1.000 horas para ser experto ¿qué hacemos con 30.000?
«Sí, sí, definitivamente. No nos gustan mucho los niños en general, así que decidimos que dos gatos serían capaces de absorber el amor que nos sobra del uno con el otro. Como efecto de no tener hijos, pues mucho tiempo libre para jugar y dinero para pagar la infraestructura para jugar»
He encontrado esta respuesta en un hilo sobre hasta qué edad se puede jugar a videojuegos. La escribe una mujer que supera ampliamente los cuarenta, que cuenta que ella y su pareja, de cerca de cincuenta, juegan dos o tres horas diarias y todo lo que pueden los fines de semana.
Vaya por delante que no tengo absolutamente nada contra los videojuegos. He jugado y entiendo perfectamente que alguien pueda dedicarles una parte de su tiempo libre. Tampoco me interesa juzgar la decisión de tener hijos o no tenerlos, aunque es tan característico que me cuesta aguantarme. Me interesa mucho más otra cosa: el coste de oportunidad del tiempo.
Dos horas diarias durante 30 años son casi 22.000 horas. Tres horas son cerca de 33.000. Si añadimos fines de semana intensivos podemos acercarnos tranquilamente a las 40.000 horas. Una jornada laboral de 40 horas semanales durante 20 años andará por ahí.
¿Qué puede hacer una persona con 30.000 o 40.000 horas? Según algunos estudios 100 horas otorgan competencia suficiente para desempeñar en una actividad. Con 1.000 horas estaríamos en un nivel experto. Y las famosas 10.000 horas popularizadas por Gladwell se asocian con la maestría. Ese tiempo da para jugar mucho y aún ser un experto en decenas de disciplinas o de ser un maestro en un par.
Da para dominar varias disciplinas, leer cientos de libros, escribir, programar, investigar, inventar, construir cosas, aprender idiomas, enseñar a muchos, participar en la sociedad… Da para crear una empresa o cear cinco y fracasar en cuatro.
O solo para jugar y multiplicarlo por millones de personas.
Lo que me lleva a la cuestión. Algo que creo que discutimos poco cuando hablamos de España. Nos preguntamos por qué emprendemos poco o innovamos menos. Por qué nuestra productividad es baja y tenemos tan pocas empresas tecnológicas relevantes. O por qué cuesta tanto transformar conocimiento en riqueza.
Y buscamos las respuestas, con razón, en los impuestos, la regulación, la financiación, la educación, la burocracia o el tamaño de nuestras empresas. Pero quizá hay otra variable aun más importante que todas ellas: ¿qué hacemos los españoles con nuestro excedente de tiempo, dinero y capacidad intelectual?
Una sociedad en la que millones de personas dedican una parte importante de su tiempo disponible a aprender, experimentar, construir y emprender difícilmente puede producir el mismo resultado que otra en la que ese excedente se dedica fundamentalmente al entretenimiento. No porque divertirse sea malo, porque el tiempo es nuestra posesión más limitada. Se puede comprar casi todo en la vida, pero muy poco tiempo.
Y creo que esto se volverá muchísimo más importante en las próximas décadas. Imaginemos videojuegos creados por IA específicamente para nosotros. Conexión cerebro a máquina, una realidad virtual casi indistinguible de la experiencia física. Donde interviene la vista, el oído, el tacto… todos los sentidos. Mundos infinitos, personajes que nos conocen, aventuras diseñadas exactamente para mantenernos enganchados permanentemente. Y a eso le añadimos una renta básica que permita cubrir las necesidades esenciales sin trabajar. Estar permanentemente conectado a una máquina que se ocupa de todas nuestras necesidades y nos va dando vueltas , como quien cocina una croqueta.
Por primera vez podríamos construir una sociedad en la que millones de seres humanos no necesiten hacer nada y, al mismo tiempo, dispongan de realidades artificiales mucho más estimulantes, llevaderas o apasionantes que sus propias vidas.
Así que quizá uno de los grandes problemas del futuro, incluso de hoy a otro nivel, no sea qué haremos cuando las máquinas hagan buena parte de nuestro trabajo. Sino qué razones tendremos para no estar conectados toda una vida a la máquina.
Aunque tampoco creo que fuese toda la vida. Pero esa es otra historia.