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Antes que nada: no soy argentino, así que entiendo si mi opinión vale poco acá. Pero soy fanático del fútbol de toda la vida y siempre admiré lo que Argentina significa para este deporte. Escribo esto con respeto.
Mi hijo tiene 6 años. Juega a la pelota todo el día, en el jardín, en la cocina, donde sea. Su equipo favorito es Argentina. No por mí, lo eligió él solo, como eligen los chicos, por los colores, por los jugadores, por esa cosa que tiene la Albiceleste que engancha a los pibes en todo el mundo.
Anoche vimos la final juntos. Perder 1-0 contra España duele, eso lo entiende cualquiera. Lo que no pude explicarle fue lo que vino después del pitazo final. Molina golpeando a Rodri en el estómago cuando iba a festejar con sus compañeros. Paredes empujando a Eric García por el cuello. Un miembro del cuerpo técnico metiéndole la mano en el pecho a Dani Olmo.
Mi hijo me preguntó por qué pegaban. No supe qué decirle.
Sé que la bronca de perder una final es enorme. Sé que en el momento la sangre hierve. Y sé también que en Argentina hay una discusión eterna sobre la garra, la viveza, dónde está el límite. No vengo a resolver eso, no me corresponde. Pero les digo lo que se ve desde afuera: un equipo campeón del mundo, con jugadores que millones de chicos idolatran, que no pudo perder con dignidad.
Los chicos no aprenden del discurso posterior ni del comunicado de la AFA. Aprenden de lo que ven en la cancha. Y anoche vieron eso.