



El cielo en Foz do Iguaçu
Fotos del cielo en Foz do Iguaçu, Brasil, a inicios de septiembre.




Fotos del cielo en Foz do Iguaçu, Brasil, a inicios de septiembre.
En el mundo de hoy, cuando alguien decide cortar el contacto y encerrarse, cualquier intento de acercamiento en persona puede ser malinterpretado.
Por más que tu intención sea pura, sana y con el único deseo de recuperar una amistad, el entorno familiar o de convivencia lo puede percibir como una presión excesiva o una invasión a su espacio.
A veces, el respeto también significa aprender a soltar en silencio, sabiendo que uno actuó con el corazón en el lugar correcto.
Yo recorrí al menos 7561 kilómetros por alrededor de 31 horas, tomando en cuenta las escalas y una conexión perdida en un aeropuerto. Mi propósito era, de manera muy obvia: viajar, ser turista y disfrutar. Pero también en mis 31 días de viaje iba a utilizar UN SOLO DÍA para intentar recuperar una amistad, al final, sin muchos detalles, no fui recibido, y aunque fue triste levanté mi frente y me fui. Disfruté mis vacaciones de una manera extraordinaria, conocí gente en Brasil y en Argentina, y fui feliz, aunque algunos días alguna lágrima se escapara por ahí sin permiso.
Me quedaron muchas enseñanzas, muchas imágenes guardadas, aventuras, alegrías, anécdotas, y mi vida hoy tiene una visión diferente del mundo, aunque solo conozco menos del 1% del mundo.
Le doy gracias a Dios por todas las oportunidades para lograr este viaje donde conocí un pedacito de Brasil, Paraguay y Argentina, por todos los contras también doy las gracias, por lo positivo y lo negativo, todo al final siempre para bien.
Saludos
Antier tuve que volver a Costa Rica, yo ya me estaba acostumbrando pero llegó ese día de realidad.
La verdad se sintió raro tener que dejar un lugar donde, después de 21 días, se quedó parte de tu corazón y te empezaba a gustar todo en general.
Pude hacer muchas cosas allá, aún así me faltaron las famosas cabalgatas, también habían algunos viajes por el río, piscinas o balneario (aunque fuera para conocer porque no me gusta entrar al agua jaja) (al río del Salto Küppers sí metí los pies hasta la rodilla).
Eldorado me dejó muchas experiencias bonitas y solo un día un poco extraño donde fui arrestado al medio día por tomar fotos de lugares y casas, y tuve que tomar tereré con los reos de confianza. Al final me soltaron pero tuve que servir de testigo de unas cosas ahí, porque según la ley argentina se necesitan dos testigos presenciales para algunas actividades policiales. Sin embargo no lo tomé a mal, siento que es común que haya sospechas en una ciudad donde hay poco flujo turístico, y además me pareció que la policía de allá es eficiente y rápida para responder, no como acá en Costa Rica que hay que esperar sentado y a veces no llegan 😛.
Casi me pierdo en el Salto Küppers y me imaginé durmiendo con el yaguareté. Sí caminé mucho y me cansé bastante, además que el día que fui al salto, la temperatura estaba a 36°.
Casi todos los recuerdos bonitos me los traigo de Eldorado, porque también estuve en Brasil algunos días, tomé muchísimas fotos, conocí personas muy agradables, y la verdad nada me arruinó el viaje sino que todo iba pasando de manera que tuviera la mejor experiencia en mi primer viaje.
Acá les dejo unas fotos de las artesanías y demás que me dejó la ciudad. Incluso la maleta para bodega del avión la compré allá en Regiotón, que la verdad me sorprendí de lo barata que estaba y es mejor que la que ya andaba de maleta de mano. Me traje seis bolsas de yerba y 11 mates, algunos de madera, otros de calabaza y uno de metal simple.
La verdad estoy feliz, tal vez algún día regrese, no tantos días pero por lo menos para saludar y conocer lo que me faltó por recorrer.
(Tristemente el gato no me lo pude traer)
¡Hola a todos! No había vuelto a publicar, todo va súper bien acá en Eldorado, hay muchas cosas que logré hacer, otras no, pero igual he disfrutado conociendo la ciudad.
Acá les dejo algunas fotos y más adelante publicaré más y mi paso por el salto Küppers.
También hay lugares que encontré muy completos con artesanías.
No encontré dónde alquilar bicicleta pero sí he caminado muchísimo y ha sido genial todo acá.
Se me quebró una muela y la semana pasada, después de 3 citas fue reparada, tuve que hacerme tratamiento de nervio y una corona, ahora podré decir que ando a Argentina en mi boca jaja
No sé cómo voy a ordenar la maleta porque llevo 11 mates y 6 bolsas de yerba. Acepto consejos.
Alguien que venda artesanías bonitas que sean de madera, con el nombre de la ciudad, también mates de madera grandes con el nombre y también algún dibujo o así, que no sean barnizados por dentro.
De paso les dejo unas fotos de acá.
También saber si tienen la camisa con el 10 y que diga Messi, porque encontré una pero no dice nada.
¿Y qué otra cosa recomiendan de Eldorado?
Ya fui al lago Ziegler, a la Costanera, al Parque de los Cedros, al aeródromo, y he recorrido el centro, aún me faltan cosas por conocer como el salto Küppers y así.
¿Y alguien alquila bicicletas en el centro?
Saludos
Hoy no salí a ningún lado en Eldorado, me quedé simplemente en el cuarto pensando cosas, pero luego se me ocurrió pedir pizza express en El Nuevo Rústico, y me sorprendió que está muy buena esa pizza. (No es publicidad pero igual sirve como tal jajajaja)
No sé si será buena la combinación pero estoy comiendo pizza y tomando mate jaja
A estas horas hay mucho silencio, no sé si la gente hace algo, y dicen que los últimos buses son a las 22 horas.
Mejor me quedo quedito. No he conocido gente, solo he recorrido solo la mayoría de lugares de acá, me cayó muy bien el señor que vende mates en una tienda de souvenirs, una doctora veterinaria me ha ayudado a conseguir algunas cosas que me pidió un amigo y me ha aconsejado de lugares y así.
Mañana seguro veo a un señor que canta y toca guitarra, y como yo también canto entonces es buena idea.
La gente joven anda en su mundo y yo soy joven pero me faltan 8 años para llegar al medio siglo. (Los más jóvenes dirán que soy viejo y los más viejos dirán que todavía soy un chiquillo jajaja)
Si saben de un lugar o algo interesante que se pueda hacer el fin de semana me avisan. Ahí vi que también hacen cabalgatas y otras cosas, no he ido a conocer los saltos, no me puedo ir sin conocerlos.
Saludos a todos de un costarricense que disfruta de Eldorado.
Hola a todos. Hoy estuve otra vez en la Costanera en Eldorado, y bueno, siempre me muevo solo por la ciudad, entonces fui a comer solo también, con la sorpresa de que hoy estaba solamente yo en el restaurante, hoy fue solo para mí jaja. Bueno y el gato que se quería comer mi carne y el muchacho del restaurante lo tenía que espantar xD.
Hoy me sorprendió que casi todo el día no hubo nubes, estuvo despejado el cielo y muy soleado, había mucha gente andando en bicicleta, gente joven y no tan joven, también caminando, corriendo y me gustó mucho ver eso que están activos y saludables.
A mí me ha tocado caminar todos los días, tomar buses, incluso una muela mía murió por una semilla de ciruela, pero me voy a hacer el tratamiento el viernes si Dios quiere.
No conozco gente, pero ahí si alguien quiere invitarme a un café o un mate no me enojo jajajaja
Les dejo las fotos de ahora. Un abrazo.
Este lugar me impresionó mucho y me encantó con su cielo y toda la mezcla de colores reflejada en el agua.
Las 200 gradas que me dejaron sin aire y con las piernas temblando jaja
Un mirador con basura en el suelo. (Cuiden la ciudad, es realmente preciosa, les pertenece, sus atracciones turísticas son mágicas).
Y un compañero peluche que quiso salir en algunas fotos.
Es una ciudad excepcional, siempre encuentro algo para fotografiar, es bello todo todo. Y sé que vendrán más fotos, les comparto algunas.
En la primera el perro en media calle me hizo demasiada gracia 🤣
Me encontré una amiga de verdad acá en Eldorado.
Ya pasé por Iguazú, Eldorado, y estuve en Brasil, un largo recorrido y lo estoy viviendo al máximo con los que sí quieren estar y vivir la amistad y disfrutar.
Ahorita estoy solo pero ya voy conociendo gente y hoy tengo una reunión con algunos músicos. :)
Saludos de un costarricense.
Dicen que el tiempo, pero el tiempo siempre te golpea de vez en cuando, se hace pesado, como si la gravedad aumentara y no te dejara caminar.
Dicen que buscando amigos, pero nadie tiene la misma personalidad, la misma voz, el mismo color que te hacía sentir.
Dicen que ocupándose, divirtiéndose, trabajando, pero las horas pasan como el viento y al final del horario, en el último instante, el recuerdo vuelve como un golpe a la cara, una bofetada al corazón.
Todo se vuelve automático, nos volvemos robots desfigurados por dentro, con solo tuercas y engranajes que se van herrumbrando con la nostalgia, y en un día cualquiera vuelves a escuchar su simpática risa...
y empiezas a llorar...
Iván Julio Moya Fernández
Dicen que el tiempo, pero el tiempo siempre te golpea de vez en cuando, se hace pesado, como si la gravedad aumentara y no te dejara caminar.
Dicen que buscando amigos, pero nadie tiene la misma personalidad, la misma voz, el mismo color que te hacía sentir.
Dicen que ocupándose, divirtiéndose, trabajando, pero las horas pasan como el viento y al final del horario, en el último instante, el recuerdo vuelve como un golpe a la cara, una bofetada al corazón.
Todo se vuelve automático, nos volvemos robots desfigurados por dentro, con solo tuercas y engranajes que se van herrumbrando con la nostalgia, y en un día cualquiera vuelves a escuchar su simpática risa...
y empiezas a llorar...
Iván Julio Moya Fernández
This is my last attempt to ask for help.
My name is Iván Julio Moya Fernández, and I am the sole caregiver for my 77-year-old father, Víctor Julio Moya Sancho.
Right now, what he needs most is to continue his physical therapy sessions and have enough adult diapers for his severe urinary incontinence. Physical therapy helps him maintain his mobility, regain some strength, walk a little better, and preserve a better quality of life.
My father is a survivor of prostate cancer and bladder cancer. He also suffers from COPD, asthma, neuropathy, serious spinal problems, hip degeneration, muscle weakness, and severe urinary incontinence. Over the years, he has lost much of his mobility and now needs assistance with many basic activities of daily living.
For years, I have been his only caregiver. I am with him practically 24 hours a day. I take him to medical appointments, manage his medications, prepare his meals, help him when he cannot walk, change his diapers when he needs it, and I have lifted him off the floor after falls; therefore, there are no shifts and no days off. This has been my reality for years.
Providing this care has also taken a significant toll on my own health. I have been diagnosed with Autism Spectrum Disorder, and I also have documented depression, physical and emotional exhaustion, gastroesophageal reflux disease, chronic pain, and obesity. Many times, I have put my own needs aside so I could take care of my father.
There are days when I feel I have no energy left, but I keep going because he depends on me and because I could never abandon him.
My family has not been willing to take on the daily care he needs. My older brother does not participate in his care or contribute financially, and although my sister provides some financial support, it is not enough. The daily caregiving, emergencies, and constant presence have fallen primarily on me.
Even when my father has become critically ill, I have had to spend many days without sleeping while caring for him.
I have tried to seek support before because I need a temporary break to recover my strength. Even so, I want to make this one last attempt.
If anyone would like to help, you can do so through PayPal or, if you are in Costa Rica, through SINPE Móvil.
You can also support my work as an independent musician. I am a songwriter and singer. I have some of my songs available on Ko-fi.
I also offer a digital package of 23 songs (17 original songs and 6 covers) for a contribution of USD $23. If you are interested, feel free to send me a private message, and I will gladly provide you with the information.
Everything that is raised will go toward my father's care, mainly physical therapy, adult diapers, and other health-related needs.
PayPal:
https://www.paypal.me/ijulio33
Ko-fi:
https://ko-fi.com/ivanjuliomusico
Thank you for taking the time to read this. If you are able to help, we would be deeply grateful. If you are not in a position to do so, you can also help by sharing this post.
A hug.
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My father is a survivor of prostate cancer and bladder cancer. He also suffers from COPD, asthma, neuropathy, serious spinal problems, hip degeneration, muscle weakness, and severe urinary incontinence. Over the years, he has lost much of his mobility and now needs assistance with many basic activities of daily living.
For years, I have been his only caregiver. I am with him practically 24 hours a day. I take him to medical appointments, manage his medications, prepare his meals, help him when he cannot walk, change his diapers when he needs it, and I have lifted him off the floor after falls; therefore, there are no shifts and no days off. This has been my reality for years.
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For years, I have been his only caregiver. I am with him practically 24 hours a day. I take him to medical appointments, manage his medications, prepare his meals, help him when he cannot walk, change his diapers when he needs it, and I have lifted him off the floor after falls; therefore, there are no shifts and no days off. This has been my reality for years.
Providing this care has also taken a significant toll on my own health. I have been diagnosed with Autism Spectrum Disorder, and I also have documented depression, physical and emotional exhaustion, gastroesophageal reflux disease, chronic pain, and obesity. Many times, I have put my own needs aside so I could take care of my father.
There are days when I feel I have no energy left, but I keep going because he depends on me and because I could never abandon him.
My family has not been willing to take on the daily care he needs. My older brother does not participate in his care or contribute financially, and although my sister provides some financial support, it is not enough. The daily caregiving, emergencies, and constant presence have fallen primarily on me.
Even when my father has become critically ill, I have had to spend many days without sleeping while caring for him.
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A hug.
Cada vez que leo a alguien afirmar que los hijos no tienen ninguna responsabilidad con sus padres adultos mayores, me pregunto si esa persona alguna vez ha vivido lo que significa cuidar a un ser humano que depende de otros para mantener su dignidad. Opinar desde la comodidad siempre será más sencillo que asumir una responsabilidad que transforma por completo la vida de quien decide no abandonar a los suyos.
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de derechos, de libertad, de realización personal y de salud mental. Son temas importantes y necesarios. Sin embargo, pareciera que cada vez resulta más incómodo hablar de deberes, de gratitud, de solidaridad y de responsabilidad familiar. Algunos defienden con absoluta convicción que cada hijo tiene derecho a hacer su vida, como si esa afirmación bastara para cerrar cualquier discusión. Pero hay una pregunta que casi nadie responde: cuando un padre o una madre ya no puede afrontar por sí solo las exigencias de la vejez, ¿quién asume esa responsabilidad?
La realidad es que esa responsabilidad casi nunca desaparece; simplemente cambia de hombros. Mientras unos continúan con sus proyectos, sus viajes, su trabajo y su rutina, otro reorganiza toda su existencia alrededor de consultas médicas, medicamentos, trámites, emergencias, gastos y un reloj que deja de marcar el tiempo propio para marcar las necesidades de alguien más. Esa es la parte de la historia que casi nunca se cuenta y que muchos prefieren ignorar.
Por eso me cuesta tomar en serio las opiniones de quienes hablan del cuidado de un adulto mayor como si fuera una simple elección. Quien nunca ha vivido esa realidad difícilmente comprende el desgaste físico, emocional y económico que implica. No entiende lo que es renunciar a oportunidades laborales, cancelar planes, dormir con un oído siempre atento o vivir sabiendo que cualquier emergencia puede cambiar el rumbo del día. Mucho menos entiende la impotencia que se siente cuando toda esa carga termina recayendo sobre una sola persona.
Yo no escribo desde la teoría. Soy el único cuidador de mi papá adulto mayor. Además, tengo un diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA) y, aunque eso no disminuye el amor ni el compromiso que siento por él, sí hace que muchas situaciones cotidianas representen un esfuerzo aún mayor. Hay días en los que el agotamiento físico y mental es tan intenso que siento que ya no voy a poder más. Aun así, sigo adelante porque sé que, si yo no estoy, mi papá quedará todavía más desprotegido. Esa es la realidad que muchas personas nunca llegan a conocer antes de opinar con tanta facilidad sobre quienes cuidan.
Lo que más me sorprende es que las críticas rara vez se dirigen hacia quienes se desentienden. Con frecuencia apuntan contra quien decidió cuidar. Como si la solidaridad fuera un defecto. Como si el verdadero problema no fuera el abandono, sino la existencia de alguien que evitó que ese abandono tuviera consecuencias todavía más dolorosas.
No estoy diciendo que una persona deba renunciar absolutamente a su vida. Tampoco sostengo que todas las familias sean iguales. Existen padres que abandonaron, maltrataron o destruyeron a sus hijos, y esas historias merecen un análisis distinto. Pero cuando hablamos de padres que hicieron cuanto estuvo a su alcance para sacar adelante a su familia y que llegan a la vejez necesitando apoyo, la conversación cambia por completo. En esos casos, la pregunta no debería ser quién logra escapar de la responsabilidad, sino cómo repartirla de manera justa entre todos los hijos.
En Costa Rica y en muchos otros países esta realidad no solo tiene una dimensión moral; también tiene una dimensión jurídica. La legislación reconoce deberes de asistencia familiar en determinadas circunstancias, y la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores reconoce el derecho de toda persona mayor a vivir con dignidad, recibir los apoyos que necesite y no ser objeto de abandono. No es casualidad que existan instituciones como el Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM). La sociedad entendió hace mucho tiempo que proteger a las personas adultas mayores no es un gesto de caridad, sino un compromiso de justicia y humanidad.
Pero hay otra forma de abandono de la que casi nadie habla. Es la de aquellos hijos que, además de alejarse, sienten la necesidad de destruir la imagen de sus propios padres para justificar su ausencia. Exageran sus defectos, silencian sus virtudes y repiten una versión de la historia que los haga quedar como víctimas. Es más fácil convencer a los demás de que un padre no merecía ser cuidado que reconocer que simplemente no quisieron asumir esa responsabilidad.
La ingratitud no siempre consiste en abandonar físicamente a un padre. A veces adopta una forma todavía más cruel: borrar todo lo bueno que hizo por sus hijos y reducir toda una vida a una lista de reproches. Hay personas que recibieron alimento, educación, techo, oportunidades y años de sacrificio, pero cuando llega el momento de corresponder, prefieren reescribir la historia para convencerse de que no le deben nada a nadie. La memoria se vuelve selectiva cuando sirve para justificar la indiferencia.
Pero, aun si mañana desaparecieran todas las leyes, seguiría pensando exactamente lo mismo. Hay deberes que nacen mucho antes que los códigos. Nacen de la conciencia, de la gratitud y de la capacidad de reconocer que nadie llega a viejo sin haber recorrido antes un camino lleno de sacrificios.
Hay hijos que heredan una casa. Otros heredan dinero. Pero todos heredamos algo mucho más importante: el ejemplo que algún día nuestros propios hijos verán en nosotros. La forma en que tratamos a nuestros padres no termina con ellos. Es una lección silenciosa que les estamos enseñando a quienes un día decidirán cómo tratarnos cuando nosotros ya no podamos valernos por nosotros mismos.
Porque la verdadera medida de una persona no está en los discursos que pronuncia sobre la libertad o la independencia. Está en la manera en que responde cuando la vida le pone delante a un ser humano vulnerable y le pregunta, sin hacer ruido, de qué está hecho su corazón.
Cada vez que leo a alguien afirmar que los hijos no tienen ninguna responsabilidad con sus padres adultos mayores, me pregunto si esa persona alguna vez ha vivido lo que significa cuidar a un ser humano que depende de otros para mantener su dignidad. Opinar desde la comodidad siempre será más sencillo que asumir una responsabilidad que transforma por completo la vida de quien decide no abandonar a los suyos.
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de derechos, de libertad, de realización personal y de salud mental. Son temas importantes y necesarios. Sin embargo, pareciera que cada vez resulta más incómodo hablar de deberes, de gratitud, de solidaridad y de responsabilidad familiar. Algunos defienden con absoluta convicción que cada hijo tiene derecho a hacer su vida, como si esa afirmación bastara para cerrar cualquier discusión. Pero hay una pregunta que casi nadie responde: cuando un padre o una madre ya no puede afrontar por sí solo las exigencias de la vejez, ¿quién asume esa responsabilidad?
La realidad es que esa responsabilidad casi nunca desaparece; simplemente cambia de hombros. Mientras unos continúan con sus proyectos, sus viajes, su trabajo y su rutina, otro reorganiza toda su existencia alrededor de consultas médicas, medicamentos, trámites, emergencias, gastos y un reloj que deja de marcar el tiempo propio para marcar las necesidades de alguien más. Esa es la parte de la historia que casi nunca se cuenta y que muchos prefieren ignorar.
Por eso me cuesta tomar en serio las opiniones de quienes hablan del cuidado de un adulto mayor como si fuera una simple elección. Quien nunca ha vivido esa realidad difícilmente comprende el desgaste físico, emocional y económico que implica. No entiende lo que es renunciar a oportunidades laborales, cancelar planes, dormir con un oído siempre atento o vivir sabiendo que cualquier emergencia puede cambiar el rumbo del día. Mucho menos entiende la impotencia que se siente cuando toda esa carga termina recayendo sobre una sola persona.
Lo que más me sorprende es que las críticas rara vez se dirigen hacia quienes se desentienden. Con frecuencia apuntan contra quien decidió cuidar. Como si la solidaridad fuera un defecto. Como si el verdadero problema no fuera el abandono, sino la existencia de alguien que evitó que ese abandono tuviera consecuencias todavía más dolorosas.
No estoy diciendo que una persona deba renunciar absolutamente a su vida. Tampoco sostengo que todas las familias sean iguales. Existen padres que abandonaron, maltrataron o destruyeron a sus hijos, y esas historias merecen un análisis distinto. Pero cuando hablamos de padres que hicieron cuanto estuvo a su alcance para sacar adelante a su familia y que llegan a la vejez necesitando apoyo, la conversación cambia por completo. En esos casos, la pregunta no debería ser quién logra escapar de la responsabilidad, sino cómo repartirla de manera justa entre todos los hijos.
En Costa Rica y en muchos otros países esta realidad no solo tiene una dimensión moral; también tiene una dimensión jurídica. La legislación reconoce deberes de asistencia familiar en determinadas circunstancias, y la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores reconoce el derecho de toda persona mayor a vivir con dignidad, recibir los apoyos que necesite y no ser objeto de abandono. No es casualidad que existan instituciones como el Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM). La sociedad entendió hace mucho tiempo que proteger a las personas adultas mayores no es un gesto de caridad, sino un compromiso de justicia y humanidad.
Pero hay otra forma de abandono de la que casi nadie habla. Es la de aquellos hijos que, además de alejarse, sienten la necesidad de destruir la imagen de sus propios padres para justificar su ausencia. Exageran sus defectos, silencian sus virtudes y repiten una versión de la historia que los haga quedar como víctimas. Es más fácil convencer a los demás de que un padre no merecía ser cuidado que reconocer que simplemente no quisieron asumir esa responsabilidad.
La ingratitud no siempre consiste en abandonar físicamente a un padre. A veces adopta una forma todavía más cruel: borrar todo lo bueno que hizo por sus hijos y reducir toda una vida a una lista de reproches. Hay personas que recibieron alimento, educación, techo, oportunidades y años de sacrificio, pero cuando llega el momento de corresponder, prefieren reescribir la historia para convencerse de que no le deben nada a nadie. La memoria se vuelve selectiva cuando sirve para justificar la indiferencia.
Pero, aun si mañana desaparecieran todas las leyes, seguiría pensando exactamente lo mismo. Hay deberes que nacen mucho antes que los códigos. Nacen de la conciencia, de la gratitud y de la capacidad de reconocer que nadie llega a viejo sin haber recorrido antes un camino lleno de sacrificios.
Hay hijos que heredan una casa. Otros heredan dinero. Pero todos heredamos algo mucho más importante: el ejemplo que algún día nuestros propios hijos verán en nosotros. La forma en que tratamos a nuestros padres no termina con ellos. Es una lección silenciosa que les estamos enseñando a quienes un día decidirán cómo tratarnos cuando nosotros ya no podamos valernos por nosotros mismos.
Porque la verdadera medida de una persona no está en los discursos que pronuncia sobre la libertad o la independencia. Está en la manera en que responde cuando la vida le pone delante a un ser humano vulnerable y le pregunta, sin hacer ruido, de qué está hecho su corazón.
Cada vez que leo a alguien afirmar que los hijos no tienen ninguna responsabilidad con sus padres adultos mayores, me pregunto si esa persona alguna vez ha vivido lo que significa cuidar a un ser humano que depende de otros para mantener su dignidad. Opinar desde la comodidad siempre será más sencillo que asumir una responsabilidad que transforma por completo la vida de quien decide no abandonar a los suyos.
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de derechos, de libertad, de realización personal y de salud mental. Son temas importantes y necesarios. Sin embargo, pareciera que cada vez resulta más incómodo hablar de deberes, de gratitud, de solidaridad y de responsabilidad familiar. Algunos defienden con absoluta convicción que cada hijo tiene derecho a hacer su vida, como si esa afirmación bastara para cerrar cualquier discusión. Pero hay una pregunta que casi nadie responde: cuando un padre o una madre ya no puede afrontar por sí solo las exigencias de la vejez, ¿quién asume esa responsabilidad?
La realidad es que esa responsabilidad casi nunca desaparece; simplemente cambia de hombros. Mientras unos continúan con sus proyectos, sus viajes, su trabajo y su rutina, otro reorganiza toda su existencia alrededor de consultas médicas, medicamentos, trámites, emergencias, gastos y un reloj que deja de marcar el tiempo propio para marcar las necesidades de alguien más. Esa es la parte de la historia que casi nunca se cuenta y que muchos prefieren ignorar.
Por eso me cuesta tomar en serio las opiniones de quienes hablan del cuidado de un adulto mayor como si fuera una simple elección. Quien nunca ha vivido esa realidad difícilmente comprende el desgaste físico, emocional y económico que implica. No entiende lo que es renunciar a oportunidades laborales, cancelar planes, dormir con un oído siempre atento o vivir sabiendo que cualquier emergencia puede cambiar el rumbo del día. Mucho menos entiende la impotencia que se siente cuando toda esa carga termina recayendo sobre una sola persona.
Lo que más me sorprende es que las críticas rara vez se dirigen hacia quienes se desentienden. Con frecuencia apuntan contra quien decidió cuidar. Como si la solidaridad fuera un defecto. Como si el verdadero problema no fuera el abandono, sino la existencia de alguien que evitó que ese abandono tuviera consecuencias todavía más dolorosas.
No estoy diciendo que una persona deba renunciar absolutamente a su vida. Tampoco sostengo que todas las familias sean iguales. Existen padres que abandonaron, maltrataron o destruyeron a sus hijos, y esas historias merecen un análisis distinto. Pero cuando hablamos de padres que hicieron cuanto estuvo a su alcance para sacar adelante a su familia y que llegan a la vejez necesitando apoyo, la conversación cambia por completo. En esos casos, la pregunta no debería ser quién logra escapar de la responsabilidad, sino cómo repartirla de manera justa entre todos los hijos.
En Costa Rica y en muchos otros países esta realidad no solo tiene una dimensión moral; también tiene una dimensión jurídica. La legislación reconoce deberes de asistencia familiar en determinadas circunstancias, y la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores reconoce el derecho de toda persona mayor a vivir con dignidad, recibir los apoyos que necesite y no ser objeto de abandono. No es casualidad que existan instituciones como el Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM). La sociedad entendió hace mucho tiempo que proteger a las personas adultas mayores no es un gesto de caridad, sino un compromiso de justicia y humanidad.
Pero hay otra forma de abandono de la que casi nadie habla. Es la de aquellos hijos que, además de alejarse, sienten la necesidad de destruir la imagen de sus propios padres para justificar su ausencia. Exageran sus defectos, silencian sus virtudes y repiten una versión de la historia que los haga quedar como víctimas. Es más fácil convencer a los demás de que un padre no merecía ser cuidado que reconocer que simplemente no quisieron asumir esa responsabilidad.
La ingratitud no siempre consiste en abandonar físicamente a un padre. A veces adopta una forma todavía más cruel: borrar todo lo bueno que hizo por sus hijos y reducir toda una vida a una lista de reproches. Hay personas que recibieron alimento, educación, techo, oportunidades y años de sacrificio, pero cuando llega el momento de corresponder, prefieren reescribir la historia para convencerse de que no le deben nada a nadie. La memoria se vuelve selectiva cuando sirve para justificar la indiferencia.
Pero, aun si mañana desaparecieran todas las leyes, seguiría pensando exactamente lo mismo. Hay deberes que nacen mucho antes que los códigos. Nacen de la conciencia, de la gratitud y de la capacidad de reconocer que nadie llega a viejo sin haber recorrido antes un camino lleno de sacrificios.
Hay hijos que heredan una casa. Otros heredan dinero. Pero todos heredamos algo mucho más importante: el ejemplo que algún día nuestros propios hijos verán en nosotros. La forma en que tratamos a nuestros padres no termina con ellos. Es una lección silenciosa que les estamos enseñando a quienes un día decidirán cómo tratarnos cuando nosotros ya no podamos valernos por nosotros mismos.
Porque la verdadera medida de una persona no está en los discursos que pronuncia sobre la libertad o la independencia. Está en la manera en que responde cuando la vida le pone delante a un ser humano vulnerable y le pregunta, sin hacer ruido, de qué está hecho su corazón.
I am a human being, too. I have neglected myself too much trying to take care of my dad. My physical and mental health have deteriorated, and I’ve learned that a caregiver needs rest, too. An exhausted caregiver can hardly take good care of anyone else.
I haven't had real free time in years. While my sister and brother get to go out, travel, or enjoy their time, I have to be at home virtually 100% of the time. The few times I’ve been able to leave, it’s been to work singing at masses and funeral services, not to rest. There’s only one word for that: abandonment, even if they deny it. I have witnesses everywhere—if they were to claim otherwise, their argument would fall apart in a second. I am tired of my siblings thinking that taking care of my dad is solely my responsibility.
I just hope that someday people will understand that those who care for a loved one also need support, rest, and the chance to live a bit of their own lives.
I’m tired of asking for help and getting nowhere. I’m tired of everything, even of existing without getting anywhere. I hope I see the light someday. I wish I could pay for my dad’s physical therapy every week; I wish I could look out for my own health, too. I wish my siblings would help, but narcissism and a lack of empathy consume them. Even living close by, they never see him—it’s like he isn’t even their father.
I don't ask for anything anymore. I'm tired of asking for money, donations, or whatever. Since I've entered a mindset where I no longer expect anything from anyone because nobody cares about anyone else. My siblings have made that crystal clear to me, along with the happiness they show simply because they don't have the responsibility of caring for their dad.