Historias de la estupidez humana, 12: Los conejos no son tan simpáticos como dicen
Se han liberado especies de animales o plantas en lugares sin enemigos naturales, creando plagas de imposible erradicación. Muchas veces es intencionada, pero otras veces ha sido por estupidez, esa estupidez humana que hace este mundo tan interesante, aunque lo destruya poco a poco. Vamos con la mayor destrucción ecológica creada por el ser humano, aunque, por una vez, ese mismo ser humano supo hacer las cosas, le está poniendo remedio. Hablamos de la plaga de conejos de Australia.
Todo empezó en 1859, cuando Thomas Austin, un inglés que emigró a Australia; llegó a ser un tipo rico, un gran terrateniente en ese vasto territorio. Pero al llegar descubrió, horrorizado, que no había conejos en tan enorme territorio. Gran aficionado a la caza – y, nos imaginamos, al conejo al ajillo – sus presas predilectas eran los conejos. Como tenía dinero, decidió llevar 24 conejos a Australia, importados de su Inglaterra natal, y así aplacar su gran afición. Dicho y hecho, al poco ya tenía a los simpáticos animalitos correteando en su enorme finca y, suponemos, le dio gusto al gatillo y al conejo al ajillo. Pero no contó con la enorme tasa de natalidad del conejo, no tenía suficientes cartuchos para tanto conejo, y éstos no tenían enemigos naturales salvo el ser humano que los cazaba para comer, pero no los comía con la suficiente rapidez; que una dieta a base de conejo llega a ser aburrida. Un poco de cordero o ternera va bien de vez en cuando. Total, que los conejos se esparcieron como una verdadera plaga, cosa que hicieron muy alegremente.
Varias décadas después de su suelta, los conejos arrasaban toda Australia, solo se libraron los secos desiertos del interior del continente. Extinguieron especies enteras de plantas, arrasaron con mucha fauna local, y hasta los mismos canguros se vieron amenazados. Aún hoy, se calcula que 300 especies de animales y plantas están amenazados por la plaga de conejos.
Cuando las autoridades locales decidieron hacer algo al respecto, se calculó que la población de conejos superaba los 1.000 millones de ejemplares; posiblemente, el doble. Luego se calculó mejor la cosa: la población de conejos superaba los 3.000 millones, y crecía sin cesar.
La primera medida fue cazarlos con todo lo que se tenía a mano: escopetas, trampas, venenos; creo – es un dato que no he podido comprobar – el ejército los cazaba; se pagaban muy bien los conejos muertos. Luego se alzó una colosal valla anti conejos, la conocida como Rabbit – Proof Fences de 3.200 kilómetros de larga, para proteger las zonas de pastoreo de Australia Occidental. Lo más efectivo empezó en 1950 cuando se liberaron centenares de conejos infectados con el virus de la mixomatosis; enfermedad mortal para los conejos. Más tarde se liberaron cepas del virus RHDV o enfermedad hemorrágica del conejo. Aunque han desarrollado cierta inmunidad con el tiempo, la población bajó a los actuales 200 millones; se les sigue combatiendo con fumigaciones en las madrigueras y suelta de virus controladas. Se sabe que nunca desaparecerán de Australia, pero, al menos, están controlados.
Por cierto, a esta plaga hay que añadirle la de los ratones, ratas, esparto, dromedarios, caballos, corderos, cabras… Lo raro es que aún haya canguros en Australia.
Pepe Bataller.
Imagen generada por IA.