La situación de la vivienda tiene un nombre: violencia estructural
Mi opinión es radical aquí. Aviso. La situación de la vivienda tiene un nombre: violencia estructural.
Una violencia difícil de señalar pues no hay nadie aplicando directamente una vejación sobre nosotros. Simplemente está implícita en el sistema.
Cuando el precio de una necesidad básica se separa progresivamente de los salarios mientras se permite que esa misma necesidad sea tratada como un activo de inversión. Aquí hay violencia disfrazada de normalidad.
Cuando alguien que ya posee patrimonio puede utilizarlo para acumular más patrimonio, mientras quien empieza desde cero necesita cada vez más años de trabajo para alcanzar el mismo punto. Aquí hay violencia disfrazada de …
“son las leyes del mercado”
¿Acaso el mercado es una fuerza de la naturaleza como el viento? No.
El mercado es el resultado de leyes, regulaciones, impuestos, permisos, restricciones, decisiones urbanísticas, políticas monetarias, reglas financieras y decisiones sobre qué actividades se permiten, cuáles se incentivan y cuáles se limitan.
En el mantenimiento de unas estructuras que permiten el beneficio de unos mediante el empobrecimiento de otros, esto solo tiene un nombre: violencia.
Pero vayamos más allá. A la última vuelta de tuerca de una estrategia perfecta.
La descalificación moral de cualquier intento de cambio.
Te llamarán comunista. Dirán que el Estado no puede controlarlo todo que ya sabemos dónde acabó eso. Hablarán de libertad.
Convertirán a alguien que busca la solución de un problema, en un problema. Cualquier intento de regulación, lo llamarán intervención, socialismo o comunismo. En contraposición con un sistema que disfrazan como neutral.
Pero no. El sistema no es neutral.
Permitir que un mercado funcione de determinada manera, bajo determinadas reglas y con determinados incentivos, no es dejar que el mercado se auto regule. Es una decisión política. Y en este caso, es una agresión manifiesta.
La ausencia de agresor sobre el que descargar nuestras iras no significa que no exista el daño.
Si una estructura produce de manera sistemática inseguridad, exclusión, pérdida de oportunidades o imposibilidad de satisfacer necesidades básicas, podemos hablar de violencia estructural, aunque nadie haya golpeado a nadie.
Y no puedo terminar mi diatriba sin hablar de la carrera de ratas. En la que todos estamos inmersos. Y de la que debemos despertar.
Una persona que posee dos casas no debería ser enemigo de quien no posee ninguna. En una sociedad donde todos los recursos estén a nuestro alcance.
Pero eso es una mentira más. Dentro de la jaula de mierda las ratas corren por recursos limitados. Cada vez más limitados. Y así nos enfrentan los unos con los otros.
El propietario culpa al inquilino que “no se esfuerza”.
El inquilino culpa al propietario por “especulador”.
El trabajador culpa al inmigrante.
El pequeño empresario culpa al trabajador.
El joven culpa al jubilado.
El jubilado culpa al joven.
El de izquierdas culpa al de derechas.
El de derechas culpa al de izquierdas.
Y así, dejamos de preguntarnos, ¿Por qué nos estamos comiendo los unos a los otros?