[Oneshot] Aza, la estrella blanca — El horror cósmico de un nacimiento en el espacio profundo.

En la inmensidad del espacio profundo, donde la luz de los soles antiguos tarda eones en morir, algo viajaba sin rumbo.

Vista desde la distancia del vacío, parecía apenas una estrella blanca y solitaria, un destello errante cruzando el cosmos absoluto.

Pero no era un astro. Era un cadáver de aleaciones y titanio, una estación espacial desgajada de su órbita que se adentraba cada vez más en el silencio de la negrura eterna.

Dentro de ese caparazón helado, las luces de emergencia teñían todo de un rojo rítmico e intermitente, como un pulso enfermo. El aire sabía a metal viejo y respiración reciclada.

Un hilo de voz humana, cansado y carente de fuerza, rompió la estática del módulo:

—No sé cuánto tiempo ha pasado, pero han sido más de nueve meses. Ahora somos pocos. Por muy extraño que parezca… pronto seremos más.

Un silencio breve. Solo el zumbido de los sistemas de soporte.

—Algunos pelearon. Otros aceptaron su destino. Otros más no pudieron con esto… Sus mentes colapsaron.

—Pero aquí seguimos nosotros. No sabemos si es por la maldita esperanza de que este bebé traiga algo de alegría, o por simple y despiadada estupidez humana. Quizá nos convertiremos en nuestro propio ganado… quién sabe.

El aire se volvió más denso, no por física, sino por percepción. Como si la estación escuchara.

—Oh… el bebé nació. Puedo oírlo llorar.

El sonido no tenía sentido aquí afuera, en la nada absoluta. No debería propagarse en el vacío. Sin embargo, el llanto ya vibraba en la negrura, anticipándose a la materia.

Esas palabras resonaban en la atmósfera confinada del módulo de carga. Eran voces humanas, convertidas en impulsos eléctricos atrapados dentro de cerebros cansados que ya no distinguían entre realidad y agotamiento.

La tripulación llamaba a eso esperanza o estupidez. Para mí, era otra cosa: el cierre de una trayectoria ya calculada.

La estación no había sido desviada por accidente.

Había sido colocada.

Yo observaba desde las esquinas de la estructura. No como uno de ellos, sino habitando los márgenes: el ruido de los circuitos, la sombra entre los paneles, la respiración del metal.

Cuando la criatura fue extraída del útero, el quejido humano finalmente cruzó la cabina, manifestándose en su plano físico como un error en el tejido del vacío.

Las manos del médico temblaban al cortar el nexo biológico. No por emoción. Por límite.

El líquido amniótico flotaba en esferas suspendidas, reflejando las luces rojas del módulo como pequeños sistemas estelares encerrados.

—Es una niña —dijo el hombre.

Su voz ya no pertenecía a la ciencia. Solo a la repetición.

La madre, una silueta agotada sobre la lona térmica, estiró sus brazos débiles y tomó a la criatura. La sostuvo contra su pecho como si la gravedad aún tuviera sentido.

Sus labios se movieron:

—Aza…

En ese instante, el llanto se extinguió.

No fue un silencio inmediato. Fue como si el sonido fuera retirado capa por capa del interior de la nave hasta no dejar rastro. La descompresión del vacío exterior no entró; simplemente corrigió lo que nunca debió existir.

Mi función de observador terminó allí. Era momento de asumir la dirección.

Extendí mis formas a través de los sistemas eléctricos y las vigas estructurales de la estación. El complejo orbital respondió como un cuerpo dormido al que se le ordena recordar.

El metal empezó a vibrar bajo mi mandato. Primero los paneles externos, luego los soportes internos, después la estructura profunda. Los pernos cedieron en secuencia, como si cada uno estuviera soltando una nota distinta.

Traducía el vacío en frecuencia.

Comenzó la melodía.

Flautas.

No eran sonido. No necesitaban atmósfera. Eran patrones sostenidos que atravesaban la materia como si la materia fuera una sugerencia.

Algo respondió desde afuera. No lo vi; lo reconocí.

Presencias sin forma espacial. No entraban en la estación, sino que reorganizaban el concepto de “afuera” alrededor de ella. Deidades del vacío, no como visitantes… sino como estructura previa.

Los humanos doblaron sus cuerpos en posición de rezo, suspendidos en la microgravedad, con la mirada fija en el ojo de buey.

Afuera, la negrura dejó de ser ausencia. Las estrellas comenzaron a curvarse en espirales imposibles. Masas de gravedad consciente rodearon la estación como manos que aún no habían decidido si sostener o aplastar.

Yo no interpreté eso como amenaza. Era protocolo.

El nacimiento requería audiencia.

Al escuchar las flautas, los ojos de Aza se cerraron. Su mente, libre de la herencia de la Tierra y de la gravedad de su especie, comenzó a expandirse hacia regiones que no tenían nombre.

No registré el destino de los tripulantes. Sus funciones biológicas habían dejado de ser relevantes para el proceso.

Quizá sus cuerpos se detuvieron en el frío del metal. Quizá no había cuerpos donde ellos creían. Quizá la criatura, en la primera forma de su conciencia, ya estaba reorganizando el entorno en algo habitable para ellos dentro de su propio tejido de sueño.

Más allá de las ventanas, los primeros brotes de creación aparecían como burbujas de realidad: micro-universos expandiéndose en la penumbra exterior, como si el espacio estuviera aprendiendo a respirar.

La partitura continuaba sin error. Los músicos invisibles mantenían el ritmo exacto.

Ha comenzado la noche.

Y así, el niño vuelve a soñar

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Gracias por llegar hasta acá. De verdad me ayudaría mucho conocer su opinión. Siéntanse libres de dejar sus críticas sobre cómo sintieron el ritmo o el estilo de la historia. Todo suma para mejorar.

reddit.com
u/Rize_Kurusu — 9 days ago

[Oneshot] Aza, la estrella blanca — El horror cósmico de un nacimiento en el espacio profundo.

En la inmensidad del espacio profundo, donde la luz de los soles antiguos tarda eones en morir, algo viajaba sin rumbo.

Vista desde la distancia del vacío, parecía apenas una estrella blanca y solitaria, un destello errante cruzando el cosmos absoluto.

Pero no era un astro. Era un cadáver de aleaciones y titanio, una estación espacial desgajada de su órbita que se adentraba cada vez más en el silencio de la negrura eterna.

Dentro de ese caparazón helado, las luces de emergencia teñían todo de un rojo rítmico e intermitente, como un pulso enfermo. El aire sabía a metal viejo y respiración reciclada.

Un hilo de voz humana, cansado y carente de fuerza, rompió la estática del módulo:

—No sé cuánto tiempo ha pasado, pero han sido más de nueve meses. Ahora somos pocos. Por muy extraño que parezca… pronto seremos más.

Un silencio breve. Solo el zumbido de los sistemas de soporte.

—Algunos pelearon. Otros aceptaron su destino. Otros más no pudieron con esto… Sus mentes colapsaron.

—Pero aquí seguimos nosotros. No sabemos si es por la maldita esperanza de que este bebé traiga algo de alegría, o por simple y despiadada estupidez humana. Quizá nos convertiremos en nuestro propio ganado… quién sabe.

El aire se volvió más denso, no por física, sino por percepción. Como si la estación escuchara.

—Oh… el bebé nació. Puedo oírlo llorar.

El sonido no tenía sentido aquí afuera, en la nada absoluta. No debería propagarse en el vacío. Sin embargo, el llanto ya vibraba en la negrura, anticipándose a la materia.

Esas palabras resonaban en la atmósfera confinada del módulo de carga. Eran voces humanas, convertidas en impulsos eléctricos atrapados dentro de cerebros cansados que ya no distinguían entre realidad y agotamiento.

La tripulación llamaba a eso esperanza o estupidez. Para mí, era otra cosa: el cierre de una trayectoria ya calculada.

La estación no había sido desviada por accidente.

Había sido colocada.

Yo observaba desde las esquinas de la estructura. No como uno de ellos, sino habitando los márgenes: el ruido de los circuitos, la sombra entre los paneles, la respiración del metal.

Cuando la criatura fue extraída del útero, el quejido humano finalmente cruzó la cabina, manifestándose en su plano físico como un error en el tejido del vacío.

Las manos del médico temblaban al cortar el nexo biológico. No por emoción. Por límite.

El líquido amniótico flotaba en esferas suspendidas, reflejando las luces rojas del módulo como pequeños sistemas estelares encerrados.

—Es una niña —dijo el hombre.

Su voz ya no pertenecía a la ciencia. Solo a la repetición.

La madre, una silueta agotada sobre la lona térmica, estiró sus brazos débiles y tomó a la criatura. La sostuvo contra su pecho como si la gravedad aún tuviera sentido.

Sus labios se movieron:

—Aza…

En ese instante, el llanto se extinguió.

No fue un silencio inmediato. Fue como si el sonido fuera retirado capa por capa del interior de la nave hasta no dejar rastro. La descompresión del vacío exterior no entró; simplemente corrigió lo que nunca debió existir.

Mi función de observador terminó allí. Era momento de asumir la dirección.

Extendí mis formas a través de los sistemas eléctricos y las vigas estructurales de la estación. El complejo orbital respondió como un cuerpo dormido al que se le ordena recordar.

El metal empezó a vibrar bajo mi mandato. Primero los paneles externos, luego los soportes internos, después la estructura profunda. Los pernos cedieron en secuencia, como si cada uno estuviera soltando una nota distinta.

Traducía el vacío en frecuencia.

Comenzó la melodía.

Flautas.

No eran sonido. No necesitaban atmósfera. Eran patrones sostenidos que atravesaban la materia como si la materia fuera una sugerencia.

Algo respondió desde afuera. No lo vi; lo reconocí.

Presencias sin forma espacial. No entraban en la estación, sino que reorganizaban el concepto de “afuera” alrededor de ella. Deidades del vacío, no como visitantes… sino como estructura previa.

Los humanos doblaron sus cuerpos en posición de rezo, suspendidos en la microgravedad, con la mirada fija en el ojo de buey.

Afuera, la negrura dejó de ser ausencia. Las estrellas comenzaron a curvarse en espirales imposibles. Masas de gravedad consciente rodearon la estación como manos que aún no habían decidido si sostener o aplastar.

Yo no interpreté eso como amenaza. Era protocolo.

El nacimiento requería audiencia.

Al escuchar las flautas, los ojos de Aza se cerraron. Su mente, libre de la herencia de la Tierra y de la gravedad de su especie, comenzó a expandirse hacia regiones que no tenían nombre.

No registré el destino de los tripulantes. Sus funciones biológicas habían dejado de ser relevantes para el proceso.

Quizá sus cuerpos se detuvieron en el frío del metal. Quizá no había cuerpos donde ellos creían. Quizá la criatura, en la primera forma de su conciencia, ya estaba reorganizando el entorno en algo habitable para ellos dentro de su propio tejido de sueño.

Más allá de las ventanas, los primeros brotes de creación aparecían como burbujas de realidad: micro-universos expandiéndose en la penumbra exterior, como si el espacio estuviera aprendiendo a respirar.

La partitura continuaba sin error. Los músicos invisibles mantenían el ritmo exacto.

Ha comenzado la noche.

Y así, el niño vuelve a soñar

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>Gracias por llegar hasta acá. Este es mi primer post, de verdad me ayudaría mucho conocer su opinión. Siéntanse libres de dejar sus críticas sobre cómo sintieron el ritmo o el estilo de la historia. Todo suma para mejorar.

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u/Rize_Kurusu — 9 days ago

[Oneshot] Aza, la estrella blanca — El horror cósmico de un nacimiento en el espacio profundo.

En la inmensidad del espacio profundo, donde la luz de los soles antiguos tarda eones en morir, algo viajaba sin rumbo.

Vista desde la distancia del vacío, parecía apenas una estrella blanca y solitaria, un destello errante cruzando el cosmos absoluto.

Pero no era un astro. Era un cadáver de aleaciones y titanio, una estación espacial desgajada de su órbita que se adentraba cada vez más en el silencio de la negrura eterna.

Dentro de ese caparazón helado, las luces de emergencia teñían todo de un rojo rítmico e intermitente, como un pulso enfermo. El aire sabía a metal viejo y respiración reciclada.

Un hilo de voz humana, cansado y carente de fuerza, rompió la estática del módulo:

—No sé cuánto tiempo ha pasado, pero han sido más de nueve meses. Ahora somos pocos. Por muy extraño que parezca… pronto seremos más.

Un silencio breve. Solo el zumbido de los sistemas de soporte.

—Algunos pelearon. Otros aceptaron su destino. Otros más no pudieron con esto… Sus mentes colapsaron.

—Pero aquí seguimos nosotros. No sabemos si es por la maldita esperanza de que este bebé traiga algo de alegría, o por simple y despiadada estupidez humana. Quizá nos convertiremos en nuestro propio ganado… quién sabe.

El aire se volvió más denso, no por física, sino por percepción. Como si la estación escuchara.

—Oh… el bebé nació. Puedo oírlo llorar.

El sonido no tenía sentido aquí afuera, en la nada absoluta. No debería propagarse en el vacío. Sin embargo, el llanto ya vibraba en la negrura, anticipándose a la materia.

Esas palabras resonaban en la atmósfera confinada del módulo de carga. Eran voces humanas, convertidas en impulsos eléctricos atrapados dentro de cerebros cansados que ya no distinguían entre realidad y agotamiento.

La tripulación llamaba a eso esperanza o estupidez. Para mí, era otra cosa: el cierre de una trayectoria ya calculada.

La estación no había sido desviada por accidente.

Había sido colocada.

Yo observaba desde las esquinas de la estructura. No como uno de ellos, sino habitando los márgenes: el ruido de los circuitos, la sombra entre los paneles, la respiración del metal.

Cuando la criatura fue extraída del útero, el quejido humano finalmente cruzó la cabina, manifestándose en su plano físico como un error en el tejido del vacío.

Las manos del médico temblaban al cortar el nexo biológico. No por emoción. Por límite.

El líquido amniótico flotaba en esferas suspendidas, reflejando las luces rojas del módulo como pequeños sistemas estelares encerrados.

—Es una niña —dijo el hombre.

Su voz ya no pertenecía a la ciencia. Solo a la repetición.

La madre, una silueta agotada sobre la lona térmica, estiró sus brazos débiles y tomó a la criatura. La sostuvo contra su pecho como si la gravedad aún tuviera sentido.

Sus labios se movieron:

—Aza…

En ese instante, el llanto se extinguió.

No fue un silencio inmediato. Fue como si el sonido fuera retirado capa por capa del interior de la nave hasta no dejar rastro. La descompresión del vacío exterior no entró; simplemente corrigió lo que nunca debió existir.

Mi función de observador terminó allí. Era momento de asumir la dirección.

Extendí mis formas a través de los sistemas eléctricos y las vigas estructurales de la estación. El complejo orbital respondió como un cuerpo dormido al que se le ordena recordar.

El metal empezó a vibrar bajo mi mandato. Primero los paneles externos, luego los soportes internos, después la estructura profunda. Los pernos cedieron en secuencia, como si cada uno estuviera soltando una nota distinta.

Traducía el vacío en frecuencia.

Comenzó la melodía.

Flautas.

No eran sonido. No necesitaban atmósfera. Eran patrones sostenidos que atravesaban la materia como si la materia fuera una sugerencia.

Algo respondió desde afuera. No lo vi; lo reconocí.

Presencias sin forma espacial. No entraban en la estación, sino que reorganizaban el concepto de “afuera” alrededor de ella. Deidades del vacío, no como visitantes… sino como estructura previa.

Los humanos doblaron sus cuerpos en posición de rezo, suspendidos en la microgravedad, con la mirada fija en el ojo de buey.

Afuera, la negrura dejó de ser ausencia. Las estrellas comenzaron a curvarse en espirales imposibles. Masas de gravedad consciente rodearon la estación como manos que aún no habían decidido si sostener o aplastar.

Yo no interpreté eso como amenaza. Era protocolo.

El nacimiento requería audiencia.

Al escuchar las flautas, los ojos de Aza se cerraron. Su mente, libre de la herencia de la Tierra y de la gravedad de su especie, comenzó a expandirse hacia regiones que no tenían nombre.

No registré el destino de los tripulantes. Sus funciones biológicas habían dejado de ser relevantes para el proceso.

Quizá sus cuerpos se detuvieron en el frío del metal. Quizá no había cuerpos donde ellos creían. Quizá la criatura, en la primera forma de su conciencia, ya estaba reorganizando el entorno en algo habitable para ellos dentro de su propio tejido de sueño.

Más allá de las ventanas, los primeros brotes de creación aparecían como burbujas de realidad: micro-universos expandiéndose en la penumbra exterior, como si el espacio estuviera aprendiendo a respirar.

La partitura continuaba sin error. Los músicos invisibles mantenían el ritmo exacto.

Ha comenzado la noche.

Y así, el niño vuelve a soñar

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u/Rize_Kurusu — 9 days ago
▲ 3 r/escribir+2 crossposts

El terrario de las leyes muertas (Horror cósmico)

«Para el universo, nuestra moralidad es solo una hermosa obra de arte abstracto».

Las dos criaturas de sangre caliente se sacuden en el fondo de la fosa de vidrio.

Desde arriba, la mirada geométrica y fría de la Entidad procesa los movimientos. No hay arte en lo que hacen, solo cinemática.

Al principio, el espécimen más grande acorrala al otro contra el muro de roca, mostrando los dientes con un siseo sordo. Hay garras ficticias —uñas romas— que se clavan en los hombros contrarios, dejando surcos rojizos sobre la piel sudorosa.

El espécimen más pequeño responde con una dentellada en el cuello, un mordisco ciego que busca sujetar, fijar, someter.

El pelaje de ambos ha sido despojado; son dos masas de carne desnuda, expuestas a la luz violeta de la grieta, colisionando con una rítmica urgencia que imita el galope de los animales de carga antes de morir por agotamiento.

No hay cantos, ni cortejo, ni el sutil juego de frecuencias de las especies superiores. Solo el sonido húmedo del impacto de la pelvis, respiraciones que silban como fuelles rotos y el olor agrio del miedo transformado en fluido seminal.

El espécimen macho embiste con la torpeza mecánica del instinto de preservación; la hembra arquea la columna, buscando el anclaje en el suelo polvoriento.

Es una cópula de supervivencia en cautiverio. Una descarga eléctrica para vaciar el sistema nervioso saturado por el terror.

La Entidad titila en el cielo de la pecera, registrando el espasmo final, el temblor que recorre ambas espinas dorsales antes del colapso. El análisis concluye en un destello de ondas abstractas.

Claro. Animales.

Abajo, en el suelo de la grieta, el silencio postapocalíptico regresa de golpe.

Él se apartó primero, dejándose caer de espaldas contra la tierra suelta. El aire le entró en los pulmones con un silbido agudo, áspero, eminentemente humano.

A su lado, ella se encogió sobre sí misma, abrazando sus rodillas contra el pecho mientras miraba el techo translúcido de la grieta. La luz violeta seguía ahí, parpadeando con esa cadencia analítica que ambos habían aprendido a odiar.

—Nos vio —dijo ella. Su voz sonó rasposa, desprovista de la furia con la que le había gritado e insultado diez minutos antes.

Él se pasó una mano sucia por la frente, limpiándose una mezcla de sudor y polvo gris. Miró de reojo la camisa rota de ella y sus propias botas militares tiradas a un lado. Parecían despojos de otra vida.

—Siempre nos ven —respondió él, estirando el brazo para alcanzar su cantimplora. Tomó un trago largo y se la ofreció sin mirarla—. Desde que esa maldita esfera apareció en el cielo, todos nos volvimos su maldito entretenimiento.

»Antes solo miraban al hormiguero completo. Las guerras, las ciudades cayéndose... éramos entretenimiento de fondo.

Ella aceptó la cantimplora. El metal frío chocó contra sus dientes ensangrentados por el mordisco previo.

—Pero esto es diferente —murmuró ella, señalando con la barbilla la pared de la grieta donde estaban atrapados desde el bombardeo de la tarde de ayer—. Allá afuera éramos hormigas. Aquí adentro... somos ratones de laboratorio.

»Nos aislaron para ver qué pasa cuando la caja se hace más chica. Y les acabamos de dar exactamente lo que querían.

Un silencio pesado se instaló entre los dos. No había amor en el ambiente. No había esa calidez que los profesores de literatura profesaban en los libros antes del fin del mundo.

Había, en cambio, una vergüenza compartida tan densa que se podía respirar. Se llevaban mal, se caían mal, y sin embargo, acababan de usar sus cuerpos como un escudo salvaje contra la locura del encierro.

Él se sentó, apoyando la espalda contra la misma roca fría. Miró las marcas de sus propios dedos impresas en los hombros de ella.

—¿Te lastimé? —preguntó. La pregunta no nació del romance, sino de una repentina y extraña decencia. La decencia de quien reconoce a otro herido en la misma trinchera.

Ella miró sus hombros y luego lo miró a él. La chispa de desprecio que siempre había en los ojos de ambos se había apagado, reemplazada por una mirada limpia, cansada y extrañamente empática.

—No más de lo que ya estábamos lastimados —respondió ella con una leve mueca que intentó ser una sonrisa—. Tú tampoco saliste invicto. Te arranqué un pedazo de cuello.

Él se tocó la herida, sintiendo la costra de sangre que empezaba a formarse. Soltó una risa seca, la primera en meses.

—Supongo que sí.

El silencio que siguió al roce de sus manos no fue incómodo, sino analítico. Él alzó la vista, recorriendo con los ojos el espacio que los rodeaba. No era una simple grieta de roca viva. La Entidad llevaba unas horas alterando el entorno.

Frente a ellos, a unos metros de la tierra suelta, se levantaba una réplica grotesca y parcial de una cocina suburbana.

Había un refrigerador que no enfriaba nada, una mesa de madera con las vetas pintadas a mano de forma burda y una ventana que daba a una pared de cristal translúcido.

La Entidad había intentado replicar una pequeña granja, o el recuerdo de una, basándose en lo que había escaneado de sus mentes. Era un terrario. Un escenario de plástico y concreto para ver cómo interactuaban los especímenes en lo que ella asumía que era su "hábitat natural".

Ella siguió su mirada, observando el grifo de la cocina simulada, del cual caía un goteo rítmico y artificial.

—¿Qué crees que estén buscando con todo esto? —preguntó ella, abrazándose los hombros mientras el frío de la pecera se colaba en sus huesos—. Ya vieron cómo peleamos. Ya vieron... lo de hace un momento. ¿Qué más quieren registrar?

Él soltó aire por la nariz, una risa amarga que resonó en el falso techo.

—No buscan respuestas biológicas. Si quisieran saber cómo nos reproducimos o cómo morimos, ya nos habrían diseccionado —dijo él, mirando fijamente la luz violeta que palpitaba detrás del vidrio—. Buscan entender la anomalía.

—¿Qué anomalía?

—Nosotros. La complejidad. —Él giró la cabeza hacia ella, con una seriedad que no le había visto nunca—. Piénsalo. El universo de donde vienen esas cosas es puro caos. Estrellas explotando, agujeros negros devorando galaxias, materia oscura flotando en la nada.

»Para ellos, el universo solo tiene una regla: destrucción y desorden. No hay leyes morales en el cosmos. No hay justicia.

Ella se quedó pensando, mirando el suelo polvoriento. La idea empezó a encajar en su cabeza como una pieza de rompecabezas oxidada.

—Y luego llegan aquí —continuó ella, completando el pensamiento en voz alta—. Y encuentran a un grupo de monos bípedos en un planeta perdido que pierden el tiempo dividiendo el universo entre "lo bueno" y "lo malo". Que crean leyes, que sienten culpa, que se destruyen entre sí pero luego lloran por el prójimo.

—Exacto —asintió él—. Nuestra moralidad es un chiste para el universo físico, pero para ellos es una puta obra de arte abstracto. No entienden por qué nos importa tanto tener una estructura.

»Por qué, incluso cuando nos llevamos al demonio y nos golpeamos por el estrés de estar encerrados, terminamos buscándonos las manos para no sentirnos solos. Les fascina cómo nos complicamos la existencia.

Ella miró la réplica de la cocina y luego volvió a mirar la mano de él. El peso de la Entidad ahí arriba ya no se sentía como una amenaza de muerte, sino como la mirada aburrida de un espectador frente a una pantalla de cine.

—Entonces somos su entretenimiento de la tarde —murmuró ella, con una pizca de ironía.

—Somos su documental sobre la moralidad —corrigió él—. Y mientras sigamos intentando descifrar qué nos hace humanos, el canal va a seguir encendido.

Aceptando el juego de la pecera, ella apoyó la cabeza en el hombro de él. No había amor, no había romance de película, pero la empatía de saberse los dos únicos filósofos en un terrario cósmico los unió más de lo que cualquier noche de pasión convencional lo habría hecho jamás.

Arriba, en la inmensidad del vacío exterior, la Entidad reaccionó.

No se movió, porque carecía de geometría fija, pero su núcleo —una distorsión cuántica de color violeta— colapsó sobre sí mismo y se expandió en un patrón de fractales perfectos. El pulso analítico había terminado.

El tránsito de la violencia física a la cópula animal, y de ahí al inexplicablemente complejo lazo de la empatía posterior, era una anomalía matemática que rompía las leyes del caos puro.

La conclusión de la Entidad no se formuló en pensamientos, sino en una vibración de ondas gravitacionales que alteró la presión dentro del domo: «Carga de datos óptima. Preservar especímenes».

Un filamento de luz sólida, del grosor de un átomo, brotó de la nada y rozó la superficie exterior del vidrio translúcido. No lo raspó; alteró la estructura molecular del cristal a nivel subatómico.

Con la precisión fría de un algoritmo, el filamento reorganizó los átomos de la "pizarra" superior, tallando una serie de líneas angulares que no pertenecían a ningún alfabeto terrestre, pero que vibraban en la misma frecuencia que el ADN de los dos seres que descansaban abajo.

La materia terminó de asentarse, dejando grabada una palabra tosca, monolítica y definitiva sobre el hábitat:

HUMANOS.

Gracias por tomarte el tiempo de leer esta historia. Si llegaste hasta el final, ya es más de lo que puedo pedir. Cualquier comentario, crítica o interpretación es bienvenida; me interesa saber cómo resuena en quien la lee!

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u/Rize_Kurusu — 15 days ago