general, todos los utensilios que podíamos necesitar para desarrollar nuestra tarea. 
La sala era calurosa y húmeda. Siempre, nada más entrar, empezaba a sudar. Y la cosa se ponía peor, cuando todas estábamos en plena actividad la temperatura subía. No era extraño que, de vez en cuando, alguna cayera desmayada. 
Comenzábamos cogiendo la ropa y la llevábamos a la pila. Allí nos turnábamos para ir frotándola y lavándola. Luego íbamos poniendo la ropa húmeda en cestas de mimbre. Entonces, algunas mujeres, salían a tenderla y volvían con ropa limpia y seca tendida el día anterior. Mientras, otras seguían lavando hasta que ya no quedase ropa sucia, entonces se iban a reforzar otras tareas. 
La ropa limpia se inspeccionaba y se separaba la que necesitaba remiendos. Un grupo, entre el que me encontraba yo, normalmente, tomaba aguja e hilo y procedía a arreglar las prendas en la zona de sillas y mesitas. Otro grupo se ocupaba de planchar y doblar la ropa que estaba bien. Cada prenda llevaba el nombre de su propietario, así que se iban clasificando para repartirlas después. 

Mientras trabajábamos solían pasearse por allí dos hombres armados. Dos miembros de los hermanos. Generalmente jóvenes que aún no se habían ganado el respeto de Alférez, aunque ya tenían las tres calaveras tatuadas. Ellos no solían hablar con nosotras, simplemente escuchaban atentamente nuestra charla. Solíamos hablar de cosas mundanas, cotilleos, etc.
—El otro día me pareció ver a Ramón cogido de la mano de Emma —decía una.
—¿Dónde? ¿Cuándo? —reaccionaban las demás como un perro ansioso por cazar un pedazo de carne. 
Yo no solía participar mucho en estas charlas. Conocer los pormenores de la vida de los demás no hacía que la mía fuera mejor y, francamente, me daban igual. Pero solía fingir que escuchaba. Aunque aquél día no era capaz. Simplemente deslizaba la aguja por el tejido, cerrando costuras y remendando roturas, en el silencio más absoluto. 
Alma ayudaba a escoger las prendas limpias y mi madre frotaba con fuerza las manchas en la pila. Cuando dejaba una pieza y cogía otra, se detenía unos segundos a mirarme. Yo le devolvía la mirada con un leve asentimiento de cabeza para indicarle que estaba bien. Aunque no lo estaba. En mi interior sentía como si todo mi cuerpo estuviera ocupado por alguien que quería salir, rompiendo mi piel. No dejaba de pensar en el Brasas y en lo que había sucedido esa mañana. También vi a Alma observarme atentamente, aunque a ella la ignoré.  

A medio día parábamos un rato. Algunas mujeres, a veces acompañadas por algún hombre del servicio, traían algo de comida a la sala para nosotros. Generalmente eran legumbres salteadas con algunas verduras. En ocasiones, si estaban generosos, añadían algunos pedacitos de carne. Nos servían el potaje en unos bols, y nos daban una cuchara. Nos sentábamos en el suelo, o apoyadas en la pila, porque no había sillas para todos, y comíamos. También aprovechábamos el rato para ir al baño e hidratarnos. Aunque para esto segundo no ponían pegas, los centinelas solían molestarse si pedíamos permiso para hacer nuestras necesidades. 
Luego volvíamos al trabajo. Generalmente, por la tarde, ya no quedaba ropa sucia, así que mi madre y las demás mujeres que frotaban, solían salir a tender, o unirse al grupo de las planchadoras y remendadoras. 

De vez en cuando, Pol, el Tuerto, uno de los lugartenientes de Alférez, pasaba a visitarnos. Era fácil saber que había llegado porque nada más poner un pie en la sala se hacía un silencio sepulcral. Parecía un entierro, o un ajusticiamiento que, en la Fortaleza, es algo parecido. 
Se daba una vuelta por las distintas secciones. Observaba, con su único ojo sano, el trabajo minuciosamente y de vez en cuando hacía algún comentario como quien piensa que su opinión tiene más validez que la de nadie.
—Extiende bien la prenda sobre la tabla, mujer, para que no queden marcas —decía con su voz ronca. 
Las mujeres solíamos asentir y hacer lo que decía hasta que se marchaba. Entonces volvíamos a nuestro método, que a fin de cuentas, nos había funcionado durante años. 
Peor era cuando decidía divertirse con alguna. Se acercaba mucho a ellas, hasta el punto de prácticamente restregar su cuerpo como una oruga que se arrastra por la hoja de una morera. Incluso a veces llegaba a tomar a alguna por la cintura, olisquearle el cuello o el cabello, y suspirar.
—Mmmm, qué delicia. Si no tuviera tanto trabajo por hacer… 
Nunca había pasado de ahí. Pero podía leer la incomodidad de aquellas mujeres en sus caras. Y Pol lo sabía, y lo disfrutaba.
—¿Qué me dices? ¿Te gustaría pasar un rato divertido? —preguntaba a sabiendas de que el mutismo sería la única respuesta— ¡Ji,ji,ji,ji,ji! —Su risita aguda me producía escalofríos. 

Aquella tarde, Pol se paseó entre las remendadoras revisando el trabajo que realizábamos. Se iba deteniendo una tras otras. Hacía algún comentario grosero, soltaba su ridícula risita, y seguía caminando. Noté su presencia junto a mí mientras trataba de reparar una costura descosida. Detuve mi trabajo y le miré. Llevaba puesto un parche negro en el ojo malo, pero el otro me observaba como un niño que ha descubierto un juguete escondido. 
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?
Mi madre, que estaba planchando una camisa, puso la plancha en pie y se quedó petrificada. 
—¿Cómo te llamas, querida?
—A-Aura —contesté. 
—¡Ji, ji, ji, ji, ji! ¡Qué nombre tan adecuado para una chiquilla tan angelical! Ponte de pie, Aura, querida.
Obedecí y lancé una mirada a mi madre. Estaba erguida, con la cabeza bien recta y respirando lentamente. Me hizo un gesto con la mano, manteniendo la palma abierta y empujándola en el aire suavemente. Yo tomé aire mientras el Tuerto me repasaba. 
—Puedes continuar, guapa.
Me senté con movimientos ortopédicos. No me atreví a mirar a mi alrededor, temía ser blanco de todas las miradas. Volví a coser. Me temblaba tanto el pulso que terminé por pincharme el dedo índice, pero no dije nada. Lo llevé a la boca unos instantes, y volví a mi tarea sin levantar la vista, intentando volver a pasar desapercibida, como había hecho siempre. Pero algo había cambiado y eso me inquietaba. 

reddit.com
u/Mimosinator — 3 days ago
▲ 21 r/CifiCat+1 crossposts

Proposta: grup d'escriptura en català

Bon dia a tothom!

Fa poc vaig escriure aquest post a r/catalunya i el vaig repostejar, com em van suggerir, a r/CifiCat (link), on preguntava si algú coneixia l'existència de grups d'escriptura en català.

Ha rebut alguns vots positius i algun comentari molt amable fent suggeriments. Però cap resposta a la pregunta en si.

Per tant, ara pregunto, hi ha algú aquí (o a r/CifiCat, que també repostejaré), que pugui estar interessat en un subreddit sobre escriptura creativa? Em plantejo la posibilitat d'intentar construir aquí, al Reddit, una comunitat.

Gràcies a tothom!!

reddit.com
u/Mimosinator — 5 days ago
▲ 25 r/CifiCat+1 crossposts

Grups d'escriptura en català

Fa anys que m'agrada escriure ficció (fantasia, distopies, etc.). Sempre escric en castellà, que és la llengua que més he fet servir en tota la meva vida. Però d'un quant temps ençà he considerat començar a escriure en català, que és la llengua que més m'estimo.

Aquí a Reddit hi ha un parell de grups d'escriptura en castellà. He buscat, però no en trobo cap en català. Se m'ha ocorregut preguntar aquí, al Reddit de Catalunya, per veure si vosaltres en sabeu d'algun, per donar-hi una ullada i començar a participar-hi.

Gràcies!

reddit.com
u/Mimosinator — 11 days ago

Muy buenas, ¿qué opinan de éste relato breve que escribí?

Busco feedback en aras de mejorar mi escritura. El relato que os presento a lo he escrito con el único fin de servir de introducción para un personaje de una partida de rol, razón por la que el mundo en el que está ambientado (aunque no afecta demasiado) es el de Elric de Melniboné.

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Vladeg

Por la mañana, las vigas y pilares de madera carbonizados todavía humeaban. Media ciudad olía a leña quemada. En la pequeña plaza que había enfrente, se repartían decenas de personas manchadas de hollín. Se sentaban en el suelo, o en los escalones y muretes disponibles. La mayoría estaba en silencio, algunos charlaban en voz baja, otros observaban sus pies o tenían la mirada perdida. Pero Vladeg no apartaba los ojos de la casa, o, mejor dicho, de los restos, dónde un puñado de guardias todavía inspeccionaba entre la runa en busca de cuerpos. 

A medida que el sol se alzaba por el horizonte, algunos de los voluntarios comenzaron a marcharse. Caminaban con paso cansado mientras se iban alejando por las callejuelas. Vladeg se acariciaba los cayos de la mano, en silencio, mientras la tropa sacaba dos cuerpos carbonizados en unas camillas improvisadas. Vladeg dejó ir un suspiro antes de levantarse y comenzar el camino de vuelta a casa.

Las calles estaban prácticamente desiertas, incluso pese a haberse iniciado ya el día. Los portones de las ventanas permanecían cerrados e imperaba un silencio como si todo el mundo quisiera pasar desapercibido. Como si nadie tuviera nada que ver con lo que acababa de suceder la noche anterior. El único testimonio era la ceniza que, empujada por el viento, se esparcía por los adoquines. Vladeg decidió tomar un desvío en su camino de vuelta a casa. Una  ruta un poco más larga, que transcurría paralela a la muralla, y que pasaba por delante del cuartel de la milicia local.

La caserna de la guardia no era un edificio muy destacable. Construído con la misma piedra purpúrea que levantaba el resto de los hogares de Menii, apenas era un vulgar torreón adyacente a una casa de dos pisos pegada a la muralla. Guardaban la puerta un par de lanceros que mostraban en sus petos el emblema de la milicia como un pavo real ostenta su cola desplegada.  Desde la distancia, Vladeg los observó con atención. 
Sujetaban una lanza de dos metros en sus diestras, y un escudo redondo en sus zurdas. El peto de tela, de color morado, estaba sujeto por un cinturón de piel del que colgaba una daga larga envainada. Bajo esta prenda asomaba una coraza de cuero que, junto al casco, componían el resto de su equipación. 

Vladeg dio dos pasos hacia allí. Luego, se dio la vuelta y se detuvo. Se llevó la mano a la barbilla, acariciándola con suavidad. Volvió a girarse y caminó decididamente hacia los milicianos. 
—Bu-buenos días. 
—¿Quién va? —preguntó el de la derecha levantando su mentón.
—Me llamo Vla-Vladeg. Vengo a alistarme. 
El centinela estalló en risas. Pero el de la izquierda repasó a Vladeg con la mirada, de arriba a abajo. 
—¿Tú? ¿En la milicia? ¿Has cogido alguna vez una lanza?
—N-no.
—Ya decía yo, con esa pinta de andrajoso. Anda, vete por…
—Tienes buenas espaldas Vlavladeg —interrumpió el de la izquierda—. Tal vez puedas ser útil. 
—Es Vladeg, a secas.
—Vladeg, Vlavladeg, ¿qué más da? —respondió haciendo como que espantaba una mosca con la mano—. Ven conmigo.
Vladeg siguió al centinela al interior de la caserna. 

Al entrar se encontró con una sala grande y cuadrada. Allí había una mesa larga de madera, con varios bancos, y un puñado de milicianos almorzando. Apenas hablaban, casi todo lo que se escuchaba era el sonido de los cubiertos o los golpes secos de las jarras y las copas chocando con la madera. El olor a pan recién hecho alcanzó las fosas nasales de Vladeg. Su estómago rugió. Se acarició el vientre disimuladamente mientras evitaba cruzar su mirada con la de los guardias.

El centinela le guió hacia una puerta que daba a una estrecha escalera de caracol. Subieron hasta el segundo piso y recorrieron un pasillo largo. Se detuvieron frente a una puerta que el guardia golpeó levemente con los nudillos. Dos veces. Una voz apagada llegó desde el otro lado.
—¡Adelante!
Abrió la puerta y se asomó.
—Capitán, le traigo a un candidato. 
—Que pase.
—Entra —dijo el guardia mirando a Vladeg a los ojos. 
Vladeg tragó saliva y cruzó el umbral de la puerta. 

Era una sala pequeña. La luz del sol entraba a través de tres saeteras en la pared lateral y una ventana que daba a la calle. Varios candelabros forjados colgaban del techo, aunque las velas estaban en ese momento apagadas. Varias arcas y cofres se repartían por las paredes, y en el centro, dónde mejor iluminación había, un atril inclinado. El capitán, un hombre enjuto, dejaba en ese momento la pluma en el tintero y salía de detrás del atril para acercarse a Vladeg. El lancero que le había acompañado se colocó a un lado de la puerta. 

—¿Cómo te llamas, joven?
—Vladeg señor.
—Muy bien. Yo soy el capitán Slevan. Veo que vas manchado de hollín. ¿Estuviste en el incendio?
—Sí, señor —contestó Vladeg repasando con su dedo los cayos de la palma—. Ayudando a sofocarlo. 
—Ya veo —contestó el capitán observando el gesto del joven—. Y dime, ¿por qué quieres unirte a la milicia?
—Lo que hicieron anoche está fuera de lugar, señor. Esta mañana he visto que sacaban dos cuerpos de la casa del señor Smolang. No quiero ser testigo de otra atrocidad.
—Comprendo. ¿Has utilizado alguna vez una lanza o una daga?
—No, señor. 
—Bueno —añadió dándome una palmadita en el hombro—, de todo se aprende. Pareces fuerte, podrás cargar con el escudo. Justo ahora necesitamos hombres fuertes y comprometidos. 
Hizo una pausa mientras revisaba de nuevo a Vladeg con la mirada. 
—El pago es en especia: una hogaza de pan y un trozo de queso, dos manzanas y una jarra de vino al día. Al final de cada semana, te daré algo de aceite de oliva y nueces. Empiezas mañana, hoy vuelve a tu casa, lávate y descansa. A primera hora, te reunes con Zletia, y él te da las indicaciones. 
—Sí señor —contestó Vladeg.
—Ah, Zletia. Dale un trozo de pan al chaval, que coma algo antes de irse. Debe de estar hambriento si se ha pegado toda la noche apagando el fuego. 
—Entendido, señor —contestó el lancero.
—Podéis retiraros. 

Vladeg recorrió el camino de vuelta a casa a paso ligero. La ciudad parecía un poco más activa, pero apenas nada comparado con lo habitual. Encaró su calle desde la parte más baja. Su casa se encontraba casi en la otra punta. Comenzó a ascender a buen ritmo. Algunos porticones se abrían. Los vecinos se asomaban gritando:

—¡Agua va!
—¡Agua! —respondía Vladeg. 
Y vaciaban sus orinales en la calle. 

Cuando llevaba la mitad recorrida, vio abrirse una puerta. Por ella salió un joven consumido, de piel pálida, bolsas bajo los ojos y cabello oscuro. Tenía el aspecto de alguien que lleva semanas sin comer, y días sin dormir. Vestía una túnica raída y cargaba un pequeño saco de lino. Al ver a Vladeg se detuvo, y esbozó una sonrisa mostrando sus desordenados dientes. 
—Buenos días —dijo con una voz ronca como si hubiera estado vociferando toda la noche. 
—¡Hombre! ¡Yguenev! —respondió Vladeg. 
—¿Qué temprano te has levantado, no?
—No he pegado ojo. Llevo toda la noche moviendo cubos para apagar el incendio de Smolang.
—Ya, apagando el incendio. ¿Has cogido grano del almacén de ese cabrón? —Yguenev levantó ligeramente la mano en la que sujetaba el saco. 
—No. Eso sería robar. 
—¿Robar? Ese cabrón acapara todo el grano en un año de sequía y no lo vende para subir el precio y esquilmarnos más de lo que estamos. ¡Eso es robar!
—¡Es su grano y puede hacer lo que quiera, Yguenev! Tú tampoco pareces haber dormido, ¿dónde has estado toda la noche? ¿Qué llevas ahí, eh? ¿Llevas grano robado?
—No es asunto tuyo, Vladeg.
—Estuviste en los alborotos, ¿verdad? Esta mañana vi cómo sacaban dos cuerpos de la casa de Smolang. ¿Estarás contento, no?
—No es mi jodido problema. 
—¿No? ¿El desorden no es tu problema? ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Eh? ¿Cuando os quedéis sin el grano de Smolang, a quién más asesinaréis?
—Mira a tus vecinos. No hay ninguno que no esté en los huesos, y mientras tanto, esos cerdos se pasean por las calles ostentando su riqueza. ¿De qué sirve todo ese grano almacenado?
—No entendéis que sin ese grano, ¿no se puede comerciar? ¿Cómo va a vender y comprar mercancías si no tiene nada para pagar? Siempre os quejáis, pero tardáis poco en poner la mano para cobrar. 
—Vladeg, somos amigos. ¡Hemos crecido juntos!¡Casi hermanos! Te estás equivocando de bando. Tú perteneces a esto, no a eso. 
—No, Yguenev. Yo ahora pertenezco a la milicia —zanjó Vladeg antes de dar la espalda a su viejo amigo y seguir caminando. 

La casa de la familia Trelenko era una de las más estrechas de la calle. Estaba construída con la misma piedra purpúrea que las demás, aunque había ido adquiriendo un tono oscuro con el paso de los años. Los sillares estaban tan erosionados que habían perdido su forma original. La vivienda tenía dos plantas. Los portones de las ventanas estaban abiertos y por la pequeña chimenea superior escapaba una fina columna de humo. La puerta, de madera de pino, había adoptado un color grisáceo y las astillas se levantaban tanto que parecían las púas de un erizo. Vladeg abrió y un agudo chirrido de las bisagras anunció su llegada. 

Una pequeña sala cuadrada, iluminada por la luz que entraba desde la única ventana que daba a la calle, era lo primero que se mostraba al visitante. En el centro había una mesa de madera con cuatro banquetas a su alrededor. Sesha, la hermana menor de Vladeg, y Demtri, el hermano mayor, se sentaban allí frente a unos platos hondos llenos de un translúcido líquido humeante. Al fondo, en la pequeña chimenea que calentaba la casa, la vieja Liudma removía una humeante olla que colgaba sobre las brasas. Al ver a Vladeg se irguió, dejó el cucharón colgado de una argolla, y se encaminó decidida hacia él. 

El joven le sacaba una cabeza, y tenía una espalda que era el doble de la de ella. Sin embargo, y pese a su edad, Liudma lanzó un rápido manotazo a la cara de Vladeg que le hizo girar el cuello. 
—¿Dónde has estado toda la noche? ¡Me tenías preocupada!
—Yo… madre, lo siento. Estaba ayudando a apagar el incendio de la casa Smolang. 
Liudma apretó los labios unos segundos y abrazó a su hijo.
—Me tenías angustiada. Pensaba que te habían hecho algo. 
—No, madre. Cuando las cosas se desmadraron, me escondí. Y luego, me quedé a ayudar a apagar el fuego. 
—Siéntate y come algo —dijo la mujer encaminándose de nuevo hacia la chimenea—. Hay caldo de centeno.
—¡Bueno, sopa! ¡Es más agua que centeno! —exclamó Demtri con una carcajada.
La certera colleja de Liudma resonó por toda la casa como una campanada que anuncia la hora de las plegarias.
—¡Au! —añadió acariciándose la nuca. 
—No se preocupe, madre, ya comí —dijo Vladeg. 
—¿Cómo que comiste? ¿Qué comiste? ¿Robaste grano del señor Smolang?
—No, madre, en el cuartel. Me dieron un pedazo de pan. 
—¿En el cuartel? ¿Qué hacías allí? —preguntó Demtri.
—Me he unido a la milicia. Me dan una hogaza de pan y un pedazo de queso al día, y dos manzanas. Y aceite y nueces cada semana. Podremos comer un poco mejor.
—Pero tú no eres soldado, hermano. ¿Qué vas a hacer ahí?
—Pero le entrenarán —intervino Sesha—. Déjale que haga lo que quiera. Si al menos trae pan, ya es más de lo que traes tú del huerto.
—¡Me cago en la niña de los cojones! —exclamó Demtri levantándose de un soplo—. ¿Por qué no te hemos casado aún?
—Pues porque no podemos pagar la dote —respondió Sesha con una sonrisa que se amplió al ver a Demtri apretar los puños con fuerza.
—¡Basta ya, que me tenéis harta con tanta discusión! —zanjó Liudma que volvía a acercarse a su hijo Vladeg. Repasó a su hijo con los ojos, suspiró y añadió—. La milicia es peligrosa hijo, me vas a matar de no dormir. Pero tu padre, que en paz descanse, estaría orgulloso de ti —Liudma miró al cielo al decir esto último—. ¿Cuándo empiezas? 
—Mañana. 
—Bien. Aprovecha hoy para descansar. Te prepararé un baño, que estás lleno de hollín. 

A la mañana siguiente, Vladeg se levantó nada más romper el alba. Se vistió con su túnica y sus sandalias y bajó las escaleras como un elefante que huye. Al llegar al comedor se encontró con Liudma, que encendía la leña para preparar el desayuno. 

—¿Qué es tanto escándalo, Vladeg?
—Me voy al cuartel, madre.
—¿No desayunas?
—¡No, ya comeré algo allí! —respondió abriendo la puerta. 
—Será posible éste niño —protestó la madre mientras el agudo chirrido de las bisagras anunciaba la partida del muchacho. 

Vladeg recorrió las calles con paso acelerado mientras de fondo se escuchaba el cantar de los gallos. Se plantó en la puerta del cuartel, que todavía permanecía cerrada, cuando el sol comenzaba a superar las murallas. Se cruzó de brazos y esperó. Un rato más tarde, la puerta se abrió, dos lanceros salieron y se colocaron a lado y lado de la misma. Vladeg caminó hacia allí. 
—¿Qué quieres? —dijo uno de ellos cortándole el paso. 
—Soy Vladeg.
—¡Enhorabuena! ¡Yo soy el marqués de Mirto! —exclamó, y ambos guardias soltaron una carcajada. 
Vladeg frunció el ceño, se aclaró la voz y añadió:
—Hoy empiezo en la milicia. Busco a Zletia.
—Ah, el nuevo. Pasa, Zletia está almorzando. 

Vladeg entró en la caserna. En la mesa había siete lanceros comiendo pan y queso. Y de pie había otro sirviéndose un poco de vino. Zletia estaba sentado en una de las esquinas de la mesa, comiendo un poco de pan, y le hacía gestos para que se acercara. 
—Siéntate, Vladeg, y come algo —le invitó.
Vladeg obedeció. Se sentó, tomó un trozo de pan y lo devoró. También le sirvieron un poco de vino y un trocito de queso. 
—Esto corre de la cuenta del cuartel. Va a parte del salario. Pero sólo el almuerzo. La comida y la cena son cosa tuya —explicaba Zletia—. 
—Aprovecha para llenar el buche ahora —comentó otro guardia—. Así, si luego te sobra comida de la paga, se la puedes vender a algún desgraciado por algo de bronce. 
—¿En serio?
—Sí —intervino Zletia—. Se paga bien el pan, incluso aunque esté más duro que tu mollera. En fin, ahora, cuando acabemos, te vestiremos como corresponde, y luego, entrenaremos con la lanza y con el garrote.

No tardaron mucho en levantarse. Unos minutos más tarde ya estaban en la armería. El armero era un hombre calvo, entrado en años, con algo de barriga y una barba que le crecía a clapas. Le faltaba media dentadura, y uno de sus ojos miraba a otro lugar. Se plantó frente a Vladeg, que permanecía de pie en mitad de la sala, y lo repasó con la mirada. 
—¡Ponte recto, coño, qué estás encorvado! —decía con su voz rasposa. 
Midió la espalda de Vladeg con palmos, y la cabeza con una cinta. Tras rebuscar un rato, le proporcionó todo el equipo: casco, coraza, un peto de tela, escudo, lanza y daga. 
—El peto te va un poco grande, pero es lo que hay. Que tu madre o tu prima te lo ajusten.
Tras armarle, Zletia guió a Vladeg por una puerta que daba a un patio interior situado entre el torreón y la muralla. Quedaba completamente oculto a la vista de los transeúntes. No era especialmente grande, pero quizá cabían cuarenta o cincuenta hombres de pie, en formación. 
—Te voy a enseñar a usar la lanza un rato. Pero luego, nos pondremos con el garrote, que lo vas a usar mucho más. 
—¿Más que la lanza?
—Sí. Cuando hay revueltas, el garrote es más útil. A corta distancia es más efectivo, y con abrirle la cabeza a esos desgraciados es suficiente —decía Zletia con la misma calma que quien explica una receta de cocina—. Si la cosa se pone seria, entonces sacamos las dagas a pasear. 
La primera semana, Vladeg la pasó prácticamente en aquél patio, de sol a sol. Combinaban el ejercicio físico, con ejercicios de destreza y, cada cierto rato, hacían algún combate de práctica.  Zletia le enseñaba a lanzar estocadas con la lanza y con la daga, o a golpear con el garrote. Pero, en especial, Zletia se centró en el escudo. 
—Es tu mejor aliado. No sólo bloquea los golpes y los proyectiles —explicaba—. También puedes atacar. Golpear con la superficie o con el canto. Y también empujar. 
Después de cada explicación, Zletia solía mostrar algunos ejemplos. 

Normalmente estaba sólo con Zletia, pero a veces se unían algunos otros guardias, como Gorag, un hombre alto y grande, con mirada intimidante, pero que rápidamente acogió a Vladeg. O Wadem, un muchacho con mirada pícara que disfrutaba tomándole el pelo a su nuevo compañero. Poco a poco, Vladeg fue haciéndose un lugar entre los guardias que, cada vez más, lo integraban en sus conversaciones durante el almuerzo o la comida. 
—Tienes que aprovechar para aprender el máximo ahora —le decía un día Gorag—. Pronto se acabará el grano que robaron de la casa de Smolang. Y entonces, necesitaremos cuantas más manos mejor. 

Pasaron varias semanas en las que la ciudad se mantuvo en una calma incómoda y frágil. Los ciudadanos parecían más relajados, y se acumulaban muchos menos en los templos pidiendo caridad. Sin embargo, poco a poco, la situación volvía a los términos previos al saqueo de la casa de Smolang. De nuevo, la gente vagaba por las calles con la mirada perdida, rebuscando entre los desechos, o tratando de cazar ratas. Los gatos callejeros y las palomas desaparecieron de nuevo e incluso en los santuarios más pequeños se acumulaban largas colas para conseguir pan. La tensión volvía a palparse en las calles. 

En mitad de esta situación, se acercó un hombre al cuartel. Era joven, tal vez un año o dos menor que Vladeg. Llevaba una túnica morada con la heráldica de la ciudad sobre el pecho. Sujetaba en su mano derecha un pergamino enrollado y sellado. Al verlo, los centinelas lo hicieron pasar. El capitán Slevan le recibió casi en la puerta. 
—¡Capitán Slevan! En nombre del consejo, se le ordena arrestar a los individuos nombrados en éste documento —dijo entregando el pergamino sellado— acusados de provocar los altercados de la casa Smolang. El consejo me pide que le haga saber que urge cumplir estas órdenes. 
—Saldremos de inmediato —respondió Slevan que, tras comprobar el sello, lo rompió y abrió el documento— ¡Sargento Waclag! ¡Movilice a todo el mundo!
—¡A la orden, capitán!

En cuestión de minutos, la guardia local de Menii, armada con garrotes, desfilaba por las calles de los barrios más humildes. Los vecinos salían de sus casas y se iban acumulando a lado y lado, observando a aquél centenar de hombres armados avanzar hacia la humilde morada de uno de sus vecinos. Vladeg caminaba en silencio y controlando su respiración. Sus músculos estaban tensos y la saliva de su boca se había vuelto pastosa. Aquella no era su calle, pero se parecía mucho. 
El capitán detuvo la marcha frente a una pequeña casa de una planta. Era de piedra púrpura con el tejado de tejas rojas. La única ventana que había en la fachada estaba completamente cerrada, igual que la puerta. Pero la madera de ambas estaba completamente seca dándole un aspecto endeble. 

—Formad un perímetro —ordenó Slevan.
Los lanceros se colocaron en dos filas, formando un cuadrado, protegiendo su retaguardia por la fachada. A Vladeg le tocó delante. Frente a él comenzó a amontonarse gente que observaba. Entonces Slevan golpeó la puerta con fuerza.
—¡Ralko Sledobin! ¡Estás arrestado por el incendio y saqueo de la casa de Smoleng! ¡Abre la puerta!
Los vecinos comenzaron a murmurar. El ambiente cambió, y aunque corría una brisa, Vladeg sentía calor. Gotas de sudor se esparcían por su frente como el rocío en las hojas al amanecer. 
—Entrad —ordenó Slevan, y un par de guardias golpearon la puerta hasta tirarla. La muchedumbre se agitó, y empezaron a cuestionar a los guardias en voz alta. 
—¿Qué hacéis? —preguntaba uno—. Dejadnos en paz, bastante pena tenemos ya que no podemos dar de comer a nuestros hijos. 
—¿Qué habéis venido a buscar? ¡Ya no nos queda nada que dar! —protestaba una mujer. 
Un hombre joven se abría paso entre los vecinos para plantarse delante de la milicia. Los ojos de Vladeg se abrieron de par en par al reconocer el rostro de Yguenev frente a él. 
—¿Qué, se come bien en la milicia? —preguntó encarándose con Vladeg. 
—Yguenev, vete de aquí, esto no va contigo. 
—¡Esto va con todos, Vladeg! ¡Hace cuatro días que no me llevo nada a la boca!
—¡Pues ponte a trabajar!
Yguenev se acercaba cada vez más, prácticamente estaba a tocar del escudo. La multitud se movía como las olas del mar que rompen contra una playa.
—¿¡A trabajar!? —espetó Yguenev— ¿¡De qué!? ¡No hay trabajo, imbécil! ¿Me meto a milico como tú, traidor, o sólo aceptan inútiles?
—¡Cállate desgraciado! —replicó Vladeg empujándolo con el escudo—. ¡Si trabajaras más, no tendrías estos problemas, holgazán!
La mirada de Yguenev parecía la de un jabalí herido. Su respiración se aceleró. Fruncía el ceño y apretaba los dientes. Como una pantera, se lanzó contra el escudo, intentando arrancarlo de las manos de Vladeg. El joven se resistía con todas sus fuerzas.
—¡Aparta! —gritaba— ¡Aparta, maldita sea!
Pero Yguenev no razonaba. Sólo tiraba con fuerza mientras gritaba como poseído por una fuerza demoníaca. Vladeg apretó los dedos alrededor del garrote que sujetaba en su diestra. 
—¡Para! ¡Para de una vez!
Yguenev abría la boca como un lobo a punto de saltar a la yugular de Vladeg. El miliciano intentaba recuperar el control de su escudo empujando a su rival. Pero era como intentar librarse de una garrapata a sacudidas.
—¡Cerdo traidor! —gritó Yguenev— ¡Eres un cerdo traidor, como tu padre!
—¡Calla! —gritó Vladeg y lanzó un garrotazo a la cabeza de su vecino. 
Yguenev soltó el escudo y se quedó como petrificado. De una brecha en su frente empezó a emanar sangre. Primero unas gotas. Luego un chorro contínuo. Su mirada se fue a otro lugar, a mil millas de allí. Dio dos pasos hacia atrás ante la atenta mirada de Vladeg, que trataba de controlar su respiración. Entonces, se desplomó. 

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u/Mimosinator — 14 days ago

Vladeg - Busco feedback sobre el relato

Muy buenas. Intenté subir antes éste mismo relato, pero no se subió bien. Creo que era demasiado texto. He decidido hacerlo de otra forma. Voy a poner la primera parte, y si a alguien le apetece leerlo entero, pues me lo comenta y le doy el resto.

Busco feedback en aras de mejorar mi escritura. El relato que os presento a continuación se compone de entre nueve y diez mil palabras. Lo he escrito con el único fin de servir de introducción para un personaje de una partida de rol, razón por la que el mundo en el que está ambientado (aunque no afecta demasiado) es el de Elric de Melniboné.

Sin embargo, aunque no es un relato que pretende publicar, sí que lo he redactado utilizando el mismo tono y las mismas técnicas que utilizo en otras historias que estoy trabajando. Por eso pensé que, ya que es más corto, quizá podría servir para compartirlo y obtener algo de feedback en aras de mejorar.

Vladeg

Por la mañana, las vigas y pilares de madera carbonizados todavía humeaban. Media ciudad olía a leña quemada. En la pequeña plaza que había enfrente, se repartían decenas de personas manchadas de hollín. Se sentaban en el suelo, o en los escalones y muretes disponibles. La mayoría estaba en silencio, algunos charlaban en voz baja, otros observaban sus pies o tenían la mirada perdida. Pero Vladeg no apartaba los ojos de la casa, o, mejor dicho, de los restos, dónde un puñado de guardias todavía inspeccionaba entre la runa en busca de cuerpos. 

A medida que el sol se alzaba por el horizonte, algunos de los voluntarios comenzaron a marcharse. Caminaban con paso cansado mientras se iban alejando por las callejuelas. Vladeg se acariciaba los cayos de la mano, en silencio, mientras la tropa sacaba dos cuerpos carbonizados en unas camillas improvisadas. Vladeg dejó ir un suspiro antes de levantarse y comenzar el camino de vuelta a casa.

Las calles estaban prácticamente desiertas, incluso pese a haberse iniciado ya el día. Los portones de las ventanas permanecían cerrados e imperaba un silencio como si todo el mundo quisiera pasar desapercibido. Como si nadie tuviera nada que ver con lo que acababa de suceder la noche anterior. El único testimonio era la ceniza que, empujada por el viento, se esparcía por los adoquines. Vladeg decidió tomar un desvío en su camino de vuelta a casa. Una  ruta un poco más larga, que transcurría paralela a la muralla, y que pasaba por delante del cuartel de la milicia local.

La caserna de la guardia no era un edificio muy destacable. Construído con la misma piedra purpúrea que levantaba el resto de los hogares de Menii, apenas era un vulgar torreón adyacente a una casa de dos pisos pegada a la muralla. Guardaban la puerta un par de lanceros que mostraban en sus petos el emblema de la milicia como un pavo real ostenta su cola desplegada.  Desde la distancia, Vladeg los observó con atención. 

Sujetaban una lanza de dos metros en sus diestras, y un escudo redondo en sus zurdas. El peto de tela, de color morado, estaba sujeto por un cinturón de piel del que colgaba una daga larga envainada. Bajo esta prenda asomaba una coraza de cuero que, junto al casco, componían el resto de su equipación. 

Vladeg dio dos pasos hacia allí. Luego, se dio la vuelta y se detuvo. Se llevó la mano a la barbilla, acariciándola con suavidad. Volvió a girarse y caminó decididamente hacia los milicianos. 
—Bu-buenos días. 
—¿Quién va? —preguntó el de la derecha levantando su mentón.
—Me llamo Vla-Vladeg. Vengo a alistarme. 
El centinela estalló en risas. Pero el de la izquierda repasó a Vladeg con la mirada, de arriba a abajo. 
—¿Tú? ¿En la milicia? ¿Has cogido alguna vez una lanza?
—N-no.
—Ya decía yo, con esa pinta de andrajoso. Anda, vete por…
—Tienes buenas espaldas Vlavladeg —interrumpió el de la izquierda—. Tal vez puedas ser útil. 
—Es Vladeg, a secas.
—Vladeg, Vlavladeg, ¿qué más da? —respondió haciendo como que espantaba una mosca con la mano—. Ven conmigo.
Vladeg siguió al centinela al interior de la caserna. 

_________________________

Gracias por vuestro tiempo y por cualquier comentario que queráis hacerme.

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u/Mimosinator — 17 days ago

Vladeg - feedback

Buenas.

Escribí este relato (unas 9-10 mil palabras) para construir un personaje que jugaré en una partida de rol (Vladeg). Me apetecía compartirlo por aquí porque, aunque sea un relato breve con un fin lúdico concreto, creo que es un ejercicio interesante, y que puede servir para mejorar mi escritura. Por eso, si alguien gusta de leerlo y proporcionarme feedback, quedaré muy agradecido.

Es un relato ambientado en el mundo de Elric de Melniboné, aunque no afecta demasiado eso.

Vladeg

Por la mañana, las vigas y pilares de madera carbonizados todavía humeaban. Media ciudad olía a leña quemada. En la pequeña plaza que había enfrente, se repartían decenas de personas manchadas de hollín. Se sentaban en el suelo, o en los escalones y muretes disponibles. La mayoría estaba en silencio, algunos charlaban en voz baja, otros observaban sus pies o tenían la mirada perdida. Pero Vladeg no apartaba los ojos de la casa, o, mejor dicho, de los restos, dónde un puñado de guardias todavía inspeccionaba entre la runa en busca de cuerpos.   

A medida que el sol se alzaba por el horizonte, algunos de los voluntarios comenzaron a marcharse. Caminaban con paso cansado mientras se iban alejando por las callejuelas. Vladeg se acariciaba los cayos de la mano, en silencio, mientras la tropa sacaba dos cuerpos carbonizados en unas camillas improvisadas. Vladeg dejó ir un suspiro antes de levantarse y comenzar el camino de vuelta a casa.

Las calles estaban prácticamente desiertas, incluso pese a haberse iniciado ya el día. Los portones de las ventanas permanecían cerrados e imperaba un silencio como si todo el mundo quisiera pasar desapercibido. Como si nadie tuviera nada que ver con lo que acababa de suceder la noche anterior. El único testimonio era la ceniza que, empujada por el viento, se esparcía por los adoquines. Vladeg decidió tomar un desvío en su camino de vuelta a casa. Una  ruta un poco más larga, que transcurría paralela a la muralla, y que pasaba por delante del cuartel de la milicia local.
La caserna de la guardia no era un edificio muy destacable. Construído con la misma piedra purpúrea que levantaba el resto de los hogares de Menii, apenas era un vulgar torreón adyacente a una casa de dos pisos pegada a la muralla. Guardaban la puerta un par de lanceros que mostraban en sus petos el emblema de la milicia como un pavo real ostenta su cola desplegada.  Desde la distancia, Vladeg los observó con atención. 
Sujetaban una lanza de dos metros en sus diestras, y un escudo redondo en sus zurdas. El peto de tela, de color morado, estaba sujeto por un cinturón de piel del que colgaba una daga larga envainada. Bajo esta prenda asomaba una coraza de cuero que, junto al casco, componían el resto de su equipación. 
Vladeg dio dos pasos hacia allí. Luego, se dio la vuelta y se detuvo. Se llevó la mano a la barbilla, acariciándola con suavidad. Volvió a girarse y caminó decididamente hacia los milicianos. 
—Bu-buenos días. 
—¿Quién va? —preguntó el de la derecha levantando su mentón.
—Me llamo Vla-Vladeg. Vengo a alistarme. 
El centinela estalló en risas. Pero el de la izquierda repasó a Vladeg con la mirada, de arriba a abajo. 
—¿Tú? ¿En la milicia? ¿Has cogido alguna vez una lanza?
—N-no.
—Ya decía yo, con esa pinta de andrajoso. Anda, vete por…
—Tienes buenas espaldas Vlavladeg —interrumpió el de la izquierda—. Tal vez puedas ser útil. 
—Es Vladeg, a secas.
—Vladeg, Vlavladeg, ¿qué más da? —respondió haciendo como que espantaba una mosca con la mano—. Ven conmigo.
Vladeg siguió al centinela al interior de la caserna. 

Al entrar se encontró con una sala grande y cuadrada. Allí había una mesa larga de madera, con varios bancos, y un puñado de milicianos almorzando. Apenas hablaban, casi todo lo que se escuchaba era el sonido de los cubiertos o los golpes secos de las jarras y las copas chocando con la madera. El olor a pan recién hecho alcanzó las fosas nasales de Vladeg. Su estómago rugió. Se acarició el vientre disimuladamente mientras evitaba cruzar su mirada con la de los guardias.
El centinela le guió hacia una puerta que daba a una estrecha escalera de caracol. Subieron hasta el segundo piso y recorrieron un pasillo largo. Se detuvieron frente a una puerta que el guardia golpeó levemente con los nudillos. Dos veces. Una voz apagada llegó desde el otro lado.
—¡Adelante!
Abrió la puerta y se asomó.
—Capitán, le traigo a un candidato. 
—Que pase.
—Entra —dijo el guardia mirando a Vladeg a los ojos. 
Vladeg tragó saliva y cruzó el umbral de la puerta. 

Era una sala pequeña. La luz del sol entraba a través de tres saeteras en la pared lateral y una ventana que daba a la calle. Varios candelabros forjados colgaban del techo, aunque las velas estaban en ese momento apagadas. Varias arcas y cofres se repartían por las paredes, y en el centro, dónde mejor iluminación había, un atril inclinado. El capitán, un hombre enjuto, dejaba en ese momento la pluma en el tintero y salía de detrás del atril para acercarse a Vladeg. El lancero que le había acompañado se colocó a un lado de la puerta.   

—¿Cómo te llamas, joven?
—Vladeg señor.
—Muy bien. Yo soy el capitán Slevan. Veo que vas manchado de hollín. ¿Estuviste en el incendio?
—Sí, señor —contestó Vladeg repasando con su dedo los cayos de la palma—. Ayudando a sofocarlo. 
—Ya veo —contestó el capitán observando el gesto del joven—. Y dime, ¿por qué quieres unirte a la milicia?
—Lo que hicieron anoche está fuera de lugar, señor. Esta mañana he visto que sacaban dos cuerpos de la casa del señor Smolang. No quiero ser testigo de otra atrocidad.
—Comprendo. ¿Has utilizado alguna vez una lanza o una daga?
—No, señor. 
—Bueno —añadió dándome una palmadita en el hombro—, de todo se aprende. Pareces fuerte, podrás cargar con el escudo. Justo ahora necesitamos hombres fuertes y comprometidos. 
Hizo una pausa mientras revisaba de nuevo a Vladeg con la mirada. 
—El pago es en especia: una hogaza de pan y un trozo de queso, dos manzanas y una jarra de vino al día. Al final de cada semana, te daré algo de aceite de oliva y nueces. Empiezas mañana, hoy vuelve a tu casa, lávate y descansa. A primera hora, te reunes con Zletia, y él te da las indicaciones. 
—Sí señor —contestó Vladeg.
—Ah, Zletia. Dale un trozo de pan al chaval, que coma algo antes de irse. Debe de estar hambriento si se ha pegado toda la noche apagando el fuego. 
—Entendido, señor —contestó el lancero.
—Podéis retiraros. 

Vladeg recorrió el camino de vuelta a casa a paso ligero. La ciudad parecía un poco más activa, pero apenas nada comparado con lo habitual. Encaró su calle desde la parte más baja. Su casa se encontraba casi en la otra punta. Comenzó a ascender a buen ritmo. Algunos porticones se abrían. Los vecinos se asomaban gritando:  

—¡Agua va!
—¡Agua! —respondía Vladeg. 
Y vaciaban sus orinales en la calle. 
Cuando llevaba la mitad recorrida, vio abrirse una puerta. Por ella salió un joven consumido, de piel pálida, bolsas bajo los ojos y cabello oscuro. Tenía el aspecto de alguien que lleva semanas sin comer, y días sin dormir. Vestía una túnica raída y cargaba un pequeño saco de lino. Al ver a Vladeg se detuvo, y esbozó una sonrisa mostrando sus desordenados dientes. 
—Buenos días —dijo con una voz ronca como si hubiera estado vociferando toda la noche. 
—¡Hombre! ¡Yguenev! —respondió Vladeg. 
—¿Qué temprano te has levantado, no?
—No he pegado ojo. Llevo toda la noche moviendo cubos para apagar el incendio de Smolang.
—Ya, apagando el incendio. ¿Has cogido grano del almacén de ese cabrón? —Yguenev levantó ligeramente la mano en la que sujetaba el saco. 
—No. Eso sería robar. 
—¿Robar? Ese cabrón acapara todo el grano en un año de sequía y no lo vende para subir el precio y esquilmarnos más de lo que estamos. ¡Eso es robar!
—¡Es su grano y puede hacer lo que quiera, Yguenev! Tú tampoco pareces haber dormido, ¿dónde has estado toda la noche? ¿Qué llevas ahí, eh? ¿Llevas grano robado?
—No es asunto tuyo, Vladeg.
—Estuviste en los alborotos, ¿verdad? Esta mañana vi cómo sacaban dos cuerpos de la casa de Smolang. ¿Estarás contento, no?
—No es mi jodido problema. 
—¿No? ¿El desorden no es tu problema? ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Eh? ¿Cuando os quedéis sin el grano de Smolang, a quién más asesinaréis?
—Mira a tus vecinos. No hay ninguno que no esté en los huesos, y mientras tanto, esos cerdos se pasean por las calles ostentando su riqueza. ¿De qué sirve todo ese grano almacenado?
—No entendéis que sin ese grano, ¿no se puede comerciar? ¿Cómo va a vender y comprar mercancías si no tiene nada para pagar? Siempre os quejáis, pero tardáis poco en poner la mano para cobrar. 
—Vladeg, somos amigos. ¡Hemos crecido juntos!¡Casi hermanos! Te estás equivocando de bando. Tú perteneces a esto, no a eso. 
—No, Yguenev. Yo ahora pertenezco a la milicia —zanjó Vladeg antes de dar la espalda a su viejo amigo y seguir caminando. 

La casa de la familia Trelenko era una de las más estrechas de la calle. Estaba construída con la misma piedra purpúrea que las demás, aunque había ido adquiriendo un tono oscuro con el paso de los años. Los sillares estaban tan erosionados que habían perdido su forma original. La vivienda tenía dos plantas. Los portones de las ventanas estaban abiertos y por la pequeña chimenea superior escapaba una fina columna de humo. La puerta, de madera de pino, había adoptado un color grisáceo y las astillas se levantaban tanto que parecían las púas de un erizo. Vladeg abrió y un agudo chirrido de las bisagras anunció su llegada.   

Una pequeña sala cuadrada, iluminada por la luz que entraba desde la única ventana que daba a la calle, era lo primero que se mostraba al visitante. En el centro había una mesa de madera con cuatro banquetas a su alrededor. Sesha, la hermana menor de Vladeg, y Demtri, el hermano mayor, se sentaban allí frente a unos platos hondos llenos de un translúcido líquido humeante. Al fondo, en la pequeña chimenea que calentaba la casa, la vieja Liudma removía una humeante olla que colgaba sobre las brasas. Al ver a Vladeg se irguió, dejó el cucharón colgado de una argolla, y se encaminó decidida hacia él. 
El joven le sacaba una cabeza, y tenía una espalda que era el doble de la de ella. Sin embargo, y pese a su edad, Liudma lanzó un rápido manotazo a la cara de Vladeg que le hizo girar el cuello. 
—¿Dónde has estado toda la noche? ¡Me tenías preocupada!
—Yo… madre, lo siento. Estaba ayudando a apagar el incendio de la casa Smolang. 
Liudma apretó los labios unos segundos y abrazó a su hijo.
—Me tenías angustiada. Pensaba que te habían hecho algo. 
—No, madre. Cuando las cosas se desmadraron, me escondí. Y luego, me quedé a ayudar a apagar el fuego. 
—Siéntate y come algo —dijo la mujer encaminándose de nuevo hacia la chimenea—. Hay caldo de centeno.
—¡Bueno, sopa! ¡Es más agua que centeno! —exclamó Demtri con una carcajada.
La certera colleja de Liudma resonó por toda la casa como una campanada que anuncia la hora de las plegarias.
—¡Au! —añadió acariciándose la nuca. 
—No se preocupe, madre, ya comí —dijo Vladeg. 
—¿Cómo que comiste? ¿Qué comiste? ¿Robaste grano del señor Smolang?
—No, madre, en el cuartel. Me dieron un pedazo de pan. 
—¿En el cuartel? ¿Qué hacías allí? —preguntó Demtri.
—Me he unido a la milicia. Me dan una hogaza de pan y un pedazo de queso al día, y dos manzanas. Y aceite y nueces cada semana. Podremos comer un poco mejor.
—Pero tú no eres soldado, hermano. ¿Qué vas a hacer ahí?
—Pero le entrenarán —intervino Sesha—. Déjale que haga lo que quiera. Si al menos trae pan, ya es más de lo que traes tú del huerto.
—¡Me cago en la niña de los cojones! —exclamó Demtri levantándose de un soplo—. ¿Por qué no te hemos casado aún?
—Pues porque no podemos pagar la dote —respondió Sesha con una sonrisa que se amplió al ver a Demtri apretar los puños con fuerza.
—¡Basta ya, que me tenéis harta con tanta discusión! —zanjó Liudma que volvía a acercarse a su hijo Vladeg. Repasó a su hijo con los ojos, suspiró y añadió—. La milicia es peligrosa hijo, me vas a matar de no dormir. Pero tu padre, que en paz descanse, estaría orgulloso de ti —Liudma miró al cielo al decir esto último—. ¿Cuándo empiezas? 
—Mañana. 
—Bien. Aprovecha hoy para descansar. Te prepararé un baño, que estás lleno de hollín. 

A la mañana siguiente, Vladeg se levantó nada más romper el alba. Se vistió con su túnica y sus sandalias y bajó las escaleras como un elefante que huye. Al llegar al comedor se encontró con Liudma, que encendía la leña para preparar el desayuno.   

—¿Qué es tanto escándalo, Vladeg?
—Me voy al cuartel, madre.
—¿No desayunas?
—¡No, ya comeré algo allí! —respondió abriendo la puerta. 
—Será posible éste niño —protestó la madre mientras el agudo chirrido de las bisagras anunciaba la partida del muchacho. 

Vladeg recorrió las calles con paso acelerado mientras de fondo se escuchaba el cantar de los gallos. Se plantó en la puerta del cuartel, que todavía permanecía cerrada, cuando el sol comenzaba a superar las murallas. Se cruzó de brazos y esperó. Un rato más tarde, la puerta se abrió, dos lanceros salieron y se colocaron a lado y lado de la misma. Vladeg caminó hacia allí. 
—¿Qué quieres? —dijo uno de ellos cortándole el paso. 
—Soy Vladeg.
—¡Enhorabuena! ¡Yo soy el marqués de Mirto! —exclamó, y ambos guardias soltaron una carcajada. 
Vladeg frunció el ceño, se aclaró la voz y añadió:
—Hoy empiezo en la milicia. Busco a Zletia.
—Ah, el nuevo. Pasa, Zletia está almorzando. 

Vladeg entró en la caserna. En la mesa había siete lanceros comiendo pan y queso. Y de pie había otro sirviéndose un poco de vino. Zletia estaba sentado en una de las esquinas de la mesa, comiendo un poco de pan, y le hacía gestos para que se acercara. 
—Siéntate, Vladeg, y come algo —le invitó.
Vladeg obedeció. Se sentó, tomó un trozo de pan y lo devoró. También le sirvieron un poco de vino y un trocito de queso. 
—Esto corre de la cuenta del cuartel. Va a parte del salario. Pero sólo el almuerzo. La comida y la cena son cosa tuya —explicaba Zletia—. 
—Aprovecha para llenar el buche ahora —comentó otro guardia—. Así, si luego te sobra comida de la paga, se la puedes vender a algún desgraciado por algo de bronce. 
—¿En serio?
—Sí —intervino Zletia—. Se paga bien el pan, incluso aunque esté más duro que tu mollera. En fin, ahora, cuando acabemos, te vestiremos como corresponde, y luego, entrenaremos con la lanza y con el garrote.

No tardaron mucho en levantarse. Unos minutos más tarde ya estaban en la armería. El armero era un hombre calvo, entrado en años, con algo de barriga y una barba que le crecía a clapas. Le faltaba media dentadura, y uno de sus ojos miraba a otro lugar. Se plantó frente a Vladeg, que permanecía de pie en mitad de la sala, y lo repasó con la mirada. 
—¡Ponte recto, coño, qué estás encorvado! —decía con su voz rasposa. 
Midió la espalda de Vladeg con palmos, y la cabeza con una cinta. Tras rebuscar un rato, le proporcionó todo el equipo: casco, coraza, un peto de tela, escudo, lanza y daga. 
—El peto te va un poco grande, pero es lo que hay. Que tu madre o tu prima te lo ajusten.
Tras armarle, Zletia guió a Vladeg por una puerta que daba a un patio interior situado entre el torreón y la muralla. Quedaba completamente oculto a la vista de los transeúntes. No era especialmente grande, pero quizá cabían cuarenta o cincuenta hombres de pie, en formación. 
—Te voy a enseñar a usar la lanza un rato. Pero luego, nos pondremos con el garrote, que lo vas a usar mucho más. 
—¿Más que la lanza?
—Sí. Cuando hay revueltas, el garrote es más útil. A corta distancia es más efectivo, y con abrirle la cabeza a esos desgraciados es suficiente —decía Zletia con la misma calma que quien explica una receta de cocina—. Si la cosa se pone seria, entonces sacamos las dagas a pasear. 
La primera semana, Vladeg la pasó prácticamente en aquél patio, de sol a sol. Combinaban el ejercicio físico, con ejercicios de destreza y, cada cierto rato, hacían algún combate de práctica.  Zletia le enseñaba a lanzar estocadas con la lanza y con la daga, o a golpear con el garrote. Pero, en especial, Zletia se centró en el escudo. 
—Es tu mejor aliado. No sólo bloquea los golpes y los proyectiles —explicaba—. También puedes atacar. Golpear con la superficie o con el canto. Y también empujar. 
Después de cada explicación, Zletia solía mostrar algunos ejemplos. 

Normalmente estaba sólo con Zletia, pero a veces se unían algunos otros guardias, como Gorag, un hombre alto y grande, con mirada intimidante, pero que rápidamente acogió a Vladeg. O Wadem, un muchacho con mirada pícara que disfrutaba tomándole el pelo a su nuevo compañero. Poco a poco, Vladeg fue haciéndose un lugar entre los guardias que, cada vez más, lo integraban en sus conversaciones durante el almuerzo o la comida. 
—Tienes que aprovechar para aprender el máximo ahora —le decía un día Gorag—. Pronto se acabará el grano que robaron de la casa de Smolang. Y entonces, necesitaremos cuantas más manos mejor. 
Pasaron varias semanas en las que la ciudad se mantuvo en una calma incómoda y frágil. Los ciudadanos parecían más relajados, y se acumulaban muchos menos en los templos pidiendo caridad. Sin embargo, poco a poco, la situación volvía a los términos previos al saqueo de la casa de Smolang. De nuevo, la gente vagaba por las calles con la mirada perdida, rebuscando entre los desechos, o tratando de cazar ratas. Los gatos callejeros y las palomas desaparecieron de nuevo e incluso en los santuarios más pequeños se acumulaban largas colas para conseguir pan. La tensión volvía a palparse en las calles. 
En mitad de esta situación, se acercó un hombre al cuartel. Era joven, tal vez un año o dos menor que Vladeg. Llevaba una túnica morada con la heráldica de la ciudad sobre el pecho. Sujetaba en su mano derecha un pergamino enrollado y sellado. Al verlo, los centinelas lo hicieron pasar. El capitán Slevan le recibió casi en la puerta. 
—¡Capitán Slevan! En nombre del consejo, se le ordena arrestar a los individuos nombrados en éste documento —dijo entregando el pergamino sellado— acusados de provocar los altercados de la casa Smolang. El consejo me pide que le haga saber que urge cumplir estas órdenes. 
—Saldremos de inmediato —respondió Slevan que, tras comprobar el sello, lo rompió y abrió el documento— ¡Sargento Waclag! ¡Movilice a todo el mundo!
—¡A la orden, capitán!

En cuestión de minutos, la guardia local de Menii, armada con garrotes, desfilaba por las calles de los barrios más humildes. Los vecinos salían de sus casas y se iban acumulando a lado y lado, observando a aquél centenar de hombres armados avanzar hacia la humilde morada de uno de sus vecinos. Vladeg caminaba en silencio y controlando su respiración. Sus músculos estaban tensos y la saliva de su boca se había vuelto pastosa. Aquella no era su calle, pero se parecía mucho. 
El capitán detuvo la marcha frente a una pequeña casa de una planta. Era de piedra púrpura con el tejado de tejas rojas. La única ventana que había en la fachada estaba completamente cerrada, igual que la puerta. Pero la madera de ambas estaba completamente seca dándole un aspecto endeble. 
—Formad un perímetro —ordenó Slevan.
Los lanceros se colocaron en dos filas, formando un cuadrado, protegiendo su retaguardia por la fachada. A Vladeg le tocó delante. Frente a él comenzó a amontonarse gente que observaba. Entonces Slevan golpeó la puerta con fuerza.
—¡Ralko Sledobin! ¡Estás arrestado por el incendio y saqueo de la casa de Smoleng! ¡Abre la puerta!
Los vecinos comenzaron a murmurar. El ambiente cambió, y aunque corría una brisa, Vladeg sentía calor. Gotas de sudor se esparcían por su frente como el rocío en las hojas al amanecer. 
—Entrad —ordenó Slevan, y un par de guardias golpearon la puerta hasta tirarla. La muchedumbre se agitó, y empezaron a cuestionar a los guardias en voz alta. 
—¿Qué hacéis? —preguntaba uno—. Dejadnos en paz, bastante pena tenemos ya que no podemos dar de comer a nuestros hijos. 
—¿Qué habéis venido a buscar? ¡Ya no nos queda nada que dar! —protestaba una mujer. 
Un hombre joven se abría paso entre los vecinos para plantarse delante de la milicia. Los ojos de Vladeg se abrieron de par en par al reconocer el rostro de Yguenev frente a él. 
—¿Qué, se come bien en la milicia? —preguntó encarándose con Vladeg. 
—Yguenev, vete de aquí, esto no va contigo. 
—¡Esto va con todos, Vladeg! ¡Hace cuatro días que no me llevo nada a la boca!
—¡Pues ponte a trabajar!
Yguenev se acercaba cada vez más, prácticamente estaba a tocar del escudo. La multitud se movía como las olas del mar que rompen contra una playa.
—¿¡A trabajar!? —espetó Yguenev— ¿¡De qué!? ¡No hay trabajo, imbécil! ¿Me meto a milico como tú, traidor, o sólo aceptan inútiles?
—¡Cállate desgraciado! —replicó Vladeg empujándolo con el escudo—. ¡Si trabajaras más, no tendrías estos problemas, holgazán!
La mirada de Yguenev parecía la de un jabalí herido. Su respiración se aceleró. Fruncía el ceño y apretaba los dientes. Como una pantera, se lanzó contra el escudo, intentando arrancarlo de las manos de Vladeg. El joven se resistía con todas sus fuerzas.
—¡Aparta! —gritaba— ¡Aparta, maldita sea!
Pero Yguenev no razonaba. Sólo tiraba con fuerza mientras gritaba como poseído por una fuerza demoníaca. Vladeg apretó los dedos alrededor del garrote que sujetaba en su diestra. 
—¡Para! ¡Para de una vez!
Yguenev abría la boca como un lobo a punto de saltar a la yugular de Vladeg. El miliciano intentaba recuperar el control de su escudo empujando a su rival. Pero era como intentar librarse de una garrapata a sacudidas.
—¡Cerdo traidor! —gritó Yguenev— ¡Eres un cerdo traidor, como tu padre!
—¡Calla! —gritó Vladeg y lanzó un garrotazo a la cabeza de su vecino. 
Yguenev soltó el escudo y se quedó como petrificado. De una brecha en su frente empezó a emanar sangre. Primero unas gotas. Luego un chorro contínuo. Su mirada se fue a otro lugar, a mil millas de allí. Dio dos pasos hacia atrás ante la atenta mirada de Vladeg, que trataba de controlar su respiración. Entonces, se desplomó.

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u/Mimosinator — 17 days ago