
Ojos color Luna. (Cuento corto)
—Estamos aquí —dijo mi padre una vez llegamos a McDonald’s.
Me bajé de un salto de la gran motocicleta en la que veníamos. Tomé el casco entre mis manos y lo retiré de mi cabeza; era evidente mi cabellera alborotada, así que la arreglé un poco.
Mi padre se bajó de la motocicleta y dio unos cuantos pasos hasta llegar a los escalones para alcanzar la entrada del sitio. Intuitivamente lo seguí. Subimos y entramos.
No era muy complicada la misión: solamente teníamos que comprar una Happy Meal para mi hermana pequeña, algo para mí, e irnos.
Pero antes de poder cumplir con satisfacción el encargo, vibró el teléfono de mi padre.
—Claro, una llamada, cuando más flojera tengo —dije para mis adentros.
¡Qué flojera! Se había arruinado nuestro momento de ordenar. Sin embargo, no le di importancia y salí. Quería ver el nuevo McFlurry que estaba a la venta. Hacía algo de frío.
Me hallaba observando la valla publicitaria cuando sentí una presencia extraña clavada en mí. Algo me observaba.
Entre extrañada y curiosa, eché un vistazo a mi alrededor para descubrir lo que era.
Para mi sorpresa, era un hombre, no muy mayor, tenía barba y una piel cremosa que hacía conjunto con esos labios rojos de los que parecen siempre estar húmedos. Me miraba con determinación.
Sus ojos recorrían de lo alto a lo bajo de mi ser. Fue inevitable no sonrojarme cuando nuestras miradas se cruzaron. Sentí un cosquilleo por toda la espalda y me hormigueaban las manos.
¿Por qué este misterioso personaje me estremecía tanto? Ni yo lo sabía. Había algo en su mirada que me hacía sentir hipnotizada.
Me puse de nuevo en la tesitura y rompí con el momento. Entré nuevamente. Finalmente, para mi tranquilidad, mi padre ya había terminado su llamada.
—¿Qué vamos a ordenar? —comentó, mientras acomodaba su celular en el bolsillo.
—Una Happy Meal y yo quiero... una hamburguesa de pollo —añadí, mientras observaba el menú en la pantalla de enfrente.
—Creo que el chico de aquel café te conoce, no te ha dejado de mirar desde que llegamos, ¿sabes quién es? —aunque era mentira, sin mirarlo directamente, traté de persuadir a mi padre; el extraño personaje estaba en mi mente y quería aclarar la duda.
No obstante, con una mirada lejos de sentirse familiarizado con lo que le preguntaba, mi padre volteó la cabeza y, tan rápido como observó por encima de su hombro, me devolvió la mirada y sorprendido preguntó:
—¿Cuál café? Ahí solo hay una banca.
Palidecí.
¿Acaso estaba perdiendo la cabeza? ¿Cómo que no veía el puesto de café frente a la banca? Estaba ahí.
Sentí náuseas. El hombre, ese hombre que me observaba. Tragué grueso y reí tontamente. Mi padre solo ignoró la situación y pasó a la barra para ordenar nuestro pedido.
Me sentí extraña. Tenía la vaga sensación de saber que algo me unía a aquel extraño hombre.
Luego de un rato, por fin pudimos reclamar nuestro pedido. Salimos y mi padre me comentó que se le antojaban unos tacos, así que pasamos al pequeño puesto de comida y, mientras caminábamos, yo observaba con atención el puesto de café, pero el hombre ya no estaba allí.
Casi de inmediato lo empecé a buscar con la mirada y resultó. Volví a divisarlo.
Esta vez estaba flanqueando uno de los lados de otro puesto de comida que estaba enfrente del McDonald’s. Hablaba con la mujer del pequeño camión y en su mano izquierda llevaba un cigarro algo ya consumido. Tenía buen perfil.
Inconscientemente caí en la cuenta de que ahora era yo la que lo observaba con atención. Alejé la vista.
Casi inmediatamente recobré la sensación de estar siendo observada y no era menos: me contemplaba con candor, relamía sus labios, ocasionalmente se sobaba suavemente el mentón, me sonreía con los ojos y también alternaba su mirada con una mueca de concentración.
Pasaron unos cuantos minutos que se sintieron como una eternidad hasta que mi padre tocó mi hombro y me desconectó de mi lapso de embobamiento.
—Ya tenemos todo, vámonos —se apresuró a decir—. Tu madre nos debe estar esperando, no se vaya a enojar.
—Claro —respondí medio atontada.
Admito que me desconcertó un poco el hecho de que cuando devolví la mirada, el hombre ya no estaba. Tan rápido como lo encontré, del mismo modo se fue.
Subí a la motocicleta y, cuando estaba posando el casco nuevamente para ponerlo en mi cabeza, sentí cómo la sensación que me era común en ese momento me atravesaba. Miré con desesperación y mi mirada se encontró con la suya.
Esta vez, esos ojos negros me penetban más que las dos primeras veces. Me daba una sonrisa torcida y estaba recostado, mostrándose relajado en el puesto de café. Le guiñé un ojo.
Un corrientazo de vergüenza me escaló. Lo dejé pasar. Mi padre encendió la motocicleta y arrancó camino a casa.
Estando ya en mi cuarto, aún me daba vueltas la idea de volverlo a ver. Sentí una química única en esas tres miradas, sí, pero esa química ahora se sentía como una maldición susurrada. Algo no encajaba.
Al recostar mi cabeza en la almohada, las imágenes de McDonald's volvieron, pero esta vez mi mente comenzó a reconstruir la escena, distorsionada por una verdad que se negaba a ser oculta.
El puesto de café no tenía barista, solo una banca solitaria.
El hombre no estaba flanqueando un camión de comida; estaba transparente contra la pared del edificio de enfrente.
Y cuando me miró la última vez desde el puesto de café, ¿por qué mi padre no lo había visto?
La respuesta me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago: ¿no era de este mundo?
Bajé de la cama, atraída por una sensación de extraña familiaridad que emanaba de la ventana. La luna, a través de los cristales, parecía más grande y roja que de costumbre, tiñendo mi habitación de un matiz ominoso.
Cuando me acerqué, lo vi.
Estaba allí, justo afuera, flotando a la altura de mi ventana como si la gravedad no existiera para él. Ya no sonreía.
Sus ojos, antes seductores, eran ahora cuencas vacías de una oscuridad vasta. Sus labios, que antes parecían húmedos, ahora estaban secos, casi agrietados, y de ellos escapaba un susurro inaudible que, sin embargo, resonaba en mi mente como un coro de voces muertas.
El puesto de café, los tacos, las miradas... todo había sido una ilusión, una elaborada puesta en escena para engañar mis sentidos. Él siempre estuvo allí, acechando, esperando el momento perfecto.
Levantó una mano hacia la ventana, y aunque el cristal nos separaba, sentí el frío de la tumba recorrer mi brazo. No era un cortejo; era una caza.
Mi mente, en un intento desesperado por protegerme, había fabricado la "química" para disfrazar el horror. Pero ahora, el velo se había caído.
Con una lentitud agónica, su mano atravesó el cristal, sin romperlo, como si la materia no fuera más que aire para él. Me tomó del cuello, y el toque helado quemó mi piel.
Mis pulmones se quedaron sin aire y, mientras la oscuridad me invadía, pude escuchar su voz, clara por primera vez en mi mente:
"Finalmente eres mía."
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Helou. Espero hayan podido llegar hasta aquí y les haya gustado. Una retroalimentación me vendría de maravilla, espero puedan ayudarme dándole mucho apoyo si lo disfrutaron. (Soy una persona novata en todo esto, espero aprender mucho. Gracias)✨