Por qué nunca más volvimos a quedarnos afuera de madrugada
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Esto no me lo contó nadie. Esto nos pasó a mí y a mi hermano hace unos tres años en el campo, y todavía hoy, si me desvelo, me da pánico mirar por la ventana.
Acá en la costa el calor de noche es pesado, así que nosotros solíamos quedarnos en el patio hasta tarde para agarrar el fresco. Mi hermano se la pasaba acostado en el chinchorro viendo videos y yo me sentaba en una silla plástica al lado del conector, porque cargaba un teléfono viejito que no le duraba nada la batería. Nos daban las dos, las tres de la mañana ahí afuera, en la total oscuridad, iluminados solo por el brillo de las pantallas.
Cualquiera diría que estábamos seguros en casa. Pero en el campo, la madrugada tiene dueño.
Eran casi las tres de la mañana, la hora muerta, como le dicen, cuando el ambiente cambió por completo. El silencio del monte se volvió rancio. De un segundo a otro, sentí un corrientazo helado que me bajó por la columna y un recelo horrible en el pecho. El instinto no te miente; el cuerpo sabe cuándo te están mirando. Me levanté, fui donde mi hermano y le susurré: Ey, manito... vámonos para adentro, tengo una mala espina tenaz. Él, metido en su pantalla, se echó a reír en buche: Ah, deja de molestar y no seas flojo.
Me devolví a mi silla. Pasaron diez minutos, tal vez veinte. El silencio ya no era normal; ni los grillos sonaban. De repente, escucho unos pasos apurados. Era mi hermano.
Vino caminando hacia mí con el rostro completamente pálido, desfigurado por el miedo, y con los ojos abiertos como si hubiera visto el mismísimo infierno. Me agarró del brazo con fuerza y me dijo con la voz rota: Mario... por lo que más quieras, ven a asomarte al patio. Pero no hagas ruido.
Nos arrastramos con cuidado hacia el borde. Cerca de la represa, justo en todo el pegue de la cerca que divide la casa, había alguien. O más bien, algo.
Era una silueta de casi dos metros de alto, absurdamente delgada y larga. Llevaba una gabardina negra que parecía absorber la poca luz de la noche y un sombrero de copa alta que le ocultaba el rostro en una sombra absoluta. No caminaba como un ser humano. Deambulaba pegado al alambre de púas, deslizándose de un lado a otro como si flotara, como si estuviera midiendo el terreno... midiendo la distancia hacia nosotros.
En ese instante, mi hermano se llevó las manos a la cabeza. Me dijo que sentía una presión tan espantosa que sentía que el cráneo le iba a estallar. Era la energía de esa cosa, que ya se nos estaba metiendo en el cuerpo. El miedo psicológico te paraliza, te dice que si corres, te atrapa. Con las justas, entramos a la casa a tropezones, trancamos la puerta con tres cerrojos y nos quedamos temblando en el piso hasta que amaneció.
Al día siguiente, fuimos a la casa de un amigo que vive más cerca de la represa. Cuando le contamos, el tipo se puso serio y nos miró con lástima. Nos dijo: Ese no es un hombre. Ese es un espanto que tiene un cuento pendiente en esta tierra y siempre camina por ahí. Pero les tengo una mala noticia: esa hora ya está prohibida para ustedes. Esa cosa se alimenta de que la miren. Un día aparece lejos... pero si te vuelves a quedar ahí, la próxima noche va a estar parada al lado de tu chinchorro.
Desde ese día, a las doce de la noche ya estamos encerrados. Porque aprendimos por las malas que en la oscuridad, cuando tú miras hacia el monte... algo del monte también te está mirando a ti.