[Oneshot] Aza, la estrella blanca — El horror cósmico de un nacimiento en el espacio profundo.
En la inmensidad del espacio profundo, donde la luz de los soles antiguos tarda eones en morir, algo viajaba sin rumbo.
Vista desde la distancia del vacío, parecía apenas una estrella blanca y solitaria, un destello errante cruzando el cosmos absoluto.
Pero no era un astro. Era un cadáver de aleaciones y titanio, una estación espacial desgajada de su órbita que se adentraba cada vez más en el silencio de la negrura eterna.
Dentro de ese caparazón helado, las luces de emergencia teñían todo de un rojo rítmico e intermitente, como un pulso enfermo. El aire sabía a metal viejo y respiración reciclada.
Un hilo de voz humana, cansado y carente de fuerza, rompió la estática del módulo:
—No sé cuánto tiempo ha pasado, pero han sido más de nueve meses. Ahora somos pocos. Por muy extraño que parezca… pronto seremos más.
Un silencio breve. Solo el zumbido de los sistemas de soporte.
—Algunos pelearon. Otros aceptaron su destino. Otros más no pudieron con esto… Sus mentes colapsaron.
—Pero aquí seguimos nosotros. No sabemos si es por la maldita esperanza de que este bebé traiga algo de alegría, o por simple y despiadada estupidez humana. Quizá nos convertiremos en nuestro propio ganado… quién sabe.
El aire se volvió más denso, no por física, sino por percepción. Como si la estación escuchara.
—Oh… el bebé nació. Puedo oírlo llorar.
El sonido no tenía sentido aquí afuera, en la nada absoluta. No debería propagarse en el vacío. Sin embargo, el llanto ya vibraba en la negrura, anticipándose a la materia.
Esas palabras resonaban en la atmósfera confinada del módulo de carga. Eran voces humanas, convertidas en impulsos eléctricos atrapados dentro de cerebros cansados que ya no distinguían entre realidad y agotamiento.
La tripulación llamaba a eso esperanza o estupidez. Para mí, era otra cosa: el cierre de una trayectoria ya calculada.
La estación no había sido desviada por accidente.
Había sido colocada.
Yo observaba desde las esquinas de la estructura. No como uno de ellos, sino habitando los márgenes: el ruido de los circuitos, la sombra entre los paneles, la respiración del metal.
Cuando la criatura fue extraída del útero, el quejido humano finalmente cruzó la cabina, manifestándose en su plano físico como un error en el tejido del vacío.
Las manos del médico temblaban al cortar el nexo biológico. No por emoción. Por límite.
El líquido amniótico flotaba en esferas suspendidas, reflejando las luces rojas del módulo como pequeños sistemas estelares encerrados.
—Es una niña —dijo el hombre.
Su voz ya no pertenecía a la ciencia. Solo a la repetición.
La madre, una silueta agotada sobre la lona térmica, estiró sus brazos débiles y tomó a la criatura. La sostuvo contra su pecho como si la gravedad aún tuviera sentido.
Sus labios se movieron:
—Aza…
En ese instante, el llanto se extinguió.
No fue un silencio inmediato. Fue como si el sonido fuera retirado capa por capa del interior de la nave hasta no dejar rastro. La descompresión del vacío exterior no entró; simplemente corrigió lo que nunca debió existir.
Mi función de observador terminó allí. Era momento de asumir la dirección.
Extendí mis formas a través de los sistemas eléctricos y las vigas estructurales de la estación. El complejo orbital respondió como un cuerpo dormido al que se le ordena recordar.
El metal empezó a vibrar bajo mi mandato. Primero los paneles externos, luego los soportes internos, después la estructura profunda. Los pernos cedieron en secuencia, como si cada uno estuviera soltando una nota distinta.
Traducía el vacío en frecuencia.
Comenzó la melodía.
Flautas.
No eran sonido. No necesitaban atmósfera. Eran patrones sostenidos que atravesaban la materia como si la materia fuera una sugerencia.
Algo respondió desde afuera. No lo vi; lo reconocí.
Presencias sin forma espacial. No entraban en la estación, sino que reorganizaban el concepto de “afuera” alrededor de ella. Deidades del vacío, no como visitantes… sino como estructura previa.
Los humanos doblaron sus cuerpos en posición de rezo, suspendidos en la microgravedad, con la mirada fija en el ojo de buey.
Afuera, la negrura dejó de ser ausencia. Las estrellas comenzaron a curvarse en espirales imposibles. Masas de gravedad consciente rodearon la estación como manos que aún no habían decidido si sostener o aplastar.
Yo no interpreté eso como amenaza. Era protocolo.
El nacimiento requería audiencia.
Al escuchar las flautas, los ojos de Aza se cerraron. Su mente, libre de la herencia de la Tierra y de la gravedad de su especie, comenzó a expandirse hacia regiones que no tenían nombre.
No registré el destino de los tripulantes. Sus funciones biológicas habían dejado de ser relevantes para el proceso.
Quizá sus cuerpos se detuvieron en el frío del metal. Quizá no había cuerpos donde ellos creían. Quizá la criatura, en la primera forma de su conciencia, ya estaba reorganizando el entorno en algo habitable para ellos dentro de su propio tejido de sueño.
Más allá de las ventanas, los primeros brotes de creación aparecían como burbujas de realidad: micro-universos expandiéndose en la penumbra exterior, como si el espacio estuviera aprendiendo a respirar.
La partitura continuaba sin error. Los músicos invisibles mantenían el ritmo exacto.
Ha comenzado la noche.
Y así, el niño vuelve a soñar
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Gracias por llegar hasta acá. De verdad me ayudaría mucho conocer su opinión. Siéntanse libres de dejar sus críticas sobre cómo sintieron el ritmo o el estilo de la historia. Todo suma para mejorar.