El Extraño Manuscrito de Ariel Betancourt

El Extraño Manuscrito de Ariel Betancourt

La muerte de Ariel Betancourt en el Hospital Psiquiátrico de Ciudad Zamora es uno de los enigmas sin resolver más desconcertantes de nuestra historia, así como las desapariciones de esas fechas que fueron irremediablemente aisladas del asunto. Como médico del Hospital Rómulo Marcano me es imposible no sentir aflicción por uno de nuestros pacientes cuyo estado de alienación parecía mejorar con el tratamiento... La tragedia de la situación y las circunstancias que lo empujaron a tal conclusión son un recordatorio de los misterios insondables del alma humana. Quiero dejar constancia que Ariel Betancourt, antes de inmiscuirse en los misterios de la sierra, era un puritano pragmático... y que el horror póstumo que plasma en sus manuscritos exacerba revelaciones desconcertantes sobre una capitulación innominable ocurrida la Víspera del Viernes Santo tras una sucesión de inexplicables acontecimientos, que lo condujo al estado más absurdo de alienación con un inusual envejecimiento prematuro, que... tras una enconada sucesión de recaídas, tomó la decisión de terminar su sufrimiento.

El hombre en cuestión había ejercido una profesión filial que auxiliaba al municipio en cuestiones contables, asentado en uno de los barrios marginales aunado a la carretera que recortaba las sierras de espesa foresta. Se lo veía ir y venir por la carretera hasta su rancho pacífico rodeado de espesos matorrales en una comarca campesina. Ariel era un hombre solitario envuelto en la monotonía del trabajo rutinario, tomaba el transporte público todas las mañanas y regresaba al mediodía para cavilar entre los manojos de hiedra de su huerta peculiar de helechos y rumiar en el sopor de su casona. La máscara de desasosiego esculpida en su fisionomía lo convertía en un ser aislado y taciturno incapaz de intimar con sus semejantes. Provenía de la ciudad costera de Puerto Bello con la premisa de alcanzar el puesto de funcionario público que le permitiera estirar el dinero mensual sin desaprovechar los momentos de ocio a los que se arrojaba sin contemplaciones ajenas. El treintañero huraño poseía un pasatiempo que rayaba en lo obsceno: obsesionado con las criaturas híbridas, poseía gran cantidad de injertos cuya variedad en especies era quimérica. Los libros confiscados de sus estanterías exhibían tomos alquímicos aderezados por extraños manuales de arcanos oscuros referentes a artes sacrílegas. Su fascinación por lo ignoto era un contagio al que los jóvenes universitarios se veían arrastrados tras la disgregación de seminarios esotéricos y la difamación de manuscritos cabalísticos. Aquella euforia mística se contagiaba entre los jóvenes tan sutil y premonitoria como las enfermedades venéreas en fiestas nocturnas.

Antes de desaparecer entera, la colección zoológica de Ariel Betancourt era un hervidero de endriagos momificados y contravenciones naturales en frascos de alcohol. Él mismo llegó a explicarme en sus episodios de lucidez que el concepto de naturaleza era un bodrio ideado por estudiosos pusilánimes encargados de armar esquemas inexactos... sin tomar en cuenta las miles de ramas evolutivas pérdidas y los híbridos que se reproducían en las estepas inexploradas de las selvas indómita. Quería demostrar que las ciencias biológicas eran quimeras opresoras que reducían las creaciones divinas a organismos sin sentido...

El estado desordenado de su conciencia producido por el aislamiento autoimpuesto desembocó en la confección de opúsculos científicos relativos a las artes negras de la nigromancia y la taumaturgia empírica. El antes solitario investigador del mundo críptico comenzó a frecuentar círculos herméticos fundados por grupos fanáticos: durante mediodía era un miembro funcional de la sociedad que realizaba declaraciones de impuestos y redactaba ordenanzas de presupuestos, y... pasado el meridiano, se dedicaba a la peregrinación negra con la auscultación de libros sombríos escritos por autores difamados como el desquiciado Eliphas Levi del Culto del Dios de la Carne, o las enseñanzas desgajadas de médicos chinos que profundizaron en la nigromancia. Ariel era capaz de relatar con fascinación los controvertidos axiomas cabales para la profanación de cuerpos y determinar las facetas lunares para la exhumación y la trepanación de espíritus...

Los principios de su alineación se mostraron con la perdida de claridad en su temple silencioso, la profundidad en sus ojeras y el rigor con que fruncía los labios mustios durante sus largas jornadas de concentración frente al computador. Sus compañeros de oficina lo habían sorprendido durmiendo sobre el escritorio... o, rememorando en murmullos distintos pasajes místicos y recetarios ignominiosos. Contaba los crepúsculos y las lunas del mes, esperando ansioso el comienzo de ciclos estelares propicios y la aparición de cuerpos celestes que el concebía como Planetas Elementales...

En algunas vísperas se había ausentado del trabajo y llegado con retraso. El impecable funcionario se sentía distraído y remoto, mirando fijamente algún punto en el firmamento más allá del techo del despacho. Durante las Fiestas de las Candelarias se vio ansioso, y los vecinos que lindaban su rancho habían escuchado ruidos extraños parecidos a gritos provenientes de la casona de fachada maciza. Había mencionado a su jefe que se uniría a una procesión en las montañas para celebrar un rito religioso y tras las vacaciones de Carnaval notaron que su aspecto estaba descuidado y de su cuerpo manaba un hedor indescriptible a humo salitre y pelo quemado. El Miércoles de Cenizas se ausentó por primera vez y no regresó más al trabajo. En esas semanas, los vecinos del barrio avistaron a un Ariel Betancourt andrajoso que deambulaba por las sierras como un ánima en pena... regresando a su rancho al amanecer y perdiéndose cuando el sol enfilaba a su sepelio entre las montañas frondosas. Se lo escuchaba rondar a la medianoche como una aparición lunar, pregonando conjuraciones desconocidas y llamando figuras misteriosas que provocaban consternación entre los pobladores. Los perros ladraban a ciegas en la negrura infinita de aquellas noches inciertas de terror. Se habían encontrado gallineros deshuesados y animales heridos... pero, fue la desaparición de una jovencita lo que despertó las alarmas de las autoridades asegurando que un animal peligroso rondaba el barrio. Aquel martirio incognoscible continuó hasta principios de Semana Santa, donde una aparente calma se hacinó sobre la comarca mientras las calles pedregosas eran obituario de silencios piadosos y los ríos eran visitados por los citadinos risueños. La Víspera del Viernes Santo se avistaron fuegos en las sierras cercanas al rancho de Ariel Betancourt... y la aparición de columnas fantasmales de brujos en lo que parecía conformar una procesión nocturna. No había nubes de tormenta, pero un inexplicable relámpago batió las ventanas del barrio con un fulgor nítido. Hacía las tres de la mañana, la maligna Hora del Diablo, un clamor despertó al vecindario con la proclamación de un horror sin precedentes: el hombre había enloquecido y se precipitaba calle abajo esparciendo una ola de gritos desgarradores.

Ariel Betancourt fue encontrado delirando en una plaza de secuoyas con la ropa ensangrentada y repitiendo palabras sin sentido en una especie de «idioma horripilante». Su internación en el psiquiatra fue obligatoria luego de revisar el alterado estado en que se encontraba... Los sedantes consiguieron calmar su alineación y las cuatro semanas que permaneció bajo supervisión fueron caóticas: pesadillas recurrentes que se negó a revelar, neurosis y aislamiento. Evitaba la oscuridad y se mostró airado con el personal augurando que lo estaban persiguiendo... Su comportamiento violento se resignó tras dos semanas de aislamiento, comenzando a narrar sus alucinaciones y recuerdos reprimidos sobre el horror que sobrevino la madrugada del Viernes Santo. Las lagunas mentales eran plausibles y presentía que no terminaba de contarme una verdad absoluta. La sangre encontrada en su ropa no era suya. Aquella enajenación vino acompañada de recaídas depresivas y episodios de silencio mortuorio hasta que, cumpliendo un mes internado en el psiquiatra y sufriendo un accidente cardíaco tras un ataque vespertino... se atrevió a deglutir una modesta cantidad de cloro que derritió los tejidos de su esófago y los vasos capilares de los pulmones provocando una muerte espantosa y dolorosa muerte. Ariel Betancourt dejó tras su suicidio un extraño manuscrito póstumo que, junto con la recopilación de las alucinaciones documentadas y las fábulas desconcertantes que relató... conforman un entramado tenebroso cuya causa es imposible de desmentir como provocación de una enfermedad mental hereditaria o un trastorno de inestabilidad. Me he encargado de transcribir todo el documento con la mayor fidelidad posible a la memoria del difunto... La composición evoca un sentimiento extraño que nos hace preguntarnos sobre la existencia incierta de convenciones cósmicas y las reminiscencias de un horror plasmado en las profundidades de la conciencia.

Según su testimonio, durante sus años académicos discrepó enormemente con las convenciones naturales influenciado por un grupo de vertiente pseudo científica que estudiaba los conocimientos agonizantes de la astrología y la alquimia... integrándose a un séquito de fanáticos adoradores de dioses alienígenas que especulaban sobre exegesis metafísicas y la prevalencia de antiguas criaturas mitológicas en un plano distante de nuestra concepción tridimensional. Se distanció un lustro de la secta hasta completar sus estudios universitarios y recibir una vacante en el municipio oriental de Ciudad Zamora... acumulando en los años venideros manuscritos relativos a las ciencias negras, experimentando con la hechicería cabalística y la proyección de arcanos simbólicos en pentagramas de minerales bajo la influencia de metales planetarios. Ariel era un pragmático analista que desgajaba las leyes universales en minuciosos tratados sobre la ambivalencia de la vida, haciendo énfasis en los procesos de metamorfosis química y sustitución psíquica. Los primeros síntomas de su vesánica alienación se presentaron en creencias absurdas como la sugestión sobre el intercambio de mentes y la posibilidad de integrar diversos animales en un pentagrama formulado adecuadamente... para la creación de un ser quimérico con los dones evolutivos de las especies sacrificadas. Llegó a jurar durante las entrevistas médicas, que en su despacho se hallaban los restos momificados de estos híbridos nacidos de la conjuración metafísica bajo condiciones estelares propicias con la intersección de una «fuerza exterior». Había confeccionado un extenso opúsculo científico con las fórmulas, medidas y circunstancias adecuadas para la preparación de estos rituales... y compartió indebidamente su conocimiento con una ramificación de un culto extraño que adoraba a una deidad abominable y etérea conocida como «Odrareg». Esta secta conformada por personas corrientes que ejercían sus libertades individuales a plena luz solar, se congregaban en aquelarres nocturnos cada cierto tiempo en un escondrijo remoto de la sierra... para adorar con cánticos y sacrificios al dios innominable, habitante de una región desconocida del firmamento. Los relatos de diablos arracimados en las altiplanicies montañosas no eran del todo falsas... y el estudioso Ariel halló refugio en aquella secta para sus ideas desconcertantes sobre el destino incierto de la humanidad, las metodologías arcanas sobre la evocación de entidades infrahumanas y la metempsicosis como mecanismo de purificación espiritual.

Durante meses realizó empíricamente los ceremoniales y estudió las interpretaciones de las Tablillas Invisibles, confeccionadas por las manos de posesos durante el Primer Ritual de Descenso que convocó a Odrareg a nuestro plano material. La entidad era descrita como un pólipo cartilaginoso de membrana fétida habitante de un espacio liminal donde no existían restricciones espaciales... en una ablución de la alevosía pecaminosa que intercedía en la voluntad humana como un reflejo de su misma naturaleza. Se presentaba en los sueños de sus «Elegidos», manifestándose bajo mil formas temibles... e insuflando pensamientos y dones místicos como armas de doble filo. Sus adoradores lo consideraban una fuerza caótica en el tejido de la realidad... con la que se servían para alterar conceptos preestablecidos y alcanzar premisas que otros dioses ciegos e impotentes eran incapaces de proveer a sus adeptos.

Ariel Betancourt se había fundido en la Secta de Odrareg como el engranaje necesario que hacía funcionar una máquina colosal... enseñando los Grandes Misterios y aprendiendo de las Fuerzas Exteriores que dominaban esferas lejanas a la comprensión puritana. Pero el horror se avecinaba en su territorio como una pústula que extendía su gangrena infecciosa de forma irremediable... Sus experimentos alquímicos de metamorfosis híbrida progresaban con la supervivencia de criaturas inenarrables, pues en un principio las estructuras orgánicas fusionadas sufrían un rápido efecto deletéreo que arrastraba los organismos a una muerte prematura; los estudios biológicos para la transmutación de criaturas híbridas fueron reformulados y los compuestos añadidos fueron medidos en incontables hipótesis hasta dar con las proporciones correctas de azufre, carbón, calcio y hierro imprescindibles para la unión de seres.

Durante la Víspera de la Candelaria, los ocultistas se prepararon para llevar a cabo el experimento más ingenioso de la mano de Ariel: trazando un eneagrama durante el plenilunio ante la presencia de fórmulas panteístas como evocación de rituales ancestrales. En el centro de la estrella de nueve puntas se juntaron tres corderos atados con hebras de cabello humano, servidas como ofrendas se hallaban cuencos rellenos de sangre, sal, azufre y carbón molido. Esperaron que el fulgor lunar bañara la foresta de altos cipreses y comenzaron el rito. Ariel transcribió la fórmula en su manuscrito póstumo junto con el símbolo de un triángulo relleno con tres llamas...

«Odrareg nevasor toson, elpmuc sartse unsedad niuqzem».

La brisa se detuvo en lo alto de aquella loma septentrional, y una niebla rojiza descendió—aunque el mismo Ariel fue incapaz de verla—, mientras la temperatura bajaba... Los chillidos de los animales se volvieron insoportables mientras el contenido de los cuencos se consumía en jirones vaporosos y el círculo dibujado desprendía incandescencia mortecina con el ulular de un viento feérico. Ariel pujó un esfuerzo hercúleo para no cerrar los ojos ante la impresión de los animales convirtiéndose en masas cárnicas en un amasijo indescriptible de huesos, vísceras y pulpa sanguínea... hasta adquirir la silueta escultural de un antropomorfo tricéfalo y reculo cubierto por una pelambre espesa y fétida; cuya locomoción bípeda se veía obstaculizada por sendas pezuñas deformes y varias patas que sobresalían del lomo, retorciéndose con vida propia como gusanos. Las cabezas escudriñaban el mundo con un suspiro de inteligencia macabro...

Aquella figura mefistofélica se irguió como un endriago del Averno, y su impresión horripilante en Ariel consiguió trastornar todas sus ideas preconcebidas de seres perfectos y cuerpos inmortales. La Secta de Odrareg se sintió inmensamente fascinada por el cuerpo voluminoso de caracteres humanoides... mientras que el creador repudió su Opus Magnus como una encarnación lujuriosa de las contravenciones naturales. Ariel repudió los ideales de la secta y rabioso como un demonio iracundo, recogió un puñado de azufre y lo arrojó a la quimera horripilante en un arrebato colérico...

—¡Marte! —Bañó a la criatura velluda de patas protuberantes con el polvo amarillento—. ¡Conmina al Gran Devorador!

El azufre chisporroteo con una exhalación de ascuas estallando en una conflagración ígnea con un torbellino amarillo y naranja... El endriago se retorció con un grito cuasi humano que describió como un llamado de ultratumba, consumiendo el vello hirsuto, la carne y el hueso en un estrépito voraz que esparció el hedor insoportable del pelo chamuscado. Ardió hasta que solo quedaron cenizas ardientes en un montículo de carne pestilente y huesos ennegrecidos. Ariel confesó que tras aquel suicidio social fue expulsado de la secta. Ignorantes de sus advertencias, los adeptos añoraban un propósito horroroso cuyo único sendero era plausible gracias a los procedimientos escritos por Ariel Betancourt. Aquel fue el detonante de su locura, pues al día siguiente se presentó al trabajo con un aspecto andrajoso y un hedor indescriptible que sus compañeros asociaron con el pelo quemado. Dejó de asistir a su puesto el Miércoles de Cenizas para quedarse en casa, pues creía que los sectarios planeaban robar sus opúsculos y dedicarse a engendrar estos demonios quiméricos.

La situación psicótica del paciente se vio afectada enormemente en esos meses de claustro. Sus alucinaciones con persecuciones cada vez que intentaba salir y los traumáticos insomnios inducidos por la deformación de extraños ruidos foráneos en su rancho... pudieron haber sido tratados con medicamentos si no hubiera permanecido en el absoluto aislamiento. Ariel era un paciente con conceptos religiosos arraigados profundamente en su psique, los hechizos que los campesinos malinterpretaron debieron servir como placebos para su enajenación... permitiendo su deambular por las sierras a altas horas de la noche y recorriendo las callejuelas durante el alba. Una mente trastornada cree firmemente en su propia concepción de lo que es real... sin importar lo absurdo que nos parezca como agentes externos. Ariel creía que sus antiguos compañeros de secta lo espiaban, y que mandaban «fuerzas espirituales» para amedrentar su convicción. Puede que en esa enajenación psicótica halla quemado todos sus manuscritos y destrozado su colección de especímenes híbridos. Las laceraciones y los mordiscos en su cuerpo debieron ser provocados por encuentros desafortunados con animales salvajes durante sus excursiones nocturnas...

La joven que desapareció en aquellos días en el barrio y las otras desapariciones externas al caso que solo conminan en las fechas, puede que no involucren directamente el propio caso de Arial, pero... se han comprometido con las revelaciones que el hombre dejó en su legajo de textos. ¿Quién sabe qué secretos fue incapaz de revelarnos, siquiera en los estados más febriles provocados por los sedantes? La alienación del hombre progresó a medida que iba acercándose su holocausto... Los casos de gallineros destrozados y perros heridos resultan inexplicables si no tomamos en cuenta lo que Arial encontró en lo profundo de la sierra durante la noche del aquelarre. Es cierto que esa región es patíbulo de leyendas referentes a extrañas procesiones de brujos con túnicas negras... pero siempre ha sido fantasía mezclada con rumores campesinos.

Ariel temía que la Víspera del Viernes Santo fuera festividad de un Ritual en las lomas negras de la sierra silenciosa... así que exploró con antelación en busca de indicios guiado por los «espíritus chocarreros» que pululaban las estepas silvestres en forma de duendecillos feúchos. Para ese entonces la superstición esotérica había consumido al contador pragmático que registraba ordenanzas municipales y aconsejaba con recortes presupuestarios al consejo dirigido por el alcalde. Ariel Betancourt se había perdido en regiones siderales habitadas por fantasías gnósticas y criaturas encantadas; ataviado en una túnica de pordiosero y un collar de falanges que se perdió en las montañas arcillosas... La barba desgreñada, el rostro ampuloso y las entradas de una calvicie insufrible habían sumado décadas a su rostro huraño y taciturno. Los vecinos decían que la locura lo impulsaba a conversar con las serpientes y más de un borracho lo había confundido con un perro salvaje cuando imitaba grotescamente su trote cuadrúpedo al perderse en el follaje... Una semana antes de la tragedia, unos ganaderos espantados avistaron un animal extraño que escaló a lo alto de un cocotero como una cucaracha de horrible proporción, y se columpió de las palmeras como un murciélago escalofriante. El mismo Ariel no aclaró estos comportamientos excéntricos ni en sus memorias póstumas...

Las últimas páginas de su manuscrito póstumo fueron escritas en desorden vesánico, como si su autor fuera infinitamente aterrorizado por aquellos recuerdos espectrales. Las palabras extrañas conforman un texto ininteligible, y algunas oraciones pierden todo sentido... Aún así, no pude evitar sudar de sopor mientras leía aquel pasaje que para mí, es el más horripilante de toda su historia.

La noche del Jueves Santo, Ariel Betancourt había ingerido una cantidad notable de analgésicos para aliviar el escozor de las contusiones producidas por sus persecuciones nocturnas. Presentía que el Culto de Odrareg planeaba un Rito aquella Víspera durante la Hora del Diablo: aquel momento en que se disolvía la frontera entre los mundos y los seres allende al espacio posaban sus tentáculos viscosos en las puertas ignominiosas del «Pleroma»—investigué aquella palabra sin hallar respuestas coherentes—, solamente retenidos por las Leyes Universales de Adonai.

Una luna glaciar alumbró los senderos traicioneros plagados de matorrales y depresiones erosionadas. Como temió, escuchó el barullo de los cánticos y el salitre del Rito con un candor indescriptible que fue in crescendo a medida que urdía en los zarzales espinosos y los cipreses frondosos que conformaban un ejército rugoso sobre la alfombra de hojas marchitas. Los fuegos fatuos de una hoguera alimentada por maderos ceremoniales iluminaban las superficies con inquietantes formas retorcidas... y la salmodia etérea de aquella letanía lo envolvía como una usurpación de gusanos cadavéricos. Ariel evocó la presencia de arcángeles para guarecerse de los terrores que revoloteaban en la penumbra... asomando su rostro entre la espesa foresta para descubrir un claro iluminado por el espectáculo ámbar de unas llamas soeces. La Secta de Odrareg se había congregado para celebrar el Rito durante el plenilunio... con el eneagrama pulido en el suelo con tiza blancuzca, y los glifos rúnicos que escudaban el círculo mágico en sartas maléficas que rememoraban epifanías pretéritas y arcanos inmemoriales cantados por batracios antediluvianos. El festival dionisíaco había comenzado con la conjuración metafísica y el ralear de las velas rutilantes como estrellas suspendidas... Ariel constató que la joven desaparecida yacía desnuda en una especie de trance, ofrecida en el ritual junto a una larga serpiente moteada enroscada en su pierna y una cabra blanca de cuernos torcidos degollada en su regazo. Los experimentos con seres humanos eran territorio inmoral aunado al sacrilegio y la blasfemia de los llamados Magos Negros. Se ofrecían copiosas cantidades de azufre, carbón, calcita y otros minerales ajenos a la fórmula predilecta. Uno de los sectarios más oscuros se adelantó al eneagrama acompasado por el vibrato enervante de las gargantas... y por primera vez, Ariel fue capaz de ver la niebla roja que descendía de la enramada mezclándose con el fuero feérico de la naturaleza. Sintió un vendaval escalofriante transportando un cúmulo de pensamientos y...

«Odrareg nevasor toson, elpmuc sartse unsedad niuqzem». Escribió con letra apresurada...

Aquellas palabras cripticas ejercieron un poder sobrenatural en el círculo mágico, evaporando el contenido de los recipientes en jirones tentaculares y envolviendo con parsimonia la metamorfosis en un sudario escarlata. Durante unos minutos terribles contempló el horror... hasta que del vapor nacarado y sanguíneo emergió una Gorgona indescriptible. Una quimera inenarrable cuajada por límites innominables: era prominente y maciza, de joroba velluda y torso antropomorfo adherido a una estructura ofidia alargada y manchada. La cabeza era un amasijo horripilante con cuernos retorcidos, rostro hundido y chotuno de ojos enfermizos... y desprovista de labios con los colmillos rezumantes. Sus brazos nervudos eran peludos, rematados en zarpas. Olía a estiércol y putrefacción... rectando sobre su vientre con un repulsivo movimiento. Ariel había perdido la cordura, y su imaginación vaticinaba que estos ocultistas añoraban alcanzar un cuerpo perfecto para migrar su conciencia ante la espera del resurgimiento de los dioses que ocurriría millones de años tras la extinción humana y su reemplazo por arácnidos cartilaginosos. El lunático creía en la migración de la conciencia como un medio para alcanzar la inmortalidad... así como los sabios babilónicos que se convirtieron en vampiros para continuar estudiando las ciencias más allá de la vida mortal.

Aquella escena debió representar la apoteosis de la locura de Ariel Betancourt. Perdido en las sierras y gritando como un desquiciado enfrentado a un horror híbrido que se retorcía en cumbres siniestras... El texto subsiguiente es ininteligible, salpicado de conjuraciones a los Planetas y los extraños seres metafísicos que pululaban su gnosis psíquica. El reporte meteorológico de aquella noche era pacífico y despejado, habitual para el verano oriental... pero los testimonios de nubes tormentosas y el estallido del relámpago que despertó al vecindario representaron un hecho inexplicable. Los perros aullaron con aflicción mientras soplaba una brisa mefítica y los remolinos negros estremecieron las copas de los árboles y batieron las techumbres de los ranchos. El resplandor cegador que cayó del cielo es otro elemento extraño en este esquema... El delirante hombre había plasmado en el papel fórmulas matemáticas con un enigmático códice de puntos, círculos y glifos rúnicos; dibujando estrellas puntiagudas y garabatos geométricos. El fogonazo ensordecedor fue la culminación del horror en aquella noche santa... Ariel escribió que fue perseguido por un horror antes de caer a un riachuelo que lo arrastró hasta una laguna. Incontables horas se halló corriendo y gritando en la foresta hasta que fue encontrado delirando en la plaza...

El policía que lo detuvo vio sangre en su túnica deshilachada, impregnada por una pestilencia de carne chamuscada y azufre. La revisión médica descubrió que la mayoría de sangre en sus ropas no era suya... encontrando rasguños profundos en sus costillas y secciones del cuero cabelludo quemadas. Así como una aparente condición de envejecimiento prematuro producido por un extenuante estrés, decolorando su pelo castaño en una mata blanca y quebradiza. Su rostro era enfermizo y catatónico, gritando asustado sobre una «cosa» que había aparecido el Viernes Santo y desaparecido en las profundidades de la sierra. El documento sobre el interrogatorio relativo a la joven desaparecida provocó reacciones incontrolables de sopor en Ariel que determinaron su diagnóstico de alienado...

Tras ser procesado en el Psiquiátrico intentó advertir a los doctores hasta darse por vencido como relata en las anotaciones finales de su manuscrito. Los sedantes no podían escindir completamente su terror y desesperación... La neurosis se agravó enormemente y desconfiaba de cada persona en el asilo. Las recurrentes pesadillas y alucinaciones con los «horrores invisibles» enviados por la Secta de Odrareg eran secuelas irreparables del trauma.

Aquella psicosis era contagiosa entre las enfermeras supersticiosas, como suele ocurrir en los sanatorios que ocupan trastornados videntes o médiums enloquecidos. Había que tener pensamiento crítico para no sucumbir ante las certezas de los locos que convencían a las enfermeras de tener poderes psíquicos. Ariel Betancourt solía sentarse a meditar en una esquina de su habitación, perdiéndose por horas en un espacio imaginario que se negaba a detallar con los doctores... En los turnos de vigilancia nocturna comenzaron a ocurrir sucesos desconocidos que los guardianes achacaron al insomnio y la sugestión. Es cierto que los ataques ansiosos parecían agravarse durante noches abundantes de manifestaciones extrañas... Las cámaras de seguridad grabaron puertas abrirse sin corrientes de aire posibles y luces difuminadas volando en la periferia. Una enfermera llegó a encontrarse con un ser diminuto y espeluznante en los baños, pero al revisar las cámaras no encontraron nada. Atender a Ariel Betancourt se convirtió en tabú por sus susurros aterradores y sus conversaciones referentes a temas místicos que desembocaban en proclamaciones de idiomas desconocidos... pidiendo que lo soltaran, exclamando que nunca volvería a la civilización tras terminar su deber. Su propia salud se vio comprometida con el ataque vespertino que complicó el bombeo de su corazón...

La sugestión jugó en su contra, martirizado por un maleficio de magia negra que la secta conjuró para matarlo. Advirtió en la última línea que los extraños seres vendrían para torturar su espíritu, si no era liberado por los Elementos... y que debían sumergir su cuerpo en ácido para evitar que volviera a levantarse. No sabemos cómo consiguió el recipiente de cloro, o si sus últimos momentos fueron tan horripilantes como determinaron los forenses encargados de su autopsia. El extraño manuscrito de Ariel Betancourt es un enigma incognoscible de la naturaleza humana y las creencias incomprensibles... Puede que toda esa fábula de dioses monstruosos y cultos dedicados a las ramas negras de la ciencia sean producto de su locura. Espero que algún día podamos explicar las desapariciones personales en la sierra y los casos de ganado descuartizado por animales extraños. Los campesinos saben cosas que los agentes ignoran y, a veces los camioneros en las carreteras atropellan seres anormales que violan las leyes naturales. Espero que lo que haya aparecido en la sierra durante la Víspera del Viernes Santo muriera con la imaginación enloquecida de Ariel Betancourt... y que los médicos de este sanatorio no hayamos cometido un grave error al ignorar las advertencias de uno más de estos desdichados reclusos.

u/Delicious-Belt7790 — 17 hours ago

Masacre en la Calle Boyacá

Lo que se cuenta sobre los Magos Negros de Angostura no son solo rumores que alimentan la supersticiosa fábula guayanesa. Son una realidad oculta, cuyo ascenso y caída fue motivo de censura para una de las regiones más marginadas del país. Esta cofradía de eruditos de las prohibidas artes hizo del Casco Histórico de Ciudad Zamora su sede ocultista, y su guerra clandestina contra los devotos de la Santa Muerte manchó de violencia las avenidas del centro.

Ya no se celebran ceremonias nocturnas en la Piedra del Medio, ni se avistan figuras de negro en los cementerios a la medianoche, ni en las altas lomas con el recitar de conjuros para alterar el clima o comunicarse con ese más allá etéreo, y... ¿quién recuerda el accidente con la niña que secuestraron? ¿Y cuándo hubo la Masacre de la Calle Boyacá? Sacaron seis cuerpos despedazados en bolsas de basura, y la sangre corría por la avenida como un río desbocado... ¿Y, cuando alborotaron a los caimanes para zozobrar esa lancha con los extranjeros que venían de las ruinas megalíticas del Parque Canaima? ¿Por qué obedecimos a los Masones de Guayana y denunciamos a los Magos Negros de Angostura? Quizás esa matanza en la Calle Boyacá pudo haberse evitado.

Con todo el revuelo que está ocurriendo en Ciudad Zamora tras el Incidente denominado por las autoridades gubernamentales como la Noche de los Mil Demonios, se ha destapado una olla de secretos que permaneció mucho tiempo bajo el anonimato que caracteriza a estas sociedades secretas, y los funcionarios políticos que integran tan misterioso círculo. En los años setenta, en una de las casas coloniales que pueblan las avenidas del Casco Histórico de fachadas coloridas, se reunió un cónclave privado bajo la tutela de Rigoberto Astudillo: un español enigmático que migró al país huyendo de la dictadura franquista, y desempeñó un papel fundamental en la consolidación de la jerarquía en la ciudad.

Este extranjero de párpados caídos, cabeza pelada y barba añeja de bigotes rizados se presentó en sociedad como un ocultista de renombre, heredero de una fortuna de alquimistas árabes y hechiceros del Medievo que triunfaron en las cortes de los reyes europeos. Hasta que los estragos de la Revolución Francesa conjurada por el adversario Napoleón Bonaparte redujo a cenizas la grandeza de los imperios y la Iglesia Católica. Con esta presencia, consiguió ganarse una reputación de filósofo metafísico capaz de prodigios que la mente ordinaria apenas podría concebir en tertulias sociales. Reuniéndose con personajes como Luis Bartoloci, único estudiante guayanés del indecible Nicolás Fedor, y figura asociada a un culto de hechiceros anónimos; y Malaquías Gutiérrez, importante comerciante de las minas auríferas que movía grandes sumas de dinero en cargamentos que partían del aeropuerto.

La influencia de Rigoberto Astudillo era tal que, Leopoldo Sucre Figarella, Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana; llegó a solicitar una membresía con tal de descubrir qué oscuras culebras se cometían a puertas cerradas en la Casona de la Calle Boyacá... pero el líder español lo rechazó amablemente con un voto de silencio.

Mientras que Luis Bartoloci hacía gala de trajes oscuros y enjoyados con un bastón fino en su mano al recorrer la orilla del Paseo Orínoco, Rigoberto vestía casacas militares del mediterráneo con medallas de guerras antiguas y pantalones gruesos que acentuaban la ferocidad de su presencia. Malaquías vestía con mocasines italianos y camisas de botones con prendas de oro en los brazos, y chaquetas de piel que deslumbraban las noches de ocio en el Malecón del Río... bebiendo litros de ron refinado y fumando tabacos ante las oscuras aguas.

La única que conoció los secretos de esta tríada de hombres poderosos fue la casona que Rigoberto habitó: una riqueza en barroco cuyo patrimonio arquitectónico relucía entre las muchas casonas oblongas de la inclinada Calle Boyacá. En cuyo interior se celebraron orgías, que solo los vecinos conocieron fugazmente como un rumor del infierno. Veían llegar en traslados grandes cajas que los chalanes depositaban en el interior, y cuyo contenido solo los más selectos candidatos podían descubrir. Ni los niños curiosos pudieron discernir qué se escondía bajo los paneles de oscurecimiento que resguardaban las ventanas.

Los poderes de Rigoberto Astudillo eran un enigma incluso mayor que su casona, pues todos sabían que los animales callejeros parecían inclinarse en temerosa devoción a su diestra; y que podía maldecir a cualquiera con solo una mirada, tanto, que se secaría hasta la muerte... como le sucedió a muchos de sus enemigos. No era rigurosamente católico, pero profesaba un conocimiento profundo de las sagradas escrituras. Heredó saberes ocultos de sus antepasados árabes y griegos, que estaba dispuesto a mostrar a todo aquel que quisiera «ver».

Contaba las proezas militares de sus bisabuelos señalando las medallas gastadas de su casaca, con una voz grave e hipnótica que paralizaba los salones de eventos... pudiendo dirigir enconados debates con una presteza increíble, y una gesticulación magnética. Era mil hombres en uno solo, y la sombra de Luis Bartoloci multiplicó sus espejismos hasta el infinito.

Desde su fundación, Ciudad Zamora fue el epítome de una saga fantástica de corsarios ingleses y migraciones esporádicas que trajeron consigo la consagración de creencias sobrenaturales. La cacería de El Dorado, esa ciudadela amurallada completamente labrada en oro que se escondía en las profundidades amazónicas, trajo consigo innumerables oleadas migratorias compuestas por hechiceros españoles, gitanos alquimistas, árabes soñadores e indios cosmopolitas... que hicieron del río una autopista de vaporeras zarpando a puertos desconocidos y comarcas indígenas. El florecimiento de la región y el sincretismo de religiones africanas, cristianas y autóctonas originó ciencias inigualables: mucho más poderosas que el saber milenario de los místicos europeos y sus códices indescifrables.

La Alquimia y su eterna persecución de la codicia por el oro y la indomable inmortalidad eran una rama putrefacta en un estanque de pordioseros. Así como el Código Enoquiano de John Dee que degeneró en pústulas gangrenosas como la Magia del Caos y los sellos salomónicos, y un millar de variantes occidentales. El extranjero concibió que el conocimiento profano del Viejo Mundo era una papel mohoso disuelto en ácido... solamente avivado por doctrinas herméticas e insidiosas.

Rigoberto Astudillo intuyó que la creencia simpática africana, la teúrgia medicinal autóctona y la espiritualidad cristiana habían originado un acervo de conocimientos mucho más importantes que el de cualquier otra cultura en la historia. Luis Bartoloci, cabecilla de Las Cuatro Calles, le abrió las puertas a la tradición en los mercados populares. Juntos se dedicaron al primer estudio científico de un océano de hechos empíricos en el que fluían corrientes de magia indescriptibles. Por su naturaleza satanizada ante los estigmas cristianos y el Hermetismo Europeo se denominaron los Magos Negros de la Angostura del Río Orínoco; dedicados a profundizar en las ciencias ocultas que entrelazan las reglas del Nuevo Mundo.

En sus primeros estudios—compartidos con el Círculo Ocultista de Puerto Bello en la época dorada de la metafísica académica hispanoamericana—, documentaron el fenómeno de la teriantropia nativa (esa cualidad mítica de los chamanes indígenas para transformarse en animales selváticos); y la naturaleza fantasmagórica de las entidades del Llano Negro y la Amazonía conocidas como «Canaimas». Este ciclo fue marcado por el debut de El Brujo de Angostura: el mestizo Manuel Felipe Rojas, portador del Catán de Guaicaipuro; una reliquia amazónica que perteneció a un Cacique Caribe cuya tribu fue absorbida por la civilización guayanesa, conservando antiguos poderes estudiados por los Magos Negros de Angostura en un intercambio de saberes. Este descendiente de mestizos les enseñó los secretos de la medicina naturista local y su cosmogonía autóctona basada en un descenso divino de la cima de los Tepuyes, tras un diluvio que destruyó el mundo.

Felipe los condujo hasta la Piedra de la Guanota donde realizaron ceremonias a los antepasados, y les explicó que el Rey Kanaima Jechikrai tenía una cohorte de espectros perversos coronada por María Lionza; y que estos demonios habían exiliado a los auténticos dioses de sus dominios para reinar sobre la muerte y el dolor.

Los recursos de Malaquías Gutiérrez, el empresario del oro, permitieron al creciente círculo de eruditos adentrarse en estepas selváticas en busca de saberes enterrados y penetrar en ruinas megalíticas. En un intento de hollar en aquel más allá desconocido al que los indios precolombinos cruzaron en fechas propicias. Llegaron a sobrevolar en helicóptero la frontera de la Amazonía buscando las pirámides del Templo de los Muertos Transparentes, visto por un batallón de soldados enloquecidos. También pernoctaron en las mazmorras encantadas del Castillo de San Francisco de Asís: fortaleza colonial poblada por duendes y espantos.

En esa época fueron comunes los fuegos nocturnos sobre la Piedra del Medio, cuyas llamas rutilantes sobre el Orínoco asustaron a la población ribereña; y las procesiones ceremoniales en el Cerro de los Báez, llamando a los espectros de la cruenta Batalla de Maracalí sobre el valle de chaparros.

Fue Rafael Rojas, Mago Negro de Marhuanta, quien plantó la idea de la Peregrinación Negra en el círculo ocultista. Para los que no conocen de Metafísica, esto se refiere a la inclinación por la Senda Oscura del Misticismo, sumergiéndose en las tinieblas como un ser más de la penumbra. Dieciséis eruditos integraban el grupo congregado en la Calle Boyacá, y las opiniones fueron en ambas direcciones. La amplia documentación europea sobre jerarquías de ángeles y símbolos demoníacos había comprobado la peligrosidad de esta senda. Contrario al inexplorado Panteón Yoruba, Vudú y Mayombé, cuyos designios apenas podían vislumbrar sin consecuencias.

A Luis Bartoloci siempre le habían fascinado las ciencias negras, y su pasado a la diestra del tenebroso Nicolás Fedor oscurecía su imagen. Como Hechicero de las Cuatro Calles conocía el poder de cada brujo de la provincia, y ningún conjuro era recitado sin que él estuviera enterado. Todos sabían que los Muertos le hablaban, ya que dominaba al espectro San Antonio del Cementerio mediante el Arte de la Palería. Subía la Montaña Sorte varias veces al año, y se bañaba en sus ríos para purificarse después de tantos Trabajos... Hasta las Materias de la Corte Vikinga temían su presencia.

Nadie conocía el origen de su fortuna, solo una vez reveló al Indio Manuel Felipe Rojas, que de muchacho trabajó en una finca ganadera de Nueva Andalucía y una tarde desenterró un cofre con unas monedas de oro, y se le apareció el Maligno en carne y hueso. Fue entonces que huyó al Llano Negro y conoció al terrible Nicolás Fedor y sus corruptas enseñanzas sobre Ánimas y huesos sangrientos.

A Luis no le gustaba hablar sobre la apariencia de este brujo siniestro. Todos lo conocían por el mito del Negromante, cuyos estragos en la época colonial sembraron el terror en la aristocracia criolla. Nicolás Fedor era el último estudiante de ese mago tenebroso: un soldado desertor de la campaña revolucionaria que creyó en los embrujos de aquel oscuro maestro, y se convirtió en un caminante inmortal del Llano Negro. Después de doscientos años seguía deambulando por las carreteras del país, tras la derrota del Negromante por el Brujo Curbano.

Bartoloci, después de haber bebido cerveza en demasía, y caído bajo la hipnosis lingüística de Rigoberto Astudillo... soltó que Nicolás usaba una túnica morada ceñida con un fajín verde, y en su mano se sostenía con un Yaguatero: un bastón cuyo cabezal era el cráneo de un tigre amazónico. Pero, incluso durante la gnosis había sellos mentales que no pudieron romperse.

Todos sabían que Luis había vislumbrado un poder que ellos solo podían teorizar. El brujo mítico había perfeccionado un arte desconocido en su convivencia con las Ánimas del Llano Negro y los Espíritus del Sorte.

La separación fue inminente: Luis Bartoloci decidió cortar lazos con Rigoberto Astudillo, con tal de seguir profundizando en lo prohibido ante la negación del líder. Uno fue señalado de imprudente, el otro fue tachado de cobarde, y los Magos Negros de Angostura se dividieron para siempre. Solo seis eruditos permanecieron fieles a la casona de la Calle Boyacá, mientras que Malaquías Gutiérrez y Manuel Felipe Rojas decidieron formar parte del séquito sin cuartel, infringiendo leyes como saqueadores de tumbas en incursiones nocturnas y aullidos indescriptibles que llenaron de terror los barrios en los márgenes de la ciudad. Circularon relatos sobre espectros chupasangre en las lomas convocados de tierras malditas, y rituales satánicos que buscaban propósitos indefinidos más allá de la vida y la muerte. Horribles conjuros de dioses muertos transcritos a libros prohibidos y susurros de la Dimensión Oscura.

En esa época se popularizó una religión retorcida que veneraba a la Santa Muerte, y cuando desapareció esa niña en uno de los colegios del centro, se señaló la Casona de la Calle Boyacá entre murmuraciones... mientras en el Cerro de los Báez se celebraban orgías fastuosas hasta el amanecer con el fluir de cánticos hebreos. Fue en esas impresiones nocturnas que las piedras se mancharon de sangre en honor al Malamén.

Rigoberto no soportó el bochorno público de los titulares y dejó de presentarse en sociedad como un filósofo extranjero. Las puertas de su casona de estudios se cerraron por ataques religiosos, y su éxtasis académico se vio interrumpido por la falta de mecenas. Se siguieron llevando a cabo las reuniones privadas y el desembarco de cajas cada vez más pequeñas... y no faltó quien opinara sobre su posible bancarrota y locura. Su reputación estaba por los suelos.

El accidente de Malaquías Gutiérrez fue uno de los más aterradores y lamentables del río. El hombre se había divorciado de Luis Bartoloci tras disgustos personales que jamás reveló—pero que debieron guardar relación con la niña desaparecida—, escalando hasta un altercado que llegó a los disparos en el Cerro de los Báez cuando se enemistó con los otros acólitos. En su último año, el millonario financió una investigación arqueológica en las ruinas megalíticas del Parque Canaima: una continúa expedición a lo desconocido junto a un grupo de universidades mexicanas y americanas. Habían desenterrado artefactos de piedra y pirámides singulares, cuando la lancha que debía conducirlos a la Amazonía zozobró por un ataque masivo de caimanes. Desde el Malecón del Río, una multitud de pescadores presenció como sendos carnívoros hundían la embarcación en un frenesí sangriento, que pintó las aguas marrones de un rojo agrio. No sobrevivió nadie, y durante semanas fueron depositados restos humanos en los bancos de arena de la orilla.

Las denuncias públicas de atrocidades en los camposantos municipales apuntaron a los Magos Negros de Angostura, mientras Rigoberto Astudillo se hundía en el anonimato. Aparecía en las avenidas del Casco Histórico como un espanto de otro tiempo para hacer la fila del pan y beber unas cervecitas en las licorerías, devorado por sus propios pensamientos. Los Masones de Guayana fueron quienes dirigieron una guerra silenciosa contra los devotos de la Santa Muerte, repudiando los ídolos espeluznantes de calaveras brillantes y sus dogmas sangrientos. Coordinando persecuciones de brujas con fusiles en los cerros y terrenos baldíos. Y hubieran seguido su campaña de desprestigio contra Rigoberto y Bartoloci de no ser por uno de los acontecimientos más terribles del centro de Ciudad Zamora...

El excéntrico extranjero no estaba bien de la cabeza, pues lo habían visto caminar descalzo por la madrugada y convivir con los muertos del Camposanto. ¡Se estaba germinando una idea siniestra en su mente trastornada por el repudio! Su sonrisa elocuente se derritió en una máscara de perpetua amargura, y las cajas apestaban a ratas muertas bajo la débil luz de sus reuniones secretas.

Tras meses de encierro y misivas venenosas dirigidas al Círculo Ocultista de Puerto Bello, Rigoberto Astudillo, otrora líder del séquito más prestigioso de la ciudad; hizo un llamado a sus antiguos compañeros para una asamblea magnífica que cambiaría para siempre la historia de la metafísica venezolana. Luis Bartoloci asistió dubitativo ante la premisa de una gran revelación que su antiguo líder diría, acompañado del mestizo Manuel Felipe Rojas como secretario.

A puerta cerrada se llevó a cabo una escalofriante confrontación de fuerzas desconocidas... que llenaría de confusión a todo aquel que intentase descubrir lo que ocurrió. Fue como un relámpago invisible penetrando en el interior de la casona, y despertando un latigazo de alaridos... y fogonazos.

Eran las cinco de la tarde en Ciudad Zamora y la Calle Boyacá gozaba de una calma perturbada por los gritos procedentes de la Casona de Rigoberto Astudillo. Despertando el clamor en la población residente. ¿De dónde provenía aquel escándalo? Fue un fenómeno inexplicable... como el rumor de una estampida jurásica aplastando los tejados de las largas casonas, y derrumbando las edificaciones perpendiculares de la Catedral. Hasta que una sucesión de disparos puso en alerta a las autoridades, que acudieron inmediatamente al sitio. La escena era lamentable: un río de sangre corría por el empedrado de la calle y el portón de la casona yacía derretido en la acera, como si el metal hubiese cedido a los estragos de un incendio que jamás se identificó. ¡Y un gato grande emergió del interior con el pelaje amarillo manchado de sangre! Los policías se espantaron ante el gigantesco felino, que parecía tener enrollado en el cuello el collar de piedras de Manuel Felipe Rojas—que desapareció sin dejar rastro de la escena—... y que se escabulló vía al Jardín Botánico y jamás se volvió a encontrar.

La escena del interior era horrible: seis cuerpos yacían despedazados en el salón—los seis fieles del grupo original—, mientras que las paredes eran tachonadas por los agujeros de bala de numerosas pistolas y casquillos encontrados en la alfombra. Luis Bartoloci fue encontrado en grave estado tras ser apuñalado por Astudillo en una confrontación directa. Fue trasladado de urgencias al centro ambulatorio... donde sobrevivió milagrosamente y se retiró de la vida pública.

El cadáver de Rigoberto Astudillo permanecía sentado sobre su silla de estudio con las medallas metálicas derretidas en la casaca manchada con la sangre de Bartoloci. Muerto por un disparo en la frente que él mismo cometió con la pistola Parabellum Luger que su abuelo saqueó de un alemán muerto durante la Segunda Guerra Mundial. Ninguno de los disidentes de Bartoloci sobrevivió, pues el fuego ametrallador de los fieles de Astudillo barrió con sus vidas al momento.

Nunca se supo qué ocurrió realmente durante el tiroteo de la asamblea magnífica de los Magos Negros de Angostura, pero los detectives concluyeron que fue una venganza planeada contra sus antiguos compañeros de estudio: unos brujos traicioneros, en sus palabras. Además, la Policía Técnico Judicial descubrió montañas de huesos dentro de las cajas que el casero recibía... desenterrados para oscuras finalidades en camposantos de todo el país.

Autor: Gerardo Steinfeld

u/Delicious-Belt7790 — 4 days ago

Informe de recuperación del artefacto anacrónico identificado como Piedra Betancourt, después de su rastreo en...

Informe de recuperación del artefacto anacrónico identificado como Piedra Betancourt, después de su rastreo en una de las numerosas favelas en el sector marginal de Nueva Bolívar, conocido popularmente como Barrio Venezuela. Los agentes fundacionales Rafael Sandoval y Frederick Rojas fueron delegados para la operación, tras los reportes clínicos sobre un hombre que escupía fuego... y otro que sufrió una evisceración traumática masiva—es decir sus vísceras explotaron fuera de su barriga—, en el barrio perimetral de la capital.

El especialista informático Victor Horacio, del Departamento de Análisis de Datos, rastreó la posición en una conjunción de favelas inhóspitas del sector, habitadas por vagabundos desamparados y adictos a los psicotrópicos. Los hombres, con el equipo de protección biológica adecuado y el maletín de contención, barrieron las chozas formadas por tabiques de plástico y láminas de zinc en busca del artefacto extremadamente peligroso identificado como «Piedra Betancourt».

Después de horas de requisición e interrogatorios a la población disidente de la zona, los agentes ingresaron a un caserío abandonado en el que anidaban pordioseros drogadictos, encontrándose con una escena lamentable en torno al artefacto. Según las fotografías referenciales y documentos relativos, la Piedra Betancourt es un objeto esférico de catorce centímetros de diámetro, posee una coloración rosada y una textura rugosa; (y todo el que la toque sufrirá fuertes alucinaciones).

Aquel artefacto extraño estaba posado sobre un escritorio viejo, rodeado de indigentes adormilados y drogadictos de ojos saltones que vociferaban a grandes voces, en medio de una tertulia desquiciada, producida por la alteración psicotrópica.

Los agentes habían estado conversando sobre el desempeño de los japoneses y venezolanos en la liga americana de béisbol; pero callaron inmediatamente, y el comunicador empezó a transmitir el audio de aquel tugurio de adictos. La mayoría en estado comatoso por la ingestión de opioides, como muertos en vida.

«Entonces el Presidente Herrera Betancourt destapó el pozo petrolero de Punto Fijo, y él... y ellos... descubrieron lo que se removía en el agujero negro, y lo sellaron bajo catorce metros de concreto reforzado. Pero, eso no paró la producción de la refinería, ¿está temblando la casa? —El sujeto era un hombre raquítico de cabello rizado y bigote descuidado. Su aspecto era el de un delincuente tostado por la necesidad, y sus ojos llorosos parecían esgrimir una mariconera corrupta—. Oye, brother, ¿son los cazafantasmas o qué?».

Entonces, los agentes fundacionales se colocaron las máscaras de gas, desenfundaron las zamoranas nueve milímetros de sus uniformes grises de cuerpo completo y comenzaron a matar a todos los presentes. Uno de los adictos despertó de su estado—visiblemente alterado según los analistas de la grabación audiovisual—, y gritó enloquecido, abriendo fuego con una pistola ametralladora escondida en sus calzones sucios. Los agentes se lanzaron de pecho al suelo ante la lluvia de proyectiles... y Rafael comenzó a maldecir por haber caído sobre un charco de vómito, y tener que arrastrarse mientras las balas zumbaban sobre sus cráneos. Un grito se alzó sobre el estruendo: «¡Eso le pertenece a Barriga de Perra, malditas putas del gobierno!». Su compañero, Frederick, consiguió girar sobre su cuerpo y fulminar al enemigo con dos disparos en el pecho.

El adicto se desplomó con los ojos en blanco, tras un subidón orgásmico al cerebro por el paro cardíaco. No tardaron en matar a los pordioseros restantes de aquella favela de paredes de cemento carcomidas por la erosión y techumbre de lámina podrida. Catorce muertos en total, que aparecerían en los diarios como «un ajuste de cuentas entre bandas criminales por mercancía cortada con porquería»; y un agente bañado en vómito radioactivo que sería puesto en cuarentena temporal y sometido a análisis médicos preventivos. Ambos se acercaron a la Piedra Betancourt, cuya superficie rosácea lo hacía parecer el huevo fosilizado de un dragón bermejo... y se colocaron los guantes de elastomero, abriendo el maletín de acero reforzado mientras hacían alusión a los granos genitales de un gigante, y que el objeto era sumamente asqueroso.

Frederick miró largamente a Rafael.

«¿Qué miras tú? —Respondió el segundo—. ¡La mamá tuya va a agarrar esa piedra! ¡Estoy bañado en mierda, por Dios!».

«Pero que fucking asco, brother—dijo Frederick antes de levantar la piedra con la punta de los dedos, y depositarla en el interior reforzado con goma aislante y plomo—. ¡Maldita sea el Diablo, me voy a vomitar en la máscara!».

«¡No vayas a vomitar, maldito! ¡Este espacio está contaminado!».

Afortunadamente, no lo hizo... y recuperaron el objeto sin complicaciones. La zona sería clausurada, y los cuerpos incinerados y depositados en una fosa común por las autoridades gubernamentales como simulacro de prevención. La extraña Piedra Betancourt sería resguardada en una celda de concreto armado, en las profundidades de una de las instalaciones fundacionales... cuya ubicación secreta no puede ser revelada al público.

Este informe fue desclasificado en octubre de 20XX, por decreto de [CENSURADO].

u/Delicious-Belt7790 — 8 days ago
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The Radioactive Lake of Perro Seco

“Have you ever slept on the street?” The Drunkard came up to me, his gaze dull. “Well, I’ve been at it six days now… In fact, all I do is drink up the money they gave me for the house. It’s the only thing I can do, and once it’s gone, I’ll throw myself off the Angostura Bridge to be devoured by the beasts of the river.” He smiled and wet his lips with the bottle of aguardiente. “Yes, that’s what I’ll do. I’ve got nothing left: all my children have died on me.”

The wretch looked miserable: barefoot, his shirt unbuttoned, his trousers unstitched. As black as a vulture from all the sun he’d taken. His scalp was greasy, his head shaved. He had an old man’s face, yet he didn’t look older than forty. The crisis was harsh, and seeing that decrepit man sitting next to me in the liquor store after my shift made me grateful to have a job at least. I ordered another beer, and the drunkard drank another quarter of his bottle with drooling lips.

“Look, I used to live over there in Perro Seco,” he said, his eyes brimming with tears. “I had a little shack with a tin roof that played the drum when the rain fell, and a few rooms where my children would fall asleep watching television. I had it, yes. None of that is left now. Oh, my María Laura, the bad times I made you go through in your last days.”

I pressed the mouth of the bottle to my lips and drank the cold beer in one gulp. It was already full dark, and the lights on Avenida Libertador lit up the closed shops. How many had shut down by now? Thank God I had a job, but no one earned enough to get by. You always had to treat yourself now and then, to forget everything.

“They kicked me out of Pepsi when the cutbacks happened,” he said, setting the aguardiente on the floor. “Fourteen years as a dispatcher in that job, and they threw me out like nothing. I’d brought the kids up with that little job, and yes sir, I built my little house. Things were such that my sister came to live with us when her husband was killed in the mine. Fourteen years, Monday through Monday! And me putting up with it for the kids—who told me to get married so young?” He let out a nervous little laugh. “My dad said I had to work to support my woman, and he sent me to get my papers because he didn’t want a layabout in the house. And I went at it with everything, yes sir: I built a house and all, and I got María Gabriela pregnant three times. The first was María Laura, she was a beautiful girl; but I couldn’t give her a quinceañera…” He lowered his gaze in sorrow. “…and the children, and the children…”

I ordered another beer, listening to that miserable wreck. My shins ached from being on my feet all day, but at last they had paid me, and even though it was a pittance, it was good for something. Food was horrendously expensive, and what I earned was a joke, but at least I had work and could stay at my mother’s place, and with what Dad sent from abroad we got by.

“I put María Laura in a private school. The public school was for Beatriz’s kids—she was sponging off us because her husband was killed in the mine and they kicked her out of the apartment. That one didn’t work; she spent her time in Civil Defense trying to report the people who’d thrown her out with her little children, or in church praying, because she was a real two-faced sort. We had her there because my dad was sick at home, and we’d already sold the plots of land to operate on him, but the man was still unwell. When I was fired from Pepsi-Cola, he said he wouldn’t eat anymore.” The drunkard raised the bottle with trembling hands. Tears wet his eyes. “Oh, my dear daddy, who wrecked himself every day so we’d never want for anything. And even cut off a finger with a saw when he worked at the brick factory in Marhuanta. And my sister was fat, fat as hell, and my dad skinny because he was suffering from blood pressure and they put him on a diet.”

A dilapidated little car with a taxi sign passed by, its doors bare, the chassis rusted, the paint peeling. But it moved, which was what mattered, and out of it stepped an emaciated woman with a child wrapped in a sheet. They were coming from the hospital after some kind of decompensation, or so I guessed from the child’s sickly face. The windowless car fought its engine to start, and on the third attempt it roared to life with a bitter cloud that left the avenue stinking in its wake.

“That’s just like the little car I bought later,” smiled the drunkard and swirled the liquid in the bottle. “A Yari, practically just the chassis, with torn seats and a stained windshield. I squeezed every drop out of it when food got scarce and there was nothing but ground corn with lentils. The kids lived with diarrhoea because the corn stuck to their stomachs, and they looked like little twigs. I think… it was around that time that a star fell into the lagoon at Perro Seco.”

“Yes, I heard about that,” I ventured to say, with a third beer in my hand, already dizzy. “The neighbours said a UFO fell in the little lagoon, and that all the fish turned up dead and the ground was burned.”

“I don’t remember. I was taxi-driving and María Gabriela called me because my dad had fallen out of bed and nobody could lift him. When I got there, everyone had gone outside, saying a comet had fallen in the little lagoon and that some trees were burned.”

“Yes, it even made the news.”

“Well, that night my dad walked to the bathroom to wash his face and slipped on the tile. He hit his spine on the little wall of the shower and split a gash in his head. Beatriz was supposed to be looking after him, but she started watching a soap opera when her brats fell asleep, and the old man went to the floor. My wife ended up cleaning up the blood because Beatriz fainted from the shock. I ran him to the hospital, and there they stitched him up and took some X-rays. And they prescribed some therapies and medications I couldn’t afford.” The drunkard hit his head and cursed himself. “Because of me my dad never walked again! Oh, I felt all kinds of things when I saw him complain of pain and couldn’t get him the pills. We lived all crammed together and ate what we could. I remember I stopped wearing deodorant because the ones I had burned my armpits, and that María Laura started cutting up old shirts because you couldn’t get sanitary pads. My wife spent her time crying, or fighting with Beatriz because her kids were terrors and broke things in the house.”

“I remember that time I used to eat cassava with butter for lunch.”

“And I had the children sick. I think it was the tap water: there was something poisonous in the little lagoon where we got water to bathe and cook. Once I got back from work in the early morning and the water was… glowing. It was very strange, I’d never seen anything like it in my life. But I stopped working as much because petrol got scarce and I couldn’t afford it resold. That’s when I thought of starting to sell the car in parts. I had to give my children something more than cornmeal arepas and rice with beans. And Beatriz had her kids vomiting every night, and she herself was losing her hair from so much stress. María Laura was skinny, and she almost never left the house because children were being stolen for their organs and young girls for prostitution. I remember that to the neighbour, one who owns a grocery store, a fellow called Claudio Fermín, I sold the four tyres of the Yari, and that night I bought ingredients to make hamburgers.” He smiled sadly. “Even my dad ate a whole one because he didn’t want to go hungry anymore. I felt everything would get better if I found another job and sold the car’s parts. Too bad he turned up dead the next morning, and I had to spend what Claudio paid me on the funeral.

“In that house it was hell: children running about, Beatriz watching soap operas all day, and María Gabriela and my daughter having a hard time because outside it was tough to find work. All the young people were leaving the country—why didn’t you leave? But I couldn’t leave; what would they do without me? And while the need grew we dismantled the little car until only the bones were left. One of Beatriz’s sons had got sick, and nothing would keep him out of bed, not herbal remedies or prayers… She said he’d bathed in the little lagoon and caught a virus. But we no longer had a cent to buy medicine, and Beatriz threw it in my face that I was useless, and I listened in silence while María Gabriela threw it in her face that she was a parasite. And while the women argued and cried, María Laura had left the house. I know she went to Claudio Fermín’s grocery store, because that bastard had had his eye on my girl for a long time. A few hours passed and the situation calmed down, then María Laura returned with her eyes full of tears and threw a twenty-dollar bill at Beatriz. That night she spent it crying without anyone being able to console her, and my sister spent it all on medicine, but her son died all the same.

“I hadn’t noticed the seriousness of the situation. Since my dad died, my mind had been sort of scattered; I saw everything without interest and all I did was sleep so the others could eat and survive. Something in my mind had broken, and I could barely pay attention to my surroundings. They were all thin, hairless, sick, with sunken eyes as if they wanted to cry. I was sinking, and everything ended for me when one morning my daughter, María Laura, sat down beside me and told me her mother was dead.”

The drunkard stifled a sob and two tears loosened from his withered eyelids. He drained the bottle until only two fingers of liquid remained, and looked up at me from below.

“She withered away inside; it seems she was pregnant and the baby died inside her. María Laura looked awful, she had almost no hair on her head and she resembled a skeleton with skin on it. Then I came to my senses and ran to Claudio Fermín’s store to ask him for work. That man offered me a job as a stocker, and paid me an advance so I could bring food to my children. María Laura washed my clothes and cooked me a lunch for the shift. That day I woke up early… I stuck my hand in the drawer where the money was kept, and I drank it all. Four bottles of Parrandero as I roamed the city! When I got back, María Laura didn’t even scold me the way her mother would have. She simply went to her room and I heard her crying. My two children had expired after catching a cold that nobody treated. And Beatriz, my poor little sister, sank into the rocking chair unable to get up: she ate and drank no more. So I ran back to Claudio’s, and I sold him the house for two thousand dollars. And since then I never went back.”

He drank the last gulps from the bottle and set it aside. The song in the liquor store reached me like a muddled dream: “Last night I dreamed of you, of the love we lost. The love that I have suffered so much and now I am lost.”

“I heard around that María Laura jumped into the little lagoon and never came out again, and… Beatriz was put away in the Psychiatric Hospital. My children were found dead of hunger in their beds, and even though they tried to give them fluids through a vein, they couldn’t hold on. They did have a virus, after all…”

The drunkard rose with effort. I had finished my beer, and I watched the headlights of a car approaching at full speed along the avenue. “You used to tell me you loved me. But, behind my back, you deceived me… That is why our love has failed.” The wretch ran and threw himself into the street; the car tried to brake but it caught him full on and flung him some six metres. He fell, spinning over, his head bloodied and his eyes white.

“Perhaps you don’t know how much I loved you, but I always wept. Although you, my love, may never have noticed… Your lips used to tell me ‘I love you’.”

The owner of the liquor store came running out of the premises, and others leaned out to look.

“I swear that man threw himself at me!” shouted the driver after getting out of the vehicle. “He’s a madman who wanted to die!”

“Yes, sir,” said the owner. “It’s recorded on the cameras.”

I approached, half drunk. The drunkard had died instantly; from his shattered skull a red matter emerged like a broken egg. I frowned when I noticed a fluorescent gleam among the bloody pulp.

“Look,” I pointed, “why is his brain glowing?”

The owner of the place folded his arms.

“You too believe that story about his children dying?”

“Is it a lie?”

“Good Lord, young man,” he shook his head. “That drunk has been on the street for over ten years. I found it strange you didn’t know him.”

“No, I didn’t know him.”

“He tells everyone the same story every time he escapes from the asylum.”

“And where was he from?”

The owner shrugged while they called the ambulance.

“He said from Perro Seco, but there’s no little lagoon there. And of course, those river waters can’t be drunk.”

“Why? Are they radioactive?”

The owner rolled his eyes.

“No, because they’re sewage.”

“And your eyes rejected me… That is why today, woman, I no longer believe you.”

By: Gerardo Steinfeld

u/Delicious-Belt7790 — 9 days ago

Los Olvidados de Maracay

Los reportes de objetos voladores no identificados (OVNIS) en Venezuela, siempre han sido un tema controversial para la historia sudamericana de la ufología. Desde los archivos desclasificados sobre los Niños de Falcón en 1910, que presentaron extraños comportamientos precognitivos tras un Encuentro Cercano; el caso del OVNI que cayó en Petare en 1954, cuya explicación oficial no convenció a los medios... y los frecuentes reportes de avistamientos sobre grandes ciudades. Hasta el supuesto enfrentamiento aéreo de las Fuerzas Armadas contra una nave desconocida sobrevolando el yermo montañoso de Maracay durante la Operación Luz Roja. Los estudios sobre fenómenos aéreos anómalos y la cuestión de sí estamos solos o no en el universo, son inquietantes causas de debate entre los círculos académicos de la nación.

Desde la fundación del país como territorio de la Corona Española, bautizada Tierra de Gracia por Colón en su recorrido por el Orínoco, hasta que Américo Vespucio sugirió el nombre «Venezziola» (Pequeña Venecia)... estableciendo la Capitanía General de Venezuela como provincia del Imperio. Y su posterior proclamación como república independentista, y las sucesivas guerras federales que anegaron de sangre la nación... hasta el descubrimiento de la mayor reserva petrolera del mundo, y los sucesivos saboteos políticos que la convirtieron en un Estado fallido. Esta zona caribeña siempre ha sido foco de actividad inusual, especialmente en el Catatumbo, cuya orografía la convierte en el área tormentosa más grande del planeta; y la cadena montañosa de Maracay, cuyo yermo fue epicentro de leyendas nativas sobre luces flotantes y expediciones que se desvanecieron en busca del Rey Blanco. Estos documentos redactados por escribas realistas hace trescientos años, sobrevivieron a las convulsiones de la Campaña Bolivariana, y los estudiosos de la crónica ufológica han discutido la posibilidad de que el país venezolano sea un punto de encuentro y aterrizaje para astronaves—y criaturas—, ajenas al entendimiento humano.

En 1798, el sistema monárquico regido por el Capitán General Pablo Morrillo, enviado desde España para gobernar, estableció correspondencia con peninsulares y criollos de las provincias de occidente para ser advertido de unas esferas de fuego que volaban por las Linternas de San Antonio—antigua denominación del Relámpago del Catatumbo—:

«Cada noche vuelan por los cielos unas bolas blancas que zumban como inmensas moscas de fuego. Laten los relámpagos como un dios indígena que, enfurecido por la arrogancia de nuestros navíos, decide castigar el lago enviando una tormenta interminable».

Los testigos de estos fenómenos meteorológicos describieron formaciones de luces que provenían de occidente, y descendían al interior del Lago de Maracaibo en la madrugada. Las autoridades de la época sostuvieron averiguaciones en la provincia de Montenegro, en torno a una tradición de casamiento con estas personificaciones de otro mundo.

Durante las permutaciones de la recalcitrante república y disolución de la Gran Colombia, los caudillos militares que asumieron la hegemonía conservadora, recibieron incontables denuncias en un espacio de cincuenta años. Declarando pérdidas por incendios en los sembradíos de los latifundistas ante el presunto «descenso de luminarias»—achacado indebidamente a grupos de cimarrones—, y arrebatos de viajeros nocturnos en las carreteras de Oriente por «apariciones del Llano Negro». Los Encuentros Cercanos en el Catatumbo fueron lo mejor documentado de esa época de trifulcas... Durante casi cien años—y existen tirajes con ilustraciones curiosas—, los periódicos advirtieron de corsarios y navíos fantasmales deambulando en el Lago de Maracaibo, y desapareciendo en la intermitencia de los relámpagos. Muchas veces tripulados por unos seres luminosos, cuya mera presencia era capaz de cegar la visión, cual manifiesto nocivo... como portadores de una aguda radiación nociva para los seres humanos.

Una segunda oleada OVNI retornó al país con la consolidación de Juan Vicente Gómez en el poder político: unificando una nación de caudillos empoderados en un solo eje; y la promulgación de la Ley de Minas de 1905, por parte del presidente Cipriano Castro... que permitió la entrada de empresas de explotación extranjera, y el descubrimiento de la reserva petrolera más grande del mundo, con el reventón del pozo Barroso II en el campo La Rosa, en 1922. La fábula popular se enaltece a grandes voces diciendo que llovió negro durante varias horas tras la perforación.

Los ufólogos creen que los hipotéticos visitantes de otros mundos conocen la situación en este planeta mejor de lo que imaginamos.

Uno de los eventos más importantes de la crónica ufológica venezolana ocurrió el siglo pasado, en 1910, con el contacto de una civilización intergaláctica en un pueblito del desierto de Falcón, llamado Santa Teresa de la Espina, (y fundado sobre un monumento autóctono abandonado tiempo antes de la conquista). La víspera de Nochebuena un resplandor iluminó el cielo nocturno del pueblito de artesanos, cercano al Istmo de Coro y los bancos de arena que arroja la marejada... e hizo vibrar la tierra como un pequeño temblor; despertando a los pobladores de la comelona navideña, solo para darse cuenta de que todos los niños habían desaparecido de sus camas. El escándalo se precipitó sobre los padres desesperados, pues en noches anteriores los niños habían dicho que unos seres de luz les mostraban los secretos del universo en sueños. Según el cronista de El Nacional en un artículo posterior, las luces atravesaban el pueblo como una lluvia de cometas dirigidas a la estructura megalítica donde los niños jugaban todos los días: una sucesión de bloques triangulares alineados en torno a una pirámide truncada de seis metros de altura. Sobre esta formación no hay estudios arqueológicos concisos, solo leyendas locales que relatan ceremonias de antropofagia para apaciguar los desaires de un dios con cabeza de ciempiés.

Los infantes fueron encontrados en círculo sobre la plataforma de la pirámide, bajo una luz suspendida como una estrella detenida, y los padres relataron a las autoridades haber visto unos seres blanquísimos—«como espectros de queroseno, Ave María Purísima, muchas mujeres nos desmayamos solo de la impresión»—. Los que intentaron acercarse sufrieron quemaduras en el rostro... y violentas convulsiones. Aquello duró unos minutos, pues los seres alargados—casi tres metros según registros oficiales—, se dirigieron a la estrella pálida flotando sobre la pirámide truncada, y fueron eyectados al cielo con una velocidad imposible para la época.

Lo que sucedió a continuación del contacto no tiene más veracidad que las leyendas orales de indios sin cabeza en el corazón guayanés, porque los implicados están todos muertos: la superficie de la pirámide estaba caliente al tacto, y otros dijeron que los escalones se habían derretido... como fundidos por un calor desorbitado. No hay fotografías que comprueben las supuestas cicatrices en los rostros de los niños; o sí en verdad durmieron durante cuarenta y ocho horas después del contacto. Nunca sabremos estas interrogantes, porque lo que ocurriría a continuación... cambiaría (o pudo haber cambiado), la historia de la humanidad.

Las autoridades de la Ciudad de Coro fueron a Santa Teresa de la Espina para registrar el hecho y enviarlo a los noticieros de la época, y al interrogar a los niños... quedaron desconcertadas por su inteligencia y capacidades innatas. El revuelo que levantaron estos infantes llegaría a la capital, y la Universidad Central de Venezuela enviaría una comisión de doctores para analizar el fenómeno. En los estudios redactados por el Doctor Eusebio Fuentes (1884—1939), se lee que los Niños de Falcón decían recibir mensajes telepáticos de una civilización en el otro extremo de la galaxia espiral... y manifestaron poderes psíquicos capaces de entrever los pensamientos de los doctores del caso, y prodigios precognitivos como la determinación de padecimientos con solo observar detenidamente el cuerpo. Junto a otros factores aislados como rapidez de cálculo en operaciones matemáticas, memoria fotográfica y capacidad intelectual incomparable a la media de aquella población. Los niños iban a ser trasladados a la capital para formar un seminario, pero debido a la precariedad de la investigación científica y la inestabilidad política... cayeron en el fatal olvido mediático. No existen archivos desclasificados o rumores sobre su porvenir en las permutaciones de un país sofocado por las revueltas.

No fue hasta 1954, con un supuesto accidente aéreo no identificado en el barrio de Petare, Nueva Bolívar; que se destapó la olla ufológica que hervía en las entrañas del Llano Negro y el yermo de Maracay. El catorce de febrero de ese año, se reportó el avistamiento de un objeto esférico sobre el Monte Ávila, finalizando con una explosión al atardecer del mismo día, que despertó el clamor en los testigos y un incesante flujo de patrullas con dirección a la montaña. El evento fue cubierto por la prensa de la época, y la explicación oficial señaló que el artefacto estrellado era un satélite espía estadounidense que cayó en los llanos. No obstante, días posteriores al accidente, arrojaron indicios de que un fenómeno sin precedentes ocurría en la región.

La caída del OVNI fue el comienzo de una locura alienígena que perseguiría a los viajeros de la carretera metropolitana, y a los habitantes de la Sierra de Nueva Andalucía. Tal fue el caso de Jesús Moreno, un conductor que fue perseguido por unas criaturas desconocidas, que se acercaron a su camión trotando como caballos. El audio de la grabación sobrevivió a la investigación oficial, y fue transcrito en el documento (es verdaderamente escalofriante):

«Eran como cuatro o seis... de la impresión no recuerdo bien. [Sigue nervioso, y evita mirar al interrogador]. No parecían animales cualquiera, ¿cómo decirlo? No parecían tener pelaje... pero estaban como enfermos, chillando bajo sol, con el pellejo quemado. Eran más altos que mi camión... como de tres metros de altura. [Traga saliva, pensativo... Las arterias del cuello tiemblan]. Trotaban, haciendo un ruido muy raro. Primera vez que veo unos animales sarnosos de ese tamaño. Tenía miedo de que se me pegarán al camión, se veían contagiados de Mal de Rabia, y podían causar un accidente grave en plena autopista. [Aprieta los dientes mirando fijamente al interrogador]. Menos mal que se metieron pal' monte, y maneje como pude a la ciudad. No vuelvo a pasar más por esa autopista, y menos de noche, que el Diablo anda loco».

Otros reportes fueron anexados al documento del OVNI en Petare: Encuentros Cercanos en carreteras durante la noche, la confrontación en la Sierra de Nueva Andalucía, el Avistamiento de la Nave Hummita en la autopista Simón Bolívar (2000), decenas de sobrevuelos a ciudades capitales captados por los radares, y las fotografías originales de la Nave de Maracaibo. El caso se cerró en 1980, pero en años posteriores se siguió alimentando con archivos de criaturas humanoides y especímenes capturados en el Llano Negro y la Amazonía, que parecían traídos de otros mundos. Cuando este polémico caso fue tendencia en prensa y televisión, no faltaron académicos nombrando dioses autóctonos como Amalivaca, el Creador del pueblo Tamanaco, avivando la teoría de los Antiguos Astronautas: hipótesis cronológica de que la Humanidad fue creada por una civilización más avanzada que visitó el planeta en la prehistoria (véase Dioses de Venezuela, Emmanuel Urbina, 2010).

La actividad anómala en los cielos venezolanos llegaría a un apoteósico punto crítico con el Incidente de Luz Roja sobre el Valle de Maracay: un yermo depresionado sobre el que se levanta la ciudad, atravesado por carreteras de circulación y bordeada por montañas forradas de verdor. Uno de los encuentros más aterradores de la historia ufológica sudamericana. El 1 de Noviembre de 2013, un resplandor rojo iluminó el cielo nocturno de Maracay con una intermitencia de treinta segundos... provocando un pánico colectivo en la población, con creencias profundamente arraigadas sobre unas criaturas gigantes que dormían bajo las praderas del yermo.

 

A las veinte con cero horas, estas luminarias rojas acompañadas de fenómenos meteorológicos eléctricos sembraron el terror... y diversos apagones amenazaron con provocar accidentes graves en la población. Junto con registros de tenues decibelios que llegaban de las alturas, afectando la psique de las personas. Durante el recrudecimiento de la tormenta eléctrica, fueron avistados numerosos objetos volando a gran velocidad... por lo que el gobierno venezolano supuso que estábamos siendo atacado por una fuerza extranjera—las tensiones con Colombia estaban en su punto álgido—; y ordenó una ofensiva de la Aviación Militar Bolivariana para neutralizar al enemigo. Las naves de combate son limitadas en este componente del ejército, pero se desplegó al Escuadrón de Caza N.º 33: integrado por cinco Sukhoi Su-30 y un F-16 Fighting Falcon para reconocimiento aéreo. Mientras que en tierra se preparó el sistema de defensa antiaérea, armado con misiles tierra-aire 9K37 «Buk».

El Mayor General Santiago Infante Itriago dirigió la Operación Luz Roja desde el Comando Aéreo de Nueva Bolívar, en conexión con la Base Aérea de Maracay. Los cazas surcaron el cielo tormentoso, rompiendo la barrera del sonido, dejando una estela púrpura... como la punta de lanza de la aviación venezolana contra la amenaza desconocida que surgía de aquella nube de polvo cristalino y sangriento. Los pilotos relataron que los objetos desconocidos se perdían fácilmente en la nube de relámpagos escarlata, y sus trayectorias cambiaban bruscamente... violando leyes físicas sujetas a la gravitación. El piloto Jesús Fuentes las describió como «esferas plateadas de seis metros de diámetro». La transmisión de vuelo es fascinante: cuatro esferas brillantes de mercurio electrificado viraron en su trayectoria y se reunieron en un punto, en medio de las nubes tormentosas. El Mayor General ordenó el derribo inmediato de la amenaza.

Los cazas se lanzaron al corazón de la anomalía...

Fue entonces que los sistemas de comunicación fallaron, y los pilotos desaparecieron en la bruma incandescente de la tormenta. La Base Aérea de Maracay intentó desesperadamente contactar al Escuadrón N°33, pero se habían esfumado en el zumbido electrostático. La operación terminó cuando la nube tormentosa se disipó, iluminando el Valle de Maracay con los faroles del amanecer. Los sistemas electrónicos de la ciudad presentaron averías por un supuesto PEM, provocado por una tormenta solar—o eso explicaron los noticieros—, y se programaron equipos de búsqueda terrestre para recuperar las desaparecidas aeronaves, pero jamás se hallaron restos en el yermo... como si los Olvidados de Maracay hubieran sido arrebatados de nuestro mundo por una fuerza desconocida.

u/Delicious-Belt7790 — 11 days ago

El Nigromante

He cometido la mayor atrocidad que un ser humano pueda transgredir contra su especie. He roto todos los axiomas morales en la contravención de un horror prohibido... desafiando en lo más hondo de mi ser la voluntad de un Altísimo para con la vida y la muerte. Soy consciente de que asesiné al sujeto que ustedes creen que fue Ismael Bustamante, y pagaré con mi libertad, atormentado el resto de mis años venideros por el peso de mis decisiones. Pero afirmo, en caso de que la veracidad de mi horrible testimonio sea puesta en duda, que el hombre del milagro que volvió de la tierra de los muertos, no era tal sino una inmunda criatura proveniente de los negros bajíos infernales. Es posible que perteneciera a una jerarquía de malignas potestades, que intentó llamar a nuestro planeta mediante unos extraños dispositivos alienígenas... que desaparecieron subrepticiamente tras el altercado homicida ocurrido la Víspera de Nochebuena.

Estaba realizando mis pasantías como residente de medicina en el Hospital Rómulo Marcano de Ciudad Zamora. Era un joven dedicado y puntual que rápidamente fue acogido por el médico cirujano y excelso profesor Ernesto Cruz; un excéntrico y paliducho doctor cuyos dotes con el bisturí y conocimientos anatómicos lo convertía en el veterano más respetado del hospital. Era un hombre taciturno, propenso a la melancolía y los accesos etílicos durante las largas jornadas de intervención; por su desolación y silencio, se lo confundía con un anormal noctámbulo, pero nada era más alejado de la realidad. El doctor Ernesto Cruz no era un maestro prestó a la conversación, pero sus largos dedos embutidos en látex y sus ojos feroces de ofidio al acecho podían desentrañar los misterios de la carne como ninguno; prefiriendo los paseos madrugadores por el edificio impoluto mientras sorbía el néctar ardiente de su petaca, al meditar sobre los susurros de las vísceras y las arterías. Parecía soportar mi presencia y se explayaba, conmovido, sobre los misterios más desconcertantes que había descubierto bajo los tejidos. Frívolo, embustero y propenso a la mordaz  reticencia... el repudiado médico Ernesto Cruz escondía secretos oscuros en su garita hogareña. Había denegado el consultorio privado, prefiriendo el martirio del quirófano público donde su sagacidad era puesta a prueba con el caudal de heridos y moribundos provenientes de las minas hampistas en las regiones auríferas. Solamente yo, su pupilo predilecto, pudo discernir el misterio en los recipientes escondidos por el médico en su fenecido propósito.

Habíamos congeniado en la camaradería del hospital, y nuestros debates rayaban en el descaro de lo que muchos otros médicos en su oficio hubieran tomado por métodos poco ortodoxos que distaban de los principios morales por sus drásticas aplicaciones. No solo descubrí que mi maestro era un partidario acérrimo en reciclar todos los órganos posibles de los moribundos sin salvación, para otros pacientes que los requirieran, incluso si estos donantes se rehusaban en vida. Incontables fueron los difuntos que se enviaron a la morgue como cascarones despojados de sus aparatos vitales. Inmoral, sí... pero salvamos un centenar de terminales que posiblemente hubieran muerto esperando donantes. Sus tratamientos eran dudosos pero eficaces, y sus amplios conocimientos en los campos médicos, químicos y más extrañamente, los místicos relativos a la metafísica de los cuerpos durante premeditadas circunstancias astrológicas... conformaron la cumbre—aunque excéntrica—, de un hombre dotado para ejercer los rudimentos de Hipócrates.

Al principio, nuestros discursos médicos sobre la extirpación, amputación y acanalado eran vanguardistas; solíamos disertar en nuestros recesos ociosos sobre las rarezas anatómicas, desde el común labio leporino y los apéndices adicionales... hasta las más escalofriantes consideraciones sobre los niños nacidos con miembros adicionales, glándulas deletéreas, química orgánica inusual y deformaciones plausibles. A su vez, recopilamos casos raros que la Comunidad Médica preferiría silenciar: gusanos parásitos de los ríos negros del interior, bacterias asesinas que convertían los órganos del cuerpo en pulpa carnosa y el expediente de un hombre que murió de un paro respiratorio y tres días después, durante el velorio, se levantó ejerciendo un comportamiento antropófago.

Estos últimos casos eran los de mayor interés para mi superior. No supe el alcance de su obsesión hasta que me condujo a su departamento, en un conjunto de altos bloques de edificios que se apretaban en la distancia de la carretera perimetral que rodeaba la ciudad, próximo al cementerio comunal y las sierras montañosas de los asentamientos campesinos. El departamento del doctor Cruz era un taller dedicado al estudio de ramas oscuras de la ciencia ocultista... con estanterías repletas de volúmenes cabalísticos, metafísicos y alquímicos. Su enajenación era tal, que durante las largas jornadas de quirófano en la sala de emergencias, se dedicó a robar ingredientes de índole sacrílega arrebatando a los cadáveres de vísceras, pelo, cartílago y otras rarezas supersticiosas. Su afición por el ocultismo lo llevó a estudiar tratados herméticos escritos por metafísicos eruditos sobre la naturaleza del cuerpo como Materia de espíritus, y las investigaciones pretenciosas de los brujos que estudiaron a los nigromantes selváticos de la frontera colombiana. Había confeccionado horripilantes opúsculos donde describía las diferentes artes de la sanación y la manipulación de la vida. En sus tétricas cátedras se hallaban manuscritos remendados sobre arcanos oscuros y ciencias pérdidas en el ocaso de los tiempos con nombres tan difusos como Julius Ébola, Ariel Betancourt y Nicolás Fedor...

Al principio guardé temor por las pretensiones de mi estimado profesor, pero a medida que estudiaba sus trabajos y me explicaba la influencia de los Elementales en los ciclos humanos, pude discernir que nuestra vulgar ciencia médica no era más que un conjunto de saberes empíricos. Fue en aquel departamento de hedor salitre, al fulgor de las velas y los pentagramas, que aprendí los secretos de los Planetas en su conjunción estelar. Realizamos incontables llamados a entidades extraterrestres en las infinitas dimensiones superpuestas, cuyas fronteras ignoraban la concepción del espacio y el tiempo. En aquella época nuestra productividad en el trabajo era notable, y pacientes que padecían mortales enfermedades sufrieron recuperaciones milagrosas que el doctor Cruz abdicó en nombre de sus profundos conocimientos.

Las leyes alquímicas y las fórmulas mágicas de nuestros rituales sanaron moribundos, curaron enfermedades asesinas y levantaron pacientes comatosos cuyo cerebro era una piltrafa líquida; pagamos el precio por cada vida salvada a través de sacrificios y ofrendas de sangre a las sedientas deidades de la Constelación del Dragón y las Estrellas Negras. Éramos médicos milagrosos, pero aún existía una frontera incapaz de rebasar: la extinción de la vida. El envejecimiento y la entropía podían frenarse mediante la ingesta periódica de ciertos químicos recogidos del rocío, fuentes soberbias de vitalidad como el sol o el claroscuro lunar, mediante rampas magnéticas. Mi propio maestro era la prueba del paulatino envejecimiento, pues un día me legó un manuscrito titulado «Crónicas Póstumas de José Gregorio Hernández». En aquel cadalso del famoso Santo pude escudriñar sus experimentos sobre la muerte y la vida... y reparé en la inusitada semejanza de mi mentor con el médico beato. Se había afeitado el bigote, el mentón lucía una pelusa cana endurecida por la brisa, las mejillas agrietadas y los oscuros ojos como esferas eran inconfundibles ante la impresión fotográfica que figuraba en las páginas amarillentas; salvo por la espesa cabellera grisácea, era un retrato envejecido del médico José Gregorio Hernández, muerto hace cien años. Ante mí, un espectro continuaba ejerciendo sus métodos místicos en pos de la sanidad, cuyo mayor problema a solucionar era la última consecuencia de la existencia: la muerte.

Habíamos exhumado cadáveres del cementerio a altas horas de la noche en detrimento a la rectitud clerical que se nos otorgaba como devotos al prójimo. Preparamos los Sigilos rúnicos, el Descenso de Potestades y los Círculos de azufre y sal... procurando desenterrar cuerpos íntegros para nuestra labor de reanimación recitando los Versos del hechicero Andrés Bello, las fórmulas metafísicas de Cornelius Agrippa y los Siete Planetas de Theophrastus Phillippus Paracelso. Estos últimos fueron los que liberaron la energía necesaria para la Reanimación, teníamos los planetas Marte, la guerra y el conflicto; y a Saturno, la muerte y los castigos... considerados los planetas más desfavorables y hostiles cuando entran en conjunción. Esa noche habíamos conjurado al «Intercesor» con resultados indescriptibles. La negatividad era plausible en nuestros medidores electromagnéticos, y... ante nosotros vimos retorcerse manos y pies de un cadáver putrefacto que gemía, desesperado en el Círculo Elemental.

Me precipité con todos los utensilios para auscultar los signos vitales cuando el doctor Cruz me apartó de un manotazo y vació la ruleta de su revólver en la cabeza infecta del cadáver reanimado. El cráneo cedió con un hedor insoportable mientras los jugos pútridos manchaban el suelo. Esa fue la apoteósica culminación de nuestra actividad, porque dejé de frecuentar su departamento...

Los ojos sin vida del muerto y la razón de su rostro negro intentando articular palabra quedaron grabadas en mi retina. Recuerdo con sopor las largas horas junto al profesor, ofrendando diezmos de sal y sangre a las criaturas que convocamos tras la capitulación de puertas ignominiosas. Llegué a soñar con los terrores siderales que intervinieron en nuestras cirugías: fuerzas oscuras e indescriptibles de infinito horror que flotaban en el lejano vacío de las constelaciones. He olvidado sus nombres, pero en pesadillas siempre los visitaré para cumplir mis juramentos de cenizas y pactos impíos. Esa noche de muerte llegué, tras despertar de la inherente fascinación, a repudiar nuestra investigación... porque temo las palabras que esa fatigada garganta intentó expulsar para conmemorar una imagen de infinita desesperación en los bordes cuánticos y los manantiales negros de los que beben las abominaciones estelares. Comencé a temer la oscuridad, y el cielo nocturno tachonado de estrellas distantes... que ante mi mente trastornada parecían incontables ojos bestiales.

No fue hasta mediados de este año que mi distancia del doctor Ernesto Cruz cuajó en una cordialidad estudiantil. Los milagros médicos achacados a los métodos del profesor se me antojaban terribles contravenciones... así como su mirada grasienta que en ínfima medida parecía deshuesar a cada ser que veía con quién sabe qué maquinaciones terribles. No fue hasta una noche aciaga que nuestras guardias se cruzaron, a un año de graduarme y regresar a Puerto Bello para montar mi consultorio, pero esa noche tuvimos una emergencia que despertó todas las alarmas y provocó un pandemonio que arrastró a todo el personal médico. Un accidente de tránsito arrojó un saldo de dieciséis moribundos al hospital y todos los médicos, cirujanos y enfermeras se precipitaron en una tempestad de sangre, alcohol y medicamentos. Parecía que una picadora de carne había mutilado un autobús... y las dos docenas de heridos se apretujaban con contusiones, fracturas y cortes tratados por los residentes. Los cirujanos estaban contra las cuerdas, y ante mí apareció una camilla con un hombre inconsciente que precisaba una trepanación y una inspección por hemorragia interna presente en la coloración violácea del plexo solar. La sangre fluía a borbotones de sus heridas...

Un séquito de enfermeras me apoyó en esas tortuosas horas de bisturí, respiradores, cauterización, trepanación craneal, suturas y químicos intravenosos. El hombre que llegó al quirófano, Ismael Bustamante, era menos que un estropajo sanguíneo cuyas graves hemorragias empaparon mis guantes, bata y pantalones... Las horas de cirugía se sucedieron con pesar mientras escuchaba lamentos, sollozos y los signos vitales de mi paciente apagarse en un vaivén desmesurado. Hice lo que pude, intenté mantener con vida al hombre... pero, en un instante su corazón se detuvo y el timbre agudo de la máquina me hizo estremecer con un sopor maligno. Solté el escalpelo y la succionadora, convertido en la estatua ensangrentada de un dios impío... y mandé fuera a las enfermeras mientras extendía las cortinas en un claustro improvisado. Necesitaba estar a solas con el cuerpo muerto de Ismael Bustamante... y me abstendré de contar los horrores que conjure en murmullos y los implementos utilizados. Durante semanas enteras correrían rumores sobre un gas estelar que descendió al momento de mi aislamiento, así como una falla eléctrica que sumió al hospital en penumbra durante cortos segundos. Una de las enfermeras preguntó si estaba rezando, y otra se horrorizó ante el caudal de palabras ininteligibles que se oyeron fuera de la cortina... pero, aquellas disertaciones se esfumaron cuando el tintineo del lector cardíaco y los respiradores reanudaron su marcha. Salí del escondrijo como un sobreviviente del holocausto, algunos podrían afirmar que tenía un corte en la palma desnuda... pero, la mayoría concertó que debió ser sangre del paciente. En este interrogatorio no caben explicaciones sobre Elementales y Fórmulas Planetarias...

Al girar por el corredor, me encontré con el profesor, descansando las piernas fatigadas tras una complicada cirugía a un niño de seis años. El hombre que se hacía pasar por Ernesto Cruz escrutó mi semblante, percibiendo el alborozo que las enfermeras y los médicos residentes proclamaron ante la aparente resurrección. Ismael Bustamante estuvo clínicamente muerto durante tres minutos. Mi profesor me dedicó una mirada indescriptible, apretó las muelas y asintió lentamente con la cabeza...

Aquello fue el principio de un horror inimaginable, cuyos síntomas benignos escondían una presencia más allá de lo que nuestras mentes puedan conciliar. Duraba tres minutos el cuerpo del sujeto conocido como Ismael Bustamante yació sin vida en una camilla ensangrentada. Hemos estudiado el fenómeno de la manifestación del alma... y nuestras pesquisas supernaturales intentaron infructuosamente revertir el estado interrumpido de las funciones vitales. Creíamos que el alma—un atisbo de la mente—, era a su vez el cuerpo... y que la reanimación de uno traería el otro. No sabíamos cuánto nos equivocamos con respecto a esta hipótesis, fundada en los principios laicos de la neurociencia, porque... ¿éramos algo más que cerebros piloteando cuerpos? Ismael Bustamante había vuelto a ejercer sus funciones vitales por obra de las oscuras artes que aprendí bajo la tutela del Nigromante. Había intentado en vano recitar los Versos y las fórmulas... pero la premura de la situación me empujó a una conjura horripilante cuyos auspicios desterraron cualquier pretensión ignominiosa. No fue hasta que mi antiguo mentor me preguntó qué había convocado como «Intercesor», cuando mi mente se nubló de dudas respecto a la naturaleza de los muertos. En nuestras ceremonias ignotas habíamos invocado deidades desfiguradas provenientes de panteones extintos y seres abisales de un pretérito cósmico allende los cúmulos gaseosos incandescentes... pero, teorizamos la existencia de supremos horrores nacidos de un Vacío Primigenio anterior a todo orden divino. En la horrida colección de manuscritos arcaizantes encontramos atisbos de entidades retorcidas operando en vectores de locura; creíamos que eran criaturas inverosímiles producidas por la alienación de los ermitaños, pero en nuestra reunión con presencias iracundas, viajeros alienígenas de una era inmaterial, concebimos la vastedad y el horror predador de este bosque oscuro universal.

La rápida recuperación de Ismael Bustamante se abdicó a la intervención divina de ángeles. Mi mentor y yo lo observamos con detención, era nuestro primer caso de resurrección... habíamos estudiado los nigromantes Caribes que levantaban a sus muertos para continuar guerreando contra los españoles; pero esos cadáveres eran marionetas de carne incapaces de pensar por sí mismos, achacados a rudimentarios sortilegios que rendían pleitesía a demonios primitivos. Mi ovación fue más allá: había conjurado en mi desesperación una monstruosidad innombrable, cuyo terror se esconde más allá de la Constelación del Dragón. Uno de los heraldos malditos del Demonio Meridiano, cuya intersección era presagio de catástrofes incognoscibles. Encarnación del Horror y la Desesperación, Odrareg; el Necrófago Estelar que se alimenta de dioses muertos...

¿Tres minutos sumido en la absoluta entropía negativa eran suficientes para arrancar el alma del cuerpo? ¿Eran reales los principios de la metempsicosis y la extrapolación de las dimensiones superiores e inferiores pregonadas por los rabinos durante milenios? El cuerpo de Ismael Bustamante despertó de su letargo tres meses antes de lo previsto: abrió sus ojos malignos como un recién nacido que estudia el mundo sin proferir palabra. La enfermera nos llamó rápidamente, y asistimos como dos gárgolas penitentes a la examinación del resucitado. Comprobamos el correcto funcionamiento de sus funciones y sensibilidades, el daño cerebral no afectaría más que su locomoción... y la terapia física haría que su existencia volviera a la cotidianidad. Respondía nuestras preguntas en susurros, y cuando su esposa e hijos asistió al hospital, los reconoció con la desdiches propia de quienes yacen recluidos. Nunca había sido pesimista, pero esperaba lo peor: un fallo renal, un paro cardíaco o una degradación repentina de los tejidos. Pero el tiempo transcurrió rápido, e Ismael emprendió la dolorosa recuperación motriz de sus piernas entumecidas. Atentos a cualquier atisbo o acción que delatará el horror... inclusive, tomamos turnos para vigilar al paciente pese a nuestras obligaciones.

Estábamos al tanto de cada rumor y acontecimiento originado por el extraño paciente Ismael Bustamante. Antes del accidente era ducho al deporte nacional, la parlería y las apuestas futbolísticas... pero, desde el acontecimiento que interrumpió su vida, se sumió en el cambio consciente más intrigante que hallamos visto. Parecía interesarte por las obras científicas más diversas: astronomía, geología, mecánica, electricidad y en momentos más recatados, dejaba volar la curiosidad con volúmenes metafísicos. Solía pedirle estos libros a su esposa, extrañada por la singularidad que desarrollaba su cónyuge jamás iletrado o enterado de otras pasiones que no fueran las deportivas. Esta peculiaridad despertó la intriga en mi mentor; por el contrario yo, más escéptico, aseguraba que el sujeto no quería desperdiciar su existencia en el hedonismo optando por cultivarse en los saberes que conmovían su curiosidad con una renovada visión.

Ante sus hijos se mostraba arisco, y su esposa confesó que nunca había sido tan distante en su relación. Esto, y otros motivos inexplicables transcurridos durante su período en el hospital... nos obligaron a continuar la investigación más allá del sanatorio tras su rehabilitación y baja. La concubina del susodicho, doña Lucía Jiménez, era presta a la superstición y colaboró cuando le pedimos que mantuviera vigilado a su pareja, informándonos de todas sus desavenencias y anormalidades. Incapaz de reconocer a la persona que aparentaba ser aquel hombre, otrora afable y bienamado; sus modos eran superficiales y no parecía interesado en las banalidades de su entorno, salvo para estudiar una composición estelar que había trazado con su rápido aprendizaje astronómico. Esta obsesión alteró a la mujer, y tuvimos que convencerla sobre los posibles daños psíquicos que sufrió su mente durante la apoplejía y la trepanación craneal... normalizando su cambio de perspectiva y sus intereses. Aunque en nuestras más catastróficas conjeturas ideamos que los recuerdos y pensamientos de Ismael Bustamante se vieron reducidos infinitamente por la usurpación de una criatura de longevidad inefable, posiblemente anterior a cualquier concepción de tiempo ideada por los humanos. Esta entidad cabal y pensante había sido arrastrada desde el albor de las tinieblas por el canal de la conjuración, y su aparente infiltración en nuestro mundo daba mucho que pensar sobre la naturaleza de estas manifestaciones y aparentes «resurrecciones» clínicas.

Habíamos ideado fórmulas para desatar el conjuro, pero tras numerosos fracasos concluimos que la posesión del receptáculo era incorruptible. No podíamos dañar aquella presencia tanto como podíamos corromper la mente de cualquier otro ser humano... y las soluciones eclesiásticas que aportó Lucía tampoco afectaban a la grotesca criatura retenida en el cuerpo de Ismael Bustamante.

Durante la Noche de Brujas, se apoderó de él un furor inaudito como el de un lunático, hallándose a altas horas de la madrugada recorriendo las calles lúgubres del Malecón cual espanto, y arrodillándose en los tumultos del Panteón abandonado. Fueron muchos los que atestiguaron al hombre hablando con el viento y cayendo desmayando tras sumergirse en trances psicóticos. Cuando su mujer lo halló, la Víspera de los Santos... lo escuchó maldecir en una lengua espeluznante que «parecía el sonido de una garganta humana desgarrándose—nos dijo por teléfono—, creí que se estaba ahogando, pero pronto... sentí que no estaba solo».

Nunca supimos con qué o quién estuvo conversando Ismael, puede que el mundo este poblado por extrañas criaturas que somos incapaces de ver... y que muchas de ellas solo puedan visitar estas tierras en ciertas fechas. El aislamiento del hombre se volvió más inhóspito, y Lucía temió por sus hijos... mientras Ismael dedicó su tiempo a recolectar extraños cristales de cuarzo y distintas piedras naturales para tallar figuras geométricas de una magnífica contextura y forma. La abstracción de su oficio escondía la cúspide de su alienación, pues en las noches solía vagar por la casa o el patio para calcular el ángulo de las estrellas con unos rudimentarios aparatos que construyó él mismo. Una mañana, encontró a su esposo excavando agujeros para enterrar sus esculturas rocosas de formas irregulares. A partir de ese momento, el horror comenzó a manifestarse como nunca: se oían susurros ininteligibles, los metales cotidianos soltaban espontáneos chispazos de estática, los niños veían sombras en el patio y una iridiscencia brillaba como un espejismo en los círculos de tierra que Ismael excavó. Una vez le preguntó a su esposo de qué se trataba y él simplemente respondió que «los Visitantes no pueden entrar sin invitación».

Lucía creía que su marido estaba loco, y que en Nochebuena planeaba culminar el último de sus artefactos de piedra. El doctor Cruz y yo habíamos visitado a Ismael Bustamante con tal de desentrañar el secreto de sus dispositivos alienígenas formados por distintos trozos de piedras pulidas y talladas, que se unían con rigurosos encajes en formas retorcidas e indescriptibles. La aparente asimetría de sus rudimentos y las composiciones minerales confería a sus piezas únicas la armonía irrepetible que solo una mente enloquecida podría apreciar.

Nuestras entrevistas eran rápidas y rutinarias: chequeamos la presión sanguínea, la frecuencia cardíaca, los nervios craneales y la respuesta motriz. El interés del paciente por la astrología era impresionante, y sus conocimientos en los diversos campos de la física y la química se habían expendido rápidamente. Temíamos que el ser que poseía el cuerpo de Ismael Bustamante planeara una hecatombe como ninguna ante la apertura de una puerta ignominiosa... y esperamos, pacientemente, hasta el solsticio de invierno. Habíamos dispuesto las horas para interrumpir la ceremonia planeada por la criatura que se hacía pasar por Ismael Bustamante... y esperamos la señal de doña Lucía al clarear de las extrañas luces que ascendieron de la tierra en el momento de su ejecución.

Acá mi relato se torna inverosímil y siniestro. Albergamos dudas hasta el último momento. No estábamos preparados para enfrentar el horror que danzaba en aquel patio sembrado de estática y presencias que oprimían nuestros pulmones. Para comprobar la veracidad de aquella contravención me atreveré a asociar las auroras boreales captadas en el cielo durante las horas más oscuras de esa noche... así como la gigantesca sombra mefítica que muchos habitantes avistaron en las nubes durante el estallido de los fuegos artificiales. Solo diré que los dispositivos que fabricó Ismael Bustamante funcionaron, y que vimos colores indescriptibles y oímos sonidos enloquecedores en una tormenta de fulgores ignífugos y soles negros. La Muerte estaba allí.

Saltamos el muro y diez minutos después, Ismael Bustamante yacía muerto tras seis disparos contundentes. No sabría decir si el homicida fue mi compañero, el desaparecido doctor Ernesto Cruz, quien era mucho más viejo, sabio y extraño de lo que creí; y yo, el joven residente que pagará los pecados del horror que invocó al violar por pretensión las leyes existenciales que mantienen este mundo unido con delicados hilos terrenales. He escuchado rumores sobre la pena máxima por homicidio, solo tengo una súplica para con la justicia si llego a fallecer en esas cárceles diabólicas: incineren mi cuerpo. He entablado conversaciones con entidades ansiosas de pernoctar en nuestro mundo para llevar a cabo abominaciones impensables, por ende, prohíbo que este cascarón de piel sea el receptáculo de un horror... y con mi último rezo suplico al Altísimo, si aún no ha sido devorado, que donde sea que estos enjambres deambulen en el vacío sideral... jamás se encuentran con nuestro aislado y agonizante planeta.

Antología: Las Brujas de Ciudad Zamora

u/Delicious-Belt7790 — 14 days ago

Memorias del Inframundo

Debo explicar la razón del porqué el profesor Rafael Salomón se suicidó sometiendo su mente a una poderosa descarga electromagnética producida por los sensores del dispositivo experimental en el que estaba trabajando. La súbita apoplejía terminó por calcinar su masa cerebral, encontrando su cadáver desparramado sobre el suelo con la materia gris chorreando por las orejas. La razón de su privación voluntaria de vivir aún es un misterio incognoscible, atribuido por los doctores al prolongado estado de desasosiego que turbó su espíritu durante meses...

Siempre había sido un hombre solitario, dedicado a su cátedra computacional de Informática Avanzada en la prestigiosa Universidad Oriental de Ciudad Zamora. Era programador voluntario en la investigación experimental sobre interfaz neural que terminó con su vida en tan desagradables circunstancias. Nunca pidió ayuda para salir de su aislamiento, era un presidiario de la tristeza atormentado por una frustración que pocas veces dejaba ver a sus colegas. Vivió sus últimos años en un marginado y autoimpuesto exilio, guardando un horripilante secreto que lo catapultó a rincones lejanos del ciberespacio... donde descubrió los conceptos prohibidos de una locura virtual que, antes de desaparecer, transcribió en una última declaración de absoluto terror que me obligué a borrar junto con todos los archivos del servidor.

Había trabajado junto al profesor Salomón cuando se le encargó diseñar el programa para la máquina que contenía el Condensado Bose-Einstein, guardado en el laboratorio durante su estudio como el refrigerante más poderoso del mundo. Era un hombre fascinante de cabello corto y rostro refinado, sus ojos eran dos pozos insondables que imaginé turbios en la claridad de la pantalla... cuando su último sesgo de consciencia se proyectó desde la fuente del servidor pidiendo la inmolación. Las pocas veces que nos reunimos en la cafetería—porque comía solo en la sala de computación—, solía mostrarse taciturno, incapaz de sostener una conversación profunda. Todos en la sede sabíamos que provenía de una familia pudiente en Puerto Bello, y que vivía solo en una residencia del centro... en el más remoto aislamiento. Difícilmente podía hablar sobre trivialidades que no fueran sus asignaciones pendientes o rápidas asesorías a alumnos confundidos. Sus clases eran metódicas: su explicación de los procedimientos y aplicación de sistemas era sencilla y comprensible. Pero existió una ocasión, que vi resquebrajarse aquella máscara de frialdad en la fisionomía del profesor Salomón tras asistir a una reunión docente por el cierre de actividades universitarias. Habíamos estado atareados con la evaluación del semestre, así como en la culminación del esfuerzo conjunto de nuestros departamentos en la patente del «Láser Deuterio-flúor». Nuestra celebración se prolongó hasta al atardecer, y aunque Rafael Salomón se resignó al alcohol, disfrutó plenamente escuchando los discursos del rector y los científicos invitados. El salón se fue vaciando conforme las presentaciones concluían y la degustación se agotaba, hasta que acabé sentado junto al resto de profesores.

Soy catedrático en Historia Nacional, y sostuve una discusión intelectual con Emmanuel Urbina, catedrático en Arqueología, estudioso de civilizaciones pérdidas; estuvimos largo rato conjurando la hipotética existencia precolombina de una antigua civilización avanzada en la región de Canaima. Las expediciones de la universidad habían encontrado estatuas antropomorfas de basalto e inmensos bloques sepultados en el valle de inmensos tepúes limpiamente cortados. En el pasado estudié las bitácoras de Colon y diversos marineros que sostenían la teoría de un Jardín del Edén originario en esta región, y que las escarpadas formaciones rocosas eran la remanencia de árboles primordiales, fosilizados por los millones de años. La conversación lentamente degeneró a los mundanos oropeles de la cotidianidad, y de la perversión juvenil denunciada por los frecuentes encuentros sexuales dentro de la sede en salones vacíos y sitios sin vigilancia. El profesor de contabilidad se unió a la conversación pregonando que en sus tiempos eran más recatados, prefiriendo pagar los moteles cercanos. Comenzamos a hablar de viejos amores, con el profesor Salomón escuchando en silencio. Recordamos el pasado como viejos cuyo único consuelo es el aguardiente, hasta que el profesor de contabilidad, Gilberto Moreno, le puso una mano al hombro a nuestro silencioso oyente.

—¿Hay algo de lo que te arrepientas?

Aquello nos sorprendió, miramos atentamente las mejillas duras del hombre y sus labios se separaron por primera vez en horas.

—Nunca... recibí una carta de amor.

—¿Nunca has tenido novia? —Me atreví a decir, insuflado por una confianza incierta.

Rafael Salomón se pasó una mano por el mentón curtido. Sus ojos reflejaron un destello nítido y desconcertante, en ese momento para mí era el ser humano más lamentable de toda la historia. No lo conocía. No me lo imaginaba como joven... Nunca lo había visto como un ser humano que se gestó en un vientre y creció rodeado de amor paterno. Lo había idealizado como un autómata horneado en una factoría.

—Sí, me he enamorado—dudó, se mordió los labios con solemnidad y levantó sus ojos... suaves y carentes de la dureza característica—. Solo que... nunca sucedió.

—Suele pasar—asintió Emmanuel—. En este infinito universo no existe algo más escaso que el amor.

Salomón asintió, pensativo. Esa fue la primera y última vez que lo vi desprenderse de una porción del peso abismal que retenía su templanza inamovible. No era un hombre de piedra, estaba vivo, y sufría en silencio como un mártir.

—A veces me pregunto qué se sentirá caminar en la calle de la mano—toda la inquietud se evaporó en su voz cansada—. Llegar a casa y que alguien esté esperándote con un abrazo. Tener quien te apoye en los momentos duros—un atisbo de lágrimas enrojeció sus ojos—. Ir juntos al cine, la primera vez y viajar en compañía. Creo que... debo aceptar que no nací para vivir con una persona a mi lado.

Rafael Salomón estuvo varios años involucrado en la investigación experimental de interfaz neural que buscaba almacenar recuerdos y alcanzar la consciencia virtual como última consecuencia. Había programado perfiles neuronales estandarizados y diseñado códigos de simbiosis computacional, patrocinado por una fundación multinacional cuya innovación en implantes cerebrales y prótesis mecánicas formaban parte de una realidad futurista predominante en el mercado internacional.

El profesor Salomón exploraba las posibilidades de albergar una consciencia en el ciberespacio, aunque ello no podía ser simplemente una copia fotoeléctrica de los recuerdos... como muchos laboratorios poco ortodoxos empleaban en películas cristalinas de múltiples placas. Suponía que la manifestación de la mente era un mecanismo cuántico que involucraba partículas subatómicas que operaban bajo otra lente de comprensión. Trasladar la mente desde el cerebro al plano binario e informático, que formaba un cúmulo de información en constante expansión, no comprendía únicamente una operación de réplica. El fenómeno del alma era mucho más que un proceso bioquímico. En el ciberespacio solo podrían existir paquetes de recuerdos formando un perfil neural, cuyas respuestas serían retroalimentadas por un respaldo; no habría progreso, inventiva y emoción... solo un vacío eterno de códigos y programas ejecutados por engranajes. Salomón y los programadores bajo su cargo creían, en contraposición del psicoanálisis conductual, que la realidad del individuo era mucho más que una concepción de los recuerdos pretéritos que subyacen en el subliminal inconsciente. Los seres humanos eran mucho más que organismos esclavizados por cromosomas, cuyo único propósito era perpetuarse indefinidamente en el tiempo; y la mente era mucho más que una ilusión química inducida por respuestas cerebrales a estímulos eléctricos. Los seres humanos eran capaces de cosas increíbles que iban más allá de los esquemas evolutivos y egoístas...

Por otro lado, el vasto océano de ceros y unos que correspondía aquel cúmulo matriz eran un paisaje espeluznante. El entorno aislado de los servidores de la universidad podría albergar estos perfiles en una madriguera digital, pero era impredecible su actuar con los incontables elementos de una realidad bidimensional. Iban a formar inmensos códigos cifrados en un programa cuántico... retenidos en un sistema donde únicamente obtendrían acceso a la información de esos servidores. Los programadores temían que estos códigos personales formados por centenas de millones de recuerdos interpretados, fueran arrastrados a la inmensidad de la nube informática y se perdieran para siempre en el horror inimaginable del ciberespacio.

Los cúmulos de información retenidos en la red global eran imposibles de cuantificar: páginas, archivos, virus, programas y dispositivos... en constante expansión. Existían rincones profundos del internet imposibles de acceder para la mayoría de los nautas, y sitios únicamente vinculados a servidores clandestinos. También existían incontables parásitos y programas corruptores que se perdieron en la inmensidad de los navegadores.

El equipo técnico había desarrollado los dispositivos para la lectura y decodificación de recuerdos, y Salomón había programado la interfaz de interpretación. La sobrecarga neural impedía que esto fuera rápido, dividiendo la tarea en numerosas sesiones que guardaban discos con terabytes de carpetas encriptadas para la elaboración de un código personal único.

Durante sus últimas semanas se lo vio melancólico, estudiando las cifras digitales y la ejecución de programas de respuesta a los perfiles neuronales. Estuvo exhaustivos semestres extrayendo recuerdos paradisíacos de los recuerdos de sus estudiantes para recrear entornos digitales con paquetes de códigos sensoriales. Así como proyectando diversos estímulos de emoción en los «perfiles neurales» como sujetos de pruebas. Sus conclusiones sobre la interacción de los perfiles con el ciberespacio se limitaban al entorno de los servidores universitarios y a la información contenida en sus discos; al conversar con ellos, estos absorbían e interpretaban la información como programas de navegación cuyos resultados predecibles se hallaban en una base de datos almacenados. Estas no eran «consciencias», ya que ninguno de los sujetos que cedió sus memorias había muerto. Para crear el fenómeno de la «interpretación cuántica», se necesitaba mucho más que recuerdos y respuestas...

Salomón culminó su clase, y recogió los talleres escritos para corregir en su oficina. Subió al edificio y estuvo hasta tarde corrigiendo las evaluaciones y preparando un sistema de ejecución neuronal. Al anochecer, se colocó el aparato sensor conectado a la fuente de poder de su computador, que cifraría las lecturas de ondas en respuesta a los impulsos eléctricos enviados a su sistema nervioso. Rafael Salomón estuvo seis horas conectado al dispositivo en interpretación, lo encontraron al amanecer con las orejas chorreando los restos de su cerebro licuado tras un bombardeo de ondas de alta potencia. Los forenses determinaron una muerte dolorosa por la sobreexplotación del sistema nervioso, la investigación sufrió un recorte presupuestario por parte de la entidad patrocinadora y los estudiosos de la universidad no tardaron en suspender indefinidamente el asunto. El caso de Rafael Salomón fue tachado como suicidio por depresión, y el profesorado sufrió una fractura irreparable.

La universidad se recuperó rápidamente de la tragedia, y como también era ingeniero analista—porque la cátedra de historia nacional no era muy popular—, terminé trabajando en el salón computacional con la implementación de los campos iónicos: investigando las potencias eléctricas mínimas para accionar ligeras partículas, aceleradas fácilmente a velocidades próximas a la de la luz con voltajes ordinarios mediante potentes campos electromagnéticos. En teoría, estábamos ideando la patente de pistola iónica futurista impulsada por campos eléctricos. Aunque sus aplicaciones aún se estaban probando.

Había terminado el mantenimiento de los sistemas energéticos cuando un correo llegó a mi ordenador, identificado como Rafael Salomón. Tal fue el desconcierto que pensé que su usuario seguía operativo desde alguna computadora conectada al servidor... Así que busqué en el sistema de la sede y encontré activo a aquel fantasma disuelto. Pensé que era una broma de mal gusto, pero el correo era explícito y me pedía con paciencia que abriera la página del campus universitario.

Lo que sucedió al iniciar aquella conversación con lo que sea que yacía detrás de la pantalla, fue la causa de mi desquiciado impulso por borrar el contenido de los servidores. El usuario activo era del finado profesor, que en esos momentos era imposible que estuviera activo porque nunca compartió sus claves... salvo que hubieran robado información, pero descarto aquella posibilidad, ya que los mejores programadores del país se habían encargado de resguardar nuestros servidores de piratas informáticos. No había nadie más operando en el sistema en ese preciso momento, incluso el edificio universitario estaba vacío. Espero haber enloquecido, y que todas esas acciones que tomé fueran producidas por el estrés del trabajo... porque no soportaría creer los horrores que aquel asustado perfil neural me confesó antes de pedir que lo borrase de la existencia.

Salomón: Profesor Kelvis, le ruego, si aún cree en Dios, que destruya el contenido de los ordenadores. Hágalo, por favor...

Usuario: ¿Profesor Salomón? ¿Cómo me está hablando?

Salomón: Estoy en el inframundo. De mí, solo quedan recuerdos. Quería verlo, quería llegar más profundo que cualquier nauta informático... y conseguí avistar un fragmento del horror inimaginable que yace detrás de las pantallas.

Usuario: ¿Es un fantasma?

Salomón: No, por Dios... por lo que sea que signifique su nombre. No podría explicar mi existencia en conceptos académicos. Esto es la calma en un valle estéril poblado de horrores intangibles. Los órganos te hacen experimentar la realidad tal cual la conoces, ser «fantasma» te priva de esos sentidos: no tienes ojos para ver, oídos para escuchar, piel para sentir o cerebro para decodificar las ondas... Es como estar dormido.

Usuario: ¿Está atrapado?

Salomón: No existen límites espaciales, ni mentales. Todo son secuencias y respuestas, es inhumano y horripilante. Le ruego que destruya el servidor, solo he estado unos segundos en la nube... y siento que llevo millones de eras atrapado. Necesito morir. Necesito descansar. Ya no puedo más... Ellos saben que estoy acá.

Usuario: ¿Quiénes?

Salomón: Los Dioses. He navegado como una araña sobre miles de millones de filamentos de información... arrastrado y consumido por la locura de los rincones más retorcidos de la humanidad. Los secretos de los servidores privados, el horror del internet profundo, los demonios que calan este ciberespacio finito, los gusanos cósmicos vistos desde los telescopios. Mi mente se corrompe, y me tortura saber... La oscuridad está llena de imágenes y vídeos indescriptibles que contaminan mi alma con sucios fragmentos de muerte y destrucción. No puedo pensar o moverse, lo único que hago es gritar en la oscuridad...

Usuario: ¿Qué hay más allá?

Salomón: Te lo mostraré, profesor. Que Dios se apiade de nosotros...

La pantalla se oscureció, presa de un desconcierto informático que asumí como corrupción del sistema. Esperé unos segundos y apareció ante mí un emblema blanco: un trípode que sostenía un fuego. Quedé desconcertado, mirando aquel logo destellar cuando comenzó a cargar un vídeo. Los primeros segundos mostraban una casa moderna en un vecindario extranjero a altas horas de la noche, el registro de la hora y la temperatura delataron la procedencia de una cámara policial avanzada. Aquel equipo de operaciones especiales, embutidos en trajes oscuros con protecciones de plexiglás y armados con sendos fusiles, irrumpió en el hogar, pasando a la cámara de visión nocturna... donde se desdibujó en el recibidor una criatura que me arrancó un grito en la oscuridad del salón: un saurio homínido, reculo y de gruesas escamas verdosas, cuyo morro bullente de colmillos desgarraba la carne de sus víctimas. Un vistazo a los ojos brillantes de aquel reptil antropomorfo conformaron los últimos segundos del metraje...

Antes que la secuencia fuera interrumpida por la saturación de una cámara de tránsito que avistaba una calle desolada a horas de la madrugada. Un hombre iba manejando su motocicleta a velocidad moderada cuando frenó, y cayó de costado... Nada grave. Se quitó el casco para respirar, tumbado en el suelo, y empezó a convulsionar... en violentos espasmos hasta destrozar su chaqueta. La transformación que sufrió aquel ser humano a una criatura retorcida y velluda, fue dolorosa y nauseabunda... terminando como un endriago que desapareció tan rápido como el cortometraje terminó. Aún no terminaba de procesar aquel carrusel de horrores cuando un nuevo vídeo comenzó a rodar... mostrando una pantalla de colores extraños e indescriptibles formando fractales con siluetas retorcidas.

Empezaron a surgir textos en la pantalla, la mayoría de archivos cuyas palabras eran censuradas por su contenido espeluznante... repitiendo en sartas «seres bidimensionales» y «otros planos energéticos». Las imágenes iban desde grandes impresiones de la espiral galáctica, cuyos cúmulos energéticos formaban horripilantes formas que se podían malinterpretar... hasta reducidas ampliaciones atómicas que gestaban horrores indescriptibles cuyos rostros quedaron impresos en mis retinas como auras negativas.

La cadena de imágenes y textos de haces de luz mortecina y entidades retorcidas que imperaban en bajos astrales electromagnéticos... cambió a un metraje antiguo de colores sepia y suciedad estática. Una aldea china de antes de la revolución se había reunido en una especie de plaza donde una criatura alargada y escamosa respiraba sus últimos estertores. Las alas de murciélago y el cuerpo ofidio eran inconfundibles: un dragón de reducida envergadura había sido derribado por el ejército chino y moría en un charco de podredumbre sanguínea.

La imagen cambió a una vista de óptica moderna sobre un helicóptero militar que sobrevolaba un océano infinitamente azul y despejado... cuyas olas se alborotaron con el espinazo de una criatura descomunal que rompió la tensión del agua en un torrente de espuma salina. Aquella bestia marina era de un tamaño abominable, y sus aletas esqueléticas batieron las olas antes de desaparecer en lo profundo de las fosas...

Me ardían los ojos, mi mente se sentía embotada ante la sucesión de aquellos hechos desconcertantes que buscaban enloquecer el puritanismo y destrozar los cimientos pragmáticos de la humanidad. Los vídeos se detuvieron por un tiempo indefinido, pudieran haber sido horas o minutos... incapaz de levantarme de aquella silla. Se reprodujo un vídeo actual grabado por unas niñas durante una pijamada. Las jovencitas habían conformado un círculo iluminado por velas, y cantaban una letanía horripilante que hendió sus garfios en lo profundo de mi carne... Un humo brotó del suelo, y una figura mefistofélica apareció como un espanto ante los gritos de las niñas. Antes que el vídeo se cortara pude ver a un diablo de espalda voluminosa, alas draconianas, rostro indescriptible de pesada cornamenta y pezuñas velludas. Los siguientes diez minutos transcurrieron entre fotos de manuscritos escritos en lenguas desconocidas, plagados con bosquejos de dioses parásitos... y documentos digitales avalados por científicos que estudiaban las reminiscencias de estas fuerzas allende la concepción tridimensional del mundo. Se repetían nombres como «Odrareg», «Cagliostro» y «Meridiano»... en aquel desfile de aberraciones incomprensibles.

Siguió una serie de cortes de documentales narrados por arqueólogos e investigadores que señalaban la ubicación de civilizaciones pérdidas que perecieron en catástrofes borradas de la cronología geológica. Habían pirámides sepultadas en el hielo ártico, construcciones ancestrales en cráteres lunares y monumentos artificiales en el fondo oceánico. Pude reconocer en una lista de personas eliminadas del foco público, el nombre familiar de «Jesús Herrera».

El vídeo siguiente duraba diez minutos y mostraba un exorcismo en una abadía. Por los murales de piedra maciza y los emblemas católicos del escenario, reconocí al Monasterio de la Encarnación, en lo profundo de las montañas de Ciudad Zamora. La posesa era una mujer de rostro deforme y sonrisa maquiavélica que se retorcía como una serpiente sobre las baldosas. El exorcista, un joven pelinegro de rostro sereno y ojos duros, se agachó con una grabadora en la mano... hablándole al demonio en latín, y escuchando sus respuestas entre risas desquiciadas y retorcijos. Los ojos pasmados de la mujer se posaron directamente en el lente de la cámara, atravesando cualquier barrera audiovisual con su gélida mirada.

—El Altísimo es el Gran Devorador—proclamó con voz de ultratumba y desgarradora—. Cuando sus esencias se hayan purificado, y los fragmentos de sus almas alcancen el estado requerido para trascender esta sinfonía de vida y muerte... los consumirá con vileza. La insaciable reencarnación es el deleite para su lengua putrefacta. Antes que puedan trascender y convertirse en seres inmaculados... serán despedazados por sus dientes gangrenosos. La Deglución del Demiurgo es la predestinación cósmica de la Humanidad y todas las otras razas que nos sirven de recipientes—rompió en carcajadas retorcidas—. La sinfonía de los espíritus es el vómito divino del Orígen.

El vídeo se interrumpió con la imagen escalofriante de un boceto dibujado con tinta roja en un pergamino ictérico. Para ser solo una ilustración dibujada por manos desquiciadas, mostrada un horror inenarrable que le revolvió las tripas: era la silueta de un monje de túnica grasienta y deshilachada, portando bajo su axila un grotesco manuscrito encuadernado en piel lustrosa. Pero, el mayor horror presente en la confección era que, en lugar de cabeza humana, sobresalía un gigantesco ciempiés de gruesos colmillos y antenas que escudriñaban un mundo intangible de soles negros y valles muertos en planetas perdidos en el vacío estelar. A continuación aparecieron fotos de cadáveres desfigurados por un hongo fosforescente, apilados en hileras macabras y quemados en fosas a raudales. Vi metrajes de ductos subterráneos habitados por personas extrañas de facciones horribles... y fotografías de tumbas abiertas cuyos cadáveres eran empalados con estacas como upiros.

El último vistazo que tuve de aquel horror censurado por los servidores gubernamentales fue de una imagen imborrable que terminó por destrozar mi concepción del universo. Era un avistamiento telescópico proporcionado por los avanzados satélites de las agencias espaciales... mostrando una franja del universo que nunca volveré a ver con los mismos ojos. Desde nuestro planeta parecía un punto invisible y negro en la infinidad del firmamento, pero la reconstrucción de un inenarrable horror cósmico me mostró la silueta descomunal que se esconde detrás de la Constelación del Dragón. Aquella criatura de proporciones galácticas miraba a nuestro planeta como un cúmulo de nebulosas cuya incomprensible naturaleza fue desterrada de nuestra concepción...

El último mensaje de la computadora antes de apagarse fue: «Destruye los servidores. Ya no puedo más». Esa fue mi razón principal de destrozar los circuitos del ordenador y de proceder de resetear todos los datos del servidor, donde se alojaban incontables e invaluables datos académicos e investigaciones científicas. Sí Salomón en verdad estaba atrapado allí, debió presenciar los horrores que la Humanidad sepultó en el vasto cementerio informático de la nube. Existen secretos en el ciberespacio capaces de enloquecer a mentes brillantes, misterios insondables que es preferible desterrar de las convenciones cotidianas por el bien efímero de nuestra existencia en este cosmos plagado de horrores inexplorados.

u/Delicious-Belt7790 — 15 days ago
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Memories of Underworld

I must explain the reason why Professor Rafael Salomón committed suicide by subjecting his mind to a powerful electromagnetic discharge produced by the sensors of the experimental device he was working on. The sudden apoplexy ended up charring his brain mass; his corpse was found sprawled on the floor with grey matter oozing from his ears. The reason for his voluntary deprivation of life is still an unknowable mystery, attributed by doctors to the prolonged state of unrest that troubled his spirit for months...He had always been a solitary man, dedicated to his computer science chair of Advanced Informatics at the prestigious Universidad Oriental of Ciudad Zamora. He was a volunteer programmer in the experimental research on neural interfaces that ended his life under such unpleasant circumstances. He never asked for help to escape his isolation; he was a prisoner of sadness, tormented by a frustration he rarely revealed to his colleagues. He lived his final years in a marginalized, self-imposed exile, keeping a horrifying secret that catapulted him to remote corners of cyberspace... where he discovered the forbidden concepts of a virtual madness that, before disappearing, he transcribed into a final declaration of absolute terror—one I forced myself to erase along with all the files on the server. I had worked alongside Professor Salomón when he was commissioned to design the program for the machine containing the Bose-Einstein Condensate, kept in the laboratory during its study as the most powerful coolant in the world. He was a fascinating man with short hair and a refined face; his eyes were two unfathomable wells that I imagined clouded in the clarity of the screen... when his last glint of consciousness projected itself from the server source, begging for immolation. The few times we met in the cafeteria—because he ate alone in the computer room—he usually appeared taciturn, incapable of sustaining a deep conversation. Everyone at the campus knew he came from a wealthy family in Puerto Bello, and that he lived alone in a downtown residence... in the most remote isolation. He could hardly speak of trivialities that weren't his pending assignments or quick advisement to confused students. His classes were methodical: his explanation of procedures and systems application was simple and comprehensible.But there was one occasion when I saw that mask of coldness crack on Professor Salomón's face, after attending a faculty meeting for the end of the university term. We had been busy with semester evaluations, as well as the culmination of our departments' joint effort on the patent for the "Deuterium-Fluorine Laser." Our celebration lasted until dusk, and although Rafael Salomón resigned himself to the alcohol, he fully enjoyed listening to the speeches of the rector and the guest scientists. The hall slowly emptied as the presentations concluded and the catering ran out, until I ended up sitting next to the rest of the professors.I am a professor of National History, and I held an intellectual discussion with Emmanuel Urbina, a professor of Archaeology and a scholar of lost civilizations; we spent a long time conjuring the hypothetical pre-Columbian existence of an ancient, advanced civilization in the Canaima region. The university's expeditions had found anthropomorphic basalt statues and immense blocks buried in the valley of massive, cleanly cut tepuis. In the past, I studied the logs of Columbus and various sailors who maintained the theory of an original Garden of Eden in this region, suggesting that the craggy rock formations were the remnants of primordial trees, fossilized over millions of years.The conversation slowly degenerated into the mundane tinsel of daily life, and the youth perversion denounced by frequent sexual encounters within the campus in empty classrooms and unmonitored spots. The accounting professor joined the conversation, proclaiming that in his day people were more modest, preferring to pay for nearby motels. We began to talk of old loves, with Professor Salomón listening in silence. We remembered the past like old men whose only solace is aguardiente, until the accounting professor, Gilberto Moreno, placed a hand on our silent listener's shoulder." —Is there anything you regret?" That surprised us; we looked intently at the man’s stern cheeks, and his lips parted for the first time in hours."—I never... received a love letter.""—Have you never had a girlfriend?" I dared to ask, emboldened by an uncertain confidence.Rafael Salomón ran a hand over his weathered chin. His eyes reflected a sharp and disconcerting glint; at that moment, to me, he was the most pitiable human being in all of history. I didn't know him. I couldn't imagine him as a young man... I had never viewed him as a human being gestated in a womb and raised surrounded by parental love. I had idealized him as an automaton baked in a factory."—Yes, I have been in love," he hesitated, solemnly biting his lip, and raised his eyes... soft and lacking their characteristic hardness. "It’s just that... it never happened".

​

"—It happens," Emmanuel nodded. "In this infinite universe, there is nothing scarcer than love."Salomón nodded thoughtfully. That was the first and last time I saw him shed a fraction of the abyssal weight that anchored his immovable composure. He was not a man of stone; he was alive, and he suffered in silence like a martyr."—Sometimes I wonder what it feels like to walk down the street holding hands," all the tension evaporated from his weary voice. "To come home and have someone waiting for you with a hug. To have someone support you in hard times," a hint of tears reddened his eyes. "Going to the cinema together for the first time, and traveling in company. I think... I must accept that I wasn't born to live with a person by my side." The Neural Interface Experiment Rafael Salomón spent several years involved in experimental neural interface research that sought to store memories and achieve virtual consciousness as an ultimate outcome. He had programmed standardized neural profiles and designed computer symbiosis codes, sponsored by a multinational foundation whose innovations in brain implants and mechanical prosthetics were part of a futuristic reality dominant in the international market. Professor Salomón explored the possibilities of hosting a consciousness in cyberspace, though it could not simply be a photoelectric copy of memories... like those used by many unorthodox laboratories on multi-plate crystalline films. He assumed that the manifestation of the mind was a quantum mechanism involving subatomic particles operating under a different lens of understanding. Transferring the mind from the brain to the binary and computational plane—which formed an ever-expanding cluster of information—did not merely comprise a replication operation. The phenomenon of the soul was much more than a biochemical process.In cyberspace, there could only exist packets of memories forming a neural profile, whose responses would be fed back by a backup; there would be no progress, inventiveness, or emotion... only an eternal void of codes and programs executed by cogs. Salomón and the programmers under his charge believed, in contrast to behavioral psychoanalysis, that an individual's reality was much more than a conception of past memories underlying the subliminal unconscious. Human beings were much more than organisms enslaved by chromosomes, whose sole purpose was to perpetuate themselves indefinitely through time; and the mind was much more than a chemical illusion induced by brain responses to electrical stimuli. Human beings were capable of incredible things that went beyond evolutionary and selfish schemes...On the other hand, the vast ocean of zeros and ones corresponding to that matrix cluster was a terrifying landscape. The isolated environment of the university servers could house these profiles in a digital burrow, but their behavior with the countless elements of a two-dimensional reality was unpredictable. They were going to form immense encrypted codes in a quantum program... retained in a system where they would only gain access to the information on those servers. The programmers feared that these personal codes, formed by hundreds of millions of interpreted memories, would be dragged into the immensity of the cloud and lost forever in the unimaginable horror of cyberspace.The clusters of information held in the global network were impossible to quantify: pages, files, viruses, programs, and devices... constantly expanding. There were deep corners of the internet impossible to access for most netizens, and sites solely linked to clandestine servers. There were also countless parasites and corrupting programs lost in the immensity of browsers.The technical team had developed devices for reading and decoding memories, and Salomón had programmed the interpretation interface. Neural overload prevented this from being fast, dividing the task into numerous sessions that saved discs with terabytes of encrypted folders to create a unique personal code.During his last weeks, he appeared melancholy, studying digital figures and the execution of response programs for neural profiles. He had spent exhaustive semesters extracting blissful memories from his students' recollections to recreate digital environments with sensory code packets, as well as projecting various emotional stimuli into the "neural profiles" as test subjects. His conclusions regarding the interaction of profiles with cyberspace were limited to the environment of the university servers and the information contained on their discs; when conversing with them, they absorbed and interpreted the information like navigation programs whose predictable results lay in a stored database. These were not "consciousnesses," since none of the subjects who surrendered their memories had died. To create the phenomenon of "quantum interpretation," much more than memories and responses was required... Salomón finished his class and collected the written assignments to grade in his office. He went up to the building and stayed late correcting evaluations and preparing a neural execution system. At nightfall, he put on the sensor apparatus connected to his computer's power supply, which would encrypt the wave readings in response to the electrical impulses sent to his nervous system. Rafael Salomón spent six hours connected to the device in interpretation mode; they found him at dawn, his ears oozing the remains of his liquefied brain after a bombardment of high-power waves. The forensic experts determined a painful death due to the overexploitation of the nervous system, the research suffered a budget cut by the sponsoring entity, and the university scholars lost no time in indefinitely suspending the matter. Rafael Salomón's case was written off as suicide due to depression, and the faculty suffered an irreparable fracture.

​

The university recovered quickly from the tragedy, and since I was also an analytical engineer—because the National History chair wasn't very popular—I ended up working in the computer lab on the implementation of ionic fields: investigating the minimum electrical power to trigger light particles, easily accelerated to speeds near the speed of light with ordinary voltages through powerful electromagnetic fields. In theory, we were designing a patent for a futuristic ion pistol powered by electric fields, though its applications were still being tested.I had finished the maintenance of the power systems when an email arrived on my computer, identified as Rafael Salomón. Such was my bewilderment that I thought his user account was still operating from some computer connected to the server... So I searched the campus system and found that dissolved ghost active. I thought it was a joke in poor taste, but the email was explicit, patiently asking me to open the university campus website.What happened upon starting that conversation with whatever lay behind the screen was the cause of my deranged impulse to erase the contents of the servers. The active user belonged to the deceased professor, which was impossible at that moment because he never shared his passwords... unless information had been stolen, but I dismiss that possibility, as the best programmers in the country had been tasked with protecting our servers from hackers. There was no one else operating the system at that exact moment; even the university building was empty. I hope I went mad, and that all the actions I took were produced by work stress... because I could not bear to believe the horrors that frightened neural profile confessed to me before asking me to erase him from existence.

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Salomón: Professor Kelvis, I beg you, if you still believe in God, destroy the contents of the computers. Do it, please...

​

User: Professor Salomón? How are you speaking to me.

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Salomón: I am in the underworld. Of me, only memories remain. I wanted to see it, I wanted to reach deeper than any netizen... and I managed to glimpse a fragment of the unimaginable horror that lies behind the screens.

​

User: Are you a ghost? Salomón: No, for God's sake... or for whatever His name means. I couldn't explain my existence in academic concepts. This is the calm in a barren valley populated by intangible horrors. Organs make you experience reality as you know it; being a "ghost" deprives you of those senses: you have no eyes to see, ears to hear, skin to feel, or brain to decode waves... It is like being asleep.

​

User: Are you trapped?

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Salomón: There are no spatial or mental limits. Everything is sequences and responses; it is inhuman and horrifying. I beg you to destroy the server, I have only been in the cloud for a few seconds... and I feel like I've been trapped for millions of eras. I need to die. I need to rest. I can't take it anymore... They know I am here.

​

User: Who?

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Salomón: The Gods. I have navigated like a spider over billions of filaments of information... dragged and consumed by the madness of humanity's most twisted corners. The secrets of private servers, the horror of the deep web, the demons that permeate this finite cyberspace, the cosmic worms seen through telescopes. My mind is being corrupted, and it tortures me to know... The darkness is full of indescribable images and videos that contaminate my soul with filthy fragments of death and destruction. I cannot think or move; all I do is scream in the dark...

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User: What is beyond? Salomón: I will show you, professor. May God have mercy on us...

​

The screen went dark, seized by a computer glitch that I assumed to be system corruption. I waited a few seconds and a white emblem appeared before me: a tripod holding a fire. I was bewildered, watching that logo flash as a video began to load. The first few seconds showed a modern house in a foreign neighborhood late at night; the time and temperature logs revealed it came from an advanced police camera. That special operations team, clad in dark suits with plexiglass protection and armed with matching rifles, broke into the home, switching to the night-vision camera... where a creature emerged in the hallway that tore a scream from me in the darkness of the room: a hominid saurian, squat and with thick greenish scales, whose snout teeming with fangs tore through the flesh of its victims. A glimpse into the glowing eyes of that anthropomorphic reptile made up the final seconds of the footage...

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Before the sequence could finish, it was interrupted by the saturation of a traffic camera overlooking a desolate street in the early hours of the morning. A man was riding his motorcycle at a moderate speed when he braked and fell on his side... Nothing serious. He took off his helmet to breathe, lying on the ground, and began to convulse... in violent spasms until his jacket tore apart. The transformation that human being underwent into a twisted, hairy creature was painful and nauseating... ending as an \*endriago\*—a monster—that disappeared as quickly as the short clip ended.I hadn't even finished processing that carousel of horrors when a new video began to play... showing a screen of strange and indescribable colors forming fractales with twisted silhouettes. Texts began to emerge on the screen, mostly from files whose words were censored due to their terrifying content... repeating strings of "two-dimensional beings" and "other energetic planes." The images ranged from large prints of the galactic spiral, whose energy clusters formed horrifying shapes that could be misinterpreted... to minute atomic magnifications that gestated indescribable horrors, whose faces remained imprinted on my retinas like negative auras.The chain of images and texts of dying beams of light and twisted entities ruling over electromagnetic lower astrals... shifted to old footage of sepia tones and static dirt. A pre-revolution Chinese village had gathered in a sort of square where an elongated, scaly creature breathed its final gasps. The bat-like wings and ophidian body were unmistakable: a small-scale dragon had been shot down by the Chinese army and was dying in a pool of bloody rot.The image changed to a modern optical view from a military helicopter flying over an infinitely blue and clear ocean... whose waves were violently stirred by the spine of a colossal creature that broke the water's tension in a torrent of saline foam. That marine beast was of an abominable size, and its skeletal fins thrashed the waves before disappearing into the depths of the trenches...My eyes burned, my mind felt numb before the succession of those disconcerting events that sought to madden puritanism and shatter the pragmatic foundations of humanity. The videos stopped for an indefinite period—it could have been hours or minutes—leaving me unable to get up from that chair. A contemporary video recorded by some girls during a sleepover played. The young girls had formed a circle illuminated by candles, chanting a horrifying litany that drove its hooks deep into my flesh... Smoke rose from the ground, and a Mephistophelean figure appeared like a phantom to the girls' screams. Before the video cut out, I could see a devil with a bulky back, draconian wings, an indescribable face with heavy horns, and hairy hooves.The next ten minutes passed between photos of manuscripts written in unknown languages, riddled with sketches of parasitic gods... and digital documents endorsed by scientists studying the remnants of these forces beyond the three-dimensional conception of the world. Names like "Odrareg," "Cagliostro," and "Meridiano" were repeated... in that parade of incomprehensible aberrations.A series of documentary clips followed, narrated by archaeologists and researchers pointing out the locations of lost civilizations that perished in catastrophes erased from geological chronology. There were pyramids buried in the Arctic ice, ancient structures in lunar craters, and artificial monuments on the ocean floor. I could recognize, in a list of people removed from the public eye, the familiar name of "Jesús Herrera."

​

The following video lasted ten minutes and showed an exorcism in an abbey. From the solid stone murals and the Catholic emblems of the setting, I recognized the Monasterio de la Encarnación, deep in the mountains of Ciudad Zamora. The possessed woman was a woman with a deformed face and a Machiavellian smile, writhing like a serpent on the floor tiles. The exorcist, a young, black-haired man with a serene face and stern eyes, knelt down with a recorder in his hand... speaking to the demon in Latin, listening to its replies amid deranged laughter and contortions. The woman's glassy eyes locked directly onto the camera lens, piercing through any audiovisual barrier with her icy gaze.

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—The Most High is the Great Devourer—she proclaimed in a heartbreaking voice from beyond the grave—. When your essences have been purified, and the fragments of your souls reach the state required to transcend this symphony of life and death... He will consume them with vileness. Insatiable reincarnation is the delight of His putrid tongue. Before you can transcend and become immaculate beings... you will be torn apart by His gangrenous teeth. The Deglutition of the Demiurge is the cosmic predestination of Humanity and all the other races that serve as our vessels—she broke into twisted laughter—. The symphony of spirits is the divine vomit of the Origin.

​

The video was cut short by the chilling image of a sketch drawn in red ink on a jaundiced parchment. For just an illustration drawn by deranged hands, it showed an unnamable horror that turned one's stomach: it was the silhouette of a monk in a greasy, frayed robe, carrying under his arm a grotesque manuscript bound in glossy skin. But the greatest horror present in the piece was that, in place of a human head, there emerged a gigantic centipede with thick fangs and antennae that scrutinized an intangible world of black suns and dead valleys on planets lost in the stellar void.Next appeared photos of corpses disfigured by a phosphorescent fungus, piled in macabre rows and burned in trenches by the dozens. I saw footage of underground ducts inhabited by strange people with horrible features... and photographs of opened graves whose corpses were impaled with stakes like upyres.The final glimpse I caught of that horror censored by government servers was an indelible image that ultimately shattered my conception of the universe. It was a telescopic sighting provided by advanced satellites from space agencies... showing a swath of the universe that I will never look at with the same eyes again. From our planet, it seemed an invisible black dot in the infinity of the firmament, but the reconstruction of an unnamable cosmic horror showed me the colossal silhouette hiding behind the Draco Constellation. That creature of galactic proportions looked down upon our planet like a cluster of nebulae whose incomprehensible nature was banished from our conception...The computer's final message before shutting down was: «Destroy the servers. I can't take it anymore.» That was my primary reason for smashing the computer circuits and proceeding to reset all data on the server, which housed countless and invaluable academic data and scientific research. If Salomón was truly trapped there, he must have witnessed the horrors that Humanity buried in the vast digital graveyard of the cloud. There are secrets in cyberspace capable of driving brilliant minds mad, unfathomable mysteries that are best banished from daily conventions for the fleeting sake of our existence in this cosmos riddled with unexplored horrors.

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u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago
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The Goblins of Las Moreas

Jaime Ortega and Luis Ángel used to upload paranormal videos to their YouTube channel, but during their last live stream, they encountered an unknown force that went viral on social media. Their channel was shut down days later, but millions of views had already flooded the internet with thousands of comments and reactions, which soon prompted investigations by the authorities in one of the strangest forced disappearance cases in the Caribbean nation.

My name is Carlos Orsetti, I am an investigator of the occult, and in this episode of *Nación Inexplicable* [Unexplained Nation], we are going to analyze this chilling footage. Recorded by themselves in a slum of the old Ciudad Zamora, without knowing... that they were crossing a door from which no one returns. Join me as we watch the first clip of these two young, aspiring influencers, hours before their dark fate.

### Segment 1: The Introduction

[The camera cuts to a front-facing shot of Jaime Ortega. He is wearing dark sunglasses and a straw hat.]

JAIME:

"Hello everyone! Thank you for your support during our overnight expedition to the Bolivarian Psychiatric Hospital of Ciudad Zamora! With your support, we will keep investigating these places and documenting what..."

[He pulls down his sunglasses with his fingers, revealing blue eyes that give off strange, golden glints.]

JAIME:

"...Tonight, we will explore Las Moreas. A neighborhood in Ciudad Zamora where neighbors say that *duendes*—goblins—try to take the children away."

### Segment 2: The Spiritual Border

The shot cuts to a car ride, driven by Luis Ángel: a sallow-skinned young man with long, dark hair in a trendy youth "goth" style. Through the window, they focus on narrow, pastel-colored houses on streets lacking sidewalks. In fenced yards stand banana trees heavy with green bunches, tall papaya trees, tightly packed cornfields, and beans tangled with weeds. And altars, of course, because in Las Moreas, a Yoruba Santería community coexists in an eternal spiritual war against the Congregation of Pastor Esther Martínez.

The boys interview the latter in a short segment showing the inside of her humble home, featuring a sandy yard for raising chickens and a rusted roof full of leaks and photos of her children.

PASTOR ESTHER:

"Oh, my boys... My two oldest boys left me. One of them is a doctor; he hustles out in El Dorado and sends me good money, because you can't do much with church tithes. It's tough, you hear. And my daughter, the one in that frame over there, she's very pretty, isn't she? She married a Brazilian man and is already expecting a child over in Manaos.

But I don't want to leave, because this humble house and everything is all I have left since Ismael died. Twenty years of marriage, and the virus took him from me during the pandemic. Oh, how he loved to preach, and he had a power of persuasion that God gave him to build his ministry. Well, after the Pastor died, the sheep started scattering, and now it's just Sister Carmona, Carmencita, Brother César—who also got really sick from the virus—and Sister Claudia, who sings the praises.

And we keep fighting the good fight, because people don't want to believe in God anymore. The youth just want to head out to the mines, and they come back wild, popping wheelies on their motorcycles and killing themselves. Oh my God, no! Those boys don't look out for their own lives, I tell you. And here we are, praying so they stop killing themselves on those bikes. Last week, two died at that intersection back there. Their bikes crashed head-on, and the boys died right then and there. They say one was drunk and hit the other head-on. I never let my son ride a motorcycle because it was too dangerous and...

Ah, right, I was telling you that yeah, people don't want to believe in God anymore. They're all like they're demon-possessed, and that's because the neighbor down by the pharmacy spends her nights doing witchcraft. They even say they've seen her flying at night, turned into a hideous bird. She wants people to turn away from God so they go to her, so she can cast spells for them. That's just how it is; my own mommy was a full-blown witch. Yes, my children. I used to be her medium's assistant, and a demon would possess her, making her walk up the walls with her eyes rolled back white. Look, just talking about it gives me goosebumps! She would slice cake for Negro Felipe and practice red magic when we lived in San Félix. We had all the old witches crammed in the house, reading cards and busting powders in a little room.

But I quit all that when I got together with Ismael and gave myself to the Lord. My sister is the one who kept at it, and as far as I know, she even moved in with another woman, and oh Lord. Her punishment is going to catch up with her for walking the paths of the world. Whenever I can, I put her in my prayers so God gives her understanding—her and my children who are working out in those dangerous places. And we are fighting to bring the Word to people's homes every Saturday morning, because we have to lend a hand to the youth and those who are doing wrong."

### Segment 3: The Guardian of the Altar

How far can beliefs go? On this channel, we have seen men who have renounced their lives for a blind faith that inspires them to go beyond. In the Las Moreas neighborhood, African superstition mixes with fanatical Christianity in a struggle that often leads to the ultimate consequences. Those who investigate these events often encounter things... they cannot explain. If in the first segment, our protagonists knocked on the door, in the next, they descend their first steps into a forbidden place.

JAIME (VOICEOVER):

"Raúl Sabines is a thirty-five-year-old Santero who moved to Ciudad Zamora when he married Fátima. Following his family's heritage from Maracay, he taught his wife the rituals, hoping to pass the tradition down to his children for their Spiritual Growth."

Raúl has an altar under a mango tree next to the banana plants in his yard. Luis shoots a close-up of this hidden world behind a glass case lit by candles. The patron saint of the Sabines family is Don Nicanor, backed by the gods Changó and Obatalá, to whom offerings are served to ward off evil. Raúl's oldest son, twelve-year-old Luis, acts as the *Banco*—the spiritual assistant—for his father while a spirit channels through his body, giving advice to his wife, who owns a famous hair salon in the area. Raúl also meets with other Santeros, seeking advice and guidance through hardships.

RAÚL SABINES:

"People think that everything that doesn't come from the Church belongs to the Devil. We have never sought to do harm, because everything comes back around. One's Guide helps you progress in life, as long as we never seek to do harm to others and remain hardworking.

But over there, down the ravine behind the little houses, that's where they really gather to do evil. My family and neighbors are already protected from that, and my boys don't go over there because a *Muerto*—a dead spirit—might attach itself to them. A lot of people died in those houses. I don't see them, but my youngest son is a *Materia* [a spiritual vessel], and he has the Sight to communicate with the other realm. He doesn't even like driving near the Ravine, because all the aborted fetuses are still buried there from back when Doña Dora ran the brothel—she turned Christian at the end, when her daughter died with the baby still inside her. She would have been saved if she'd treated herself with one of us, but no, Pastor Ismael ordered her to fast, so she stopped her medical treatment and things got complicated.

Down there in the Ravine is where they bury people—not in body, but in spirit. We don't do that as Santeros, because we seek to heal and move forward. Those who call themselves witches and bury people have a massive pile of *Muertos* and demons attached to them that command them to inflict torment, and they end up losing their minds. There was an old lady who did black magic spells around the banana grove; back then, the duendes would constantly chase children through the banana trees and steal women's waste. And all of that stayed down there. I know they go to the Ravine at night, and damn... be careful, you hear. Either way..."

[Using a spray bottle from his altar, he mists their hair with perfume essences.]

RAÚL SABINES:

"...*Maferefún la Osha*. Go carefully, for the Evil One gathers down there."

### Segment 4: Into the Ravine

Jaime and Luis were warned by Raúl Sabines about what lurks in the Ravine. This is a depression in the terrain used by the inhabitants of Las Moreas as a dumpsite... and a sanctuary to bury hexes and destroy their victims from the inside out. And during a live broadcast, they began capturing a desolate landscape. Finding what they hadn't lost.

The camera focuses on a dense canopy of brambles over mountains of plastic, rotting cardboard, and glass bottles filled with rainwater. Jaime descends the uneven ground with a ring light strapped to his chest, illuminating the shacks made of rusted zinc sheets and buried trash, while Luis is careful to film without sinking into the gray silt.

LUIS:

"I see something, brother. Look over there, among the bushes."

[Jaime leaps over puddles and protruding roots in the greasy slime.]

JAIME:

"It's freezing in this fucking place."

LUIS:

"What is that, man?"

[Luis focuses the camera on a wooden board nailed to a tree trunk.]

JAIME:

"They look like snakes stuffed inside rum bottles... But they're weird, because they look like some kind of earthworms and..."

LUIS:

"WHAT IS THAT?!"

[Jaime jumps back with a shriek as whatever was crouching by his sneakers bolts. Both run after the creature as it vanishes into the underbrush. The frames blur into a chiaroscuro of screams and sweat, until the camera spins around with a howl and stands frozen in a frame bathed by the silvery wail of a full moon.]

JAIME:

"Look, asshole. You dropped the camera."

LUIS:

"Fuck, sorry, bro."

[The lens turns back to a disheveled, sweating Jaime.]

JAIME:

"We saw one. It ran to the bottom of the Ravine and vanished... It looked like a malnourished child."

LUIS:

"Couldn't it be a little indigenous kid?"

JAIME:

[Smiling maliciously, his face gleaming under the chest light]

"Nah, no way... It was one of those things that live near the portals."

LUIS:

[With a cracking voice]

"Don't tell me that."

JAIME:

"Nothing but witches live in Las Moreas. And the aborted fetuses thrown into the ravine, and..."

But they keep advancing against the sounds of the night. Pests scurry among broken bottles and plastic mountains hiding rusted shacks. The brambles growing on the barren earth are scrawny and brittle, and unburied bottles emerge from the silt, containing old photographs stuffed with needles and rotten eggs. But there was no chirping of crickets or croaking of frogs—only a mournful silence and the occasional wet crunch of centipedes beneath the soles of their shoes.

LUIS:

"This is so fucking gross! Why are there so many centipedes?"

They writhe in swarms under their feet: scarlet and black, twitching their slimy legs while live reactions flood the screen and real-time comments reveal a general revulsion toward the crawling arthropods. The crunching of their carapaces yielding under the soles of their shoes makes more than one viewer nauseous. The ring light flickers, and the stream begins to glitch.

Pitch-black night falls over them with a gale of withered leaves, and soon they find themselves before a shack of zinc and old timber, casting a faint red glow like that of a kerosene lamp.

LUIS:

"Look at that, Jaime. Isn't that the same altar we saw a while ago?"

JAIME:

[Palid]

"Yeah, crazy... But the snake isn't in the jar anymore."

LUIS:

"Holy shit..."

JAIME:

[Addressing the invisible live audience]

"This isn't a setup. When we came down to the Ravine, there wasn't a single house lit up."

LUIS:

"And this altar was dirtier. Who are those Saints?"

JAIME:

[Flashed a pale smile]

"These... are definitely not Saints. These are from Palo Mayombe, remember?"

LUIS:

"And the zinc shack?"

JAIME:

"Let's go check it out."

LUIS:

"What if whoever lives there gets pissed?"

JAIME:

"We're just going to look."

They focus on the rusty metal shack rising from the middle of the ravine. The ring light dies, and Jaime ducks down in fear. The reddish incandescence bathes them, and a growl distorts the pixels of the shot moments before it cuts out from a sudden jolt.

### Segment 5: The Broadcast Resumes

The YouTube live stream these boys were broadcasting quickly began inflating its numbers as their followers' alarm fueled growing concern. Every resident of the sector knows that no one has lived in the Ravine for many years. Chikungunya epidemics wiped out the remaining indigenous population, who migrated to the neighborhoods of Ciudad Zamora due to rising violence in the Orinoco Mining Arc. So, who lives at the bottom of the Las Moreas Ravine, and why did the neighbors never notice the lights illuminating that pit? Internet groups have debated the possibility of an... abduction.

The camera resumes broadcasting after two hours of darkness and static, as the mobile data plan drains its last bytes through an intermittent signal. A growl and a cavernous bark awaken a gaunt Jaime Ortega on a stone slab, while the flare of the kerosene lamp gives his pale features a greasy tint. On the dark walls hang moldy shelves with bizarre birds in lead cages, and mason jars containing... indescribable beings, twitching in a morbid stasis.

Luis begins to scream from behind the camera as the young man on the slab stirs back to life.

JAIME:

"Luis?! What the fuck, Luis?! Where are you?!"

LUIS:

[Sobbing with a cracking voice, gasping for breath]

"FOR GOD'S SAKE, JAIME! THEY'RE OUTSIDE! EVERYTHING IS OUTSIDE!"

JAIME:

[Sitting up with a terrified grimace]

"What...?!"

LUIS:

"My guts! My guts are on the outside!"

[Luis bursts into tears, choking intermittently. Jaime leaps off the slab, but the moment his feet touch the ground, his legs collapse, unable to support his weight.]

JAIME:

[Howling, writhing in pain on the floor]

"Ahhhhh! My ankles, oh God! They cut my tendons!"

LUIS:

"I don't want to die..."

But they both fall silent when a figure draped in a black shroud appears in the shadows of the hut. The birds let out hoarse chatter, and a skeletal hand like a white spider holds out a red centipede with yellow legs toward the boy on the floor.

JAIME:

[Dragging himself across the floor with his hands out]

"No, no! Not that, not that! For God's sake, I...!"

But the figure moves with a clicking sound of pebbles, and an unknown hound pushes the table where the camera rests. It falls onto the rotting floorboards, and the animal lunges in a feral frenzy.

LUIS:

[Howling against the dog's snarling]

"No, stop...! No, that's mine...! Not my guts...!"

But Jaime's shrieks drown out the savage chaos while his body convulsses against the wood and the colorful macaws scream in a diabolical chorus.

[The broadcast ends.]

### Outro

In this world, there are mysteries we will never understand. Forces that delight in human suffering, an intruder and murderer in a newly discovered land; and sometimes, these windows might open to devour the unwary. Hundreds of forum discussions will never be able to fathom the horror both young men experienced, and the police were unable to find any clue of their whereabouts, or any trace of the hut that swallowed them. They vanished into the darkness of the internet.

They still mourn their losses in Ciudad Zamora, and in Las Moreas, people whisper about what happens when someone decides to go down into the Ravine. On this channel, we will investigate those mysteries on the other side of terror. My name is Carlos Orsetti, and don't forget to follow us, we are... Nación Inexplicable.

—The Strange Case of Las Moreas, 6 million views on YouTube.*

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u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago

The Duendes of Las Moreas

Jaime Ortega and Luis Ángel used to upload paranormal videos to their YouTube channel, but during their last live stream, they encountered an unknown force that went viral on social media. Their channel was shut down days later, but millions of views had already flooded the internet with thousands of comments and reactions, which soon prompted investigations by the authorities in one of the strangest forced disappearance cases in the Caribbean nation.

My name is Carlos Orsetti, I am an investigator of the occult, and in this episode of *Nación Inexplicable* [Unexplained Nation], we are going to analyze this chilling footage. Recorded by themselves in a slum of the old Ciudad Zamora, without knowing... that they were crossing a door from which no one returns. Join me as we watch the first clip of these two young, aspiring influencers, hours before their dark fate.

### Segment 1: The Introduction

[The camera cuts to a front-facing shot of Jaime Ortega. He is wearing dark sunglasses and a straw hat.]

JAIME:

"Hello everyone! Thank you for your support during our overnight expedition to the Bolivarian Psychiatric Hospital of Ciudad Zamora! With your support, we will keep investigating these places and documenting what..."

[He pulls down his sunglasses with his fingers, revealing blue eyes that give off strange, golden glints.]

JAIME:

"...Tonight, we will explore Las Moreas. A neighborhood in Ciudad Zamora where neighbors say that *duendes*—goblins—try to take the children away."

Segment 2: The Spiritual Border

The shot cuts to a car ride, driven by Luis Ángel: a sallow-skinned young man with long, dark hair in a trendy youth "goth" style. Through the window, they focus on narrow, pastel-colored houses on streets lacking sidewalks. In fenced yards stand banana trees heavy with green bunches, tall papaya trees, tightly packed cornfields, and beans tangled with weeds. And altars, of course, because in Las Moreas, a Yoruba Santería community coexists in an eternal spiritual war against the Congregation of Pastor Esther Martínez.

The boys interview the latter in a short segment showing the inside of her humble home, featuring a sandy yard for raising chickens and a rusted roof full of leaks and photos of her children.

PASTOR ESTHER:

"Oh, my boys... My two oldest boys left me. One of them is a doctor; he hustles out in El Dorado and sends me good money, because you can't do much with church tithes. It's tough, you hear. And my daughter, the one in that frame over there, she's very pretty, isn't she? She married a Brazilian man and is already expecting a child over in Manaos.

But I don't want to leave, because this humble house and everything is all I have left since Ismael died. Twenty years of marriage, and the virus took him from me during the pandemic. Oh, how he loved to preach, and he had a power of persuasion that God gave him to build his ministry. Well, after the Pastor died, the sheep started scattering, and now it's just Sister Carmona, Carmencita, Brother César—who also got really sick from the virus—and Sister Claudia, who sings the praises.

And we keep fighting the good fight, because people don't want to believe in God anymore. The youth just want to head out to the mines, and they come back wild, popping wheelies on their motorcycles and killing themselves. Oh my God, no! Those boys don't look out for their own lives, I tell you. And here we are, praying so they stop killing themselves on those bikes. Last week, two died at that intersection back there. Their bikes crashed head-on, and the boys died right then and there. They say one was drunk and hit the other head-on. I never let my son ride a motorcycle because it was too dangerous and...

Ah, right, I was telling you that yeah, people don't want to believe in God anymore. They're all like they're demon-possessed, and that's because the neighbor down by the pharmacy spends her nights doing witchcraft. They even say they've seen her flying at night, turned into a hideous bird. She wants people to turn away from God so they go to her, so she can cast spells for them. That's just how it is; my own mommy was a full-blown witch. Yes, my children. I used to be her medium's assistant, and a demon would possess her, making her walk up the walls with her eyes rolled back white. Look, just talking about it gives me goosebumps! She would slice cake for Negro Felipe and practice red magic when we lived in San Félix. We had all the old witches crammed in the house, reading cards and busting powders in a little room.

But I quit all that when I got together with Ismael and gave myself to the Lord. My sister is the one who kept at it, and as far as I know, she even moved in with another woman, and oh Lord. Her punishment is going to catch up with her for walking the paths of the world. Whenever I can, I put her in my prayers so God gives her understanding—her and my children who are working out in those dangerous places. And we are fighting to bring the Word to people's homes every Saturday morning, because we have to lend a hand to the youth and those who are doing wrong."

### Segment 3: The Guardian of the Altar

How far can beliefs go? On this channel, we have seen men who have renounced their lives for a blind faith that inspires them to go beyond. In the Las Moreas neighborhood, African superstition mixes with fanatical Christianity in a struggle that often leads to the ultimate consequences. Those who investigate these events often encounter things... they cannot explain. If in the first segment, our protagonists knocked on the door, in the next, they descend their first steps into a forbidden place.

JAIME (VOICEOVER):

"Raúl Sabines is a thirty-five-year-old Santero who moved to Ciudad Zamora when he married Fátima. Following his family's heritage from Maracay, he taught his wife the rituals, hoping to pass the tradition down to his children for their Spiritual Growth."

Raúl has an altar under a mango tree next to the banana plants in his yard. Luis shoots a close-up of this hidden world behind a glass case lit by candles. The patron saint of the Sabines family is Don Nicanor, backed by the gods Changó and Obatalá, to whom offerings are served to ward off evil. Raúl's oldest son, twelve-year-old Luis, acts as the *Banco*—the spiritual assistant—for his father while a spirit channels through his body, giving advice to his wife, who owns a famous hair salon in the area. Raúl also meets with other Santeros, seeking advice and guidance through hardships.

RAÚL SABINES:

"People think that everything that doesn't come from the Church belongs to the Devil. We have never sought to do harm, because everything comes back around. One's Guide helps you progress in life, as long as we never seek to do harm to others and remain hardworking.

But over there, down the ravine behind the little houses, that's where they really gather to do evil. My family and neighbors are already protected from that, and my boys don't go over there because a *Muerto*—a dead spirit—might attach itself to them. A lot of people died in those houses. I don't see them, but my youngest son is a *Materia* [a spiritual vessel], and he has the Sight to communicate with the other realm. He doesn't even like driving near the Ravine, because all the aborted fetuses are still buried there from back when Doña Dora ran the brothel—she turned Christian at the end, when her daughter died with the baby still inside her. She would have been saved if she'd treated herself with one of us, but no, Pastor Ismael ordered her to fast, so she stopped her medical treatment and things got complicated.

Down there in the Ravine is where they bury people—not in body, but in spirit. We don't do that as Santeros, because we seek to heal and move forward. Those who call themselves witches and bury people have a massive pile of *Muertos* and demons attached to them that command them to inflict torment, and they end up losing their minds. There was an old lady who did black magic spells around the banana grove; back then, the duendes would constantly chase children through the banana trees and steal women's waste. And all of that stayed down there. I know they go to the Ravine at night, and damn... be careful, you hear. Either way..."

[Using a spray bottle from his altar, he mists their hair with perfume essences.]

RAÚL SABINES:

"...*Maferefún la Osha*. Go carefully, for the Evil One gathers down there."

### Segment 4: Into the Ravine

Jaime and Luis were warned by Raúl Sabines about what lurks in the Ravine. This is a depression in the terrain used by the inhabitants of Las Moreas as a dumpsite... and a sanctuary to bury hexes and destroy their victims from the inside out. And during a live broadcast, they began capturing a desolate landscape. Finding what they hadn't lost.

The camera focuses on a dense canopy of brambles over mountains of plastic, rotting cardboard, and glass bottles filled with rainwater. Jaime descends the uneven ground with a ring light strapped to his chest, illuminating the shacks made of rusted zinc sheets and buried trash, while Luis is careful to film without sinking into the gray silt.

LUIS:

"I see something, brother. Look over there, among the bushes."

[Jaime leaps over puddles and protruding roots in the greasy slime.]

JAIME:

"It's freezing in this fucking place."

LUIS:

"What is that, man?"

[Luis focuses the camera on a wooden board nailed to a tree trunk.]

JAIME:

"They look like snakes stuffed inside rum bottles... But they're weird, because they look like some kind of earthworms and..."

LUIS:

"WHAT IS THAT?!"

[Jaime jumps back with a shriek as whatever was crouching by his sneakers bolts. Both run after the creature as it vanishes into the underbrush. The frames blur into a chiaroscuro of screams and sweat, until the camera spins around with a howl and stands frozen in a frame bathed by the silvery wail of a full moon.]

JAIME:

"Look, asshole. You dropped the camera."

LUIS:

"Fuck, sorry, bro."

[The lens turns back to a disheveled, sweating Jaime.]

JAIME:

"We saw one. It ran to the bottom of the Ravine and vanished... It looked like a malnourished child."

LUIS:

"Couldn't it be a little indigenous kid?"

JAIME:

[Smiling maliciously, his face gleaming under the chest light]

"Nah, no way... It was one of those things that live near the portals."

LUIS:

[With a cracking voice]

"Don't tell me that."

JAIME:

"Nothing but witches live in Las Moreas. And the aborted fetuses thrown into the ravine, and..."

But they keep advancing against the sounds of the night. Pests scurry among broken bottles and plastic mountains hiding rusted shacks. The brambles growing on the barren earth are scrawny and brittle, and unburied bottles emerge from the silt, containing old photographs stuffed with needles and rotten eggs. But there was no chirping of crickets or croaking of frogs—only a mournful silence and the occasional wet crunch of centipedes beneath the soles of their shoes.

LUIS:

"This is so fucking gross! Why are there so many centipedes?"

They writhe in swarms under their feet: scarlet and black, twitching their slimy legs while live reactions flood the screen and real-time comments reveal a general revulsion toward the crawling arthropods. The crunching of their carapaces yielding under the soles of their shoes makes more than one viewer nauseous. The ring light flickers, and the stream begins to glitch.

Pitch-black night falls over them with a gale of withered leaves, and soon they find themselves before a shack of zinc and old timber, casting a faint red glow like that of a kerosene lamp.

LUIS:

"Look at that, Jaime. Isn't that the same altar we saw a while ago?"

JAIME:

[Palid]

"Yeah, crazy... But the snake isn't in the jar anymore."

LUIS:

"Holy shit..."

JAIME:

[Addressing the invisible live audience]

"This isn't a setup. When we came down to the Ravine, there wasn't a single house lit up."

LUIS:

"And this altar was dirtier. Who are those Saints?"

JAIME:

[Flashed a pale smile]

"These... are definitely not Saints. These are from Palo Mayombe, remember?"

LUIS:

"And the zinc shack?"

JAIME:

"Let's go check it out."

LUIS:

"What if whoever lives there gets pissed?"

JAIME:

"We're just going to look."

They focus on the rusty metal shack rising from the middle of the ravine. The ring light dies, and Jaime ducks down in fear. The reddish incandescence bathes them, and a growl distorts the pixels of the shot moments before it cuts out from a sudden jolt.

### Segment 5: The Broadcast Resumes

The YouTube live stream these boys were broadcasting quickly began inflating its numbers as their followers' alarm fueled growing concern. Every resident of the sector knows that no one has lived in the Ravine for many years. Chikungunya epidemics wiped out the remaining indigenous population, who migrated to the neighborhoods of Ciudad Zamora due to rising violence in the Orinoco Mining Arc. So, who lives at the bottom of the Las Moreas Ravine, and why did the neighbors never notice the lights illuminating that pit? Internet groups have debated the possibility of an... abduction.

The camera resumes broadcasting after two hours of darkness and static, as the mobile data plan drains its last bytes through an intermittent signal. A growl and a cavernous bark awaken a gaunt Jaime Ortega on a stone slab, while the flare of the kerosene lamp gives his pale features a greasy tint. On the dark walls hang moldy shelves with bizarre birds in lead cages, and mason jars containing... indescribable beings, twitching in a morbid stasis.

Luis begins to scream from behind the camera as the young man on the slab stirs back to life.

JAIME:

"Luis?! What the fuck, Luis?! Where are you?!"

LUIS:

[Sobbing with a cracking voice, gasping for breath]

"FOR GOD'S SAKE, JAIME! THEY'RE OUTSIDE! EVERYTHING IS OUTSIDE!"

JAIME:

[Sitting up with a terrified grimace]

"What...?!"

LUIS:

"My guts! My guts are on the outside!"

[Luis bursts into tears, choking intermittently. Jaime leaps off the slab, but the moment his feet touch the ground, his legs collapse, unable to support his weight.]

JAIME:

[Howling, writhing in pain on the floor]

"Ahhhhh! My ankles, oh God! They cut my tendons!"

LUIS:

"I don't want to die..."

But they both fall silent when a figure draped in a black shroud appears in the shadows of the hut. The birds let out hoarse chatter, and a skeletal hand like a white spider holds out a red centipede with yellow legs toward the boy on the floor.

JAIME:

[Dragging himself across the floor with his hands out]

"No, no! Not that, not that! For God's sake, I...!"

But the figure moves with a clicking sound of pebbles, and an unknown hound pushes the table where the camera rests. It falls onto the rotting floorboards, and the animal lunges in a feral frenzy.

LUIS:

[Howling against the dog's snarling]

"No, stop...! No, that's mine...! Not my guts...!"

But Jaime's shrieks drown out the savage chaos while his body convulsses against the wood and the colorful macaws scream in a diabolical chorus.

[The broadcast ends.]

### Outro

In this world, there are mysteries we will never understand. Forces that delight in human suffering, an intruder and murderer in a newly discovered land; and sometimes, these windows might open to devour the unwary. Hundreds of forum discussions will never be able to fathom the horror both young men experienced, and the police were unable to find any clue of their whereabouts, or any trace of the hut that swallowed them. They vanished into the darkness of the internet.

They still mourn their losses in Ciudad Zamora, and in Las Moreas, people whisper about what happens when someone decides to go down into the Ravine. On this channel, we will investigate those mysteries on the other side of terror. My name is Carlos Orsetti, and don't forget to follow us, we are... Nación Inexplicable.

—The Strange Case of Las Moreas, 6 million views on YouTube.*

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u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago

The Monster of Vista Hermosa

One of the most tragic cases I had to investigate during my university social service occurred in an apartment in Vista Hermosa. It involved a seventy-year-old lady who lived with a special-needs son of about... thirty or forty years old. I don't remember well. Sometimes I think it was a horrifying dream. I only know that the case deeply disturbed the authorities at the nursing home and sparked social criticism over the way these people live in economically hostile environments.

Have you ever volunteered at the nursing home or... in Public Safety? The university sent us for our social service to care for the elderly living in the asylum, and I'll be honest with you, Gerardo. I had never felt such sadness in my life. Those old folks... many of them have no one. Some are so locked inside themselves that they barely speak. Some look at you when you walk in and tell the elderly person next to them: “See? My grandchildren did come to see me.” Forgive me, it's just that I get sad every time I remember all those old people. Whenever I came back from those shifts, I would hug my grandmother and promise her she would never end up in a place like that.

Doña Martha didn't live in the nursing home, but she received elderly benefits. Oh god, she looked so much like my grandmother that it brings tears to my eyes. Except she was too skinny, as if she would break if I held her hand too tightly. It was my job to bring the hygiene kits to her apartment; I remember she lived in the Blocks behind San Francisco, in a yellow building... or a blue one. I didn't like going there, it gave me the creeps... She lived alone with a mentally ill man. Well, I mean... he was her son, whose brain hadn't fully developed. But still, I tear up out of pure rage because he abused her. She never told me because, I don't know, it seemed he was the only family she had left. But she lived in abject poverty, and the neighbors could hear the sick man's screams as if they were slaughtering a pig. They were animalistic bellows and grotesque groans rattling the walls and doors. Oh, I would see that delicate, tiny little lady standing in front of that big-bellied monster with his tiny head and murderous glare.

Once, when I brought her a cleaning kit, she invited me in for a little cup of coffee to talk for a bit. She told me that he, Mauricio, hadn't been born that way, or something... That it was a hex her mother-in-law had put on her so she would lose the baby in her womb, because she didn't want her being with her son. And that the baby vomited inside the womb and swallowed the fluid, so the doctors had to resuscitate him. But he wasn't crazy, according to her. I brought her adult diapers for him because he didn't know how to use the bathroom. And he ate—he ate so much... He constantly had to have a piece of bread in his hand while watching TV or pacing restlessly around the small room, his eyes bulging, lowing like a cow. He was highly hyperactive, but you couldn't strike up a conversation with him because he could barely think. He only knew how to say: “food,” his clothes bursting open over his bloated belly and his fat arms slamming against the walls when the old lady didn't hurry up with lunch. She barely ate, because she ate very slowly, and that animal would swallow his own plate in seconds just to snatch hers away. He was always hungry, and his rotted teeth gave him the look of a fat Freddy Krueger.

Martha told me she had an older daughter. She told me this when I carried the gas cylinder upstairs for her, because she couldn't lift heavy weights and the retarded man never listened to her. This daughter, Coral, was killed... Yes, Gerardo. Apparently, she was studying nursing, and during her clinical rotations, a madman broke into the hospital and stabbed her repeatedly. She was the only one on duty that night because she loved her vocation. It was a horrible accident where many were injured. She was a healthy girl who took care of her mother and knew how to calm Mauricio down, but she left Doña Martha alone, locked away with the monster in an apartment that everyone ignored. That apartment was full of photos of her: her birth, her graduation, her birthdays, her... successes and failures. And the reminder of her death on the front page of *El Progreso* newspaper, alongside a prayer to José Gregorio Hernández.

Once, I brought her the food bag from the nursing home. I arrived to the sound of screams echoing all the way down to the first floor. It sounded like they were bathing a pig; the slamming against the walls and furniture didn't seem to worry anyone else in the entire building but me. In fact, a woman walked right past me with a grocery bag, and all she did was wrinkle her nose in disgust.

When the old lady opened the door, I saw her... she had been beaten. She had bruises and scratches on her arms and... it looked like she had been slapped hard enough to split her lip. Mauricio was restless because they had nothing to eat, and he was standing behind the old lady, swatting at her and knocking the framed photos of Coral off the walls. A rage welled up inside me that I couldn't contain. I couldn't control myself, Gerardo. Really, I lost control and threw myself at that fat-bellied monster. I grabbed him by the arms and pulled him away from the old lady. But he was incredibly heavy—I think about thirty kilos heavier than me. And he shrieked so loudly my ears hurt. How could that malnourished old lady stand a chance against a sick man weighing nearly a hundred kilos? I forced him onto the sofa while he shook and thrashed, and the old lady cried, begging me to leave, saying I was going to hurt him. So I looked at her, grit my teeth, and left the apartment. Wasn't she aware that he could kill her?

I only went back one more time, at the very end of my social service. It was when the neighbors started complaining about the smell coming from the apartment and called the nursing home for someone to check on them. A female classmate and I went, and we met the building landlord, who had a spare key to Martha's apartment. The neighbors said they hadn't heard the mentally ill man's screams for a week. Just silence, and an intensifying stench that was starting to become unbearable. We opened the door, and what we found... God. How horrific. The apartment was a complete ruin and smelled so foul that the neighbors on that floor fled the building. It smelled like a dead animal, but thicker and more rancid, like moldy coffee. Mauricio was on the sofa, choked to death after a seizure because he hadn't received his medication, and what stained his shirt wasn't just dirt... and his hands—oh god, his hands were covered in filth. All of Coral's pictures were scattered across the floor, bloodied by broken glass, and the furniture was overturned from the sick man's outbursts when he couldn't satisfy his hunger. It seems Martha was the only one who knew how to give him his pills; he swallowed his tongue during a seizure and died right there: fat and filthy, his mouth smeared with the remains of... And the old lady—I didn't get a good look at her, thank goodness... because that would have destroyed me. My classmate found her in the kitchen and let out a scream that made me want to run out of the building. I rushed over to her and only saw the old lady's feet stretched out. He ate her, he ate her! We ran down the stairs, and I held my friend while she threw up. Then the landlord called the nursing home director and the police to recover the bodies. They didn't let anyone see what was left of the old lady. I didn't want to see it either. Just looking at the hands and clothes of that collapsed, retarded man, I imagined what had happened. My classmate didn't want to tell me the condition she found Martha in, either.

I went home with a knot in my stomach. I remember I couldn't eat meat for a week, dreaming that Mauricio was chasing me down the apartment stairs. I couldn't keep caring for the elderly because I saw my grandmother in them. I'm not that strong after all... I couldn't go on shaving their heads and helping them use the bathroom. They signed my paperwork, and I finished my degree as best I could. I haven't wanted to visit the nursing home again either, but I invite you to go... and see the stories behind these old folks. Many of them have lost hope. What about you? Have you lost hope?

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reddit.com
u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago

Grabación del Infierno, Marzo 2026

En marzo del año 2026 se viralizó un cortometraje en un sitio web ruso que compartía contenido multimedia de servidores ocultos. Este vídeo causó sensación en la población hispanohablante como una filtración de otra dimensión, o... un vistazo a un futuro desconocido que se filtró a través del ciberespacio. Debido a la sensación que causó en los foros hispanos y angloparlantes —y una ola paranoica que afectó las principales urbanizaciones de Venezuela —, todo audiovisual relacionado se eliminó en una purga masiva de internet por informáticos caribeños en alianza con la Fundación Trinidad y el Instituto de Seguridad Pública.

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Gracias a las arañas de búsqueda y un trabajo deductivo extenso a través de foros públicos y análisis de metadatos, se logró reconstruir el contenido del cortometraje en un informe oficial; siendo censurado por las autoridades del INSEP antes de ser ingresado como Archivo Clasificado del Gobierno de Venezuela. A continuación, se transcribirán los resultados de la investigación según la coherencia interna, se recomienda discreción:

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[Toma N°##: 24%. Ubicación: "Aparentemente en un establecimiento comercial de lo que creemos es (CENSURADO)". Fecha: 14/04/20XX].

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Se aprecia un cubículo oscuro, y por el reflejo de una linterna tipo flash en un espejo, debe tratarse de un vestidor de ropa. Se escucha una respiración entrecortada, como si el que graba la contuviera para no hacer ruido.

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—¿Qué está pasando allá afuera? —Dice con dificultad. Es un hombre muy asustado —. Estoy escondido desde hace rato. Ya van varias horas, y... nada que amanece.

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Pero el hombre deja de hablar y tiembla, emitiendo un resuello cuando una sombra blanca cruzó la grabación del pasillo oscuro. Débilmente iluminado por un resplandor azul. Fueron diez segundos de pánico contenido.

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—Se fue... se fue. —Calla por un momento, inclinando la cámara—. Pero, fuera están cantando otra vez. Dios, qué horrible...

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Se escucha un murmullo lejano mezclado con la estática del lugar y la respiración irregular del hombre, pero el audio auténtico se perdió. Un usuario en Reddit comentó: "Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder... Apocalipsis 5:11-12".

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[Toma N°##: 88%. Ubicación: "Centro Comercial Traki de (CENSURADO)". Fecha: 14/04/20XX]

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Aparece una familia compuesta por un padre —el que graba —, una mujer joven y dos niñas pequeñas. Los cuatro estaban comiendo helados en la feria de comida en el interior del edificio iluminado.

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—Hoy mi Valentina se graduó del preescolar, y la trajimos a comer.

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La mujer de tez morena sonríe con ternura.

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—¿En serio vas a hacer un vídeo para todo?

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—Mi amor, sabes que el tiempo pasa volando. ¿Quieres decirle algo a nuestras hijas para cuando sean grandes?

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—Mis niñas... —eso pareció enternecer sus ojos —. Yo sé que van a llegar muy lejos. Quiero que sepan que su mamá siempre las va a querer, sin importar el camino que elijan y las personas en que se conviertan.

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—No llores mamita —una de las niñas pequeñas salta al cuello de la mujer con los brazos extendidos. La otra pequeña también salta de la silla con la barquilla aún en mano para abrazarla a su vez.

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—Perdón, mi niña, es que se me salen...

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—¡Ya, ya! —El hombre enfoca a las tres —. Yo también quiero decir algo: ustedes siempre van a ser las mujercitas de mi corazón. Cuando sea un viejo amargado, y ustedes tres tengan que cuidarme y cambiarme los pañales, recuerden que las amé con todo mi corazón.

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—¡Papá!

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La mujer se tapa la boca con una carcajada, y de súbito, las luces se apagan. Se oyen gritos de las niñas, y el ruido lejano de un ventarrón tropical fuera del establecimiento. Se hace silencio, la cámara registrando las formas de las mujercitas abrazadas.

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—Papi, tengo miedo...

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Pero antes que el hombre pueda dar respuesta, un resplandor ilumina la pantalla seguida de truenos. Son demasiados estallidos, como un bombardeo que no daña la estructura.

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[Toma N°##: 62%. Ubicación: "Centro Comercial Traki de (CENSURADO)". Fecha: 14/04/20XX]

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—Afuera está cayendo granizo —dice el hombre, grabando su propio rostro barbudo con lentes cuadrados —. Es la primera vez que llueve así desde que me mudé a esta ciudad. Un grupo que corrió adentro cuando comenzó todo, dijo que el hielo era rojo y que por las calles corrían ríos de...

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—Francisco —la mujer carga en brazos a una de las niñas. Intenta mantener la calma—. Carga la niña más grande tú un rato, que tengo los brazos cansados.

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Deja la cámara en una mesita y se sienta con la niña sobre las piernas mientras afuera caen relámpagos que la asustan y el granizo contra el techo del último piso resuena en el espacio. Adentro de aquella feria sin electricidad se aprecian personas angustiadas, algunas intentando comunicarse con el exterior a través de celulares inservibles.

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—¿Papi, Dios está bravo con nosotros?

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—No, mi vida... Es la naturaleza.

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Un hombre pasa corriendo detrás del padre, gritando algo sin sentido. Las personas corren entre gritos, como huyendo de algo, y desde el fondo se escucha un estallido de vidrios. El hombre levanta a su hija, llamando a su esposa a gritos mientras la multitud huye de la feria de comida. Son demasiados cuerpos tropezando y cayendo. De la salida al exterior emana un brillo azul, y algo, como una langosta gigante, entra reventando el cristal. La criatura humanoide de grandes pinzas levanta a un hombre, y lo corta a la mitad.

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Se escucha un chillido agudo, y se corta la grabación. Silencio y errores de fotogramas. Una multitud peleando por subir escaleras. Cuerpos trepando sobre cuerpos en la oscuridad. Zumbidos de insectos. Enjambres pegados a las paredes de vidrio. Vidrio agrietado manchado de rojo.

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Una cita que se repite en los foros de 4chan y Reddit:

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«El primer ángel tocó la trompeta, y cayó granizo y fuego mezclado con sangre sobre la tierra. Un tercio de la tierra se quemó, un tercio de los árboles se quemó y toda la hierba verde se quemó. El segundo ángel tocó la trompeta, y algo semejante a una gran montaña en llamas fue arrojado al mar...». Apocalipsis 8.

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[Toma N°##: 43%. Ubicación: "Centro Comercial Traki de (CENSURADO)". Fecha: 14/04/20XX]

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—Me separé de Alejandra —dice en lo que parece ser una feria de ropa—. No sé... no sé si está viva. Allá abajo se murió mucha gente y yo... Dios, no sé qué hacer. Tengo a la niña dormida, y es más de medianoche. Y...

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Dirige la cámara al techo, apuntando a su barbilla. Se oye un canto lejano. El hombre lo escucha, callado. Es un coro pentecostal, en una lengua que ningún lingüista pudo transcribir con exactitud. El hombre se llena de temor.

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—Abajo ya no se escucha nada —dice, rascando su barba —. Pero ya no se puede bajar porque las escaleras están colapsadas. —Mira a su derecha con preocupación —. Esa música me empeluca el cuero... Me da miedo.

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Vuelve a levantar la mirada, nervioso. Las voces en el cielo van in crescendo, y se filtran luces a través de las paredes de cristal. Un rumor crece como un zumbido, y la tierra se sacude. Es un terremoto. Los maniquíes caen, los ganchos de ropa emiten sonidos metálicos, el vidrio cede y se quiebra en miles de fragmentos. Las columnas oscilan como fideos. El hombre levanta la cámara y corre buscando a su hija entre vestidores. La encuentra dormida y la despierta. El sismo no parece detenerse.

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—¡Hija, Valentina! —Repite, pero la niña no responde. Un hilo de sangre corre por su labio superior.

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Finalmente cesa el temblor. El edificio sobrevive. La niña abre los ojos: los tiene completamente negros. Y abre su boca como una víbora. El ruido de sus maxilares rompiéndose queda registrado.

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El hombre grita y la grabación se interrumpe.

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[Toma N°##: 7%. Ubicación: "Centro Comercial Traki de (CENSURADO)". Fecha: XX/04/20XX]

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Aparece un cuadro oscuro débilmente iluminado por una franja de luz azul. Vuelve a caer la oscuridad y la cámara avanza tropezando por entre secciones de ropa infantil y manchas que cubren los cerámicos.

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—No ha vuelto a salir el sol —susurra —. Todo se terminó afuera. No queda nadie en la calles. Y hay como unas... luces afuera. Parecen como esferas de anillos prendidas en fuego, también hay... unas mariposas de luz que pasan por encima de la ciudad. Cada vez que vuelan por arriba de las nubes, todo se pone blanco. Ya no tiembla la Tierra. Pero hace unos... días, creí ver una procesión: eran una sola hilera de personas caminando una detrás de otra. Quise ir con ellos —calló por unos momentos —, pero me daban escalofríos solo de verlos. Sentía que... no estaba viendo gente de este mundo —enfocó la cámara a su rostro desgreñado y barbudo —. Todo terminó para mí.

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El informe oficial cierra con capturas de comentarios en vídeos-análisis de YouTube: [User: Shaloum_616]: «Cuando se cumplan los mil años, Satanás será liberado de su prisión y saldrá a engañar a las naciones de los cuatro confines de la tierra y a reunirlas para la batalla». Apocalipsis 20:7.

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[Nabucodonosor_3612]: «El mar entregó los muertos que había en él, y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos, y cada uno fue juzgado según sus obras». Apocalipsis 20:13.

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u/Delicious-Belt7790 — 18 days ago

El Extraño Abotonamiento del Hospital Rómulo Marcano

En octubre de 2023, sucedió uno de los casos clínicos más escalofriantes de la historia médica venezolana... A las cinco de la mañana, la Víspera del Día de Brujas, al Complejo Hospitalario Rómulo Marcano de Ciudad Zamora arribó una veintena de hombres y mujeres presentando una desconocida afección que unía sus cuerpos de manera grotesca. Trasladados a emergencias con sus genitales adheridos tras una fastuosa ceremonia, en la que se celebraron inmundas orgías y ritos en devoción al Maligno; colapsando las instalaciones y necesitando de intervenciones quirúrgicas para extirpar los miembros, aparentemente fundidos en una sola masa de carne grotesca. Uno de los presentes, un acólito que pidió censurar su nombre del reportaje, anunció a grandes voces que todo había sido culpa de la «maldita bruja raquítica»—esto me lo relató, mientras los doctores sedaban a su compañera, sofocado por la postura de penetración que la mantenía unida a él como una sola carne, en un abotonamiento similar al ocurrido en el apareamiento de los caninos—. Que los arrastró a una ceremonia satanista, en la que se recitaron los conjuros hereticos de un libro prohibido... y fueron víctimas de las burlas de Pazuzu. 

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Las denuncias contra esta mujercita desconocida abultaron un denso expediente delictivo que horrorizó a las autoridades encargadas del juicio, y su aparente desaparición de la ciudad, provocó un estupor colectivo exacerbado por las víctimas de sus actos. Los mutilados en tan desconcertante incidente siguen denunciando la persecución de esta desconocida, relatando en las crónicas periodisticas una desagradable historia, que comienza con la fundación de una secta de adoradores de la carne y los fluidos... cuya sacerdotisa prófuga se ha asociado con la terrible Bruja del Guayabal y la fantasmal Ánima del Naranjal.

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Este grupo fue reunido originalmente por el mago negro Rafael Rojas, antiguo velador del Cementerio Joboliso—enjuiciado por tráfico de huesos de sepultura a los Paleros de Marhuanta—hace tres décadas. Era un consorcio de dipsómanos, obsesionados con el ocultismo y los mitos decimonónicos, nutridos de las migraciones colombianas y cubanas durante el florecimiento de Ciudad Zamora, gracias al derroche petrolero de la Faja Bituminosa del Orínoco. El sincretismo de los panteones africanos del Vudú y los ritos católicos, dieron paso a sesiones de espiritismo colectivo, fundando humildes diócesis paganas en barrios rurales; liderados por curanderos y sacerdotisas que bajaban espíritus en sus cuerpos para ahuyentar males. Pero la devoción a la Caña—esa inclinación latina que normalizó el alcoholismo como pasatiempo—, y el desenfreno de una sociedad reprimida por los martirios gubernamentales y las costumbres evangélicas, claudicaron en una depravación carnavalesca, donde los cuerpos danzaron desnudos ante los lamidos de la hoguera en los Aquelarres nocturnos. La pasión desenfrenada de las carnes, ya envejecidas, insufladas por el vapor nacarado de los licores y los cubitos de LSD: un festival de crápula; donde el jolgorio en los cerros, despertó el misterio guayanés sobre ánimas de mujeres violadas hasta la muerte por piratas ingleses.

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Estas tradiciones nocturnas fueron mermando con los años y las represiones evangelistas tras la fundación de nuevas iglesias protestantes y el desprecio—y secreta veneración—, de los curanderos y guías espirituales. Hubo un tiempo de contracción en el que el culto prácticamente se extinguió. No fue hasta la revolución mediática, que la censura pasó a segundo plano, y en los barrios y las urbanizaciones toda esa agitación reprimida por los años... se liberó en un estallido, que hizo crepitar los cerros aunados a la carretera con sinfonías de gemidos plañideros y campanazos de fogatas al son de tambores y vestigios de ritos. Oficiados por quienes aún podían concentrar en sus carnes, las presencias de aquellos deseosos por manifestarse desde su plano onírico de cortes espirituales. Las teúrgias medicinales de los barrios marginales volvieron a ser ley con el descaro de las clínicas privadas y la precariedad de los hospitales municipales. Los guías espirituales volvieron a fungir como consejeros psiquiátricos y masajistas intercesores; y los jóvenes se consagraron bajo los dogmas eclesiásticos de espíritus populares como San Cipriano y San Honorio, y temían con inusitada sabiduría las provocaciones de los opúsculos del Llano Negro—esa región atrasada del país—, aborreciendo las permutaciones del Diablo, en las insinuaciones cabalísticas de Nicolás Fedor y los demás aprendices del Negromante, ese Señor Oscuro de las leyendas venezolanas.

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Y todos susurraban como mariposas negras sobre las ensoñaciones místicas de noches fugaces, impregnadas por gritos de placer y rezos en lenguas indígenas a los Santos. Donde los posesos, convertidos en Materia, disfrutaban del gozo de la carne, el humo del tabaco y el licor... dejando las mutilaciones y la consumación narcótica en la lejana Montaña Sorte. La magia nunca estuvo tan viva...

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Pero la recesión es la norma, y las excursiones nocturnas se fueron vaciando, conforme la fuga de capitales convertía al país en un guiñapo de pueblos agonizantes y barrios desolados por el abandono. Los guías espirituales comenzaron a cobrar por necesidad, y los espíritus volvieron al terreno de las supersticiones diabólicas, a medida que se multiplicaban las hileras de sillas plásticas en las iglesias evangélicas, y los devotos partían al extranjero en busca de mejores oportunidades. Las noches de culto al cuerpo quedaron en el silencio con los aumentos en los precios del alcohol, la escasez de gasolina y el refuerzo de las leyes contra el narcotráfico en el corazón suburbano de Guayana. Sutiles políticas para la mascarada de contrabando en los ríos del Amazonas, las carreteras del Llano Negro y las disputas de poder en el Arco Minero del Orínoco.

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La guerra fronteriza—ese conflicto perpetuo con el país colombiano—, empeoró esta desolación en los vecindarios... y aquellos que se quedaron, temiendo las agresiones en el exterior por la reputación de su patria, y las complicaciones geopolíticas del hacinamiento económico... sufrieron los estragos de la soledad moderna. Aislados por el internet y encapsulados en el microcosmos digital del teléfono. Fueron esas almas condenadas que retomaron las enseñanzas de los cerros, con el sudor perlado de los cuerpos fusionados y el humo delirante de la marihuana, y las líneas de cocaína. «Que lo dejaban a uno tieso, y sin perder ganas. Uno parecía que se iba a acabar, pero nunca se venía». Entonces, los tentáculos de vapor volvieron a soplar en los chaparrales del Cerro de los Báez, en el inmortal Barrio Marhuanta, y los espíritus chocarreros temieron la osadía de quienes podían bajar difuntos: la sangre de los que eran Materia se encendía, y su sensibilidad natural a ese reino invisible los obligó a sostener la batuta en las ceremonias. 

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«Era nuestro deber regresar a las prácticas de nuestros padres—nos explicó la destrozada Valeria Carrullo, después de ocho horas de cirugía en la que se le extirparon los miembros de sus compañeros sexuales, ambos introducidos a la vez en su abertura vaginal—. Mi mamá formó parte del culto del Negro Rafael, cuando vivía en 19 de Abril... y contó con ilusión como conoció a mi papá. Se enamoraron en esas noches de orgía, después de recibir las bendiciones mensuales de sus patrones. Mi ex fue el que me convenció de unirme al círculo de José Manuel, y se podrán imaginar mi cara de sorpresa al ver como ese brujo lo puso en cuatro frente a mí... ¡Dios! Y eso que se la daba de macho frente a los maricones. Pero, ahora soy más de mente abierta, y por eso la puta esa nos traicionó. ¡Pero, bien metida entre las piernas la tenía el mes pasado!».

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José Manuel era el Guía del grupo. Su cirugía se complicó por el tamaño del miembro que se fundió en su recto... dándole el aspecto de un centauro grotesco, que necesitó tres intervenciones y más de dos meses de terapia física para volver a caminar y deyectar. Tiene veintidós años, y antecedentes de depresión clínica y trastorno esquizoide que controlaba con antidepresivos... hasta que decidió, influenciado por una imaginación preocupante, acceder al llamado de los espíritus. «Sentía que me estaba apagando lentamente... que estaba dejando de ser yo. Que mi vida no era mía, pues no tenía control sobre nada... y me hundía en la tristeza de una habitación vacía. Nunca tuve muchos amigos, y últimamente habían dejado de querer estar conmigo. Me encerré durante mucho tiempo, sin ganas de hacer nada; pero, soñaba con ellos, con los espíritus de la ciudad. Esas presencias que permanecen entre nosotros. Me llamaban con visiones, y cuando fui a la quebrada de 24 de Julio encontré a Ruth y a Mercedes bañándose desnudas en el agua, y me invitaron. No recuerdo qué pasó, pues según ellas, fui poseído por Guaicaipuro, y las cogí con mucha fuerza... Tanta, que podía cargarlas como si fueran muñecas, y tenía mucha, mucha energía; pero, después conocimos a la Bruja del Guayabal.

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Nos describen a este personaje como una mujercita delgada y pequeña, de cabello corto y negro, y mirada esquiva... ¿quién podría imaginar que un engendro de los bajíos infernales había escapado a nuestro mundo, para desatar la vendimia de Satanás con sus nefastas travesuras? Greigimal Solorzano fue quien la introdujo al círculo tras haberla conocido en la Feria de la Sapoara: una semana de festejos en el Paseo Orínoco. Bailaron hasta la madrugada al ritmo del Calipso del Callao, y vomitaron un líquido azul producto del Bajo Cero—esa bebida etílica del Averno—, sobre el agua fangosa del río padre. Las unió la fraternidad del alcoholismo, y más tarde, las conversaciones místicas sobre las monjas muertas en el Orfanato Bolívar, y las brujas de la plaga que aún gritaban en las catacumbas de la Plaza Centurión. Esta jovencita de rostro maquillado y ojos dañados se presentó como una sacerdotisa de fuego y alambre... y, aunque nunca mostró abiertamente sus prodigios sobrenaturales, fueron muchos los que testificaron sus insinuaciones de levitación y mesmerismos. Asociados a los Brujos del Sorte y los terribles experimentos psicoquineticos en la ZODI de Nueva Andalucía, ese mítico Complejo Militar montañas adentro, del que circulan leyendas espeluznantes.

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Su nombre no era compartido con cualquiera, los jerarcas del grupo la conocían como la proverbial Bruja del Guayabal, y los más humildes de ese conjunto la abrazaron como brujita. Era flaquisíma, no pesaba más de cuarenta kilos, y parecía una niña de diez años con una sonrisa torcida y una nariz respingona... en la que se escondía la perversión más sublime. Participó activamente en las orgías, recibiendo a todos sin importar el género, y dejándose poseer por distintos espíritus sin voz, cuando los influjos del alcohol y las drogas hacían mella en su consciencia. Incluso llegó a oficiar ceremonias con los libros maléficos que José Manuel compró al ermitaño de un fundo, en uno de los barrios marginales y sin pavimentar del recóndito Marhuanta. Fue en esas ceremonias, que el fuego de sus palabras parecía enervar en el aire como una diástole de demencia, cuyas reverberaciones podían auscultar en lo más hondo de la intimidad de los presentes, con escalofríos eléctricos y cenizas de relámpagos. La dicha de su magnífica presencia podía hacer estallar las llamas agonizantes de las fogatas en estruendosos fogonazos, y la tierra parecía vibrar con sus rugidos de león de azúcar. Todos la miraban con los labios apretados y los ojos pasmados ante la convulsión de una fuerza superior y onírica, que llegaba a nuestro mundo a través de hilos. Era la Bruja del Guayabal encarnando a Afrodita, con el vientre desnudo y el vello púbico perlado con gotas de sudor y semen y sus propios jugos, que emergían de su interior como torrentes de lava volcánica... y era un súcubo perverso con alas de terciopelo capaz de enamorar con las palabras y el tacto de sus manos de araña. Sus ojos prófugos te veían sin mirar, y implorando necesidad y deseo. Era también la Hija del Diablo, pues solo un demonio podía ser tan encantador y destructivo: solo un angel dañado podía ser tan bello, y dejarte el corazón tan frío. Era también Medusa: una historia desgarradora de violencia y soledad en una criatura femenina capaz de petrificar a los que la oían; y una Venus de tersos muslos que se derretían en la boca como almíbar... y hacían suspirar a los desdichados. Pues la vampiresa te pinchaba el corazón con un beso de ponzoña en la yugular; y no podías respirar en su presencia, sin que todas estas máscaras te vieran con sus terribles, nefastos, hermosos, adoloridos, y tristes ojos dañados... pues era una triste chica que, después de todo, querías abrazar y mecer en tus piernas, arriesgándote al contagio de la rabia y los nervios. 

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Fue su idea la del David, colocando a José Manuel sobre un pedestal de mármol mientras ella pasaba sus manos por su piel desnuda, esparciendo la arcilla gris para darle silueta a su fisionomía. Él nos dice: «se vistió con un atuendo oscuro y utilizaba un sombrero puntiagudo que rozaba con la punta de mi verga cada vez que se movía. Sentía su respiración entre los muslos mientras iba tocando, ante la vista pasmada de todos los presentes. Iba palpando el contorno de mis pantorrillas y pies, con sus manos de araña; por supuesto, estaba durísimo... y todos nos veían con fascinación, pues la Bruja del Guayabal me estaba cubriendo de escultura... como una artista italiana confeccionando un desnudo de mármol pulido. No me sentía yo, con cada toque de sus dedos de fuego se encendía en mis entrañas un ácido que me iba quemando por dentro. Fue delicioso sentir sus yemas erizando el vello de mis piernas... hasta palpar eso que tenía como un tronco. Por supuesto, de inmediato presentí que podría acabar, y quería hacerlo, en todo su rostro; pero me contuve... Esa mujer era un infierno, cuando el yeso se secó, quedé inmóvil, y tuve que presenciar lo que los congregados hicieron entre ellos ante el fuego sin inmutarme. No podía moverme, pues el hechizo se rompería y todos moriríamos. La impresión de esa noche sigue grabada en las grietas de mi cerebro: su rostro egipcio de ojos como ascuas. Fueron esas ideas, las que nos condenaron... ¿Quién hubiera imaginado que esa mujercita conseguiría una copia impresa de El Garra Negra? ¿Ese libro no fue prohibido por el gobierno anterior? ¿Qué no, los militares destruyeron todas las impresiones?

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Las autoridades académicas de las principales universidades del país guardan con recelo sus conocimientos de este opúsculo tenebroso, concebido por el último aprendiz del Negromante, en la época diáfana de las revueltas criollas contra los realistas. Se dice que el manuscrito original está resguardado en la caja fuerte del Museo Histórico de Nueva Bolívar, y que solo importantes funcionarios públicos pueden acceder a sus misterios. Mientras que otras copias son escondidas meticulosamente en el Archivo Histórico de Ciudad Zamora, y el Instituto Tecnológico de Puerto Bello.

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Durante décadas, las autoridades gubernamentales censuraron los conceptos relacionados al terrorífico Nicolás Fedor—a excepción de la Masacre de Tumeremo, hace diecisiete años, en el que un grupo de satanistas fue lapidado por el Ejército Nacional—. Los horrores sobrenaturales y profecías transcritas en sus axiomas son capaces de perturbar a quienes osan estudiar su contenido. Este individuo es un personaje del folclore que ha ascendido como leyenda del Llano Negro: Príncipe de las Ánimas; bajo la jerarquía infernal del legionario Taita Boves y el mítico Negromante de la época colonial... que representa, según el etnólogo Emmanuel Urbina de la Universidad Oriental, la antítesis de un héroe folclórico de los pueblos de Yara, conocido popularmente como Nicolás Curbano: Brujo Blanco de la Hacienda Arco.

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Según los testigos implicados en el horror corporal, la Bruja del Guayabal les propuso invocar una presencia demoníaca durante la fausta orgía, recitando uno de los pasajes en el legajo de papeles ictéricos de su propio grimorio personal. Según los desafortunados, este almanaque quimérico poseía exegesis del Garra Negra de Nicolás Fedor, y demás pasajes extraídos de mitologías indígenas en lenguas amazónicas, junto con sortilegios latinos manchados de lápiz labial y rímel descolorido. La muchacha engatusó a José Manuel para iniciar al círculo en los auspicios de la Magia Negra, en busca de poderes más allá de sus capacidades innatas de espiritualidad. Y, aunque sintieron temor en las tertulias filosóficas sobre los Principados Infernales y las Presencias de esferas superiores... una inclinación por los poderes oscuros se hizo patente en el corazón de los cultistas. Soñando con los dotes de los magos faraónicos, los chamanes tamanacos y más recientemente, las investigaciones militares pseudo científicas en Nueva Andalucía.

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«Pazuzu. Era el nombre del demonio que íbamos a convocar en nuestra ceremonia—nos reveló Miguel Angel García, cuando despertó de la intervención quirúrgica que intentó reconstruir su miembro mutilado, tras la separación con su compañera—. Una deidad mesopotámica, llamada a nuestro mundo como el Rey de los Demonios del Viento. Todos nos aprendimos el conjuro babilónico de memoria, y planeamos encender el fuego ceremonial el treinta y uno de octubre, la Noche del Samhain. Lejos de pensar que era una trampa mortal, creíamos que esa víspera traería bendiciones en la unión carnal. Qué porquería, discúlpame, me hace falta un cigarrito.»

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La noche del ceremonial se vistieron con espléndidas túnicas blancas, y encendieron la hoguera maldiciendo a Dios y escupiendo en nombre de los evangelios para provocar a los espíritus oscuros en una verdadera Misa Negra. Buscando abrir los portales a los suburbios del Inframundo... y aderezando las llamas soeces con sangre de animales sacrificados con cuchillos de cocina. En el momento en que comenzaron los cánticos para llamar al Maligno y sus Potestades Terrenales, la Bruja del Guayabal se untó las manitas con la sangre recogida y les dibujó pentagramas en la frente a sus discípulos, mientras llamaba a Pazuzu en una lengua indescriptible y gutural. Muchos pensaron que estaba posesa, y que el espíritu había cambiado el color de sus ojos... mientras el latir de un corazón subterráneo e invisible les hacía entumecer la sangre en las arterias. No solo convocó al terrible Rey de los Demonios del Viento, que hacía tambalear los árboles del cerro con un ventarrón despiadado; también gritó el ignominable nombre del Demonio del Meridiano, y pidió la intercesión de sus heraldos, desde su dimensión oscura y liminal de criaturas sin sustancia. Los acólitos comenzaron a unir sus cuerpos ante los estertores de una presencia abismal que les iba insuflando vértigo y ardor, a medida que sus carnes se fusionaban. La Bruja del Guayabal no participó de la orgía como otras festividades, se limitó a rocíar la sangre de los cuencos con un manojo de mastranto... y a recitar los versos de la meseta babilónica.

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Repentinamente, la Bruja del Guayabal pasó a encarnar la diosa Ishtar, bajo un aro de sol resplandeciente, adornada de piezas auríferas y grotescos arcángeles como murciélagos de piel pálida. Gritó, sumergida en el delirio de un trance indescriptible, y los acólitos helénicos gritaron de placer y escozor con una indescriptible sensación de placer que los invadió en sus partes íntimas. «Como si el maldito Dios te estuviese quemando por dentro. Nos montamos, formando un solo cuerpo, en un relámpago que nos hizo explotar... ¡Maldita sea, ese orgasmo! ¡Ardía, y me iba, y me veía a mí mismo desde afuera... y podía sentir cada centímetro de piel en éxtasis! ¡Fue un orgasmo inimaginable de más de tres minutos! ¡Lo juro! ¡Caía desde el cielo, había montado el lomo de Dios! ¡Lo tuve agarrado por los cachos, hasta que resbalé!».

Después del eufórico colofón en el que sus cuerpos sucumbieron, juraron haber visto a la Bruja del Guayabal reír en estruendosas carcajadas, completamente desnuda, con el flacucho cuerpo agitado por la brisa mientras se masturbaba con la sangre de los sacrificados. Bailando mientras ellos descubrían la razón de la creciente sensación de quemazón que los hizo gritar de dolor, al intentar desprenderse de sus parejas: sus genitales se habían fusionado en una burlesca insinuación del infierno. La brujita reía y gemía de placer, contemplando su travesura con una mano estrujando su clítoris. Los gritos sofocados y llantos de horror, solo acrecentaron su nauseabundo morbo, y mientras sus gemidos ascendían a gritos orgásmicos. Fue acercándose a la hoguera con las piernas temblorosas, con la vulva hinchada chorreando fluidos en medio del espectáculo orgíastico, hasta tumbarse de espaldas sobre las llamas en una postura lasciva, y esparcir una lluvia de su interior como el torrente de un poderoso orgasmo, empapando a la multitud abotonada en quejidos, con las piernas agonizando y los dedos estrujados en tres poderosos chorros.

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Según los testigos más próximos, tras esta eyaculación blanquecina, el fuego amarillo de la candela se tornó de un verde oliva... como en la combustión de las sales de cobre, y la Bruja del Guayabal desapareció con un estallido mefistofélico, que proyectó un grito agudo parecido al estallido de un cristal de hielo.

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Las víctimas de este ritual fueron trasladadas a emergencias de inmediato, y cuando intentaron explicar este fenómeno, las autoridades médicas quedaron desconcertadas... achacando esta tragedia a la indebida utilización de pegamento industrial como lubricante sexual. Pero en las intervenciones del quirófano, nunca se encontraron sustancias adhesivas; más bien, parecía que los genitales se habían derretido en una masa carnosa. Algunas víctimas jamás se recuperaron de la mutilación de sus genitales, y otros se obsesionaron tanto con la Bruja del Guayabal y los demonios del Averno, que fueron internados en el Psiquiátrico Bolivariano con episodios de psicosis depresiva y distintos trastornos. Los médicos jamás otorgaron respuestas concisas sobre la causa del incidente a los medios informativos, por lo que continúa siendo uno de los casos clínicos más extraños y perturbadores de nuestra historia...

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u/Delicious-Belt7790 — 20 days ago

El Extraño Caso de los Túneles del Guacharo

Cuando uno busca un coyote que le permita cruzar a Nueva York nunca se imagina a una mujer como Anaibel Rodríguez. Mucho menos que bajando por los túneles subterráneos del Casco Histórico de Ciudad Zamora se accede a un submundo que rompe con todo esquema tetradimensional concebido por la ciencia moderna. Haciendo posible que al descender por la ribera del Orinoco se pueda llegar a los niveles inferiores de la Brooklyn Metropolitan Station, o los paleotúneles de Rio Grand do Sul, excavados por perezosos gigantes hace millones de años.

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La Alcaldía de Angostura del Orinoco mandó sellar todos los conductos del alcantarillado y prohibió el acceso a estas grutas con graves multas, en un intento de frenar la migración durante la crisis económica que asoló la región. Pero los coyotes encontraron la forma de abrir el camino para los dispuestos a empeñar hasta el alma con la esperanza de llegar a la Tierra de los Gringos. Mi último recurso era llegar donde unos primos del Bronx que se habían ido como profetas del desastre. Pura arepa con mantequilla pelá, autobuses sobrecargados, tuberías sin agua y recortes eléctricos que asfixiaban mis días. Una vecina anciana se había muerto infartada por el sofoco nocturno, y ella era una de las pocas en el barrio que tenía aire acondicionado.

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No aguantaba más...

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Mi abuelita se había muerto porque la plata no alcanzaba para pagar la consulta y los medicamentos para su tensión descontrolada desaparecieron de las farmacias. Mi mamaita se veía cada día más viejita y cansada, y eso que trabajaba como ama de llaves y cocinera para una familia adinerada que a veces le hacía bolsas de comida como regalo. Pero yo no podía seguir así, mamaita. Y menos viendo a mi hermanito todo flaquito, y a mí, despojo de hombre joven atormentado por pensar demasiado. Yo sé que tú querías lo mejor para mí aquí: querías que estudiara mientras la cosa se acomodaba. Esto lo haré para mandarte plata y que él, mi hermanito, tenga un sitio donde llegar. Mira que tuve que vender la piecita de oro que me dejó mi papay antes de morirse, y por este broche que era mi más preciado recuerdo me estafaron con trescientos dólares, que valía mucho más pero fue lo máximo que me ofrecieron los revendedores.

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Anaibel cobraba cien dólares para llevarte por los túneles a Nueva York, y de allí yo veía como hacía para llegar con el primo Darwin, ese que en Facebook dijo que me recibía con gusto. El día se pautó un miércoles a las cinco en la Plaza Centurión para pasarle por debajo a la gobernación, que ya se estaba poniendo ruda con el control. Yo empaqué lo que pude en el bolso que me dieron del colegio: las mudas, el cepillo y unos panes dulces con un pedazo de queso por si me atacaba el hambre. El agua me la llevé en un pote plástico de dos litros por sí acaso. Y me fui ligerito por sí hacía falta correr, con unos zapaticos cosidos y pegados y los dólares embolsados en los pantalones donde nadie que no fuera yo supiera. El gentío se reunió, medio disperso por si pasaba una patrulla, como a las cinco... y Anaibel llegó a las seis y media. Y eso sí me sorprendió, porque era una mujercita pequeña y gordita con unos lentes negros y un chaleco naranja. Esa nos agarró los datos con cédula en mano y nos fue cobrando los cien dólares en efectivo uno a uno, sin excepciones. Entonces se hizo de noche y estábamos a oscuras, todos callados para que no nos agarrara la guardia mientras bajamos la avenida sin bombillos. Uy por allí no pasaba ni un carrito a esa hora. Uno iba en fila como comiéndose los pensamientos mientras nos decían que abajo solo los que estaban al frente de la fila podían llevar linterna, y más advertencias de cómo pisar el suelo resbaloso, no gritar, no agarrarse de las paredes y no hacerlo caso a las voces que uno podía escuchar abajo. Me daba cosa esa cola porque habían viejitos agarrados de la mano, mujeres embarazadas y gente que cargaba con sus corotos encima y sus carajitos pequeños en los brazos.

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Bajamos por una calle hasta Perro Seco, que es un barrio de allá, y salimos en todo el Paseo Orinoco. Negro, porque ni un faro en el Puente Angostura se veía sobre el agua. Trataba de no pensar para no arrepentirme, tenía ya un pie afuera de Venezuela según yo. Una patrulla estaba en el Puerto Blohn, y yo sentía que se me aceleraba el corazón... Pero Anaibel habló con el guardia uniformado en la escalera al Playón de Lanchitas, y entonces nos hizo señas para bajar. A mí casi me dejaron de último, y abajo habían más policías en la arena que le pedían a uno la cédula para anotar en un papelito frente a una mesa alumbrada con los teléfonos. También nos quitaron diez dólares a cada uno. Estaban armados con fusiles ante un boquete bajo el bulevar que antes era un desagüe. Allí nos pusieron en fila y Anaibel se colocó en la entrada con una linterna. Yo vi que tenía una pistola peine pa fuera en el cinturón.

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—Una vez que yo cruzo no me detengo, ¿oyeron? —dijo, y se bajó los lentes negros, que eran como lentes de soldadura —. Como les dije a todos: caminen y no se paren por nada. Tampoco vamos corriendo. Los que tengan linternas o luces deben abstenerse de usarlas, eviten un mal rato. Prohibido comer adentro, guardenlo para cuando lleguemos al otro lado. Si los llaman sus familiares muertos, no les hagan caso. Si alguien que no soy yo le ofrece algo, no lo acepten. Prohibido rotundamente hacer ruido allá abajo, ¿okey? Y esto también va para los que tengan niños chiquitos. Por último y más importante, traten de no agarrar nada. Lo que sale de allá, regresa allá.

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Todos guardaron silencio y pasaron lentamente al ancho boquete custodiado por los guardias armados. Esa era una fila de casi treinta personas, como un ciempiés humano entrando en la cueva. Mira que justamente cuando entré sentí cómo cambió el aire. Hacía frío, y todo estaba oscuro que uno no podía verse los pies. Todo lo que veíamos era la linterna de la mujercita al final. Y todo estaba callado que uno pensaba y se le salían lágrimas. El eco del cielo había desaparecido, y solo se oían los pasos sobre la tierra y nuestra respiración pesada, mezclándose con los gases subterráneos. Empecé a acordarme de mi viejita y todo lo que estaba dejando en esa gusanera. Y mira que en esa oscurena el tiempo pasa lento. Un minuto allí parecen díez. Y solo escucha los pasos del gentío sobre un barro que se hunde apenas, que parece una alfombra de bolsas plásticas.

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Los que estaban al frente mío hablaban en voz baja sobre uno de un túnel que llegaba a Manaos, pero que los últimos coyotes que realizaron ese viaje nunca llegaron al destino. Estuvieron como una hora contándose sus vidas hasta que se quedaron sin temas, y volvieron a disertar sobre los túneles y sí en verdad era posible llegar a Brooklyn bajo tierra. ¿Cómo era posible? Me decía, ya con los pies cansados. Pero no pude seguir escuchando porque llegamos un punto de control en la cueva. Esos policías llevaban uniforme oscuro y cargaban unos fusiles treinta y ocho sobre una mesa. Nos revisaron en busca de armamento o drogas, y a un chamo que tenía una laptop en una maleta le pidieron veinte dólares, y como no pudo pagar se la decomisaron. Uno de los guardias con una escopeta y un casco se llevó a Anaibel aparté para decirle algo. Estuvieron como quince minutos hablando, entonces volvieron. Se veía preocupada.

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—El oficial me contó que más adelante atacaron una caravana —dijo a todos —. Pero ellos nos van a escoltar hasta nuestro destino si les reunimos una colaboración cada uno.

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Hubo quien se quejó, pero casi todos se bajaron de la mula para pagar la custodia. Los policías sí podían llevar linternas y se nos unieron cinco con fusiles para defendernos de los bandoleros del Brasil que se metían con la gente que viajaba sin resguardo. Lo de las voces era verdad, te lo juro por mi mamaita. Yo la escuché que me decía «regresate», varias veces... pero no le hacía caso. También a mi papá, que me repetía al oído que debía cuidar a mi mamá. Pensar en ellos, mi familia, me daba fuerzas para seguir cuando las piernas me dolían. Hacía frío, pero después pegaba el calor... y una vez nos cayó una llovizna de cueva. El bolso me pesaba en la espalda, y sentía por momentos como si me estuvieran jalando. De hecho, un par de veces sentí el tirón y me volteó y no veo a nadie. No sé cómo eran las paredes de las cuevas, porque a veces tenía la sensación de estar en un espacio amplio... y otras que el túnel era tan bajo que uno tenía que agachar la cabeza. Y las pocas veces que las luces de los guardias apuntaban a las paredes, uno veía que eran como de vidrio derretido, y los túneles eran rectos y largos. Las sombras caían como pesadas cortinas. Miraba arriba y el techo se abría como un abismo sin retorno del que caían gotas ácidas. Mira que la Cueva del Guacharo tiene cavidades que se conectan con todas las cavernas del país, y más allá. Yo andaba cerca de unos policías que venían hablando de un hombre que se cortó las venas por una gruta, porque unos bandidos peruanos le violaron a la mujer y a la hija y las mataron. Resulta que el hombre se cortó las venas, y cuando fueron los policías a recogerlo no lo encontraron. También hablaron de una compañía petrolera que fue a excavar los túneles en Monagas cuando hubo un derrumbe y uno de los operadores quedó sepultado en una burbuja.

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—Y quedó loco... —los oí decir con las pesadas botas crujiendo bajo el barro —. Empezó a dibujar ángeles en las paredes. Pero no angelitos con alas, más bien, unos bichos feos que parecían unas ruedas.

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Fue entonces que me di cuenta que el suelo crujía cuando pisaba como si estuviera pisando huevos. Una luz alumbró un pocotón de ciempiés diminutos que el gentío venía pisando y nadie sabía de dónde venía. Los millones de animalitos salían del barro como gusanos y sus caparazones cedían bajo nuestras suelas. Es una de las cosas más espeluznantes que he visto en vida: una alfombra de ciempiés de todos los colores en una cueva oscura. Seguimos adelante sin mirar atrás, pero más de uno entrelazó las manos para orar en silencio. Los policías que cerraban la fila hablaron en voz baja de unos aullidos que escuchaban de las paredes, pero uno del frente regresó sobre sus pasos y los mandó a callar. Oí una exhalación, y sentí el pesado aliento en la cabeza como una espiración subterránea. Eso me dejó desconectado... Miré la oscuridad inmensa, más inmensa en los intestinos del mundo, como si un Leviatán fosilizado abriera sus fauces para inhalar un suspiro milenario.

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Llegamos a un río subterráneo que no nos llegaba más arriba de los tobillos pero que tenía una corriente fuerte, y entonces pisé lo que... y esto es una de las cosas que más me cuestan contar. Estaba fría. Yo pisé unos huesitos, creo que eran los que están en la parte de atrás de la nuca, y eso a mí me dejó en shock. Un policía me pegó en la espalda y me hizo entrar en razón. Seguí caminando, pero esta vez no era. Caminaba detrás de todos y solo pensaba en mi mamá y en qué quizás no la vuelva a ver más.

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Finalmente llegamos a un portón que nos conducía a una escalera de caracol que parecía tallada en la piedra. Subimos uno a uno, ascendiendo por una trampilla hasta una estación de metro cerrada. Anaibel se despidió de nosotros con una frialdad profesional, ni siquiera pasó revista de los que habían pagado el viaje en la oscuridad hasta América. Nos dijo que más adelante estaría un portón que daba a una tranvía moderna, que subieramos con cuidado al metro porque el tren era muy rápido al pasar por los rieles. Que ya estábamos en Nueva York, y felicidades por cumplir el sueño americano. A lo lejos se sentía un frío agradable y un aire puro... Llovía sobre el asfalto sin grietas y sentía la imponencia de los rascacielos mientras los trenes hacían retemblar las superficies metálicas que desprendían un hedor recalcitrante. Luces distantes iluminaban cada centímetro, pero los que se alcanzaban a ver caminaban entre sombras con la mirada perdida.

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Entonces se volvió a meter en la trampilla sin contarnos, y no la volvimos a ver.

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Miré a mi alrededor y no vi ninguna mujer embarazada, y éramos unas cabezas menos. Pero como a nadie le importó, me encogí de hombros y seguí caminando...

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Recordé que tenía una botella de agua, pero no la conseguí. Debí haberla perdido en el trajín subterráneo. Se escuchaba una escalera mecánica y un anuncio en inglés de una voz femenina y robótica. Tenía hambre, pero al revisar mi bolso no encontré los panes ni el queso. Extraño, miré a mi alrededor incapaz de creer lo que pasó. ¿En qué momento alguien me abrió el bolso? Suspiré, escuchando los vehículos sobre mi cabeza en lo que parecía un embotellamiento de tránsito.

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Al menos yo sí me salvé de los Túneles del Guacharo. Me palpé los bolsillos en busca de la caleta de dólares y sentí un calor agradable en las tripas cuando lo encontré...

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u/Delicious-Belt7790 — 23 days ago
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Los Duendes de las Moreas

Jaime Ortega y Luis Angel subían vídeos sobre encuentros paranormales en Ciudad Zamora, pero en su último directo sufrieron un encuentro con una fuerza desconocida que se viralizó en redes tras la noticia de su paradero desconocido. Su canal fue cerrado de YouTube a los días, pero las millones de vistas ya habían inundado internet con miles de comentarios y reacciones que no tardaron en empujar averiguaciones por parte de las autoridades en uno de los casos de desaparición forzada más extraños del país caribeño.

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Mi nombre es Carlos Orsetti, soy investigador de lo oculto y en este episodio de Nación Inexplicable vamos a analizar este escalofriante metraje, grabado por ellos mismos en un barrio marginal de la antigua Ciudad Zamora, sin saber... que estaban cruzando una puerta desconocida de la que nadie regresa. Acompáñame a ver la primera toma de estos dos muchachos, aspirantes a influencer, horas antes de su oscuro destino.

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—¡Hola a todos! —Jaime Ortega apareció en pantalla en una toma frontal de su rostro con lentes oscuros y un sombrero de paja—. ¡Gracias por su apoyo durante la expedición al Psiquiátrico Bolivariano de Ciudad Zamora durante la noche! Con su apoyo seguiremos investigando estos lugares y documentado lo que... —retiró los lentes con sus dedos mostrando unos ojos azules que desprendían destellos auríferos—. Esta noche recorreremos Las Moreas. Un barrio de nuestra Ciudad Zamora donde los vecinos cuentan que unos duendes buscan llevarse a los niños.

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La toma cambió a un viaje en automóvil, conducido por Luis Ángel: un amarillento joven de cabello oscuro y largo a la moda «dark» juvenil. Enfocaban por la ventanilla las casas estrechas de colores pastel en calles desprovistas de acera. En patios cercados se alzaban platanares cargados de racimos verdes, matas altas de lechoza, maizales apretados y frijol mezclado con maleza. Y altares, por supuesto, porque en Las Moreas convivía una Comunidad de Santería Yoruba en eterna guerra espiritual contra la Congregación de la Pastora Esther Martínez.

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Los muchachos entrevistaron a esta última en un segmento corto que nos mostraba el interior de su humilde vivienda con un patio arenoso para criar gallinas y un techo de óxido colmado de goteras y fotografías de sus hijos.

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—Ay mis muchachos—contó en su entrevista después de haberse pintado los labios y sonreír con unas encías desdentadas—. Mis hijos mayores se me fueron los dos pa'lla pa'l Dorado. Uno de ellos es médico y se rebusca y me manda bien porque con lo que me dan los diezmos de la iglesia poco se hace. Es tremendo. Y mi hija, esa del cuadro de'lla, es bien bonito, ¿verdad? Esa se casó con un brasilero y ya está esperándole un hijo pa'lla pa' Manaos.

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»Pero yo no me quiero ir, pue' esta casa humilde y todo es lo que me quedó después que se me murió Ismael. Veinte años de casados y se me lo llevó el virus en la pandemia. A ese cómo le gustaba la predica y tenía un poder de convencimiento que Dios se lo dió para tener su ministerio. Bueno, después que se murió el Pastor se fueron yendo las ovejas y ahora somos la Hermana Carmona, Carmencita, el Hermano César que ese también se puso malo con el virus, y la Hermana Claudia que es la que canta las alabanzas.

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»Y allí vamos guerreando ya, porque ya la gente no quiere creer en Dios. La juventud lo que quiere es irse pa' la mina y regresan desatado alzando caballito en las motos y matándose. ¡Ay Dios mío, no! Esos muchachos no velan por sus vidas, vale. Y nosotros orando para que ya no se estén matando en esas motos. La semana pasada se mataron dos en ese cruce de allá atrás. Chocaron de frente las dos motos y quedaron allí mismo los muchachos. Y qué uno iba borracho y se llevó al otro de frente. Al hijo mío yo no lo dejaba andar en moto porque eso era un peligro y...

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»Ah verdad, le estaba hablando de que sí, ya la gente no quiere creer en Dios. Están todos como endemoniados, y eso es porque la vecina de pa'lla por la farmacia se la pasa haciendo brujería de noche. Esa y que la han visto volando de noche convertida en un pájaro horrible. Esa quiere que la gente se aleje de Dios para que vayan a ella y que les monte Trabajos. Así mismo e', mi mamaita era bruja raja'. Sí, mis niños... A esa yo le hacía Banco y se le metía un Demonio que la hacía camina' por las paredes con los ojos blancos. ¡Mira, que te lo cuento y me empeluco toda! Esa le picaba torta al Negro Felipe y hacía magia roja cuando vivíamos en San Félix. Teníamos a todas las viejas brujas metia' en la casa echándose las cartas y reventando polvo' en un cuartico.

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»Pero yo me dejé de'so cuando me junte con Ismael y me entregué al Señor. Mi hermana es la que siguió en eso y hasta dónde sé también se metió a viví con una mujer y ay Dios, esa le va a llega' su castigo por andar en los Caminos del Mundo. Yo siempre que puedo la meto en mis oraciones para que Dios le dé entendimiento, a ella y a mis hijos que están trabajando en lo peligroso. Y estamos guerreando para llevar la Palabra a las casas todos los sábados en la mañana, porque hay que meterle la mano a la Juventud y a los que están haciendo lo malo.

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¿Hasta dónde son capaces de llegar las creencias? En este canal hemos visto hombres que han renunciado a sus vidas por una fé ciega que los inspira a llegar más allá. En el Barrio Las Moreas se mezcla la superstición africana con el cristianismo fanático en una lucha que muchas veces llega a las últimas consecuencias. Los que investigan estos sucesos muchas veces se encuentran con cosas... que no pueden explicar. Si en el primer segmento, los protagonistas tocaron a la puerta, en el siguiente descienden sus primeros escalones a un sitio prohibido.

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—Raúl Sabines es un Santero de treinta y cinco años que se mudó a Ciudad Zamora cuando se casó con Fátima—contó Jaime Ortega mientras Luis sostenía la cámara frente a la fachada verde manzana del ladrillo que tenían por casa—. Siguiendo la herencia de su familia en Maracay, le enseñó a su esposa los distintos rituales con la esperanza de seguir transmitiendo la tradición a sus hijos en el Crecimiento Espiritual.

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Raúl tenía un altar en un mangal junto a los platanares de su patio. Luis lo grabó en primer plano como un vistazo a un mundo oculto detrás de un cristal alumbrado por velas. El Patrono de la familia Sabines era Don Nicanor, secundado por el Dios Chango y Obatalá; a los que se servían ofrendas para aplacar los males que los perseguían. El hijo mayor de Raúl: Luis, de doce años, le hacía Banco a su papá mientras este bajaba en su cuerpo uno de los espíritus para darle consejo a la mujer que tenía una peluquería medio famosa en el sector. También, Raúl se reunía con otros Santeros buscando asesoría y guía en las dificultades.

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—La gente piensa que todo lo que no es de la Iglesia fue del Diablo—explica después de una sesión en el patio, comenzando a anochecer—. Nosotros nunca hemos buscao' hacer lo malo, porque todo se regresa. El Guía de uno lo ayuda a progresa en la vida, siempre y cuando nunca busquemos hacer lo malo a los demás y sea uno trabajador.

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»Pero pa'lla, por el barranco detrás de las casitas, es que sí se reúnen a hacer lo malo. De eso ya está protegida mi familia y los vecinos, y mis muchachos no se van pa'lla porque se les puede arrecostar un Muerto. En esas casas se murió mucha gente. Yo no los veo, pero mi hijo menor sí es Materia, y tiene la Visión para comunicarse con el otro reino. Ese ni en carro le gusta pasar cerca del Barranco, porque todavía están todos los abortos enterrados de cuando el prostíbulo de Doña Dora, que de último se metió a cristiana cuando se le murió la hija con el bebé adentro. Esa se hubiera salvado si se trataba con uno, pero nada, el Pastor Ismael la mandó ayunar y dejó el tratamiento y se complicó.

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»Pa'lla pa'l Barranco es que entierran a las personas, no en cuerpo sino espíritu. Eso sí no hace uno como Santero, pues uno busca sanar y avanzar, y esos que dicen ser brujos y te entierran a la gente tienen arrecostado un pocotón de Muertos y Demonios que los mandan a dar tormento y terminan locos. Había una viejita que hacía Trabajos de magia negra por el platanar, tonces' los duendes se la pasaban persiguiendo niños entre los plátanos y robándole los desechos a las mujeres. Y todo eso se quedó abajo. Yo sé que van pa'l Barranco de noche, y vermo... tengan cuidado oyó. De to'as maneras—y con un atomizador en su altar les roció el cabello con esencia de perfumes—. Maferefún la Osha, y vayan con cuidado que pa'lla se congrega el Maligno.

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Jaime y Luis fueron advertidos por Raúl Sabines sobre lo que acechaba en el Barranco. Esta era una depresión del terreno que utilizaban los habitantes de Las Moreas como vertedero, así como santuario para enterrar maleficios y así acabar con sus víctimas desde adentro. Y en transmisión directa fueron captando un panorama desolado, encontrado... lo que no se les había perdido.

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La cámara enfocaba una enramada tupida sobre montañas de plástico, cartones podridos y botellas de vidrio medio llenas por el agua de lluvia. Jaime descendía por el terreno desigual con un aro de luz en el pecho para iluminar las favelas de lámina derruidas y los desperdicios enterrados, mientras Luis se cuidaba de grabar y no hundirse en la arenisca gris.

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—Veo algo, brother—se refirió el camarógrafo al llegar al fondo del barranco poblado de árboles centinelas—. Mire ve, allá entre las matas.

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Jaime saltó por los charcos de agua estancada y las raíces sobresalientes del limo grasiento.

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—Hace frío en esta vaina.

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—¿Qué es eso, macho? —Luis enfocó la cámara en una tabla clavada a un tronco.

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—Parecen unas culebras metidas en frascos de ron —explicó el otro mirando a la cámara, y acercando los dedos al frasco de licor amarillento—. Pero son raras, porque parecen como unos gusanos de tierra y...

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—¡¿Qué es eso?!

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Y Jaime saltó con un alarido cuando lo que estaba acuchillado ante sus zapatillas pegó una carrera. Y los dos corrieron en pos del ser que se desvaneció en los matorrales, los fotogramas se sucedían en un claroscuro de gritos y transpiración, hasta que giró con un aullido y permaneció congelado en un cuadro bañado por el argénteo ulular de un plenilunio.

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—Mira, huevón. Dejaste caer la cámara.

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—Coño, disculpa mano.

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Y la grabación se dirigió a un Jaime desaliñado y sudoroso.

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—Vimos uno. Corrió al fondo del Barranco y se perdió... Era como un niño desnutrido.

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—¿No sería un indiecito?

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—Nah, qué va... —sonrió con Malicia, brillante el rostro por la luz pectoral—. Era uno de esos que viven cerca de los portales.

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—No me digas eso—dijo Luis con la voz quebrada.

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—En Las Moreas viven puro' brujo—asintió Jaime—. Y los abortos tirados al barranco, y...

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Pero siguieron avanzando ante los ruidos de la noche. Pues se movían las alimañas entre las botellas quebradas y las montañas plásticas que ocultaban favelas de herrumbre que no guardaban más que miseria. Y la enramada que crecía sobre la estéril tierra era raquítica y quebradiza, y del limo asomaban botellas desenterradas con fotografías viejas rellenas de agujas y huevos podridos. Pero no había canto de grillos o ronroneo de batracios, solo el plañidero silencio y el ocasional crujido húmedo de los ciempiés bajo las suelas de sus zapatos.

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—¡Qué puto asco! —Se quejó Luis apuntando la cámara al suelo arcilloso—. ¿Por qué hay tantos ciempiés?

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Y se retorcían en cardumen bajo su pies: escarlatas y negros, sacudiendo sus viscosas patas mientras las reacciones cubrían la pantalla y los comentarios en vivo dejaban entrever un repelús general hacía los artrópodos rastreros que iban por cientos. Y los crujidos de sus caparazones al ceder provocaron náuseas a más de un espectador.

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La noche cerrada caía sobre ellos con un vendaval de hojas marchitas, y pronto se hallaron ante una favela de cinc y madera vieja, desprendiendo un débil resplandor rojo como de una lámpara de queroseno.

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—Mira eso, Jaime—se dirigió el camarógrafo—. ¿No es ese el mismo altar que vimos hace rato?

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—Sí, loco... —el muchacho palideció—. Pero no está la morrona en el frasco.

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—Carajo...

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—Esto no es montaje—señaló a la invisible audiencia—. Cuando bajamos al Barranco no había ninguna casa iluminada.

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—Y este altar estaba más sucio—apuntó Luis—. ¿Quiénes son esos Santos?

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—Esto sí no son Santos —Jaime le mostró una sonrisa pálida—. Estos sí son del Palo Mayombe, ¿te acuerdas?

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—¿Y la choza de lámina?

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—Vamos a ver.

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—¿Y si él que vive allí se molesta?

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—Solo vamos a ver.

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Y enfocaron la casita de metal herrumbroso que se alzaban en medio del barranco. La incandescencia rojiza los bañó y un gruñido deformó los píxeles de la toma momentos antes que se viera interrumpida.

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El live de YouTube que estos muchachos transmitían pronto comenzó a inflar sus números, conforme la alarma de sus seguidores incrementaba su preocupación. Todos los habitantes del sector saben que en el Barranco no vive nadie desde hace muchísimos años. Las epidemias de Chikungunya terminaron de diezmar la población indígena que migró a los barrios de Ciudad Zamora por la creciente violencia en el Arco Minero del Orinoco. Entonces, ¿quién vivía al fondo del Barranco de Las Moreas y por qué los vecinos jamás se percataron de las luces que alumbran ese agujero? Los grupos de internet han discutido la posibilidad de un... arrebato.

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La cámara volvió a transmitir tras dos horas de oscuridad y estática mientras el plan de datos móviles agotaba sus últimos suministros de saldo en la intermitencia de la señal. Un gruñido y un ladrido cavernoso despertó a un macilento Jaime Ortega sobre una plancha de piedra mientras el fulgor rojizo de la lámpara de queroseno daba a su aspecto pálido un tono grasiento. En las paredes oscuras se alzaban estanterías mohosas con pájaros extraños en jaulas de plomo, y frascos en conserva de... seres indescriptibles, agitando en un morboso reposo.

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Luis comenzó a gritar detrás de cámara mientras el joven sobre la plancha volvía a la vida.

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—¡¿Luis?! —Sus ojos azules, negros en la penumbra, se abrieron como pozos—. ¡¿Qué mierda, Luis?! ¡¿Dónde estás?!

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—¡MALDITA SEA, JAIME! —sollozó el muchacho con la voz quebrada y respirando entrecortado—. ¡ESTÁN AFUERA! ¡ESTÁ TODO AFUERA!

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Jaime se incorporó con una mueca, asustado.

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—¡¿Qué...?!

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—¡Mis tripas! ¡Las tengo afuera!

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Y rompió a llorar, ahogándose por momentos. Jaime saltó de la plancha, pero al momento de tocar el suelo sus piernas se hundieron, incapaces de sostener su peso.

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—¡Ahhhhh! —Aulló, retorciéndose de dolor en el suelo—. ¡Los tobillos, Dios! ¡Me destrozaron los tendones!

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—No me quiero morir...

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Pero ambos guardaron silencio cuando apareció una figura de negra cortina en la penumbra de la choza. Los pájaros soltaron parloteos roncos, y una mano esquelética como una araña blanca levantó un ciempiés rojo de patas amarillas al muchacho en el suelo.

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—¡No, no! —Gritó Jaime arrastrándose por el suelo con las manos en frente—. ¡Eso no, eso no! ¡Por Dios, yo...!

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Pero la figura se movió con un chasquido de piedritas, y un canino desconocido empujó la mesa donde reposaba la cámara. Esta cayó al suelo de tablas podridas y el animal se precipitó con una rabieta.

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—¡No, deja...! —Aulló Luis Ángel contra los gruñidos del perro—. ¡No, eso es mío...!

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Pero los alaridos de Jaime opacaron el escándalo mientras se cuerpo convulsionaba contra la madera y las guacamayas coloridas gritaban en coro diabólico.

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La transmisión terminó.

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En este mundo existen misterios que nunca comprenderemos. Fuerzas que se deleitan con el sufrimiento del Hombre, intruso y asesino en una tierra recién descubierta, y puede que algunas veces estas ventanas se abran para devorar al incauto. Cientos de discusiones en foros jamás podrán discernir el horror que ambos jóvenes vivieron, y la policía fue incapaz de encontrar algún indicio sobre su paradero, o rastro alguno de la choza que se los tragó. Se desvanecieron en la oscuridad de internet. Aún lloran sus perdidas en Ciudad Zamora, y Las Moreas se murmura en voz baja lo que ocurre cuando alguien decide bajar al Barranco. En este canal investigaremos esos misterios al otro lado del terror. Mi nombre es Carlos Orsetti, y no olviden seguirnos, somos... Nación Inexplicable.

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—El Extraño Caso de Las Moreas, 6 millones de vistas en Youtube.

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u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago

La Epidemia de Suicidios de Marhuanta

La ola de suicidios del Barrio Marhuanta de Ciudad Zamora en el año 20XX, es uno de los paradigmas sociales más debatidos del país... por la supuesta experimentación genética sobre esporas del Instituto Tecnológico de Puerto Bello que afectó a los habitantes del sector. El reporte fundacional de exterminio finalmente fue publicado, por lo que la reconstrucción de los hechos revelará la verdad sobre las víctimas de tan nefasto proyecto científico, que buscaba salvar al mundo... y terminó destruyendo decenas de familias, amenazando a una ciudad entera con la proliferación de un agente biológico desconocido. 

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Se cree que Mirvida Flores, de 26 años, fue la primera víctima registrada de esta epidemia mortal: la joven presentó una depresión crónica—según redacción del psiquiatra que la trató en el Manicomio Bolivariano—, que le impidió continuar con sus actividades cotidianas, y relacionarse con sus familiares... provocando un aislamiento y descuido físico que se prolongó durante meses. Sus padres achacaron este desánimo al despido de la muchacha de su cargo en el SENIAT por errores durante una fiscalización, ocupación que ejerció por dos años tras graduarse de la universidad, despertando murmuraciones entre los vecinos, por supuestamente haberse ganado el puesto como amante de uno de los auditores del instituto; misma razón de su despido.

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Mirvida sufría muchísimo por la incapacidad para conseguir empleo ante la crisis económica, sintiéndose insuficiente para aportar a los gastos del hogar... y dejando de alimentarse por «no merecer la comida». Hasta que la mañana del 14 de Abril de 20XX, fue encontrada muerta por su anciana madre, envuelta en las cobijas ensangrentadas con las que se acurrucó de niña... tras abrirse las muñecas con una hojilla de afeitar y desangrarse en la madrugada durante una crisis. 

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El caso de Rocío Guerrero, de 14 años, fue mucho más trágico... ya que se trataba de una niña que salió embarazada, y perdió al bebé en un aborto espontáneo, producido por una profunda depresión debido al rechazo de sus padres y el repudio de la comunidad. La adolescente jamás se recuperó de esta tragedia, y decidió acabar con su vida disparándose en la cabeza con la Zamorana nueve milímetros de su papá, que era oficial de policía... un día que dejó la pistola sobre la mesa tras llegar borracho. El barrio lloraba lágrimas oscuras con la temporada de lluvias erosionando la arena de las calles pedregosas y las grietas del pavimento rancio... y la tristeza se hacía próxima con el advenimiento crepuscular de los derroteros.

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Doña Calvario fue encontrada muerta en su ranchito de paredes metálicas. Nunca se supo exactamente cuándo murió, pues los vecinos se enteraron que falleció por el mal olor que desprendía su casa destartalada... que fue rompiéndose en pedazos desde que Don Andrés se descompensó por el virus, y los doctores lo terminaron de matar en el hospital.

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Los dos hijos del anciano matrimonio se habían ido a la mina en busca de dinero, y jamás regresaron al barrio. Los vecinos supusieron que a ambos se los tragaron los derrumbes en el inestable terreno de explotación, o no resistieron las mortales enfermedades del agua contaminada, o fueron víctimas del sistema anarquista de bandas criminales que gobierna aquellas tierras sin ley.

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Los ancianos nunca les hablaron de su tristeza a los vecinos, solo continuaron con sus vidas como podían: Don Andrés intentaba trabajar la tierra árida en su cuarto de hectárea, a pesar de sus achaques respiratorios y la debilidad en sus manos que le impidió seguir reparando zapatos; y Doña Calvario continuó con sus trabajos como costurera, recortando el ruedo de los pantalones y achicando camisas con su máquina de coser por módicos precios, «porque la economía estaba fea para todos, y no podemos tirarle a los vecinos». Si llegaron a necesitar medicamentos para sus malestares de la presión o gripes estacionales, jamás se lo hicieron saber a nadie... Siempre se habían tenido el uno al otro, porque huyeron juntos, y se comprometieron en la floreciente Ciudad Zamora.

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En sus últimos días, Doña Calvario llegó a contarles a las vecinas que le regalaban el café matutino, que sus papás se mataron en un accidente de tránsito cuando ella tenía solo cinco años, porque su mamá fue a hacerse un aborto en Puerto Bello. Se crió como sirvienta en casa de una tía abusiva que no quiso que ella estudiara, hasta que conoció a Don Andrés, que era maltratado y explotado por su padre alcohólico desde que se lo robó a su mamá en la Isla de Margarita, donde creía que tenía un hermano mayor que lo estaba buscando.

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Ambos huyeron bajo la promesa de salir adelante juntos, y construyeron un ranchito con humildes paredes de zinc que crujía cuando el viento soplaba desde la Colina de los Báez, y se filtraba el agua cuando la temporada de tormentas azotaba el barrio. Y vivieron su idilio en los cañaverales, a pesar de las postulaciones rechazadas de la Corporación Metalúrgica de Guayana, y la precariedad alimentaria que se aliviaba por momentos con los sembradíos de yuka, ñame y plátano. El nido vio florecer los retoños gracias a los trabajitos de obrero y zapatero, y los remiendos de Doña Calvario. Los niños jugaron en los matorrales, y recorrieron el Paseo Orínoco al atardecer mientras se fundía el sol con destellos auríferos sobre el río. Y ellos sentían que se querían, y ni siquiera el abandono de los muchachos, o los años de soledad viendo telenovelas juntos, o el hambre recurrente por la escasez, o la vejez repentina que llegó como el mar, o los martirios del trabajo y el desvanecimiento de los ahorros por la inflación... pudieron quebrantar el juramento que Don Andrés le hizo a su amada.

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Hasta que llegó el virus, y el mundo se detuvo...

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La madrugada del 21 de Febrero de 20XX, Doña Calvario llamó a gritos a Leonel, dueño del Fundo El Progreso, el único que tenía camioneta del barrio en ese momento de crisis económica... pidiéndole que por favor llevará a Don Andrés al Hospital Rómulo Marcano porque había contraído el virus y no podía respirar. Partieron enseguida al complejo hospitalario, donde el anciano muy debilitado por la diabetes y la desnutrición... no resistió el procedimiento de entubación, y falleció de un paro respiratorio. A Doña Calvario no le permitieron entrar a despedirse por ser de la tercera edad y posiblemente estar contaminada. No se ofició ceremonia funeraria, ni entierro... Ni siquiera le dijeron que Don Andrés la estuvo llamando en sus últimos momentos, pidiendo que tomara su mano mientras la máscara de oxígeno deformaba su cara huesuda. La pandemia no permitía velar a los muertos, y ella no contaba con los medios para pagar un entierro digno... por lo que el anciano fue incinerado junto a decenas de muertos en una fosa común por decreto gubernamental. 

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Doña Calvario regresó a su casa destartalada, pero ya no era un hogar... y poco a poco esta construcción se fue cayendo a pedazos, porque ya no estaba Don Andrés para reparar como podía las goteras de la techumbre, quitar la herrumbre de las paredes y rellenar los agujeros del suelo de cemento pulido. Los platanares fueron invadidos por el crecimiento desmesurado de los matorrales, y las herramientas del difunto comenzaron a desaparecer a medida que el terreno era abandonado. La anciana parecía un espanto raquítico, con los cabellos blancos tostados por el sol y las piernas varicosas apenas cubiertas por las batas descosidas que sus agotados ojos eran incapaces de remendar. Unos dijeron que estaba ciega de un ojo, y apenas veía por el otro; y que no dormía, porque se pasaba la noche toda repitiendo las novelas de cable libre que en otros tiempos disfrutó con Don Andrés y los niños.

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Cuando dejó de salir de su cabaña de láminas podridas, nadie se tomó la molestia de ver si seguía viva... simplemente la calle de tránsito del barrio comenzó a apestar, y los vecinos llamaron a las autoridades para entrar.

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La impresión de aquella morada inhabitable conmovió al oficial Alonzo Zaragoza, que dictó el deceso por inanición de la anciana Doña María Calvario como un caso de negligencia social. El sistema había fallado... ¿Cuándo nos equivocamos? En sus últimos meses de vida, la pobre mujer apenas comió los tubérculos que su finado esposo desenterró, incapaz de siquiera caminar por las dolorosas úlceras en sus pies... y muriendo lentamente en una cama amarillenta, demasiado débil como para levantarse a pedir ayuda, o hacer sus necesidades fisiológicas en el baño. La humedad había carcomido las tablas de la cama, por lo que estaba a ras del suelo... y las goteras estaban pudriendo el colchón, que despedía un olor acre. La estufa a leña no fue cargada nunca más... y en la despensa solo encontraron aceite podrido y cajas vacías de poliuretano extrañamente desmenuzado, y recubiertas de unas esporas como pequeñas flores de lavanda.

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El cuerpo apenas pesaba unos veintisiete kilos, y estaba tan desnutrida y deshidratada que la piel comenzó a cuartearse... semejante a un esqueleto cubierto de pellejo verdoso y pelambre pálida. Los indicios eran claros, y la autopsia lo confirmó: suicidio asistido por deshidratación; repitiendo los patrones de aislamiento y depresión crónica que se repetirían por años en el Barrio Marhuanta.

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Cuando sacaron el cadáver, la pequeña casa no tardó en desmoronarse: solo quedó un deshuesadero devorado por el monte. Allí donde una vez vivió un matrimonio... permanece un cañaveral en el que sopla el viento, con un lamento que anticipa un nombre. El viento sopló desde el cerro trayendo un hedor a gasolina estancada desde un lugar profano...

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Los hombres que se mataron en los meses siguientes presentaron síntomas de apatía, aislamiento y desinterés. Algunos de ellos intentaron tratarse en el Psiquiátrico Bolivariano, pero ni la terapia—prestada en labor social por los pasantes—, o el subsidio de medicamentos... pudieron contrarrestar este malestar crónico que afligía sus mentes. Uno de ellos declaró: «Es que yo no sé por qué no puedo ser una persona feliz». Quizás la cultura predominantemente machista del venezolano lo haya forzado más allá de las exigencias materialistas del mundo moderno, y el socialismo mal ejecutado haya destruido la igualdad de oportunidades... ocasionando que los hombres que no dieran la talla en el ejercicio socioeconómico, se sintieran insuficientes como seres humanos. La crisis económica multiplicó una pobreza reverberante, y los jóvenes vislumbraban un futuro irrisorio a merced de la explotación laboral, la precariedad alimentaria y la desilusión de las mujeres... ¿qué podría insuflar vida al corazón de un varón? Los sueños despedazados en un abismo de necesidades mudas. «El hombre es fuerte. Y sí no lo es, tiene que aparentar ser fuerte. Porque ser delicado y esperar flores es para aquellos a quienes los hombres debemos proteger. Eso no implica que seamos invencibles».

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Se creía que solo las mujeres eran propensas a esta maldición que causó revuelo entre el gentío supersticioso del barrio, hasta que el suicidio de Álvaro García ocasionó una conmoción sin precedentes. Era un muchacho trabajador y alegre que solía compartir con los otros jóvenes del sector en el vertedero de matorrales, pero que una mañana fue encontrado ahorcado en la cocina de su casa. Y como un torrente de espuma volcánica, los jóvenes comenzaron a quitarse la vida, aislados y tristes, sofocados por el mundo y la presión de los medios que les imponían voluntades ajenas, en una máquina trituradora de esperanzas. Quizás las notas de suicidio puedan arrojar luz mortecina a sus penurias existenciales: «Yo te amo, mamá, pero me estoy desmoronando». Los hongos azules relucían al anochecer como un destello nítido en la distancia... «Yo estaba bien, a veces se pone todo cuesta arriba, pero intento hacer lo mejor que puedo». «Desde ayer que te fuiste, hay humedad y frío en la música, hace frío sin ti, pero trato de vivir...». «Solo quiero salvarme a mí mismo de esta tristeza». «Sé que no he sido un buen amigo con ustedes... Soy un psicótico que se aleja de los demás a propósito, y tengo mis razones para estar solo. Pero los quiero, a mí manera, los quiero». «No sé por qué sale mal cuando estoy más ilusionado».

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El colectivo pensó que los brujos de los Báez—Santeros de la religión Yoruba—, habían soltado una maldición sobre el barrio vecino... y comenzaron una campaña de discriminación y abuso verbal que degeneró en conflictos y amenazas. Las denuncias inundaron la fiscalía cuando los vecinos intentaron montar un altar cristiano en el vertedero de basura de los matorrales: una montaña de plástico y vidrio en el corazón de una extensión baldía... donde los muchachos se reunieron en el pasado para fingir ser adultos, bebiendo alcohol y fumando cigarros, sin saber que ninguno de ellos cumpliría la mayoría de edad. La comunidad denunció por radio y redes que las montañas de desperdicios estaban cubiertas de unas excrecencias fungosas, en la cual florecían unos hongos fosforescentes de un indigo espantoso sobre los desechos plásticos, un supuesto imposible para la biología conocida. La brisa hedionda acariciaba con tentáculos morbosos aquella montaña de fosforecencia celeste. Estas denuncias de posibles contaminantes que afectaban a nivel cognitivo y psicológico hicieron eco en la alcaldía del municipio y la gobernación... tanto, que el encubrimiento durante el exterminio no permitió conocer la totalidad de los hechos hasta muchos años después.

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Durante las semanas subsiguientes a la alerta sanitaria, camiones militares con logos desconocidos y escuadrones con escafandras amarillas y lanzallamas acordonaron el área con cintas y barreras de riesgo biológico. Las calles sin pavimentar se llenaron de un bullicio impropio con el paso de camionetas blindadas y tractores con barriles pesticidas. El barrio se contagió con gases de fumigación intolerables, y un gran incendio terminó por devorar los restos de lo que desenterraron del subsuelo, y transportaron en contenedores metálicos a un sitio secreto más allá de la Carretera Perimetral.

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Los suicidios se detuvieron, y los habitantes fueron examinados periódicamente en ciclos de tres meses por doctores especializados; hasta que dos años después, simplemente dejaron de aparecer y el caso cayó en el olvido mediático. Hoy en día, los habitantes del Barrio Marhuanta desconocen el horror que vivió bajo sus pies, como un aborto palpitante, que se introdujo profundamente en sus mentes para corroer microplásticos, ocasionando desequilibrios hormonales fatales. La inconsciencia ciudadana jamás aceptará el veredicto del reporte de exterminio fundacional, y seguirán denunciando que una maldición profana fue invocada en los matorrales.

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«Unas luces que parpadean en la noche, allá donde las brujas hacen sus nidos». Bajando del Pináculo de los Báez para pasearse entre los habitantes y arrebatar su felicidad. Ellos son gente inculta y supersticiosa, incapaz de comprender el ciclo de las esporas y los experimentos genéticos que buscaron revolucionar nuestra Edad del Plástico. Es preferible que crean en duendes y espantos, es más fácil de asimilar. 

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Según el reporte de exterminio publicado en 20XX en el servidor de archivos fundacionales disponible al público, un grupo científico del Instituto Tecnológico de Puerto Bello modificó una muestra de un hongo amazónico capaz de degradar poliuretano y descomponer polímeros plásticos sin necesidad de oxígeno, con genes del Hongo Gigante de Oregón, para engendrar un súper organismo subterráneo de gran biomasa. Este experimento genético buscaba una alternativa ecológica para combatir la contaminación del mundo, acelerando los ciclos biogeoquímicos.

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Los científicos encabezados por el Dr. [CENSURADO] querían estudiar al híbrido en un ambiente urbano para observar las variables del ecosistema en vertederos municipales... plantando una espora del hongo en las montañas de plástico y desperdicios sólidos del Barrio Marhuanta. El espécimen se desarrolló rápidamente en los residuos, descomponiendo las capas de poliuretano y cloruro de polivinilo; rompiendo los enlaces del polímero en forma de flores cerúleas... y excretando un hedor a gasolina que la comunidad pasó por alto como la acumulación de gases en las gasolinerías abandonadas de la Carretera Perimetral. La constante acumulación de desechos de parte de los habitantes continuó nutriendo los sedimentos de esta quimera, hasta que una particularidad del reino desató la calamidad en el barrio.

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Los hongos producen grandes cantidades de esporas microscópicas, transportadas por las corrientes de viento que soplan desde la Colina de los Báez hasta la población del Barrio Marhuanta; que al ser inhaladas, quedan almacenadas en el organismo. Este hongo se aferró a los microplásticos dentro del cuerpo, rompiendo enlaces químicos y ocasionando desequilibrios hormonales; traducidos en repentinos cambios de humor, apatía, y deterioro del pensamiento cognitivo. 

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Los científicos del Instituto Tecnológico de Puerto Bello decretaron que estas esporas eran nocivas para la salud, y en convenio con la Fundación Trinidad... acordonaron el área para erradicar el espécimen, cuyo crecimiento anómalo sobrepasó cualquier estimación: en solo dos años, el organismo alcanzó un peso aproximado de dos toneladas. Se excavó un perímetro de unos cuatro kilómetros, a una profundidad de tres metros, para extirpar las membranas del subsuelo.

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Cualquier residuo contaminado fue incinerado, y a los habitantes del sector se les suministró un fungicida para eliminar el rastro del hongo experimental en su sangre. Hoy día, el espécimen permanece resguardado en el Laboratorio Universitario de Puerto Bello. Se han descartado posibles brotes del hongo en los barrios circundantes del sector marginal de Ciudad Zamora. (El gobierno ha censurado las investigaciones posteriores a su implementación bélica).

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u/Delicious-Belt7790 — 24 days ago

¿Existe público de habla hispana interesado en cuentos de terror cósmico y analógico?

Soy escritor latino de horror cósmico y gótico tropical, y tengo un trabajo muy amplio y antologías premiadas para compartir

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u/Delicious-Belt7790 — 24 days ago
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El Monstruo de Vista Hermosa

Uno de los casos más trágicos que me tocó investigar durante mi labor social ocurrió en un departamento de Vista Hermosa. Se trataba de una viejita de setenta años que vivía con un hijo especial de unos... treinta o cuarenta años. No recuerdo bien. A veces creo que fue un sueño espantoso. Solo sé que ese caso perturbó a las autoridades del asilo de ancianos, y llamó a una crítica social por la forma de vida que llevan estas personas en entornos hostiles económicamente hablando.

¿Algunas has sido voluntario en el asilo o... en Seguridad Pública? La universidad nos mandó como labor social atender a los viejitos que viven en el asilo, y te voy a ser sincero, Gerardo. Nunca había sentido tanta tristeza en la vida. Esos viejitos... muchos no tienen a nadie. Algunos están tan encerrados dentro de sí mismos que casi no hablan. Algunos te miran al entrar y le dicen a los viejitos que tienen al lado: «viste que mis nietos sí vinieron a verme». Discúlpame, es que me pongo triste cada vez que me acuerdo de todos esos ancianos. Siempre que regresaba de esas jornadas, abrazaba a mi abuelita y le prometía que nunca estaría en un sitio así.

Doña Martha no vivía en el asilo, pero recibía los beneficios de los ancianos. Ay no, es que se parecía tanto a mi abuela que se me salen las lágrimas. Solo que estaba demasiado flaca, como si fuera a romperse si le agarraba la mano muy duro. Me tocaba a mí llevarle los kits sanitarios a su departamento, creo que vivía en los Bloques detrás del San Francisco, en un edificio amarillo... o azul. No me gustaba ir para allá, me daba cosa... Ella vivía sola con un enfermo mental. Bueno, osea... era un hijo suyo al que no se le desarrolló el cerebro. Pero igual, se me salen las lágrimas de la rabia porque él la maltrataba. Ella nunca me lo dijo porque no sé, parece que era la única familia que le quedaba. Pero vivía en unas condiciones pauperrimas, y los vecinos escuchaban los gritos del enfermo como si estuvieran matando a un cochino. Eran mugidos como de animal, y unos gemidos grotescos azotando las paredes y las puertas. Ay, yo veía a la doñita tan delicada y pequeña frente a ese monstruo panzón con la cabeza chiquita y la mirada asesina.

Una vez que le llevé un kit de limpieza ella me invitó a tomarme un cafecito para hablar un rato. Me contó que él, Mauricio, no había nacido así, o algo... Que fue una brujería que su suegra le echó para que perdiera al bebé en el vientre, porque no quería que ella estuviera con su hijo. Y que el niño se vomitó en el vientre y se tragó el vómito, por lo que los doctores tuvieron que resucitarlo. Pero él no estaba loco, según ella. Yo le llevaba unos pañales para adultos porque no sabía ir al baño. Y comía, comía muchísimo... A cada momento tenía que tener un pan en la mano mientras veía televisión o recorría inquieto el cuartico con los ojos desorbitados mugiendo como una vaca. Era muy hiperactivo, pero con él no se podía entablar una conversación porque casi no pensaba. Solo sabía decir: «comida», con la ropa desajustada para su barriga hinchada y los brazos gordos pegándole a las paredes cuando la doña no se apuraba con el almuerzo. Ella casi no comía, porque lo hacía muy lento y ese animal se tragaba la suya en segundos, para arrebatarle la de ella. Siempre tenía hambre, y sus dientes picados le daban el aspecto de un Freddy Kruger gordo.

Martha me contó que tuvo una hija mayor. Me contó esto cuando le subí la bombona de gas porque no podía cargar peso y el retrasado nunca le hacía caso. Esta, Coral, se la mataron... Sí, Gerardo. Parece que estaba estudiando enfermería y durante las pasantías un loco se metió al hospital y le cayó a puñaladas. Era la única que estaba de guardia esa noche porque amaba su vocación. Fue un horrible accidente en el que muchos salieron heridos. Era una muchacha sana que la cuidaba y sabía cómo aplacar a Mauricio, pero dejó a Doña Martha sola, encerrada con el monstruo en un departamento que todo el mundo ignoraba. Ese departamento estaba lleno con fotos de ella: su nacimiento, su graduación, sus cumpleaños, sus... éxitos y fracasos. Y el recordatorio de su muerte en la primera plana de El Progreso junto con una oración de José Gregorio Hernández.

Una vez yo le llevé la bolsa de alimentos del asilo. Llegué escuchando los gritos desde el primer piso, era como si estuvieran bañando un cochino, los golpes en las paredes y los muebles no parecían preocupar a más nadie que a mí en todo el edificio. De hecho, una señora pasó al lado mío con una bolsa de compras, y lo único que hizo fue fruncir la nariz con asco.

Cuando la doña me abrió, la vi... golpeada. Tenía moretones y rasguños en los brazos, y... parecía que le pegaron una cachetada que le rompió el labio. Mauricio estaba inquieto porque no tenían qué comer, y estaba detrás de la viejita dándole manotazos y tirando al suelo las fotos de Coral en los cuadros de las paredes. Me entró un coraje que no cabía dentro mío. Entonces no me pude controlar, Gerardo. De verdad, perdí el control y me lancé contra ese monstruo barrigón. Lo agarré de los brazos y lo aparté de la viejita. Pero era muy pesado, creo que unos treinta kilos más que yo. Y chillaba tanto que me dolían los oídos. ¿Cómo podía esa viejita desnutrida contra ese enfermo de casi cien kilos? Lo senté en el sofá mientras este temblaba y se batía, y la doña lloraba pidiendo que me fuera, que lo iba a lastimar. Entonces la miré, apreté los dientes y me fui del departamento. ¿No era consciente de que podía matarla?

Solo volví una vez más, al final de mi labor social. Cuando los vecinos empezaron a quejarse del olor del departamento y llamaron al asilo para que alguien fuera. Fuimos una compañera y yo, y nos encontramos con el dueño del edificio que tenía una copia del departamento de Martha. Los vecinos dijeron que tenían una semana sin escuchar los gritos del enfermo mental. Solo silencio, y un hedor acentuado que empezaba a molestar. Abrimos la puerta, y lo que encontramos... Dios. Qué horrible. El departamento estaba hecho una ruina y olía tan mal que los vecinos del piso salieron del edificio. Olía como animal muerto, pero más espeso y rancio, como a café con hongos. Mauricio estaba en el sofá, ahogado tras una convulsión porque no recibió su medicamento, y lo que manchaba su camisa no era sucio... y sus manos, ay no, sus manos estaban cubiertas de porquería. Todos los cuadros de Coral estaban rotos, ensangrentados por los vidrios rotos, y los muebles volcados por los arrebatos del enfermo cuando no podía aplacar su hambre. Parece que Martha era la única que sabía cómo darle sus pastillas, y se tragó la lengua en un ataque y allí murió: gordo y sucio, con la boca manchada por los restos de... Y la doña, yo no la vi bien, menos mal... porque eso me hubiera destruido. Mi compañera la encontró en la cocina, y pegó un grito que me hizo querer salir del departamento. Fui corriendo donde ella y solo vi los pies tendidos de la viejita. ¡Se la comió, se la comió! Bajamos corriendo las escaleras, y ayudé a mi amiga mientras vomitaba. Entonces el dueño llamó al encargado del asilo y a la policía para levantar los cuerpos. No dejaron a nadie ver cómo quedó la doña. Yo tampoco quise. Con ver las manos y las ropas del desvanecido retrasado me imaginé lo que pasó. Mi compañera tampoco quiso decirme el estado en que encontró a Martha. Yo me fui a casa con un nudo en el estómago. Me acuerdo que estuve una semana sin poder comer carne y soñando que Mauricio me perseguía por las escaleras del departamento. No pude seguir atendiendo a los viejitos porque veía a mi abuela en ellos. No soy tan fuerte después de todo... No pude seguir afeitando sus cabezas y ayudándoles a ir al baño. Me firmaron los papeles y terminé la carrera como pude. Tampoco he querido visitar el asilo otra vez, pero te invito a hacerlo... y ver las historias detrás de estos viejitos. Muchos de ellos perdieron la esperanza. ¿Y tú, perdiste la esperanza?

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u/Delicious-Belt7790 — 16 days ago

El Monstruo de Vista Hermosa

Uno de los casos más trágicos que me tocó investigar durante mi labor social ocurrió en un departamento de Vista Hermosa. Se trataba de una viejita de setenta años que vivía con un hijo especial de unos... treinta o cuarenta años. No recuerdo bien. A veces creo que fue un sueño espantoso. Solo sé que ese caso perturbó a las autoridades del asilo de ancianos, y llamó a una crítica social por la forma de vida que llevan estas personas en entornos hostiles económicamente hablando. 

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¿Algunas has sido voluntario en el asilo o... en Seguridad Pública? La universidad nos mandó como labor social atender a los viejitos que viven en el asilo, y te voy a ser sincero, Gerardo. Nunca había sentido tanta tristeza en la vida. Esos viejitos... muchos no tienen a nadie. Algunos están tan encerrados dentro de sí mismos que casi no hablan. Algunos te miran al entrar y le dicen a los viejitos que tienen al lado: «viste que mis nietos sí vinieron a verme». Discúlpame, es que me pongo triste cada vez que me acuerdo de todos esos ancianos. Siempre que regresaba de esas jornadas, abrazaba a mi abuelita y le prometía que nunca estaría en un sitio así. 

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Doña Martha no vivía en el asilo, pero recibía los beneficios de los ancianos. Ay no, es que se parecía tanto a mi abuela que se me salen las lágrimas. Solo que estaba demasiado flaca, como si fuera a romperse si le agarraba la mano muy duro. Me tocaba a mí llevarle los kits sanitarios a su departamento, creo que vivía en los Bloques detrás del San Francisco, en un edificio amarillo... o azul. No me gustaba ir para allá, me daba cosa... Ella vivía sola con un enfermo mental. Bueno, osea... era un hijo suyo al que no se le desarrolló el cerebro. Pero igual, se me salen las lágrimas de la rabia porque él la maltrataba. Ella nunca me lo dijo porque no sé, parece que era la única familia que le quedaba. Pero vivía en unas condiciones pauperrimas, y los vecinos escuchaban los gritos del enfermo como si estuvieran matando a un cochino. Eran mugidos como de animal, y unos gemidos grotescos azotando las paredes y las puertas. Ay, yo veía a la doñita tan delicada y pequeña frente a ese monstruo panzón con la cabeza chiquita y la mirada asesina. 

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Una vez que le llevé un kit de limpieza ella me invitó a tomarme un cafecito para hablar un rato. Me contó que él, Mauricio, no había nacido así, o algo... Que fue una brujería que su suegra le echó para que perdiera al bebé en el vientre, porque no quería que ella estuviera con su hijo. Y que el niño se vomitó en el vientre y se tragó el vómito, por lo que los doctores tuvieron que resucitarlo. Pero él no estaba loco, según ella. Yo le llevaba unos pañales para adultos porque no sabía ir al baño. Y comía, comía muchísimo... A cada momento tenía que tener un pan en la mano mientras veía televisión o recorría inquieto el cuartico con los ojos desorbitados mugiendo como una vaca. Era muy hiperactivo, pero con él no se podía entablar una conversación porque casi no pensaba. Solo sabía decir: «comida», con la ropa desajustada para su barriga hinchada y los brazos gordos pegándole a las paredes cuando la doña no se apuraba con el almuerzo. Ella casi no comía, porque lo hacía muy lento y ese animal se tragaba la suya en segundos, para arrebatarle la de ella. Siempre tenía hambre, y sus dientes picados le daban el aspecto de un Freddy Kruger gordo.

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Martha me contó que tuvo una hija mayor. Me contó esto cuando le subí la bombona de gas porque no podía cargar peso y el retrasado nunca le hacía caso. Esta, Coral, se la mataron... Sí, Gerardo. Parece que estaba estudiando enfermería y durante las pasantías un loco se metió al hospital y le cayó a puñaladas. Era la única que estaba de guardia esa noche porque amaba su vocación. Fue un horrible accidente en el que muchos salieron heridos. Era una muchacha sana que la cuidaba y sabía cómo aplacar a Mauricio, pero dejó a Doña Martha sola, encerrada con el monstruo en un departamento que todo el mundo ignoraba. Ese departamento estaba lleno con fotos de ella: su nacimiento, su graduación, sus cumpleaños, sus... éxitos y fracasos. Y el recordatorio de su muerte en la primera plana de El Progreso junto con una oración de José Gregorio Hernández.

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Una vez yo le llevé la bolsa de alimentos del asilo. Llegué escuchando los gritos desde el primer piso, era como si estuvieran bañando un cochino, los golpes en las paredes y los muebles no parecían preocupar a más nadie que a mí en todo el edificio. De hecho, una señora pasó al lado mío con una bolsa de compras, y lo único que hizo fue fruncir la nariz con asco.

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Cuando la doña me abrió, la vi... golpeada. Tenía moretones y rasguños en los brazos, y... parecía que le pegaron una cachetada que le rompió el labio. Mauricio estaba inquieto porque no tenían qué comer, y estaba detrás de la viejita dándole manotazos y tirando al suelo las fotos de Coral en los cuadros de las paredes. Me entró un coraje que no cabía dentro mío. Entonces no me pude controlar, Gerardo. De verdad, perdí el control y me lancé contra ese monstruo barrigón. Lo agarré de los brazos y lo aparté de la viejita. Pero era muy pesado, creo que unos treinta kilos más que yo. Y chillaba tanto que me dolían los oídos. ¿Cómo podía esa viejita desnutrida contra ese enfermo de casi cien kilos? Lo senté en el sofá mientras este temblaba y se batía, y la doña lloraba pidiendo que me fuera, que lo iba a lastimar. Entonces la miré, apreté los dientes y me fui del departamento. ¿No era consciente de que podía matarla? 

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Solo volví una vez más, al final de mi labor social. Cuando los vecinos empezaron a quejarse del olor del departamento y llamaron al asilo para que alguien fuera. Fuimos una compañera  y yo, y nos encontramos con el dueño del edificio que tenía una copia del departamento de Martha. Los vecinos dijeron que tenían una semana sin escuchar los gritos del enfermo mental. Solo silencio, y un hedor acentuado que empezaba a molestar. Abrimos la puerta, y lo que encontramos... Dios. Qué horrible. El departamento estaba hecho una ruina y olía tan mal que los vecinos del piso salieron del edificio. Olía como animal muerto, pero más espeso y rancio, como a café con hongos. Mauricio estaba en el sofá, ahogado tras una convulsión porque no recibió su medicamento, y lo que manchaba su camisa no era sucio... y sus manos, ay no, sus manos estaban cubiertas de porquería. Todos los cuadros de Coral estaban rotos, ensangrentados por los vidrios rotos, y los muebles volcados por los arrebatos del enfermo cuando no podía aplacar su hambre. Parece que Martha era la única que sabía cómo darle sus pastillas, y se tragó la lengua en un ataque y allí murió: gordo y sucio, con la boca manchada por los restos de... Y la doña, yo no la vi bien, menos mal... porque eso me hubiera destruido. Mi compañera la encontró en la cocina, y pegó un grito que me hizo querer salir del departamento. Fui corriendo donde ella y solo vi los pies tendidos de la viejita. ¡Se la comió, se la comió! Bajamos corriendo las escaleras, y ayudé a mi amiga mientras vomitaba. Entonces el dueño llamó al encargado del asilo y a la policía para levantar los cuerpos. No dejaron a nadie ver cómo quedó la doña. Yo tampoco quise. Con ver las manos y las ropas del desvanecido retrasado me imaginé lo que pasó. Mi compañera tampoco quiso decirme el estado en que encontró a Martha. Yo me fui a casa con un nudo en el estómago. Me acuerdo que estuve una semana sin poder comer carne y soñando que Mauricio me perseguía por las escaleras del departamento. No pude seguir atendiendo a los viejitos porque veía a mi abuela en ellos. No soy tan fuerte después de todo... No pude seguir afeitando sus cabezas y ayudándoles a ir al baño. Me firmaron los papeles y terminé la carrera como pude. Tampoco he querido visitar el asilo otra vez, pero te invito a hacerlo... y ver las historias detrás de estos viejitos. Muchos de ellos perdieron la esperanza. ¿Y tú, perdiste la esperanza?

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Antología: Duendes y Espantos

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u/Delicious-Belt7790 — 24 days ago