Después De Visitarme
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¿Qué será eso que en mí viste?
Lo que ya ha sido se fue como vino, y vino como se fue, sin pedir permiso.
¿Cuál pudo ser el día en el cual decidiste acostarte en la puerta y enemistarte con mi cama?
En el escritorio, mi foto cabizbaja, encorvada como intento de frenar su hemorragia.
En el rincón observa un vínculo, sostiene una vasija atiborrada de sangre, de donde beben dos fantasmas convencidos uno del otro.
¿Una ejecutora, un ejecutado?
Cuando sin papel soy víctima de un desenlace insípido para un paladar trágico.
Mientras me limpio la cara, me río llorando; soy una comedia adolescente que se niega a serlo.
Cito: «¿Cómo echarle la culpa al viento si fui yo quien dejó la ventana abierta?»
Pero no, no eras el viento.
Te abrí porque tocaste, te sentaste en mi mesa porque pediste, y te fuiste porque decidiste no quedarte.
No, el hecho no es que te hayas ido; es que no te hayas quedado después de visitarme.
Quizás ese día mi casa no lucía tan reluciente.
Ni más faltaba, discutías con los muebles.
Saltaste el tapete y te acostaste sin las sábanas.
Me preocupa que dejaste tu cuerpo en la sala y te fuiste desnuda hacia la calle.
Desesperado dejé en el buzón cartas hacia quien nunca las leerá, esperando que la nada me susurre respuestas.
—¿Soy mi casa? ¿Mi casa es un gusto? ¿La belleza está en quien la ve? ¿Rechazo no equivale a deficiencia?
No lo sé.
Voy a adornar mi casa, ponerle cuadros.
Va a ser el museo de una historia muda.
Voy a dejar que el tiempo le ponga sello a las cartas.
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